Domingo de Pascua de Resurrección
Hechos 10, 34-37
Salmo 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9
Tras la muerte de Jesús,
nadie espera nada. Para los sacerdotes y para Pilato, se ha terminado un
problema. Para los judíos que lo han visto morir, un profeta, o un iluminado
más ha sucumbido bajo el poder. Para los suyos, ese puñado de discípulos amigos
que lo abandonaron a su suerte y el grupo de mujeres que fueron fieles hasta el
final, se abre el vacío más espantoso. Ahora, muerto el maestro, ¿qué hacer?
¿Volver a casa y empezar de
nuevo la vida ordinaria, sin más? Pero ¿cómo volver a la normalidad después de haber
vivido con Jesús? ¿Cómo regresar a la vida de antes, tras verlo morir de
aquella manera? No esperan nada, pero las mujeres aún tienen algo que hacer:
embalsamar el cuerpo. Siguieron a Jesús hasta la cruz; diligentes, ahora son
las primeras en madrugar y correr al sepulcro. Su amor por Jesús no ha cesado
con la muerte.
El sepulcro vacío es un
golpe que las deja aturdidas. Los discípulos tampoco saben qué pensar. ¿Alguien
ha robado el cuerpo? Los relatos de esos primeros momentos de miedo y confusión
son la mejor prueba de su veracidad. La resurrección no es un mito, ni los
evangelios son alegorías ni textos simbólicos. Cuentan hechos. Describen lo que
realmente vieron, oyeron y tocaron
los amigos de Jesús. Lo que ocurrió en aquella mañana de resurrección era algo
que escapaba a sus expectativas, algo insólito que jamás imaginaron. Más tarde,
Pedro lo explicó ante miles de gentes y su entusiasmo impactó y convenció a muchos.
Jesús, el hombre que pasó haciendo el bien, liberando a los cautivos del mal,
resucitó, porque Dios estaba con él. Resucitó
en cuerpo y alma, sin perder su humanidad, pero mostrando que al mismo tiempo era
Dios. La buena noticia no es solo que Jesús esté vivo, ayer, hoy y siempre. La
buena noticia es que, venciendo a la muerte, Jesús nos abre las puertas de la
vida eterna a todos.
Los discípulos tuvieron
que aprender a explicar ese misterio tan grande que los desbordaba y que sigue
desafiándonos hoy. ¿Lo creemos de verdad, los cristianos? ¿O también pensamos
que todo es un mito consolador? ¿Vivimos el gozo de esta inmensa, buena
noticia? ¿Necesitamos pruebas científicas?
Juan, el discípulo amado, no necesitó tanto. Fue al sepulcro, vio la tumba
vacía y eso le bastó. Vio y creyó.
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