2012-04-28

Yo soy el buen pastor

 
IV domingo de Pascua

Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, y el que no es pastor, en viendo venir al lobo desampara a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata, y dispersa el rebaño. […] Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí. Así como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por mis ovejas […] Nadie me la quita, sino que yo la doy por mi propia voluntad.
Jn 10,11-18

El significado del pastor

El evangelio de hoy nos habla del buen pastor, que conoce a las ovejas, que las ama, las guía y las orienta. Cuán necesario es que surjan vocaciones con corazón de Cristo. La Iglesia necesita sacerdotes entregados que sean capaces de ir más allá de sus límites y que, como hostias puras, inundados de la fuerza del Espíritu Santo, se embarquen en una auténtica epopeya de servicio a los demás.

La imagen bucólica del buen pastor podría malinterpretarse, pensando que las ovejas van juntas en rebaño, aborregadas, y no tienen personalidad propia. En este caso no es así. Justamente las ovejas que formamos la Iglesia militante seguimos a Jesús porque queremos, esa es nuestra voluntad, y lo seguimos libremente porque hemos descubierto que en Él está la salvación y la auténtica felicidad.

En el Antiguo Testamento, la palabra pastor no sólo designa al que cuida de las ovejas. Pastor es el que gobierna, el que rige. Tiene una connotación diferente, más allá de la imagen apacible que hoy nos presenta San Juan. ¿En que sentido podríamos recuperar el sentido teológico de este texto? Jesús nos lo explica: “Yo conozco a mis ovejas”. Es decir, la Iglesia, el presbítero, los obispos, tienen que conocer el latir profundo del corazón de las personas. Y un bautizado comprometido también ha de saber auscultar el corazón de cada persona.

Encontrar lugar para Dios

Nuestra cultura atraviesa una época de apatía y de contravalores. Más que nunca son necesarios los cristianos comprometidos que sepan ofrecer algo más a la sociedad. La misión de todo bautizado, como apóstol, es aprender, como el pastor, a guiar a las gentes hacia Dios.

A Dios hay que dedicarle tiempo. Vivimos en una sociedad autosuficiente en la que parece que nos arrebatan el tiempo. No podemos permitirlo. Como bien dice el Libro de la Sabiduría, “hay un tiempo para todo”. Hay tiempo para amar, tiempo para trabajar, tiempo para descansar, tiempo para recrear… Desde una perspectiva cristiana, hemos de buscar tiempo para Dios y tiempo para los demás, para los pobres, para ejercer el ministerio de la caridad, y tiempo también para descansar, que es importante.

La nuestra es una sociedad atrozmente competitiva que, además, muchas veces nos quita la paz. Vamos corriendo, tan estresados, que ni siquiera podemos descansar. El hiperactivismo nos quita los espacios de calma, de sosiego, de quietud, para estar con las personas amadas. Más que nunca, necesitamos a Dios y a la comunidad cristiana, porque con ellos podemos nutrirnos y crecer espiritualmente. Jesús nos llama porque conoce a sus ovejas, conoce nuestro corazón.

Doctorado en caridad

La Iglesia se ha de parecer a Jesús en el conocimiento del corazón y del alma. Así como en las universidades se estudian innumerables carreras y másters, en la Iglesia estamos llamados a doctorarnos en ternura, en caridad, en justicia y en amistad. El mundo no nos enseñará esto, el mundo nos enseñará a competir. Tanto, que llegaremos a caer estresados y exhaustos, hasta la depresión. Si reposamos nuestra cabeza en el regazo de Dios, él nos dará una felicidad profunda y duradera. No es cuestión de hacer más o menos, sino de ser conscientes de que tenemos a Jesús, el buen pastor, que nos llevará a comer de estos pastos divinos, su palabra, su evangelio, todo aquello que nutre nuestro corazón.

Llamados a la unidad

Jesús dice que el Padre le ama, él es fiel al Padre y los dos son uno. Estas palabras encierran una dimensión ecuménica. Nos habla de un solo rebaño y, en cambio, ¡cuántas iglesias fragmentadas podemos ver! ¡Cuántas confesiones diferentes! La comunidad cristiana es un rebaño con un único pastor, Cristo. Las improntas personales marcan formas distintas, todas ellas muy dignas, que diversifican el crecimiento de las comunidades, cada cual según su carisma. Pero no olvidemos que tenemos un solo pastor y formamos una única comunidad. Recordar esto nos hará renunciar a aspectos ideológicos que, en el fondo, ocultan un afán de poder y de control. Ojalá todas las parroquias e iglesias sintamos que tenemos un mismo corazón. Es difícil que todas las comunidades sientan el mismo latir de Cristo. Pero, si realmente queremos seguirlo, hemos de sentirnos una misma familia con un mismo pastor.

Arqueólogos del corazón

Para acabar, la palabra conocer en hebreo no quiere decir simplemente conocer de una manera abstracta, sino un conocimiento vital de toda la persona: conocer lo que siente, lo que vive, lo que le duele, lo que le alegra. Los pastores han de ser auténticos arqueólogos del corazón. Profundizan y descubren lo que realmente anhela el hombre postmoderno, que no es la comunicación superficial o distante, incluso virtual, como en Internet, sino la cercanía cálida de alguien, una presencia mucho más potente, que toca el alma. La comunicación humana, de tú a tú, personalizada, es la que llega al fondo del corazón, la que hace aflorar esa capacidad tan grande que el hombre tiene de amar. Sí, el hombre tiene este don y, a pesar de que nuestra cultura, a través de los medios y del cine, quiere convencernos de lo contrario y nos muestra una excesiva violencia, hemos de creer por fe que somos hijos de Dios y que, por tanto, tenemos cosas que nos asemejan a él. Cuando decidimos ahondar en este pozo de misterio que hay en el hombre descubriremos cosas preciosas.

Me decía un amigo filósofo que la distancia más grande entre tú y yo es la dimensión de nuestro corazón, porque todavía no lo conocemos y, sin embargo, lo tenemos dentro. Descubrámonos y no tengamos miedo. Hagamos una gran excursión hacia dentro de nosotros mismos y encontraremos que el hombre, a imagen de Dios, también es capaz de amar hasta dar la vida.

2012-04-21

La resurrección del cuerpo

III domingo de Pascua

Mientras estaban hablando de estas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Ellos, empero, atónitos y atemorizados, se imaginaban ver algún espíritu. Y Jesús les dijo: ¿Por qué estáis turbados y por qué se levantan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies, yo mismo soy; palpad, y considerad que un espíritu no tiene carne, ni huesos, como vosotros veis que yo tengo.
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Mas como ellos aún no lo acabaran de creer, estando fuera de sí de gozo y admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Ellos le presentaron un pedazo de pescado asado. Lo tomó y comió en presencia de ellos.
Lc 24, 35-48

La paz sea con vosotros

Los discípulos de Emaús comentan a sus compañeros su experiencia del encuentro con el resucitado y cómo lo han conocido en la fracción del pan, un gesto simbólico que evoca a la Eucaristía. En ese momento, se les abren los ojos y reconocen a su Maestro. ¡Qué alegría tan intensa deben sentir aquellos dos discípulos! Tanta, que regresan a toda velocidad, por el camino de Emaús, para comunicar el encuentro con Jesús resucitado a sus compañeros.
Es en este contexto en el que Jesús se presenta a todos sus discípulos. Lo hace dando una consigna, el shalom hebreo, que significa: la paz sea con vosotros.
Jesús les da la paz porque sabe que la necesitan, sabe que están confusos y aturdidos. Tienen miedo y creen ver un fantasma. Están desorientados y necesitan volver a creer en él. Necesitan la paz de Cristo resucitado, la de su Maestro y amigo.  

La resurrección del cuerpo

Jesús les pide que no se alarmen y quiere arrancar del corazón de sus discípulos toda duda. Les enseña las manos y su costado para demostrar que es él y que ha resucitado. Los apóstoles necesitan ver, sentir la corporalidad de Jesús. Necesitan tocarlo. No es un espectro. Ha resucitado con el cuerpo.
Resucitar no significa desprenderse de su corporalidad. Su cuerpo ahora es glorioso. La resurrección de la carne, como afirmamos en el Credo, forma parte del núcleo fundamental de nuestra fe. Es la esencia del cristianismo, que nace con la resurrección de Cristo.
Las evidencias y los signos tangibles ayudan a los discípulos a disipar sus miedos y sus vacilaciones. Jesús comprende que les cuesta creer y les pide algo de comida. Le ofrecen pescado y él se sienta a comer delante de ellos.

El valor del ágape

Comer juntos es algo más que alimentarse. Compartir una comida significa conocer al otro más de cerca, entrar en su realidad, en su vida, sintonizando y participando de un mismo espacio y de un ambiente cálido que expresa amistad, compañía. La esperanza crece en el corazón de los amigos. Comer juntos es un signo de sincera apertura del corazón al otro. Este es el significado más profundo de la comensalidad. Los discípulos, reunidos de nuevo junto a su maestro, participan de un signo muy claro de su presencia.

El cumplimiento de las escrituras

Por fin reconocen a Jesús, al Mesías. Con una buena catequesis, Jesús les va explicando el sentido de aquellos pasajes de las Sagradas Escrituras que hacen referencia a él y a su resurrección. Es entonces cuando se les abren los ojos y el entendimiento. Ahora comprenden la misión de Jesús, la finalidad de su ministerio y lo más importante de su vida, el misterio de la resurrección. La fe cristiana no se entendería sin la resurrección de Jesús. Sobre este fundamento  nace la Iglesia misionera, con su misión expresa de comunicar al Cristo viviente a todo el mundo.

2012-04-14

Paz a vosotros

II domingo de Pascua

Aquel mismo día, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban reunidos los discípulos, por miedo de los judíos, vino Jesús y, apareciéndose en medio de ellos, les dijo: Paz a vosotros.
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Se llenaron de gozo los discípulos al ver al Señor. El repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así os envío también a vosotros.
Jn. 20,19-31

El miedo que cierra el corazón

Al anochecer de aquel primer día de la semana, la fe de los apóstoles no era todavía clara. Iban despertando poco a poco de todos los acontecimientos que habían ocurrido en Jerusalén. El primer día de la semana, según el calendario cristiano, es el domingo, el día en que nosotros, cristianos de nuestro tiempo, vamos despertando a la fe, receptores directos de la Palabra de Dios.
El texto dice que las puertas de la casa estaban cerradas por miedo. Pero los apóstoles también tenían cerrado el corazón, y eso les impedía comprender. El miedo es paralizante, nubla toda certeza, engendra un mar de dudas. El temor hace que uno se encierre en si mismo y se olvide de los demás. ¿Cómo desbloquea Jesús el miedo? Dando la paz, como el príncipe de la paz. Jesús irrumpe en nuestras vidas, nos pide que salgamos de nosotros mismos y dejemos a un lado esos temores que nos paralizan. En medio de nuestra oscuridad existencial, Jesús se hace presente como un rayo de luz y nos dice: “Paz a vosotros”. La paz es importante, pues todo proceso de crecimiento en la fe pasa por la paz interior.
Les enseñó las manos y el costado, porque los discípulos necesitaban tiempo para entender. También nosotros, en muchas ocasiones, tenemos pruebas suficientes de que Dios Padre nos ama y, en cambio, nos cuesta creer. Por eso Jesús sale a nuestro encuentro y nos dice: ¿Todavía no creéis? Entrad en mi corazón, verificad mi existencia. Cuando despertamos a la fe y sentimos esa  certeza, la alegría nos llena y nos empuja a ir corriendo a transmitir nuestra experiencia del Cristo resucitado.

Nos da la paz y una misión

Jesús les dice por segunda vez: “Paz a vosotros”. Es entonces cuando provoca en ellos el estallido pascual. Al gozo del reencuentro, lo sigue una misión: “Como el Padre me envió, así yo también os envío a vosotros”. Jesús no es posesivo ni elitista. No retiene a sus discípulos junto a él ni quiere que su mensaje se limite a unos pocos. Quien se encarna en Jesús, no se queda nada para sí, no permanece quieto, sino que va a anunciar la Buena Noticia a todo el mundo. La sociedad de hoy necesita de nuestro testimonio para acercarse a Dios. Esta es la misión de la Iglesia, recibida de Jesús y dirigida a todos los cristianos.
Continúa Jesús: “Recibid al Espíritu Santo. A quienes le perdonéis los pecados les quedarán perdonados, a quien se los retengáis les quedarán retenidos”. ¿Qué quiere decir Jesús con esto?
Por un lado, nos exhorta a ir a buscar a las gentes y acercarlas a Dios. Nos enseña que es importante estar siempre dispuestos a perdonar y a recibir el perdón, ya que sin perdón no hay alegría ni paz. Para cumplir esta misión, nos envía al Espíritu Santo, que nos dará la fuerza necesaria para expandir la gran noticia.
Todos los bautizados hemos recibido ese mismo aliento de Dios. Si estamos dispuestos a dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu, podremos acercar a la Iglesia a muchas personas alejadas, y con nuestro testimonio podremos contagiar a los demás la alegría del Cristo resucitado y viviente en medio del mundo.

2012-04-07

Pascua de resurrección



El primer día de la semana, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio quitada la piedra. Echó a correr y fue a encontrar a Simón Pedro y aquel otro discípulo amado de Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Con esta nueva, salió Pedro y dicho discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían ambos a la par, pero este otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y, habiéndose inclinado, vio los lienzos en el suelo, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro y entró en el sepulcro y vio los lienzos en el suelo. Y el sudario que habían puesto sobre la cabeza de Jesús no junto con los lienzos, sino separado y doblado en otro lugar. Entonces el otro discípulo, que había llegado primero al sepulcro, entró también, y vio y creyó.
Jn 20, 1-9

Las mujeres, apóstoles

La muerte de Jesús ha sumido a sus discípulos y seguidores en el desconcierto. Abatidos y temerosos, se encuentran en un momento de duda y desolación. Pero, en la madrugada del primer día de la semana, las mujeres que lo siguen intuyen algo y corren al sepulcro. Allí encuentran la tumba abierta; su Maestro no está allí. Ha resucitado.
María Magdalena, la que fue rescatada por Cristo, es la primera a quien se aparece Jesús. Es significativo que el autor sagrado reseñe esta primera aparición a una mujer que, además, había tenido mala reputación. En aquella época, el testimonio de las mujeres apenas tenía crédito y no se consideraba digno de mención. Y, sin embargo, toda la fe cristiana descansa en ese primer testimonio de unas mujeres valientes.
María Magdalena mantenía una pequeña luz encendida en su interior, pese a la oscuridad reinante a su alrededor. Y esa llamita creció hasta convertirse en el sol, cuando Jesús le salió al camino.
María echa a correr para ir a buscar a los discípulos. Es así como se convierte en apóstol de los apóstoles. Es portavoz de la noticia más importante del Nuevo Testamento; una mujer es la que comunica a los varones la nueva de la resurrección.

La resurrección, pilar del Cristianismo

María asume la autoridad de Pedro en el grupo. Va a encontrar a Simón Pedro y a Juan, sabiendo que son los que gozan de mayor confianza con Jesús. Pedro y Juan corren al sepulcro, se asoman y ven la tumba vacía. Como nos relata el evangelista, el discípulo “vio y creyó”. Desde ese momento, sus vidas darán un vuelco.
El acontecimiento pascual marca el origen genuino del Cristianismo. La fe cristiana se asienta en la resurrección de Jesús. “Vana sería nuestra fe, si Cristo no hubiera resucitado”, recuerda San Pablo. La resurrección es el fundamento, la piedra angular, la roca granítica que soporta nuestra fe.
Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. En la liturgia pascual celebramos la Vida con mayúsculas. Esta vida ya la empezamos a vivir con la eucaristía. El encuentro con Cristo vivo en la celebración eucarística nos introduce en la vida de Dios. Ya somos partícipes de esa gran experiencia. La Pascua nos prepara para el definitivo encuentro con Jesús en el Paraíso.
La resurrección fue, sin duda, una experiencia sublime. Gracias a Jesucristo, hoy podemos experimentar, ya aquí, en la tierra, una primera vivencia de resurrección. Podemos saborear el más allá, la vida de Dios. Podemos paladear la eternidad.

Una experiencia que transforma

Este es el gran regalo que nos brinda Dios: una vida nueva, regenerada y lavada del pecado y la culpa. Con Cristo, a través del bautismo, todos morimos y resucitamos. Con Cristo renacemos a la vida de Dios.
La muerte da paso a la vida, la oscuridad se convierte en la luz; el odio se transforma en amor; de la noche pasamos a un cielo iluminado por el Sol de Cristo.
Está vivo. Es una afirmación rotunda que podemos hacer desde el corazón. No todo se acaba en la vulnerabilidad, en la limitación, en la levedad del ser. No todo finaliza con la muerte. Cada encuentro con Jesús es una resurrección.
Los cristianos hemos recibido la experiencia de Dios en Cristo. Esta experiencia transforma el rostro, la mirada, el cuerpo… Toda la vida queda transformada por los destellos pascuales que inundan el corazón humano. La piedad popular parece insistir mucho más en una devoción del Viernes Santo. Pero hoy, Domingo de Pascua, es el día más importante para el cristiano. Hoy las iglesias deberían rebosar. ¡No es un domingo cualquiera! Es el día de todos los días. En este domingo, todos somos testigos de la experiencia sublime de la resurrección.
No lo hemos visto, pero tenemos la certeza. Esta experiencia pasa por el corazón, no se puede medir ni evaluar científicamente. Fue esto lo que cambió el corazón de los discípulos, sacudiendo su interior. Más tarde, la vivencia de Pentecostés los convirtió en apóstoles. De ser gente sencilla, hombres atemorizados y dubitativos, pasaron a ser líderes entusiastas, que difundieron una nueva religión de alcance mundial. Esta es la grandeza de la Iglesia. Los primeros apóstoles eran hombres y mujeres como nosotros, gente corriente y limitada como los demás, pero que se abrieron al don de Dios.
El impacto de Pentecostés fue una bomba espiritual que llegaría a alcanzar a todos los pueblos, durante siglos. Esta noticia no puede dejarnos indiferentes. También puede cambiar nuestra vida. Hemos de salir de esta celebración con el corazón radiante. Dios inunda la oscuridad del ser humano para transformar su vida.

2012-03-31

Domingo de Ramos

Lectura de la Pasión según San Marcos
Mc 14, 1-15, 47

Entrar con humildad

El domingo de Ramos precede a la pasión de Cristo. Jesús, que ha predicado la buena nueva del Reino por pueblos y aldeas, dirige finalmente sus pasos a Jerusalén. Allí hace su entrada con un gesto profundamente simbólico. Pide a dos de sus discípulos que le busquen un borrico. “El maestro lo necesita”, dicen a su dueño. Jesús, líder carismático de fuerza arrolladora, con una enorme aceptación social en aquel momento, decide entrar en Jerusalén de manera sencilla y humilde. Tras recorrer los caminos de Palestina empujado por una clara misión, llega a su punto final sereno, gozoso, pero a la vez consciente de que se halla a las puertas de unos días intensos que finalizarán con sufrimiento y lo llevarán hasta la cruz. Sabe que, muy pronto, se enfrentará a la tortura y a las vejaciones más inhumanas. Pero en ese día de su entrada triunfal en Jerusalén, hasta el aire proclama su victoria. “Si éstos callan, gritarán las piedras”.
Las gentes que lo aclaman reconocen en él al bendito, que viene en nombre del Señor. En él se cumplen las expectativas mesiánicas del pueblo. El reino de David culmina en Jesús. Todo es fiesta y alegría a su paso, y tienden alfombras y mantos a sus pies, pues reconocen en él al Hijo del Altísimo.
Sin embargo, Jesús sabe que son los primeros pasos hacia su pasión. El pueblo que le vitorea será el mismo que, días más tarde, gritará “¡Crucifícale!”. Jesús sabe que su entrega radical al Padre no le ahorrará el suplicio, el abandono y la soledad, ni tampoco el sorbo amargo de la traición.

La injusticia de la condena

La pasión de Cristo aúna las torturas despiadadas con un proceso legal injusto e irregular. La muerte de un inocente marcará nuestra historia occidental. Los sumos sacerdotes, alejándose de la justicia, abusan del poder y de la autoridad moral que el pueblo les ha otorgado. Saben que el mensaje de Jesús puede amenazar su posición y toman su decisión movidos por el miedo y las implicaciones políticas y religiosas de su cargo.
La tragedia de la pasión de Jesús nos ha de interpelar en lo más hondo de nuestro corazón. En el desarrollo de la pasión se dan elementos que se siguen repitiendo a lo largo de la historia. El dolor de Jesús sigue siendo real hoy, en pleno siglo XXI, en los más desfavorecidos, en los excluidos socialmente, en los que viven aplastados por la pirámide de poder que asfixia a muchos inocentes. El poder sigue destruyendo vidas y personas; la ambición y el miedo de los líderes, la incoherencia religiosa, la traición, la injusticia, continúan cobrándose víctimas. Hoy podemos decir que hay países enteros que viven bajo regímenes totalitarios y corruptos, que abusan de los débiles y que impiden su crecimiento como pueblo y como personas. La pasión de hoy en el mundo no difiere mucho de la pasión de Jesús de Nazaret. Muchos inocentes siguen muriendo y el derecho internacional no impide que los gobernantes corruptos continúen hundiendo en la miseria a miles de personas. La justicia internacional clama al cielo. Cuántas personas mueren sin un juicio justo, gente que quizás ha dado su vida por los demás, auténticos mártires de nuestro tiempo.

¿Qué significado tiene la Pasión?

Durante la Semana Santa, la memoria de la pasión y la muerte de Jesús nos hace reflexionar sobre dos realidades íntimamente ligadas a nuestra naturaleza humana: el sufrimiento y la muerte. Jesús nos muestra que el amor no nos evitará sufrir. Pero en su entrega a Dios y a los demás, Jesús acepta todas las consecuencias. Su amor es un acto supremo de libertad. Por esto, ante la muerte, su actitud es de serenidad y de aceptación. Sabe que amar sin límites puede conducirlo a este dolor extremo, y lo acepta.
La muerte de Jesús en cruz es fruto de un trágico enfrentamiento de libertades. La libertad de Dios choca con la voluntad de los hombres, que él ha querido hacer libres. Dios asume la herida sangrante de la ruptura entre él y los hombres rebeldes. Y Jesús, fiel al Padre, también la asume, abandonándose dócilmente en brazos de la muerte. Pero el amor es mucho mayor que la muerte y sobrepasa sus límites humanos. Dios llora ante su hijo muerto, pero responderá con una contundencia luminosa. Al tercer día, lo resucitará. La muerte de Jesús es el preludio de una nueva vida gloriosa. Una vida que será eterna.

2012-03-24

Si el grano de trigo no muere...

V domingo de Cuaresma

“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto.
Quien ama su vida, la perderá: pero el que aborrece la vida en este mundo, la conserva para la vida eterna.
Quien quiera servirme, que me siga, y allí donde yo estoy, también estará el que me sirve, y a quien me sirviere, también le honrará mi Padre”
Jn 12, 20-33

Jesús es cada vez más consciente de su muerte inminente. El texto evangélico nos dice que le ha llegado la hora. Su alma está agitada, pero también sabe que el Hijo de Dios será glorificado. Este fin es consecuencia de su actitud de amor radical.
“Si el grano de trigo no muere, no dará fruto”. Esta afirmación va precedida por otra: “El que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que la pierda, se salvará”. Son dos importantes máximas cristianas. Jesús nos habla de una opción decidida por el amor. Quien ama es feliz y tendrá vida eterna. Con sus palabras, Jesús hace un retrato de sí mismo. Su fidelidad al Padre lo llevará a entregarse, sin reservas, con un amor sin límites. Por él lo dará todo, hasta la vida.

Ver al Señor

El evangelio nos relata cómo algunos gentiles querían ver al Señor. Hoy también son muchos los que ansían ver al Señor porque no lo conocen. ¡Cuánta gente desea conocer a Dios! Para los griegos, ver significa conocer, profundizar, adentrarse en lo más hondo. Por eso dice el texto que querían ver; en realidad, querían conocer del corazón de Dios.
Los cristianos, que nos reunimos cada domingo, también queremos encontrar sentido a todo lo que estamos haciendo. Venimos atraídos por la fuerza inmensa del amor de Dios, a quien conocemos a través de Jesús. Su mensaje nos descubre la grandeza del ser humano. Por eso queremos verlo y vibrar con él. Necesitamos hallar respuestas esperanzadas ante un mundo decaído.

Asumir la muerte, rechazar la violencia

Las frases de esta lectura son conmovedoras; es un momento duro para Jesús. Sabe que enfrentarse al poder y a las autoridades religiosas de su tiempo le va a costar la vida. Su coherencia radical y su unión con Dios Padre le llevarán a hipotecar su vida. Y Jesús lo asume. Así lo explica la segunda lectura de San Pablo, cuando describe el clamor profundo de su corazón, derramando lágrimas vivas. Es un fragmento impresionante. Encontramos a un Jesús no rendido pero sí angustiado. ¡Dios mío!, ¿Tengo que pasar por aquí? ¿Tengo que tragar el terrible dolor de la soledad? ¿Asumir la lejanía de los míos? ¿Tengo que encontrarme completamente solo en Getsemaní? ¿Tengo que beber este cáliz? Jesús sabe que el precio de sus palabras, que han revolucionado el mundo judío y los criterios religiosos de su tiempo, será la entrega de su vida. Y acepta el dolor y la muerte.
Quien verdaderamente quiere hacer algo nuevo tiene que salir de los moldes establecidos. Justamente, el primer cristianismo rompe con las estructuras de los poderes jurídicos de su tiempo. El pueblo judío esperaba un Mesías que levantara una revolución en contra del poder romano. Entre los apóstoles había simpatizantes del grupo de los celotes, movimiento armado opuesto a la dominación de Roma, que quería utilizar el mensaje de Jesús para sus fines.
Pero Jesús rechaza la violencia. El domingo de ramos, se presentará a las puertas de Jerusalén montado en un pollino. No entra sobre un caballo, símbolo del poder y la victoria. Si tiene que comunicar la voluntad de Dios para el hombre, tiene que ser consecuente con las formas y con su actitud.
Jesús podría haberse aliado con un grupo rebelde. Sin embargo, rehusa entrar en el juego político y religioso. Su misión es anunciar el amor de  Dios, exhotar a que la gente se quiera y descubra que sólo amando la vida tiene sentido. 

Compromiso ante el mundo

Hoy ya no vivimos en aquellos tiempos en que los cristianos eran arrojados a los leones. Sin embargo, hay ideologías que quieren fagocitar o desprestigiar el cristianismo. Y es ahora cuando los cristianos hemos de dar una respuesta a nuestro mundo, que se define mayoritariamente como agnóstico o ateo. Nadie debe ser obligado a creer, pero el cristianismo marca un talante, una forma de ser. Históricamente, ha sido una instancia ética y moral inspiradora de los derechos humanos. Europa es cristiana desde sus raíces, no podemos negarlo de ninguna manera. Creemos en una cultura de la paz, en la civilización del amor. Queremos dar respuestas a la sociedad, implicándonos en la construcción de un mundo mejor. Y esto pasa por replantearse repetidas veces lo que estamos haciendo.
Con el paso del tiempo ha crecido una cultura pasotista e indiferente. Los cristianos convencidos, serios, responsables social y políticamente hablando, tenemos que responder a esta desidia. No podemos permitir que el mundo intelectual, la política, la economía, los medios, construyan una cultura del tener antes que del ser. El cristianismo puede arrojar mucha luz en estas cuestiones. Hemos de defender el valor altísimo de la persona y no permanecer impasibles. Pero siempre mostrando capacidad conciliadora. Nuestro talante ha de ser humilde, cálido, cordial, atento, exquisito, renunciando a todo aquello que nos aparta de la paz con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

2012-03-17

Tanto amó Dios...

IV domingo de Cuaresma

Había un hombre de la secta de los fariseos, llamado Nicodemo, varón principal entre los judíos. Fue de noche a Jesús y le dijo: “Maestro, nosotros conocemos que eres un enviado de Dios, porque ninguno puede hacer los milagros que tú haces, de no tener a Dios contigo”. Respondió Jesús: “Pues en verdad, en verdad te digo que quien no naciere de nuevo no puede ver el Reino de Dios”...
“…tanto amó Dios al mundo que no paró hasta dar a su Hijo unigénito, a fin que todos los que creen en él no perezcan, sino que vivan vida eterna. Pues no envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo”.
Jn 3, 14-21

Dios desea una vida plena para sus hijos

En este cuarto domingo de Cuaresma, el relato del evangelio recoge el sentido último de la revelación cristiana: Dios es amor. En su afán porque el mundo se salve, hace un gesto sublime entregando a su hijo. Su amor no tiene límites, y en Jesús vemos la encarnación de este amor llevado al extremo: entrega su vida en rescate para otros. El denso diálogo entre Jesús y Nicodemo es una catequesis sobre este amor de Dios, como tan bien recoge Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas est. En el texto vemos muy clara la misión que encomienda Dios Padre a Jesús: dar sentido y plenitud a la vida. La gran afirmación teológica del Cristianismo es que el hombre es criatura de Dios y está llamado a vivir para siempre con él. Sólo así será feliz. Su verdad será vivir según Dios.
La vocación de Jesús abriga un hermoso deseo, que comparte con el Padre: que todos se salven. En lo más hondo de su corazón desea que todos crean en Dios. También sabe que esto va ligado a una entrega que lo llevará hasta la muerte.

Proclamar la Buena Nueva

Los cristianos estamos llamados a dar a conocer al mundo la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. Y esta Buena Nueva no es otra cosa que todos conozcan a Dios, lo amen y descubran el sentido trascendente de la vida. Esta es la gran misión de la Iglesia, a tiempo y a destiempo, y es tarea de todos los laicos bautizados y comprometidos, que forman la iglesia militante, el cuerpo místico de Jesús en la tierra. Después de encontrar el sentido de nuestras vidas, la misma vocación cristiana nos empuja a expandir el reino de los cielos.

Asumir el sacrificio

Dios ama tanto al mundo que entrega a su propio Hijo en rescate por todos. Bañados por la sangre de Cristo, todos estamos redimidos. Jesús asume libremente la situación límite de la muerte, el dolor, el sacrificio, el rechazo, para que todos, sin excepción, se salven. Ante esta generosidad de Dios, que nos entrega lo que más quiere, su propio Hijo, ¡qué menos podemos hacer que responder a su gesto! La respuesta puede implicar entregar parte de nuestra vida, de nuestro tiempo, para que otros puedan conocer a Jesús y descubrir la obra maravillosa de un Dios creador, generador de paz y de justicia. Estamos llamados a responder con la misma generosidad de Jesús, que fue capaz de dar su vida.
Cada cristiano, como bautizado, está invitado a seguir el itinerario de Jesús, hasta llegar a la completa comunión con Dios Padre. Este caminar muchas veces nos acarreará dolor y rechazo. Será nuestra cruz, la misma cruz que nos elevará para poder mirar el mundo con los ojos trascendidos de Dios, con su misericordia.

Dios nunca condena

Dios nunca condena a nadie. Como hemos oído muchas veces, Jesús nos dice que no ha  venido a condenar sino a salvar. Pero cuando alguien rehúsa la luz, cuando no ama, cuando es egoísta y vive ignorando el proyecto de Dios, se está auto-condenando. No hace falta que nadie le condene, él mismo se está apartando de la luz y, cuando vive lejos de la luz, cae en las tinieblas, ese abismo terrible.
Se salvará quien crea, nos dice el evangelio. Creer no es otra cosa que adherirse libremente a Jesús de Nazaret y, con él, ser apóstol y trabajar para que muchos otros puedan salvarse.
Esta es la ardua tarea de la Iglesia. Como cristianos, ¿cómo no vamos a comunicar algo que es tan importante para nosotros? Si no lo hacemos es porque vivimos al margen de esta realidad que debería centrar toda nuestra vida. Si realmente Dios colma nuestra existencia y nos sentimos elevados a la categoría de hijos suyos, trabajaremos para que su deseo se haga realidad.

Llamados a cultivar una fe viva

Los catequistas, los sacerdotes y la formación que brinda la Iglesia nos ayudan a ir profundizando en aquello que realmente Dios sueña del hombre. Nos orientan para que podamos contribuir a crear Reino de los Cielos en medio del mundo. La formación nos prepara para este combate tan importante. Pero nuestra forma de creer no ha de ser meramente abstracta o intelectual. Ha de ser una fe viva. Como bien dice San Pablo, una fe sin obras está muerta. Nuestra fe ha de ir acompañada de acciones, de una actitud, de una conducta vital cristiana. Esto pasa por dejar que nuestro corazón se revolucione, enamorado de Jesús y de su Iglesia. Pasa por convertirnos en auténticos militantes y anunciadores del evangelio. De esta manera estaremos salvados. Si creemos de verdad, permaneceremos en la luz y tendremos vida eterna, ya aquí.
La vida eterna empieza con Cristo resucitado. Cuando cumplimos el plan de Dios ya estamos instalados en el Reino de los cielos. Aunque no definitivamente, empezamos a saborear la plenitud de la vida y del amor.
Más allá  de los rituales, más allá de cumplir con unas normas, hemos de  responder con tenacidad ante la desidia de la gente que no cree. Tenemos la responsabilidad de que poco a poco la sociedad cada vez sea más cristiana. No dependerá  sólo de las escuelas, ni de las parroquias; dependerá de que en los hogares se hable de Dios y se rece. Es en las casas, en la calle, en nuestro ámbito cotidiano, donde se trata de dar una respuesta afirmativa a Dios.

2012-03-10

Los mercaderes del templo

III domingo de Cuaresma

Estaba ya cerca la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontrando en el templo gentes que vendían bueyes, y ovejas y palomas, y cambistas sentados a sus mesas, habiendo formado de unas cuerdas un látigo, los echó a todos del templo, juntamente con las ovejas y los bueyes, y esparció por el suelo el dinero de los cambistas, derribando las mesas.
Y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad eso de aquí, y no queráis hacer de la casa de mi Padre un mercado”.
Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
Jn 2, 13-25

No podemos mercantilizar nuestra fe

En este tiempo de Cuaresma, deseamos mejorar nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua, meta de la madurez espiritual de Cristo y de toda persona creyente: llegar a morir al hombre viejo y resucitar con Cristo, éste es nuestro fin.
La lectura de este domingo nos propone profundizar sobre la importancia del espacio sagrado para comunicarnos con Dios. Es poco frecuente la imagen de Jesús enfadado y colérico. Para él, la casa de Dios es un espacio vital que enriquece nuestra relación con Dios. Pero, cuántas veces lo utilizamos para comerciar con nuestra fe. Cuántas veces nuestra relación con Dios se reduce a un regateo: yo te doy, tú me das. Cuántas veces nuestra oración es un mero pedir sin cesar y, sin embargo, no damos nada. No podemos utilizar ni empequeñecer nuestra relación con Dios en función de lo que pedimos y de lo que él nos concede. Cuando vamos al templo a rezar o a participar de la eucaristía hemos de dejar que Dios nos hable al corazón y nos descubra qué quiere de nosotros, y no centrarnos solamente en lo que queremos de él.
En Jesús, Dios nos lo ha dado todo. Se ha dado a sí mismo y permanece siempre junto a nosotros, presente en la eucaristía. Nuestra oración debería ser de gratitud y de alabanza, ya que él sabe todo lo que tenemos y lo que necesitamos. No podemos mercantilizar nuestra relación con Dios buscando nuestro beneficio particular. Estaríamos traicionando la confianza en algo connatural en él, como es la providencia. Por eso, Jesús se enoja y se molesta con los mercaderes del templo y los expulsa de allí, con fuerza y una convicción rotunda. No puede tolerar que se utilice un espacio sagrado para fines totalmente alejados de Dios. Jesús siente que ese lugar es realmente la morada de su Padre y lo defiende con uñas y dientes. No puede consentir que la casa de Dios sea profanada y utilizada como un mercado.

Preludio de la pasión

El proceder de Jesús provoca irritación en los judíos y desata serias controversias. Le preguntan: “¿Qué signo nos muestras para actuar así?”. Jesús contesta desconcertando al adversario: “Destruid este templo y lo levantaré en tres días”. En realidad, se está refiriendo a su vida, su propio cuerpo, templo de Dios. Habla de su muerte inminente y de su resurrección al tercer día.
De manera progresiva, Jesús es consciente de que la celebración de la Pascua judía también marcará su camino hacia la pasión y su ascenso a la cruz. Ve acercarse el momento clave de su vida, su donación total al Padre.
Muchos lo rechazan, pero muchos otros se convierten ante los extraordinarios signos que hace. Con su ejemplo y su palabra, Jesús toca el alma de las gentes. No obstante, nos dice el evangelio, él actúa con prudencia y cuidado, porque las conoce bien. Sabe mirar el interior de cada persona y descubrir lo que hay dentro de ella. No podemos engañarle, pues conoce nuestras últimas intenciones. Si deseamos crecer interiormente, aprendamos a depurar nuestra relación con Dios para que, cada vez, sea más rica y sincera.

2012-03-02

Revelación en el Tabor

II domingo de Cuaresma

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un elevado monte, en lugar apartado, y se transfiguró en medio de ellos. De forma que sus vestidos aparecieron resplandecientes y de un candor extremo, como la nieve… Y se les aparecieron Elías y Moisés, que estaban conversando con Jesús. Y Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: ¡Oh, Maestro! qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías…
En esto se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo, escuchadle.
Mc 9, 2-10

Dios revela su rostro

Si en el bautismo Jesús iniciaba su ministerio público, en el Tabor se manifiesta la predilección de Dios Padre hacia él.
Esta manifestación es un momento álgido que descubre la intensa relación que lo une con el Padre. Pero, al mismo tiempo, también muestra una confianza progresiva de Jesús en sus discípulos, al revelarles su identidad más genuina: les muestra el mismo rostro de Dios. En esta revelación también anuncia su pasión y muerte. El hijo de Dios dará su vida en rescate por todos y después resucitará. Para nosotros, hoy, este pasaje tiene un hondo significado: el hombre viejo, con sus ataduras y sus lastres, ha de morir para renacer como hombre nuevo, libre y colmado del amor de Dios.
Es en un espacio de intimidad donde se revela la auténtica naturaleza de Jesús. Podríamos decir que el Tabor es una primicia de la resurrección. Sobre el monte, Jesús se transfigura y aparece glorificado. Esta imagen es una clara alusión a su resurrección.

Una experiencia que marcará a los discípulos

El texto cuenta que Jesús se lleva a una montaña alta a tres de sus seguidores y allí se transfigura ante ellos. Son los discípulos más cercanos y por eso da un paso más allá, descubriéndoles su auténtica identidad. En un acto de total confianza, abre su corazón a aquellos tres discípulos amados. Ellos son testimonios de un misterioso secreto. Jesús les revela las entrañas de su persona, su íntima relación con Dios, su filiación divina, su misión y su itinerario hacia la muerte por fidelidad al Padre.
Los discípulos quedan deslumbrados ante la blancura y la transparencia de esta visión, en la que ven a Jesús, con nitidez, como Hijo de Dios. Es un momento revelador y luminoso que quieren eternizar, un atisbo de cielo que saborean en lo alto del Tabor. Es un instante tan denso que parece haber transcurrido mucho más tiempo cuando, de pronto, se vuelven a encontrar solos con Jesús. Durante un momento, un destello de eternidad ha iluminado su corazón. “Qué bien se está aquí”, exclama Pedro. “Hagamos tres tiendas”. ¿Cómo no se va a estar bien en el cielo, con Cristo? ¿Cómo no se va a estar bien cerca del corazón de Jesús, que les hace ver su gloria?
También son testigos de la presencia de Moisés y Elías, a ambos lados de Jesús. La ley judía, representada por Moisés, y el profetismo, reflejado en Elías, convergen en Jesús de Nazaret. Él sintetiza la Ley y la tradición profética del Antiguo Testamento.
La transfiguración marcará para siempre a los discípulos amados y los acompañará en su trayectoria. Esa rica y novedosa experiencia los unirá mucho más a su maestro y se convertirá en una referencia para sus vidas. Será el norte que guiará la brújula de su espiritualidad.

Camino de la cruz

Una vez vivido ese momento de plenitud, serán conscientes de que esa experiencia íntima y secreta no les exime de la otra cara de la realidad. Por un lado, encuentran al Cristo glorioso. Por otro, al Cristo sufriente, el Cristo de la cruz. Al descender del monte, Jesús les pide que no digan nada a nadie. El camino hacia Jerusalén tiene una meta clara: su pasión y su muerte. El gesto sublime de total entrega de Jesús pasará por una larga agonía. Pero Jesús también les vaticina que resucitará a los tres días.
Pedro, Santiago y Juan, en la montaña del Tabor, son testigos de esa anticipación de su muerte y resurrección. Esta vivencia inundará para siempre sus corazones de paz y el recuerdo de esos instantes les dará valor en su firme deseo de seguir a Jesús hasta su pasión.

2012-02-25

Tentaciones en el desierto

I domingo de Cuaresma

En seguida, el Espíritu lo empujó al desierto, donde estuvo cuarenta días y cuarenta noches. Allí fue tentado por Satanás, y moraba entre las fieras, y los ángeles le servían.
Mc 1, 12-15

Meditar sobre nuestra identidad

Iniciamos la Cuaresma, tiempo largo y denso de meditación en que la Iglesia nos propone ahondar sobre nuestra identidad cristiana en medio del mundo. Nos empuja al desierto, lugar de encuentro con Dios. Nos propone salir de nosotros mismos y dejarnos llevar por el Espíritu Santo. Sólo lo conseguiremos si sabemos detener el ritmo acelerado de nuestra vida. Entonces, en la soledad y en el silencio, descubriremos lo que Dios quiere para nosotros.
El texto de hoy nos sitúa a Jesús en el desierto. Se encuentra en un momento clave de su vida. Su proyección social es cada vez mayor, se está convirtiendo en un líder de masas. Dócil al Espíritu, se deja llevar al desierto y allí, durante cuarenta días con sus noches, va tomando conciencia de manera progresiva de su filiación con Dios. A solas con el Padre, reflexionará sobre su misión y su quehacer apostólico.  Va a comenzar una dura batalla y necesita ese tiempo de retiro para planear su tarea misionera, unido íntimamente a él.

La tentación del poder religioso

Pero es justamente en ese lugar solitario de oración donde el diablo ve llegada su ocasión. En el texto sagrado leemos que Jesús se deja tentar por el diablo. Vamos a explicar qué significa esto.
Aunque tuviera una fe inquebrantable en el amor de Dios y una firme voluntad, Jesús era un hombre. Podía tener las tentaciones que puede llegar a tener hoy un líder religioso o una persona carismática. Le seguía mucha gente. Su talante atraía a muchísimas personas hacia Dios. Pero él jamás quiso rozar un ápice la libertad de quienes lo seguían. Para Jesús la libertad era sagrada. Su talante paciente, lleno de dulzura, era lo que atraía como un imán, generando una gran expectación a su alrededor. Jesús era muy consciente de su fuerza arrolladora y sabía que no dejaba a nadie indiferente. Tenía ese don, pero no quería aprovecharse de él para manipular a las masas. Su único deseo era conducirlas al Padre. El sí a Dios ha de ser claro, libre y sincero. La manipulación y la coacción son métodos diabólicos que emplean quienes quieren someter a las personas a su poder.
Jesús quiso desmarcarse de la sutil tentación del poder. Podía embaucar a la gente, podía deslumbrarla con sus prodigios y su predicación. La sutileza del diablo lo tienta con diversas formas de poder: religioso, político, económico.  El poder es una tentación propia de las personas carismáticas. Son esas formas de poder que hoy también nos acechan: en la familia, en la empresa, en nuestro entorno… Es fácil sucumbir cuando uno tiene recursos en sus manos, especialmente cuando tiene personas bajo su tutela o cuando dispone de riquezas, autoridad o influencias. 

Todo cristiano tiene una meta

Jesús se prueba a sí mismo con la ayuda del Espíritu y demuestra que se pueden superar las tentaciones. Su deseo es ser obediente y servir a Dios, respetando la libertad de las personas de su entorno. Una vez ha salido airoso de esta batalla por mantenerse fiel, firme y seguro, con más convencimiento que nunca, marcha a Galilea para empezar a proclamar la buena nueva. Ya está a punto: después de su bautismo en el Jordán y tras haber superado las tentaciones en el desierto, Jesús se siente arropado por el Padre para emprender, incansable, su misión. Esa misión que lo llevará, finalmente, a Jerusalén, hacia la Pascua y de regreso a su Padre, en el cielo.
Unido al Padre, inmediatamente se pone a predicar. Hoy, esta lectura nos urge a la conversión y a creer con firmeza en el evangelio. Es una buena manera de empezar la Cuaresma: mirar hacia Dios y hacer del evangelio vida de nuestra vida.
Esta es también la meta del cristiano: caminar hacia el Padre. Pero antes, aunque nos cueste, hemos de buscar horas para estar a solas con él. Ante el desafío de nuestra existencia, hemos de dejar a Dios que nos ayude a ir superando nuestras debilidades. En el silencio de nuestro retiro hemos de ir venciendo todas aquellas tentaciones que nos separan de Dios. Especialmente, el orgullo que tal vez nos hace sentirnos mejores que los demás y que nos empuja a manipular sutilmente las situaciones para sacar provecho. Hemos de limpiar nuestro corazón y apearnos de nuestras pequeñas ambiciones para poder entrar en el recinto sagrado de Dios. Así podremos comenzar, unidos a Cristo, nuestra tarea evangelizadora. Rescatados, perdonados y salvados, sólo nos queda, sin titubear, como Cristo, iniciar nuestro camino comenzando por un retiro hacia nuestro desierto interior. Desde allí, superadas las tentaciones, saldremos a nuestra Jerusalén, el mundo pagano. Podremos adentrarnos en el dolor causado por la incomprensión de muchos que nos rechazarán, pero seguiremos avanzando hacia la Iglesia, hacia la eucaristía y finalmente, hacia Cristo y el Padre.

2012-02-18

Levántate y anda

VII Domingo Tiempo Ordinario

Entonces llegaron unos conduciendo a un paralítico, que llevaban entre cuatro. Y, no pudiendo entrar por causa del gentío, levantaron el techo por la parte bajo la cual estaba Jesús y por su abertura descolgaron la camilla en que yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Mc. 2, 1-12

Ante el milagro espectacular de la curación de un paralítico, la reacción de los letrados judíos resulta sorprendente. Para ellos es más importante la ley que el bienestar y la salud de ese hombre, considerado pecador. Que Jesús desafíe sus leyes curándolo implica que se abroga el poder de perdonar los pecados y, por tanto, está desafiando al mismo Dios. En la actitud de los escribas se refleja un concepto de Dios como juez implacable y arbitrario. En cambio, Jesús nos revela al Dios compasivo que no desea la enfermedad ni el dolor de sus criaturas. Para alguien como él, lleno de la fuerza de Dios, curar a un enfermo no es difícil. El verdadero milagro no es que Dios pueda curar a un hijo suyo, sino que los hombres creamos que, realmente, Dios nos ama y confiemos nuestra vida en sus manos. Dios nos tiende la mano siempre. Nosotros sólo necesitamos escuchar la voz que nos dice: “¡Levántate y anda!”. El milagro es creer que podemos hacerlo, ponernos en pie y dejar que Dios nos lleve hacia nuestra plenitud.

La búsqueda de sentido

El magnetismo personal de Jesús debía ser impresionante. La gente lo buscaba, pues irradiaba luz, compasión, ternura. Los humildes, los pobres, los enfermos, tenían un lugar privilegiado en su corazón. Jamás los desatendía.
En esta ocasión, el evangelio nos cuenta que todo el mundo sabía que Jesús había llegado a Cafarnaúm y las gentes lo esperaban, ansiosas. Pues Jesús lograba curar, serenar y, sobre todo, dar sentido a la vida de las personas que se acercaban a él. Su presencia conseguía calmar la ansiedad más profunda del ser humano. Y la gente se agolpaba a su alrededor mientras él, con suavidad, les enseñaba la palabra de Dios.
Hoy día, aunque no lo parezca, también hay mucha gente que busca a Dios, incluso entre aquellos que no vienen a misa o no practican. Buscan algo que quizás la Iglesia no les ha sabido dar. Ansían encontrar sentido a su vida. Los psicólogos lo saben bien: las personas se preguntan por uno mismo, por el sentido de su existencia y de la existencia del mundo. Son muchos los que padecen enormes crisis de identidad, y aún más quienes, en el fondo, buscan palabras, gestos, miradas, que les transmitan que su vida es importante, es digna de amor, tiene un sentido. Y muchos son quienes se pierden buscando respuestas.
Estas cuestiones pre-religiosas finalmente convergen en la gran pregunta: ¿existe Dios? ¿Quién es Dios? Y ésta despierta otros interrogantes: ¿Quién es Jesús? ¿Qué sentido tiene la Iglesia? ¿Por qué hay sufrimiento en el mundo? ¿Dónde está el cielo?
Este proceso nos lleva a desnudarnos delante del Ser Absoluto, a quien no vemos.

Liberarnos de la parálisis del pecado

Jesús nos enseña a ser pacientes y a predicar con humildad a quienes están inmersos en esta búsqueda, a la vez que nos llama a estar atentos para descubrir la profunda soledad del hombre de hoy. Su ejemplo nos invita a acercarnos, con ternura, al corazón de tantas personas que necesitan de Dios.
La gente que buscaba a Jesús creía en la capacidad milagrosa de su amor. A fin de verlo y estar cerca de él, eran capaces de cualquier cosa. El evangelio nos narra cómo esos cuatro hombres que llevan al paralítico suben al tejado de la casa donde se aloja y abren un boquete para hacerlo descender ante él. Arriesgan su seguridad y su vida, sin temor, con la certeza de que Jesús curará al paralítico.
Y así será. Jesús admira y elogia su fe. Él sabe que el pecado paraliza e impide la salud espiritual. El pecado inmoviliza a la persona y le impide lanzarse a la aventura de una experiencia nueva: sentir a Dios dentro, sentirse viva, sana, fuerte, llena de vigor y de tenacidad para ir corriendo al encuentro de los demás.

Dos formas de entender la fe

Jesús cura al paralítico. Pero, como siempre, su forma de actuar genera conflictos con ciertos sectores influyentes socialmente. Le echan en cara que actúe de esa manera, atribuyéndose una capacidad que es propia de Dios: perdonar los pecados.
Los judíos no entienden esa especial unión de Jesús con Dios. No comprenden su actitud humanitaria y solidaria, que surge precisamente de su comunión con el Padre. La fuente de su caridad es la sintonía con Dios.
Como podemos observar, en el evangelio afloran dos formas de vivir la religiosidad. Una forma espontánea, abierta siempre a las necesidades de los demás, y otra más puritana y legalista, rígidamente observante de las leyes. Para muchos judíos, esta segunda era la forma de ser fieles a la Torah.
La crítica que recibe Jesús es fuerte. Lo acusan de autoerigirse en persona con la autoridad de perdonar. Un aspecto especialmente delicado para los judíos es el perdón. Para ellos, Dios es el único que puede perdonar. Con sus palabras, Jesús entra de lleno en uno de los temas más escabrosos y colisiona con la visión de los estrictos observantes de la Ley. Su radicalidad hacia Jesús crecerá. Jesús se siente Hijo de Dios y así lo llegará a proclamar. Esta será la principal razón que esgrimirán los fariseos y los sumos sacerdotes para matarlo. Pero Jesús siente, en lo más hondo de su ser, que debe actuar como lo hace, sin miedo.

Levántate y camina

Así, todos los presentes quedan atónitos cuando no sólo demuestra su capacidad para perdonar los pecados, sino que realmente obra el milagro de curar al paralítico. Éste se levanta y camina.
Jesús nos habla también a nosotros. Cuando sufrimos y nos sentimos frágiles y vulnerables, él nos dice: ¡Levántate! Coge tu camilla y anda. Nos invita a recoger todo aquello que nos impide caminar erguidos: lastres, orgullo, resentimientos… Nos dice que seamos valientes y que asumamos todo lo que nos paraliza, levantándonos sobre nuestro propio ego. Nos llama a despertar. Ya estamos salvados por el amor de Dios. Su amor nos perdona y nos sana. Y nos impulsa a caminar, aprisa, para ir al encuentro de otros y ayudarles a levantarse y a liberarse de la peor prisión: la de sí mismo.

2012-02-11

Quiero, queda limpio

VI Domingo tiempo ordinario

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
—Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:
—Quiero: queda limpio.
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
El lo despidió, encargándole severamente:
—No se lo digas. a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.
Mc 1, 40-45

La compasión de Jesús

La misericordia de Jesús se extiende como su palabras, llenas de vida y de un mensaje absolutamente novedoso. Su voz, su mirada amorosa y su ternura tienen la capacidad de curar a mucha gente.
El texto nos narra la petición de un leproso para que lo sane de su enfermedad. El leproso suplica, de rodillas ante Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”. El desespero y la angustia llegan como una oración a gritos hasta el corazón de Jesús. Y el autor nos revela la profunda compasión que lo mueve hacia el enfermo, ante su clamor y sus ruegos estremecedores.
Jesús conoce el profundo dolor que siente. Su compasión hacia los desvalidos es infinita, por eso actúa hacia ellos con inmediata solicitud. Pero, como vemos en todos sus milagros, antes de curar, Jesús pregunta al enfermo. Si eleva una petición, es de suponer que realmente desea curarse, de todo corazón. Pero Jesús no abandona su actitud pedagógica: quiere reafirmar el deseo del enfermo de curarse. Cara a cara, mirándolo a los ojos, quiere contar con su libre voluntad y su sí.

Salud física y espiritual

Jesús tiene en cuenta la dimensión sociológica y vital del enfermo. Entiende que el sufrimiento aqueja fuertemente al leproso, pero quiere que la situación emocional que lo envuelve no le prive de su libertad. Sólo así podrá obrar el milagro y liberarlo del peso de su enfermedad. Si el leproso lo pide sinceramente, movido por un deseo firme de sanar, más allá de la desesperación, Jesús interviene.
El leproso quedó limpio, dice el evangelio. Cuando nuestro corazón se abre libre y sinceramente, Dios puede hacer el milagro de sanar todo aquello que hace impura nuestra vida. Él nos puede limpiar de aquello que empaña nuestro corazón, en especial, la soberbia, el orgullo y la petulancia. Cuando nos falta oxígeno espiritual, nuestra vida interior queda seriamente limitada. Cuántas personas padecen de esta otra lepra, que les quita la luminosidad en el rostro y les hace vivir atrapadas en la oscuridad. Jesús siempre extiende sus manos amorosas, nos llena de ternura y nos toca con dulzura para sanarnos. Él desea nuestra salud; quiere que nuestra vida esté llena de sentido y que lo tengamos a él como referencia.
La salud siempre vendrá profundamente ligada a aquello que somos, creemos y vivimos. Si nuestra vida se fundamenta en sólidos valores religiosos, y nuestra espiritualidad es rica e intensa, tendremos fuerza y coraje para aceptar las dificultades y asumir los desafíos que se nos presentan. Sabremos tomar las decisiones más acertadas, que afectarán a nuestra salud física y espiritual. Jesús nos quiere sanos de alma y de cuerpo, porque sólo los puros y los “limpios de corazón” verán a Dios. La fe en Jesús nos limpia totalmente.

Dios quiere la mediación de la Iglesia

Finalmente, Jesús añade algunos elementos a destacar. Por un lado, pide al leproso que tenga prudencia y no proclame a los cuatro vientos su curación. No desea la fama, sino servir y hacer un bien real a todos aquellos que confían en él. Y, por otra parte, lo envía a los sacerdotes para completar su purificación. Con este gesto, demuestra que no quiere actuar al margen de la institución religiosa de su pueblo. Cuenta con la intervención de los sacerdotes como puentes hacia Dios. ¡Qué importante es este matiz!
En este caso, la lectura nos lleva al sacramento del perdón y la reconciliación. Dios perdona a través de sus ministros, que ejercen la función de Cristo. No podemos negar la mediación eclesial. Cuando Jesús dice a Pedro, “sobre ti edificaré mi iglesia, y aquellos a quienes perdones los pecados, les quedan perdonados”, nos está mostrando que Dios quiere la mediación de la Iglesia, especialmente a través de sus sacramentos.