2026-11-06

Diez doncellas prudentes

Lecturas

Sabiduría 6, 12-16

Salmo 62

1 Tesalonicenses 4, 13-18

Mateo 25, 1-13

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario

Estamos acercándonos al final del Tiempo Ordinario. Las lecturas de este domingo son una invitación a vivir despiertos, cultivar la sabiduría del corazón y mantener encendida la esperanza, incluso cuando la espera se hace larga.

La primera lectura nos habla de una sabiduría que se deja encontrar por quienes la buscan. El salmo expresa el anhelo profundo del alma que tiene sed de Dios. San Pablo nos invita a no vivir la muerte desde la desesperanza, y Jesús, con la parábola de las diez vírgenes, nos recuerda que la vida necesita una luz que no se apague.

Que no se apague la lámpara

La espera pone a prueba nuestra paciencia. Esperamos una noticia, una respuesta, un cambio que no llega, una persona que tarda en regresar. Y, mientras esperamos, corremos el riesgo de cansarnos, perder la ilusión o dejar que se apague poco a poco la luz que llevamos dentro.

El Evangelio de este domingo nos presenta una escena muy típica en tiempos de Jesús: diez muchachas que esperan la llegada del esposo para acompañarlo a la celebración de la boda. Todas llevan sus lámparas. Todas tienen el mismo propósito. Pero hay una diferencia: cinco han sido previsoras y han llevado aceite de reserva; las otras cinco no.

Cuando el esposo se retrasa, todas se quedan dormidas. La diferencia no está en quién consigue mantenerse despierta, sino en quién ha sabido prepararse para una espera que puede ser más larga de lo previsto.

Jesús nos habla de una lámpara que necesita aceite. Es una hermosa imagen para comprender nuestra vida espiritual. La fe no se alimenta solamente de momentos extraordinarios, de emociones intensas o de grandes celebraciones. Necesita un cuidado cotidiano, silencioso y perseverante.

¿Cuál es el aceite que mantiene encendida nuestra lámpara? La oración de cada día, una frase del Evangelio que nos acompaña, la confianza cuando las cosas se tuercen, la capacidad de perdonar, la ternura con quienes tenemos cerca. También esos pequeños gestos de bondad que nadie ve, pero que van llenando de sentido nuestra vida.

La primera lectura nos ofrece una pista: la sabiduría es luminosa, nunca se marchita y se deja encontrar por quienes la buscan. No se trata de acumular conocimientos, sino de aprender a mirar la vida con los ojos de Dios. Una sabiduría que nos ayuda a distinguir lo verdaderamente importante de aquello que nos distrae y nos roba la paz.

El salmo pone palabras a ese deseo profundo: «Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío». Es una sed que todos llevamos dentro, aunque a veces intentemos saciarla con prisas, ocupaciones o preocupaciones. Necesitamos algo más que ir pasando los días: necesitamos una razón para vivir, una presencia que nos sostenga, una esperanza que ilumine nuestro camino.

San Pablo, por su parte, nos recuerda que no estamos llamados a vivir la muerte con tristeza desesperada, porque nuestra historia está sostenida por una promesa: estaremos siempre con el Señor. La esperanza cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el dolor, sino en descubrir que el amor de Dios es más fuerte que la muerte.

Jesús no nos pide grandes cosas. Pero nos invita a revisar nuestras reservas de aceite. ¿Qué estamos haciendo para alimentar nuestra esperanza? ¿Cuidamos nuestra relación con Dios? ¿Tenemos tiempo para escuchar, acompañar y querer? ¿O dejamos que las prisas y las preocupaciones consuman toda nuestra energía?

No podemos vivir de la fe de ayer, del entusiasmo de hace años o de las buenas intenciones que nunca llegan a convertirse en gestos. Cada día necesitamos volver a encender la lámpara.

Y, atención, porque no sabemos cuándo llegará el esposo. Pero sí sabemos cómo queremos que nos encuentre: con el corazón abierto, con las manos dispuestas y con una pequeña llama de esperanza que siga iluminando a quienes caminan a nuestro lado.

No importa cuánto tarda en llegar la luz, sino que, mientras esperamos, no dejemos de mantener encendida nuestra lámpara.