Así que salieron de la
sinagoga, fueron con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. Se encontraba
la suegra de Pedro en cama con calentura, y le hablaron de ella. Y,
acercándose, la tomó por la mano y la levantó, y al instante la dejó la fiebre,
y se puso a servirlos. Por la tarde, puesto ya el sol, le traían todos los
enfermos y endemoniados… Y curó a muchas personas afligidas de varias
dolencias, y lanzó a muchos demonios, sin permitirles hablar, porque sabían
quién era.
Mc. 1, 29-39
Los primeros discípulos
caminan sin vacilar al lado de Jesús. En esta ocasión se da un incidente: la
suegra de Pedro está en cama con fiebre. El episodio encierra un precioso mensaje que define muy bien la tarea
ministerial de Cristo y su posición ante la mujer.
Fijémonos en la actitud
de Jesús. Se acerca. La cultura judía
tenía marginada a la mujer. Jesús rompe con ese prejuicio cultural y religioso.
La coge de la mano: se produce un
contacto físico, salva esa distancia que segrega el mundo femenino. La levanta, la proyecta en su dignidad
como hija de Dios. Finalmente, también la hace discípula, porque después ella le
sirve. Esta es la misión fundamental de Jesús: dar vida. Y ha de ser también la
misión de la Iglesia :
entrar de lleno en el corazón humano y dar un sentido espiritual a su vida,
alejándolo de todos sus males.
La persona por encima de la ley
La secuencia de este
fragmento evangélico nuclea la misión de Jesús. Sintiéndose profundamente amado
por Dios, esta vivencia le hace sentirse muy cerca de los demás y, a la vez, le
da una libertad interior muy honda. De ahí que, aun conociendo el puritanismo
de las leyes judías, vaya más allá de lo que sería políticamente correcto.
Sabe que su forma de tratar a las mujeres es objeto de crítica
por parte de los fariseos, que consideran que actúa por encima de la ley. Jesús
pone en el centro de su
mensaje, no las ideas, sino la persona. Él sabe que para Dios lo más importante
no son los preceptos o los códigos morales. Lo más importante es el ser humano
y sus necesidades. Y, en este caso, la mujer. Jesús rompe con un mundo rígido y
estrecho de miras para curar a la suegra de Pedro.
Levantar al que está abatido
No solo la cura. Le
tiende la mano y la levanta. Cuántas
personas en el mundo nos están alargando sus manos para que las ayudemos a
salir de su sufrimiento y su marginalidad. Cuántas veces, por prejuicios
ideológicos o por puritanismo religioso dejamos de hacer cosas buenas y necesarias.
Jesús nos enseña a ser dueño de nuestras ideas: para él vale más una persona
real y enferma que miles de ideas bonitas sobre la pastoral de la salud.
Como Iglesia, todos los
cristianos estamos llamados a dar nuestra mano para consolar, aliviar, curar y
sostener a quienes no pueden hacerlo por sí solos. Muchas personas
quebrantadas, física o espiritualmente, esperan nuestra ayuda. Con nuestro
gesto desprendido, con nuestro amor, purificamos nuestras ideas a la vez que
estamos liberando del dolor y dignificando a otras personas que piden ayuda.
Esta disposición a servir, ayudar y levantar
a los demás, debe ser el eje central de nuestra evangelización.
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