2026-10-16

Al César lo que es del César... ¿y a Dios?


Lecturas

Isaías 45, 1. 4-6

Salmo 95

1 Tesalonicenses 1, 1-5

Mateo 22, 15-21

XIX Domingo del Tiempo Ordinario

La pregunta de Jesús sobre el tributo al César va mucho más allá de los impuestos y del poder político: nos invita a reflexionar sobre a quién pertenece nuestra vida, dónde ponemos el corazón y cómo vivir nuestra fe en medio del mundo.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

Una pregunta con trampa

A Jesús le tienden una trampa. Los fariseos y los partidarios de Herodes quieren ponerlo en un aprieto con una pregunta aparentemente sencilla: ¿es lícito pagar impuestos al César o no?

Si responde que sí, puede parecer que acepta la dominación romana. Si responde que no, pueden acusarlo de rebelión. Pero Jesús no entra en el juego. Les pide una moneda y les pregunta de quién son la imagen y la inscripción. «Del César», le responden.

Entonces pronuncia unas palabras que han atravesado los siglos: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

No es una simple respuesta diplomática. Jesús nos invita a distinguir, a poner cada cosa en su lugar y, sobre todo, a no confundir el poder con lo que verdaderamente da sentido a nuestra vida.

Muchas cosas reclaman nuestra atención: el dinero, el trabajo, las obligaciones, las opiniones ajenas, el reconocimiento social, las preocupaciones de cada día. Todo eso forma parte de nuestra existencia y requiere responsabilidad. Pero ninguna de esas cosas debería ocupar el lugar de lo esencial.

¿Qué le estamos dando a Dios? ¿Qué lugar ocupa Él en nuestra vida cotidiana?

La imagen que llevamos dentro

Hay un detalle de la escena que merece nuestra atención. La moneda lleva grabada la imagen del César. Por eso pertenece al César. Pero nosotros, ¿qué imagen llevamos grabada?

El libro del Génesis nos recuerda que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. No llevamos una inscripción de oro ni una efigie acuñada en metal. Llevamos algo mucho más profundo: una dignidad que nadie nos puede arrebatar, una capacidad de amar, de cuidar, de perdonar, de buscar la verdad y de abrirnos al misterio de la vida. Nuestra imagen es la de «hijos de Dios».

Dar a Dios lo que es de Dios significa devolverle nuestra vida. No solo dedicarle unos minutos de oración o ir a misa los domingos. Significa dejar que su amor transforme nuestra manera de vivir.

Se trata de ser más humanos, más compasivos, más justos. De tratar con dignidad a quien no puede ofrecernos nada a cambio. De escuchar a quien nadie escucha, de compartir con quien tiene menos y de no pasar de largo ante el sufrimiento ajeno.

Es en estos gestos sencillos y tantas veces anónimos donde más se reconoce la imagen de Dios que llevamos dentro.

Dios actúa también fuera de nuestros límites

La primera lectura nos ofrece otra perspectiva sorprendente. Dios se sirve de Ciro, un rey extranjero, para liberar a su pueblo. Es decir, puede actuar a través de personas que no pertenecen a nuestro grupo, que no comparten nuestras creencias o que no imaginábamos como instrumentos de su voluntad.

¡Cuántas veces pretendemos encerrar a Dios en nuestros esquemas! Pensamos que solo puede actuar de una determinada manera, a través de determinadas personas o dentro de nuestras propias fronteras religiosas.

Pero Dios es más grande que nuestras ideas sobre Él. Su presencia puede abrirse camino por lugares inesperados, a través de personas de buena voluntad, de iniciativas solidarias o de palabras que llegan justo cuando más las necesitamos.

El salmo nos invita a anunciar su gloria entre las naciones. Y san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, recuerda una comunidad cuya fe se manifiesta en obras, cuyo amor se traduce en esfuerzo y cuya esperanza permanece firme.

No se trata únicamente de decir que creemos. Se trata de que nuestra vida haga visible aquello en lo que creemos.

Vivir en el mundo sin perder el alma

Vivimos en una sociedad y hemos de cumplir nuestras responsabilidades, comprometernos con el bien común y trabajar por un mundo más justo. La fe no nos aleja de esas tareas, al contrario: nos ayuda a vivirlas con mayor profundidad y libertad.

Pero también necesitamos preguntarnos si, en medio de tantas exigencias, estamos olvidando lo fundamental. Quizás el afán de tener nos hace olvidar el valor de compartir. Quizás la búsqueda de seguridad nos cierra en nosotros mismos, olvidándonos los de los demás. Quizás hablamos mucho de Dios, pero dejamos poco espacio para el amor.

Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios es aprender a vivir sin convertir nada de este mundo en un absoluto. Ni el dinero, ni el poder, ni el éxito, ni siquiera nuestras propias certezas.

Nuestra vida no se mide por lo que acumulamos, sino por el amor que somos capaces de entregar.

Al final, la pregunta más importante no es tanto qué tenemos que darle a Dios, sino qué estamos haciendo con la vida que Él nos ha regalado.

Para llevarlo a la vida

Esta semana podemos detenernos un momento y preguntarnos...

¿Qué está ocupando demasiado espacio en mi vida y me impide atender lo verdaderamente importante?

¿Reconozco la imagen de Dios en las personas que piensan de manera diferente a mí?

¿Mi fe se traduce en gestos concretos de justicia, servicio y solidaridad?

No hacen falta grandes hazañas. A veces basta una llamada, una visita, una palabra amable o un gesto de generosidad. Pequeñas monedas de amor que no cotizan en ningún mercado, pero que tienen un valor inmenso a los ojos de Dios.

Oración

Señor, ayúdame a vivir en este mundo sin dejarme esclavizar por sus exigencias.

Que no confunda lo importante con lo urgente, 

ni el tener con el ser, ni el poder con la verdadera grandeza.

Enséñame a reconocer tu imagen en cada persona que encuentro, 

especialmente en quien sufre, en quien se siente solo y en quien nadie parece ver.

Que mi fe no se quede en palabras, 

sino que se convierta en servicio, en justicia, en ternura y en esperanza.

Y que, al final de cada día, pueda devolverte, con gratitud, 

lo único que verdaderamente me pides: una vida entregada al amor.

Amén.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Que difícil es darle a Dios esa entrega total, sin medir tiempo y poner excusas, cuando El nos lo ha dado todo, ojalá y yo pueda darlo todo todo sin esperar ninguna recompensa.