2012-09-01

¿Qué nos hace puros?


XXII domingo tiempo ordinario


“Le preguntaron los fariseos y escribas: ¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de los antiguos, sino que comen pan con manos impuras? El les dijo: Muy bien profetizó de vosotros Isaías, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí, pues me dan un culto vano, enseñando doctrinas que son preceptos humanos”.
Mc 7, 1-8; 14-15; 21-23

Ataque a la hipocresía

Jesús acusa a los fariseos ante su actitud rigurosa respecto a las leyes y el culto. Con duras palabras, los tacha de hipócritas, pues predican mucho pero no hacen nada. Su vida no se corresponde con sus palabras y creencias. En el contexto de Jesús, conviene saber que los fariseos eran un grupo religioso muy prestigioso e influyente, celosamente observante de la ley, y que ejercía un importante poder sobre las gentes.

Jesús se aparta del rigor fariseo en cuanto al cumplimiento de los preceptos y la tradición judía. Y para ello recuerda las palabras de los mismos profetas: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me da está vacío.

Coherencia entre vida y fe

En realidad, Jesús no está rechazando la ley, sino apelando a la coherencia religiosa. Nos interpela a unir lo que decimos con lo que hacemos. Hoy, en un mundo convulso y desorientado, es difícil expresar y vivir nuestra fe. No es fácil acordar la fe con las tendencias del mundo. Para comunicarla, necesitamos desarrollar una nueva pedagogía con un lenguaje actual y comprensible.

La interpelación de Jesús también se dirige a los cristianos de hoy. Los católicos decimos muchas cosas. Quizás tenemos muy clara nuestra doctrina. Pero nuestra vida cotidiana a veces se aleja mucho de ella y de la realidad que nos rodea. No siempre somos coherentes.

Jesús nos exhorta a honrar a Dios con el corazón, con los labios, con los hechos, con el testimonio y con la vida entera. Será entonces cuando todo aquello que digamos no será vacío, sino sincero y real.

De lo que está lleno el corazón, habla la boca. Si vivimos nuestra fe y cultivamos la oración, nuestra vida se llenará de aquello que proclamamos. La consecuencia siguiente será la celebración, la eucaristía.

Un nuevo concepto de la pureza

Jesús también nos presenta un claro concepto de pureza e impureza. La pureza, nos dice, no tiene tanto que ver con lo que entra sino con lo que sale de uno mismo. No se refiere a aspectos físicos, sino a las actitudes morales que albergamos dentro de nosotros y que sacamos afuera.

Nada que entra de afuera hace impuro al hombre, sino lo que sale de su interior. Y a continuación, Jesús lista una serie de actitudes de rabiosa actualidad, pues podemos observarlas continuamente a nuestro alrededor:

– los malos propósitos, las intenciones torcidas dirigidas a perjudicar o dañar a alguien,
– la fornicación, que se aprecia en el exagerado culto a la sexualidad y a la pornografía, desprovistas de todo horizonte ético,
– los robos, no sólo de bienes materiales, sino de información, así como los fraudes, las malversaciones, la corrupción, que hacen perder la dignidad humana de quien los comete,
– los homicidios, cuya expresión máxima es la guerra y la escalada bélica; no podemos dar culto a la muerte,
– los desenfrenos de todo tipo, representados por esta cultura consumista que nos hace desear lo que tal vez no necesitamos, y por el ritmo acelerado en que vivimos, que nos arrebata la paz,
– la envidia, un mal que empapa toda nuestra cultura,
– la difamación, ¡cuántas veces quitamos la fama a las personas!, sin juicio alguno, sin conocimiento de causa, sólo por ser diferentes a nosotros; nos erigimos en jueces de los demás cuando ni el mismo Jesús lo hizo,
– el orgullo, que hace perder el rumbo de la existencia,
– la frivolidad, el actuar sin responsabilidad, sin tomarse en serio el trabajo, así como perder el tiempo en cosas absurdas e inútiles.

¿Cómo limpiar el espíritu?

¿Cómo limpiar el alma de esas impurezas? Convirtiendo todas las actitudes anteriores en su contrario, en positivo.

Todas estas cosas hacen el alma pura:
– los buenos propósitos, plantearse buenas metas y seguirlas,
– rescatar el amor y la sexualidad,
– la generosidad; no sólo se trata de no quitar, sino de dar a los demás,
– para contrarrestar la muerte, dar vida, generar vida a nuestro alrededor amando y trabajando por los demás,
– dar lo mejor de nosotros mismos,
– renunciar a todo cuanto no necesitamos y puede causar envidia y rencillas,
– la sobriedad,
– la madurez y la responsabilidad,
– hablar bien de la gente (o no hablar), sin matar jamás la fama de nadie ni su dignidad,
– mantener una actitud de sana humildad.

A medida que todas estas cosas vayan saliendo de nuestro interior, nuestro corazón será más puro y se asemejará, cada vez más, al corazón limpio y ardiente de Dios.

2012-08-25

¿También vosotros queréis iros?


XXI domingo tiempo ordinario

“Luego de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? Conociendo Jesús que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: ¿Esto os escandaliza?... ¿Queréis iros vosotros también? Respondióle Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.
Jn 6, 60-69

Una vivencia diferente de Dios

Jesús era un hombre libre, con una experiencia de Dios que no tenían sus coetáneos. Mucha gente no llegaba a comprenderlo y le echaban en cara su forma de hablar: estas palabras son inaceptables, decían.
Su intensa vivencia interior dio lugar a un nuevo concepto de Dios: el Dios Padre, cercano, misericordioso, que no desea otra cosa que la felicidad de sus criaturas.
La personalidad atractiva y arrolladora de Jesús arrastraba a muchas personas. Con sus predicaciones y sus curaciones sabía tocar sus corazones y comprendía sus anhelos más hondos. Pero muchos otros lo criticaban. La crítica es un fenómeno antropológico muy antiguo, tan viejo como la humanidad. Su origen son los celos, las comparaciones o los juicios desacertados. Jesús no fue inmune al impacto de la envidia y las difamaciones.

Palabras que son vida

Y, sin embargo, sus palabras son vida y alimento. Jamás el mensaje de Jesús ha sido contrario a la vida y a la felicidad humana. Su misión es que toda persona llegue a crecer y a madurar, hasta llegar a su plenitud personal. He venido para que tengan vida, y vida en abundancia, dice el Evangelio de San Juan.
Pero Jesús intuía que un sector de su pueblo e incluso de sus propios seguidores no lo comprendería, y sabía que esto lo llevaría a la muerte y a la cruz.
Hoy día mucha gente se aleja de la Iglesia. La pregunta de Jesús se dirige igualmente a los cristianos de hoy: ¿También vosotros queréis iros?
¿Qué queremos hacer? ¿Continuamos dentro o fuera?
Pedro contesta con hermosa rotundidad: ¿A quién vamos a acudir? Sin ti no somos nada... ¡Tus palabras son vida!
Así es. Reconocer que Cristo es el Santo de Dios es reconocer su bondad y descubrir que es la imagen más perfecta del Padre. Aceptarlo y acogerlo es dejar que se convierta en el eje de nuestra vida. Es abrazarlo y adherirnos a él. Y Dios quiere que nuestra existencia sea plena y colmada de alegría. La vida que nos da es eterna.

Iglesia y comunión

Es muy frecuente oír esta frase: Soy creyente, pero no practicante. No podemos juzgar a nadie, por supuesto. Pero la eucaristía es una consecuencia de nuestra fe, vivida y encarnada. ¿Cómo vamos a llegar a la plenitud espiritual sin participar en la vida de la comunidad?  
Si decimos sí a Jesús, estamos diciendo sí a la Iglesia. Jesús no quiso llevar a cabo su misión solo, llamó a unos discípulos y les confió continuar su tarea. Creó una nueva familia, unida no por vínculos de sangre, sino por la fuerza del Espíritu Santo. Insistió una y otra vez en la importancia de la unión, de la caridad mutua, de la fraternidad. Por tanto, no podemos concebir la fe sin una experiencia comunitaria y sin la vivencia de la comunión eucarística.
Finalmente, vivir coherentemente nuestra fe tiene sus consecuencias: matiza toda nuestra vida cotidiana y nuestra presencia en el mundo. La luz de Cristo, que alienta en nosotros, no puede pasar desapercibida. 

2012-08-18

El ágape del Señor

XX domingo tiempo ordinario
“Jesús les dijo: En verdad os digo, que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día”.
Jn 6, 51-58

Una invitación

Jesús nos invita a un ágape festivo, donde él es el alimento que se ofrece. Jesús es el pan del cielo. Quien lo coma, vivirá para siempre. ¿Qué significan estas palabras?
Cada domingo recibimos una invitación a encontrarnos con él, en la Eucaristía. Jesús es la fuente de nuestra vida espiritual. Por tanto, la eucaristía no es algo accesorio, sino un hecho fundamental en la vida de los creyentes.
El pan, la carne, significa la vida. Con el sacramento del pan y el vino Jesús decide estar presente para siempre en el mundo, cercano y accesible a toda persona.
En la celebración eucarística, Jesús nos invita a gozar de una vida en plenitud, ya aquí, en este mundo, y para siempre. La eucaristía anticipa el encuentro gozoso y definitivo con Dios. Es una antesala del cielo, un banquete, un ágape fraterno, un encuentro entre Dios y su criatura.

Saborear el cielo

Venir a misa no es una obligación, es un regalo de Dios que hace madurar nuestra conciencia cristiana de ser hijos suyos.
La eucaristía no es el mero cumplimiento de un deber, sino un encuentro con Cristo, participando de la plenitud del cielo. En ese encuentro, lo tomamos a él mismo. Cada domingo tenemos la ocasión de vivir un acontecimiento trascendental y místico. Somos invitados a  saborear el cielo en la tierra.
Mi cuerpo es verdadera carne y mi sangre verdadera bebida. Este es el misterio de la eucaristía: Dios mismo, en Cristo, está realmente presente, aunque no podamos percibirlo físicamente. Por tanto, la eucaristía debería provocar en cada uno de nosotros una convulsión espiritual.

El ágape

Comer con los demás es importante. Antropológicamente, la comensalidad es un encuentro que fomenta la relación interpersonal, la amistad, la convivencia. Encontrarse en una celebración es necesario, tanto cristiana como humanamente.
En la misa, Cristo es el anfitrión que nos invita y nos acoge. ¿Cómo podemos declinar su convite? ¿Cómo negarnos a venir?
Para los cristianos, la misa es momento central de la celebración de nuestra fe. Solemos seguir la rutina de los domingos, pero las otras fiestas de precepto no son menos importantes. La santa Iglesia es muy sabia cuando nos exhorta a guardar los preceptos. De la misma manera que necesitamos el alimento físico y emocional, también necesitamos el alimento espiritual, que debe complementar los otros dos. Con la celebración de la eucaristía se nos está ofreciendo una experiencia mística de cielo y un alimento que necesitamos. Es la fiesta del encuentro de Dios con sus hijos. ¡No fallemos a ese encuentro!

2012-08-10

El pan del cielo


XIX domingo tiempo ordinario

“Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo”.
Jn 6, 41-52

Levántate y repón tus fuerzas

En la vida se dan momentos de alegría y otros de dolor y desesperación. En los momentos de hundimiento, algunas personas se sienten tan desgraciadas que llegan incluso a desear la muerte o a quitarse la vida. Otras, deciden resistir con valor y con la esperanza de que la situación mejore.
El profeta Elías se encontró en uno de estos momentos desesperados. Perseguido por la reina Jezabel por haber predicado la verdad, fiel a la misión que Dios le había encomendado, se ve obligado a huir por el desierto. Allí, en medio del vacío, cansado y abatido, ruega a Dios que le quite la vida. Se siente abandonado y perdido. El cumplimiento de su misión profética le ha acarreado incomprensión y persecución. Es entonces cuando Dios le envía un ángel que lo anima y le da alimento, no una, sino dos veces. Lo invita a comer, a recuperar fuerzas y a seguir adelante. Entonces Elías retoma su camino y comprende que su misión también entraña una cruz.

El pan del cuerpo

Dios ha hecho al ser humano con un cuerpo y unas necesidades. Necesitamos comer para vivir y hemos de agradecer profundamente los alimentos que podemos tomar. ¡Bendigamos a Dios por ello! Hoy día el hombre ha aprendido a cultivar la tierra y a producir lo bastante como para acabar con el hambre. Pero, a pesar de esto, en los países ricos se da una sobreabundancia mientras que en los países pobres aún hay gentes que mueren de hambre. Agradecer lo que tenemos nos ha de impulsar a ayudar a los que no tienen para que el alimento básico no falte a nadie.

El pan de Dios

Jesús es el pan de Vida. Dios no sólo nos da el alimento de la carne, para nutrir el cuerpo. Nos da el alimento del espíritu. Y ese alimento es él mismo, Dios, que se nos ofrece. “No sólo de pan vive el hombre”. En la vida humana hay otra dimensión que necesita la luz, el amor y el perdón de Dios. Este es el Pan del Cielo, Dios mismo se nos entrega como alimento.
Descubrir la profundidad del Hijo nos hará comprender mejor al Padre. Hemos de aceptar que necesitamos de su persona. Dejémonos alimentar por él.

El pan de la amistad

Hay un tercer tipo de alimento. Es el pan que nos dan los amigos: unas palabras de afecto, ternura, palabras iluminadoras, comprensión. Este alimento nos sostiene. Los amigos nos dicen aquello que nos consuela y también aquello que no nos gusta tanto pero que nos puede hacer reaccionar, porque nos quieren. Su alimento nos hace crecer. La convivencia en la comunidad cristiana es el otro gran alimento.

Fuerza para vivir

Sin Jesús nuestra vida no tiene sentido. Él nos da la fuerza para vivir y nos hace comprender el significado de nuestra existencia. Él alimenta e ilumina nuestra vida.
Con la fuerza del pan de Cristo podremos caminar y otros seguirán las huellas de nuestra fe.
No perdamos la fe. Cuando llegan los recios vendavales que sacuden nuestras raíces es el momento de levantarse y seguir. El Espíritu del Señor nos ayudará a encontrar quien nos apoye.
Para ello, buscad vuestro desierto. Buscad un lugar de intimidad para estar a solas con Él. Dios siempre se da. Sólo necesita nuestro corazón abierto para poderlo recibir.

Con la colaboración del P. Michel Djaba, de Camerun.

2012-08-04

El pan que perdura

XVIII domingo tiempo ordinario

“Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre…” Jn 6, 24-35

Una promesa de vida eterna

En su ejercicio de la palabra, Jesús interpela tan profundamente que no deja a nadie indiferente. Tiene la capacidad de llegar al corazón y las gentes lo buscan incansablemente porque necesitan luz en su vida.

No obstante, esa búsqueda no siempre es limpia. Algunas personas quieren utilizarlo para conseguir sus fines. Después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, son muchos los que lo persiguen para satisfacer sus necesidades materiales. En su respuesta, exigente, Jesús desafía a quienes lo siguen y alude a otro tipo de pan y a otras necesidades, de orden espiritual. El hombre no puede vivir sólo de bienes materiales que perecen, sino del alimento que perdura. Con este discurso, Jesús va definiendo el sentido último de su misión: el centro de su tarea apostólica es dar la vida eterna.

La verdadera misión de la Iglesia

En el mundo de hoy, vemos que están surgiendo muchas iniciativas sociales y solidarias, a cargo de instituciones filantrópicas que se ponen al servicio de los más necesitados. Aunque es necesario responder con responsabilidad a los diversos problemas sociales, la misión de la Iglesia no se limita a la beneficencia, siendo ésta muy importante. La principal tarea de la Iglesia es anunciar su mensaje e invitar a las personas a crecer humana y espiritualmente.

Erradicar el hambre y la pobreza son imperativos éticos de toda sociedad y de los gobernantes. Es tarea de todos luchar contra la miseria y el dolor. La Iglesia también lo hace a través de sus instituciones caritativas. Pero nunca hemos de olvidar el sentido último de su misión: anunciar a Cristo e interpelar el corazón humano para que se aventure a vivir su vida centrada en el amor al prójimo. En definitiva, se trata de ocuparnos de las cosas de Dios. Y el deseo de Dios, según Jesús, es que creamos en la persona de Cristo como su enviado.

¿Qué significa esto? Dios quiere que trabajemos en todo aquello que nos ayude a conocerlo y amarlo mejor. Y lo podemos hacer si todo cuanto decimos y hacemos gira en torno a su persona. Se trata de situar a Dios en el centro de la familia, del trabajo, del ocio, de todo cuanto llena nuestra vida. Para ello, es necesario dedicar tiempo a la oración, a la formación y a la celebración. Además, materializamos nuestra fe ejerciendo la caridad hacia los demás.

Cristo, nuestro alimento

Desde la lógica humana es comprensible que uno pida signos para poder creer. Jesús hace referencia al pasaje del Éxodo en el que Moisés da de comer a su pueblo en el desierto y responde muy bien a aquellos que lo buscan. No es Moisés, sino su Padre, a través de él, quien alimenta a su gente. El pan de Dios no procede de este mundo, sino del cielo. También está haciendo una alusión a si mismo: él es el pan bajado del cielo.

La clave de la madurez cristiana es reconocer que Cristo es nuestro alimento. Una vez integrado en nuestra dieta espiritual, el hambre y la sed interior quedarán totalmente saciadas. Nuestra búsqueda del sentido último de la vida habrá culminado con su encuentro.

2012-07-28

Multiplicar la generosidad

XVII domingo tiempo ordinario


Levantando los ojos Jesús, y contemplando a la gran muchedumbre que venía a él, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos? [...]Contestó Felipe: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno de ellos reciba un pedacito. Dijo entonces uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Pedro: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos? Le dijo Jesús: Mandad que se acomoden. [...] Se acomodaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, dando gracias, entregó a los que estaban recostados, e igualmente los peces, cuanto quisieron.
Jn 6, 1-15

Cinco panes y dos peces

Eran muchos quienes seguían a Jesús en su caminar por Galilea. Necesitaban ver en él el rostro de la bondad de Dios. Jesús, como hemos visto en otros episodios, se compadece y los instruye con paciencia. Así, miles de personas lo siguen. Su capacidad de comunicación es enorme: sabe llegar a sus corazones.

En esta ocasión, Jesús debe marchar y despedir a la gente, pero están en un despoblado y no han comido nada. Entonces pregunta a sus discípulos qué pueden hacer. Ellos hacen cálculos. No tienen dinero suficiente para alimentar a una multitud tan numerosa. Andrés interviene, diciendo que un muchacho tiene cinco panes y dos peces. Pero, ¿qué es tan poco para dar de comer a tantos?

Y, sin embargo, basta el gesto de ese jovencito, dando lo poco que tiene, para provocar el milagro. Jesús, bendiciendo este acto, multiplica la generosidad. Todo el mundo puede comer y aún sobra.

Dios responde a nuestra generosidad

Cuando damos, aunque sólo sea un uno por ciento, o aún menos, de cuanto tenemos, Dios lo multiplica hasta el infinito. No regatea. Responde a nuestra generosidad de modo magnificente.

¿Por qué no dar un diezmo de cuanto poseemos? Finalmente, todo lo que tenemos es porque lo hemos recibido. La generosidad implica gratitud y reconocimiento. Dios no sólo nos lo ha dado todo. Se nos da a sí mismo, se entrega, sin límites, a través de su Hijo Jesús.

El hambre del mundo

Con el pequeño esfuerzo de aquel muchacho, Jesús fue capaz de alimentar a miles de personas. Este relato nos hace reflexionar sobre el problema del hambre en el mundo. Tan sólo haciendo un pequeño sacrificio, aquellos que tenemos en abundancia podríamos combatirlo.

En el mundo se derrochan enormes cantidades de dinero en guerras. Cuánto cuesta matar, y cuánto menos costaría alimentar a toda la humanidad. Con el coste de una guerra de pocos días, se podría acabar con el hambre. Pero los magnates carecen de la lucidez para ver que no se debe quitar la vida a nadie ni hacer morir a un solo inocente por la ambición de poder que los mueve.

La Iglesia ha de salir al paso de tantos atropellos. Los cristianos estamos llamados a comprometernos. Somos suficientes como para poder cambiar la situación e impedir que muchas personas mueran de hambre. Como mínimo, podemos rezar.

Pero con nuestro diezmo, con nuestra pequeña entrega, podríamos mejorar el mundo. La Iglesia contiene un tesoro inmenso capaz de hacerlo. Es nuestra responsabilidad emplear ese valioso don.

Dios cuenta con nosotros

«Y sobraron doce cestas de pan», dice el evangelio. Cuando se produce el milagro, cuando el corazón humano queda tocado, Dios multiplica nuestras posibilidades. Claro que Dios podría hacer muchísimas cosas, él solo, pero ha querido contar con la humanidad, con su fe y su libertad, para realizar su obra.

Dios no solamente quiere librarnos del hambre. Desea que nos saciemos de él, que imitemos su esplendidez, su capacidad de tocar el corazón, su generosidad. La mayor tragedia, aún más dolorosa que el hambre, es que muchas personas mueran sin conocer a Dios, sin probar el alimento divino.

Trabajemos para que la gente no sufra, para que sepa sacar lo mejor de sí y darlo a los demás.

2012-07-21

Como ovejas sin pastor

XVI domingo tiempo ordinario

“Se fueron en la barca a un sitio desierto y apartado, pero les vieron ir, y muchos supieron dónde iban y, a pie, de todas las ciudades, concurrieron a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma”. Mc 6, 30-34

El buen pastor se conmueve

Jesús cuida de los suyos. Después de enviarlos de dos en dos a predicar, busca un tiempo de paz y sosiego para hablarles al corazón. Está formando a los futuros apóstoles y quiere darles descanso. Pero no puede. Tal fue el éxito de su misión que las gentes los seguían por todas partes. “Ni tiempo tenían para comer”.

Esta es la gran misión de la Iglesia: anunciar incansablemente el Reino de Dios en el mundo. Jesús renuncia a su espacio de tranquilidad y reposo por el bien del gentío. “Vio a una multitud y se compadeció, porque andaban como ovejas sin pastor”

Cuánta gente deambula sin horizontes claros, perdida, buscando sin encontrar, intentando dar un sentido a su existencia. Jesús no podía desatender esa llamada de la gente perdida. Tampoco puede hacerlo la Iglesia. Debe responder a las inquietudes de la sociedad de hoy.

“Y se puso a enseñarlos con calma”

La Iglesia no descansará de ayudar a la gente a encontrar sentido a su vida. No puede dormir. Son muchos los que necesitan luz en su corazón, los que ansían escuchar palabras de aliento y esperanza. Jesús es la imagen de la Iglesia. Viendo tanta gente sin fe, sin pastores, sin guía, necesitada de llenar el anhelo de su alma, no puede darse reposo.

Cuando la gente se aparta de su Creador se seca por dentro. Le falta el agua viva y el motivo que anima su existencia entera. Los cristianos tenemos la gran tarea de estar atentos y disponibles, dedicándonos sin prisa, con calma, a construir espacios de cielo en este mundo.

Somos responsables en el mundo

El trabajo de la Iglesia también debe interpelar a los falsos pastores que predican bien, pero no viven de acuerdo con sus palabras. La coherencia vital es clave en los líderes del pueblo. Aquellos que ejercen una labor pastoral o pedagógica tienen en sus manos una enorme responsabilidad. De ellos depende que puedan suscitar la fe y dar un testimonio creíble.

Vivimos las tragedias que azotan los países de África y Oriente Medio. Benedicto XVI nos pide rezar por las víctimas inocentes y, muy especialmente, por los responsables políticos, para que sepan discernir que su servicio público no se entiende si no es desde el amor y la justicia. Los gobernantes tienen la responsabilidad de armonizar los intereses y derechos de unos y otros, respetando la identidad de cada país.

No podemos dejar de predicar, pero tampoco de rezar y ser solidarios con el alma de los inocentes que sufren injustamente.

Dios nos puede dar la paz interior que necesitamos para no cansarnos jamás de luchar. Cada cristiano se convierte en un pastor allí donde está: en su familia, en su entorno vecinal, en su trabajo. Allí donde vive está transmitiendo valores a la sociedad y a las personas que lo rodean. La oración nos dará fuerzas para que nunca se agote el torrente de aguas cristalinas que Dios hace manar en nuestro corazón.

2012-07-14

Los envió de dos en dos

XV domingo tiempo ordinario

“Llamando a sí a los doce, comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros, y los encargó que no tomasen para el camino nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinturón, y se calzasen con sandalias y no llevasen dos túnicas. Les decía: Dondequiera que entréis en una casa, quedaos en ella hasta que salgáis de aquel lugar, y si un lugar no os recibe, ni os escucha, al salir sacudid el polvo de vuestros pies…” Mc 6, 7-13
 
Los primeros misioneros

Llega un momento en que Jesús envía a sus discípulos para iniciarse en la tarea de la evangelización. Los envía en su primera experiencia apostólica y les da sus consejos. Estas palabras son fuente de inspiración para nuestra tarea pastoral hoy.

¿Cómo anunciar el reino de Dios en el mundo? Jesús les aconseja guardar una actitud humilde y no llevar un gran equipaje en el camino. En la predicación, no se trata de convencer, sino de hacer descubrir al otro, mediante el testimonio, que vale la pena preguntarse por Dios y acercarse al misterio de ese amor tan grande que nos sobrepasa.

Jesús les advierte que tengan una actitud tranquila y serena. La evangelización no es una colonización ni una conquista. Si os acogen, les dice, dadles la paz y permaneced en esa casa. Si os rechazan, marchaos en silencio y sacudíos el polvo de los pies… Nadie puede obligar a otro a creer. Para tener fe es preciso estar abierto y escuchar.

Evangelizar hoy

¿Cómo evangelizar hoy? Hemos de comprender las claves de nuestra cultura moderna para saber cómo testimoniar nuestra vivencia de Dios. Nuestra cultura se caracteriza por el culto al yo, disfrazado de muy diversas formas de narcisismo, y por el culto a la ciencia y a la tecnología. Se trata de una sociedad apática ante Dios, que no parece necesitar la trascendencia. Sin embargo, está hambrienta de ella.

Jesús nos da pistas para nuestra labor evangelizadora. Y en estos criterios difiere de otras religiones. Por ejemplo, los primeros líderes musulmanes fueron instruidos para librar una guerra santa, llevando como armas la espada, el caballo y la mujer. Jesús advierte a los suyos que no lleven gran cosa en el camino. No adiestra guerreros, sino que forma un grupo de amigos y los invita a conocer a un Dios que es Padre y es Amor.

Las tareas del apóstol

Los primeros discípulos hicieron tres cosas: predicaron la conversión del corazón, quitaron demonios y curaron enfermos.

La conversión no significa otra cosa que un giro, un cambio radical de actitud. Predicar la conversión significa anunciar que vale la pena salir de nuestro ensimismamiento y mirar hacia el otro. Convertirse implica abandonar el egocentrismo y situarse en el mundo de otra manera, con humildad y sencillez, volviendo nuestra vida hacia el rostro de Dios. Es ser consciente de que Él nos llena y nos ama.

La expresión “sacar demonios” se entiende como una lucha contra el mal, que se manifiesta de muchas maneras. Los cristianos deberíamos llegar a ser “guerreros de paz”. Nuestra batalla es arrancar el egoísmo que arraiga en el mundo para que Dios penetre en nuestras vidas. Estar poseído de si mismo es la peor de las posesiones, y se da cuando la persona se encierra en sí. Estamos llamados a vivir con intensidad la plenitud de Dios y a luchar contra todo lo que rompe su reino en la tierra.

También se dedicaron a curar enfermos. Hoy en el mundo falta mucha salud, y no sólo física, sino espiritual. La salud divina da sentido a la existencia humana. Muchas personas enferman por falta de ternura, de comprensión, por no encontrar respuesta a sus interrogantes, por falta de ilusiones, de esperanza, por falta de Dios en su interior.

Los bautizados damos un paso adelante. Dios entra en nuestra vida. Nos llama a luchar contra todo lo que pueda alejar al mundo de su Creador, y a acompañar y sostener a muchas personas enfermas, solas o necesitadas de ayuda y consuelo. Hoy, más que nunca, hemos de ser fundamentos sólidos para que la vida de Dios pueda ser edificada en nuestro interior. Necesitamos ser firmes en nuestras creencias y capaces de celebrar el amor de Dios, que no es otra cosa que hacer cielo en nuestro mundo.

Esta es la vida del cristiano: predicar, curar, acompañar… y todo esto se sostiene en la oración. El mundo necesita gente tenaz, sincera y convencida. Necesita la ternura de Dios. Dejémonos invadir por su Amor.





























2012-07-07

Nadie es profeta entre los suyos


XIV domingo tiempo ordinario

“Llegado el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la muchedumbre que le oía se maravillaba, diciendo: ¿De dónde le vienen a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada, y cómo se hacen por su mano tales milagros?”
Mc 6, 1-6

Con sus palabras, Jesús llegaba al corazón de la gente. Era un hombre carismático que no dejaba indiferente a nadie. Su impacto en quienes lo escuchaban sólo puede explicarse desde una intensa vivencia y apertura a Dios. Jesús hablaba de aquello que vivía, sentía y creía. Era un gran comunicador, no sólo por su capacidad retórica, sino porque creía en aquello que transmitía. Este sería un buen fundamento para la pedagogía moderna: además de adaptar el lenguaje y los criterios a nuestros tiempos, lo que realmente permanece es la autenticidad y la coherencia.
Jesús suscitaba interés porque no había distancia alguna entre cuanto decía y vivía. Él encarnaba perfectamente sus palabras. Por esto interpelaba a las gentes y despertaba su asombro. ¿Quién es éste?, se preguntaban. ¿Quién le enseña todo esto?

Nadie es profeta en su pueblo

Pero Jesús encontró poca fe en su propio pueblo, entre los suyos. Se fue triste de allí, ante su incredulidad e incluso su ironía, rayando el desprecio. Curó algunos enfermos, no renunció a su carisma sanador. Pero se marchó en seguida. “Nadie es profeta en su pueblo”, reza el dicho popular. Este fenómeno se da en muchos de nuestros barrios y pueblos. “¿Qué nos va a enseñar éste?”, decimos. Y no nos percatamos de que un pueblo que se cierra a Dios pierde su horizonte.
Vigilemos ante la falta de fe. En nuestro mundo regido por la tecnología y la ciencia, Dios también tiene mucho que decirnos. Nos trae un mensaje que da sentido a nuestras vidas. Si no respondemos a este regalo que nos ofrece, ¿qué será de nosotros? Pero Dios respeta nuestra libertad; si no lo queremos escuchar, se apartará, discretamente, en silencio.

Saber escuchar

Aprender a escuchar es nuestro gran reto. Escuchemos, no sólo con el oído, sino en el sentido hebreo del término. Escucha significa apertura, aceptación y adhesión total a lo que oímos. Pero a menudo la prisa, la agitación y la vorágine en la que vivimos inmersos nos impiden escuchar debidamente. Dios nos puede estar diciendo muchas cosas cada día. Pero sin reflexión, sin espacios de silencio y meditación, no podremos oír su mensaje. Una sociedad que no se detiene, que no piensa, camina hacia el abismo.
Dios sólo pide que le escuchemos y hagamos vida aquello que oímos.

Autoridad y educación

Jesús hablaba con autoridad. Hay que tener en cuenta que autoridad no significa poder. Jesús siempre renunció al poder. La autoridad se refiere a “autoría”, a convicción profunda, a autenticidad. La autoridad no coarta la libertad ni destruye a nadie.
El gran trabajo evangelizador es educar. El significado de esta palabra también debe conocerse: educar significa sacar afuera. En el caso de la Iglesia, se trata de hacer aflorar todo aquello de Dios que tenemos las personas. Somos de Dios, estamos hechos por amor y para el amor, la alegría, la comunicación. El hombre no puede vivir fragmentado. ¿Qué puede unir y dar solidez al ser humano? Aquel que lo ha creado. Si nos alejamos de sus manos amorosas, tiernas, cálidas, ¡nos perdemos!

Un atisbo de cielo

Dios es quien nos da la vida, la existencia, la familia, los amigos, la fe, y también la razón, la inteligencia y la capacidad de aprender. El cielo es aquello que sentimos cuando amamos profundamente. En la tierra ya podemos pregustarlo como estallido de gozo que transforma toda una vida.
No perdamos la fe. Sin fe, nuestra vida se convertiría en un gélido desierto, nos tornaríamos insensibles y sin sentimientos. El mundo necesita dulzura, ternura de Dios, poesía, estética, para tener sentido.
Convirtámonos en apóstoles fervientes, sin temor. Hemos de pasar la antorcha de la fe, encendida, a las próximas generaciones. Ahí está la calidad de nuestra vida: tener fe añade un valor inmenso a nuestra existencia. El mundo nos espera. Hemos de brillar para despertar el amor de Dios en la humanidad.

2012-06-30

XIII domingo tiempo ordinario

“Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. …Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente, se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
…Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son esos? La niña no está muerta, está dormida.”…
Mc 5, 21-43

La misericordia de Jesús

En su tarea misionera, Jesús inició su itinerario recorriendo las aldeas de su Galilea natal. Eran un marco predilecto, con un especial significado para él. Durante sus predicaciones, se le acercaban muchas gentes, incluso personajes importantes. Su mensaje también caló en la aristocracia rica e influyente de su época, pues su palabra llegaba a todo tipo de personas.
En esta ocasión se le acerca Jairo, jefe de la sinagoga, quien, con humildad, se arrodilla a sus pies suplicándole que cure a su niña, enferma de muerte. Jesús siente el dolor del padre que le ruega con insistencia. Nunca es insensible al sufrimiento ajeno e inmediatamente decide ir a visitar a la niña que está agonizando.
En el camino hacia la casa de Jairo, se encuentra con una mujer que padece flujo de sangre desde hace mucho tiempo. Ningún médico ha podido resolver su problema y ha gastado toda su fortuna para curarse sin conseguirlo. La mujer, asustada, se acerca a Jesús entre la multitud, con la firme convicción de que, sólo tocando su manto, se curará.

Tocar a Dios nos salva

Y así es. Jesús puede afrontar cualquier tipo de enfermedad y sufrimiento, incluso estados de máximo deterioro. La luz divina que impregna su corazón sella el flujo doloroso que aqueja a la pobre mujer. La potencia amorosa de Dios es tal que la aureola de su bondad puede obrar milagros. Con sólo rozar el corazón de Dios, estamos curados y salvados. Para él es posible aquello que no está en nuestras manos. Sólo él puede hacer que cesen los flujos de egoísmo que nos impiden vivir en su amor.
Esta es una de las misiones de Jesús: arrancar de raíz todo aquello que nos debilita y nos impide tener una vida plena y llena de sentido.
Jesús mira a su alrededor para ver quién le ha tocado y la mujer se acerca tímidamente. Ante su humildad, Jesús se conmueve y la mira con ternura; animada por la confianza, ella confiesa lo que ha hecho, abriendo su corazón a Jesús. Y él le dirige palabras que la llenan de coraje y de paz. Elogia su fe: “Tu fe te ha curado”.
La fe en Jesús puede llenar nuestra vida de paz y de salud. El testimonio de la mujer curada se convierte en un revulsivo para la gente que se arremolina a su alrededor.

Dar vida, misión de la Iglesia

Más tarde, llegan a casa de Jairo. Lleno de Dios, Jesús afirma que la niña no está muerta, sino dormida. Dar vida y salud es otra de las grandes tareas de Jesús. No se limita a anunciar el Reino de los Cielos, sino que pone todas sus capacidades y dones al servicio del ser humano para que sea así. Y, en especial, al servicio del que sufre o padece cualquier situación de riesgo. Jesús tiene el don de generar vida, dándola allí donde no la hay, y aún más cuando recibe una petición humilde. Las palabras de Jesús alientan al padre de la niña. “No temas”, es una de las exhortaciones clave de Jesús, cuando se dirige a alguien que sufre.
No temáis, nos dice Jesús, hoy. Porque él puede vencer incluso a la muerte. Nuestra fe y nuestra confianza en Dios harán resucitar muchas cosas dormidas que hay en nosotros. Si puede resucitar a un muerto, ¿cómo no va a poder despertar en nosotros todo aquello que está aletargado? Tal vez nuestro interior duerme, débil y enfermo, porque no recibimos el suficiente alimento espiritual, o porque no dejamos que Dios entre de lleno en nuestro corazón. Jesús sólo nos pide que tengamos fe en él.

Levántate

En casa de Jairo, Jesús hace un pequeño gesto simbólico. Pide le acompañen sus discípulos más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, con quienes ha vivido la intensa experiencia en el monte Tabor, donde les ha vaticinado su muerte y resurrección. En la casa hay lloros, ruidos estridentes y barullo. Ante las palabras de Jesús, incluso algunos se ríen. Jesús los echa a todos, quedándose con la niña, su padre y sus compañeros.
Para invocar a Dios son necesarios el silencio, la serenidad y la fe.  Jesús expulsa a los alborotadores para crear un marco adecuado, de confianza y sintonía con Dios, donde poder recibir la inspiración divina. Jesús siempre cuenta con su Padre.
Toma de la mano a la niña y le ordena: “A ti te lo digo, niña, levántate”. 
Levántate. Como Jesús, la Iglesia nos dirige también a nosotros esas palabras. Levantaos, despertad, sacudíos de todo aquello que os hace dormir. Dejad atrás la apatía, la descreencia, la falta de entusiasmo que os sume en una vida de fe mortecina. Jesús nos toma de la mano, nos estira, nos empuja y nos insufla su espíritu para que nos pongamos de pie.
Pasado el letargo, estamos llamados a ser voceros de su reino, anunciadores de la buena nueva. Ha llegado el momento de anunciar con fuerza la bondad de Dios y su misericordia. Dios nos rescata de la tumba del miedo y del silencio temeroso para que gritemos, con todas nuestras fuerzas, que él nos ama, nos cura y nos quiere vivos para entregarnos a los demás.
Cuando Jesús dice a Jairo que den alimento a la niña, está evocando claramente la eucaristía. Una vez nos sentimos vivos, necesitamos comer del pan eucarístico para conservar esa vida eterna que sólo Dios nos puede dar; una vida que va más allá de la muerte porque “nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos”, y quiere que permanezcamos siempre vivos y gozosos, en su regazo de Padre.

2012-06-21

El nacimiento de Juan Bautista

“El día octavo vinieron a la circuncisión del niño, y le llamaban Zacarías, como su padre. Pero su madre, oponiéndose, dijo: No, se ha de llamar Juan (…)
Y cuantos lo oían se decían: ¿quién ha de ser este niño? Porque la mano de Dios está con él.”

Lc 1, 57-66.80

Un espejo para los cristianos

Coincidiendo con el solsticio de verano, la Iglesia celebra la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista, una figura que nos permite ahondar en las características y la misión del cristiano.
Juan Bautista, el precursor, anunció la venida del Señor. Nosotros también estamos llamados a anunciar a Cristo, pero no el que ha de venir, sino el Cristo resucitado, ya presente en la historia de la humanidad.
Todos los cristianos somos misioneros: nuestra vida ha de ser espejo del testimonio de Juan Bautista. Detengámonos a reflexionar sobre ello. A veces vamos tan cansados y estresados que no tenemos tiempo ni de rezar. No podemos oír la llamada de Dios. Y Dios nos llama a todos. Como a Juan, nos llama a anunciar al Cristo vivo, aquí y ahora. Y nos da la fuerza del Espíritu Santo, que irrumpe en Pentecostés.
Incorporemos a nuestra vida el elemento anunciador. La Iglesia prepara a su pueblo para el gran acontecimiento de la Pascua. En la eucaristía, él ya está presente, vivo, entre nosotros.

Humildad para saber retirarse

Juan Bautista es humilde. Reconoce que hay alguien que está por encima de él y se aparta para dar paso a Jesús. Ni siquiera se siente digno para desatarle las sandalias, dice. Él no es la luz, ni la verdad, sino testimonio de la luz y la palabra de Dios. En cambio, nosotros a veces somos prepotentes y nos gusta acaparar la atención y el éxito.
La tarea educadora de los sacerdotes debe mostrarnos que el centro de nuestra vida es Cristo. Él es la Verdad y nosotros somos instrumentos a su servicio.
Los laicos también están llamados a la misión de anunciar y predicar. Ellos ayudan a los sacerdotes en la evangelización. También, como san Juan, saben retirarse a tiempo cuando conviene. Esta es una gran lección para los padres, educadores y sacerdotes: saber retirarse en el momento adecuado, para dejar que otros puedan crecer.

Señalar a Cristo sin temor

Juan Bautista ve llegar a Jesús y lo señala. He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. También nosotros hemos de señalar la gran Verdad, el gran Amor, el gran mensaje, que no es otro que Jesús de Nazaret, el que muere dando la vida por nosotros. También Juan da testimonio, con su vida, de la figura de Jesús.
En la Iglesia hay salvación; en Cristo se encuentra la felicidad. Señalemos a la gente que en Cristo y en la Iglesia está la Verdad, sin miedo, como lo hizo Juan.
Juan es decapitado injustamente, por una frivolidad y un capricho. Los cristianos también estamos llamados a la entrega sin límites, hasta asumir, si es necesario, el martirio.

La palabra creíble

La palabra, si no está acompañada de gestos y de acciones, no es creíble. La palabra tendrá credibilidad cuando esté apoyada por los actos, las virtudes y la coherencia de la propia vida. Los cristianos hemos de predicar con nuestra vida. Hemos de pasar del mutismo y del miedo al coraje y al testimonio, siempre cálido y dulce. No se trata de lanzar voces estridentes, sino de pronunciar palabras suaves y penetrantes.

La vocación fecunda nuestra vida

Juan es un regalo de la misericordia de Dios a Isabel, su madre. La historia de Juan guarda un gran paralelismo con la de Jesús, tal como narran los evangelios de la infancia. En ambas se da una anunciación y se pide un gesto de fe de sus padres; en ambas, los dos niños están predestinados por Dios desde el vientre de sus madres.
Muchas veces podemos sentirnos como Isabel, secos, estériles, vacíos. A pesar de sentirnos así, Dios puede obrar en nosotros el milagro de la fecundidad. Pese a nuestros límites, nuestros pecados, nuestras capacidades más o menos grandes, si abrimos el corazón, Dios lo convertirá en un jardín soleado y fértil.
Si nos abrimos y decimos sí, Él transformará nuestra vida. “Desde el vientre de tu madre te llamé”. Sí, todos estamos llamados. Esa experiencia de sentir la voz de Dios, ser conscientes de nuestra vocación, hará rica y fecunda nuestra vida.

2012-06-16

La semilla del Reino

XI domingo ordinario


Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas y los pájaros van a anidar en ella.
 
Evangelio: Mc 4, 26-34

Con esta bella parábola tomada de la vida rural, Jesús explica cómo el Reino de los cielos nace con humildad, y aparece sobre el mundo de forma muy sencilla, silenciosa y casi imperceptible. Pero, con el paso del tiempo, crece y se expande, ofreciendo refugio y alimento a muchos.

La semilla del Reino

Dos cosas podríamos resaltar en las palabras de Jesús. La primera es que el Reino de Dios no es obra humana, ni nace por el esfuerzo de las personas, sino porque Dios ha puesto la semilla. En manos del hombre está el cultivo, el cuidado de la tierra, el riego y también, llegado el momento, la siega. Pero el crecimiento del grano no depende de él. La vida que late en la semilla es obra de Dios.

Así sucede también con los proyectos apostólicos. Los cristianos somos llamados un buen día a colaborar para tirar adelante alguna iniciativa. Dios pone en nuestras manos una misión, confiando en nuestras capacidades para desarrollarla y llevarla a cabo. Como buenos labradores, nuestra tarea es importante para que esa misión culmine. Pero, al mismo tiempo, no hemos de olvidar que su éxito no depende exclusivamente de nuestro esfuerzo, sino de la gracia de Dios. Por tanto, como decía san Agustín, en nuestro trabajo diario, actuemos como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que, en realidad, todo depende de Dios. Esta perspectiva nos dará la humildad necesaria para trabajar con perseverancia y la paz para hacerlo sin angustia ni tensiones inútiles. Si triunfamos, sabremos alegrarnos sin enorgullecernos; si las cosas no resultan como esperábamos, podremos empezar de nuevo sin desalentarnos.

En nuestro mundo de hoy, los cristianos a menudo podemos caer en el desánimo. Son muchas las personas que se apartan de la Iglesia y reniegan de ella. Nos encontramos faltos de argumentos para justificar nuestra fe, y a veces también vacilamos. ¿Realmente vale la pena defender nuestras creencias?

Es en esos momentos cuando hemos de volver el rostro a nuestro referente: Jesús. Él murió, solo y rechazado, cuando días antes había sido aclamado por las multitudes. Podría parecer que su misión en el mundo fue un completo fracaso… pero no fue así. Hoy, millones de personas seguimos a Cristo. La Iglesia, con sus errores y aciertos, ha iluminado la historia de la humanidad durante muchos siglos, y continúa viva.

Dios nos muestra cómo, después de la muerte, hay una resurrección. Si la semilla en sí contiene vida, no morirá. Caerá en la tierra pero dará fruto a su tiempo. Tengamos paciencia. Confiemos. Podemos atravesar épocas de sequía y soledad, pero esto no debe rendirnos. El tesoro que posee la Iglesia rebosa vida en abundancia. Jamás perecerá.

El grano de mostaza

La siguiente parábola de Jesús compara el Reino de Dios con un granito de mostaza que, siendo la más pequeña de las simientes, crece más que todas las legumbres, echa ramas y «las aves del cielo pueden reposar bajo su sombra». Esta es una bella imagen de la Iglesia. Nació como pequeña comunidad, casi insignificante. Sus primeros miembros fueron personas sencillas, una docena de hombres y algunas mujeres, lejos de las elites religiosas y políticas de su tiempo. Nada vaticinaba la eclosión espectacular de una religión cuyo fundador, Jesús, había muerto con la más vergonzosa de las muertes, crucificado… Y, sin embargo, la Iglesia brotó con fuerza. A raíz de la experiencia de la resurrección de Cristo, los apóstoles esparcieron su mensaje a todo el mundo. Como árbol que echa ramas, el Cristianismo ha alargado sus brazos hasta cubrir todo el planeta. Y muchas son las personas, cargadas de dolor, hambrientas de Dios, que han encontrado alivio, consuelo y respuestas bajo su sombra reparadora.

No olvidemos nuestros orígenes, humildes y sencillos. Las raíces son fundamentales para poder crecer. Si queremos que la Iglesia de hoy continúe viva y sólida, expandiendo sus ramas, hemos de recordar continuamente cómo nació y en qué fuentes se abreva. El agua viva que riega la Iglesia es el amor de Dios. El aire que la agita es el soplo del Espíritu Santo. Y el alimento que la nutre y fortalece es el mismo Cristo.

No necesitamos ir muy lejos para fortalecer nuestra fe y nuestras comunidades. Corramos a beber de esa fuente, en la oración. Dejemos hablar al Espíritu en el silencio. Y alimentémonos en el pan de la eucaristía, que siempre tenemos a nuestro alcance. La experiencia comunitaria de nuestra fe, compartir la palabra de Dios y escuchar a sus sacerdotes nos darán fuerzas para vivir con coherencia y entusiasmo nuestro ser cristianos cada día.

2012-06-08

Corpus Christi

“Mientras comían, tomó pan, y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó y bebieron de él todos. Y les dijo: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el reino de Dios”. Mc 14, 12-16, 22-26

Dar la vida, el mayor gesto de amor

El sentido teológico de esta fiesta es el misterio de Cristo, hecho pan y vino en el sacramento de la Eucaristía.
En la última cena con los suyos, antes de morir, Jesús pronuncia estas palabras: “Tomad, esto es mi cuerpo”, y “Haced esto en memoria mía”. Entregando su cuerpo y su sangre, está ofreciendo su vida entera. Y lo hace por amor. Con esta frase, Jesús está diciendo: tomad, esta es mi vida, mi libertad, mi deseo de cumplir la voluntad del Padre. Cristaliza para siempre ese momento culminante con un gesto de donación total. 
Los cristianos heredamos esta manera de amar dando sin límites, con generosidad. No necesariamente hemos de morir para dar la vida. La mejor manera de entregar la vida es dar nuestro tiempo, lo que somos, vivimos y celebramos; aquello de Dios que hay en nosotros.

El fundamento de la fe es la entrega

Antiguamente, nos dice la Biblia, se sacrificaban animales ante Dios. Jesús se sacrifica él mismo en rescate por la humanidad. Su sangre, vertida por amor, es la ofrenda. Va más allá del cumplimiento de unos preceptos: da su vida libremente, entregando su corazón a Dios. El cristianismo no se fundamenta en los ritos, sino en la entrega de uno mismo.
La dinámica eucarística es ésta: oblación, entrega a Dios y a los demás. La misa nuclea el fundamento de nuestra fe. El gesto de partir y tomar el pan y el vino sacramentaliza la presencia real de Jesús.
Estamos llamados a trabajar para abrir espacios de cielo en medio del mundo, con un abandono total en Dios. Esto supone luchar a contracorriente. Es difícil predicar al vacío, ante personas de corazón endurecido y cerrado, o ante gentes que han perdido el sentido de la existencia, que se sienten derrotadas, que optan por vivir en el arcén espiritual. Pero Jesús lo hace, dando hasta su vida. Nosotros también podemos hacerlo. Podemos ir entregando nuestra vida, poco a poco, por amor. Estamos llamados a ser pan y vino para los demás.

Nos convertimos en pan y en vino

Cristo es verdadero pan para el cristiano. Nuestras células espirituales necesitan el alimento de su cuerpo y de su sangre y el oxígeno del amor de Dios. A medida que lo asimilamos, nuestra vida va creciendo a la par que la vida de Jesús. Como él, que nació, fue niño, creció y, ya adulto, predicó hasta su muerte, nosotros también hemos de pasar ese proceso en nuestras vidas. El cristiano adulto deja de ser un niño inmaduro psicológicamente y sale a anunciar la buena nueva. Hace de la palabra de Dios vida de su vida. La madurez cristiana se demuestra en una entrega como la de Jesús, en la donación de la propia vida.
Nuestra vida ha de convertirse en una hostia pura. Es entonces cuando nos alejaremos de la multitud sin norte y caminaremos hacia la plenitud del amor de Dios.

2012-06-02

Santísima Trinidad

“Me ha sido dado pleno poder en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta la consumación del mundo”. Mt 28, 16-20
Dios es comunidad
El misterio de la Trinidad nos revela las entrañas de Dios, lo más profundo de su corazón. Dios es una única naturaleza y tres personas. ¿Cómo entenderlo? La Iglesia ha hecho un gran esfuerzo para llegarlo a explicar.
Dios es Padre y Creador. Decide entrar en la historia de la humanidad a través de Jesús y en el devenir de la Iglesia a través del Espíritu Santo. “Nunca os dejaré solos”, dice Jesús. Y así es.
Hoy atravesamos épocas difíciles. Parece que, en Occidente, entramos en una era de enorme frialdad religiosa. La fiesta de la Trinidad nos recuerda que dentro de Dios hay una familia, una unidad inquebrantable. Son tres en uno, con la misión de santificar el mundo y hacer el Reino de Dios presente en la tierra.

Dios Padre

Dios Padre está muy lejos de esa imagen que algunas tendencias culturales han transmitido, de un Dios juez y fiscalizador. Dios no es autoritario ni coarta nuestra libertad, es un Dios amigo. Aún más, es un padre. De ahí que nosotros podamos dirigirnos a él como hijos. ¡Qué diferente es hablar a Dios como a un padre! Jesús lo llamaba Abbá, palabra cariñosa que significa, literalmente, papaíto. Dios ama tanto a sus hijos que les otorga completa libertad, sin condicionamiento alguno, permitiendo que, incluso, puedan volverse contra él y matar a su hijo. No desea una relación interesada ni mercantilista. No quiere amor a cambio de favores. Siempre estaremos en deuda con él, pues Dios es inmensamente generoso. Tan sólo hemos de reconocer su gratuidad. Nos regala el universo entero, el cielo estrellado, el canto de los pájaros, la luz de un amanecer o la belleza del ocaso, la sonrisa de los niños y la serena sabiduría de los ancianos… ¡Dios es bueno!

Dios Hijo

El Hijo tiene una sintonía especial su Padre. Por él, es capaz de sacrificarlo todo, incluso la vida. Trabaja para que todos conozcan su palabra: es un empresario del Reino de Dios en el mundo. El Hijo también es nuestro hermano y nos acompaña en nuestra trayectoria como creyentes. Jesús pasa por el mundo predicando el evangelio y haciendo el bien. Cura, perdona, obra milagros. No por hacer algo espectacular, sino para hacernos felices y devolvernos la paz. La intención de los milagros es siempre pedagógica o terapéutica, jamás busca la vanagloria.
En Jesús, como señala San Juan en su evangelio, vemos el rostro de Dios: “A Dios nadie lo vio jamás; su hijo unigénito es quien nos lo ha dado a conocer”. Este evangelio insiste constantemente en la íntima unidad entre el Padre y el Hijo, de manera que Jesús llega a proclamar que “el Padre y yo somos uno”. Esta hermosa relación de paternidad y filiación es la que nos confiere, a toda la humanidad, el don de ser hijos de Dios. Jesús es el puente, el camino más directo que nos lleva hacia el Padre.

El Espíritu Santo y una misión

El Espíritu Santo es un bellísimo don. Todos los bautizados lo recibimos y estamos llamados a cultivarlo y comunicarlo. Si este don explotara, el mundo entero cambiaría, de la misma manera que los primeros apóstoles, movidos por su soplo, cambiaron la historia. No podemos ignorar la potencia del amor de Dios.
“Id y bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, dice Jesús a los suyos. La Iglesia ha de seguir creciendo y haciendo realidad el reino de Dios en el mundo. Es necesario descubrir una dimensión divina y trascendente más allá de la realidad material. Como bautizados somos discípulos, apóstoles, co-responsables en la misión de hacer presente a Dios en el mundo.

Ser amigos de Dios

La fiesta de la Trinidad nos invita a ser amigos de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los cristianos deberíamos guardar una profunda devoción a la Santísima Trinidad. ¿Cómo cultivar esta amistad?
A Dios Padre le podemos rezar de muchas maneras. Ante la belleza de la creación, podemos elevar un canto de alabanza, una bendición, podemos hacer poesía, arte. Podemos disfrutar de un paseo junto al mar, al atardecer, o subir a una montaña… Dios paseaba con Adán a la caída de la tarde, por el paraíso.
Amar a Dios Hijo se traduce en obras de amor. La participación en la Eucaristía, no obligada, sino vivida como una invitación, es un gesto sublime de caridad. La misa tiene una profunda dimensión trinitaria. Nuestras liturgias comienzan “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta es nuestra realidad cristiana más genuina. En la eucaristía, Dios se nos hace vivo y se nos da como regalo en el Hijo, a través del pan y el vino.
Finalmente, ¿cómo ser amigos del Espíritu Santo? Dejándonos llenar por él. Somos templo, sagrario del amor vivo del Espíritu Santo. Albergándole en nuestro interior, nos convertimos en llamaradas que arden en amor hacia los demás e iluminan el mundo.