2007-06-10

Corpus Christi: el sacramento del amor

Con la fiesta del Corpus Christi queda patente la donación de Jesús. Un cuerpo desgarrado y una sangre que se derrama expresan su total entrega por amor.

El evangelio de la multiplicación de los panes y los peces nos trae las palabras de Jesús a sus discípulos, ante la muchedumbre hambrienta: “Dadles vosotros de comer”. Hoy se dan grandes hambrunas que se podrían evitar. Esto no es sólo un problema político, sino un reto social y moral. Somos dos mil millones de cristianos en el mundo. Con una fe convencida, podríamos detener, no sólo el hambre, sino muchos otros males.

Uno de los deseos profundos de Jesús es la unidad. Si trabajamos por la sintonía entre comunidades, podríamos conseguir que muchas personas gozaran de una vida digna.

La eucaristía nos ha de llevar a un compromiso de hecho. Eucaristía y vida han de ir de la mano: por nuestras obras verán que estamos unidos a Cristo. Para el cristiano, el eje de su vida es la eucaristía, la permanente actualización del amor de Cristo. De tal modo, que hemos de llegar a eucaristizar toda nuestra vida, para que todo cuanto hagamos sea un acto de entrega para alimentar la vida de los demás.

Cuando nuestra vida se convierta en una constante donación a los demás, estaremos viviendo el sentido auténtico de la eucaristía.

Necesitamos el alimento espiritual

Pero no sólo hay hambre de pan, sino hambre de afecto, de alegría, de paz, y también un hambre más vital y más hondo: el hambre espiritual. Cuántas personas están desnutridas, no sólo de alimento, sino de amor. Y muchas otras, como sucede en nuestras sociedades ricas, están mal alimentadas. El mal alimento provoca sobrepeso y enfermedades; así también ocurre en el plano espiritual. Las enfermedades sociales y tantos problemas como nos afectan, como la violencia, son fruto de esta mala nutrición espiritual.

Los niños, como bien sabemos, necesitan alimento, cuidados y protección para sobrevivir. Pero, para poder crecer sanos y armónicos, necesitan a diario bocados de amor y de besos. Se nutren del cariño que reciben de sus padres. También necesitan estar nutridos del pan de Dios. No basta con traerlos a catequesis para hacer la primera comunión. Después de esa primera vez, el niño necesita alimentarse cada semana, acudiendo a la eucaristía, para que crezca en él la fuerza espiritual que necesita. Y a menudo esto se olvida, cuando ese pan nos da la vida. Muchas personas acaban abandonando la fe porque dejan de comer ese pan y se debilitan.

Un regalo de Dios

La eucaristía no es un invento, viene de Dios: “hacedlo en memoria mía”, nos dice Jesús. Si él nos lo pide es porque se trata de algo muy importante y beneficioso para nosotros. Hemos de pasar de la obligación de la misa a la invitación. Él nos llama a hacer cielo aquí y ahora, y el pan que nos da es el alimento del cielo que nos hace gustar su reino en la tierra.

Incorporemos a nuestra vida la misa como algo fundamental. Ojalá aumente nuestra devoción al Cristo eucarístico, siempre presente. Tomar a Cristo es tomar a Dios.

Si descubriéramos el valor de la misa, dice santa Teresita, habría tanta afluencia de gente que los poderes públicos tendrían que regular la asistencia a los templos.

Después de recibir a Cristo y acogerlo, cada cristiano se convierte en una custodia viviente. Llevamos a Jesús dentro, dejemos que su amor se nos grabe hondamente en el corazón.

2007-06-03

La Trinidad: un Dios comunicación y relación

La fiesta de hoy nos revela las entrañas del mismo Dios. Un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El Padre Creador

La primera persona de Dios es el Creador. Nos regala la vida, el universo, se recrea en la belleza de todo lo creado y vuelca todo su amor en su criatura predilecta, hecha a su imagen y semejanza: el ser humano.

Dios Padre, esta figura de la paternidad de Dios, nos es revelado por Jesús. Su relación con Él es de hijo a padre, una relación de comunicación, de amistad, de confianza. Evoca donación, generosidad y amor. En definitiva, Jesús nos descubre a un Dios cercano qua ama a su criatura.

El Hijo, Palabra encarnada

Dios Hijo es el Verbo encarnado, Jesucristo. En Jesús el amor de Dios Padre se personifica, se hace humano y se manifiesta en medio de nosotros. Cristo ama como Dios ama. Del Hijo hemos de aprender su vida, su opción por los pobres, su delicadeza con los enfermos, su capacidad de entrega, de dar hasta la vida por amor.

El aliento sagrado de Dios

El Espíritu Santo es el aliento, la fuerza, el beso de Dios. Es el amor de Dios que se desparrama entre los hombres. Así como a Dios Padre podemos adivinarlo reflejado en la Creación, y a Cristo lo vemos a nuestro lado, como hermano, el Espíritu Santo lo tenemos dentro. Es un regalo que Dios nos da. Somos templo de su Espíritu.

El Espíritu Santo nos da la conciencia de unidad. Él es quien nos infunde la fuerza para salir fuera de nosotros mismos y construir comunidad, Iglesia, pueblo de Dios. Es el Espíritu de amor, de unidad, de amistad.

Cultivar nuestra dimensión trinitaria

El cristiano está llamado a ser trinitario en toda su vida, a cultivar la devoción a la Trinidad, que es la esencia más sublime de Dios.

¿Cómo ser trinitarios?

Aprendamos a ser creadores, como Dios Padre. Podemos crear belleza a nuestro alrededor, podemos levantar pequeños universos de buenas relaciones. Aprendamos a ser constructores de bien. Los cristianos hemos de ser muy creativos. La persona que tiene a Dios dentro es bella porque ama, crea, se entrega, está llena de su Espíritu e inspirada por él.

Seamos también como Cristo. Imitemos su vida. Nuestra mejor enseñanza son las bienaventuranzas, maneras directas de encarnar el amor de Dios en el mundo. Recorramos nuestras Galileas y anunciemos la buena noticia de Dios. Seamos buenos predicadores, curemos a los enfermos, aliviemos el dolor de los que sufren… hasta dar nuestra vida por aquello que creemos. Imitar a Cristo significa abrirse a la voluntad de Dios y configurar en ella nuestra vida.

¿Cómo imitar al Espíritu Santo? Siendo dulzura y bálsamo, y a la vez soplo potente, fuerza, empuje. Estamos llamados a ser fuego en medio del mundo, propagadores de la Verdad. Somos inspirados por el Espíritu Santo cuando trabajamos por la unión y por la paz.

Dios es familia

Dios no es un ser solitario ni aislado. La soledad es el primer mal, como señala el Génesis, cuando dice “No es bueno que el hombre esté solo”. Dios tampoco permanece en la soledad, sino que es una familia de tres personas estrechamente unidas: es relación y comunicación.
Para el cristiano de hoy, el espacio de comunicación es la Iglesia.

2007-05-27

Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia

Llamados a ser nuevos Cristos

Hoy celebramos que la Iglesia nació en Pentecostés. Pero también celebramos que el Espíritu Santo sigue vivo dentro de la Iglesia a lo largo de la historia.

Por tanto, litúrgicamente hablando, también nosotros, como cristianos y discípulos de Jesús, recibimos al mismo Espíritu Santo que recibieron los apóstoles.

Hemos leído relatos preciosos que reseñan el momento cumbre de los orígenes de la Iglesia. Pero, antes de recibir el don del Espíritu Santo, Jesús prepara a los suyos: les da la paz, dos veces seguidas. La paz ayudará a que el Espíritu pueda abrirse paso hasta sus corazones inquietos.

La Iglesia de hoy no se entendería sin los momentos cruciales que vivieron esos hombres y mujeres que no sólo se abrieron a la Palabra de Dios, sino a su Espíritu. La recepción de sus dones implica una segunda adhesión y una segunda vocación. La primera fue seguir a Jesús, pero ahora él sube al Padre. Esta segunda vocación es una llamada a ser Iglesia, pueblo de Dios, y está ligada intrínsecamente a la misión. La primera llamada fue a estar con Cristo; la segunda es a transformarse en nuevos Cristos en medio del mundo. No sólo llevarán un mensaje sino que se convertirán en aquello que predican. Su vida y sus actos serán los mejores instrumentos de evangelización.

Eucaristía y misión

Recibir al Espíritu conlleva una gran responsabilidad. Podemos pensar que basta con cumplir el precepto y celebrar la eucaristía con fervor. En cambio, la expansión de nuestra experiencia, la misión, nos cuesta mucho más. Sentimos la necesidad, quizás por educación o cultura religiosa, de acudir a misa cada domingo. Pero estamos llamados, no sólo a alimentarnos de Cristo, sino a dar lo que hemos recibido. La eucaristía no alcanza su pleno sentido si no trabajamos por expandir nuestra fe.

Afuera luchamos; dentro nos alimentamos. Eucaristía y misión van estrechamente unidas.

Estamos llamados a dar fruto. No puede haber Iglesia sin vocación, y no hay vocación si no nos sentimos llamados y enviados. La llamada nos hace sentirnos parte de una familia, de un grupo con una misión. No se entiende ser cristiano sin la dimensión comunitaria. La Iglesia no es sólo la imagen de la jerarquía y las instituciones: es el pueblo de Dios, todo él recibe el Espíritu Santo y todo él está llamado a evangelizar. La Iglesia pervive porque en cada bautizado late la semilla de Dios y en cada uno de nosotros puede estallar un Pentecostés. Cada cual alberga una llama viva que puede crecer y expandirse.

Por tanto, vocación, formación, liturgia y apostolado también van íntimamente unidos.

El testimonio en la vida diaria

Hoy nos preocupamos porque la gente viene poco a misa. Quizás no hemos entendido bien que eucaristía y misión van de la mano. Cumplimos nuestro precepto, pero no entusiasmamos con nuestra vida. La fe queda alejada de nuestra vida cotidiana. Y, cuanto menos hablamos de aquello que somos y creemos, más se debilita nuestra identidad. Los que venimos a celebrar la misa juntos hemos de sentirnos llenos del Espíritu Santo o, de lo contrario, la celebración se convertirá en un rito vacío y rutinario. El día que el Espíritu Santo arda con fuerza en nosotros, la gente acudirá a las iglesias, porque Él mismo iluminará a otros y los atraerá. Esto sucederá cuando respiremos el aliento de Dios y desprendamos su calor con cada gesto y acción de nuestra vida.

2007-05-20

La ascensión de Jesús, inicio de una misión

Comienza la misión de los apóstoles

Con la subida de Jesús a los cielos culmina su misión. Pero comienza la de sus apóstoles. De la primera noticia de su partida en el discurso del adiós hasta su partida definitiva sus discípulos han ido recorriendo un proceso de total adhesión, ya no sólo al Jesús histórico, sino al Jesús resucitado

Pero la continuación de la misión de Cristo no sería posible sin haber recibido antes la fuerza de lo alto. Estaba escrito, dice el evangelio, que un día Jesús moriría pero al tercer día resucitaría y se predicaría la conversión a todo el mundo.

La misión de los discípulos tiene una doble vertiente: por un lado, el anuncio del resucitado. Cristo sigue viviendo en ellos. Por otro, la conversión total de los receptores del anuncio, que conllevará un cambio radical de vida.

La experiencia mística, el detonante

Esta misión también es posible gracias a que ellos fueron testigos de la experiencia del resucitado. La vivencia mística, novedosa, les infundió el coraje necesario. Ellos conocieron al Jesús histórico, comieron con él, lo acompañaron en su singladura, lo enterraron. Y también conocieron, acompañaron y comieron con el Cristo resucitado y glorioso. Esto les dio tal vigor que sólo desde aquí se entiende la fuerza arrolladora de los inicios de la misión apostólica. Jesús se convierte en un referente permanente, llegando, muchos de ellos, a dar la vida por él.

Ese impacto fue tan profundo que gracias al entusiasmo de esos apóstoles la fe en el Resucitado ha llegado hasta nosotros.

Avivar nuestra fe vacilante

¿Qué hacemos nosotros, los nuevos apóstoles del siglo XXI? Hemos heredado de los primeros apóstoles la gran experiencia de Jesús vivo. Sin embargo, después de dos mil años, parece que el creyente de hoy ha perdido su alegría y su empuje. ¿Qué nos sucede a los cristianos de hoy? Hemos recibido una cultura religiosa, la hemos valorado en su momento, hemos creído en ella, pero quizás no hemos dejado que arraigue totalmente en nosotros. Esa primera exigencia que espoleaba a los primeros apóstoles los transformó. Quizás nosotros no estamos del todo convertidos y por eso se va apagando la fe. Sólo recuperando el entusiasmo y el gozo de sentirnos amados por Dios podremos renovar las raíces de nuestra fe.

A pesar de todo, el Espíritu Santo sigue actuando y seguimos recibiéndolo en cada eucaristía en la que participamos. Es el mismo Espíritu que recibieron los apóstoles. Posiblemente desde instancias políticas e ideológicas se intenta barrer los valores cristianos. El culto al progreso, a la ciencia y a la tecnología nos puede despistar. Pero no podemos perder el norte ni los valores. Cada uno de nosotros está llamado a ser medio de comunicación de la gran noticia de un Dios que nos ama, se ha encarnado y viene a nosotros. Nada ni nadie podrá ahogar la fuerza del Espíritu Santo. Sólo nos falta intrepidez y osadía. Vale la pena hacerlo por Cristo.

2007-05-13

Quien me ama, escucha mis palabras

No se puede amar sin escuchar

“Quien me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a hacer morada en él”.

Escuchar las palabras de Jesús es escuchar a Dios. Amarle es una consecuencia y a la vez demuestra la coherencia entre la palabra y la vida. Quien ama escucha, está atento, receptivo. Los cristianos hemos de estar abiertos a lo que Jesús nos puede decir. No podemos separar el amor de la escucha. Quien ama a Dios, es receptor de su palabra.

La palabra de Dios es de vida, nos transforma y nos ayuda a crecer. Sólo cuando uno ama y escucha, su corazón está preparado para la acogida, y Dios puede venir a hacer morada en él.

La misión de Jesús: llevarnos al Padre

No olvidemos que estas palabras de Jesús son pronunciadas poco antes de su muerte. Tienen una especial trascendencia; está a punto de reunirse con el Padre y anuncia a sus discípulos que en un futuro próximo volverá para habitar en ellos para siempre.

Jesús recuerda con frecuencia a sus discípulos que sus palabras no son suyas, sino del Padre. Él es un reflejo de la palabra de Dios, la referencia al Padre es continua. Su misión es acercarnos al Padre. Como hermano mayor, nos lleva de la mano hasta la plenitud de su amor. Su intención es hacernos partícipes de esta unidad y comunión con Dios Padre.

La misión de la Iglesia es también ésta: conducirnos al Padre. No podemos llegar a Dios sin pasar por la Iglesia y sin tomar a Jesús –en el pan y el vino– pero tampoco podemos quedarnos en el cristocentrismo. Nuestra meta final es Dios Padre.

La paz que emana de Dios

“Mi paz os dejo… no os la doy como la da el mundo”, dice Jesús. La suya es una paz que viene de Dios, una paz divina, trascendida. En nuestro mundo, muchos somos los que buscamos la paz, pero no siempre la hallamos, porque quizás nos falte la raíz misma de la paz: el mismo Jesús.

Jesús nos transmite su paz: una paz llena de amor, de misericordia, de Dios. No hablamos de una paz social, ni de un pacto político o de una reivindicación. No hay paz sin justicia, y no hay justicia sin amor. Por tanto, sin amor no hay paz posible. El amor nos lleva a la paz y aún más allá: a la fiesta, al gozo. Esa paz emana de Dios.

Os enviaré un Defensor

Finalmente, Jesús promete a los suyos que jamás los dejará solos: les enviará un Defensor, el Espíritu Santo, el mejor compañero. El les recordará sus palabras y los mantendrá unidos. Los apóstoles, años más tarde, irían expandiendo el mensaje de Cristo e incluso dando su vida por la fe. El Espíritu Santo, el Defensor, les dio la fuerza y las palabras para defender su fe.

“Os he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo”, dice Jesús. Hoy, los cristianos seguimos recibiendo su palabra. Necesitamos escucharla para nutrirnos y seguir creyendo y dando testimonio vivo de nuestra fe.

2007-05-06

Amaos como yo os amo

El mandamiento del amor

Jesús se encuentra en las últimas horas antes de su muerte. Durante la cena pascual, en un momento de intimidad con los suyos, Jesús manifiesta su profunda y estrecha relación con el Padre. Padre e Hijo serán glorificados. Será el gesto supremo de donación del Hijo lo que le llevará a su glorificación. Con la glorificación, la unión de Jesús y el Padre alcanza la máxima plenitud.

En un tono emotivo y cálido, y con un fuerte sentido de paternidad hacia sus discípulos, Jesús les manifiesta que el tiempo de estar con ellos se acaba. Durante tres largos años conviviendo, acompañándole en sus viajes de misión, ellos han visto en Jesús el rostro amoroso de Dios. Han sido testigos de la bondad de su maestro, de sus milagros, de sus curaciones. Han palpado su identidad. Es en este contexto de la despedida que Jesús les hace herederos del núcleo de su mensaje: amaos como yo os he amado. Es en este gesto de amor que los demás han de ver que somos sus discípulos, que seguimos su estilo. Será la señal de autenticidad, de que realmente formamos parte de él.

Y será en el "como yo os he amado" donde se halla la clave para saber cómo ama Dios. El amor de Jesús no tiene límites, es incondicional, da la vida por los suyos. Es un amor generoso, dulce, libre y sin prejuicios. Un amor lleno de misericordia, que implica aceptación del otro y de sus límites, un amor que nunca falla.

Tal como yo os he amado

Podemos descubrir ese modo de amar de Jesús a lo largo de su ministerio público, especialmente en momentos álgidos, como en aquella ocasión, cuando dice: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os persiguen; bendecid a los que os calumnien, rezad por ellos.

Podemos descubrirlo en el sollozo ante la muerte de su amigo Lázaro; en la parábola del buen pastor y la oveja perdida. El buen pastor da la vida por sus ovejas.

También podemos verlo cuando dice: El que quiera ser primero, sea el servidor de todos. Estas palabras se ven ilustradas en la última cena, con el gesto del lavatorio de los pies.

El amor de Jesús es un amor consagrado, vocacional. En el mundo, es normal que la gente se quiera, pero Jesús no dice simplemente "amaos", sino, "amaos como yo lo hago".

Ese amor, absolutamente generoso, exige compromiso. San Pablo lo expresa maravillosamente en su carta a los Corintios: el amor es servicial, no se enorgullece, no se enoja; perdona sin límites, aguanta sin límites, todo lo espera, nunca se cansa. Quizás hoy día se rompen tantas relaciones y mueren tantos amores porque no están basados en un compromiso serio y mantenido.

El amor de Dios, ese amor que ejerce Jesús, nunca se cansa, siempre espera. Es capaz de darlo todo por el que ama, hasta la vida.

2007-05-01

San José obrero y la ética del trabajo

El trabajo, más allá de una actividad de subsistencia
A lo largo de la historia, el movimiento obrero ha logrado mejoras muy substanciales en la calidad de vida de los trabajadores. Aún hoy se sigue luchando por mejorar estas condiciones y queda camino por recorrer para que en muchas partes del mundo todas las personas puedan trabajar con dignidad y un salario adecuado.

Además de alentar esta lucha por un trabajo en condiciones dignas, la fiesta de San José Obrero nos ofrece la ocasión de reflexionar sobre otro tema del que se habla mucho menos: la ética del trabajo.

Tradicionalmente, trabajo y subsistencia han ido unidos. Pero hay que ir más allá de esta simple concepción del trabajo por mera necesidad. Quedarnos en el aspecto puramente comercial del trabajo –a cambio de una remuneración- resulta una visión muy pobre. El trabajo también ha de ser entendido como una realización personal, un estímulo para el crecimiento y una proyección de la persona en su contribución a mejorar la economía y el bien común.

El obrero, protagonista de su trabajo

Hoy se habla poco del trabajo bien hecho, del trabajo hecho con amor. Se tiende más a satanizar al empresario, como fruto de una lectura marxista del mundo laboral y del capital y, en cambio, se habla poco de la calidad del trabajo realizado. El desempleo es una lacra social, ciertamente. Pero en nuestro país, actualmente, la gran amenaza para el estado del bienestar, como señalan con preocupación los economistas y expertos, no es el desempleo, sino la baja productividad laboral. Es decir, quizás se trabaja durante muchas horas, pero ese trabajo es de muy baja calidad y el rendimiento en ocasiones es mínimo. La responsabilidad de este hecho no se puede achacar exclusivamente al gobierno y a los empresarios.

Es importante que el trabajo sea libre, en buenas condiciones, con salarios dignos, pero también es importante que sea realizado con amor. Está en manos del empleado dignificar su trabajo y evitar reducir su papel al de un robot; el obrero tiene la posibilidad de convertirse en protagonista de su trabajo, en artífice de una obra realizada con calidad, con esmero, con pasión. El trabajo así emprendido humaniza y llena.

Hacia una visión más generosa del trabajo

Se resaltan mucho las obligaciones del empresario, y muy poco las responsabilidades del trabajador, y de ese mínimo exigible para que la producción sea de calidad.

La economía crecerá y conservaremos la sociedad del bienestar en la medida en que cada cual se sienta protagonista de su trabajo y vuelque en él sus mejores capacidades. El empresario pone sus recursos, su sacrificio y su generosidad. El trabajador pone sus manos, su creatividad, su tiempo.

Desde una perspectiva cristiana, cabe preguntarse cómo debió trabajar san José, y cómo debió trabajar Jesús a su lado. ¿Dónde está la excelencia de san José? Sin duda, en su vocación por un trabajo encaminado a mejorar la vida de los demás. Trabajar en algo que contribuya al bienestar y a la felicidad de las personas es gratificante y llena de sentido una vida. Como señalan algunos santos, en el trabajo está la santificación de la persona.

Perspectiva teológica del trabajo

Trabajar es acariciar la Creación. Estamos construyendo algo nuevo. Cuando ponemos amor, dulzura y creatividad a nuestras tareas estamos culminando la Creación. Como dicen algunos teólogos, estamos ajardinando el mundo.

Llegará un momento en que, superada la ideologización del trabajo, podremos hablar de madurez laboral. En ese momento el trabajo dejará de ser una actividad de subsistencia para convertirse en co-creación al lado de Cristo. Y es entonces cuando el trabajo, hecho con amor, culminará todas nuestras expectativas y metas. Todo cuanto se hace con amor es hermoso y da su fruto.

2007-04-29

El buen pastor

La importancia de saber escuchar

Con imágenes alegóricas, Jesús instruye a las gentes. Es un recurso pedagógico que utiliza con frecuencia para explicar los misterios del Reino. Más allá de la imagen bucólica, Jesús nos está diciendo que entre el pastor y la oveja, es decir, entre el sacerdote y su comunidad, tiene que haber una gran sintonía.

El pueblo de Dios ha de saber escuchar a los ministros responsables de sus comunidades cristianas. La actitud de escucha es necesaria para abrir el corazón a Dios y crecer espiritualmente. La escucha es un signo de humildad para descubrir, desde el silencio, lo que Dios quiere de nosotros. A veces, las prisas, el estrés o la soberbia nos incapacitan para la escucha. La humildad y la confianza en Dios son dos actitudes básicas del cristiano.

Escuchar implica estar abierto al otro y recibir como un don precioso aquello que nos comunica. Implica confianza, sinceridad y transparencia. Escucharemos a Dios en la medida en que dejemos que su palabra nos penetre y pase a convertirse en parte de nuestra vida.

La escucha también significa adherirse a la persona. No consiste sólo en prestar oído. Muchas personas escuchan, vienen a misa y celebran la liturgia. Aparentemente están atentas. ¿Hasta qué punto su escucha las transforma y se convierte en un compromiso? Una escucha que no deriva hacia este compromiso es vacía y pasiva.

Un diálogo recíproco

Si la oveja escucha la voz del pastor, el pastor ha de conocer bien a las ovejas. Qué importante es conocer a fondo nuestro pueblo de Dios, sus inquietudes, sus sueños, sus necesidades, sus dudas, sus sufrimientos, sus alegrías… También los presbíteros han de saber escuchar a su comunidad para conocerla bien. El presbítero ha de doctorarse en la escucha. Sólo así se puede producir un profundo y rico diálogo que nos prepara para seguir la llamada de Cristo.

"Ellas me escuchan, me siguen, y yo les doy la vida eterna", dice Jesús. Vivir unidos en comunión es empezar a vivir, ya aquí, la plenitud. La consecuencia de una escucha comprometida y de una sincera adhesión nos lleva a un anticipo del cielo, promesa de eternidad. En Jesús, Dios nos lo ha dado todo.

La Iglesia nos ha engendrado en la fe. Venimos de Dios, somos de Dios y vamos hacia Dios. Él nunca permitirá que nadie se pierda, porque todos somos fruto de su inmenso amor. Estamos en sus manos y no dejará que nadie nos arrebate de su lado. Su deseo es nuestra permanencia junto a él. Somos hijos de Dios, destinados a vivir en brazos de la Trinidad.

2007-04-22

Almuerzo junto al lago

El trabajo que da fruto

Después de su resurrección, Jesús se aparece a sus amigos en diferentes ocasiones. En cada uno de estos encuentros va alentando sus corazones. Esta vez se les aparece junto al mar de Galilea, aquel lago tan conocido por los apóstoles. Se les aparece, no como el Jesús histórico que un día los llamó y los impulsó a seguirle, sino como el Cristo resucitado que los llama de nuevo a una vida plena de Dios. Los llama a seguirle como resucitados, no como catecúmenos sino como apóstoles maduros para continuar su obra salvadora. Es hermoso ver cómo se les aparece en el contexto de su trabajo. Han pasado toda la noche trajinando, sin pescar nada. Al llegar Jesús, tiran las redes a su derecha y consiguen una pesca tan abundante que apenas cabe en las barcas.

Jesús se nos hace presente en el trabajo de cada día. ¡Cuántas veces nos desesperamos cuando trabajamos con ilusión y no cosechamos el fruto deseado! Entonces nos desanimamos. Así, hoy vemos poca gente en las iglesias. Los estudios sociológicos y nuestra propia experiencia nos muestran que la fe disminuye y nos invade el desánimo. Trabajamos mucho y con empeño, pero no siempre recogemos los frutos que querríamos recoger. Entonces es cuando debemos plantearnos seriamente: ¿Para quién trabajo? ¿Tiene lo que estoy haciendo un sentido trascendente? ¿Trabajo por amor a Dios? ¿Me entrego a mi tarea pastoral para incentivar y motivar a la gente a seguir a Dios?

Jesús nos invita a trabajar de otra manera. Echad la red hacia otro lado. Nos dice: replantead vuestro trabajo apostólico, vuestra fe, vuestra ilusión, vuestro entusiasmo... Revisad todo cuanto estáis haciendo porque, quizás, si tomáis un rumbo diferente, podéis conseguir más fruto.

Los apóstoles se fiaron de Jesús y pudieron pescar. Trabajando por Jesús, con Jesús y en Jesús, nuestro trabajo apostólico será fecundo. Por mucho que hagamos, si no tenemos la conciencia plena de que lo hacemos por Cristo, con Él y en Él, nos cansaremos ante el poco éxito de nuestros esfuerzos. Cuando somos capaces de hacerlo con Él y por Él, Jesús hace el milagro. Por tanto, nunca desesperemos. Mantengamos siempre viva la esperanza.

La pesca milagrosa alude a la firme esperanza de que con Cristo lo podemos todo, incluso más allá de lo imaginable. La barca casi se hunde por el peso de la pesca. Cristo puede transformar nuestro egoísmo en una ofrenda permanente y constante.

Saber celebrar

Después del encuentro junto al mar, Jesús invita a almorzar a sus amigos. Son importantes la fe y la esperanza, pero también la caridad. Después de nuestro trabajo apostólico, ilusionado y esperanzado, necesitamos alimentarnos de Cristo, viviendo y celebrando en fiesta la comunión con él. Si no es así, difícilmente nuestra misión pastoral tendrá éxito. Ese es el momento de dejarse llevar y de fiarse.

Las palabras de Juan, el joven discípulo, son hermosas. Cuando Juan reconoce a Jesús en la playa, exclama: ¡Es el Señor! ¡Es el Señor! Tenemos que saber ver a Dios en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. El Señor nos busca, nos sale al encuentro; reconozcamos que está presente en nuestra vida. Si lo reconocemos, seguirá obrando el milagro de una pesca abundante.

Seguir al Cristo de la Alegría

Después de este encuentro y de este almuerzo de evocación eucarística, Jesús se dirige a Pedro. Le dice: Cuando eras joven ibas donde querías, pero cuando seas mayor, cuando realmente conozcas a Cristo y descubras lo que es el amor a Dios, vas a tener que hacer cosas que no quieras. Y se refiere a su entrega, que le llevará a dar la vida por Jesús. Nuestra adhesión a Cristo implica entrega y también pasión.

Esperanza, eucaristía, entrega, pasión y luego... ¡sígueme! De nuevo Jesús llama a Pedro para que le siga. Pero ahora ya no debe seguirle como a un hombre corriente, sino como a Cristo viviente y resucitado. Nosotros, cristianos de hoy, ¿a quién seguimos? ¿Seguimos al Jesús de la pasión que muere el viernes santo, o estamos siguiendo al Cristo vivo aquí y ahora? Tal vez aún vivimos el romanticismo de la religiosidad piadosa, que reza al Cristo de la cruz. El Cristo de la resurrección vive la plenitud de Dios, que está en Él. Estamos llamados a seguir al Cristo de la alegría, de la resurrección, del gozo. Este es el Cristo que vive y sigue presente aquí entre nosotros. No seguimos a un hombre bueno, ni nos limitamos a leer una historia bonita de un libro. Estamos siguiendo a Jesús resucitado. Hemos seguido a Cristo hasta la cruz para dar nuestra vida, pero también seguimos a Cristo en la gloria.

Este es el nuevo enfoque que ha de tomar la pastoral. Nuestro Cristo vive. Si no nos lo creemos estaremos convirtiendo nuestra fe en un mero espectáculo. Él sigue presente en nuestros corazones, en la Iglesia, en los sacramentos. Si lo creemos de verdad, estaremos casi participando de su vida divina. Ya hemos comenzado a resucitar con Él. El bautismo y la eucaristía nos resucitan.

Así lo sintieron los apóstoles. Llenos de Dios, corrieron a comunicar a su gente y a todo el pueblo que Cristo había resucitado. Hoy, Cristo se nos aparece en la eucaristía. Sigue presente a través del pan. Cristo sigue siendo historia a través de nosotros. Por lo tanto, ¿qué hemos de hacer? Llenarnos de Él, empaparnos, comer de Él y ofrecer lo que llevamos dentro: nuestra fe profunda, el amar por encima de los defectos y de los límites, ser capaces de perdonar, de reconciliarnos... Somos portadores de la auténtica Buena Noticia: Dios está vivo, aquí y ahora.

2007-04-15

Paz a vosotros

Derribar la muralla del miedo

Tras su muerte, los discípulos de Jesús se agrupan, temerosos, en el cenáculo. La noticia del sepulcro vacío ha añadido incerteza a su confusión. Con su aparición en el cenáculo, Jesús debe atravesar mucho más que las paredes de la casa. Jesús atraviesa los muros del miedo, la desconfianza y la incredulidad. Sin ser un fantasma, su cuerpo glorioso traspasa los muros y se pone en medio de ellos.

Jesús quiere que la noticia de su resurrección sea conocida por todos aquellos que le siguen. Así, su aparición en el cenáculo es uno de esos momentos compartidos por el grupo de sus discípulos.

"Paz a vosotros".La primera palabra que Jesús resucitado dirige a los suyos es esta: la paz. Sabe que se sienten acorralados, solos, atemorizados, y sus corazones se cierran a la defensiva. Es importante que reciban la paz. Una paz que no es humana, sino divina. Es la paz trascendida.

Jesús sabe que ha de atravesar el grueso muro del miedo y aún más: el muro del corazón, desesperado y confuso. Por segunda vez les dice: "Paz a vosotros". En esta reiteración, responde a la honda necesidad de los discípulos de recobrar la paz perdida tras la muerte de su maestro.

Todos se alegran al verlo. La aparición genera una inmensa alegría. Vuelven a creer, a tener esperanza. Despierta en ellos el entusiasmo. Y así lo anuncian a Tomás: ¡Hemos visto al Señor!

Tomás, el que no creía

Ante Tomás, todos insisten. Se convierten en apóstoles del discípulo ausente, le comunican su experiencia, movidos por el gozo. Pero Tomás se niega a creer si no ve… Jesús tiene que derribar otro muro: la incredulidad. ¿Cómo abatirlo? Con la evidencia de las llagas. Cuando se aparece de nuevo a los once, se dirige a Tomás: "Trae aquí tu dedo, toca mis llagas; trae tu mano, métela en mi costado". Las llagas son el resto, testimonio que habla por sí solo de la experiencia de dolor y muerte.

Una vez Tomás comprueba las señales de la pasión, se convierte y hace su profesión de fe: ¡Señor mío y Dios mío! El sufrimiento también nos acerca a Dios. Las señales son una evidencia del amor de Dios. En Tomás se refleja la humanidad que sufre, no entiende y duda ante el mal y la violencia que sacuden al mundo. Pero la humanidad también puede regenerarse, como Tomás, con un acto de fe.

El amor más fuerte que la muerte

Como señala el Papa Benedicto en su mensaje Urbi et Orbi, el amor de Dios se revela como la fuerza más poderosa, capaz de vencer la muerte. Jesús no ha podido eliminar el dolor y el sufrimiento del mundo. Los ha padecido en su propia carne. Pero los ha vencido. Ha sido el amor de Dios quien lo ha resucitado. Por amor, Dios vence a la muerte. "Él tiene las llaves de la muerte", leemos en el Apocalipsis. Con Cristo resucitado, la Iglesia entera está viva y resucita también. Los cristianos participamos de su resurrección. Hoy, Cristo se nos aparece, sacramentado, en la liturgia. Y nos da la paz a todos los creyentes.

La misión

Una vez los discípulos reciben la paz, Jesús les da una misión. Ya no sólo les quita el miedo: les envía un poderoso antídoto contra el temor: el amor. La alegría, el entusiasmo y el valor los invaden. “Recibid el Espíritu Santo”. Ya maduros, adultos en la fe, llega el momento en que se abren totalmente a la fuerza de Dios y reciben un regalo. En este aliento sagrado de Dios, infundido en los discípulos, está el origen de la Iglesia.

Jesús los envía a todas las gentes con una misión clara: “Id y anunciad… perdonando los pecados”. Les encomienda ejercitar el ministerio del perdón, que no es otro que la liberación del pecado y la conversión de vida hacia una existencia reconciliada con Dios y con los demás.

Desde este momento, ya no son discípulos, sino apóstoles del resucitado. Irán por todo el mundo a llevar la buena nueva. Está a punto de estallar Pentecostés.
La experiencia de Pentecostés es una bomba cuya onda expansiva alcanza nuestros días, y durará hasta el final de los siglos. La explosión del amor de Dios, semejante a un nuevo Big Bang, ha hecho nacer una humanidad renovada en Cristo.

2007-04-08

Domingo de Pascua

Las mujeres, apóstolas

La muerte de Jesús ha sumido a sus discípulos y seguidores en el desconcierto. Abatidos y temerosos, se encuentran en un momento de desolación y duda. Pero, en la madrugada del primer día de la semana, las mujeres que lo seguían intuyen algo. Y corren al sepulcro. Allí encuentran la tumba abierta y al ángel que les anuncia que su Maestro no está allí. Ha resucitado.

María Magdalena, la que fue rescatada por Cristo, es la primera a quien se aparece Jesús. Es significativo que el autor sagrado reseñe esta primera aparición a una mujer que, además, había tenido mala reputación. En aquella época, el testimonio de las mujeres apenas tenía crédito y no se consideraba digno de mención. Y, sin embargo, toda la fe cristiana descansa en aquel primer testimonio de unas mujeres valientes.

María Magdalena mantenía una pequeña luz en su interior, pese a que aún había oscuridad en su existencia. Y esa llamita creció hasta convertirse en el sol, cuando Jesús le salió al camino.

Después de ese encuentro, María echa a correr para ir a buscar a los discípulos. Es así como se convierte en apóstola de los apóstoles. Es portavoz de la noticia más importante del Nuevo Testamento; una mujer es la que comunica a los varones la nueva de la resurrección.

La resurrección, pilar del Cristianismo

María asume la autoridad de Pedro en el grupo. Va a encontrar a Pedro y a Juan, sabiendo que eran los que tenían más confianza con Jesús. Pedro y Juan corren al sepulcro, se asoman y ven la tumba vacía. Como nos relata el evangelista, el discípulo “vio y creyó”. Desde ese momento, sus vidas darán un vuelco.

El acontecimiento pascual marca el origen genuino del Cristianismo. La fe cristiana se asienta en la resurrección de Jesús. “Vana sería nuestra fe, si Cristo no hubiera resucitado”, recuerda San Pablo. La resurrección es el fundamento, la piedra angular, la roca granítica que soporta nuestra fe.

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. En la liturgia pascual celebramos la Vida con mayúsculas, que ya empezamos a vivir con la eucaristía. El encuentro con Cristo vivo en la celebración eucarística nos introduce en la vida de Dios. Ya somos partícipes de esa gran experiencia. La Pascua nos prepara para el definitivo encuentro con Jesús en el Paraíso.

La resurrección fue, sin duda, una experiencia sublime. Gracias a Jesucristo, hoy podemos experimentar, ya aquí, en la tierra, una primera vivencia de resurrección. Podemos saborear el más allá, la vida de Dios. Podemos paladear la eternidad.

Una experiencia que transforma

Este es el gran regalo que nos brinda Dios: una vida nueva, regenerada y lavada del pecado. Con Cristo, a través del bautismo, todos morimos y resucitamos. Con Cristo volvemos a vivir la vida de Dios.

La muerte da paso a la vida, la oscuridad se convierte en la luz; el odio se transforma en amor; de la noche pasamos a un cielo iluminado por el Sol de Cristo.

Está vivo. Esta es una afirmación rotunda que podemos hacer desde el corazón. No todo se acaba en la vulnerabilidad, en la limitación, en la levedad del ser. No todo finaliza con la muerte. Cada encuentro con Jesús es una resurrección.

Los cristianos somos cristianos pascuales, pues tenemos la experiencia de Dios en Cristo. Esta experiencia transforma el rostro, la mirada, el cuerpo… Toda la vida queda transformada por los destellos pascuales que inundan el corazón humano. La piedad popular parece insistir mucho más en una devoción del Viernes Santo. Pero hoy, Domingo de Pascua, es el día más importante para el cristiano. Hoy las iglesias deberían rebosar. ¡No es un domingo cualquiera! Es el día de todos los días. En este domingo, hoy, todos somos testigos de esa experiencia sublime de la resurrección.

No lo hemos visto, pero tenemos la certeza. Esta experiencia pasa por el corazón, no se puede medir ni evaluar científicamente. Pero fue esto lo que cambió el corazón de los discípulos. Más tarde, la experiencia de Pentecostés los convirtió en apóstoles. De ser gente sencilla, hombres atemorizados y dubitativos, pasaron a ser líderes entusiastas, que difundirían una nueva religión de alcance mundial. Esta es la grandeza de la Iglesia. Los primeros apóstoles eran hombres y mujeres como nosotros, gente corriente y limitada como los demás, pero que se abrieron al don de Dios.

El impacto de Pentecostés sería como una bomba espiritual que alcanzaría a todos los pueblos, durante siglos. Esta noticia no puede dejarnos indiferentes. También puede cambiar nuestra vida. Hemos de salir de esta celebración radiantes, como el sol que inunda la oscuridad del ser humano para transformar su vida.

2007-04-01

Domingo de Ramos

Jesús muere hoy

En el comienzo de la Semana Santa, la lectura de la pasión nos sitúa ante la muerte de Jesucristo. Su meditación nos recuerda que Jesús sigue muriendo, hoy. Hoy sigue habiendo pasión en el mundo, especialmente en la vida de todos aquellos que sufren. Jesús muere en los niños abandonados, maltratados, hambrientos de amor. Muere en los adolescentes sin norte, en los jóvenes sin futuro. Muere en los adultos que deben recomenzar de nuevo, porque han perdido el trabajo, o han sufrido un contratiempo en sus vidas. Muere en los ancianos solos y abandonados...

¿Quién no se apiada ante la imagen de Cristo en la cruz? ¿Quién es capaz de no compadecerse ante una persona que sufre? No conmoverse ante el rostro del dolor es vivir de lado de los que padecen, indiferentes a su dolor. No conmoverse ante la pasión es cerrar el corazón y hundirse en la vaciedad.

En este mundo que rinde culto a la ciencia y a la tecnología, donde parece que lo tenemos todo, nos falta, sin embargo, algo muy profundo. El mundo está vacío. Sufre de una enorme falta de esperanza. El dinero, el bienestar y la ciencia no acaban de llenar el anhelo humano. Necesita mirar las cosas desde arriba para poder dar sentido a su existir.

Aceptar el dolor con paz

Jesús en la cruz es la máxima expresión del amor de Dios y de su entrega. Por amor, libremente, Jesús asume su muerte tan injusta. Esa libertad conlleva una aceptación serena y pacífica del dolor. La pasión de Jesús contiene una enseñanza pedagógica: la aceptación del sufrimiento. Jesús no muere en medio de la desesperación, su agonía no es rebelde ni agresiva. Se deja llevar, abraza su muerte y abraza el dolor. Se abandona en manos del Padre.

Cuando miramos al Crucificado, su rostro sangrante nos está enseñando cómo asumir el dolor cuando éste nos sobreviene.

La cruz, señal de un nuevo comienzo

La cruz es la sombra de un amanecer. La muerte de Jesús presagia la vida nueva de Cristo. En la muerte hay latente la semilla de la resurrección. En la Semana Santa, los cristianos no hemos retener solamente la imagen plástica del dolor, sino el contenido teológico de la muerte de Jesús. No podemos permanecer en la tragedia del viernes santo. Este día ha de servir para reflexionar sobre el misterio del dolor en el mundo y sobre el sentido último de la muerte. ¡Hay tantas personas que sufren injustamente en el mundo! Los cristianos no podemos recrearnos en la muerte, en una espiritualidad triste y desesperada. La muerte de Jesús no es un final trágico.

El Calvario marca el inicio de una nueva experiencia. Cristo, trascendiendo el dolor y la muerte, comienza una nueva singladura. El cristiano también ha de recorrer un catecumenado largo e intenso durante su vida hasta alcanzar la madurez en la fe, en la esperanza y en la caridad. Ha de morir al hombre viejo para renacer al hombre nuevo. Esta es la auténtica muerte. Expiramos con Cristo en la cruz para poder renacer a una nueva vida de Dios.

Acompañar a Jesús

En la fiesta de Ramos, los cristianos acompañamos a Jesús en procesión. Así como los suyos lo seguían en su entrada triunfante en Jerusalén, hoy también nosotros lo seguimos agitando ramos y palmones.

Jesús entra en Jerusalén como rey sencillo y pobre. No lo hace a lomos de un caballo, como un conquistador, sino a lomos de un borrico, humilde y pacífico. Y la multitud canta de alegría cuando lo ve.

En esta Semana Santa, a través de las procesiones y celebraciones, los cristianos acompañaremos a Jesús. Estas fiestas no deben reducirse a rituales repetitivos, abstractos, meramente estéticos, pero vacíos. Tenemos que interioriar su contenido.

La procesión simboliza el seguimiento a Jesús. En los apóstoles se da un doble seguimiento. Está el seguimiento físico, es decir, caminar con él, por toda Palestina, viviendo con él, compartiendo con él las experiencias de cada día. Y hay otro seguimiento interior, el proceso personal que va desde la llamada hasta la adhesión, a medida que los discípulos descubren el misterio de Dios en la persona de Jesús.

Los cristianos también estamos llamados a vivir este seguimiento interior. Vivamos la Semana Santa como una gran interpelación. En ella seguiremos los momentos cumbre de la vida de Jesús. Que cada cuadro plástico, cada paso procesional, cada lectura, nos lleve a revivir los acontecimientos de la Pasión con hondura.

2007-03-25

La mujer adúltera

Una situación comprometida

Jesús ve ya próxima su pasión y se retira al monte de los olivos para orar. Necesita meditar sobre el sentido de su donación, que pasa inevitablemente por la muerte. Al amanecer, sereno y lleno de Dios, acude al templo para instruir a su pueblo. Es en este momento cuando los fariseos y los escribas aprovechan para traerle a una mujer sorprendida en adulterio. Quieren comprometerlo, haciendo referencia a la ley y la tradición judías.
La dureza de los fariseos está lejos de entender el corazón misericordioso de Dios. Acusan a la mujer y quieren condenarla a morir. Jesús, lleno de misericordia, responde con una táctica inteligente a la tendenciosa pregunta, y les da una respuesta lapidaria: “Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra”.

Llenos de odio y de rencor, los fariseos y los escribas reconocen, no obstante, que en ellos también hay pecado. Se alejan, uno a uno. Los acusadores no soportan la franqueza de su oponente. Y dejan a Jesús solo con la mujer. Entonces Jesús ejerce el ministerio del perdón. Tiene piedad de la mujer adúltera y la perdona. Con un talante dulce y exigente a la vez, le pide que no peque más. Jesús refleja el corazón compasivo y ardiente de Dios que nos invita a vivir llenos de su gracia y de su amor.

El legalismo religioso

En esta intensa lectura, Jesús se nos muestra como un hombre libre respecto a la ley. Por encima de la rigidez legal, él antepone el bien de la persona. También hay en su respuesta una apelación a la coherencia. Muchas veces las personas guardamos una extremada dureza en el cumplimiento de la ley, pero en cambio se nos escapan otras actitudes de delicadeza, comprensión y misericordia. La ley debe estar al servicio de la persona, éste es el mensaje de Jesús.

Contra el machismo judío

El mundo semita marginaba a la mujer. En esa cultura, como en otras tantas, las mujeres sufrían las consecuencias de un menosprecio social. Muchas conductas que hoy consideramos moralmente reprobables eran permitidas a los varones, por el hecho de ser hombres, y, en cambio, eran condenadas en la mujer. Jesús sale a favor de la mujer. En esta ocasión, la defiende porque está en una situación débil y vulnerable. Pero también la defiende porque para él la mujer es digna y valiosa, igual que el hombre. Jesús rompe con esa tendencia machista y apuesta por el valor de lo femenino y la paridad en la dignidad de ambos sexos.

Otra concepción del sentido religioso de la ley

La ley es el amor. Esta es la gran revolución de Jesús. No hay ley que valga por encima de la dignidad de la persona. La ley no lo justifica todo. Este mensaje de Jesús es especialmente actual hoy, cuando las leyes se politizan para servir a diversas ideologías. Muchas veces se quieren justificar algunas leyes y decisiones apelando a los sentimientos humanitarios, jugando con la buena fe de las gentes, para conseguir favorecer intereses ocultos de grupos de poder. Jesús, en la cruz, muestra la máxima expresión del amor y de la libertad, que la ley ha intentado aniquilar. Toda ley que trata de suprimir la vida de un ser humano no está fundamentada en valores humanitarios. La vida es un valor supremo. Si la ley no está al servicio de las personas y de su dignidad, está sirviendo a las ideologías y se convierte en un sutil instrumento de dominación.

El perdón, muestra del mayor amor

Una de las características que distinguen a los cristianos es el perdón. Quien ama perdona sin límites, como recuerda San Pablo en su carta a los corintios. “Porque tanto has amado, tanto se te perdona”, son las palabras de Jesús a la mujer pecadora que le ungía los pies.

A la mujer adúltera, que buscaba el amor tal vez de manera un tanto frívola y errada, Jesús le enseña el amor incondicional y verdadero. La mujer conoce la pureza del amor auténtico con el perdón de Jesús. Y queda restaurada. No condenada, se siente amada y perdonada, a punto para empezar una nueva vida. El perdón regenera y da fuerzas para recomenzar y vivir de otra manera.

Dios es el único libre de pecado y de culpa. Jesús, pudiendo condenar, no lo hace. La Iglesia, los cristianos, tampoco podemos juzgar ni condenar a nadie. Hemos de ser misericordiosos y compasivos, como el mismo corazón de Dios.

2007-03-18

El hijo pródigo

Retrato del corazón de Dios

La narración del hijo pródigo es una de las más bellas del Nuevo Testamento. Jesús revela las entrañas del corazón misericordioso de Dios para con su criatura. El padre del hijo pródigo, pese a saber que con él su hijo lo tiene todo, respeta con delicadeza su libertad, aunque sabe que es una decisión que hará sufrir a los dos. Esta ruptura conmueve al padre, pero deja marchar a su hijo libremente. El padre misericordioso se asoma cada atardecer para divisar en lontananza si ve llegar a su hijo. Su corazón está volcado ante su posible regreso.

Por otra parte, el hijo, después de dilapidar su herencia, siente la necesidad de volver. Echa en falta el calor del padre. Lejos se siente solo y vacío, pensando en todo lo que ha perdido. Para el padre esta separación sólo ha sido un paréntesis. Él espera con ansia la vuelta de su hijo.

El hijo vuelve porque, pese a su orgullo, tiene la certeza absoluta en su corazón de que el padre lo acogerá de nuevo. Por eso regresa convencido. Padre e hijo se abrazan. El dolor y el arrepentimiento del hijo se funden en la profunda alegría del padre. El abrazo acaba con una hermosa fiesta de reencuentro.

La lógica del perdón

Pero, en estas ocasiones, la bondad y la misericordia no siempre son entendidas. Es la postura del hermano mayor, que siente celos y se enfada con su padre por lo que ha hecho con su hermano menor. De nuevo se produce un alejamiento y una ruptura. El que no se había ido está lejos del corazón del padre. Éste vuelve a sentir otro dolor: el de su hijo mayor, que también lo tiene todo, pero no entiende su amor misericordioso. A pesar de todo, el padre quiere continuar la fiesta. Porque su hijo pequeño estaba lejos y ha vuelto; lo daban muerto y lo han recobrado vivo.

Muchas veces no entendemos la lógica del amor y del perdón de Dios. Los cristianos estamos dentro de una comunidad, dentro del mismo corazón de Dios. Hemos de entender que uno de los rasgos característicos del cristiano es el perdón. Sin perdón no puede haber fiesta ni eucaristía. El perdón es una de las claves del amor de Dios al hombre.

2007-03-11

La higuera sin frutos

La conversión, un giro

Uno de los núcleos del mensaje de Jesús es la llamada a la conversión. La palabra griega para designarla, metanoia, significa cambio, giro. Convertirse es dar un giro hacia Dios. Es decir, dejar de lado la parte frívola y egoísta de la vida para girarse hacia el amor.

¿A qué convertirnos? Para la conversión es necesario un proceso gradual de cambio de actitudes muy arraigadas en nuestra forma de ser. Podemos empezar a convertirnos en muchas cosas que, aunque parezcan pequeñas, no dejan de tener una importancia trascendental.

Cuántas veces nos cuesta sonreír cuando el día en nuestro universo interior amanece gris. La conversión pasa por sonreír. Cuántas veces somos duros y fríos con los demás. Convertirse significa ser amables. Muchas veces, a causa del estrés y nuestro ritmo acelerado, no nos damos cuenta de lo importante que es estar sereno, ir al ritmo de Dios. Otro aspecto a convertirnos puede ser la mezquindad, que nos lleva a empobrecernos. Ser generosos y espléndidos es otro paso hacia la conversión.

No creamos ser mejores

Otras veces nos sucede que, por el hecho de ser creyentes o practicantes, nos creemos mejores que los demás. Hemos de ser más humildes y reconocer que no lo somos. También estamos necesitados del perdón y de la misericordia. Solemos señalar, juzgar y criticar a otras personas, pensando estar por encima de ellos. Jesús nos advierte, como hizo con los judíos. Si no abrís vuestro corazón a Dios, también pereceréis.

La eterna paciencia de Dios

Con la parábola de la higuera, Jesús nos está hablando de un Dios eternamente paciente e indulgente. El cristiano está llamado a dar fruto, como la higuera plantada en la viña. Pero si no se alimenta de la palabra de Dios y no bebe de la oración, se secará por dentro y no fructificará. Es muy humano, ante la esterilidad y la inutilidad de nuestros esfuerzos, cansarse y tener la tentación de abandonar, o dejar la conversión como algo imposible. La reacción más fácil es pensar: ¿para qué esperar? Cortemos la higuera y echemos la leña al fuego.

Sin embargo, el viñador pide al amo que no la corte y la deje un año más. Él la cavará y la abonará, para que dé fruto.

Dios sabe esperar nuestra conversión con infinita paciencia. Cada Cuaresma es ese tiempo de gracia que pide el viñador para aguardar un año más, para seguir luchando porque el corazón del hombre se convierta.

Las comunidades cristianas estamos llamadas a ser fructíferas. No cansemos a Dios ni agotemos su paciencia. Jesús, con su palabra, su cuerpo y su sangre, nos alimenta y riega nuestro corazón en cada eucaristía. Si sabemos abrirlo a su amor, habremos iniciado el camino de conversión y, llegado el momento, daremos fruto.

2007-03-04

La transfiguración

La oración, una experiencia de Tabor

Con este episodio, Jesús nos aparta del bullicio y del ruido, como hizo con sus discípulos, para llevarnos a un lugar tranquilo a rezar. La oración es consubstancial al cristiano. Para crecer en nuestra relación con Dios es preciso que se dé un diálogo continuo y profundo con él.

Orar equivale a subir a la montaña y contemplar la realidad con perspectiva más amplia y una mirada trascendente. Para escuchar a Dios necesitamos ese distanciamiento, y dos cosas imprescindibles: espacio y el clima adecuado. Es decir: soledad y silencio. Sin estos dos aspectos será muy difícil establecer una comunicación efectiva con Dios. La liturgia de hoy nos invita a buscar un tiempo de receso y a vivir la experiencia del Tabor, una experiencia de intimidad con Dios.

Jesús culmina las antiguas promesas

Pedro, Santiago y Juan ven a dos personajes del Antiguo Testamento junto a Jesús. Son Moisés y Elías. Uno representa la Ley, el otro la tradición profética. Jesús, en medio, significa la culminación de las expectativas del pueblo judío. En él se da la plenitud de la Ley y los profetas.

La manifestación de esta gloria tiene, sin embargo, una doble cara. Junto a la plenitud, encontramos la cruz. Gloria y cruz son dos manifestaciones del esplendor de Jesús. No se entendería el Tabor sin la cruz, ni tampoco la cruz sin el Tabor. De la muerte de Jesús en cruz sale también el esplendor del Hijo de Dios, entregado por amor.

Realismo cristiano

Pedro se siente tan a gusto que le propone a Jesús plantar tres tiendas y quedarse allí. Es muy humano. Todos queremos eternizar los momentos de interioridad, de gozo. ¡Qué bien estamos con Dios! No quisiéramos bajar nunca del Tabor de la comunión. Pero hemos de descender.

El Tabor sin la misión quedaría empobrecido. Dios nos llama a trabajar en el mundo para construir otros muchos Tabores, espacios de cielo donde las personas puedan experimentar la plenitud. La Eucaristía es un Tabor, un momento teofánico en el que la presencia de Cristo se hace real, a través del pan y el vino.

“Escuchadle”

Finalmente, de la nube del cielo sale una voz potente: “Este es mi hijo, el elegido, escuchadle”. Encontramos aquí una gran similitud con el episodio del bautismo de Cristo en el Jordán. Aquí hay que remarcar que Dios llama a Jesús su escogido. Él lo ha elegido para culminar su deseo, y Jesús, fiel al designio del Padre, marchará hacia Jerusalén para completar su misión.

El cristiano ha de tener el corazón y el oído receptivos para escuchar al Hijo de Dios. El siempre tendrá palabras de vida, de plenitud, de aliento, que darán sentido a nuestra existencia y nos llevarán a experiencias de Tabor, acercándonos cada vez más al cielo.

2007-02-25

Las tentaciones

Ante la flaqueza y el cansancio

Después del bautismo en el Jordán, Jesús se retira al desierto. En el Jordán queda de manifiesto su filiación con Dios y su misión apostólica.
Este relato en el desierto es significativo para dar cohesión a la figura de Jesús. Las tentaciones responden a una hábil sutileza del diablo. El diablo conoce bien al hombre, sus lagunas, su ego, sus ambiciones. Y también conoce muy bien a Jesús.

Jesús, después de cuarenta días, pasa hambre. El diablo aprovecha la fragilidad y el cansancio del momento para manipular la voluntad de Jesús.

Está claro que Jesús está unido profundamente al Padre y el demonio no puede con él. Pero, cuántas veces por cansancio, por dolor, por debilidad, caemos en las sutiles manifestaciones del diablo. Con diferentes apariencias, él sabe aprovechar la debilidad y el desencanto, las malas experiencias, para mostrarse como un seudo salvador y prometer el cielo que él ha perdido.

La tentación del poder económico

El diablo le propone a Jesús convertir las piedras en pan. Él puede hacerlo y acabar así con su necesidad. Se trata de una tentación que alude al poder económico. Jesús multiplicó los panes y las multitudes entusiastas querían hacerlo rey. Es una trampa muy hábil del demonio. Bajo la apariencia de humanidad, reduce la salvación y la felicidad del ser humano al bienestar puramente material.

La tentación de sucumbir al poder económico para comprar con él falsas seguridades, falsos paraísos, es muy grande. Especialmente en los momentos de angustia y dificultades. Hoy día, en que la inestabilidad del mundo es acusada y las personas nos acostumbramos rápidamente a vivir con cierta comodidad, ceder al poder del dinero y rendir culto a la riqueza económica es una tentación muy frecuente, en la que es fácil caer movidos por causas que parecen muy razonables.

Es cierto que toda persona debe luchar por su supervivencia y por una vida digna y próspera, también económicamente. Pero nuestra salvación y la plenitud de nuestros deseos no se encuentran solamente en los bienes materiales.

El afán por dominar el mundo

La segunda tentación es esta: “Si me adoras, te daré todos los reinos que el mundo me ha dado”. En esta tentación el diablo se siente por encima de Jesús. Pero en realidad, es un ángel excluido, que ha participado de los poderes celestiales y que en su momento cayó y quedó reducido. Ahora quiere recuperar su estatus y su poder.

Esta tentativa del demonio se refiere al poder político y a todas las formas de potestad sobre las personas, desde la dominación militar, la represión, la manipulación… Cuando una persona vive centrada en sí misma y desea que el mundo gire a su alrededor, no resiste la tentación de dominar y someter a los demás a sus antojos. El poder es una droga sutil que atrapa a muchas personas, ávidas de protagonismo y henchidas de orgullo. Pero tiene un precio muy alto, como el diablo indica. “Todo esto te daré si te postras ante mí”.

Jesús responde: “Adorarás a tu Señor y sólo a él darás culto”. Cuando somos egoístas, cuando nuestra única meta en el mundo es el dinero, el sexo, el poder, la ambición, todo los que nos complace sin tener en cuenta a los demás, ¿no nos estaremos arrodillando ante el diablo?

Jesús dirá que sólo tenemos que adorar a aquel que es la bondad, aquel que desea nuestra felicidad sin engaño, aquel que es Amor. Aún va más allá; a Dios no sólo hay que adorarlo, sino abrazarlo y tenerlo adentro.

La tentación del poder religioso

Con la tercera tentación, el demonio insta a Jesús a arrojarse de lo alto del templo: “Los ángeles del Señor te recogerán”. Jesús responde: “No tentarás al Señor tu Dios”. El diablo aprovecha toda ocasión para engrandecer nuestro ego. Cuando la persona alcanza cierto prestigio y un elevado reconocimiento puede llegar a pensar que tiene licencia para hacer cualquier cosa. Está por encima del bien y el mal y acaba endiosándose a sí misma. El diablo sabe que Jesús tiene poder. Es un hombre carismático. El pueblo lo escucha y lo sigue. Jesús podría manipular y dominar fácilmente a sus adeptos. Pero renuncia a ello. No quiere alardear, haciendo una exhibición de su capacidad para hacer milagros. Su poder es el poder del amor, el servicio, la misericordia.

Por el bautismo todo cristiano participa del poder de Cristo. Cuanto más vivamos nuestra condición de cristianos unidos a Dios el diablo más se alejará de nosotros, porque no nos podrá hacer caer en la tentación.

Pero mantengámonos unidos, fieles y alerta. Porque la realidad del mal siempre está acechando, intentando debilitarnos y apartarnos de Dios.

2007-02-18

Un tratado del amor cristiano

Más allá de la ética y el humanismo

Jesús se dirige a los suyos, a aquellos que de verdad y sinceramente lo escuchan. Con un tono exigente, dice a sus discípulos: Amad a vuestros enemigos. Jesús va nucleando lo que es esencial de su mensaje, especialmente dirigido a sus apóstoles.

Jesús establece los límites del amor por debajo. Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un amor que roza los mínimos. Corresponde a la ética y al civismo más elementales. Pero es también el principio del amor cristiano: el amor humano.

Con contundencia, afirma de nuevo: Amad a los enemigos. Del amor filantrópico y los gestos de solidaridad hemos de pasar al amor de caridad, del ágape, porque si no, nos quedamos en un mero humanismo. Hemos de pasar al humanismo cristiano.

Amar al enemigo

Amar a los enemigos es la prueba para medir la autenticidad del amor cristiano. Jesús nos da unas pistas para definir lo que es específico de este amor. Bendecid a los que os maldigan. Es decir, no tengáis en cuenta los maltratos verbales y amad con dulzura y comprensión a quienes nos atacan. Rezad por aquellos que quieren dañar vuestra dignidad y vuestra buena fama, aquellos que os injurian, por celos o maldad; rezad por aquellos que quieren manchar vuestro nombre.

A quien te pegue, preséntale la otra mejilla. El perdón es consustancial al amor. Jesús está llevando hasta el extremo la definición del amor y cómo ha de ser la actitud radical del cristiano: asumir con paz todas las agresiones.

El perdón, consustancial al amor

Amad a los enemigos. Esta es una característica esencial del amor cristiano. Es la forma de amar de Jesús, un amor sin límites, sin barreras, un amor trascendental, que supone no tener al agresor como enemigo, sino como alguien receptor de perdón.

Llegar a considerar al enemigo como a un amigo pide una gran conversión personal. Si no podemos convertir al otro en amigo, al menos podemos respetarlo y perdonarlo. Para una víctima, es tremendamente costoso llegar a perdonar a su agresor. Pero el coste de su odio es mucho mayor aún que el del perdón. Cuando la víctima es capaz de perdonar a quien la dañó podrá ganar la paz interior y, tal vez un día, ese enemigo podrá llegar a ser su amigo o, al menos, dejará de ser motivo de odio y amenaza.

La justicia ante los crímenes y las ofensas cometidas es necesaria, pero no suficiente para cerrar heridas. El perdón es necesario para completar la justicia, es lo único que puede sanar a las personas rotas por el dolor.

El amor tampoco juzga. Jesús nos enseña a ser indulgentes con los límites de los demás.

Doctores en amor

Podemos saber mucho sobre doctrina y religión. Muchas personas son doctas en teología. Pero Jesús nos llama a ser doctores en amor. Y esto pasa por el sacrificio y la cruz. No basta con tener una gran formación; hemos de trascender del conocimiento para hacerlo realidad, vida en nosotros. Estamos llamados a pasar de la teología al Cristocentrismo: hacer de Cristo el centro de nuestra vida. De la teoría hemos de pasar a la praxis del amor cristiano.

El amor es generoso

Otra característica del amor cristiano es la donación generosa sin esperar nada a cambio. Dar tiempo, nuestro conocimiento, ayuda, dulzura, e incluso algo de nosotros, de nuestros bienes materiales, si fuera preciso. Propios del amor son la bondad y la compasión; sufrir con el que sufre y acompañarlo en su dolor. También lo es la humildad, nadie está totalmente en posesión de la verdad.

El amor implica cuidar, mimar, tratar bien al otro. Demostrar cuidado hacia aquellos que amamos es muestra de nuestra generosidad. El amor no ha de ser frío y distante, sino cálido y cercano. Cuidar es una forma de amar.

El amor de Dios no tiene límites, es generoso, rebosante, nos colma y plenifica. Así ha de ser el amor de los cristianos.

2007-02-11

Las bienaventuranzas

Un tiempo de retiro necesario

Antes de hacer algo importante, vemos cómo Jesús siempre se aparta un tiempo a solas para orar y meditar. Después de elegir a los Doce, sube al monte, donde permanece horas en soledad antes de descender para continuar su misión. Los cristianos, a ejemplo suyo, deberíamos hacer lo mismo. Antes de los momentos cruciales de nuestra vida, un tiempo de retiro y reflexión nos puede ayudar a dar los pasos más acertados.

De la montaña mística, Jesús baja a la realidad pastoral en medio del mundo. Entonces, levantando los ojos, se dirige a sus discípulos, que aguardan en medio de la multitud. Jesús no sólo comunica con la voz. Es un hombre que mira al frente y transmite un mensaje con la mirada. Sus ojos son interpeladores, llegan al alma de quien lo contempla. Esta vez, Jesús se dirige a sus apóstoles. Lo que va a decir, aunque sea ante todo el pueblo, está especialmente destinado a los suyos.

Dichosos los pobres de espíritu

Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Jesús nos exhorta a ser humildes y a reconocer que la máxima riqueza es la experiencia de Dios en nuestra vida. La pobreza evangélica se entiende como desprendimiento, entrega, generosidad. Jesús bendice en sus seguidores estas actitudes.

Dios no bendice la pobreza como carencia física y social. Dios bendice al pobre que sufre por ello. Con sus palabras, Jesús nos expresa que Dios está al lado de los pobres. Pero las bienaventuranzas no son un mero consuelo, una promesa de una recompensa en el más allá por los sufrimientos que se viven en la tierra.

Jesús no habla en clave sociológica ni política, sino espiritual. El pobre de espíritu es la persona sencilla, humilde, que no cae en la soberbia ni se endiosa. Reconoce su pequeñez y sus límites con realismo. Esta bienaventuranza también debe entenderse en su contexto. Jesús habla a sus discípulos, que un día serán pastores y guiarán a otras personas, y les advierte que no sean orgullosos ni se otorguen un poder espiritual sobre las gentes. Jesús es el primer pobre: siempre insiste en que sus palabras son las del Padre, que le envía; recuerda a sus seguidores que no llamen a nadie bueno, ni a nadie maestro, sino a Dios, y se llama a sí mismo servidor de Dios. San Pablo, más tarde, dirá que no es él, sino Cristo, quien vive en él, y avisará con energía a aquellos que colocan en un pedestal a los pastores olvidando que, finalmente, todos son enviados de Dios. Esta bienaventuranza es una llamada a la humildad espiritual y a la renuncia a todo poder e influencia sobre las almas.

Dichosos los que pasan hambre

Dichosos los que padecen hambre y sed de justicia, porque un día serán saciados. No podemos ser indiferentes ni dejar de ocuparnos del hambre física, que azota a tantas personas. Pero el gran hambre del mundo es el hambre de Dios. Como cristianos, hechos a imagen de Dios, necesitamos alimentarnos de aquel que nos ha creado. Quedamos saciados ya aquí, cuando nos nutrimos del pan de la eucaristía y de la palabra. La comunión y la palabra de Dios son nuestro alimento. Si abrimos nuestro corazón a la vida de Dios, seremos saciados ya en esta vida sobre la tierra.

Los que estamos saciados hemos de procurar que otros puedan comer, tanto del pan material, necesario para vivir, como del pan espiritual.

Dichosos los que lloran

Bienaventurados los que lloran porque serán consolados. Consuelo no significa simple conmiseración ni complacencia en el dolor. Dios es inmensamente misericordioso. Las lágrimas del hombre son las lágrimas de Dios. Él sufre con el hombre que llora.

Seguir a Dios requiere de un estiramiento espiritual, de una exigencia, que tal vez nos hará llorar. El crecimiento espiritual también implica un sufrimiento, un dolor como el del parto, que acaba en gozo. Dios no se complace en el dolor, pero se apiada del que llora y está a su lado.

Con estas palabras, Jesús también avisa a sus discípulos que sufrirán por su causa. El seguimiento de Jesús les comportará dolor e incomprensión.

Dichosos cuando os persigan por mi causa

Bienaventurados cuando seáis perseguidos, calumniados y rechazados por causa mía. Hoy, nadie es perseguido por su fe, pero sí puede ser socialmente rechazado. Ciertas ideologías y tendencias políticas persiguen de forma sutil e intelectual la fe. Las arenas del circo son hoy los medios de comunicación. Y este combate es cruel: hay quienes desean destruir la dimensión religiosa del hombre, debilitando la fe con ideologías y doctrinas que ofrecen pseudo cielos.

A los discípulos, Jesús les recuerda que la fe a menudo pasa por el martirio. Y así será. La mayoría de ellos morirán por seguir a Jesús y difundir el evangelio.

Ser bienaventuranza para los demás

Con las bienaventuranzas, Jesús está señalando cuatro grandes causas de dolor en el mundo: la pobreza, el hambre, la tristeza y la persecución por rechazo. Estos cuatro grandes males, causados por el hombre, tienen su solución. Los remedios están en nuestras manos. La pobreza puede ser combatida con generosidad. Ante el hambre y la sed, física, emocional y espiritual, podemos saciar a los demás con caudales de amor; la tristeza es vencida con alegría; la persecución y el rechazo se contrarrestan ofreciendo ayuda y amistad.

Cada uno de nosotros puede ser bienaventuranza para los demás: podemos ser el pan del pobre, el pañuelo para los que lloran, la compañía cálida para el que sufre. Podemos dar serenidad a los perseguidos, brindándoles aliento, infundiéndoles coraje, recordándoles que no están solos y que Dios está de su parte. En Dios está el consuelo, el gozo, el alivio y la paz. Cada cristiano está llamado a ser vaso del agua divina que apaga la sed del mundo, necesitado y ávido de Dios.

2007-02-04

La pesca milagrosa

El milagro de saber cambiar

Jesús se convierte en un gran comunicador de la palabra de Dios. No sólo porque es un buen retórico, sino porque tiene muy clara su misión: hacer llegar a todos la buena noticia del amor de Dios y su deseo de felicidad a todo hombre. La gente se agolpa a su alrededor porque necesita que esas palabras iluminen sus vidas. Jesús, enérgico y firme, cala en lo más hondo de esos corazones que buscan un sentido religioso a su existencia.

Después de dedicar horas a la predicación de la palabra, Jesús entra en acción. Devuelve la esperanza a unos pescadores que faenan en la oscuridad sin obtener nada. La crudeza del frío, bregando sin descanso y sin resultados, desanima a Simón y a sus compañeros. Jesús, con palabras llenas de aliento, les pide que remen mar adentro y que vuelvan a echar las redes. Simón, fiándose de sus palabras, abre su corazón. Dejando su desánimo, vuelve a lanzar las redes. Ese acto de fe se convierte en un milagro. Pescan tantos peces que las redes casi revientan. Pero el verdadero milagro es que Simón, a pesar del cansancio y del abatimiento, vuelve a lanzar las redes y se fía de la palabra de Dios.

Aquella dura noche se convierte en un amanecer cálido, su estéril acción en un fecundo y generoso trabajo, su desaliento en esperanza y alegría; y, sobre todo, su apatía en fe renovada. Simón cambia de rumbo, obedece las palabras de Jesús y se produce la pesca milagrosa.

Sacar fuerzas de donde no las hay, con una sincera oración, puede producir milagros. Llenar nuestra vida de esperanza y amor la hará fecunda, cargada de frutos y de inmensos dones de caridad.

Las tres misiones de Jesús

En esta lectura vemos que Jesús tiene muy claras tres misiones. La primera es instruir. Jesús dedica largas horas a predicar. Sentado en la barca de Pedro, enseña a las gentes, consciente de su vocación de anunciar la palabra de Dios.

Acompaña a la palabra su capacidad para obrar milagros. Estos prodigios respaldan su predicación. El milagro no sólo debe entenderse como un hecho sobrenatural, sino como el poder de llegar a tocar el corazón de la gente, moviendo su libertad, despertando su capacidad de amar.

Finalmente, la tercera misión de Jesús es la llamada. Sabe que para llevar a cabo su obra necesita discípulos, hombres liberados que se entreguen al servicio del evangelio y cooperen en su misión. Por eso Jesús llama a sus apóstoles. A la llamada siempre le precede una actitud humilde. Pedro así lo hace: reconoce, cayendo de rodillas, su pequeñez y sus muchas faltas. La sencillez de Pedro es clave en la llamada. Le pide a Jesús que se aparte de él, pecador. Pero Jesús hará lo contrario. Sin negar su pequeñez, lo llama a estar con él.

Dos actos de confianza

Pedro responde porque se fía de Jesús. Su primer acto de confianza es volver a remar mar adentro, echar las redes de nuevo, contra toda esperanza. El segundo se da cuando escucha su llamada y lo sigue. Jesús no necesita pedirle que renuncie a todo por él; ya sabe que Pedro se ha dado cuenta de que lo más grande que puede alcanzar es estar a su lado, aprender de su maestro.

Pedro, valiente, fiándose de él, sigue a Jesús. Su vida cambia de rumbo. A partir de ahora se adentrará en las aguas turbulentas del pecado para rescatar a las gentes que se ahogan. Esta será su vocación. Pedro deja sus redes de pescador para iniciar un ministerio de libertad.