Este blog pretende reflexionar sobre los evangelios dominicales de los tres ciclos litúrgicos, proporcionando un material que ayude a laicos y a sacerdotes a hacer una lectura del mundo de hoy a la luz de la palabra de Dios.
2023-09-15
24º Domingo Ordinario - A
2023-09-08
23º Domingo Ordinario - A
Jesús es un gran maestro.
La mayoría de sus enseñanzas no se limitan a la vida espiritual, sino que tocan
asuntos muy terrenales y situaciones que todos nos podemos encontrar. Hoy Jesús
nos da una gran lección de lo que significa la corrección fraterna.
A todos nos resulta fácil
corregir a los demás. Tenemos como un sexto sentido para captar las
imperfecciones ajenas, sus injusticias y sus ofensas. Tenemos, también, una
lengua rápida para acusar, criticar y reprochar. Pero no siempre tenemos la
valentía de hablar con la persona que creemos que se equivoca, cara a cara y
con honestidad. Nos resulta más fácil criticarla a sus espaldas, haciendo
corrillo con otros y divulgando a los cuatro vientos toda clase de
difamaciones. A nuestra crítica se suman las habladurías de los demás, y así
acabamos «haciéndole un traje nuevo», como suele decirse. Un traje que, por
desgracia, casi nunca le encaja bien, es exagerado, cruel y a veces totalmente
inadecuado.
Sin embargo, corregir al
que yerra es una obra de misericordia. ¿Cómo hacerlo bien? ¿Cómo corregir y
educar sin caer en la crítica despiadada o el insulto ofensivo? ¿Cómo podemos
corregir sin caer en la injusticia?
Jesús nos da la pauta. Lo
primero es hablar con la persona, en privado, sin dar lugar al chismorreo. De
tú a tú, dialogando con serenidad, la otra persona puede responder y explicar
por qué actúa como lo hace. Quizás tiene motivos que no conocemos y, cuando los
explique, podremos comprenderla mejor y ayudarla, si lo necesita. Muchas veces
creemos que los demás se equivocan porque no actúan como a nosotros nos parece
mejor, pero pueden tener razones bien fundamentadas.
Un segundo paso. Si la
persona no justifica su conducta, y persiste, puede ser necesario tener otra
conversación con testigos discretos que le hagan reconsiderar su forma de obrar.
Finalmente, si la persona
corregida tampoco así hace caso, se puede exponer el caso ante la comunidad,
para que sean todos los que le llamen la atención y le pidan que reconsidere su
conducta. En el caso más extremo, habrá que retirar la confianza a esa persona
que no respeta al grupo y actúa sin tener en consideración a los demás. Pero
siempre evitando la violencia y la humillación.
¿Cómo practicar la
corrección fraterna? La norma es: no lo hagas si no es con caridad. Porque la
caridad evitará la violencia, el murmullo, la calumnia y la dureza. San Pablo
en su carta a los romanos lo explica de manera maravillosa. No debemos nada a nadie,
más que el amor. Porque todos nosotros somos deudores de amor: ¡hemos recibido
tanto! Por eso toda la ley puede resumirse en el mandato del amor. «Amarás a tu
prójimo como a ti mismo».
A la hora de corregir o
enseñar a los demás, pensemos: ¿Cómo me gustaría que me trataran a mí? ¿Cómo me
gustaría que me corrigieran, si tienen que hacerlo? ¿Cómo me gustaría que me
dijeran las cosas? A buen seguro, nos disgustaría mucho que criticaran a nuestras
espaldas, o que contaran falsedades, o que nos echaran la caballería por
encima, con total grosería y desconsideración. Pues bien, si nosotros pedimos
delicadeza, comprensión, respeto… ¡demos esto mismo a los demás! Concedámosles
el beneficio de la duda y no nos precipitemos a creer cualquier habladuría
malévola. Tampoco fomentemos el cotilleo ni la maledicencia, ¡es tan fácil
hacerlo!
Jesús avisa: lo que
hagamos en la Tierra quedará grabado en el cielo. Todo lo que hacemos en el más
acá tiene su huella en el más allá. La caridad queda grabada, pero también las
heridas causadas por la calumnia. Nuestras acciones y palabras no son inocuas.
¡Cuidemos lo que decimos!
Jesús también nos anima a hacer algo positivo: rezar juntos y pedir, juntos, cosas buenas a nuestro Padre del cielo. Si la corrección fraterna es educadora, la oración comunitaria es poderosa y nos une todavía más. ¡Cuánto ama a Dios a sus hijos, unidos en plegaria! Las voces de dos o tres que vibran al unísono son música irresistible ante el corazón de Dios. Por eso, en vez de reunirnos para criticar y sacar defectos ajenos… reunámonos para rezar y pedir el bien, nuestro y de los demás. ¡Hay tantas causas por las que rezar! La paz en el mundo, en nuestra tierra, entre políticos y ciudadanos; la paz entre familias, la reconciliación entre hermanos, el hambre de pan y de amor. La necesidad de vocaciones, de coraje, de alegría entre los creyentes… ¡Recemos juntos! El Padre escucha.
2023-09-01
22º Domingo Tiempo Ordinario A
Nuestra manera de pensar
es importante. Los pensamientos modelan nuestra visión de la vida y condicionan
nuestras decisiones. Las ideas que tenemos, aprendidas o maduradas por la
experiencia, son el fundamento de cuanto hacemos y decimos.
Por eso, si queremos
vivir en clave cristiana, siguiendo los pasos de Jesús, es imprescindible
aprender a pensar como Dios. Hemos de penetrar en la mentalidad de Jesús para
que nuestra vida cambie de verdad. La lectura del evangelio de hoy nos muestra
que el pensamiento de Jesús es bastante diferente de la forma de pensar
predominante en el mundo.
Sus discípulos tampoco lo
comprendían. Les gustaba oír hablar del reino de Dios, acogían con entusiasmo
la parte gloriosa de la misión de Jesús, su filiación con Dios, su poder y su
libertad. Pero no les gustaba tanto la otra parte: la oscura y penosa, la
difícil. No entendían nada cuando Jesús les vaticinaba su muerte ajusticiado.
Pedro, que aún saboreaba
la visión luminosa del monte Tabor y los elogios que Jesús le había dirigido
por haber recibido la revelación del Padre (“Tú eres el Hijo de Dios vivo”), se
atreve, con toda su buena voluntad y confianza, a reprender a Jesús.
¿Ejecución? ¿Muerte? ¡Eso no puede pasarte! ¡No a ti! ¡No es digno de un hijo
de Dios!
La respuesta de Jesús es
rotunda. ¡Aparta de mí, Satanás! Su compañero, que ha recibido el mensaje de
Dios y ha comprendido quién es realmente su maestro, ahora es llamado diablo,
tentador. ¿Por qué?
Jesús lo explica. Tú no
piensas como Dios, sino como los hombres. Para ellos no es concebible un Dios
perdedor, un Dios condenado, un Dios muerto. Dios tiene que venir con poder y
con gloria. No hay fracaso posible, ni muerte de por medio. Los discípulos aún
sueñan en un mesías regio y triunfante, envuelto en poder y prodigios, ante el
que nadie podrá resistirse. ¡Sueños!
Jesús dirige a Pedro las
mismas palabras que, unos años antes, lanzara ante el tentador, en el desierto.
¡Lejos de mí, Satanás! ¿Qué le proponía el demonio? Justamente lo mismo que
Pedro. Una carrera triunfante, plagada de éxitos, sin dolor y sin cruz. Salvar
al mundo sin tener que pasar por la muerte. Empleando los medios propios de un
rey, de un hacedor de milagros, de un proveedor de pan y circo para todos. La
gran tentación, para Jesús, era utilizar medios humanos para conseguir sus
fines. Medios que parecen buenos, pero que suponen siempre dominar, someter,
ahogar la libertad humana: esgrimir el poder aplastante de Dios ante el que
nadie puede oponerse.
Y este no es el estilo de
Dios. No es el estilo del Dios que se hace niño y nace en la pobreza. No es el
estilo de un Dios carpintero, que pasa la mayor parte de su vida en el
anonimato, viviendo en una aldea perdida de Galilea. No es la mentalidad de un Dios
que se arrodilla para lavar los pies a sus criaturas. No es la forma de hacer
de un Dios que, antes que todopoderoso, es todo amor.
Jesús tampoco está
diciendo nada extraño. Ya los profetas de Israel conocieron el camino de la
cruz. Como Jeremías, que en la primera lectura se rebela ante la dureza de su
misión. Quisiera dejarlo, arrojar la toalla y callar… pero la palabra de Dios
le arde dentro, le quema el pecho y no puede abandonar. Acepta su cruz y sigue
adelante.
¿Qué quiere decir tomar
la cruz y seguir a Jesús? La cruz somos nosotros. La cruz es nuestra vida y
nuestras circunstancias. La cruz es la parte penosa de la misión que puede
cambiarnos la vida. La cruz es aceptar el rechazo y la incomprensión por seguir
los caminos de Dios: un camino de servicio, de reconciliación, de amor humilde
e intrépido. Un camino con espinas, sí,
pero un camino que lleva a la Vida con mayúsculas.
San Pablo ahonda en esta
idea. ¿Cómo cambiar de mentalidad y aprender a pensar al modo de Dios? ¿Cómo
renovar la mente? Es difícil y con nuestras fuerzas solas no podremos. Pero sí
podemos hacer algo: ofrecernos a Dios. Cuando le ofrecemos toda nuestra vida:
no sólo el corazón y el alma, sino el cuerpo (es decir, nuestro tiempo,
nuestras acciones, nuestras fuerzas), entonces él transforma esta ofrenda y nos
da la gracia suficiente y necesaria para cambiar. No somos nosotros quienes nos
convertimos: es él quien nos cambia. Sin dificultad, con suavidad y alegría,
porque Dios no quiere aniquilarnos, sino vernos crecer y florecer… Esa es su
voluntad para cada uno de nosotros.
¿Queremos cambiar? Entreguémonos a él. Abandonémonos en sus manos. Del todo. Y él nos transformará para que vivamos de verdad.
2023-08-25
21º Domingo Ordinario - A
Todo el mensaje de los
evangelios podría condensarse en la pregunta que Jesús dirige a sus discípulos.
Es una pregunta crucial para todos los que nos llamamos cristianos. Porque de
su respuesta dependerá la autenticidad de nuestra fe.
Primero Jesús les
pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y escucha sus
respuestas, que son el eco de lo que el mundo piensa sobre él. También hoy
podríamos llenar libros y páginas con lo que la gente dice de Jesús. ¡Hay
tantas opiniones y teorías! A Jesús le han colgado todo tipo de etiquetas:
profeta, sanador, místico, revolucionario, alma disfrazada de humano, avatar de
una larga serie de seres iluminados, hombre bueno, rabí campesino o filósofo
cosmopolita poseedor de conocimientos esotéricos. A parte, tenemos la imagen de
Jesús que nos ha transmitido la Iglesia, y el que podemos conocer a través de
las Escrituras y de la teología. ¿Con cuál de ellas nos quedamos?
Pero luego Jesús cambia
la pregunta: ¿Quién decís vosotros que soy yo? ¡Esto es más difícil de
responder! Si nos la hiciera a nosotros, ¿qué le diríamos? ¿Contestaríamos con
una respuesta aprendida, de catecismo, o sabríamos responder con sinceridad,
con lo que realmente sale de nuestro corazón? ¿Qué es Jesús para mí, ahora y
hoy? ¿Qué significa en mi vida? ¿Qué importancia tiene para mí? ¿Cómo me
relaciono con él?
Jesús, ¿quién eres para
mí?
Pedro responde con
palabras que hoy nos suenan familiares, pero en aquel entonces debían ser
rompedoras y audaces. Tú eres el Hijo de Dios vivo. ¿Cómo podía saberlo? Pedro
no habla por lo que ha oído u aprendido, sino por lo que vive. Ha compartido
muchas horas con Jesús, lo ha visto curar, predicar y caminar por los caminos
de su tierra. Ha hablado con él, ha comido con él y ha navegado con él por el
mar de Galilea. Lo ama y le seguiría hasta la muerte… Pero ¿cómo puede saber
que este rabino extraordinario es el mismo Dios, encarnado?
Hay cosas que se saben
por experiencia, otras por razonamiento o sentido común. Pero hay otras que
sólo podemos saberlas si alguien nos las cuenta. Afirmar que Jesús es Dios no
puede hacerse si no es por revelación. ¿Quién le descubre a Pedro la identidad
de Jesús? El mismo Dios, el Padre, que ha logrado entrar en el corazón de este
discípulo tan entusiasta y sincero, tan deseoso de que venga su Reino, aunque
todavía no ha madurado lo bastante como para comprender que este reino debe
pasar por la cruz…
Jesús felicita a Pedro,
no por su inteligencia o penetración, sino porque ha recibido un regalo de su
Padre: la revelación de quién es él. ¿Quién puede recibir los dones de Dios, si
no tiene el corazón abierto? Por eso Jesús confía en Pedro, aunque sabe que
todavía le fallará. Confía en él pese a sus defectos y cobardías. Confía en el
corazón abierto que ha recibido la voz del cielo. Y por eso le dice: Te daré
las llaves del reino de los cielos. Lo que ates en la tierra, quedará atado en
los cielos…
La autoridad de Pedro y,
en consecuencia, la de todos los papas, viene de aquí. No de sus méritos y su
valía, sino del hecho que es Jesús mismo quien le da las “llaves del reino”.
Todo lo que haga en la tierra quedará sellado en el cielo. Del mismo modo,
nosotros podemos aplicarnos la frase. Cuando hacemos algo por Jesús, o en su
nombre, o por su amor, nuestras acciones en la tierra quedan inscritas,
también, en el cielo. Nada de lo que aquí hagamos dejará de tener su eco ante
Dios.
¿Quién es Jesús para nosotros? Si queremos conocerlo, no nos faltan medios. Tenemos las escrituras y la enseñanza de la Iglesia. Tenemos la eucaristía para encontrarnos con él, físicamente, en el sacramento del pan. Tenemos a nuestros prójimos, imagen predilecta de Dios, y en especial a los más pobres y necesitados. Tenemos, finalmente, la oración, espacio donde abrir el alma y comunicarnos con él. Conocer a Jesús y cultivar la amistad con él debería ser el centro de nuestra vida, si es que queremos vivir como cristianos auténticos. Y no hay mejor medio de conocimiento que el trato diario, frecuente, sincero y tierno. Como sucede entre los enamorados, que cuanto más se ven y más hablan, más se desean y se conocen, así también podemos alimentar nuestra amistad con él.
2023-08-18
20º Domingo Ordinario - A
2023-08-11
19º Domingo Ordinario - ciclo A
Caminar sobre el mal
Mientras Jesús se retira, les dice a sus discípulos que se avancen en barca hasta la otra orilla. En alta mar, el viento los aleja y los inquieta. Pasa la noche y, al amanecer, ven a Jesús caminando sobre el agua.
Esta imagen encierra un simbolismo muy claro para los judíos. En la cultura hebrea, el mar causaba respeto y temor: representaba lo ignoto, el peligro y también el mal. Los pescadores eran hombres arriesgados, pues su oficio los llevaba a bregar contra el oleaje. En cierto modo, su navegar entre las aguas significaba enfrentarse a diario con las fuerzas del mal. Jesús caminando sobre las olas es símbolo del hombre que ha vencido el mal.
Pero los discípulos, al verlo, se quedan atónitos y temen. ¿Será una aparición maligna o un fantasma?
La duda nos hunde
Pedro lo reconoce, pero quiere cerciorarse, y le pide que le ordene acercarse a él. Así lo hace Jesús, y Pedro comienza a caminar también sobre las aguas. Pero el vendaval lo hace dudar y se hunde.
¡Cuántas veces dudar de Dios nos hace naufragar! Cuando dudamos, nos alejamos de él y nos hundimos en el abismo por falta de fe. Pero Jesús no nos abandona. “¡Ánimo, soy yo!” Siempre está ahí, nunca se aparta de nosotros y nos sigue para tendernos la mano. Su presencia nos devuelve la calma.
Hoy día proliferan las ideologías y filosofías contrarias a la fe. El hombre cree no necesitar a Dios y prescinde de él. Y poco a poco se hunde en su orgullo y su petulancia.
Jesús no quiere que nadie se hunda en su miseria humana. No quiere que nos perdamos y nos ayuda a creer en él, dándonos muchos signos de su benevolencia para que nos acerquemos a él con confianza. Hemos de estar atentos para saber leer estos signos en nuestro devenir diario.
La mano salvadora
La misión de la Iglesia es salvar, redimir, dar confianza, elevar al caído. La mano de Dios siempre está pronta para salvarnos. Es esa mano que resucita a la hija de Jairo; es la mano curadora que toca los ojos del ciego, que se posa sobre la lengua del sordo y mudo… Dios puede penetrar hasta las entrañas de nuestra existencia y despertarnos, abrirnos los ojos y el oído, devolvernos a la vida, por muy perdidos que estemos. ¡Dios lo puede todo!
Mientras dudemos, nos alejaremos de él. A menudo, cuando hablamos de alguna persona conocida que nos ofrece confianza, decimos: “De esta persona, me fío con los ojos cerrados”. Podemos decirlo porque la conocemos y sabemos cómo actúa. ¿Cómo dudar de Dios y de su amor? A lo largo de la historia de la salvación, y en nuestras propias historias personales, él nos ha dado pruebas de su amor y de su misericordia. A veces el cansancio y el dolor nos pueden hacer dudar de su existencia… Pero no nos dejemos ofuscar. Su deseo más profundo es la felicidad del hombre. Las palabras de Jesús también se dirigen a nosotros cuando vacilamos: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudas?”
Ponerse en presencia de Dios
En la primera lectura de hoy (Reyes 19, 9-13) vemos al profeta Elías, cansado, desesperanzado, que se retira a una cueva del monte Horeb. Está desalentado y necesita apoyo. Allí, Dios le pide que se ponga en su presencia.
Buscar el silencio y ponerse en presencia de Dios nos devuelve la fuerza perdida. La Biblia nos relata, muy bellamente, cómo Dios se manifiesta de manera cálida y suave, hablando al corazón. No está presente en el fuego arrasador, ni en la tormenta, ni en el vendaval. Dios no destruye ni avasalla. No habla con voz atronadora. Se muestra como una brisa ligera, que nos alivia y nos reconforta.
Y es entonces, cuando el viento amaina, cuando podemos reconocerlo, tal como lo hicieron sus discípulos. Habiendo subido a la barca con Pedro, calmado el oleaje, los pescadores se postraron ante él. Así nosotros, una vez nos situamos ante su presencia, lo reconocemos y dejamos que nos conduzca hacia la plenitud de nuestra existencia.
2023-08-04
La Transfiguracion del Señor
Un momento de plenitud
El Tabor, cerca de lo cotidiano
Cómo escuchar a Dios
La mediación de la Iglesia
2023-07-28
17º Domingo Ordinario A
¿Qué es lo que valoramos más en esta vida? ¿Qué
anhelamos? ¿Qué pedimos a Dios en nuestras oraciones? Después de nuestros seres
queridos, ¿qué es lo más importante para nosotros? ¿Por qué causa seríamos
capaces de darlo todo?
La primera lectura nos muestra a Salomón rezando. No
le pide a Dios lo que todo rey, por lógica, podría pedir: riqueza, larga vida o
la derrota de sus enemigos. Es decir, no pide ni salud, ni dinero ni poder para
ejercer su mandato. En cambio, pide un corazón dócil para
gobernar el pueblo y discernir el mal del bien. Salomón comprende que la fuente
de la sabiduría no está en el intelecto ni en las dotes de mando, sino en el
corazón, en la capacidad para comprender a su gente, y en los valores morales,
el discernimiento ético. Hoy los modernos maestros de liderazgo nos dirían que
un buen líder es alguien que conecta, que empatiza con los demás, y que busca
el bien de las personas por encima de todo. Es decir, una persona con espíritu
de servicio. Es el concepto de realeza que recoge Jesús: no he venido a
ser servido, sino a servir y a dar la vida… Salomón cifra el
máximo valor en su misión, en lo que hoy diríamos su propósito vital: ser un
buen rey para su gente.
Pablo en su carta a los romanos nos sorprende con una
frase rotunda: A los que aman a Dios todo les sirve para el bien.
¡Impresiona esta frase! ¿Podríamos aplicarla a nosotros? ¿Seríamos capaces de
sacar un bien de cualquier cosa, teniendo el amor a Dios como brújula y eje de
nuestra vida? Esta frase nos ayuda a reconciliarnos con la realidad y a adoptar
una actitud sabia ante la vida: suceda lo que suceda, de todo podemos extraer
una enseñanza y un acto de amor. Ya no se trata de pedir a Dios ciertas cosas,
sino de pedirle la actitud para vivirlo todo de una manera creativa y positiva,
incluso las adversidades más grandes.
Jesús nos habla del tesoro escondido, la perla fina y
la red llena de peces. Encontrar a Dios —o dejarse encontrar por él— es el
mayor bien que podemos pedir. Por él vale la pena venderlo todo, dejarlo todo,
ponerlo todo en un segundo plano. ¿Es así en nuestra vida? ¿Es realmente Dios
nuestro tesoro oculto, nuestra perla preciosa, por la que dejaríamos lo demás?
¿O nos hemos encandilado con los brillos falsos de otras joyas y
promesas?
La mayoría de personas, cuando se les pregunta,
responden que piden salud, economía y amor. No siempre en este orden, pero
casi. Sin salud, ¿qué podemos hacer? ¿Y sin dinero? Con dinero, muchos piensan
que se puede resolver todo, o casi todo. Y, por supuesto, todos queremos amar y
ser amados.
Jesús nos ofrece otra escala de prioridades. ¿Tenemos sabiduría para pedir lo que realmente más necesitamos? Buscad el reino de Dios y el resto se os dará por añadido. ¿Qué es el reino? El reino, en realidad, es él mismo. Es Dios, es el Amor de los amores. Con él, como decía santa Teresa, lo demás sobra. Sólo Dios basta... ¿Nos lo creemos? Aquellos que han dado un sí a Dios lo saben. Han encontrado el tesoro en el campo: y con él han recibido mucho más de lo que jamás pidieron ni se atrevieron a soñar.
2023-07-21
16º Domingo Ordinario - A
2023-07-14
15º Domingo Ordinario A - El sembrador
La palabra es creadora.
La Biblia empieza con la palabra de Dios creando el universo, llamando a la
vida a las criaturas y al hombre. La palabra contiene vida. El evangelio de
Juan, como un nuevo Génesis, empieza hablando del Verbo que se encarna y habita
entre nosotros. En el libro del profeta Isaías se compara la palabra de Dios
con la lluvia que riega la tierra y hace germinar las semillas. Nada de lo que
hace o dice Dios es infecundo, siempre da un fruto.
El universo entero, como
dice san Pablo, está en gestación. Toda la creación está en camino de
convertirse en una creación renovada, libre de la corrupción y de la muerte,
gloriosa. Mientras tanto, vivimos los dolores de parto: las heridas, luchas y
fatigas de nuestra larga y azarosa historia humana. Nuestro mundo es una
criatura en crecimiento, pese a todo. Y la palabra de Dios es lluvia que
alimenta y ayuda a crecer.
Pero esta palabra, que
también podemos comparar a una semilla, necesita un terreno fecundo para brotar
y convertirse en planta viva. Ese terreno es nuestra libertad. Jesús lo explica
con enorme claridad valiéndose de una parábola, la del sembrador.
¿Quiénes somos nosotros
en esta parábola? Somos la tierra que acoge la voz de Dios. ¿Cómo la acogemos?
Jesús nos presenta varias actitudes. Están los que no escuchan ni entienden,
viven dormidos y ensordecidos por el ruido del mundo; en ellos la palabra cae
sobre camino trillado y es comida por los pájaros. Están los inconstantes: se
entusiasman de pronto, e igual de pronto se desaniman y abandonan. No hay
solidez en ellos y la palabra no puede cuajar. Están los que valoran la
palabra… pero tienen otras prioridades. Trabajo, familia, dinero, afanes u
obsesiones, lo que sea que les roba tiempo y energía y les impide acoger a
Dios. Y finalmente están los que acogen la palabra como agua buena, la
interiorizan, la hacen carne de su carne y se dejan transformar por ella: son
las semillas fecundas que crecen y dan fruto. Son las personas que se atreven a
cambiar de vida y pasan a ser colaboradores de Dios, mensajeros suyos, y
generan vida a su alrededor.
Jesús llama la atención
de los suyos. ¡Qué afortunados son, por poder ver y oírle a él, en persona!
¿Son conscientes de ello? Muchos de nosotros querríamos saltar en el tiempo
para presenciar lo que los apóstoles vieron y poder saludar a Jesús cara a
cara. Quizás si Jesús viniera hoy seríamos reticentes a su novedad y tal vez lo
rechazaríamos, o lo escucharíamos con cierta admiración, pero sin deseos de
comprometernos. No seríamos mucho
mejores que aquellos fariseos o aquellos vecinos escépticos de Cafarnaúm… ¿Nos
dejaríamos interpelar de verdad por sus palabras?
La respuesta la tenemos
en nuestras parroquias. Jesús sigue sembrando su palabra, hoy, a través de los
sacerdotes que nos hablan, a través de formadores, catequistas, misioneros,
incluso de amigos y familiares que nos dan testimonio. Quien se deja llamar por
Jesús, hoy, sin verlo como lo vieron sus discípulos, también entonces hubiera
sido buena tierra para la semilla. Quien hoy se endurece y no se deja penetrar
por la palabra que nos llega a través de otros mediadores, hubiera sido lo que
es ahora: roca dura, zarzal o camino pedregoso donde la semilla no puede
brotar. ¡Que esta lectura nos haga meditar a fondo en nuestra actitud!
* * *
Hoy el domingo coincide con la festividad de la Virgen del Carmen. Si alguien acogió la palabra como tierra fecunda esta fue María de Nazaret. Ella fue campo fértil, jardín de la palabra hecha carne. Ella es nuestro mejor ejemplo a seguir, como el faro que guía a los marineros a buen puerto en medio de las tormentas. Para ser seguidores de Jesús no hacen falta grandes hazañas, sólo mucho amor, y disposición a darlo todo. Desde un hogar, en silencio y con discreción, como María, podemos ser espiga muy fecunda y esparcir vida y alegría alrededor.
2023-07-07
14º Domingo Ordinario A
2023-06-30
13º Domingo Ordinario A
2023-06-23
12º Domingo Ordinario - A
2023-06-16
11º Domingo Tiempo Ordinario - A
Dolencias de espíritu
Jesús, con mirada compasiva hacia el gentío, pone de
manifiesto su misión sanadora. La multitud está hambrienta de paz, de justicia,
de esperanza. Jesús percibe en ellos fatiga y desorientación. Están como ovejas
sin pastor. Y les da a sus discípulos el poder de curar toda clase de dolencia.
Esa es una misión fundamental del grupo apostólico, ligada a
su vocación: sanar, resucitar, salvar. En otro texto leímos que no necesitan de
médico los sanos, sino los enfermos. El
autor sagrado se refiere a las dolencias existenciales y espirituales, el no
tener razones suficientes para vivir y carecer de una visión trascendente de la
vida puede llegar a enfermar nuestro corazón lleno de orgullo.
La Iglesia ,
sanadora
Jesús se da cuenta de que las gentes necesitan un guía que
les ayude a orientar sus vidas. Cuántas personas vemos sin norte, y cuántas
personas están vacías. La misión de
Jesús también nos dice que la mies es mucha y los obreros
pocos. “Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Ahora, más
que nunca, es necesario que haya cristianos vocacionados y responsables que
consagren su vida a dar aliento y fe a los que no tienen. Los cristianos
estamos llamados a vivir con entusiasmo ante la desidia que invade nuestra
cultura relativista. Estamos tan enfrascados en nuestras preocupaciones que
somos incapaces de darnos cuenta de que alrededor nuestro tenemos a mucha gente
que sufre y está desorientada.
Herederos de una misión
Nosotros somos transmisores de ese ímpetu de los apóstoles
que tuvieron muy clara su vocación de servicio y de sanación. El autor sagrado
se detiene y va enumerando, uno por uno, sus nombres. Esto tiene su
importancia, en cuanto a que está dando un relieve especial a los inicios
humanos de la misión apostólica, una historia que comenzó con llamadas
personales, de tú a tú, a cada uno de ellos. En el centro de esta misión está
el servicio, especialmente a los enfermos y a los pobres.
Hoy, Jesús nos recuerda que todos los que celebramos esta
eucaristía hemos sido llamados a prolongar la misión de los apóstoles y a
dedicar nuestra vida a comunicar la buena nueva.
Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis
Todos hemos recibido el don de la fe gracias al coraje de
otros. La muerte y resurrección de Jesús y el inicio entusiasta de los
apóstoles nos ha llevado a que hoy estemos presentes celebrando el memorial de
Jesús en la eucaristía. Si gratis lo hemos recibido, gratis, y a tiempo y a
destiempo, como dice san Pablo, estamos llamados a anunciar la palabra de Dios.
Si la gente se enfría y se aparta de
2023-06-09
Corpus Christi - El cuerpo y la sangre de Cristo
El
pan es un alimento básico y es símbolo, también, de aquello que necesitamos
para vivir. Pan equivale a vida, a sustento. La Biblia nos presenta el pan como
un regalo de Dios para nutrir a su criatura humana. En el desierto, Israel pudo
sobrevivir gracias al maná. Con ese alimento Dios mostró al pueblo que cuidaba
de ellos: no dejó que perecieran de hambre.
Pero
el libro del Deuteronomio tiene una frase que después recogerá Jesús: No sólo de pan vive el hombre, sino de todo
cuanto sale de la boca de Dios. ¿Qué significa esto? La persona humana no
es sólo cuerpo físico. Tenemos un alma, y así como el cuerpo necesita pan, el
alma necesita otros alimentos para vivir y crecer. Ese alimento es todo lo que sale de la boca de Dios. Es
comida su aliento, su palabra, su ley, pero sobre todo su amor, que nos hace
vivir y nos sostiene en la existencia.
Jesús
se presenta a sí mismo como pan del hombre. Pocos lo entienden, ¿cómo se puede
comprender que lo comamos a él? ¿Cómo va
este a darnos de comer su carne?, se preguntan los judíos. Los primeros
cristianos, vistos desde afuera, eran tachados de caníbales y sus prácticas
religiosas, aberrantes. ¿Cómo entender el sacramento de la eucaristía, que es
fundamento de nuestra fe? Más aún, ¿cómo entender que en ese pedacito de pan
está Cristo, entero, y que está presente en todas las formas consagradas, de
manera que todos lo podamos tomar?
Es un misterio enorme, pero no menos grande que el misterio de nuestra existencia y la del universo. Sólo puede interpretarse con una clave: el amor paternal y maternal de Dios. Sólo el amor puede descifrar esas palabras enigmáticas, que de tanto oírlas ya no nos impresionan, y deberían dejar una huella profunda en nosotros. ¡Comemos a Cristo! ¡Estamos comiendo a Dios! Dios está dentro de nosotros, corriendo por nuestras venas, asimilándose bajo nuestra piel. Estamos llenos, empapados, penetrados de Dios. ¿Cómo podemos quedarnos igual, después de tomarlo? ¿Cómo podemos salir de misa fríos o indiferentes, o tal como entramos? Dios está en nosotros. Su presencia nos une unos a otros, es el pan de la comunión, como afirma san Pablo. Si ya se hizo pequeño al encarnarse, ¡cuánto más se ha humillado haciéndose pan, materia inerte, harina molida y cocinada para ser nuestro alimento! Y lo ha hecho para dar de comer a nuestra alma, para que nuestra vida espiritual no agonice ni perezca de hambre. Tanto como el pan físico necesitamos el pan del cielo. Y ¿qué mejor pan que el mismo Dios? Es hermoso y heroico ver a las personas que aman, entregándose a los demás. Jesús lo hace en grado sumo: se entrega a sí mismo de manera que todos lo podamos tomar porque quiere alimentarnos, fortalecernos y darnos su vida a todos. Hoy, en la fiesta del Corpus Christi, tenemos sobrados motivos para sentirnos inmensamente felices, inmensamente amados.
2023-06-02
Santísima Trinidad
Dios
Trinidad es un concepto que a veces resulta difícil de entender. ¿Un Dios y
tres personas? ¿Tres en uno? Para muchos es un politeísmo solapado; para otros
Dios es solo el Padre y Jesús fue simplemente un gran profeta, un hombre bueno,
lleno de Dios. ¿Y el Espíritu Santo? Queda diluido entre las dos personas, como
una especie de energía entre Padre e Hijo. ¿Cómo entender este misterio, que
pronunciamos cada vez que nos santiguamos y cada vez que iniciamos la misa? Las
tres lecturas de hoy nos dan pistas esclarecedoras. Dios es uno, pero no es un
solitario, sino una familia, una triple relación de amor que se despliega y es
capaz de engendrar todo un universo, poblado de seres vivos y de personas
semejantes a él. El amor es fecundo e implica relación y comunicación.
Leyendo
el Éxodo, vemos cómo Israel es consciente de que Dios está con ellos. Dios es
compañero, guía y protector en el camino. Aunque sean un pueblo de dura cerviz,
Dios no les abandona. La oración de Moisés es esta: Señor, ven con nosotros,
perdónanos, tómanos como tuyos. Cuídanos. Te pertenecemos. He aquí la primera
persona de la Santísima Trinidad: un padre amoroso rico en clemencia, un Dios
solidario.
Pero
¿cómo mostrar amor si no hay a quien amar? No hay amante sin amado. Si Dios es
amor, debe desplegar esta energía amorosa de alguna manera. Así es como Dios
también incluye la persona del Hijo, que se encarna y se hace hombre. El amor
del Padre se vuelca en el Hijo, y el Hijo le corresponde. Este amor al Hijo se
traslada a toda criatura y, muy en especial, a los seres humanos. Como afirma
san Juan en su evangelio, Dios envía a su Hijo al mundo no para juzgarlo ni
condenarlo, sino para salvarlo. En otras palabras: Dios no nos ha creado para
luego castigarnos, sino para que vivamos con gozo, una vida plena que valga la
pena ser vivida. Y envía a Jesús para ayudarnos y mostrarnos esta vida. Jesús
nos enseña a corresponder al amor de Dios, uniéndonos a él e imitando su
generosidad.
Finalmente, en toda relación de amor hay tres pilares: el amante, el amado y el amor que fluye entre ellos y que engendra vida. Es el Espíritu Santo, el aliento sagrado de Dios que aletea entre Padre e Hijo y que infunde vida a toda la creación. Este Espíritu es el que nos une y permite que haya amor entre nosotros. Por eso Pablo, cuando bendice a su comunidad de Corinto, alude a las tres personas de la Trinidad, en una oración muy hermosa: la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. Es decir, que nunca nos falten la salud y la alegría que trae Jesús, el amor incondicional y desbordante del Padre y la fuerza que nos une como hermanos, el fuego del Espíritu Santo. Vivimos arropados y alentados por este amor de nuestro Dios trinitario. Tenemos muchos motivos para estar contentos y hoy, en la fiesta de la Trinidad, es un momento especial para celebrar que somos inmensamente amados.