Lecturas
Sabiduría 6, 12-16
Salmo 62
1 Tesalonicenses 4, 13-18
Mateo 25, 1-13
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
Estamos acercándonos al final del Tiempo Ordinario. Las
lecturas de este domingo son una invitación a vivir despiertos, cultivar la
sabiduría del corazón y mantener encendida la esperanza, incluso cuando la
espera se hace larga.
La primera lectura nos habla de una sabiduría que se deja
encontrar por quienes la buscan. El salmo expresa el anhelo profundo del alma
que tiene sed de Dios. San Pablo nos invita a no vivir la muerte desde la
desesperanza, y Jesús, con la parábola de las diez vírgenes, nos recuerda que
la vida necesita una luz que no se apague.
Que no se apague la lámpara
La espera pone a prueba nuestra paciencia. Esperamos una
noticia, una respuesta, un cambio que no llega, una persona que tarda en
regresar. Y, mientras esperamos, corremos el riesgo de cansarnos, perder la
ilusión o dejar que se apague poco a poco la luz que llevamos dentro.
El Evangelio de este domingo nos presenta una escena muy típica
en tiempos de Jesús: diez muchachas que esperan la llegada del esposo para
acompañarlo a la celebración de la boda. Todas llevan sus lámparas. Todas
tienen el mismo propósito. Pero hay una diferencia: cinco han sido previsoras y
han llevado aceite de reserva; las otras cinco no.
Cuando el esposo se retrasa, todas se quedan dormidas. La
diferencia no está en quién consigue mantenerse despierta, sino en quién ha
sabido prepararse para una espera que puede ser más larga de lo previsto.
Jesús nos habla de una lámpara que necesita aceite. Es una
hermosa imagen para comprender nuestra vida espiritual. La fe no se alimenta
solamente de momentos extraordinarios, de emociones intensas o de grandes
celebraciones. Necesita un cuidado cotidiano, silencioso y perseverante.
¿Cuál es el aceite que mantiene encendida nuestra
lámpara? La oración de cada día, una frase del Evangelio que nos acompaña,
la confianza cuando las cosas se tuercen, la capacidad de perdonar, la ternura
con quienes tenemos cerca. También esos pequeños gestos de bondad que nadie ve,
pero que van llenando de sentido nuestra vida.
La primera lectura nos ofrece una pista: la sabiduría
es luminosa, nunca se marchita y se deja encontrar por quienes la buscan. No se
trata de acumular conocimientos, sino de aprender a mirar la vida con los
ojos de Dios. Una sabiduría que nos ayuda a distinguir lo verdaderamente
importante de aquello que nos distrae y nos roba la paz.
El salmo pone palabras a ese deseo profundo: «Mi alma
está sedienta de ti, Señor, Dios mío». Es una sed que todos llevamos
dentro, aunque a veces intentemos saciarla con prisas, ocupaciones o
preocupaciones. Necesitamos algo más que ir pasando los días: necesitamos una
razón para vivir, una presencia que nos sostenga, una esperanza que ilumine
nuestro camino.
San Pablo, por su parte, nos recuerda que no estamos
llamados a vivir la muerte con tristeza desesperada, porque nuestra historia
está sostenida por una promesa: estaremos siempre con el Señor. La esperanza
cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el dolor, sino en descubrir que el
amor de Dios es más fuerte que la muerte.
Jesús no nos pide grandes cosas. Pero nos invita a revisar
nuestras reservas de aceite. ¿Qué estamos haciendo para alimentar nuestra
esperanza? ¿Cuidamos nuestra relación con Dios? ¿Tenemos tiempo para escuchar,
acompañar y querer? ¿O dejamos que las prisas y las preocupaciones consuman
toda nuestra energía?
No podemos vivir de la fe de ayer, del entusiasmo de hace
años o de las buenas intenciones que nunca llegan a convertirse en gestos. Cada
día necesitamos volver a encender la lámpara.
Y, atención, porque no sabemos cuándo llegará el esposo.
Pero sí sabemos cómo queremos que nos encuentre: con el corazón abierto, con
las manos dispuestas y con una pequeña llama de esperanza que siga iluminando a
quienes caminan a nuestro lado.
No importa cuánto tarda en llegar la luz, sino que, mientras esperamos, no dejemos de mantener encendida nuestra lámpara.

2 comentarios:
Hoy no tenemos esos espacios para meditar la palabra, todo esto contaminado con la televisión, la tecnología, la prisa, y siempre la familia dispersa sin tiempo para Dios, donde vivimos momentos agotados y así llega la noche, extraño mi familia de niña donde se oraba, y se dormía en paz
Necesitamos esa Presencia que nos sostenge. Ese trato constante con el Señor mantendrá nuestra lámpara siempre encendida.
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