XVII domingo tiempo ordinario
Levantando los ojos Jesús, y contemplando a la gran muchedumbre que venía a él, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para dar de comer a éstos? [...]Contestó Felipe: Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno de ellos reciba un pedacito. Dijo entonces uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Pedro: Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es esto para tantos? Le dijo Jesús: Mandad que se acomoden. [...] Se acomodaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, dando gracias, entregó a los que estaban recostados, e igualmente los peces, cuanto quisieron.
Jn 6, 1-15
Cinco panes y dos peces
Eran muchos quienes seguían a Jesús en su caminar por Galilea. Necesitaban ver en él el rostro de la bondad de Dios. Jesús, como hemos visto en otros episodios, se compadece y los instruye con paciencia. Así, miles de personas lo siguen. Su capacidad de comunicación es enorme: sabe llegar a sus corazones.
En esta ocasión, Jesús debe marchar y despedir a la gente, pero están en un despoblado y no han comido nada. Entonces pregunta a sus discípulos qué pueden hacer. Ellos hacen cálculos. No tienen dinero suficiente para alimentar a una multitud tan numerosa. Andrés interviene, diciendo que un muchacho tiene cinco panes y dos peces. Pero, ¿qué es tan poco para dar de comer a tantos?
Y, sin embargo, basta el gesto de ese jovencito, dando lo poco que tiene, para provocar el milagro. Jesús, bendiciendo este acto, multiplica la generosidad. Todo el mundo puede comer y aún sobra.
Dios responde a nuestra generosidad
Cuando damos, aunque sólo sea un uno por ciento, o aún menos, de cuanto tenemos, Dios lo multiplica hasta el infinito. No regatea. Responde a nuestra generosidad de modo magnificente.
¿Por qué no dar un diezmo de cuanto poseemos? Finalmente, todo lo que tenemos es porque lo hemos recibido. La generosidad implica gratitud y reconocimiento. Dios no sólo nos lo ha dado todo. Se nos da a sí mismo, se entrega, sin límites, a través de su Hijo Jesús.
El hambre del mundo
Con el pequeño esfuerzo de aquel muchacho, Jesús fue capaz de alimentar a miles de personas. Este relato nos hace reflexionar sobre el problema del hambre en el mundo. Tan sólo haciendo un pequeño sacrificio, aquellos que tenemos en abundancia podríamos combatirlo.
En el mundo se derrochan enormes cantidades de dinero en guerras. Cuánto cuesta matar, y cuánto menos costaría alimentar a toda la humanidad. Con el coste de una guerra de pocos días, se podría acabar con el hambre. Pero los magnates carecen de la lucidez para ver que no se debe quitar la vida a nadie ni hacer morir a un solo inocente por la ambición de poder que los mueve.
La Iglesia ha de salir al paso de tantos atropellos. Los cristianos estamos llamados a comprometernos. Somos suficientes como para poder cambiar la situación e impedir que muchas personas mueran de hambre. Como mínimo, podemos rezar.
Pero con nuestro diezmo, con nuestra pequeña entrega, podríamos mejorar el mundo. La Iglesia contiene un tesoro inmenso capaz de hacerlo. Es nuestra responsabilidad emplear ese valioso don.
Dios cuenta con nosotros
«Y sobraron doce cestas de pan», dice el evangelio. Cuando se produce el milagro, cuando el corazón humano queda tocado, Dios multiplica nuestras posibilidades. Claro que Dios podría hacer muchísimas cosas, él solo, pero ha querido contar con la humanidad, con su fe y su libertad, para realizar su obra.
Dios no solamente quiere librarnos del hambre. Desea que nos saciemos de él, que imitemos su esplendidez, su capacidad de tocar el corazón, su generosidad. La mayor tragedia, aún más dolorosa que el hambre, es que muchas personas mueran sin conocer a Dios, sin probar el alimento divino.
Trabajemos para que la gente no sufra, para que sepa sacar lo mejor de sí y darlo a los demás.
Este blog pretende reflexionar sobre los evangelios dominicales de los tres ciclos litúrgicos, proporcionando un material que ayude a laicos y a sacerdotes a hacer una lectura del mundo de hoy a la luz de la palabra de Dios.
2012-07-28
2012-07-21
Como ovejas sin pastor
XVI domingo tiempo ordinario
“Se fueron en la barca a un sitio desierto y apartado, pero les vieron ir, y muchos supieron dónde iban y, a pie, de todas las ciudades, concurrieron a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma”. Mc 6, 30-34
El buen pastor se conmueve
Jesús cuida de los suyos. Después de enviarlos de dos en dos a predicar, busca un tiempo de paz y sosiego para hablarles al corazón. Está formando a los futuros apóstoles y quiere darles descanso. Pero no puede. Tal fue el éxito de su misión que las gentes los seguían por todas partes. “Ni tiempo tenían para comer”.
Esta es la gran misión de la Iglesia: anunciar incansablemente el Reino de Dios en el mundo. Jesús renuncia a su espacio de tranquilidad y reposo por el bien del gentío. “Vio a una multitud y se compadeció, porque andaban como ovejas sin pastor”
Cuánta gente deambula sin horizontes claros, perdida, buscando sin encontrar, intentando dar un sentido a su existencia. Jesús no podía desatender esa llamada de la gente perdida. Tampoco puede hacerlo la Iglesia. Debe responder a las inquietudes de la sociedad de hoy.
“Y se puso a enseñarlos con calma”
La Iglesia no descansará de ayudar a la gente a encontrar sentido a su vida. No puede dormir. Son muchos los que necesitan luz en su corazón, los que ansían escuchar palabras de aliento y esperanza. Jesús es la imagen de la Iglesia. Viendo tanta gente sin fe, sin pastores, sin guía, necesitada de llenar el anhelo de su alma, no puede darse reposo.
Cuando la gente se aparta de su Creador se seca por dentro. Le falta el agua viva y el motivo que anima su existencia entera. Los cristianos tenemos la gran tarea de estar atentos y disponibles, dedicándonos sin prisa, con calma, a construir espacios de cielo en este mundo.
Somos responsables en el mundo
El trabajo de la Iglesia también debe interpelar a los falsos pastores que predican bien, pero no viven de acuerdo con sus palabras. La coherencia vital es clave en los líderes del pueblo. Aquellos que ejercen una labor pastoral o pedagógica tienen en sus manos una enorme responsabilidad. De ellos depende que puedan suscitar la fe y dar un testimonio creíble.
Vivimos las tragedias que azotan los países de África y Oriente Medio. Benedicto XVI nos pide rezar por las víctimas inocentes y, muy especialmente, por los responsables políticos, para que sepan discernir que su servicio público no se entiende si no es desde el amor y la justicia. Los gobernantes tienen la responsabilidad de armonizar los intereses y derechos de unos y otros, respetando la identidad de cada país.
No podemos dejar de predicar, pero tampoco de rezar y ser solidarios con el alma de los inocentes que sufren injustamente.
Dios nos puede dar la paz interior que necesitamos para no cansarnos jamás de luchar. Cada cristiano se convierte en un pastor allí donde está: en su familia, en su entorno vecinal, en su trabajo. Allí donde vive está transmitiendo valores a la sociedad y a las personas que lo rodean. La oración nos dará fuerzas para que nunca se agote el torrente de aguas cristalinas que Dios hace manar en nuestro corazón.
2012-07-14
Los envió de dos en dos
XV domingo tiempo ordinario
“Llamando a sí a los doce, comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros, y los encargó que no tomasen para el camino nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinturón, y se calzasen con sandalias y no llevasen dos túnicas. Les decía: Dondequiera que entréis en una casa, quedaos en ella hasta que salgáis de aquel lugar, y si un lugar no os recibe, ni os escucha, al salir sacudid el polvo de vuestros pies…” Mc 6, 7-13
Los primeros misioneros
Llega un momento en que Jesús envía a sus discípulos para iniciarse en la tarea de la evangelización. Los envía en su primera experiencia apostólica y les da sus consejos. Estas palabras son fuente de inspiración para nuestra tarea pastoral hoy.
¿Cómo anunciar el reino de Dios en el mundo? Jesús les aconseja guardar una actitud humilde y no llevar un gran equipaje en el camino. En la predicación, no se trata de convencer, sino de hacer descubrir al otro, mediante el testimonio, que vale la pena preguntarse por Dios y acercarse al misterio de ese amor tan grande que nos sobrepasa.
Jesús les advierte que tengan una actitud tranquila y serena. La evangelización no es una colonización ni una conquista. Si os acogen, les dice, dadles la paz y permaneced en esa casa. Si os rechazan, marchaos en silencio y sacudíos el polvo de los pies… Nadie puede obligar a otro a creer. Para tener fe es preciso estar abierto y escuchar.
Evangelizar hoy
¿Cómo evangelizar hoy? Hemos de comprender las claves de nuestra cultura moderna para saber cómo testimoniar nuestra vivencia de Dios. Nuestra cultura se caracteriza por el culto al yo, disfrazado de muy diversas formas de narcisismo, y por el culto a la ciencia y a la tecnología. Se trata de una sociedad apática ante Dios, que no parece necesitar la trascendencia. Sin embargo, está hambrienta de ella.
Jesús nos da pistas para nuestra labor evangelizadora. Y en estos criterios difiere de otras religiones. Por ejemplo, los primeros líderes musulmanes fueron instruidos para librar una guerra santa, llevando como armas la espada, el caballo y la mujer. Jesús advierte a los suyos que no lleven gran cosa en el camino. No adiestra guerreros, sino que forma un grupo de amigos y los invita a conocer a un Dios que es Padre y es Amor.
Las tareas del apóstol
Los primeros discípulos hicieron tres cosas: predicaron la conversión del corazón, quitaron demonios y curaron enfermos.
La conversión no significa otra cosa que un giro, un cambio radical de actitud. Predicar la conversión significa anunciar que vale la pena salir de nuestro ensimismamiento y mirar hacia el otro. Convertirse implica abandonar el egocentrismo y situarse en el mundo de otra manera, con humildad y sencillez, volviendo nuestra vida hacia el rostro de Dios. Es ser consciente de que Él nos llena y nos ama.
La expresión “sacar demonios” se entiende como una lucha contra el mal, que se manifiesta de muchas maneras. Los cristianos deberíamos llegar a ser “guerreros de paz”. Nuestra batalla es arrancar el egoísmo que arraiga en el mundo para que Dios penetre en nuestras vidas. Estar poseído de si mismo es la peor de las posesiones, y se da cuando la persona se encierra en sí. Estamos llamados a vivir con intensidad la plenitud de Dios y a luchar contra todo lo que rompe su reino en la tierra.
También se dedicaron a curar enfermos. Hoy en el mundo falta mucha salud, y no sólo física, sino espiritual. La salud divina da sentido a la existencia humana. Muchas personas enferman por falta de ternura, de comprensión, por no encontrar respuesta a sus interrogantes, por falta de ilusiones, de esperanza, por falta de Dios en su interior.
Los bautizados damos un paso adelante. Dios entra en nuestra vida. Nos llama a luchar contra todo lo que pueda alejar al mundo de su Creador, y a acompañar y sostener a muchas personas enfermas, solas o necesitadas de ayuda y consuelo. Hoy, más que nunca, hemos de ser fundamentos sólidos para que la vida de Dios pueda ser edificada en nuestro interior. Necesitamos ser firmes en nuestras creencias y capaces de celebrar el amor de Dios, que no es otra cosa que hacer cielo en nuestro mundo.
Esta es la vida del cristiano: predicar, curar, acompañar… y todo esto se sostiene en la oración. El mundo necesita gente tenaz, sincera y convencida. Necesita la ternura de Dios. Dejémonos invadir por su Amor.
2012-07-07
Nadie es profeta entre los suyos
XIV domingo tiempo ordinario
“Llegado el sábado, se
puso a enseñar en la sinagoga, y la muchedumbre que le oía se maravillaba,
diciendo: ¿De dónde le vienen a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que
le ha sido dada, y cómo se hacen por su mano tales milagros?”
Mc 6, 1-6
Con sus palabras, Jesús
llegaba al corazón de la gente. Era un hombre carismático que no dejaba
indiferente a nadie. Su impacto en quienes lo escuchaban sólo puede explicarse
desde una intensa vivencia y apertura a Dios. Jesús hablaba de aquello que
vivía, sentía y creía. Era un gran comunicador, no sólo por su capacidad
retórica, sino porque creía en aquello que transmitía. Este sería un buen
fundamento para la pedagogía moderna: además de adaptar el lenguaje y los
criterios a nuestros tiempos, lo que realmente permanece es la autenticidad y
la coherencia.
Jesús suscitaba interés
porque no había distancia alguna entre cuanto decía y vivía. Él encarnaba
perfectamente sus palabras. Por esto interpelaba a las gentes y despertaba su
asombro. ¿Quién es éste?, se preguntaban. ¿Quién le enseña todo esto?
Nadie es profeta en su pueblo
Pero Jesús encontró poca
fe en su propio pueblo, entre los suyos. Se fue triste de allí, ante su
incredulidad e incluso su ironía, rayando el desprecio. Curó algunos enfermos,
no renunció a su carisma sanador. Pero se marchó en seguida. “Nadie es profeta
en su pueblo”, reza el dicho popular. Este fenómeno se da en muchos de nuestros
barrios y pueblos. “¿Qué nos va a enseñar éste?”, decimos. Y no nos percatamos
de que un pueblo que se cierra a Dios pierde su horizonte.
Vigilemos ante la falta
de fe. En nuestro mundo regido por la tecnología y la ciencia, Dios también
tiene mucho que decirnos. Nos trae un mensaje que da sentido a nuestras vidas.
Si no respondemos a este regalo que nos ofrece, ¿qué será de nosotros? Pero
Dios respeta nuestra libertad; si no lo queremos escuchar, se apartará,
discretamente, en silencio.
Saber escuchar
Aprender a escuchar es
nuestro gran reto. Escuchemos, no sólo con el oído, sino en el sentido hebreo
del término. Escucha significa apertura, aceptación y adhesión total a lo que
oímos. Pero a menudo la prisa, la agitación y la vorágine en la que vivimos
inmersos nos impiden escuchar debidamente. Dios nos puede estar diciendo muchas
cosas cada día. Pero sin reflexión, sin espacios de silencio y meditación, no
podremos oír su mensaje. Una sociedad que no se detiene, que no piensa, camina
hacia el abismo.
Dios sólo pide que le
escuchemos y hagamos vida aquello que oímos.
Autoridad y educación
Jesús hablaba con autoridad.
Hay que tener en cuenta que autoridad no significa poder. Jesús siempre renunció
al poder. La autoridad se refiere a “autoría”, a convicción profunda, a
autenticidad. La autoridad no coarta la libertad ni destruye a nadie.
El gran trabajo evangelizador
es educar. El significado de esta palabra también debe conocerse: educar
significa sacar afuera. En el caso de la Iglesia , se trata de hacer
aflorar todo aquello de Dios que tenemos las personas. Somos de Dios, estamos
hechos por amor y para el amor, la alegría, la comunicación. El hombre no puede
vivir fragmentado. ¿Qué puede unir y dar solidez al ser humano? Aquel que lo ha
creado. Si nos alejamos de
sus manos amorosas, tiernas, cálidas, ¡nos perdemos!
Un atisbo de cielo
Dios es quien nos da la
vida, la existencia, la familia, los amigos, la fe, y también la razón, la
inteligencia y la capacidad de aprender. El cielo es aquello que sentimos
cuando amamos profundamente. En la tierra ya podemos pregustarlo como estallido
de gozo que transforma toda una vida.
No perdamos la fe. Sin
fe, nuestra vida se convertiría en un gélido desierto, nos tornaríamos
insensibles y sin sentimientos. El mundo necesita dulzura, ternura de Dios,
poesía, estética, para tener sentido.
Convirtámonos en
apóstoles fervientes, sin temor. Hemos de pasar la antorcha de la fe,
encendida, a las próximas generaciones. Ahí está la calidad de nuestra vida:
tener fe añade un valor inmenso a nuestra existencia. El mundo nos espera.
Hemos de brillar para despertar el amor de Dios en la humanidad.
2012-06-30
XIII domingo tiempo ordinario
“Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. …Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente, se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado.
…Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y qué lloros son esos? La niña no está muerta, está dormida.”…
Mc 5, 21-43
La misericordia de Jesús
En su tarea misionera, Jesús inició su itinerario recorriendo las aldeas de su Galilea natal. Eran un marco predilecto, con un especial significado para él. Durante sus predicaciones, se le acercaban muchas gentes, incluso personajes importantes. Su mensaje también caló en la aristocracia rica e influyente de su época, pues su palabra llegaba a todo tipo de personas.
En esta ocasión se le acerca Jairo, jefe de la sinagoga, quien, con humildad, se arrodilla a sus pies suplicándole que cure a su niña, enferma de muerte. Jesús siente el dolor del padre que le ruega con insistencia. Nunca es insensible al sufrimiento ajeno e inmediatamente decide ir a visitar a la niña que está agonizando.
En el camino hacia la casa de Jairo , se encuentra con una mujer que padece flujo de sangre desde hace mucho tiempo. Ningún médico ha podido resolver su problema y ha gastado toda su fortuna para curarse sin conseguirlo. La mujer, asustada, se acerca a Jesús entre la multitud, con la firme convicción de que, sólo tocando su manto, se curará.
Tocar a Dios nos salva
Y así es. Jesús puede afrontar cualquier tipo de enfermedad y sufrimiento, incluso estados de máximo deterioro. La luz divina que impregna su corazón sella el flujo doloroso que aqueja a la pobre mujer. La potencia amorosa de Dios es tal que la aureola de su bondad puede obrar milagros. Con sólo rozar el corazón de Dios, estamos curados y salvados. Para él es posible aquello que no está en nuestras manos. Sólo él puede hacer que cesen los flujos de egoísmo que nos impiden vivir en su amor.
Esta es una de las misiones de Jesús: arrancar de raíz todo aquello que nos debilita y nos impide tener una vida plena y llena de sentido.
Jesús mira a su alrededor para ver quién le ha tocado y la mujer se acerca tímidamente. Ante su humildad, Jesús se conmueve y la mira con ternura; animada por la confianza, ella confiesa lo que ha hecho, abriendo su corazón a Jesús. Y él le dirige palabras que la llenan de coraje y de paz. Elogia su fe: “Tu fe te ha curado”.
La fe en Jesús puede llenar nuestra vida de paz y de salud. El testimonio de la mujer curada se convierte en un revulsivo para la gente que se arremolina a su alrededor.
Dar vida, misión de la Iglesia
Más tarde, llegan a casa de Jairo. Lleno de Dios, Jesús afirma que la niña no está muerta, sino dormida. Dar vida y salud es otra de las grandes tareas de Jesús. No se limita a anunciar el Reino de los Cielos, sino que pone todas sus capacidades y dones al servicio del ser humano para que sea así. Y, en especial, al servicio del que sufre o padece cualquier situación de riesgo. Jesús tiene el don de generar vida, dándola allí donde no la hay, y aún más cuando recibe una petición humilde. Las palabras de Jesús alientan al padre de la niña. “No temas”, es una de las exhortaciones clave de Jesús, cuando se dirige a alguien que sufre.
No temáis, nos dice Jesús, hoy. Porque él puede vencer incluso a la muerte. Nuestra fe y nuestra confianza en Dios harán resucitar muchas cosas dormidas que hay en nosotros. Si puede resucitar a un muerto, ¿cómo no va a poder despertar en nosotros todo aquello que está aletargado? Tal vez nuestro interior duerme, débil y enfermo, porque no recibimos el suficiente alimento espiritual, o porque no dejamos que Dios entre de lleno en nuestro corazón. Jesús sólo nos pide que tengamos fe en él.
Levántate
En casa de Jairo, Jesús hace un pequeño gesto simbólico. Pide le acompañen sus discípulos más cercanos, Pedro, Santiago y Juan, con quienes ha vivido la intensa experiencia en el monte Tabor, donde les ha vaticinado su muerte y resurrección. En la casa hay lloros, ruidos estridentes y barullo. Ante las palabras de Jesús, incluso algunos se ríen. Jesús los echa a todos, quedándose con la niña, su padre y sus compañeros.
Para invocar a Dios son necesarios el silencio, la serenidad y la fe. Jesús expulsa a los alborotadores para crear un marco adecuado, de confianza y sintonía con Dios, donde poder recibir la inspiración divina. Jesús siempre cuenta con su Padre.
Toma de la mano a la niña y le ordena: “A ti te lo digo, niña, levántate”.
Levántate. Como Jesús, la Iglesia nos dirige también a nosotros esas palabras. Levantaos, despertad, sacudíos de todo aquello que os hace dormir. Dejad atrás la apatía, la descreencia, la falta de entusiasmo que os sume en una vida de fe mortecina. Jesús nos toma de la mano, nos estira, nos empuja y nos insufla su espíritu para que nos pongamos de pie.
Pasado el letargo, estamos llamados a ser voceros de su reino, anunciadores de la buena nueva. Ha llegado el momento de anunciar con fuerza la bondad de Dios y su misericordia. Dios nos rescata de la tumba del miedo y del silencio temeroso para que gritemos, con todas nuestras fuerzas, que él nos ama, nos cura y nos quiere vivos para entregarnos a los demás.
Cuando Jesús dice a Jairo que den alimento a la niña, está evocando claramente la eucaristía. Una vez nos sentimos vivos, necesitamos comer del pan eucarístico para conservar esa vida eterna que sólo Dios nos puede dar; una vida que va más allá de la muerte porque “nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos”, y quiere que permanezcamos siempre vivos y gozosos, en su regazo de Padre.
2012-06-21
El nacimiento de Juan Bautista
“El día octavo vinieron a la circuncisión del niño, y le llamaban Zacarías, como su padre. Pero su madre, oponiéndose, dijo: No, se ha de llamar Juan (…)
Y cuantos lo oían se decían: ¿quién ha de ser este niño? Porque la mano de Dios está con él.”
Lc 1, 57-66.80
Un espejo para los cristianos
Coincidiendo con el solsticio de verano, la Iglesia celebra la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista, una figura que nos permite ahondar en las características y la misión del cristiano.
Juan Bautista, el precursor, anunció la venida del Señor. Nosotros también estamos llamados a anunciar a Cristo, pero no el que ha de venir, sino el Cristo resucitado, ya presente en la historia de la humanidad.
Todos los cristianos somos misioneros: nuestra vida ha de ser espejo del testimonio de Juan Bautista. Detengámonos a reflexionar sobre ello. A veces vamos tan cansados y estresados que no tenemos tiempo ni de rezar. No podemos oír la llamada de Dios. Y Dios nos llama a todos. Como a Juan, nos llama a anunciar al Cristo vivo, aquí y ahora. Y nos da la fuerza del Espíritu Santo, que irrumpe en Pentecostés.
Incorporemos a nuestra vida el elemento anunciador. La Iglesia prepara a su pueblo para el gran acontecimiento de la Pascua. En la eucaristía, él ya está presente, vivo, entre nosotros.
Humildad para saber retirarse
Juan Bautista es humilde. Reconoce que hay alguien que está por encima de él y se aparta para dar paso a Jesús. Ni siquiera se siente digno para desatarle las sandalias, dice. Él no es la luz, ni la verdad, sino testimonio de la luz y la palabra de Dios. En cambio, nosotros a veces somos prepotentes y nos gusta acaparar la atención y el éxito.
La tarea educadora de los sacerdotes debe mostrarnos que el centro de nuestra vida es Cristo. Él es la Verdad y nosotros somos instrumentos a su servicio.
Los laicos también están llamados a la misión de anunciar y predicar. Ellos ayudan a los sacerdotes en la evangelización. También, como san Juan, saben retirarse a tiempo cuando conviene. Esta es una gran lección para los padres, educadores y sacerdotes: saber retirarse en el momento adecuado, para dejar que otros puedan crecer.
Señalar a Cristo sin temor
Juan Bautista ve llegar a Jesús y lo señala. He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. También nosotros hemos de señalar la gran Verdad, el gran Amor, el gran mensaje, que no es otro que Jesús de Nazaret, el que muere dando la vida por nosotros. También Juan da testimonio, con su vida, de la figura de Jesús.
En la Iglesia hay salvación; en Cristo se encuentra la felicidad. Señalemos a la gente que en Cristo y en la Iglesia está la Verdad , sin miedo, como lo hizo Juan.
Juan es decapitado injustamente, por una frivolidad y un capricho. Los cristianos también estamos llamados a la entrega sin límites, hasta asumir, si es necesario, el martirio.
La palabra creíble
La palabra, si no está acompañada de gestos y de acciones, no es creíble. La palabra tendrá credibilidad cuando esté apoyada por los actos, las virtudes y la coherencia de la propia vida. Los cristianos hemos de predicar con nuestra vida. Hemos de pasar del mutismo y del miedo al coraje y al testimonio, siempre cálido y dulce. No se trata de lanzar voces estridentes, sino de pronunciar palabras suaves y penetrantes.
La vocación fecunda nuestra vida
Juan es un regalo de la misericordia de Dios a Isabel, su madre. La historia de Juan guarda un gran paralelismo con la de Jesús, tal como narran los evangelios de la infancia. En ambas se da una anunciación y se pide un gesto de fe de sus padres; en ambas, los dos niños están predestinados por Dios desde el vientre de sus madres.
Muchas veces podemos sentirnos como Isabel, secos, estériles, vacíos. A pesar de sentirnos así, Dios puede obrar en nosotros el milagro de la fecundidad. Pese a nuestros límites, nuestros pecados, nuestras capacidades más o menos grandes, si abrimos el corazón, Dios lo convertirá en un jardín soleado y fértil.
Si nos abrimos y decimos sí, Él transformará nuestra vida. “Desde el vientre de tu madre te llamé”. Sí, todos estamos llamados. Esa experiencia de sentir la voz de Dios, ser conscientes de nuestra vocación, hará rica y fecunda nuestra vida.
2012-06-16
La semilla del Reino
XI domingo ordinario
Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas y los pájaros van a anidar en ella.
Evangelio: Mc 4, 26-34
Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas y los pájaros van a anidar en ella.
Evangelio: Mc 4, 26-34
Con esta bella parábola tomada de la vida rural, Jesús explica cómo el Reino de los cielos nace con humildad, y aparece sobre el mundo de forma muy sencilla, silenciosa y casi imperceptible. Pero, con el paso del tiempo, crece y se expande, ofreciendo refugio y alimento a muchos.
La semilla del Reino
Dos cosas podríamos resaltar en las palabras de Jesús. La primera es que el Reino de Dios no es obra humana, ni nace por el esfuerzo de las personas, sino porque Dios ha puesto la semilla. En manos del hombre está el cultivo, el cuidado de la tierra, el riego y también, llegado el momento, la siega. Pero el crecimiento del grano no depende de él. La vida que late en la semilla es obra de Dios.
Así sucede también con los proyectos apostólicos. Los cristianos somos llamados un buen día a colaborar para tirar adelante alguna iniciativa. Dios pone en nuestras manos una misión, confiando en nuestras capacidades para desarrollarla y llevarla a cabo. Como buenos labradores, nuestra tarea es importante para que esa misión culmine. Pero, al mismo tiempo, no hemos de olvidar que su éxito no depende exclusivamente de nuestro esfuerzo, sino de la gracia de Dios. Por tanto, como decía san Agustín, en nuestro trabajo diario, actuemos como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que, en realidad, todo depende de Dios. Esta perspectiva nos dará la humildad necesaria para trabajar con perseverancia y la paz para hacerlo sin angustia ni tensiones inútiles. Si triunfamos, sabremos alegrarnos sin enorgullecernos; si las cosas no resultan como esperábamos, podremos empezar de nuevo sin desalentarnos.
En nuestro mundo de hoy, los cristianos a menudo podemos caer en el desánimo. Son muchas las personas que se apartan de la Iglesia y reniegan de ella. Nos encontramos faltos de argumentos para justificar nuestra fe, y a veces también vacilamos. ¿Realmente vale la pena defender nuestras creencias?
Es en esos momentos cuando hemos de volver el rostro a nuestro referente: Jesús. Él murió, solo y rechazado, cuando días antes había sido aclamado por las multitudes. Podría parecer que su misión en el mundo fue un completo fracaso… pero no fue así. Hoy, millones de personas seguimos a Cristo. La Iglesia, con sus errores y aciertos, ha iluminado la historia de la humanidad durante muchos siglos, y continúa viva.
Dios nos muestra cómo, después de la muerte, hay una resurrección. Si la semilla en sí contiene vida, no morirá. Caerá en la tierra pero dará fruto a su tiempo. Tengamos paciencia. Confiemos. Podemos atravesar épocas de sequía y soledad, pero esto no debe rendirnos. El tesoro que posee la Iglesia rebosa vida en abundancia. Jamás perecerá.
El grano de mostaza
La siguiente parábola de Jesús compara el Reino de Dios con un granito de mostaza que, siendo la más pequeña de las simientes, crece más que todas las legumbres, echa ramas y «las aves del cielo pueden reposar bajo su sombra». Esta es una bella imagen de la Iglesia. Nació como pequeña comunidad, casi insignificante. Sus primeros miembros fueron personas sencillas, una docena de hombres y algunas mujeres, lejos de las elites religiosas y políticas de su tiempo. Nada vaticinaba la eclosión espectacular de una religión cuyo fundador, Jesús, había muerto con la más vergonzosa de las muertes, crucificado… Y, sin embargo, la Iglesia brotó con fuerza. A raíz de la experiencia de la resurrección de Cristo, los apóstoles esparcieron su mensaje a todo el mundo. Como árbol que echa ramas, el Cristianismo ha alargado sus brazos hasta cubrir todo el planeta. Y muchas son las personas, cargadas de dolor, hambrientas de Dios, que han encontrado alivio, consuelo y respuestas bajo su sombra reparadora.
No olvidemos nuestros orígenes, humildes y sencillos. Las raíces son fundamentales para poder crecer. Si queremos que la Iglesia de hoy continúe viva y sólida, expandiendo sus ramas, hemos de recordar continuamente cómo nació y en qué fuentes se abreva. El agua viva que riega la Iglesia es el amor de Dios. El aire que la agita es el soplo del Espíritu Santo. Y el alimento que la nutre y fortalece es el mismo Cristo.
No necesitamos ir muy lejos para fortalecer nuestra fe y nuestras comunidades. Corramos a beber de esa fuente, en la oración. Dejemos hablar al Espíritu en el silencio. Y alimentémonos en el pan de la eucaristía, que siempre tenemos a nuestro alcance. La experiencia comunitaria de nuestra fe, compartir la palabra de Dios y escuchar a sus sacerdotes nos darán fuerzas para vivir con coherencia y entusiasmo nuestro ser cristianos cada día.
2012-06-08
Corpus Christi
“Mientras comían, tomó pan, y bendiciéndolo, lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó y bebieron de él todos. Y les dijo: Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta aquel día en que lo beba de nuevo en el reino de Dios”. Mc 14, 12-16, 22-26
Dar la vida, el mayor gesto de amor
El sentido teológico de esta fiesta es el misterio de Cristo, hecho pan y vino en el sacramento de la Eucaristía.
En la última cena con los suyos, antes de morir, Jesús pronuncia estas palabras: “Tomad, esto es mi cuerpo”, y “Haced esto en memoria mía”. Entregando su cuerpo y su sangre, está ofreciendo su vida entera. Y lo hace por amor. Con esta frase, Jesús está diciendo: tomad, esta es mi vida, mi libertad, mi deseo de cumplir la voluntad del Padre. Cristaliza para siempre ese momento culminante con un gesto de donación total.
Los cristianos heredamos esta manera de amar dando sin límites, con generosidad. No necesariamente hemos de morir para dar la vida. La mejor manera de entregar la vida es dar nuestro tiempo, lo que somos, vivimos y celebramos; aquello de Dios que hay en nosotros.
El fundamento de la fe es la entrega
Antiguamente, nos dice la Biblia , se sacrificaban animales ante Dios. Jesús se sacrifica él mismo en rescate por la humanidad. Su sangre, vertida por amor, es la ofrenda. Va más allá del cumplimiento de unos preceptos: da su vida libremente, entregando su corazón a Dios. El cristianismo no se fundamenta en los ritos, sino en la entrega de uno mismo.
La dinámica eucarística es ésta: oblación, entrega a Dios y a los demás. La misa nuclea el fundamento de nuestra fe. El gesto de partir y tomar el pan y el vino sacramentaliza la presencia real de Jesús.
Estamos llamados a trabajar para abrir espacios de cielo en medio del mundo, con un abandono total en Dios. Esto supone luchar a contracorriente. Es difícil predicar al vacío, ante personas de corazón endurecido y cerrado, o ante gentes que han perdido el sentido de la existencia, que se sienten derrotadas, que optan por vivir en el arcén espiritual. Pero Jesús lo hace, dando hasta su vida. Nosotros también podemos hacerlo. Podemos ir entregando nuestra vida, poco a poco, por amor. Estamos llamados a ser pan y vino para los demás.
Nos convertimos en pan y en vino
Cristo es verdadero pan para el cristiano. Nuestras células espirituales necesitan el alimento de su cuerpo y de su sangre y el oxígeno del amor de Dios. A medida que lo asimilamos, nuestra vida va creciendo a la par que la vida de Jesús. Como él, que nació, fue niño, creció y, ya adulto, predicó hasta su muerte, nosotros también hemos de pasar ese proceso en nuestras vidas. El cristiano adulto deja de ser un niño inmaduro psicológicamente y sale a anunciar la buena nueva. Hace de la palabra de Dios vida de su vida. La madurez cristiana se demuestra en una entrega como la de Jesús , en la donación de la propia vida.
Nuestra vida ha de convertirse en una hostia pura. Es entonces cuando nos alejaremos de la multitud sin norte y caminaremos hacia la plenitud del amor de Dios.
2012-06-02
Santísima Trinidad
“Me ha sido dado pleno poder en el cielo y en la tierra; id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre, hasta la consumación del mundo”. Mt 28, 16-20
Dios es comunidad
El misterio de la Trinidad nos revela las entrañas de Dios, lo más profundo de su corazón. Dios es una única naturaleza y tres personas. ¿Cómo entenderlo? La Iglesia ha hecho un gran esfuerzo para llegarlo a explicar.
Dios es Padre y Creador. Decide entrar en la historia de la humanidad a través de Jesús y en el devenir de la Iglesia a través del Espíritu Santo. “Nunca os dejaré solos”, dice Jesús. Y así es.
Hoy atravesamos épocas difíciles. Parece que, en Occidente, entramos en una era de enorme frialdad religiosa. La fiesta de la Trinidad nos recuerda que dentro de Dios hay una familia, una unidad inquebrantable. Son tres en uno, con la misión de santificar el mundo y hacer el Reino de Dios presente en la tierra.
Dios Padre
Dios Padre está muy lejos de esa imagen que algunas tendencias culturales han transmitido, de un Dios juez y fiscalizador. Dios no es autoritario ni coarta nuestra libertad, es un Dios amigo. Aún más, es un padre. De ahí que nosotros podamos dirigirnos a él como hijos. ¡Qué diferente es hablar a Dios como a un padre! Jesús lo llamaba Abbá, palabra cariñosa que significa, literalmente, papaíto. Dios ama tanto a sus hijos que les otorga completa libertad, sin condicionamiento alguno, permitiendo que, incluso, puedan volverse contra él y matar a su hijo. No desea una relación interesada ni mercantilista. No quiere amor a cambio de favores. Siempre estaremos en deuda con él, pues Dios es inmensamente generoso. Tan sólo hemos de reconocer su gratuidad. Nos regala el universo entero, el cielo estrellado, el canto de los pájaros, la luz de un amanecer o la belleza del ocaso, la sonrisa de los niños y la serena sabiduría de los ancianos… ¡Dios es bueno!
Dios Hijo
El Hijo tiene una sintonía especial su Padre. Por él, es capaz de sacrificarlo todo, incluso la vida. Trabaja para que todos conozcan su palabra: es un empresario del Reino de Dios en el mundo. El Hijo también es nuestro hermano y nos acompaña en nuestra trayectoria como creyentes. Jesús pasa por el mundo predicando el evangelio y haciendo el bien. Cura, perdona, obra milagros. No por hacer algo espectacular, sino para hacernos felices y devolvernos la paz. La intención de los milagros es siempre pedagógica o terapéutica, jamás busca la vanagloria.
En Jesús, como señala San Juan en su evangelio, vemos el rostro de Dios: “A Dios nadie lo vio jamás; su hijo unigénito es quien nos lo ha dado a conocer”. Este evangelio insiste constantemente en la íntima unidad entre el Padre y el Hijo, de manera que Jesús llega a proclamar que “el Padre y yo somos uno”. Esta hermosa relación de paternidad y filiación es la que nos confiere, a toda la humanidad, el don de ser hijos de Dios. Jesús es el puente, el camino más directo que nos lleva hacia el Padre.
El Espíritu Santo y una misión
El Espíritu Santo es un bellísimo don. Todos los bautizados lo recibimos y estamos llamados a cultivarlo y comunicarlo. Si este don explotara, el mundo entero cambiaría, de la misma manera que los primeros apóstoles, movidos por su soplo, cambiaron la historia. No podemos ignorar la potencia del amor de Dios.
“Id y bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, dice Jesús a los suyos. La Iglesia ha de seguir creciendo y haciendo realidad el reino de Dios en el mundo. Es necesario descubrir una dimensión divina y trascendente más allá de la realidad material. Como bautizados somos discípulos, apóstoles, co-responsables en la misión de hacer presente a Dios en el mundo.
Ser amigos de Dios
La fiesta de la Trinidad nos invita a ser amigos de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los cristianos deberíamos guardar una profunda devoción a la Santísima Trinidad. ¿Cómo cultivar esta amistad?
A Dios Padre le podemos rezar de muchas maneras. Ante la belleza de la creación, podemos elevar un canto de alabanza, una bendición, podemos hacer poesía, arte. Podemos disfrutar de un paseo junto al mar, al atardecer, o subir a una montaña… Dios paseaba con Adán a la caída de la tarde, por el paraíso.
Amar a Dios Hijo se traduce en obras de amor. La participación en la Eucaristía , no obligada, sino vivida como una invitación, es un gesto sublime de caridad. La misa tiene una profunda dimensión trinitaria. Nuestras liturgias comienzan “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Esta es nuestra realidad cristiana más genuina. En la eucaristía, Dios se nos hace vivo y se nos da como regalo en el Hijo, a través del pan y el vino.
Finalmente, ¿cómo ser amigos del Espíritu Santo? Dejándonos llenar por él. Somos templo, sagrario del amor vivo del Espíritu Santo. Albergándole en nuestro interior, nos convertimos en llamaradas que arden en amor hacia los demás e iluminan el mundo.
2012-05-25
Pentecostés
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
—Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
—Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
Jn 20, 19-23
—Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
—Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidas.
Jn 20, 19-23
La familia de Dios
En esta fiesta celebramos un acontecimiento clave en nuestra historia: el nacimiento de la Iglesia. No se entendería el largo trayecto de más de dos mil años de Cristianismo sin el soplo del Espíritu Santo sobre los primeros discípulos.
La Iglesia naciente predica con fuerza, tenacidad y entusiasmo, convencida del mensaje redentor de Jesús. Hoy, nosotros pertenecemos a una institución que va más allá de las estructuras: somos familia de Dios, amigos de Dios. Le pertenecemos. Y él, con inmensa generosidad, nos regala su Espíritu Santo.
Ese Espíritu Santo que descendió sobre los apóstoles es el mismo que recibimos en el Bautismo, en la Confirmación y en la Eucaristía. Siempre presente, vela por nosotros.
Muchas personas argumentan diciendo que creen en Dios, pero no en la Iglesia, y dicen no necesitar de una institución para relacionarse con él. Pero nuestra adhesión a Jesús implica algo más que la fe individual y personal. La verdadera adhesión a su mensaje nos lleva a vivir en comunidad. No podemos vivir la fe solos, al margen de la familia de la Iglesia. Necesitamos un sentido de pertenencia a una comunidad. Más allá de la liturgia, ser cristiano significa sentirse parte de la familia de Dios y saber vivir las consecuencias de esta experiencia puertas afuera, en medio del mundo. La eucaristía no es otra cosa que pregustar el paraíso, saborear un anticipo de la eternidad que nos espera. Pasado el umbral del templo, ¿somos testimonios vivos de esta experiencia de cielo en la tierra? Nuestra actitud al salir de la celebración ha de ser un testimonio de profunda gratitud a Dios por el regalo de su Espíritu.
Herederos de una misión
Para los cristianos es importante sentirnos familia, pertenecientes a una realidad trascendente en medio del mundo. Somos parte de Dios y herederos de la instrucción que Jesús dio a sus apóstoles: «Id y predicad la buena nueva a todas las gentes». Como los atletas, hoy tomamos el relevo de esa misión y estamos llamados a llevar la llama del Espíritu Santo al mundo.
La fuerza de los primeros apóstoles fue enorme. El Espíritu caló en lo más hondo de su corazón. ¡No tenían miedo! Jesús había atravesado los muros del cenáculo, saludándoles con estas palabras: «Paz a vosotros». No sólo atraviesa los muros, sino que penetra su corazón, abriéndoles el entendimiento. Vencido el miedo y las reservas, los discípulos serán capaces de dar un salto cualitativo en su fe: ahora no sólo creerán, sino que sabrán dar su vida. No permanecen quietos y salen a predicar.
Un fuego que cala hondo
El Espíritu Santo colma a los discípulos de alegría. Ante la recepción de un regalo tan grande, ¡qué menos podemos hacer que alegrarnos! Hemos de salir de nuestro cenáculo interior, cerrado y egoísta, abandonar nuestras miserias, resquebrajando la rígida estructura humana, y dejando que la brisa fresca del Espíritu penetre en nuestro corazón, para darnos fuerza y entusiasmo.
Celebramos el nacimiento de la Iglesia en el mundo. Celebramos que, para nosotros, quien está a nuestro lado es nuestro hermano. Nuestro hogar es éste. Nuestra familia va más allá de los vínculos de sangre o de las ideologías. Nos une el amor de Dios. Pese a nuestras flaquezas, somos llamados a generar Reino de Dios en el mundo. Hemos de llenar el mundo de esperanza, de ilusiones, de solidaridad. Hemos de ser bálsamo para los pobres y para los que sufren, tónico para el alma que padece. Ante el dolor y el sufrimiento –dos realidades muy humanas– la esperanza se erige como un anhelo genuino de toda persona. La esperanza y el amor salvan al hombre de perderse en el vacío.
Cada domingo somos convocados a misa por el Espíritu Santo. Él está presente. Sepamos atisbar más allá de la realidad inmanente y veremos que nuestro horizonte se abre hacia la eternidad. ¡Vale la pena creer! Hoy, hemos de salir con alegría de este templo. Recemos mucho por nuestros barrios y ciudades y trabajemos por su bienestar. Para ello, Dios nos llena y nos colma con su mayor regalo: el Espíritu Santo.
2012-05-19
La Ascensión del Señor
“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará. A los que creyeren les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes y, si bebieren ponzoña, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos y estós sanarán”.
Mc 16, 15-20
La misión de los apóstoles
En este evangelio escuchamos las últimas palabras de Jesús a los suyos. Son palabras capaces de cambiar la historia y la cultura del mundo. Los apóstoles están preparados. Jesús tiene que trascender hacia Dios Padre y deja a sus discípulos una misión: ir a proclamar a todo el mundo la buena noticia.
El evangelio de Jesús se ha extendido por los cinco continentes, llegando a millones de personas. ¡Cuánta fuerza debía haber en este arranque inicial de los apóstoles, cuando ha llegado hasta dos mil años después! Creían en lo que transmitían. Se abrieron totalmente a la buena nueva de Dios y se adhirieron a ella con toda su vida. Estaban entusiasmados y la experiencia de Jesús los había marcado profundamente. Tan sólo doce hombres, algunos de ellos analfabetos, muchos de ellos con profundas carencias, fueron capaces de retar las mentes frías de su tiempo. Hoy estamos aquí porque se lanzaron a anunciar su vivencia y su fe. Somos herederos de un enorme esfuerzo derramado en palabras, trabajo, obras de caridad y sacrificios por amor.
Jesús les dice: el que crea, se salvará. Quien cree es aquel que abre su corazón a la novedad de Dios. Su adhesión se concreta en el bautismo. En cambio, quien se resista, dice Jesús, se perderá. Aquí vale la pena hacer un inciso.
Dios no quiere que se pierda nadie. Jesús lo dice bien claro: predicad a toda la creación, a toda persona, a todas las gentes. Todo el mundo está llamado a ser salvado, por encima de las culturas y las ideologías. Se pierden aquellos que no abren su corazón, los que desconfían, temen o creen ser engañados. Pero el sol ilumina todo el mundo y luce para todos, aún por encima de las nubes y las borrascas, traspasando hasta el hielo más frío. El amor de Dios es luz y es fuego, Espíritu Santo capaz de encender los corazones.
Carismas de los apóstoles
Quienes creen acaban animándose a participar en el gran combate de la evangelización. Jesús dice de ellos que echarán demonios. Esto significa que la fuerza de Dios alejará el maligno, todo aquello que pueda impedir que Dios arraigue.
Hablarán en diferentes lenguas. Porque cuando hay sintonía, aprecio y amor la persona llega a comunicarse con quien sea. La lengua es una herramienta de la comunicación, pero no la única. Existe el llamado lenguaje no verbal, expresado en gestos, miradas, actitudes… y aún más allá: existe el lenguaje de la caridad, del amor. Es un lenguaje universal que todos entienden, pues nos hace sintonizar incluso con personas de otras culturas alejadas.
El veneno no les hará daño. Dios nos defenderá ante el mal. Si nos abrimos sinceramente a Dios, él nos protegerá del veneno más sutil: el egoísmo, que paraliza e impide amar.
Curarán enfermedades. No sólo enfermedades físicas, sino psíquicas. Más allá de las dolencias del cuerpo y de la mente, aún hay patologías más profundas que nos deshacen por dentro: la falta de fe y la ausencia de convicciones que orientan y sostienen toda una vida. La salud no consiste en el mero bienestar físico y psicológico, sino en una fortaleza anímica y espiritual. Los cristianos necesitamos estar sanos, equilibrados y maduros. La fuente de nuestra salud es Dios; el alma ansía profundamente a Dios. Necesitamos beber de su presencia y hallar el sentido de nuestra vida. Si no lo encontramos, enfermaremos.
Nuestra misión, hoy
Hace años, el cardenal Ratzinger, hoy Papa, advirtió de la profunda crisis espiritual que se avecinaba y que hoy ya estamos contemplando en nuestra sociedad. Vivimos los inicios de una era glacial espiritual. Sin valores, el discernimiento también se congela y se diluye. No podemos permitir que se hielen en nosotros los deseos de amar y de buscar sentido a la existencia. ¡Que no se nos congele la fe! Hemos recibido la fe de los apóstoles y el fuego del Espíritu. Con esa llama, hemos de dar calor y alentar a muchas personas que sufren el frío intenso de vivir alejados de Dios.
Con la fiesta de la Ascensión , la Iglesia celebra cada año el Día Mundial de las Comunicaciones Sociales. Para los cristianos, Jesús es el paradigma de la buena comunicación. Tras muchas empresas de comunicaciones y canales televisivos hay un buen caudal de contravalores. El periodismo debe estar al servicio del bienestar humano y también del amor, de la verdad, de la felicidad. ¡Cuántos medios se convierten en armas ideológicas que atacan la verdad de la Iglesia ! Recemos por los profesionales de los medios de comunicación, para que no lleguen a desvirtuar la buena noticia del Dios amor.
2012-05-12
Amar al modo de Dios
“Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor… Esto os lo digo para que vuestro gozo sea cumplido. Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos”. Jn 15, 9-17
Este texto de San Juan relata uno de los momentos álgidos de la vida de Jesús , antes de su muerte. Son palabras cargadas de emoción, que expresan amistad y dulzura, pero que también entrañan una fuerte exigencia. Como maestro, es un momento clave para él. Sabe que tiene que partir y quiere dejar a sus discípulos un mensaje nuclear que impregnará para siempre su proyección apostólica. Sus palabras salen de lo más hondo de su corazón. Es un legado que marcará una pauta a sus discípulos cuando llegue la hora de testimoniar la buena nueva de Dios a los hombres.
Aprender a amar como Dios
Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Jesús ha amado a los suyos con el corazón de Dios. Por tanto, su amor es sin límites, pleno, auténtico, gozoso, generoso. En definitiva, amor de Espíritu Santo y amor de Padre. Les está diciendo que, como fundadores de la Iglesia , ellos también están llamados a amar de esta manera, a modo de Dios.
Pero sólo podemos amar como Dios nos ama si permanecemos en él. Y aquí es cuando se está refiriendo a la alegoría de la vid y los sarmientos. Si no vivimos una unidad plena con Dios, difícilmente amaremos como Él nos ama. Pero si estamos unidos a él y permanecemos en él, este amor fluirá solo.
El mandamiento de la amistad
Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Y ya no sois siervos, sino amigos, nos dice Jesús. Este es el mensaje fundamental del Nuevo Testamento.
Por un lado, descubrimos una llamada a ser amigo de Dios. Dios no quiere sirvientes ni esclavos, sino amigos que, como él, son capaces de dar la vida por otros. En el corazón de Dios no hay otro deseo que la amistad libre y gozosa con su criatura. Este es el gran salto de la revelación cristiana: antes que el hombre busque su mirada, Dios quiere entrar en su corazón. Y no lo hace desde su superioridad, o imponiéndose, sino como un enamorado, poniéndose a la altura de la persona amada. De ahí que Jesús subraye “ya no sois siervos, sino amigos”.
La amistad con Dios tiene sus consecuencias prácticas en la vida cotidiana. Dios es Padre nuestro, es decir, Padre de todos los seres humanos. Esa paternidad define una fraternidad existencial. Si somos amigos de Dios, también seremos amigos de sus otros hijos, que son hermanos nuestros.
Un amor humano y divino a la vez
La amistad es una bella palabra que, por ser tan utilizada, a veces pierde su sentido o se banaliza acerca de su significado. ¿De qué amistad nos habla Jesús? En sus palabras no hay duda alguna: No hay mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Cuando exhorta a sus discípulos a amarse como él los ama, les está indicando el camino a seguir. La amistad del evangelio es una amistad que lo da todo, hasta la vida, por amor a los amigos.
Jesús ultrapasa el clásico mandamiento, pilar de la antigua ley judía y regla de oro de muchas religiones: ama al otro como a ti mismo. Jesús cambia un matiz: ama al otro como “yo he amado”. Las personas podemos tener mayor o menor autoestima; a veces nos amamos muy poco a nosotras mismas, o al contrario, pecamos de egocentrismo y nos amamos de forma obsesiva e inadecuada. El amor del que habla Jesús tiene otra cualidad. Es amor de Dios , ese amor “que hace llover sobre justos e impíos”; un amor que, como bellamente describe san Pablo, “no pasa nunca”. Es un amor sin medida, incondicional, fiel y eterno.
2012-05-05
Yo soy la vid y vosotros los sarmientos
V domingo de Pascua
“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no lleve fruto, lo cortará, y todo el que dé fruto, lo podará, para que dé más fruto.” Jn 15, 1-8
Nuestras raíces cristianas
"Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". "Permaneced en mí, y yo en vosotros". Estas palabras de Jesús son pronunciadas en el llamado discurso del adiós, en la última cena. Son momentos clave, antes de su muerte, en los que Jesús se dirige a sus discípulos con gran hondura y emoción. Son palabras definitivas que nos hablan de la comunión.
Jesús dice de sí mismo que es la verdadera vid. Muchas veces hemos visto campos plantados con viñas en hilera, bien enraizadas, dando sus frutos. La vid necesita de tres elementos para arraigar con fuerza en la tierra. Uno, que esté bien plantada. El segundo paso es cuidar la planta, regarla, abonarla, cavarla. Y finalmente, el fruto también dependerá de la providencia del clima. Podríamos decir que en la dinámica de todo cristiano se necesitan estos tres elementos para madurar en su espiritualidad.
El cristiano ha de estar bien enraizado en sus convicciones profundas, como Jesús lo estuvo con Dios. Hemos de arraigarnos en la fuente de nuestra savia, firmes en el corazón de Dios. Para que se compacte la relación con Dios hemos de trabajarla, y la mejor manera es estableciendo una profunda comunión con Aquel que nos planta en la existencia. Nuestras raíces se nutren en la oración, en el diálogo sincero y confiado con nuestro Creador.
Abrirse para recibir el alimento espiritual
Además, hemos de estar abiertos a los buenos consejos que nos vienen de afuera. A menudo, Dios nos habla con voces humanas o a través de los acontecimientos y las personas que se cruzan en nuestro camino. Especialmente importante es contar con una dirección espiritual, un acompañamiento en el discernimiento de la propia vocación. Los pastores, sacerdotes o personas que acompañan y guían en el crecimiento espiritual de la persona son los buenos agricultores que cuidan de la viña. Han sido llamados por el mismo Dios para cuidar su campo, y su atención nos es necesaria para poder dilucidar con claridad nuestra vida espiritual.
Finalmente, quien nos hace crecer, siempre que haya una apertura sincera de corazón, es el mismo Espíritu Santo enviado por Dios, que se manifiesta en los elementos de su Providencia.
Dar fruto
La consecuencia del buen arraigo en Dios son los frutos, que se traducen en un compromiso de servicio y de amor hacia los demás. Nuestro compromiso será convincente si está apoyado no sólo por palabras, sino por nuestras obras.
Una planta bien enraizada, cultivada, podada y nutrida por el sol y la lluvia, acaba fructificando y ofreciendo sus frutos dulces y llenos de vitalidad al mundo.
Así, la unión firme con Dios Padre, que es el labrador, con el Hijo, Jesús, que nos nutre con su propia vida, y con el Espíritu Santo, que nos defiende y nos cuida, nos hará dar fruto en abundancia.
2012-04-28
Yo soy el buen pastor

IV domingo de Pascua
Yo soy el buen pastor. El buen pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, y el que no es pastor, en viendo venir al lobo desampara a las ovejas y huye, y el lobo las arrebata, y dispersa el rebaño. […] Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí. Así como el Padre me conoce a mí, así yo conozco al Padre, y doy mi vida por mis ovejas […] Nadie me la quita, sino que yo la doy por mi propia voluntad.
Jn 10,11-18
El significado del pastor
El evangelio de hoy nos habla del buen pastor, que conoce a las ovejas, que las ama, las guía y las orienta. Cuán necesario es que surjan vocaciones con corazón de Cristo. La Iglesia necesita sacerdotes entregados que sean capaces de ir más allá de sus límites y que, como hostias puras, inundados de la fuerza del Espíritu Santo, se embarquen en una auténtica epopeya de servicio a los demás.
La imagen bucólica del buen pastor podría malinterpretarse, pensando que las ovejas van juntas en rebaño, aborregadas, y no tienen personalidad propia. En este caso no es así. Justamente las ovejas que formamos la Iglesia militante seguimos a Jesús porque queremos, esa es nuestra voluntad, y lo seguimos libremente porque hemos descubierto que en Él está la salvación y la auténtica felicidad.
En el Antiguo Testamento, la palabra pastor no sólo designa al que cuida de las ovejas. Pastor es el que gobierna, el que rige. Tiene una connotación diferente, más allá de la imagen apacible que hoy nos presenta San Juan. ¿En que sentido podríamos recuperar el sentido teológico de este texto? Jesús nos lo explica: “Yo conozco a mis ovejas”. Es decir, la Iglesia, el presbítero, los obispos, tienen que conocer el latir profundo del corazón de las personas. Y un bautizado comprometido también ha de saber auscultar el corazón de cada persona.
Encontrar lugar para Dios
Nuestra cultura atraviesa una época de apatía y de contravalores. Más que nunca son necesarios los cristianos comprometidos que sepan ofrecer algo más a la sociedad. La misión de todo bautizado, como apóstol, es aprender, como el pastor, a guiar a las gentes hacia Dios.
A Dios hay que dedicarle tiempo. Vivimos en una sociedad autosuficiente en la que parece que nos arrebatan el tiempo. No podemos permitirlo. Como bien dice el Libro de la Sabiduría, “hay un tiempo para todo”. Hay tiempo para amar, tiempo para trabajar, tiempo para descansar, tiempo para recrear… Desde una perspectiva cristiana, hemos de buscar tiempo para Dios y tiempo para los demás, para los pobres, para ejercer el ministerio de la caridad, y tiempo también para descansar, que es importante.
La nuestra es una sociedad atrozmente competitiva que, además, muchas veces nos quita la paz. Vamos corriendo, tan estresados, que ni siquiera podemos descansar. El hiperactivismo nos quita los espacios de calma, de sosiego, de quietud, para estar con las personas amadas. Más que nunca, necesitamos a Dios y a la comunidad cristiana, porque con ellos podemos nutrirnos y crecer espiritualmente. Jesús nos llama porque conoce a sus ovejas, conoce nuestro corazón.
Doctorado en caridad
La Iglesia se ha de parecer a Jesús en el conocimiento del corazón y del alma. Así como en las universidades se estudian innumerables carreras y másters, en la Iglesia estamos llamados a doctorarnos en ternura, en caridad, en justicia y en amistad. El mundo no nos enseñará esto, el mundo nos enseñará a competir. Tanto, que llegaremos a caer estresados y exhaustos, hasta la depresión. Si reposamos nuestra cabeza en el regazo de Dios, él nos dará una felicidad profunda y duradera. No es cuestión de hacer más o menos, sino de ser conscientes de que tenemos a Jesús, el buen pastor, que nos llevará a comer de estos pastos divinos, su palabra, su evangelio, todo aquello que nutre nuestro corazón.
Llamados a la unidad
Jesús dice que el Padre le ama, él es fiel al Padre y los dos son uno. Estas palabras encierran una dimensión ecuménica. Nos habla de un solo rebaño y, en cambio, ¡cuántas iglesias fragmentadas podemos ver! ¡Cuántas confesiones diferentes! La comunidad cristiana es un rebaño con un único pastor, Cristo. Las improntas personales marcan formas distintas, todas ellas muy dignas, que diversifican el crecimiento de las comunidades, cada cual según su carisma. Pero no olvidemos que tenemos un solo pastor y formamos una única comunidad. Recordar esto nos hará renunciar a aspectos ideológicos que, en el fondo, ocultan un afán de poder y de control. Ojalá todas las parroquias e iglesias sintamos que tenemos un mismo corazón. Es difícil que todas las comunidades sientan el mismo latir de Cristo. Pero, si realmente queremos seguirlo, hemos de sentirnos una misma familia con un mismo pastor.
Arqueólogos del corazón
Para acabar, la palabra conocer en hebreo no quiere decir simplemente conocer de una manera abstracta, sino un conocimiento vital de toda la persona: conocer lo que siente, lo que vive, lo que le duele, lo que le alegra. Los pastores han de ser auténticos arqueólogos del corazón. Profundizan y descubren lo que realmente anhela el hombre postmoderno, que no es la comunicación superficial o distante, incluso virtual, como en Internet, sino la cercanía cálida de alguien, una presencia mucho más potente, que toca el alma. La comunicación humana, de tú a tú, personalizada, es la que llega al fondo del corazón, la que hace aflorar esa capacidad tan grande que el hombre tiene de amar. Sí, el hombre tiene este don y, a pesar de que nuestra cultura, a través de los medios y del cine, quiere convencernos de lo contrario y nos muestra una excesiva violencia, hemos de creer por fe que somos hijos de Dios y que, por tanto, tenemos cosas que nos asemejan a él. Cuando decidimos ahondar en este pozo de misterio que hay en el hombre descubriremos cosas preciosas.
Me decía un amigo filósofo que la distancia más grande entre tú y yo es la dimensión de nuestro corazón, porque todavía no lo conocemos y, sin embargo, lo tenemos dentro. Descubrámonos y no tengamos miedo. Hagamos una gran excursión hacia dentro de nosotros mismos y encontraremos que el hombre, a imagen de Dios, también es capaz de amar hasta dar la vida.
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