2012-10-13

Véndelo todo... y sígueme


XXVIII domingo tiempo ordinario


“Salido al camino, corrió a él uno que, arrodillándose, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?”
Mc 10, 17-30

Una pregunta crucial y una respuesta desafiante

Un fiel seguidor de la ley judía le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Quien hace la pregunta es una persona ejemplar, considera a Jesús como un buen rabino y reconoce su bondad llamándolo maestro bueno.

Jesús aprovecha la ocasión para asentar doctrina y clarificar su posición en cuestiones religiosas. En primer lugar, afirma que el fundamento del bien está en Dios, que es la máxima y absoluta bondad. Como buen conocedor de su interlocutor, le recuerda los mandamientos de la ley de Dios. El joven rico, observador de la ley, contesta que todo lo cumple desde pequeño. Y entonces es cuando Jesús da un giro copernicano, yendo más allá del precepto judío. Jesús le pide que no se limite a ser un mero cumplidor de la ley, sino que haga un gesto que lo trascienda. Le pide que se vuelva como niño, que se haga pobre y humilde y que empiece a caminar de nuevo, cambiando radicalmente su vida.

Su mirada debía ser penetrante y exigente, y al joven le da vértigo. Está muy atado a su dinero, a sus criterios, a su visión religiosa y, sobre todo, a sí mismo, a su modo de hacer. Es un buen cumplidor pero sus apegos le impiden asumir un cambio radical. Jesús, mirando a la gente, señala que con un corazón ambicioso y posesivo nadie entra en la vida eterna. Los discípulos se espantan ante la radicalidad de sus planteos. La exigencia es fuerte, admite Jesús, pero con la ayuda de Dios todo es posible. Él puede dar un vuelco a nuestro corazón y ayudarnos a iniciar una vida nueva.

Más allá de los preceptos

Jesús está hablando de una religión que va más allá de los preceptos y se compromete en las obras, en la caridad. Más allá del cumplimiento de unas normas, Jesús nos llama a afrontar el desafío de ser coherentes con nuestra fe, asumiendo sus riesgos con audacia.

Nuestra cultura cristiana todavía es muy farisea, en este sentido. A menudo preferimos cumplir con los mandamientos y los rituales establecidos, nos apegamos a las tradiciones y a las formas y creemos ser fieles y buenas personas. Pero creer en Dios no es obediencia ciega a unas reglas. Creer en Dios no nos quita la libertad, sino que nos impulsa a ser creativos.

Vivimos en medio de un mundo convulso, donde la sociedad se agita al ritmo acelerado de los cambios. Estamos en una era tecnológica y de la comunicación, donde se dan otras necesidades y carencias, y donde las gentes tienen interrogantes y desafíos diferentes. La religión debe ponerse al servicio de la humanidad, y no al contrario, sabiendo encontrar cauces para expresar su mensaje y ofrecer su don a las gentes. No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre.

No comerciar con Dios

Jesús también nos previene contra el mercantilismo espiritual: es decir, querer obtener la  vida eterna a cambio del cumplimiento de ciertas normas o rituales. Queremos comprar a Dios. La auténtica fe no consiste en este intercambio de favores, sino en ser coherente con aquello que creemos. La fe implica una conversión profunda, un cambio de mentalidad.

Dios es gratuito y nos da la vida eterna sin que se la pidamos o tengamos que ganarla. El cielo es un regalo que ya tenemos; la promesa del don ya ha sido dada. Sólo hace falta mantenerlo. No convirtamos la religión en mero ritualismo. El cristiano no sólo está salvado: está llamado a vivir una vida nueva y a proclamarla.

El cielo ya está entre nosotros

Cuando Pedro dice: Nosotros que lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué obtendremos?, aún no ha sufrido esta honda conversión interior. No se da cuenta de que ya ha recibido el mayor don: el mismo Jesús.

Esta tensión que se da entre el reino de Dios que ha de venir y el que ya es se ha resuelto con la muerte y resurrección de Cristo. El Reino ya está entre nosotros. Con Jesús, el cielo es una realidad presente, no tenemos por qué esperar más. Con su resurrección y Pentecostés, nos envió al Espíritu Santo. En la Eucaristía, se nos da él mismo. ¿Qué más esperamos?

Ya estamos salvados y redimidos. Ahora es el momento de comenzar a vivir la gran pasión de una vocación. Déjalo todo y sígueme, dice Jesús. Deja atrás tus apegos, tu historia, tu pasado, tu cultura, tus posesiones... déjate atrás a ti mismo y tu narcisismo. Ya estás salvado, tienes la vida eterna. Ven y sígueme en la gran tarea de la evangelización.

Se trata de pasar de la salvación a la vocación para la misión.

Renunciar al apego

Es en este momento cuando el joven rico se echa atrás. Lo que le detiene, lo que nos detiene tantas veces a todos, no es tanto el dinero o las riquezas, sino el apego. Aún una persona modesta puede sentir apego y aferrarse a sus pequeños tesoros, ya sean materiales o actitudes. Y esta es la gran traba que Jesús indica para poder llegar a la vida eterna. No es tanto el dinero o los bienes materiales en sí, como la resistencia a renunciar a uno mismo y a ser libre de tantas cosas que nos llenan y nos atan.

Dios no sólo nos llama a ser buenos cristianos, sino a ser santos cristianos. Esta es nuestra misión.

2012-10-06

El amor y la unión


Llegándose unos fariseos, le preguntaron, tentándole, si es lícito al marido repudiar a la mujer. El respondió: ¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron ellos: Moisés manda escribir el libelo de repudio y despedirla. Les dijo Jesús: Por la dureza de vuestro corazón os dio Moisés esta ley; pero al principio de la creación, los hizo Dios varón y hembra; por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne...”
Mc 10, 2-16

La soledad, la mayor tragedia

El evangelio de este domingo viene precedido por un fragmento del Génesis que relata la creación de la mujer y cómo Dios bendice su unión con el hombre.

Este texto es rico en contenido antropológico y teológico. El mayor drama humano, previo incluso al pecado original, es la soledad. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice Dios. Y por eso crea una compañera, “una ayuda”, dice el Génesis, para que llene ese vacío. Cuando el hombre la ve, exclama, lleno de alegría: “¡Esta sí!”. Ningún otro ser de la Creación es como ella. La mujer es su apoyo, su sostén, su gozo. Sólo una compañera como ella puede saciar su soledad. El Génesis, más allá de cualquier lectura sexista, insiste en la igualdad: ambos son iguales ante Dios, ambos son hechos a imagen de su Creador. Ni uno es más importante que el otro. Ambos, unidos, alcanzan la plenitud humana.

La anécdota de la costilla también tiene otra lectura que trasciende las interpretaciones sesgadas de género: decir que nace de la costilla del hombre significa que sale de lo más hondo de su ser. El hombre tiene a la mujer junto a su corazón, en sus entrañas. El amor une a las personas hasta hacerlas “una misma carne”. “Esta es carne de mi carne y sangre de mi sangre”, exclama el hombre, al verla. La imagen de la costilla de Adán no significa inferioridad, sino íntima y entrañable unión.

La plenitud humana se alcanza cuando una persona se une a otra. El ser humano no está hecho para vivir solo, no es autosuficiente. Una pareja que se ama es la imagen más bella de esta unión. Ambos son, el uno para el otro, ese sostén, esa ayuda, esa salvación. La mujer salvadora ya se prefigura en el Génesis. Y el varón también es, para ella, un apoyo que la plenifica.

Una pregunta capciosa

Los fariseos abordan a Jesús con una pregunta tendenciosa, para ponerlo a prueba: “¿Es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”.

Así lo establecía la ley judía. Es una pregunta delicada que puede comprometer a Jesús. Jesús es buen conocedor de la Ley, pero también conoce a fondo las escrituras sagradas y ha penetrado en su sentido más profundo. A una pregunta legal, él da un respuesta teológica, que va mucho más allá de la mera legislación.
Jesús contesta que, por la terquedad y la dureza de corazón, Moisés permitió el divorcio. Pero no era éste el plan original de Dios. Él nunca puede querer una ruptura. Que sea legalmente correcto no quiere decir que lo sea moralmente.

Por supuesto que, en ciertos casos, cuando la convivencia es imposible y una relación se ha roto, no hay más remedio que establecer una separación. Hay ocasiones en que las relaciones se hacen insostenibles. Tal vez en su origen estas uniones no fueron lo bastante sólidas, o ya estaban heridas en su misma base. Por eso, con el tiempo, acaban resquebrajándose y la ruptura se sucede, inevitable. Pero no es este el deseo de Dios.
Dios quiere que las personas se amen, sean fieles y generosas y sean capaces de decir sí para siempre. Aquí radica la felicidad de la persona. Dios ha hecho una alianza con la humanidad, que no rompe jamás. Y nosotros, a imagen suya, estamos llamados a vivir un amor imperecedero.

Dios también sabe el dolor inmenso que se deriva de la ruptura y la soledad, y no desea ese sufrimiento para sus criaturas. Por esto Jesús insiste en el carácter sagrado e indisoluble del amor.

Otros  divorcios

Pero no sólo se dan rupturas entre hombres y mujeres. Los divorcios humanos pueden alcanzar otros tipos de relaciones. Por ejemplo, la separación y el aislamiento entre padres e hijos —la llamada ruptura generacional—, el divorcio entre unos políticos y su sociedad, la separación entre los jefes y sus empleados, entre los fieles y su comunidad, o entre la persona y su vocación.

El mayor divorcio, y el más doloroso, es la ruptura del hombre con Dios. Esta es la herida más honda y sangrante que aflige a buena parte de la humanidad hoy. Romper con Dios, querer apartarlo de nuestra vida, supone cortar con la fuente de nuestra existencia, de nuestro ser, y también de nuestro gozo. El hombre desarraigado de Dios navega a la deriva en medio de una trágica soledad existencial. Nada ni nadie puede llenar esa grieta tan profunda. Una persona que rompe con Dios corta con el manantial que le infunde vida interior. Comete un suicidio espiritual.

Sólo Dios puede llenar ese hueco insondable. Y la unión con él hará posible la unión con los otros seres humanos.

2012-09-28

Nadie tiene la exclusiva...


XXVI domingo tiempo ordinario


“Le dijo Juan: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba los demonios y no es de los nuestros, se lo hemos prohibido. Jesús les dijo: No se lo prohibáis, pues ninguno que haga un milagro en mi nombre hablará luego mal de mí. El que no está contra nosotros, está con nosotros
...Si tu mano te escandaliza, córtatela. Mejor te será entrar manco en la vida que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible, donde ni el gusano muere ni el fuego se apaga”...
Mc 9, 37-47

Nadie tiene la exclusiva de la verdad

Jesús amonesta a sus discípulos porque éstos quieren impedir que otros, no pertenecientes a su grupo, curen y prediquen en su nombre.

Jesús quiere dejar muy claro que él no tiene la exclusiva del bien. Reconoce que puede haber otras personas que también estén en sintonía con él, aunque no formen parte de los suyos. Y no sólo no lo impide. Él sabe que, en lo más hondo de su corazón, están con él. ¡Cuántos grupos religiosos, congregaciones, movimientos creen tener la exclusiva del evangelio! Hacen pasar su espiritualidad por encima del mismo Jesús. Ésta ha de tener su fundamento en Jesús y  en su evangelio. Si no es así, están creando una línea religiosa particular. Los líderes de estos movimientos han de vigilar en no caer en la tentación de pensar que sus palabras son palabra de Dios. La arrogancia religiosa puede llegar a ser un pecado de orgullo.

Por encima de la ideologización del evangelio está la caridad, y esta implica ser muy comprensivo y tolerante, aceptar y amar al que es diferente, ¡incluso al enemigo! Esta es la auténtica actitud cristiana ante la diversidad.

Las palabras de Jesús abren la puerta al enorme esfuerzo ecuménico que debe llevarse a cabo, por parte de la Iglesia, pero también por parte de las otras confesiones.

Arrancar de nosotros ciertas actitudes

La segunda parte del texto es muy conocida e impacta por su dureza y radicalidad. “Si tu mano te hace pecar, arráncatela”, ...“Y si tu pie te hace caer, córtatelo; más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo”.

En primer lugar, no podemos interpretar literalmente este texto. La exégesis nos muestra que todos los escritos de la Biblia deben interpretarse para no caer en confusiones. El evangelio está escrito en clave de oferta salvífica, no de condena. Por esto la teología nos enseña que muchas de las lecturas evangélicas son géneros literarios, formas didácticas para transmitir un mensaje.

No podemos tomar estas palabras de Jesús al pie de la letra. Dios no quiere que nos autoagredamos, ¡lejos del Dios amor que nos inflijamos tales daños! Con estas imágenes tan duras, Jesús está aludiendo a las actitudes humanas. No se trata de cortar manos y pies, sino de arrancar todas aquellas conductas que nos impiden crecer humana y espiritualmente, apartándonos de Dios y de los demás.

Manos creadoras

Las maravillosas manos humanas están hechas para recrear la creación, para acariciar, para trabajar, para rezar... También son manos hechas para ser generosas, para dar. Todo cuanto hagamos con las manos, que no sea constructivo y lleno de amor, equivale a ser manco. Nuestra pereza o falta de generosidad nos cortan las manos y las hacen inútiles. Las manos tampoco pueden servir para dañar y herir.

Hermosos son los pies del mensajero...

Los pies, que nos sostienen y nos llevan, deben moverse y caminar siempre para acercarnos a las demás personas, para andar hacia Dios, para salir a anunciarlo y recorrer los caminos del mundo. “Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la buena nueva del Señor”, reza un verso de la Biblia. Así, nuestros pies están hechos para caminar incesantemente, para servir y para amar, como María, que corrió a la montaña para asistir a su prima Isabel, encinta.

Dios no quiere que nos cortemos los pies. El no corta nuestras alas. Pero, ¡cuánta cojera espiritual podemos ver hoy en día! Somos cojos, tetrapléjicos espirituales, cuando nuestro egoísmo, nuestra desidia o nuestros reparos nos impiden caminar y entregarnos a los demás.

Los ojos de Dios

Finalmente, los ojos, ese don tan grande, están hechos para saber ver a Dios. El evangelio nos llama a contemplar a Dios en el acontecer diario, leyendo los signos de los tiempos, adivinando su presencia en la belleza, en la naturaleza y en los demás. En cambio, a veces es necesario cerrarlos a todo cuanto nos perjudica y nos aleja de Dios. Cuántas cosas vemos que no sólo nos apartan del amor, sino que nos aíslan o nos distancian de nuestros hermanos, de la belleza y del bien ―como la televisión basura, y tantas otras―. No seamos ciegos espirituales. Sepamos ver a Dios en el envés de la realidad. Nos dará una visión diferente y profunda del mundo. Y nos hará ver la belleza oculta dentro de cada corazón humano.

2012-09-21

Quien quiera ser el primero...


XXV domingo tiempo ordinario

 “…Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
¿De qué discutíais por el camino?
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.
Mc 9, 29-36

Anuncio de una muerte inevitable

Jesús continúa su labor instructora a sus discípulos. Les comunica algo muy importante que marcará su trayectoria: su sufrimiento, su muerte y su resurrección. Pero será una muerte que no acaba en el desespero ni en un grito lanzado al vacío, sino que presagiará una nueva vida, la resurrección. Con estas palabras, Jesús sube la intensidad de la exigencia pedagógica y espiritual hacia los suyos. Les advierte que su misión tiene un precio muy elevado: su propia vida. Será inevitable pasar por una larga agonía; su fidelidad al Padre le pedirá apurar un sorbo terrible y amargo. Pero, finalmente, todo culminará con la resurrección, por la fuerza transformadora de su Espíritu.

Ante la hondura de este mensaje, los discípulos se inquietan y no osan preguntarle nada. Jesús, intuyendo lo que piensan, es quien se dirige a ellos para medir la resonancia de sus palabras. Sin embargo, los discípulos todavía están lejos del corazón de su maestro, y aún no entienden la dimensión martirial y el sacrificio que comporta su misión.

Acoger a Dios con corazón limpio

En cambio, por el camino, van discutiendo sobre quién es más importante entre ellos. Jesús, paciente, llama a los doce y les muestra a un niño, diciendo: «Quien acoge a un niño como éste a mí mi acoge, y quien me acoge a mí, acoge al que me ha enviado.»

Por un lado, Jesús está derribando sus pretensiones de poder y dominio sobre los demás. Abrazando a un niño, les muestra que para Dios hasta el más pequeño es importante, y que quien ama a un pequeño le está amando a él. El camino más corto para llegar a Dios pasa por el amor y la acogida al prójimo más cercano, incluso aquel que a veces nos pasa desapercibido.

También nos recuerda que si no nos volvemos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos. Sólo si somos capaces de mirar, de sentir, de escuchar, como lo hacen los niños, podremos acoger a Dios. Porque un niño no está cargado de prejuicios; no está contaminado ideológicamente, siempre está abierto, receptivo. El adulto alberga desconfianzas y miedo, pasa todo cuanto ve por el tamiz de su experiencia subjetiva y, cuando ha sufrido una decepción, teme volver a confiar. Está mediatizado por todo lo que le sucede, haciendo lecturas a veces victimistas o muy parciales de la realidad. La apatía y la descreencia le impiden acoger como un niño a Jesús, con el corazón limpio y puro.

Acogerle también implica saber que estamos acogiendo a Dios. Aquel que tiene la capacidad de renacer sobre las cenizas del egoísmo, alberga en sí la semilla de una vida nueva. Desde una escucha silenciosa y serena podremos ser transformados y nuestra existencia se convertirá en un proyecto pleno de Dios.

2012-09-15

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?


XXIV domingo tiempo ordinario


“El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Mesías. Y les encargó que a nadie dijeran esto de él”.
Mc 8, 27-35

Una pregunta al corazón

Marcos resalta la dimensión misionera de Jesús, siempre en camino. Su evangelio narra su trayectoria de uno a otro lugar, incansable en su misión de anunciar al Dios amor.

Jesús generaba interrogantes en la gente de su tierra. Sus coetáneos decían muchas cosas de él: para unos era un visionario, otros lo consideraban un profeta, otros veían a un loco, otros reconocían el misterio del Hijo de Dios.

Cuando Jesús se dirige a los suyos la respuesta será crucial, porque demostrará hasta qué punto se sienten unidos a su maestro. ¿Quién dice la gente que soy?, comienza.

Mucho se ha escrito sobre Jesús. Libros, estudios, universidades enteras, facultades de teología y asignaturas, como la Cristología, estudian la figura de Jesús y dicen muchas cosas sobre él.

Pero la segunda pregunta de Jesús es más directa: ¿Quién decís vosotros que soy yo? Es una pregunta que va dirigida al corazón de sus seguidores. Vosotros, que habéis caminado junto a mí, que habéis convivido conmigo, que habéis visto y oído, que habéis compartido tantos ágapes… ¿quién decís que soy yo?

Una respuesta sincera y vehemente

La respuesta implica un conocimiento afectivo y emocional, una adhesión profunda, amor y reconocimiento de su dimensión divina. Pedro, impulsivo y espontáneo, responde de inmediato: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.

Contesta perfectamente a la pregunta porque ha reconocido la filiación divina del Hijo con el Padre.

Mesías no sólo es el ungido de Dios. También es el que salva. Pedro reconoce que, sin él, todos están perdidos. En Jesús se da un misterio profundo. Dios está profundamente arraigado en su corazón. Los discípulos están caminando con Dios mismo.

El secreto y la incomprensión

Jesús advierte a sus seguidores que callen y no digan nada. Es el llamado secreto mesiánico. Hay misterios que deben desvelarse poco a poco. El pueblo judío no estaba preparado aún, no tenía la madurez suficiente para comprender el misterio de Jesús y su relación con Dios Padre.

Al mismo tiempo, Jesús se arriesga a explicar a sus discípulos las consecuencias de su adhesión a Dios. Es muy consciente de que su mensaje, novedoso y diferente, que toca los corazones, topa con el poder. Jesús hace tambalearse los criterios, las estructuras civiles y religiosas de su tiempo, y sabe que será condenado por las autoridades. No oculta a sus discípulos que padecerá y morirá a manos de aquellos que detentan el poder, tanto político como religioso: los senadores, los letrados, los sumos sacerdotes. Les habla con claridad de su muerte; sabe que será ejecutado pero también que resucitará.

Asumir el rechazo y el dolor

Jesús no esquiva el sufrimiento. Asume el rechazo, el dolor y el pecado de la humanidad, el peso de la negligencia y el repudio. Y señala a los suyos la importancia de sus palabras. No deben pasarlo por alto.

Esas palabras son muy actuales. Ser fiel al Padre y reafirmar nuestra identidad cristiana implica dolor, sufrimiento y rechazo. Hoy, en Occidente, no se dan martirios cruentos, como en la época de las persecuciones de los primeros cristianos. Pero sí existen otras formas de cruz y de persecución. Por ejemplo, las leyes que se promulgan para arrinconar la fe de la vida pública. Desde algunos gobiernos se atacan las convicciones y la práctica cristiana, e incluso se critican sus obras sociales y de caridad. En otros países de Oriente hemos visto cómo los poderes políticos persiguen a los cristianos y estos sufren situaciones dolorosas, de persecución e incluso de muerte.

Pedro, ingenuo y de buena fe, quiere apartar a Jesús de todo mal y lo increpa. De la afirmación de la fe cae en la reacción, ¡tan humana!, de querer evitar el sufrimiento. Jesús le contesta con rotundidad. ¡Apártate, Satanás! No piensas como Dios, sino como los hombres.

No olvidemos que la dimensión sacrificial  y heroica del martirio está en las entrañas mismas de nuestra fe.

Toma tu cruz y sígueme

Jesús mira a los suyos y luego a toda la gente que lo sigue. Escuchad todos, continúa. La consecuencia del seguimiento a Cristo es ésta: Quien quiera venir tras de mí, que se niegue a sí mismo…

Uno mismo es a menudo el mayor obstáculo para seguir a Jesús: nuestros egoísmos, inmadureces y tonterías… Cargar con nuestra cruz significa tomar nuestras incoherencias y contradicciones, nuestras pequeñeces, nuestro pecado. Jesús ya cargó con el mal de todos, nuestra carga es liviana comparada con la suya. Pero hemos de llevar la cruz de nuestras limitaciones, miedos y orgullos, que nos pesan y dificultan nuestro crecimiento.

Carga con todo y sígueme, continúa Jesús. No es fácil. Seguirle requiere un proceso interno de cambio en el pensamiento, en la actitud, hasta en nuestra visión del mundo y nuestra forma de entender la religión. Pide una conversión total.

Hoy la Iglesia necesita gente valiente, heroica y buena, que se sienta familia de Jesús y esté dispuesta a seguirlo. Necesita voceros que anuncien el amor de Dios y su deseo de felicidad para la humanidad.

Quien pierda su vida, la ganará

Quien vive sólo para él, en su burbuja, buscando su pequeño nirvana personal, se perderá. Es la consecuencia de cerrarse en sí mismo y aferrarse a los miedos y las falsas seguridades, negándose a oír y a cambiar.

En cambio, quien esté dispuesto a abrirse, a sacrificarlo todo y a darlo todo por amor, lo ganará todo. Obtendrá la felicidad plena, el encuentro con Dios Padre para disfrutar de su amor inmenso.
Darlo todo, darse a sí mismo, es la única vía para encontrar la plenitud humana y espiritual.

2012-09-08

Querer oír


XXIII domingo tiempo ordinario

“Le llevaron un sordo y tartamudo, rogándole que le impusiera las manos. Y, llevándole aparte, le metió los dedos en los oídos y, escupiendo, le tocó la lengua, y mirando al cielo, dijo: Effetah, que quiere decir, ¡Abrete! Y se abrieron sus oídos y se le soltó la lengua hasta hablar correctamente”.
Mc 7, 31-37

El milagro es la apertura

En su incansable itinerario, Jesús llega a tierras paganas y frías religiosamente, la región de Tiro y Sidón. Allí le presentan a una persona sorda y muda. Jesús siempre desea que el que sufre recobre la calma, la paz y la alegría. Esta es su misión: dar vida, abrir el corazón y la mente para que los oídos se abran y la lengua se desate para alabar a dios.

¡Ábrete! Así exhorta Jesús al hombre sordo y mudo, antes de curarlo. Con estas palabras, Jesús también nos habla a los cristianos de hoy. La actitud de apertura significa dejar a un lado el ensimismamiento y la cerrazón. Abramos nuestro corazón a Dios, a la vida, al esposo o  a la esposa, al amigo, a la sociedad, al mundo entero.

El sordo no es sólo el enfermo. Es también el que no quiere oír. Para abrirse es necesario dar un vuelco a nuestra vida y cambiar radicalmente.

A menudo la rutina nos ensordece y nos impide leer el sentido profundo de la historia y de la vida cotidiana. Abrirse produce el milagro. En psicología se conoce bien este proceso: cuando la persona se abre y expresa lo que lleva dentro es cuando puede ser ayudada.

Jesús mete sus dedos en los oídos del sordo. Más allá del prodigio sobrenatural de la curación, el auténtico milagro es la apertura. Cuando uno se abre a la vida su energía estalla en su interior y aflora en el exterior.

El reto de hablar

Dios es un gran terapeuta. Quizás no somos conscientes de que no vemos ni oímos lo suficiente. Tampoco hablamos lo bastante de Dios. Todos somos, en cierto modo, sordos y mudos.

¡Cuántas veces no queremos oír ni escuchar! Porque escuchar puede implicar un giro radical en nuestras vidas y no queremos cambiar. También se nos hace cuesta arriba hablar: somos reticentes a asumir el compromiso de evangelizar. Tenemos un buen pretexto: si somos tan imperfectos y pecadores, ¿cómo vamos a predicar? La excusa nos tienta a callar, cuando deberíamos prorrumpir en alabanzas a Dios por todo cuanto nos ha dado.

¡Y nos ha dado tanto! Nos ha dado el olfato para sentir la fragancia de las flores, el tacto para dejarnos acariciar por la brisa y por una mano amiga, la vista, para contemplar la belleza de tantos amaneceres. Todos los sentidos nos hablan de los dones de Dios. Estallamos en comunicación. Pero, con el tiempo, nos vamos anquilosando y perdemos facultades. Dejamos de escuchar, de ver, de sentir… y, en cambio, tragamos cientos de mensajes, ruido y tonterías que nos invaden por la calle y los medios de comunicación. Nuestros sentidos están embotados, y también nuestra sensibilidad. No ejercemos, tampoco, nuestros sentidos espirituales. En cierto modo, somos ciegos y sordos, discapacitados espirituales.

El evangelio de hoy nos invita a cantar, alabar, hacer poesía de la creación, de la ternura, de los seres amados, de todo aquello que Dios nos regala cada día.

Necesitamos abrir nuestro corazón, nuestra inteligencia, nuestro espíritu, para llenarnos de Dios y recuperar todos nuestros sentidos, para su mayor gloria.

2012-09-01

¿Qué nos hace puros?


XXII domingo tiempo ordinario


“Le preguntaron los fariseos y escribas: ¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antiguos, sino que comen pan con manos impuras? El les dijo: Muy bien profetizó de vosotros Isaías, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, pues me dan un culto vano, enseñando doctrinas que son preceptos humanos”.
Mc 7, 1-8; 14-15; 21-23

Ataque a la hipocresía

Jesús acusa a los fariseos ante su actitud rigurosa respecto a las leyes y el culto. Con duras palabras, los tacha de hipócritas, pues predican mucho pero no hacen nada. Su vida no se corresponde con sus palabras y creencias. En el contexto de Jesús, conviene saber que los fariseos eran un grupo religioso muy prestigioso e influyente, celosamente observante de la ley, y que ejercía un importante poder sobre las gentes.

Jesús se aparta del rigor fariseo en cuanto al cumplimiento de los preceptos y la tradición judía. Y para ello recuerda las palabras de los mismos profetas: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me da está vacío.

Coherencia entre vida y fe

En realidad, Jesús no está rechazando la ley, sino apelando a la coherencia religiosa. Nos interpela a unir lo que decimos con lo que hacemos. Hoy, en un mundo convulso y desorientado, es difícil expresar y vivir nuestra fe. No es fácil acordar la fe con las tendencias del mundo. Para comunicarla, necesitamos desarrollar una nueva pedagogía con un lenguaje actual y comprensible.

La interpelación de Jesús también se dirige a los cristianos de hoy. Los católicos decimos muchas cosas. Quizás tenemos muy clara nuestra doctrina. Pero nuestra vida cotidiana a veces se aleja mucho de ella y de la realidad que nos rodea. No siempre somos coherentes.

Jesús nos exhorta a honrar a Dios con el corazón, con los labios, con los hechos, con el testimonio y con la vida entera. Será entonces cuando todo aquello que digamos no será vacío, sino sincero y real.

De lo que está lleno el corazón, habla la boca. Si vivimos nuestra fe y cultivamos la oración, nuestra vida se llenará de aquello que proclamamos. La consecuencia siguiente será la celebración, la eucaristía.

Un nuevo concepto de la pureza

Jesús también nos presenta un claro concepto de pureza e impureza. La pureza, nos dice, no tiene tanto que ver con lo que entra sino con lo que sale de uno mismo. No se refiere a aspectos físicos, sino a las actitudes morales que albergamos dentro de nosotros y que sacamos afuera.

Nada que entra de afuera hace impuro al hombre, sino lo que sale de su interior. Y a continuación, Jesús lista una serie de actitudes de rabiosa actualidad, pues podemos observarlas continuamente a nuestro alrededor:

– los malos propósitos, las intenciones torcidas dirigidas a perjudicar o dañar a alguien,
– la fornicación, que se aprecia en el exagerado culto a la sexualidad y a la pornografía, desprovistas de todo horizonte ético,
– los robos, no sólo de bienes materiales, sino de información, así como los fraudes, las malversaciones, la corrupción, que hacen perder la dignidad humana de quien los comete,
– los homicidios, cuya expresión máxima es la guerra y la escalada bélica; no podemos dar culto a la muerte,
– los desenfrenos de todo tipo, representados por esta cultura consumista que nos hace desear lo que tal vez no necesitamos, y por el ritmo acelerado en que vivimos, que nos arrebata la paz,
– la envidia, un mal que empapa toda nuestra cultura,
– la difamación, ¡cuántas veces quitamos la fama a las personas!, sin juicio alguno, sin conocimiento de causa, sólo por ser diferentes a nosotros; nos erigimos en jueces de los demás cuando ni el mismo Jesús lo hizo,
– el orgullo, que hace perder el rumbo de la existencia,
– la frivolidad, el actuar sin responsabilidad, sin tomarse en serio el trabajo, así como perder el tiempo en cosas absurdas e inútiles.

¿Cómo limpiar el espíritu?

¿Cómo limpiar el alma de esas impurezas? Convirtiendo todas las actitudes anteriores en su contrario, en positivo.

Todas estas cosas hacen el alma pura:
– los buenos propósitos, plantearse buenas metas y seguirlas,
– rescatar el amor y la sexualidad,
– la generosidad; no sólo se trata de no quitar, sino de dar a los demás,
– para contrarrestar la muerte, dar vida, generar vida a nuestro alrededor amando y trabajando por los demás,
– dar lo mejor de nosotros mismos,
– renunciar a todo cuanto no necesitamos y puede causar envidia y rencillas,
– la sobriedad,
– la madurez y la responsabilidad,
– hablar bien de la gente (o no hablar), sin matar jamás la fama de nadie ni su dignidad,
– mantener una actitud de sana humildad.

A medida que todas estas cosas vayan saliendo de nuestro interior, nuestro corazón será más puro y se asemejará, cada vez más, al corazón limpio y ardiente de Dios.

2012-08-25

¿También vosotros queréis iros?


XXI domingo tiempo ordinario

“Luego de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? Conociendo Jesús que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: ¿Esto os escandaliza?... ¿Queréis iros vosotros también? Respondióle Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Jn 6, 60-69

Una vivencia diferente de Dios

Jesús era un hombre libre, con una experiencia de Dios que no tenían sus coetáneos. Mucha gente no llegaba a comprenderlo y le echaban en cara su forma de hablar: estas palabras son inaceptables, decían.
Su intensa vivencia interior dio lugar a un nuevo concepto de Dios: el Dios Padre, cercano, misericordioso, que no desea otra cosa que la felicidad de sus criaturas.
La personalidad atractiva y arrolladora de Jesús arrastraba a muchas personas. Con sus predicaciones y sus curaciones sabía tocar sus corazones y comprendía sus anhelos más hondos. Pero muchos otros lo criticaban. La crítica es un fenómeno antropológico muy antiguo, tan viejo como la humanidad. Su origen son los celos, las comparaciones o los juicios desacertados. Jesús no fue inmune al impacto de la envidia y las difamaciones.

Palabras que son vida

Y, sin embargo, sus palabras son vida y alimento. Jamás el mensaje de Jesús ha sido contrario a la vida y a la felicidad humana. Su misión es que toda persona llegue a crecer y a madurar, hasta llegar a su plenitud personal. He venido para que tengan vida, y vida en abundancia, dice el Evangelio de San Juan.
Pero Jesús intuía que un sector de su pueblo e incluso de sus propios seguidores no lo comprendería, y sabía que esto lo llevaría a la muerte y a la cruz.
Hoy día mucha gente se aleja de la Iglesia. La pregunta de Jesús se dirige igualmente a los cristianos de hoy: ¿También vosotros queréis iros?
¿Qué queremos hacer? ¿Continuamos dentro o fuera?
Pedro contesta con hermosa rotundidad: ¿A quién vamos a acudir? Sin ti no somos nada... ¡Tus palabras son vida!
Así es. Reconocer que Cristo es el Santo de Dios es reconocer su bondad y descubrir que es la imagen más perfecta del Padre. Aceptarlo y acogerlo es dejar que se convierta en el eje de nuestra vida. Es abrazarlo y adherirnos a él. Y Dios quiere que nuestra existencia sea plena y colmada de alegría. La vida que nos da es eterna.

Iglesia y comunión

Es muy frecuente oír esta frase: Soy creyente, pero no practicante. No podemos juzgar a nadie, por supuesto. Pero la eucaristía es una consecuencia de nuestra fe, vivida y encarnada. ¿Cómo vamos a llegar a la plenitud espiritual sin participar en la vida de la comunidad?  
Si decimos sí a Jesús, estamos diciendo sí a la Iglesia. Jesús no quiso llevar a cabo su misión solo, llamó a unos discípulos y les confió continuar su tarea. Creó una nueva familia, unida no por vínculos de sangre, sino por la fuerza del Espíritu Santo. Insistió una y otra vez en la importancia de la unión, de la caridad mutua, de la fraternidad. Por tanto, no podemos concebir la fe sin una experiencia comunitaria y sin la vivencia de la comunión eucarística.
Finalmente, vivir coherentemente nuestra fe tiene sus consecuencias: matiza toda nuestra vida cotidiana y nuestra presencia en el mundo. La luz de Cristo, que alienta en nosotros, no puede pasar desapercibida. 

2012-08-18

El ágape del Señor

XX domingo tiempo ordinario
“Jesús les dijo: En verdad os digo, que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día”.
Jn 6, 51-58

Una invitación

Jesús nos invita a un ágape festivo, donde él es el alimento que se ofrece. Jesús es el pan del cielo. Quien lo coma, vivirá para siempre. ¿Qué significan estas palabras?
Cada domingo recibimos una invitación a encontrarnos con él, en la Eucaristía. Jesús es la fuente de nuestra vida espiritual. Por tanto, la eucaristía no es algo accesorio, sino un hecho fundamental en la vida de los creyentes.
El pan, la carne, significa la vida. Con el sacramento del pan y el vino Jesús decide estar presente para siempre en el mundo, cercano y accesible a toda persona.
En la celebración eucarística, Jesús nos invita a gozar de una vida en plenitud, ya aquí, en este mundo, y para siempre. La eucaristía anticipa el encuentro gozoso y definitivo con Dios. Es una antesala del cielo, un banquete, un ágape fraterno, un encuentro entre Dios y su criatura.

Saborear el cielo

Venir a misa no es una obligación, es un regalo de Dios que hace madurar nuestra conciencia cristiana de ser hijos suyos.
La eucaristía no es el mero cumplimiento de un deber, sino un encuentro con Cristo, participando de la plenitud del cielo. En ese encuentro, lo tomamos a él mismo. Cada domingo tenemos la ocasión de vivir un acontecimiento trascendental y místico. Somos invitados a  saborear el cielo en la tierra.
Mi cuerpo es verdadera carne y mi sangre verdadera bebida. Este es el misterio de la eucaristía: Dios mismo, en Cristo, está realmente presente, aunque no podamos percibirlo físicamente. Por tanto, la eucaristía debería provocar en cada uno de nosotros una convulsión espiritual.

El ágape

Comer con los demás es importante. Antropológicamente, la comensalidad es un encuentro que fomenta la relación interpersonal, la amistad, la convivencia. Encontrarse en una celebración es necesario, tanto cristiana como humanamente.
En la misa, Cristo es el anfitrión que nos invita y nos acoge. ¿Cómo podemos declinar su convite? ¿Cómo negarnos a venir?
Para los cristianos, la misa es momento central de la celebración de nuestra fe. Solemos seguir la rutina de los domingos, pero las otras fiestas de precepto no son menos importantes. La santa Iglesia es muy sabia cuando nos exhorta a guardar los preceptos. De la misma manera que necesitamos el alimento físico y emocional, también necesitamos el alimento espiritual, que debe complementar los otros dos. Con la celebración de la eucaristía se nos está ofreciendo una experiencia mística de cielo y un alimento que necesitamos. Es la fiesta del encuentro de Dios con sus hijos. ¡No fallemos a ese encuentro!

2012-08-10

El pan del cielo


XIX domingo tiempo ordinario

“Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo”.
Jn 6, 41-52

Levántate y repón tus fuerzas

En la vida se dan momentos de alegría y otros de dolor y desesperación. En los momentos de hundimiento, algunas personas se sienten tan desgraciadas que llegan incluso a desear la muerte o a quitarse la vida. Otras, deciden resistir con valor y con la esperanza de que la situación mejore.
El profeta Elías se encontró en uno de estos momentos desesperados. Perseguido por la reina Jezabel por haber predicado la verdad, fiel a la misión que Dios le había encomendado, se ve obligado a huir por el desierto. Allí, en medio del vacío, cansado y abatido, ruega a Dios que le quite la vida. Se siente abandonado y perdido. El cumplimiento de su misión profética le ha acarreado incomprensión y persecución. Es entonces cuando Dios le envía un ángel que lo anima y le da alimento, no una, sino dos veces. Lo invita a comer, a recuperar fuerzas y a seguir adelante. Entonces Elías retoma su camino y comprende que su misión también entraña una cruz.

El pan del cuerpo

Dios ha hecho al ser humano con un cuerpo y unas necesidades. Necesitamos comer para vivir y hemos de agradecer profundamente los alimentos que podemos tomar. ¡Bendigamos a Dios por ello! Hoy día el hombre ha aprendido a cultivar la tierra y a producir lo bastante como para acabar con el hambre. Pero, a pesar de esto, en los países ricos se da una sobreabundancia mientras que en los países pobres aún hay gentes que mueren de hambre. Agradecer lo que tenemos nos ha de impulsar a ayudar a los que no tienen para que el alimento básico no falte a nadie.

El pan de Dios

Jesús es el pan de Vida. Dios no sólo nos da el alimento de la carne, para nutrir el cuerpo. Nos da el alimento del espíritu. Y ese alimento es él mismo, Dios, que se nos ofrece. “No sólo de pan vive el hombre”. En la vida humana hay otra dimensión que necesita la luz, el amor y el perdón de Dios. Este es el Pan del Cielo, Dios mismo se nos entrega como alimento.
Descubrir la profundidad del Hijo nos hará comprender mejor al Padre. Hemos de aceptar que necesitamos de su persona. Dejémonos alimentar por él.

El pan de la amistad

Hay un tercer tipo de alimento. Es el pan que nos dan los amigos: unas palabras de afecto, ternura, palabras iluminadoras, comprensión. Este alimento nos sostiene. Los amigos nos dicen aquello que nos consuela y también aquello que no nos gusta tanto pero que nos puede hacer reaccionar, porque nos quieren. Su alimento nos hace crecer. La convivencia en la comunidad cristiana es el otro gran alimento.

Fuerza para vivir

Sin Jesús nuestra vida no tiene sentido. Él nos da la fuerza para vivir y nos hace comprender el significado de nuestra existencia. Él alimenta e ilumina nuestra vida.
Con la fuerza del pan de Cristo podremos caminar y otros seguirán las huellas de nuestra fe.
No perdamos la fe. Cuando llegan los recios vendavales que sacuden nuestras raíces es el momento de levantarse y seguir. El Espíritu del Señor nos ayudará a encontrar quien nos apoye.
Para ello, buscad vuestro desierto. Buscad un lugar de intimidad para estar a solas con Él. Dios siempre se da. Sólo necesita nuestro corazón abierto para poderlo recibir.

Con la colaboración del P. Michel Djaba, de Camerun.

2012-08-04

El pan que perdura

XVIII domingo tiempo ordinario

“Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre…” Jn 6, 24-35

Una promesa de vida eterna

En su ejercicio de la palabra, Jesús interpela tan profundamente que no deja a nadie indiferente. Tiene la capacidad de llegar al corazón y las gentes lo buscan incansablemente porque necesitan luz en su vida.

No obstante, esa búsqueda no siempre es limpia. Algunas personas quieren utilizarlo para conseguir sus fines. Después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, son muchos los que lo persiguen para satisfacer sus necesidades materiales. En su respuesta, exigente, Jesús desafía a quienes lo siguen y alude a otro tipo de pan y a otras necesidades, de orden espiritual. El hombre no puede vivir sólo de bienes materiales que perecen, sino del alimento que perdura. Con este discurso, Jesús va definiendo el sentido último de su misión: el centro de su tarea apostólica es dar la vida eterna.

La verdadera misión de la Iglesia

En el mundo de hoy, vemos que están surgiendo muchas iniciativas sociales y solidarias, a cargo de instituciones filantrópicas que se ponen al servicio de los más necesitados. Aunque es necesario responder con responsabilidad a los diversos problemas sociales, la misión de la Iglesia no se limita a la beneficencia, siendo ésta muy importante. La principal tarea de la Iglesia es anunciar su mensaje e invitar a las personas a crecer humana y espiritualmente.

Erradicar el hambre y la pobreza son imperativos éticos de toda sociedad y de los gobernantes. Es tarea de todos luchar contra la miseria y el dolor. La Iglesia también lo hace a través de sus instituciones caritativas. Pero nunca hemos de olvidar el sentido último de su misión: anunciar a Cristo e interpelar el corazón humano para que se aventure a vivir su vida centrada en el amor al prójimo. En definitiva, se trata de ocuparnos de las cosas de Dios. Y el deseo de Dios, según Jesús, es que creamos en la persona de Cristo como su enviado.

¿Qué significa esto? Dios quiere que trabajemos en todo aquello que nos ayude a conocerlo y amarlo mejor. Y lo podemos hacer si todo cuanto decimos y hacemos gira en torno a su persona. Se trata de situar a Dios en el centro de la familia, del trabajo, del ocio, de todo cuanto llena nuestra vida. Para ello, es necesario dedicar tiempo a la oración, a la formación y a la celebración. Además, materializamos nuestra fe ejerciendo la caridad hacia los demás.

Cristo, nuestro alimento

Desde la lógica humana es comprensible que uno pida signos para poder creer. Jesús hace referencia al pasaje del Éxodo en el que Moisés da de comer a su pueblo en el desierto y responde muy bien a aquellos que lo buscan. No es Moisés, sino su Padre, a través de él, quien alimenta a su gente. El pan de Dios no procede de este mundo, sino del cielo. También está haciendo una alusión a si mismo: él es el pan bajado del cielo.

La clave de la madurez cristiana es reconocer que Cristo es nuestro alimento. Una vez integrado en nuestra dieta espiritual, el hambre y la sed interior quedarán totalmente saciadas. Nuestra búsqueda del sentido último de la vida habrá culminado con su encuentro.

2012-07-28

Multiplicar la generosidad

XVII domingo tiempo ordinario


Levantando los ojos Jesús, y contemplando a la gran muchedumbre que venía a él, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos? [...]Contestó Felipe: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno de ellos reciba un pedacito. Dijo entonces uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Pedro: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos? Le dijo Jesús: Mandad que se acomoden. [...] Se acomodaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, dando gracias, entregó a los que estaban recostados, e igualmente los peces, cuanto quisieron.
Jn 6, 1-15

Cinco panes y dos peces

Eran muchos quienes seguían a Jesús en su caminar por Galilea. Necesitaban ver en él el rostro de la bondad de Dios. Jesús, como hemos visto en otros episodios, se compadece y los instruye con paciencia. Así, miles de personas lo siguen. Su capacidad de comunicación es enorme: sabe llegar a sus corazones.

En esta ocasión, Jesús debe marchar y despedir a la gente, pero están en un despoblado y no han comido nada. Entonces pregunta a sus discípulos qué pueden hacer. Ellos hacen cálculos. No tienen dinero suficiente para alimentar a una multitud tan numerosa. Andrés interviene, diciendo que un muchacho tiene cinco panes y dos peces. Pero, ¿qué es tan poco para dar de comer a tantos?

Y, sin embargo, basta el gesto de ese jovencito, dando lo poco que tiene, para provocar el milagro. Jesús, bendiciendo este acto, multiplica la generosidad. Todo el mundo puede comer y aún sobra.

Dios responde a nuestra generosidad

Cuando damos, aunque sólo sea un uno por ciento, o aún menos, de cuanto tenemos, Dios lo multiplica hasta el infinito. No regatea. Responde a nuestra generosidad de modo magnificente.

¿Por qué no dar un diezmo de cuanto poseemos? Finalmente, todo lo que tenemos es porque lo hemos recibido. La generosidad implica gratitud y reconocimiento. Dios no sólo nos lo ha dado todo. Se nos da a sí mismo, se entrega, sin límites, a través de su Hijo Jesús.

El hambre del mundo

Con el pequeño esfuerzo de aquel muchacho, Jesús fue capaz de alimentar a miles de personas. Este relato nos hace reflexionar sobre el problema del hambre en el mundo. Tan sólo haciendo un pequeño sacrificio, aquellos que tenemos en abundancia podríamos combatirlo.

En el mundo se derrochan enormes cantidades de dinero en guerras. Cuánto cuesta matar, y cuánto menos costaría alimentar a toda la humanidad. Con el coste de una guerra de pocos días, se podría acabar con el hambre. Pero los magnates carecen de la lucidez para ver que no se debe quitar la vida a nadie ni hacer morir a un solo inocente por la ambición de poder que los mueve.

La Iglesia ha de salir al paso de tantos atropellos. Los cristianos estamos llamados a comprometernos. Somos suficientes como para poder cambiar la situación e impedir que muchas personas mueran de hambre. Como mínimo, podemos rezar.

Pero con nuestro diezmo, con nuestra pequeña entrega, podríamos mejorar el mundo. La Iglesia contiene un tesoro inmenso capaz de hacerlo. Es nuestra responsabilidad emplear ese valioso don.

Dios cuenta con nosotros

«Y sobraron doce cestas de pan», dice el evangelio. Cuando se produce el milagro, cuando el corazón humano queda tocado, Dios multiplica nuestras posibilidades. Claro que Dios podría hacer muchísimas cosas, él solo, pero ha querido contar con la humanidad, con su fe y su libertad, para realizar su obra.

Dios no solamente quiere librarnos del hambre. Desea que nos saciemos de él, que imitemos su esplendidez, su capacidad de tocar el corazón, su generosidad. La mayor tragedia, aún más dolorosa que el hambre, es que muchas personas mueran sin conocer a Dios, sin probar el alimento divino.

Trabajemos para que la gente no sufra, para que sepa sacar lo mejor de sí y darlo a los demás.

2012-07-21

Como ovejas sin pastor

XVI domingo tiempo ordinario

“Se fueron en la barca a un sitio desierto y apartado, pero les vieron ir, y muchos supieron dónde iban y, a pie, de todas las ciudades, concurrieron a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma”. Mc 6, 30-34

El buen pastor se conmueve

Jesús cuida de los suyos. Después de enviarlos de dos en dos a predicar, busca un tiempo de paz y sosiego para hablarles al corazón. Está formando a los futuros apóstoles y quiere darles descanso. Pero no puede. Tal fue el éxito de su misión que las gentes los seguían por todas partes. “Ni tiempo tenían para comer”.

Esta es la gran misión de la Iglesia: anunciar incansablemente el Reino de Dios en el mundo. Jesús renuncia a su espacio de tranquilidad y reposo por el bien del gentío. “Vio a una multitud y se compadeció, porque andaban como ovejas sin pastor”

Cuánta gente deambula sin horizontes claros, perdida, buscando sin encontrar, intentando dar un sentido a su existencia. Jesús no podía desatender esa llamada de la gente perdida. Tampoco puede hacerlo la Iglesia. Debe responder a las inquietudes de la sociedad de hoy.

“Y se puso a enseñarlos con calma”

La Iglesia no descansará de ayudar a la gente a encontrar sentido a su vida. No puede dormir. Son muchos los que necesitan luz en su corazón, los que ansían escuchar palabras de aliento y esperanza. Jesús es la imagen de la Iglesia. Viendo tanta gente sin fe, sin pastores, sin guía, necesitada de llenar el anhelo de su alma, no puede darse reposo.

Cuando la gente se aparta de su Creador se seca por dentro. Le falta el agua viva y el motivo que anima su existencia entera. Los cristianos tenemos la gran tarea de estar atentos y disponibles, dedicándonos sin prisa, con calma, a construir espacios de cielo en este mundo.

Somos responsables en el mundo

El trabajo de la Iglesia también debe interpelar a los falsos pastores que predican bien, pero no viven de acuerdo con sus palabras. La coherencia vital es clave en los líderes del pueblo. Aquellos que ejercen una labor pastoral o pedagógica tienen en sus manos una enorme responsabilidad. De ellos depende que puedan suscitar la fe y dar un testimonio creíble.

Vivimos las tragedias que azotan los países de África y Oriente Medio. Benedicto XVI nos pide rezar por las víctimas inocentes y, muy especialmente, por los responsables políticos, para que sepan discernir que su servicio público no se entiende si no es desde el amor y la justicia. Los gobernantes tienen la responsabilidad de armonizar los intereses y derechos de unos y otros, respetando la identidad de cada país.

No podemos dejar de predicar, pero tampoco de rezar y ser solidarios con el alma de los inocentes que sufren injustamente.

Dios nos puede dar la paz interior que necesitamos para no cansarnos jamás de luchar. Cada cristiano se convierte en un pastor allí donde está: en su familia, en su entorno vecinal, en su trabajo. Allí donde vive está transmitiendo valores a la sociedad y a las personas que lo rodean. La oración nos dará fuerzas para que nunca se agote el torrente de aguas cristalinas que Dios hace manar en nuestro corazón.

2012-07-14

Los envió de dos en dos

XV domingo tiempo ordinario

“Llamando a sí a los doce, comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros, y los encargó que no tomasen para el camino nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinturón, y se calzasen con sandalias y no llevasen dos túnicas. Les decía: Dondequiera que entréis en una casa, quedaos en ella hasta que salgáis de aquel lugar, y si un lugar no os recibe, ni os escucha, al salir sacudid el polvo de vuestros pies…” Mc 6, 7-13
 
Los primeros misioneros

Llega un momento en que Jesús envía a sus discípulos para iniciarse en la tarea de la evangelización. Los envía en su primera experiencia apostólica y les da sus consejos. Estas palabras son fuente de inspiración para nuestra tarea pastoral hoy.

¿Cómo anunciar el reino de Dios en el mundo? Jesús les aconseja guardar una actitud humilde y no llevar un gran equipaje en el camino. En la predicación, no se trata de convencer, sino de hacer descubrir al otro, mediante el testimonio, que vale la pena preguntarse por Dios y acercarse al misterio de ese amor tan grande que nos sobrepasa.

Jesús les advierte que tengan una actitud tranquila y serena. La evangelización no es una colonización ni una conquista. Si os acogen, les dice, dadles la paz y permaneced en esa casa. Si os rechazan, marchaos en silencio y sacudíos el polvo de los pies… Nadie puede obligar a otro a creer. Para tener fe es preciso estar abierto y escuchar.

Evangelizar hoy

¿Cómo evangelizar hoy? Hemos de comprender las claves de nuestra cultura moderna para saber cómo testimoniar nuestra vivencia de Dios. Nuestra cultura se caracteriza por el culto al yo, disfrazado de muy diversas formas de narcisismo, y por el culto a la ciencia y a la tecnología. Se trata de una sociedad apática ante Dios, que no parece necesitar la trascendencia. Sin embargo, está hambrienta de ella.

Jesús nos da pistas para nuestra labor evangelizadora. Y en estos criterios difiere de otras religiones. Por ejemplo, los primeros líderes musulmanes fueron instruidos para librar una guerra santa, llevando como armas la espada, el caballo y la mujer. Jesús advierte a los suyos que no lleven gran cosa en el camino. No adiestra guerreros, sino que forma un grupo de amigos y los invita a conocer a un Dios que es Padre y es Amor.

Las tareas del apóstol

Los primeros discípulos hicieron tres cosas: predicaron la conversión del corazón, quitaron demonios y curaron enfermos.

La conversión no significa otra cosa que un giro, un cambio radical de actitud. Predicar la conversión significa anunciar que vale la pena salir de nuestro ensimismamiento y mirar hacia el otro. Convertirse implica abandonar el egocentrismo y situarse en el mundo de otra manera, con humildad y sencillez, volviendo nuestra vida hacia el rostro de Dios. Es ser consciente de que Él nos llena y nos ama.

La expresión “sacar demonios” se entiende como una lucha contra el mal, que se manifiesta de muchas maneras. Los cristianos deberíamos llegar a ser “guerreros de paz”. Nuestra batalla es arrancar el egoísmo que arraiga en el mundo para que Dios penetre en nuestras vidas. Estar poseído de si mismo es la peor de las posesiones, y se da cuando la persona se encierra en sí. Estamos llamados a vivir con intensidad la plenitud de Dios y a luchar contra todo lo que rompe su reino en la tierra.

También se dedicaron a curar enfermos. Hoy en el mundo falta mucha salud, y no sólo física, sino espiritual. La salud divina da sentido a la existencia humana. Muchas personas enferman por falta de ternura, de comprensión, por no encontrar respuesta a sus interrogantes, por falta de ilusiones, de esperanza, por falta de Dios en su interior.

Los bautizados damos un paso adelante. Dios entra en nuestra vida. Nos llama a luchar contra todo lo que pueda alejar al mundo de su Creador, y a acompañar y sostener a muchas personas enfermas, solas o necesitadas de ayuda y consuelo. Hoy, más que nunca, hemos de ser fundamentos sólidos para que la vida de Dios pueda ser edificada en nuestro interior. Necesitamos ser firmes en nuestras creencias y capaces de celebrar el amor de Dios, que no es otra cosa que hacer cielo en nuestro mundo.

Esta es la vida del cristiano: predicar, curar, acompañar… y todo esto se sostiene en la oración. El mundo necesita gente tenaz, sincera y convencida. Necesita la ternura de Dios. Dejémonos invadir por su Amor.





























2012-07-07

Nadie es profeta entre los suyos


XIV domingo tiempo ordinario

“Llegado el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la muchedumbre que le oía se maravillaba, diciendo: ¿De dónde le vienen a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada, y cómo se hacen por su mano tales milagros?”
Mc 6, 1-6

Con sus palabras, Jesús llegaba al corazón de la gente. Era un hombre carismático que no dejaba indiferente a nadie. Su impacto en quienes lo escuchaban sólo puede explicarse desde una intensa vivencia y apertura a Dios. Jesús hablaba de aquello que vivía, sentía y creía. Era un gran comunicador, no sólo por su capacidad retórica, sino porque creía en aquello que transmitía. Este sería un buen fundamento para la pedagogía moderna: además de adaptar el lenguaje y los criterios a nuestros tiempos, lo que realmente permanece es la autenticidad y la coherencia.
Jesús suscitaba interés porque no había distancia alguna entre cuanto decía y vivía. Él encarnaba perfectamente sus palabras. Por esto interpelaba a las gentes y despertaba su asombro. ¿Quién es éste?, se preguntaban. ¿Quién le enseña todo esto?

Nadie es profeta en su pueblo

Pero Jesús encontró poca fe en su propio pueblo, entre los suyos. Se fue triste de allí, ante su incredulidad e incluso su ironía, rayando el desprecio. Curó algunos enfermos, no renunció a su carisma sanador. Pero se marchó en seguida. “Nadie es profeta en su pueblo”, reza el dicho popular. Este fenómeno se da en muchos de nuestros barrios y pueblos. “¿Qué nos va a enseñar éste?”, decimos. Y no nos percatamos de que un pueblo que se cierra a Dios pierde su horizonte.
Vigilemos ante la falta de fe. En nuestro mundo regido por la tecnología y la ciencia, Dios también tiene mucho que decirnos. Nos trae un mensaje que da sentido a nuestras vidas. Si no respondemos a este regalo que nos ofrece, ¿qué será de nosotros? Pero Dios respeta nuestra libertad; si no lo queremos escuchar, se apartará, discretamente, en silencio.

Saber escuchar

Aprender a escuchar es nuestro gran reto. Escuchemos, no sólo con el oído, sino en el sentido hebreo del término. Escucha significa apertura, aceptación y adhesión total a lo que oímos. Pero a menudo la prisa, la agitación y la vorágine en la que vivimos inmersos nos impiden escuchar debidamente. Dios nos puede estar diciendo muchas cosas cada día. Pero sin reflexión, sin espacios de silencio y meditación, no podremos oír su mensaje. Una sociedad que no se detiene, que no piensa, camina hacia el abismo.
Dios sólo pide que le escuchemos y hagamos vida aquello que oímos.

Autoridad y educación

Jesús hablaba con autoridad. Hay que tener en cuenta que autoridad no significa poder. Jesús siempre renunció al poder. La autoridad se refiere a “autoría”, a convicción profunda, a autenticidad. La autoridad no coarta la libertad ni destruye a nadie.
El gran trabajo evangelizador es educar. El significado de esta palabra también debe conocerse: educar significa sacar afuera. En el caso de la Iglesia, se trata de hacer aflorar todo aquello de Dios que tenemos las personas. Somos de Dios, estamos hechos por amor y para el amor, la alegría, la comunicación. El hombre no puede vivir fragmentado. ¿Qué puede unir y dar solidez al ser humano? Aquel que lo ha creado. Si nos alejamos de sus manos amorosas, tiernas, cálidas, ¡nos perdemos!

Un atisbo de cielo

Dios es quien nos da la vida, la existencia, la familia, los amigos, la fe, y también la razón, la inteligencia y la capacidad de aprender. El cielo es aquello que sentimos cuando amamos profundamente. En la tierra ya podemos pregustarlo como estallido de gozo que transforma toda una vida.
No perdamos la fe. Sin fe, nuestra vida se convertiría en un gélido desierto, nos tornaríamos insensibles y sin sentimientos. El mundo necesita dulzura, ternura de Dios, poesía, estética, para tener sentido.
Convirtámonos en apóstoles fervientes, sin temor. Hemos de pasar la antorcha de la fe, encendida, a las próximas generaciones. Ahí está la calidad de nuestra vida: tener fe añade un valor inmenso a nuestra existencia. El mundo nos espera. Hemos de brillar para despertar el amor de Dios en la humanidad.