2008-06-22

Una llamada a la confianza



12º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A


No tengáis miedo de los que matan sólo el cuerpo, pero no pueden matar el espíritu. Temed más bien del que puede matar tanto el alma como el cuerpo.
Mt 10, 26-33

La confianza, clave en la misión


Después de la elección de los apóstoles, Jesús los instruye y les hace una petición que repetirá tres veces a lo largo de su discurso: No tengáis miedo. En esta frase se encierra una clara petición de confianza en él. Cuando Jesús dice a sus elegidos que no teman, es porque es consciente de que están en los comienzos de su vocación, a punto de iniciar la aventura de su misión. Él confía en los suyos plenamente y por eso les ruega que también confíen en él.

No pueden empezar con dudas ni con temor. Jesús les advierte que no teman, porque Dios siempre estará con ellos. Si ni siquiera un gorrión cae sin que él lo prevea, “vosotros sois más importantes que los gorriones”. Ni un solo cabello de nuestras cabezas cae sin que Dios lo sepa; para él, somos más importantes que todas las aves de la naturaleza. Estamos en sus manos. La confianza está en el centro de la misión. Como Jesús confió en los apóstoles, también confía plenamente en nosotros.

¿Por qué a veces dejamos de confiar? Muchas personas saben dónde está la salvación, incluso rezan y practican religiosamente los preceptos. Saben cómo pueden salvarse y, sin embargo, no se dejan rescatar. Tal vez han llegado a un grado de ensimismamiento tan fuerte que los incapacita para interiorizar en sí mismos, encarnar esa palabra de Dios que ya escuchan y dar el paso que los libere. La confianza es la clave de la esperanza y la alegría. Se alimenta de una oración sincera y ejerciéndola, mediante un obrar coherente y un acto de fe.

Temed aquello que mata el alma


También los avisa: que no teman a los hombres y su rechazo. En el inicio de su andadura caminando a su lado, ellos formarán parte de la gran familia de Jesús y de la futura Iglesia y, como tales, llegarán a ser criticados y odiados por causa de su maestro. Es una llamada a la valentía y a la intrepidez. Son misioneros de su palabra y pueden ser rechazados por la sociedad.

Jesús precisa que no temamos a los hombres que nos puedan impedir o dificultar nuestra misión como cristianos en el mundo. «No temáis a los que matan el cuerpo, sino más bien temed a los que matan el cuerpo y el alma». Nosotros mismos podemos ser el mayor obstáculo para cumplir nuestra misión. Vemos muy claro el peligro que viene de afuera y no siempre vemos el peligro que acecha desde dentro: cuántos cristianos han iniciado su vocación con profunda libertad y alegría y más tarde han caído en la desilusión y la apatía. Esto es todavía más mortífero que la oposición externa, porque la falta de entusiasmo y de fe nos lleva a enquistarnos. Hay que temer más esa lenta muerte del alma que los problemas exteriores.

Cuánta gente vemos caída porque las alas de la alegría se han convertido en lastres, cargados de pesimismo. Cuando dejamos de volar desde la libertad estamos perdidos.

La medida de la autenticidad

La medida de la autenticidad de nuestra vocación es el grado de ilusión y alegría y la capacidad de entrega generosa. Podemos hacer muchas cosas aparentemente buenas, pero si no vibramos y no somos auténticos, finalmente la fe se nos apagará. A veces nos cuesta mirarnos hacia adentro. Decimos que todo lo de afuera nos influye y achacamos a otros la culpa de nuestro malestar. En el fondo, quizás nos falta valor para sincerarnos con nosotros mismos.

Dios apela a nuestra autenticidad. Cuando Jesús dice que si estamos de su parte ante los hombres él también mediará por nosotros ante su Padre, nos está diciendo que la genuina fe se pone a prueba en las dificultades, cuando somos capaces de optar por él y darle prioridad en nuestra vida, por encima incluso de nosotros mismos.

Todo saldrá a la luz

La palabra de Dios penetrará en lo más hondo del corazón humano, aunque éste quiera negarse a recibirla. «Todo lo que os digo al oído, proclamadlo desde las azoteas», sigue Jesús. Todo secreto será revelado y sacado a la luz, y los apóstoles están llamados a predicar la buena nueva, sin doblegarse ante las dificultades. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Jesús permanecerán, aunque causen honda inquietud. El apóstol tiene la misión de pregonar la palabra de Dios y su experiencia cercana con él, y nada ha de impedirlo.

2008-06-15

Una misión sanadora y salvífica

11º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

“”Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis dadlo gratis.”
Mt 9, 9-13

Dolencias de espíritu

Jesús, con mirada compasiva hacia el gentío, pone de manifiesto su misión sanadora. La multitud está hambrienta de paz, de justicia, de esperanza. Jesús percibe en ellos fatiga y desorientación. Están como ovejas sin pastor. Y les da a sus discípulos el poder de curar toda clase de dolencia.

Esa es una misión fundamental del grupo apostólico, ligada a su vocación: sanar, resucitar, salvar. En otro texto leímos que no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. El autor sagrado se refiere a las dolencias existenciales y espirituales, el no tener razones suficientes para vivir y carecer de una visión trascendente de la vida puede llegar a enfermar nuestro corazón lleno de orgullo.

La Iglesia, sanadora

Jesús se da cuenta de que las gentes necesitan un guía que les ayude a orientar sus vidas. Cuántas personas vemos sin norte, y cuántas personas están vacías. La misión de la Iglesia es llenar de contenido esos vacíos existenciales. Jesús es el buen pastor que conduce a su rebaño hacia las verdes praderas del Reino. Encomienda a los suyos que curen y anuncien el Reino. Esta es también la misión de la Iglesia: descubrir de aquello que adolece el ser humano y anunciarle la buena nueva del amor de Dios.

Jesús también nos dice que la mies es mucha y los obreros pocos. “Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Ahora, más que nunca, es necesario que haya cristianos vocacionados y responsables que consagren su vida a dar aliento y fe a los que no tienen. Los cristianos estamos llamados a vivir con entusiasmo ante la desidia que invade nuestra cultura relativista. Estamos tan enfrascados en nuestras preocupaciones que somos incapaces de darnos cuenta de que alrededor nuestro tenemos a mucha gente que sufre y está desorientada. La Iglesia nos pide hoy que trabajemos en su viña, en las parroquias, en movimientos, allá donde estemos; que seamos capaces de sacar nuestro precioso tiempo para dedicarlo a los que más nos necesitan.

Herederos de una misión

Nosotros somos transmisores de ese ímpetu de los apóstoles que tuvieron muy clara su vocación de servicio y de sanación. El autor sagrado se detiene y va enumerando, uno por uno, sus nombres. Esto tiene su importancia, en cuanto a que está dando un relieve especial a los inicios humanos de la misión apostólica, una historia que comenzó con llamadas personales, de tú a tú, a cada uno de ellos. En el centro de esta misión está el servicio, especialmente a los enfermos y a los pobres.

Hoy, Jesús nos recuerda que todos los que celebramos esta eucaristía hemos sido llamados a prolongar la misión de los apóstoles y a dedicar nuestra vida a comunicar la buena nueva.

Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis

Todos hemos recibido el don de la fe gracias al coraje de otros. La muerte y resurrección de Jesús y el inicio entusiasta de los apóstoles nos ha llevado a que hoy estemos presentes celebrando el memorial de Jesús en la eucaristía. Si gratis lo hemos recibido, gratis, y a tiempo y a destiempo, como dice san Pablo, estamos llamados a anunciar la palabra de Dios.

Si la gente se enfría y se aparta de la Iglesia es porque quizás nos está faltando alegría y entusiasmo. Solemos alegar que la sociedad y las ideologías van contra la fe. Pero, aunque haya razones externas que justifiquen ese alejamiento y dificulten nuestra misión, nada nos puede impedir proclamar el evangelio. San Pablo nunca dejó de hacerlo, ni siquiera cuando fue confinado en la prisión por ser cristiano. Como nos recuerda en sus cartas, hemos sido salvados a precio de sangre, por la muerte y el amor de Jesucristo. ¡Nunca lo olvidemos! Dios ha dado lo mejor de sí: su propio Hijo, para que nosotros podamos vivir en plenitud. Y este tesoro no podemos guardarlo para nosotros mismos: el mundo lo está esperando.

2008-06-08

La vocación de Mateo

10º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A

“Vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levanto y lo siguió.”
Mt 9, 9-13

Una pronta respuesta

El autor sagrado nos explica con mucha sobriedad su vocación. Sin embargo, en la respuesta de Mateo intuimos la intensidad de ese encuentro. Bastó una mirada penetrante y convincente de Jesús para que Mateo, el recaudador de impuestos, dijera sí. La sola palabra, “Sígueme”, fue suficiente para que Mateo descubriera la hondura de Jesús y su misión. Dejarlo todo y seguirlo para el publicano significaba empezar una nueva vida. Pasó de ser un frío funcionario, calculador y exigente, a la pobreza de espíritu y a dejarse llevar, caminando junto a Jesús.

Jesús cree en la bondad de toda persona

Por su trabajo, Mateo es una persona que genera rechazo por parte de sus conciudadanos. Para los judíos, resulta detestable, puesto que trabaja colaborando con la fuerza de ocupación romana. Pero esto a Jesús no le importa. Libre de prejuicios, cree en la bondad que todo hombre alberga en su interior y confía plenamente en el nuevo discípulo.

Hoy, Jesús se dirige a todos nosotros, sentados en el banquillo de nuestra apatía, y nos invita a levantarnos para seguirle. Por muchos defectos y pecados que podamos tener, él puede liberarnos de nuestra esclavitud para alcanzar la auténtica libertad: la que nos lleva al compromiso por amor. Jesús cree en cada uno de nosotros.

Quiero misericordia, y no sacrificios

Muchos no entienden que Jesús coma con los publicanos y los pecadores. Ante sus críticas, Jesús responde con las palabras del profeta Oseas: “No quiero sacrificios ni holocaustos, sino misericordia”. Dios no quiere que nos mortifiquemos o que hagamos muchos sacrificios para agradarle. Quiere que tengamos un corazón puro para amar. Dios no desea nuestro sufrimiento; quiere nuestro sí libre para responder a su amor. Los cristianos hemos de aprender a tener un corazón misericordioso como el de Dios, así nos lo revela Jesús.

El Dios de Jesús no es un juez implacable que se complace condenando, sino un Dios que desborda amor. Hemos de aprender a dejar de ser tan duros y exigentes con los demás, porque Dios quiere a su criatura por encima de sus defectos, incluso de sus pecados. Dios no exige, sino que mendiga nuestro amor.

La fuente de nuestra salud

“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos”. Jesús responde así a la rigurosidad de los fariseos, desconcertándolos. Con esto, se refiere a la salud del alma. ¡Cuánta gente hambrienta de amor, de paz, de esperanza hay en el mundo! La encarnación de Jesús no busca otra cosa que darnos una razón de vivir, pese a nuestras carencias. Él es nuestra salud espiritual.

Dios cuenta con nosotros

Dios nunca se cansa de contar con nosotros para su tarea salvífica. Hoy nos pide que vayamos tras él y nos convirtamos en apóstoles. Como llamó a Mateo, también nos llama sin cesar. Cada cristiano es llamado a una misión, de forma personal. En algún momento de nuestra vida, si sabemos estar atentos, Dios nos mirará a los ojos y nos invitará a seguirle.

¿A qué nos llama? Cada cristiano, allí donde esté, tiene una misión que cumplir. Vivimos en un mundo hermoso, pero oscurecido por muchas tinieblas –el afán de poder, la violencia, la guerra… Los cristianos estamos llamados a ser luz. Cada uno de nosotros tiene el cometido de ser candela y pequeña fogata que ilumina el mundo y las personas a su alrededor. Nuestra pequeñez y nuestros fallos no son un obstáculo para esta misión, porque la luz que alumbra en nosotros viene de Dios.

El mundo de hoy necesita, más que nunca, de muchas personas valientes que sepan decir sí.

2008-06-01

Cristo, fundamento de nuestra vida

9º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
Mt 7, 21-27
“No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.

Encarnar las palabras

Las palabras de esta lectura evangélica corresponden al final del sermón de la montaña. Jesús nos llama a la autenticidad. Nos recuerdan las palabras de Benedicto XVI a los cristianos de hoy: no es suficiente con asistir a misa para salvarse. O las palabras de San Pablo en su carta a los corintios: aunque hablara la lengua de los ángeles, aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, nada tengo.

El origen de nuestro amor es Cristo. Él es nuestro fundamento. Más que sus palabras, su misma persona. Jesús incluso dirá, radicalizando su discurso: “Aquel día muchos dirán: Señor, hemos predicado en tu nombre y en tu hombre hemos hecho milagros. Y yo les diré: No os conozco. Apartaos de mí”.

Conocer a Jesús no consiste sólo en escuchar su palabra o en obedecerla. Conocer a Jesús es vivir de su palabra y encarnarla en nuestra vida. Jesús nos pide algo más que un servilismo religioso y una adhesión ritualista; nos pide que vivamos de él y que nos convirtamos en otros cristos en medio del mundo.

Fundamentos sólidos de nuestra existencia

En la parábola del hombre prudente que edifica sobre roca pueden verse reflejadas muchas personas que han sabido construir su vida a partir de la roca firme, que es Jesús. La alegoría va aún más allá de esa expresión. Nos hace meditar si hemos sabido levantar nuestras vidas en el fundamento de nuestra fe. Nos interpela a ser capaces de construir una Iglesia sólida que sabe desafiar los contratiempos. Y también nos cuestiona si hemos sido capaces de levantar una humanidad basada en profundos valores religiosos. Las personas que saben vivir de Dios y lo convierten en el centro de su existencia han sabido sobreponerse ante las riadas y contradicciones del mundo. Si reconocemos y enraizamos nuestra vida en el mismo corazón de Cristo, no hemos de temer a nada ni a nadie.

Edificar sobre arena

Pero el necio no logra mantener su vivienda sólida porque ha construido sobre la arena de la indiferencia, las ideologías y el orgullo de la vanagloria. Lo que se construye poniendo únicamente al hombre como fundamento acabará por destruirse, porque la falta de la dimensión trascendente hará que en su vida nada se aguante. Aquel que construye sobre arena ha caído en la ideología del relativismo —todo vale, nada es absoluto, todo es efímero—. ¿Cómo puede sostenerse algo sobre este fundamento?

Ahora nos preocupamos porque vemos a mucha gente alejada de la Iglesia, y es natural; hemos de hacer lo posible por acercarla y darle un motivo de esperanza. Pero no hemos de olvidar que los que estamos y seguimos dentro de la Iglesia hemos de procurar que nuestros cimientos nunca se debiliten. La comunión, el amor y la fidelidad forman la argamasa que consolida nuestra fe en Dios y en la Iglesia. Nadie se enfría si realmente está unido a Cristo.

No caigamos en la vanagloria

Queremos hacer muchas cosas buenas y a veces caemos en el hiperactivismo, incluso pastoral. “En tu nombre hemos hecho muchos milagros”, claman los hombres de la parábola evangélica. Quizás, inconscientemente, nos motivan el orgullo y la vanidad y toda esa proyección es nuestra obra antes que la obra de Dios. Por eso Jesús dice: “No os conozco”.

No olvidemos nunca que lo más importante es entrar en esa esfera íntima con Dios a través de la oración y la comunión con la Iglesia. Nuestra oración tal vez está llena de nuestra voz, pero nos falta escuchar más. Orar es un diálogo íntimo con el amigo que ocupa nuestro corazón. Sabemos dirigirnos a Dios y sincerarnos con él, pero… ¿sabemos escucharle? ¿Sabremos oír lo que él quiere para nosotros? Y si lo escuchamos, ¿sabremos acoger su mensaje? A eso se refiere Jesús cuando dice que se salvará “aquel que cumple la voluntad de mi Padre”.

Lo importante no es sólo lo que hacemos, sino lo que dejamos que Dios haga en nosotros. Sólo abandonados totalmente en Dios la fe de nuestra vida se mantendrá firme.

2008-05-25

Corpus Christi, el alimento del amor

Ciclo A

Jn 6, 51-58
“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, para dar vida al mundo”.


Celebramos hoy la fiesta del Corpus, un acontecimiento central para la vida cristiana. La festividad del Corpus Christi nos hace reflexionar sobre el valor intrínseco de la eucaristía, como presencia palpable de Dios entre nosotros.

La eucaristía, esencial en la vida cristiana

La eucaristía es el gesto sublime de entrega de Jesús. Participar en ella nos ayudará a vivir nuestra vida de una manera “eucarística”, es decir, dándonos a los demás. Para los cristianos, la eucaristía es esencial; es el alimento que nos hace crecer espiritualmente.

Hemos de descubrir la importancia de la eucaristía. Es mucho más que un rito o un precepto a cumplir. Es una invitación a vivir la presencia de Cristo en nuestra vida. Cuántas veces venimos a misa porque toca, por costumbre, o porque en un momento dado nos ayuda y nos proporciona consuelo. El auténtico cristiano sabe centrar su vida entorno a la eucaristía.

Muchos dicen que creen en Dios y no necesitan de la misa, o de la Iglesia y los sacerdotes. El cristiano que cree de verdad que Cristo es el pan bajado del cielo y lo toma compartido en la eucaristía es aquel que realmente quiere vivir su fe de manera auténtica y sincera. Qué lejos están, incluso muchos cristianos, de entender la importancia del encuentro con Cristo sacramental. Hasta los que suelen venir a misa caen en la inercia de la rutina, sin llegar a ahondar en el valor religioso que tiene nuestra participación en la eucaristía. Otros le quitan importancia pues creen que no es esencial. Pero el evangelio de hoy nos recuerda que “El que toma mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna”.

Jesús, el pan de vida

El evangelio de Juan alude continuamente a la eucaristía. Jesús nos dice que se hace pan para que podamos tomarlo y tener vida eterna. También podríamos decirlo al revés: el que no come el pan y no bebe la sangre de Cristo, el que no participa plenamente de la eucaristía, no tendrá vida perdurable, y su vivencia cristiana se irá apagando. Cristo habita en aquel que toma su cuerpo.

Saciar el hambre del mundo

La plenitud del cristiano es llegar a vivir su vida como Jesús, convirtiéndose en pan para los demás, alimentando y dando esperanza a aquel que está vacío y nada espera. Nuestro desprendimiento nos ayudará a identificarnos con el Cristo resucitado, hecho pan, que se da a todos nosotros.

En la festividad del Corpus, adoramos y veneramos la sagrada Hostia y paseamos por nuestras calles y plazas al “Amor de los amores”, aquel que dio la vida para rescatarnos y nos da la fuerza para levantarnos y que podamos caminar con él.

El mundo necesita más que nunca el pan de Cristo. Ojalá los cristianos nos convirtamos en custodias vivientes, es decir, en Cristos en medio del mundo. Sólo así el mundo dejará de tener hambre, pues aquel que lo puede saciar es Cristo.

El sentido de la adoración

La adoración ante el Santísimo Sacramento significa reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez. Nos hace darnos cuenta de que sin Dios no somos nada. Con Jesús de Nazaret, Dios también se arrodilla ante su criatura para levantarla, no para esclavizarla ni convertirse en su juez, como nos recuerda el evangelio: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo”.

Benedicto XVI, en su homilía de Corpus de este año, nos recuerda que el mejor antídoto contra las idolatrías es la adoración a Jesús. Sólo a él hemos de adorar. Arrodillarnos ante él también implica no adorar a ningún otro poder terrenal. Sólo en Dios está la fuente de nuestra felicidad.

2008-05-18

La Trinidad: Dios es comunicación

Ciclo A
Jn 3, 16-18
“Tanto amó Dios al mundo que ha dado a su hijo único para que no se pierda ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

La liturgia de hoy nos invita a profundizar en el núcleo de la fe cristiana: la Trinidad, la revelación de un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dios de Jesús es un Dios abierto, cercano, un Dios que se comunica y que vive una relación apasionada con sus criaturas.

Dios Padre, el Creador

Dios Padre es el Creador que nos regala la naturaleza, nuestro hábitat, el espacio donde vivimos y respiramos. También nos regala la misma existencia. Dios es creativo; ha puesto todo su ingenio amoroso al servicio del ser humano para propiciar su desarrollo y su crecimiento. Los cristianos hemos de aprender de la capacidad creadora de Dios abriendo espacios de cielo a nuestro alrededor, ajardinando la Creación. Dios nos ha puesto en medio del mundo para que lo transformemos y hagamos de él un lugar donde podamos vivir llenos de amor y concordia.

La primera persona de la Santísima Trinidad también es generosidad. Podemos verlo expresado en el evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que ha dado a su hijo único para que no se pierda ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

Podríamos decir que Dios Padre nos regala el don de su Hijo para que alcancemos la felicidad plena. El Padre se desprende del Hijo, incluso asumiendo el sacrificio y el dolor, para rescatar a toda la humanidad. A diferencia de otras religiones antiguas, no son los adoradores quienes rinden culto a Dios ofreciendo sacrificios, sino el mismo Dios quien se ofrece a si mismo por sus criaturas. Como un padre o una madre amorosa, da toda su vida por amor a sus hijos. Este gesto de donación del Padre nos ayuda a darnos cuenta de que hemos de aprender a dar lo mejor que tenemos y somos, siempre para el bien de los demás.

El Hijo

El Hijo, la segunda persona de la Trinidad, es el verbo encarnado, la palabra de Dios viva en Jesús. El Hijo es comunicación. Los cristianos estamos llamados a participar de su gran misión: saber encarnar el amor de Dios hacia todos los hombres. Los cristianos somos también palabras encarnadas y hemos de vivir según la palabra de Dios.

Jesús también es donación; se entrega a sí mismo hasta la muerte por amor. Nos enseña el amor sin límites hasta dar la propia vida por los demás. Es la imagen pura de la oblación, la entrega por amor y fidelidad a Dios.

La fuerza de Dios

El Espíritu Santo es la fuerza que nos hace salir de nosotros mismos. Es libertad, es belleza. Nos ayuda a dar sentido pleno a nuestra vida cristiana. El Espíritu Santo es el que impulsó a los apóstoles a salir más allá de su tierra judía. En el Espíritu hallamos el don de la sabiduría y del discernimiento. Nos empuja a ser Iglesia, comunidad en medio del mundo.

La madurez cristiana

El cristiano culmina su madurez cuando vive plenamente su relación con el Dios trinitario. Ha de ser creador, como el Padre; ha de contribuir a la redención humana, como el Hijo, y debe ayudar a liberar de sus esclavitudes a las gentes que viven al margen de Dios.

No podemos considerarnos adultos como cristianos hasta que no vivimos intensamente las diferentes dimensiones en nuestra relación con Dios. Sentirnos unidos a un grupo o a una comunidad es fundamental. Sin nuestra vertiente eclesial y apostólica no podremos alcanzar esa madurez, esa opción comprometida que nos llevará a anunciar la buena nueva a todo el mundo.

Muchas personas viven bien las primeras fases de su fe: rezan a Dios Padre, van a misa y participan en los actos litúrgicos. Pero se quedan ahí. Les falta el sentido de pertenencia a una comunidad y su compromiso de acrecentarla a través de su vinculación a algún grupo pastoral.

Los cristianos no somos meros consumidores de sacramentos, ni podemos limitarnos a buscar en la fe consuelo y apoyo moral. La nuestra es una fe de alegría y pasión, que conlleva una vocación a ser misioneros incansables, como los mismos apóstoles. La buena noticia que hemos recibido es mucho más que un soporte espiritual: es luz y llama que nos quema por dentro y que hemos de transmitir al mundo. Sólo comunicando esta gran nueva nos sentiremos vivos y podremos palpar que la Iglesia está viva en nosotros.

2008-05-11

Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia

Ciclo A
Jn 20, 19-23
“Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

El estallido del Espíritu

Hoy estamos aquí reunidos, celebrando la fiesta de Pentecostés, porque un día ocurrió un acontecimiento que daría lugar al nacimiento de la Iglesia: la irrupción del Espíritu Santo sobre los apóstoles.

La onda expansiva de esta vivencia espiritual llega hasta nosotros gracias al testimonio y al coraje de los primeros apóstoles. Sin su fe ardiente y su celo apostólico, no estaríamos celebrando hoy el sacramento de la presencia viva de Cristo.

Somos parte de una comunidad

Si para la formación del cristiano es bueno fortalecer la relación íntima con Dios a través de la oración, como Iglesia necesitamos fortalecer el vínculo con el Espíritu Santo, que es el que, en definitiva, nos hace sentirnos vivos dentro de ella. Conviene que los cristianos pensemos en qué medida nos sentimos Iglesia, miembros activos de la gran corporación de Cristo.

Los cristianos hemos de aprender a fortalecer los lazos entre nosotros, como comunidad. No somos pequeñas islas hambrientas de trascendencia; somos cuerpo de Cristo, somos hermanos. Estamos llamados a vivir la plenitud de la comunión dentro de la Iglesia.

La Iglesia es el espacio privilegiado donde podemos enriquecernos como familia de Dios. Del individualismo hemos de pasar a formar parte de una familia comprometida al servicio del anuncio gozoso de la buena nueva.

Nos une la misión

Con la Iglesia nace el sentido de la misión y la apostolicidad. El proceso de madurez espiritual del cristiano culmina en un profundo sentido de pertenencia y en el compromiso que se deriva de ésta.

A veces los cristianos somos buenos cumplidores del precepto, pero damos la impresión de querer ganar méritos personales para alcanzar la gracia, despreocupándonos de los demás. Podemos caer en el riesgo de mercantilizar nuestra relación con Dios: yo te doy, tú me das, y de centrarla en nuestras necesidades personales. La plenitud del cristiano pasa por la conciencia plena de ser no sólo receptor, sino transmisor de la experiencia viva de Dios.

Espíritu de unidad

¿Por qué vemos tantas iglesias vacías, o comunidades tan reducidas? Quizás por una pérdida de confianza y de valor. La Iglesia, ahora más que nunca, necesita de cristianos convencidos, auténticos, que descubran que vivir su fe implica abrir toda su vida a Dios, y no sólo en los momentos litúrgicos. Somos cristianos dentro y fuera del templo; en misa y en el trabajo; en la calle y en nuestros hogares. Si ya en el ámbito familiar vemos la necesidad de fortalecer los vínculos de sangre y notamos cuándo éstos se debilitan o se fracturan, provocándonos una gran soledad, lo mismo sucede con la Iglesia. Lo que nos une es más que la sangre: es el Espíritu de Dios. Él sella nuestro amor con Dios. Sin el Espíritu Santo, ni siquiera podríamos sentirnos cristianos.

Todos hemos de trabajar por la unidad de los cristianos. Benedicto XVI trabaja con tenacidad para unir iglesias y confesiones religiosas diversas. La unidad es un don del Espíritu Santo. Somos del único Cristo. Tenemos una sola fe. Siendo plenamente conscientes de esto podremos superar las barreras que dificultan la comunión.

Fiesta de la comunicación

Pentecostés es también la antítesis de Babel. El mito bíblico nos muestra al hombre que, en su orgullo, quiere sobrepasar a Dios o incluso colocarse en su lugar. Pero la falta de entendimiento con los demás le impide realizar sus planes. En cambio, Pentecostés es la fiesta de la comunicación, del lenguaje que todos entienden y que nos ayuda a alcanzar a Dios. Es cierto que en la Iglesia hemos de hacer un gran esfuerzo por adaptar nuestro lenguaje y hacer comprensible la palabra de Dios. Pero no olvidemos que tenemos un lenguaje común y universal, que siempre es comprendido: el lenguaje de la caridad.

2008-05-04

La Ascensión de Jesús

Ciclo A

“Id y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
La Ascensión de Jesús

Jesús encomienda una misión a los suyos

Con la ascensión a los cielos se culmina la misión terrenal de Jesús. Hoy celebramos que Jesús trasciende de la temporalidad para albergarse, por siempre, en nuestro corazón.

La ascensión de Jesús ante sus discípulos ocurre en Galilea, su lugar ordinario de trabajo y de predicación. Será un momento clave que dará comienzo a la misión de la Iglesia, que eclosionará más tarde, en Pentecostés.

Jesús los reúne a todos como en la cena pascual para volver a darles una consigna: Id y haced discípulos míos a todas las gentes, por todo el mundo, en el nombre de la Trinidad. Después de las experiencias de encuentro con el resucitado, los discípulos ya están preparados. Han alcanzado la madurez para convertirse en auténticos transmisores de la buena noticia. Han dejado de ser hombres y mujeres inseguros y temerosos para pasar a ser audaces predicadores.

Jesús los envía a anunciar su mensaje, a bautizar y a guardar sus mandatos, pero no sin antes enviarles el Espíritu Santo, la fuerza de Dios. Sólo la recepción del Espíritu permite entender la enorme repercusión de su mensaje, que ha llegado hasta nuestros días. Aquellos hombres vacilantes, aventados por el Espíritu, se convierten en llamas vivas.

Los cristianos, misioneros

Hoy, la Iglesia también nos envía a ser transmisores del Reino de Dios. El cristianismo no se culminaría sin esta dimensión misionera. Muchos cristianos participamos de la liturgia, incluso tenemos buena formación doctrinal y moral, pero nos falta la dimensión apostólica. No somos del todo Iglesia hasta que no nos abrimos de verdad y de todo corazón al soplo del Espíritu. Él es quien nos empuja a la misión y quien nos mantiene unidos, conscientes de ser comunidad, Iglesia. Sin esta vocación evangelizadora difícilmente podremos llevar a cabo el cometido al que todos estamos llamados: comunicar la buena nueva de Cristo a todos los hombres de nuestro tiempo.

Nos lamentamos de que las parroquias se vacían, y los que vienen son personas mayores. Sin la fuerza del compromiso y sin una apertura real al Espíritu Santo será muy difícil que la Iglesia avance. Más que nunca, ahora nos falta tenacidad. En una sociedad a menudo contraria a las ideas evangélicas, hemos de ser consecuentes con nuestro compromiso de fe ante el mundo. La Iglesia estará siempre viva en la medida en que cada uno de nosotros se sienta vivo dentro de la Iglesia. Ha llegado la hora de despertar.

Formamos parte de la empresa de Dios

Cuántos recursos publicitarios invierten las empresas por colocar un producto en el mercado. Cuántas sumas se emplean por hacerlo llegar a todo el mundo, incluso hay una ciencia para ello. Si para vender cualquier objeto se hacen enormes esfuerzos, ¿cómo no vamos a luchar los cristianos por hacer llegar nuestro gran “producto” al mundo? Este producto es el evangelio: palabra de Dios que libera, da paz, alegría y profundidad a nuestra existencia.

Todos los bautizados que nos sentimos familia de Cristo formamos parte de la gran empresa de Dios en el mundo. Ojalá nos creamos la gran noticia del amor de Dios y seamos capaces de anunciarla con todas nuestras fuerzas. Los cristianos de hoy también hemos recibido el don del Espíritu Santo, ¿qué más necesitamos? Tenemos la suficiente energía, formación, creatividad y libertad para esparcir el Reino de Dios en el mundo y hacer crecer en las personas lo mejor que llevan dentro.

2008-04-27

Yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo

6º Domingo de Pascua –A–
“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi
Padre y yo también lo amaré, y me revelaré a él”
Jn 14, 15-16

El amor se traduce en unión

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Jesús, en la vigilia de su muerte, abre su corazón y comunica a los suyos cosas importantísimas para ellos y el futuro de la Iglesia. Amar implica adherirse totalmente a las palabras de Jesús. El concepto de mandamiento, en la cultura semita, no es tanto una obligación o una orden que hemos de obedecer, como una urgencia, unas palabras o hechos de vital trascendencia.

Jesús exhorta a los suyos a guardar sus mandamientos. ¿Cuáles son estos mandamientos? Se refiere al mandamiento del amor: amad como yo os he amado; a la petición de ser uno con el Padre, como él, y a ser perfectos en el amor como el Padre lo es. Son consignas definitivas para el cristiano, y de éstas se derivan otras: ama a tus enemigos, haz el bien incluso a quien te persigue, no juzguéis y no seréis juzgados…

Especialmente, Jesús nos pide que seamos unos con él. El pequeño grupo de los apóstoles creció con toda su potencia porque se mantuvo unido y en comunión. Si amar nos cuesta, mantenernos unidos y buscar la perfección son retos aún mayores, pero fundamentales para nuestro crecimiento personal y para la cohesión como Iglesia.

El Espíritu Santo, fuerza que aglutina

Jesús continúa: “Le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. Sabe que el impacto de su muerte puede desorientar y entristecer a los suyos, y les dice que intercederá al Padre por ellos, para que les envíe al Consolador que siempre los acompañe. Quizás sin la fuerza del Espíritu Santo, como veremos en Pentecostés, el grupo nunca se hubiera aglutinado. Era necesaria su presencia, que llenó de coraje a los discípulos para empujarles a salir en misión.

Con la recepción del Espíritu Santo, los apóstoles tienen muy claro que Dios está con ellos. “Yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros”, dice Jesús. Esa triple unión actúa como correa de transmisión que los lanzará al mundo a evangelizar.

Con estas palabras, el autor sagrado se refiere al misterio insondable de la Trinidad, el mismo corazón de Dios. Está aludiendo al Padre creador, al Hijo, la palabra encarnada por amor, y al Espíritu Santo, que es la fuerza y el compromiso.

El Hijo, transparencia del Padre

Los mandamientos no sólo deben ser guardados como un precioso legado espiritual, sino que los cristianos hemos de cumplirlos, vivirlos y sentirlos, hasta hacerlos carne de nuestra carne. Sólo de esta manera estaremos unidos a la propia Trinidad. Sólo cuando amamos de verdad el amor del Padre y del Hijo también llegará a nosotros, y el Hijo se revelará en toda su plenitud.

El Hijo es la transparencia del Padre, la manifestación plena y total de Dios. Los cristianos no necesitamos nada más. Tenemos suficientes argumentos, como bien dice san Pedro en su carta, para dar razón de nuestra esperanza. Cada domingo, el pan sacramentado que comemos es suficiente motivo para hacernos estallar de alegría y empujarnos a nuestro trabajo misionero de anunciar a Cristo resucitado.

Vivir con hondura los sacramentos

¿Qué nos ocurre? Sucede que, por rutina, por haber caído en una práctica religiosa ritualizada e inmersa en nuestra cultura, nos cuesta vibrar ante el sacramento. Hemos envuelto tanto el regalo que no acabamos de encontrarlo bajo las capas que lo recubren. Venimos a misa casi por inercia, por costumbre o por sentido del deber, pero no somos totalmente conscientes de lo que hacemos. Tal vez sí lo sabemos, pero no experimentamos en nuestro interior este amor inmenso de Dios que se nos entrega. No captamos la trascendencia, nos falta alegría. Nos quedamos en el mero gesto, pero no ahondamos lo bastante en su significado. Y de ahí que nuestras liturgias, faltas de esa vivencia, corran el riesgo de convertirse en ritos vacíos.

No se trata de culpar a la liturgia o de eliminar su solemnidad. Los ritos son necesarios para las personas. Un regalo tan grande merece un buen envoltorio. Pero no podemos quedarnos en él. Nuestra religión, antes que una doctrina, es una vivencia. Nace de la experiencia de Jesús resucitado, transmitida por los apóstoles, que todos estamos llamados a revivir. El Espíritu Santo, que Jesús envió sobre los suyos también sopla sobre nosotros. Si lo acogemos en nuestro interior, nos hará renovar esa experiencia, capaz de transformar nuestras vidas. Dos mil años después, los cristianos formamos parte de la misma familia espiritual que los apóstoles. También estamos llamados a cumplir los preceptos de Jesús y a ser uno, con él y con el Padre.

2008-04-20

Yo soy el camino, la verdad y la vida

5º Domingo de Pascua –A–
Jn 14, 1-12
“Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, también conoceréis al Padre”


No temáis
Esta lectura del evangelio debemos situarla en el contexto de la última cena de Jesús con sus discípulos, antes de su pasión. Forma parte del llamado discurso del adiós y, con estas palabras, Jesús se está despidiendo de los suyos y dejándoles su legado espiritual.

“No tiemble vuestro corazón”, comienza diciendo. En los momentos más difíciles, Jesús nos pide que seamos fieles y nos mantengamos firmes. Él es la roca en la que se asientan nuestras convicciones. Nos pide tener valor en medio de las adversidades.

Creed en mí

Y no sólo esto, sino que también nos pide que creamos: “Creed en Dios, y creed también en mí”. Es en los momentos de dolor, de sacrificio y de prueba, cuando más podemos profundizar en nuestra fe. Es entonces cuando hemos de creer con más fuerza, y no porque Dios nos vaya a rescatar del sufrimiento o del miedo, sino porque nos ama y siempre está a nuestro lado. Sólo desde la fe podremos dar un sentido a todo cuanto nos sucede.

“Creed en mí”, dice Jesús. Nos está hablando de su figura y nos pide fidelidad total a su persona, como imagen viva del rostro de Dios. Nuestra vida como cristianos pasa por esa adhesión a Cristo, vivida en el seno de la Iglesia. Nuestra fe no es una fe desencarnada en un Dios abstracto y puramente espíritu: creer en él significa poner en Cristo nuestra esperanza, creer en sus palabras, en su anuncio y en todo cuanto hizo. Pues “El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras”. Jesús y el Padre son uno.

Dios nos reserva un lugar

“En casa de mi padre hay muchas estancias”, sigue Jesús. Su deseo es llevarnos a todos hacia el Padre. Es el puente, el hermano mayor que nos lleva de la mano. Y el Padre nos tiene ya reservado un lugar en su corazón, junto a él. Pero, antes de llegar al cielo definitivo, los cristianos ya tenemos un lugar: la Iglesia. Nuestro hogar es la comunidad, la familia de Dios. Él desea ardientemente acogernos y la Iglesia en la tierra son sus brazos, que se tienden a todos.

Buscando el camino

Tomás, el apóstol, duda y pregunta a Jesús. “Señor, ¿cómo podemos saber el camino?”. Jesús le responde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Muchos cristianos, como Tomás, siguen buscando el camino. Han nacido en una cultura cristiana, han vivido formando parte de la Iglesia, pero no encuentran el camino. Como Felipe, han estado con él y aún no lo ven. Jesús insiste: “Quien me ve a mí ve al Padre”. Pero, a veces, nos cuesta abrir los ojos.

Los cristianos de hoy tenemos el deber de autoevangelizarnos y recuperar nuestro norte. Si perdemos a Cristo como referencia y centro de nuestra fe, hemos perdido el camino. La Iglesia nos lo señala continuamente, pero a menudo nos perdemos en el laberinto del propio yo, en discusiones y enfrentamientos inútiles.

Reflejar el rostro de Dios

Ver a Jesús es ver a Dios. Hoy, ver a la Iglesia es ver a Dios. Por eso los cristianos hemos de reflejar ese rostro amoroso del Padre. Hemos de ayudarnos y ayudar a otros a encontrar el camino. Tenemos un enorme potencial, el don del Espíritu Santo, que nos capacita para recrear la vida de la fe.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Jesús no es sólo un guía: es el mismo camino, el único que nos lleva a Dios. Sus palabras, su testimonio, su vida, nos conducen directamente al Padre. Observemos que Jesús no dice que es “un” camino, sino “el” camino. Tampoco es una verdad, ni nos dice que hay muchas verdades, sino “la” verdad, la única que ilumina nuestra existencia y nos lleva a la felicidad auténtica. Y la vida de Jesús, que hemos de reproducir los cristianos, es la vida que realmente vale la pena. Cada cristiano es fuente de esa vida de Dios.

La reflexión que ha de despertar en nosotros el evangelio de hoy es ésta. Como Jesús, todos estamos llamados a ser camino que lleve a Dios, verdad que ayude a discernir y vida para los demás. De aquí, caminaremos hacia el cielo, convirtiendo una parcela de este mundo en pequeño Reino de Dios.

2008-04-13

El buen pastor

4º Domingo de Pascua –A–
Jn 10, 1-10
“Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voy, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando las ha sacado todas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz…”


La comparación de Jesús con el buen pastor recoge una tradición del profetismo y el Antiguo Testamento: el buen pastor es la imagen del líder para su pueblo. Pero en Israel también hubo falsos profetas que alejaban el rebaño de Dios y lo confundían. Aludiendo a ellos, Jesús hace una crítica a los líderes del pueblo –los fariseos, los sacerdotes– que se aprovechan de las gentes sencillas y las oprimen: “haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen”, dice en una ocasión.

El evangelista hace un retrato de lo que tiene que ser un buen pastor, que vemos culminado en la persona de Jesús.

La puerta de la libertad

Jesús reúne todas las características para liderar y dirigir a su pueblo. Pero no hay en él un afán de poder ni de dominación de las masas. Jesús siempre respeta la libertad.

El buen pastor entra por la puerta, no salta por la ventana como lo haría un ladrón. Jesús tiene muy claro que ha de entrar por la puerta de la libertad de cada persona para ofrecerle la buena noticia de Dios. No fuerza ni violenta a nadie. La libertad es fundamental en su apostolado.

Las ovejas conocen su voz

Las ovejas conocen su voz. Es una voz que transmite calidez, cuidado, solicitud. Reconocen su voz porque saben que él quiere lo mejor para ellas. Jesús no es un extraño, sino alguien cercano que las saca del aprisco para alimentarlas. Así, los cristianos sabemos que Jesús llama con suavidad a nuestras puertas para ofrecernos el alimento que ansía nuestro corazón.

Reconocer la voz es más que conocer el sonido: significa identificarse con él. Los cristianos hemos de saber identificar la voz de Cristo en la Iglesia y en aquellos que hablan en su nombre. Muchas voces son manipuladoras, ambiguas y engañosas. Prometen falsos cielos, pero están cargadas de ambición y orgullo. El cristiano ha de tener capacidad de discernimiento para saber lo que viene de Dios.

Las llama por su nombre

La lectura sigue: el pastor saca afuera a las ovejas, las llama por su nombre y se pone delante de ellas para guiarlas hacia los verdes pastos.

Para Jesús, tan importante como la libertad es personalizar la relación. El rebaño no es una masa anónima; cada persona tiene su nombre, su vida, su historia. Sólo conociéndola a fondo se puede establecer una relación de confianza, de guía y dirección. Llamar a las ovejas por su nombre es saber realmente cómo es cada una. Por esto la Iglesia ha de ser experta en antropología y en humanidad, ha de conocer lo que se juega en el corazón humano y saber cómo responder a sus anhelos más profundos.

Las conduce a buenos pastos

El pastor se sitúa delante de las ovejas para que no se pierdan. No lo hace para mandar y someterlas, sino para conducirlas y orientarlas, como un guía. Y las lleva a los pastos para alimentarlas. Sólo Cristo nos puede dar el alimento de Dios. Para los cristianos, ese alimento es el pan de la eucaristía.

“Yo soy la puerta”, insiste Jesús. Él es nuestra entrada en ese recorrido hacia Dios, es el puente tendido entre nosotros y Dios. La entrada quizás sea estrecha e implique un proceso de exigencia, depuración interior y sacrificio. Pero, una vez pasemos al otro lado, podremos contemplar la belleza de otro paisaje: el del cielo, un mundo transformado por el amor. Para los cristianos, nuestra entrada a la Iglesia, pueblo de Dios, es el bautismo, que nos ha de llevar a la conversión y a vivir el ágape eucarístico.

Jesús ya no sólo será la puerta, sino el mismo alimento. El buen pastor acaba siendo cordero, es llevado al matadero y dará su vida por las ovejas.

Los cristianos, llamados a ser buenos pastores

Dios quiere que vivamos en plenitud: “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia”, dice Jesús. Esto ocurre cuando abrimos nuestras puertas para que él entre y cuando también sabemos abrirnos a los demás. Vivir en abundancia es vivir generosamente, entregando nuestro amor a los demás.

Nosotros, como cristianos, también hemos de ser pequeñas puertas para que otros puedan entrar a la vida de la fe. Nos hemos de convertir en buenos pastores que ayuden a la gente a discernir sobre sus vidas para que se acerquen a Dios. Esto, siguiendo fielmente el criterio de Jesús y las enseñanzas de la Iglesia, sin dejarnos contaminar por ideologías y sin pretender llevar a la gente a nuestra propia causa, para servir a nuestros intereses o nuestra vanidad.

Nuestra misión es llevar a la gente a la Iglesia y a Dios, no a nosotros mismos. Trabajamos con y para el único pastor y la única causa: Jesús de Nazaret.

Cuánta gente en el mundo busca un consejo adecuado, un sentido a su vida, consuelo y apoyo. Cuánta gente busca a Dios, y corre el riesgo de perderse ante mil puertas que se abren, incitantes: las puertas de la frivolidad, el egoísmo, falsos paraísos… y tantas otras. La única puerta que nos hará felices es Jesús, que nos lleva al corazón de Dios.

2008-04-06

Jesús, compañero de camino

3 Domingo de Pascua. Ciclo A.
Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron
Lc 24, 13-35

Jesús sale a nuestro encuentro

Las secuencias de las apariciones de Jesús resucitado van sucediéndose en aquel día primero de la semana. Esta vez son dos los testigos, discípulos que caminaban hacia un pueblo llamado Emaús. Por el camino van conversando, abatidos y desencantados, y discuten, tratando de comprender lo que ha ocurrido con su Maestro. Es entonces cuando un desconocido interviene en su conversación.

Jesús siempre sale a nuestro encuentro. Cuando estamos tristes y consternados, va en busca de nosotros. Cuando dudamos y nos sentimos desamparados, busca la manera de hacerse el encontradizo en nuestras vidas.

Los dos discípulos comentan con el forastero lo sucedido en Jerusalén. Hablan de Jesús, a quien llaman profeta, crucificado y muerto. Y mientras conversan, el caminante va iluminando su corazón, explicándoles las Sagradas Escrituras desde Moisés hasta los profetas, indicando todos los lugares que se refieren a él.

Jesús instruye

En el camino hacia Emaús, Jesús hace de catequista con aquellos dos discípulos desorientados. Paciente, camina a su lado, mientras les va explicando. Este camino es paralelo al catecumenado que una persona recorre hasta convertirse. De la oscuridad de la duda, se llega poco a poco a la claridad. Las Sagradas Escrituras son fundamentales para entender el misterio de la revelación cristiana. Jesús recoge la tradición de la ley judía y de la Torah, parte de sus raíces. Pero ya no se presenta como otro más entre los profetas. Jesús es mucho más que ellos, más que Moisés y David. En él se culminan las profecías del Antiguo Testamento. Los profetas anunciaban una promesa: él es el cumplimiento de esa promesa de Dios.

Cuando llegan a Emaús, los dos hombres invitan al desconocido a quedarse con ellos. Y le insisten: “Quédate con nosotros”. En esa petición, ya se atisba un latido de esperanza. Los discípulos comienzan a despertar.

Qué importante es acoger tanto las instrucciones como al propio instructor. Para que se dé una sintonía entre Dios y nosotros ha de haber ese deseo ardiente, esa petición: quédate con nosotros. Los cristianos hemos de dejar que Dios nos acompañe, que la Iglesia nos instruya, y abrir las puertas de nuestro corazón a Jesús. Sólo de esta manera pasaremos a otra fase espiritual, a un nivel más elevado: nuestra participación en el ágape de la eucaristía.

Compartir y anunciar

El momento de reconocimiento pleno llega cuando los tres participan en la fracción del pan. Entonces sus ojos se abren y reconocen la presencia real de Jesús. Él desaparece, pero esta experiencia íntima con el resucitado les basta.

Compartir el pan con Jesús los convierte en apóstoles. Del catecumenado, la instrucción, pasan a la eucaristía y de ahí llegan a ser anunciadores de la buena nueva. Ya están preparados para recorrer el camino al revés. Deshacen el camino de la desesperanza para iniciar el camino de la fe y el amor. Vuelven, corriendo, entusiasmados, a Jerusalén. Allí comunican a sus compañeros que realmente el Señor ha resucitado y se les ha aparecido. Explican lo que les ha sucedido y recuerdan: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba el sentido de las escrituras?”
Ahora, sus vidas son llamas vivas, que los empujarán a comunicar este acontecimiento salvífico.

El camino de Emaús, hoy

Hoy día, los cristianos podemos encontrarnos a menudo en situaciones semejantes a los discípulos de Emaús. Tal vez los problemas y las injusticias amenazan con hundirnos en el desencanto y la decepción. Dios parece ausente de un mundo convulso y herido por las luchas y el afán de poder. Y quizás la tendencia más inmediata sea ésta: retirarnos, huir de los problemas, refugiarnos en nuestro Emaús particular, para discutir, intentando razonar, el por qué de tanto mal.

Pero, al igual que les sucedió a los discípulos de Emaús, Jesús no deja de venir en nuestra busca. Lo hace de mil maneras, a través de personas, lecturas, plegarias; a través de los mensajes de la Iglesia y de los acontecimientos… Como aquellos discípulos, si queremos oír su voz hemos de prestar atención y abrir el corazón. Hemos de saber escuchar e invitar. Dejemos que Dios se aloje en nosotros porque, sin duda, vendrá. Lo descubriremos en aquellos momentos de diálogo sereno, de oración, o de comunión. Tal vez cuando sepamos olvidar nuestros problemas y dejar a un lado el egoísmo, se encenderá la luz dentro de nosotros y descubriremos que allí donde dos o más se aman, se ayudan y comparten lo que tienen, allí está Dios.

Para los creyentes, ese momento de revelación e íntima comunión se da cada domingo en la eucaristía. Tal vez el resto de la semana sea un camino arduo, cargado de problemas, donde nos asaltan las dudas y el miedo. Pero nuestra vida tiene un sentido y la fracción del pan de Cristo nos ayuda a renovarla y nos infunde fuerzas y entusiasmo para seguir proclamando que Dios nos ama y nos busca.

2008-03-30

De la incredulidad a la fe

2º Domingo de Pascua
Ciclo A
Jn 20 19-31

El evangelio de hoy tiene dos partes. En la primera se nos relata la aparición de Jesús resucitado a los discípulos, en el cenáculo, estando Tomás ausente. En la segunda, se narra otra aparición a los discípulos, con Tomás.

Todos aseguran a Tomás que han visto al Señor, pero él insiste en no creer si no lo ve ni lo toca. Los discípulos que han visto intentan convencer a su compañero con fuerza: han visto al Señor. Así, se convierten en apóstoles de Tomás, ya que le comunican la buena noticia de la resurrección, pero él sigue sin creer.

Paz a vosotros

Después de la muerte de Jesús, sus discípulos quedan desolados y desconcertados, tienen miedo y se esconden. Están inseguros y tristes, encerrados en sí mismos, faltos de toda esperanza. Han perdido el faro que los iluminaba. También han perdido la paz y todas sus ilusiones en los proyectos de su Maestro. La noche se acerca y la oscuridad y el desasosiego invade sus corazones.

Es el primer día de la semana, y permanecen recluidos en la casa. De pronto, se les aparece Jesús. Entra y se pone en medio de ellos, y les dice: “Paz a vosotros”. Son las primeras palabras que les dirige, el saludo hebreo “Shalom”, que significa paz. Sabe que esos hombres desorientados necesitan recibir de su Maestro la paz del resucitado. Pero el deseo de paz no es suficiente. Tiene que demostrarles que no es un fantasma ni un espejismo fruto del miedo, que su presencia es real; que lo que están viendo es cierto. Y les enseña los agujeros de las manos y el costado. Son las pruebas de que es él, Jesús, él mismo.

Allí, vivo en medio de ellos, les muestra las marcas del dolor, del desgarro, del sufrimiento. Son las pruebas fehacientes de que todo es verdad. Jesús no sólo está vivo: está resucitado.

Brota la semilla de la Iglesia

Ellos se llenan de alegría al ver al Señor. Al ver las marcas de Jesús histórico, de su agonía y su muerte, los discípulos empiezan a despertar del letargo, sacudiéndose el miedo. Ya vuelven a estar juntos, con su Maestro y amigo para siempre. La oscura y penetrante noche da paso a la alborada de su fe. Del miedo y la desconfianza pasan a la esperanza y a la alegría. Los discípulos están contentos, han visto al Señor. Sus vidas cambian totalmente.

La experiencia del encuentro con el resucitado los marcará a todos para siempre. En esos momentos, comienzan a nacer a una vida nueva. Brota el germen de lo que será la futura Iglesia, fundamentada sobre el pilar de la resurrección de Jesús.

El ímpetu de los apóstoles

No habría vocación, ni misión, ni Iglesia sin la adhesión total a la persona de Jesús resucitado. Los discípulos sienten esa certeza en el corazón, con todas sus fuerzas. La intrepidez de los primeros apóstoles sacude la historia como un maremoto en el mar. El empuje que reciben a partir de esta experiencia llega hasta nosotros, con todo su ímpetu.

Una vez serenos, llenos de alegría e invadidos con la paz del resucitado, Jesús exhala su aliento sobre los discípulos y les regala su Espíritu Santo. Al mismo tiempo, los llama a una gran misión: convertirse en ministros del perdón y de la misericordia. Les da la autoridad de conducir las almas perdidas, para que nadie quede fuera del rebaño de Cristo. Jesús no solo da a sus apóstoles la paz y la alegría, también les otorga la fuerza de su aliento, el fuego de su amor. Con la resurrección de Jesús, se recrea el universo. A partir de la muerte y vida de Jesús, todo queda recreado en su persona. También el universo de nuestras vidas se transformará hasta llegar a engendrar un nuevo Cristo en cada uno de nosotros. Somos todos los bautizados de la nueva creación, que es la Iglesia.

En el cenáculo, con Tomás

En la segunda parte del texto vemos como los discípulos explican a Tomás que han visto al Señor. Hablan, llenos de alegría, ante un Tomás desconcertado e incrédulo. Aún no le ha llegado el momento definitivo, sigue en la noche oscura de su fe. Quizás camina sin rumbo y desesperado, porque todavía no ha vivido la gran experiencia que han tenido sus compañeros. Solo y apesadumbrado, sin orientación, camina hacia ninguna parte, porque no ha estado presente en el primer encuentro de Jesús con sus discípulos.

A los ocho días, se reúnen todos de nuevo y, esta vez, Tomás está con ellos. Sus compañeros ya no tienen miedo, pero él sí. Y no sólo teme, sino que se cierra a creer. La duda se ha apoderado de él. A pesar de todo está allí, en el cenáculo. Es entonces, con las puertas cerradas, cuando Jesús se les aparece de nuevo. Les vuelve a dar la paz, también a él, y le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano, aquí tienes mi costado”.

La claridad de la fe

Jesús sabe que Tomás necesita un revulsivo mayor. Tocar las llagas de Jesús es la evidencia clara de su resurrección. Está allí, vivo, hablando con él. Jesús hace que Tomás palpe el dolor más hondo de su corazón, latiendo con nueva vida. Es la señal más clara de su amor, que rebasa el sufrimiento. La incredulidad de Tomás se convierte en fe: “¡Señor mío y Dios mío!”, exclama Tomás. En sus palabras hay una cierta connotación de pena y de disculpa pero, a la vez, una enorme claridad. Tomás hace una declaración de fe. Cuando la luz del resucitado penetra en su ser las dudas quedan totalmente disipadas.

También Tomás se convertirá en otro apóstol de la buena noticia de la resurrección. Ya no está perdido, como sus amigos, que participan de la luz de la fe. Se sienten más vivos que nunca. Han recuperado la esperanza, la fe y la alegría de su Maestro, pero ahora resucitado. Con esta fuerza interior, todos convencidos y a una, anunciarán su resurrección y la extenderán por todos los lugares de la tierra. Esa noticia barrerá el mundo, como un huracán, y llegará hasta un día como hoy, en que los cristianos revivimos en comunidad la gran experiencia de la resurrección. En cada eucaristía que celebramos, estamos asistiendo a la resurrección de Cristo y recibiendo el mismo Espíritu que sopló sobre sus discípulos.

Y, como ellos, tenemos una misión: comunicar con vigor misionero a todos los que tenemos alrededor que también nosotros somos partícipes de este gran acontecimiento.

2008-03-23

Pascua de Resurrección

Ciclo A
Jn 20, 1-9

La resurrección de Cristo es la fiesta por excelencia de la vida cristiana. Sin este acontecimiento, no se entendería la vida de la Iglesia y el sentido de nuestro ser cristiano. Como dice San Pablo, “si Cristo no hubiera resucitado, ¡vana sería nuestra fe!”. El encuentro con el resucitado marca nuestra forma de vivir y estar en el mundo, de una manera trascendida.

La fe alumbra en la tiniebla

El evangelio de San Juan nos relata cómo María Magdalena sale al amanecer, cuando todavía es de noche, hacia el sepulcro. Su gesto es simbólico de una fe que, aún a oscuras, alienta esperanza. María Magdalena ya ha vivido una experiencia de resurrección íntima cuando se encontró con Jesús y él la rescató de las esclavitudes de su vida anterior. En su corazón alberga una última esperanza y una certeza: su Maestro no puede morir definitivamente. De aquí que, apresurada, se acerque al sepulcro al romper el alba.

Ante el sepulcro vacío, brotan sentimientos diversos: alarma, sorpresa, desolación… ¿Dónde está el Maestro? Poco a poco, la esperanza va creciendo en su interior, y María va corriendo a comunicarlo a los discípulos. En especial, se dirige a Pedro, pues reconoce su liderazgo en el grupo y busca en él confirmación de este hecho asombroso.

La autoridad confirma la fe

Pedro y Juan, el discípulo amado del Señor, corren al sepulcro. Juan, que corre más aprisa, también reconoce la autoridad de Pedro y, conteniendo su natural curiosidad e impaciencia, no entra en el sepulcro y aguarda a que él llegue. Entonces, ven que realmente el sudario está en el suelo y la tumba vacía. Jesús no está allí. Para el judío, un sepulcro vacío significa algo más que simple ausencia; es un anticipo y una primera prueba de la resurrección.

Juan, narrador del evangelio, nos cuenta que entró, vio y creyó. Es entonces cuando comprenden las Sagradas Escrituras y muchas palabras y alusiones de Jesús a su muerte y resurrección.

En este pasaje, Pedro representa el Papado, la tradición y el Magisterio de la Iglesia. Juan es el teólogo, con una viva experiencia de Dios, pero que espera, humilde, la confirmación de la autoridad. De alguna manera, esta lectura nos hace pensar que los cristianos no podemos ir inventando teologías particulares, o haciendo lecturas un tanto subjetivas de las escrituras. Es importante atenernos a los hechos y a la tradición y enseñanzas de la Iglesia, que están fundamentadas sólidamente en estos primeros testimonios, cercanos a Jesús. Muchas personas utilizan la Biblia para extraer teorías subjetivas y originales, quizás un poco ligeramente. No olvidemos que estamos hablando de una experiencia que nos sobrepasa y que va más allá de nuestras elucubraciones. Este episodio evangélico nos muestra la importancia de la comunión y de reconocer unas verdades inmutables que los cristianos coherentes no podemos cuestionar, como el hecho de la resurrección.

Vivir la resurrección, hoy

Nosotros, los cristianos de hoy, no somos testigos oculares de primera mano; no hemos vivido la experiencia de los primeros apóstoles ni hemos escuchado su testimonio, como los cristianos de las primeras comunidades. Pero sí hemos heredado esa vivencia y hemos recibido el mismo don que ellos: la gracia, el don sobrenatural de la fe. San Pablo tampoco fue un testigo directo de la resurrección y no conoció a Jesús como lo hicieron los Doce discípulos, pero su vivencia fue extraordinariamente honda y sincera. ¡Cuánto hizo, y cuán lejos llegó, movido por la fe!

Hoy, participar de la eucaristía nos hace testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Comulgando, Jesús se hace presente entre nosotros y dentro de nuestro ser. Como predicó el Papa Benedicto en su homilía de la Vigilia Pascual, con la resurrección, Jesús rompe las barreras entre el pasado y el porvenir, y entre el tú y el yo. “El Resucitado está presente ayer, hoy y siempre; abraza todos los tiempos y todos los lugares. También puede superar el muro que separa el yo del tú. Así lo dice San Pablo: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Cada vez que acudimos a misa estamos asistiendo al acontecimiento pascual y recibiendo el Espíritu Santo que alentó a los apóstoles.

Las mujeres, apóstolas

No deja de ser significativo que, en una cultura que marginaba a las mujeres y las relegaba a una posición socialmente inferior, la figura de la mujer aparezca en primer lugar en un hecho tan fundamental de nuestra fe.

Jesús se aparece, antes que a nadie, a las mujeres. Ellas fueron las únicas que no lo abandonaron en su pasión. Con Juan, ellas estuvieron al pie de la cruz. Ahora, son ellas las primeras en recibir la gran noticia de su resurrección. Esto tiene enormes consecuencias de tipo pastoral, social y cultural. La mujer tiene una sensibilidad espiritual muy profunda para captar situaciones importantes. Las mujeres se convierten en apóstolas de los apóstoles. Su actitud y su valentía son un referente para las mujeres cristianas de hoy.

Comunicar la mayor de las noticias

Hoy, domingo de Pascua, celebramos que hemos recibido la mayor de las noticias. Frente a un mundo convulso y desconcertado, donde los medios de comunicación se nutren de desgracias y catástrofes, la noticia pascual nos ha de llenar de gozo y alegría. Tenemos suficientes motivos para ser felices y no dejarnos hundir por el desánimo ni la indiferencia. Los cristianos no podemos rendirnos ante la avalancha de malas noticias. Hemos de ser comunicadores de la alegría del resucitado. Como cirios pascuales, hemos de esparcir luz y alegría en el mundo. La alegría es una cualidad esencial y constitutiva del cristiano. Nos habla de la fuerza del amor, que vence la muerte y todas las tribulaciones. Nada ni nadie nos puede arrebatar esta alegría. Cristo vive, hoy y para siempre, en nosotros.

2008-03-16

Domingo de Ramos

Ciclo A
Pasión según San Mateo

Un relato que toca a nuestras vidas

La narración de la Pasión de Jesús estremece al lector. Contemplamos la puesta en escena de un proceso largamente maquinado contra Jesús. El hombre justo, que pasó su vida haciendo el bien, recibe al final toda clase de vejaciones y crueldades. El bien que derrochó a manos llenas se ve correspondido con el rechazo, la burla y la condena a muerte. El autor no ahorra detalles que ponen de manifiesto lo absurdo de su muerte y, al mismo tiempo, el total abandono de Jesús a la voluntad de Dios. Ante este relato, no podemos permanecer indiferentes. Son muchos los momentos de la Pasión que han de resonar en nuestras vidas.

El beso de Judas

Antes de morir, Jesús reúne a los suyos en una cena y les transmite su legado espiritual. Pero ya en esos momentos de intimidad, la sombra del mal acecha y se manifiesta. Jesús anuncia la traición de Judas y presiente la negación, la soledad, la burla y su penoso camino hacia el Calvario.

Cuando lo vienen a prender, en el huerto de los olivos, y Judas lo besa, Jesús lo recibe con estas palabras: “Amigo, ¿a qué vienes?”. Es una cruel paradoja que Judas utilice una expresión de cariño, el beso, como contraseña para identificar a Jesús y ordenar que lo prendan. Este gesto nos hace pensar en cuántas veces las manifestaciones de ternura son auténticas o, por el contrario, no responden a lo que vive el corazón.

Dios padece y muere con los que sufren

La Pasión de Jesús nos lleva inevitablemente a meditar sobre los males que asolan el mundo y sobre la presencia de Dios. ¿Qué hace Dios, cuando la humanidad sufre tanto? La respuesta es la misma persona de Jesús.

Dios ama tanto al hombre que se hace como él, hasta el punto de ponerse contra sí mismo. Es decir, por un infinito respeto a la libertad humana, Dios renuncia a su poder, incluso al poder sobre el mal, y acepta ser víctima de ese mal. El ofrece su amor, pero acepta que el hombre lo rechace. Así, se sitúa al lado de todos los que sufren injustamente, heridos por la iniquidad del mal. En medio de las desgracias y los males del mundo, Dios está allí, crucificado, maltratado y tendido con los que sufren y mueren.

La causa de la Pasión

Veamos la Pasión desde otra perspectiva. ¿Hemos pensado alguna vez que nosotros podemos ser causantes de pasión y sufrimiento a los demás? Hoy vemos que mucha gente sufre en el mundo: desde niños maltratados y abusados, personas solas, ancianos, marginados, indigentes sin techo… Cuando apartamos a Dios de nuestras vidas, el mal se adueña de todo y causa estragos. Es el rechazo a Dios lo que provoca tanto dolor, y él se coloca al lado de las víctimas. Ellas son, hoy, el rostro de Cristo sufriente, que nos impacta durante las celebraciones de Semana Santa.

Se suelen hacer lecturas sociológicas y políticas sobre la Pasión de Cristo. Pero, más allá de estas visiones, hemos de ahondar en nuestras propias actitudes. A veces, nosotros mismos somos causa de dolor para familiares, amigos, vecinos o personas conocidas. Cuántas veces, por tonterías o frivolidades, generamos problemas absurdos que hacen sufrir a los demás. Cada día se dan en el mundo muchas pequeñas pasiones: las que inflingimos a causa de nuestro egoísmo.

Vivir en propia carne la pasión

Durante estos días participaremos en eucaristías, vía crucis, procesiones… Las imágenes que contemplaremos nos han de hacer pensar y han de ser un revulsivo que cambie nuestra actitud ante el dolor. No podemos permanecer indiferentes ante el que sufre. Las celebraciones de la Pasión no son un mero recordatorio de un hecho histórico, sino una actualización viva de la muerte y resurrección de Jesús. Los cristianos hemos de ser valientes para asumir, si es necesario, el sufrimiento por amor. Nuestra cruz es todo el lastre y el peso que asumiremos, voluntariamente, como consecuencia de nuestro amar. Entonces estaremos haciendo viva y real la pasión de Cristo en nuestras vidas.

La pasión interior, más dolorosa

Detrás de la muerte de Jesús vemos traición, negación, intrigas por el poder, falsedad y engaño. El juicio que se celebra contra él es irregular, forzado y lleno de defectos legales. El mismo Pilatos, sin ser hombre sensible, se resiste a condenarlo pues ve su inocencia con claridad innegable. Más duro que el desgarro físico, el gran dolor de Jesús es la traición de su amigo y el abandono de los suyos. Escapan y lo dejan solo ante sus enemigos. Estos, se burlan de él y de su amor a Dios, retándolo con mordacidad. Si Dios lo ama tanto, ¿cómo es que lo abandona de esta manera, permitiendo que sea condenado y sufra? El componente psíquico y moral de la pasión es tan o más hondo que las torturas.

La docilidad de Jesús

Pero hay otro aspecto de la Pasión aún más trascendente que el puro dolor. Dios es capaz de sufrir a manos de la criatura que ama. Jesús, totalmente dócil al Padre, acepta este sufrimiento.

Ante tamaña injusticia, huir, resistirse o defenderse son actitudes muy humanas. Pero Jesús adopta la actitud de Dios, y es aquí donde se manifiesta de forma más sobrecogedora su íntima unión. Asume el mal, lo acepta, cae bajo su crueldad y muere perdonando a sus verdugos.

La docilidad de Jesús no es una llamada a ser pasivos ante los males del mundo, pero sí nos enseña a tener la mirada puesta en Dios, para seguir su voluntad. Nos anima a contemplar los padecimientos con ojos trascendidos y confiando en la fuerza del amor. En esta Semana Santa, que iniciamos con la entrada de Jesús en Jerusalén, ojalá seamos capaces de mirar a Cristo desde su sufrimiento y nos identifiquemos con él. Ojalá nos llegue su fortaleza interior, su fidelidad al Padre hasta el último momento. Sólo así comprenderemos que la muerte, finalmente, no tiene la última palabra. Sólo así llegaremos a vivir una auténtica Pascua.

2008-03-09

Una llamada a vivir la vida de Dios

V domingo de cuaresma Ciclo A
Jn 10, 31-42

Los amigos de Jesús

En su itinerario misionero, además de anunciar con gozo la Buena Nueva, Jesús va creando a su alrededor grupos de amigos buenos y fieles, como los de Betania. Son personas que se encuentra en su camino y con las que establece unos vínculos de profunda amistad. Lázaro, Marta y María, ocupan un lugar importante en el corazón de Jesús.

El evangelista nos narra una bella historia de Jesús con los amigos de Betania. En la narración se puede intuir el grado de estima que se tenían entre ellos. El autor sagrado nos dice que Jesús amaba a los tres hermanos, tanto es así que aparece profundamente apenado por la muerte de Lázaro y por tres veces el texto nos dice que sollozó. Conmovido, Jesús llora por su amigo. Los lazos de su amistad con él y sus hermanas son muy fuertes.

El dolor ante la muerte

Estas escenas de duelo son situaciones que se dan en la vida. Todos hemos vivido el dolor y la pena por la muerte de algún ser querido, en nuestros círculos de familiares o amigos. Cuando alguien a quien amábamos se muere, seguramente hemos sentido un profundo desasosiego. La muerte nos impacta de tal manera que no nos deja indiferentes ante el sufrimiento del amigo. Aunque silenciosa, siempre está cerca de nosotros.

Las hermanas de Lázaro mandan un recado a Jesús para que se desplace a Betania porque su hermano está enfermo. Jesús, entonces, afirma algo contundente: la enfermedad de Lázaro no acabará con su muerte. Recordemos que el evangelio nos ha narrado recientemente cómo Jesús daba luz a un ciego de nacimiento, otorgándole el don de la vista.

Esta vez el reto es mayor: devolver la vida a Lázaro. El texto recalca que Jesús amaba a Lázaro, y creo que aquí está la clave del milagro: el amor. El amor nos hace vivir de una manera trascendida resucitada. Para la samaritana de Sicar, Jesús es el agua viva; para el ciego de nacimiento es la luz, y para Lázaro y sus hermanas es la resurrección.

Jesús tardó cuatro días en llegar, cuando Lázaro ya estaba enterrado. María corre desconsolada al encuentro de su amigo y, como es normal, le reprocha que no haya estado con ellos. Marta tiene confianza en Jesús y se atreve a decirle que su hermano no hubiera muerto si él hubiese estado con ellos.

Jesús y Marta: aprender a confiar

En Marta intuimos un aprecio y una profunda confianza hacia Jesús. Ella tiene fe en Jesús. Tiene la certeza de que lo que le pida le será concedido, por el profundo vínculo que los une. Jesús dice a Marta: Tú hermano resucitará. Este diálogo lleno de confianza y fe les llevará al milagro.

Sólo cuando tenemos total confianza y abandono en aquel que nos ama se produce el gran milagro de sentirse vivo. Este momento nos hace vibrar de tal manera que nos hace vivir, ya aquí, la eternidad. Cuando uno ama de verdad se siente renacer de nuevo en la persona amada. Podríamos decir que cuando hay amor auténtico, se está viviendo aquí y ahora la vida eterna. Estamos preludiando la resurrección.

El rico diálogo entre Jesús y Marta culmina en la gran afirmación que hoy repetimos en el Credo. Jesús es la resurrección y la vida. “¿Crees esto?”, pregunta Jesús a Marta. Marta responde con una proclamación de su fe. “Sí, creo”.

Salir afuera: resucitar es también liberarse

Solo cuando creemos en Jesús nos puede devolver la vida, aquella que un día perdimos porque nos alejamos de él. Solo si creemos en su amor infinito él, con su potestad divina, con todas sus fuerzas nos dirá: Salid afuera. Salid de vosotros mismos, de las cadenas que os atan, de la penumbra que oscurece vuestra vida. Él nos desatará y nos librará de todo aquello que nos esclaviza y no nos deja vivir según Dios.

Abramos nuestras vidas a aquella voz potente que nos grita con fuerza que salgamos de nuestro escondite, de la apatía y del egoísmo. Jesús nos dice, con voz recia, que salgamos afuera y que vayamos a él. Él es la auténtica vida y lo puede todo.

Nunca es tarde para Dios

Muchos dudaban, pero Marta creía plenamente en Jesús. Para él nada está perdido y nada está del todo muerto. Cuando Jesús ordena abrir el sepulcro, Marta le dice: Señor, ya huele mal. El pecado corrompe nuestras entrañas, pero el amor de Dios puede convertir un corazón corrupto y herido en uno virgen y limpio. Si tenemos fe en Jesús, él nunca llegará tarde cuando lo necesitemos. Para Jesús lo más importante es darnos la vida sobrenatural. Jesús nos libera y nos da la vida nueva para que caminemos junto a Él. Su amor sacia nuestra sed de Dios, nos ilumina en nuestro camino y nos regala el Cielo.

2008-03-02

El ciego de nacimiento

IV Domingo de Cuaresma -ciclo A-
Jn 9, 1-41

El evangelio del ciego de nacimiento, en este quinto domingo de Cuaresma, es un atisbo de la Pascua, la luz de Cristo resucitado.
Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento y hace que pueda ver. Hemos de entender este milagro como un acto profundamente simbólico.

Curar a un ciego de nacimiento es un reto para Jesús. Este hombre jamás ha podido ver. Pero Dios puede curar nuestras más profundas cegueras, y no sólo las físicas. La máxima ceguera podríamos decir que se da cuando negamos la evidencia de su amor.

La tierra engendradora

Jesús no pasa de largo ante el dolor de las personas. Cuando ve al ciego, se detiene ante él. Pero no lo cura inmediatamente, sino que lleva a cabo varios pasos. Primero, ensaliva la tierra y le mete el barro en los ojos. Este gesto evoca el Génesis: con barro, Dios moldea al primer hombre, Adán. Con su aliento divino, Dios también moldea nuestro espíritu y nuestra vida.

El agua purificadora

Seguidamente, Jesús le dice al ciego que vaya a la piscina a lavarse. El agua simboliza la purificación, la limpieza interior. Dios nos lava de nuestra culpa, de nuestro pecado. El ciego obedece a Jesús y, al regresar del baño, sus ojos se abren y recibe el don de la vista.

Ante Dios, todos somos indigentes y necesitamos pedir su gracia y su amor para que nos cure, nos limpie y nos ayude a ver más claro el horizonte de nuestra vida.

La incredulidad obstinada

Cuando queda curado, la gente a su alrededor queda atónita ante el milagro. ¿Quién puede curar a un ciego de nacimiento? En Jesús, Dios puede sanar hasta la enfermedad más grave y persistente. Quizás la peor de todas las dolencias es cerrar los ojos y negar a Dios, la prepotencia de creer que todo lo podemos sin él.

Los fariseos interrogan una y otra vez al ciego para pedir explicaciones de cómo ha sucedido el milagro. En el ciego, la claridad es cada vez más intensa, mientras que los judíos de la sinagoga, obcecados, cada vez van cerrando más los ojos ante ese acontecimiento extraordinario. Su obstinación les impide ver lo ocurrido porque no creen en Jesús como profeta. En cambio, el ciego reconoce en él a un gran profeta. Su adhesión a Jesús crece en la medida que los fariseos se van alejando de él.

La ley y el hombre

Tras el milagro, surge también otra cuestión polémica, el choque entre Jesús y el excesivo legalismo judío, la cuestión del sábado y la observancia de la Ley de Moisés.

Para Jesús, cumplir la ley es importante, pero también lo es la dignidad de la persona y su vida. El hombre no está hecho para la ley, sino la ley para el hombre. Los fariseos discuten si realmente puede ser hijo de Dios, ya que no respeta el sábado. ¡Cuántas veces pesan más en nosotros los ritos, las celebraciones, el cumplimiento del precepto, que el amor, la caridad, la unión entre todos los cristianos!

La fe, puesta a prueba

El ciego sufre su pequeño vía crucis: pasa por un largo interrogatorio en la sinagoga que, lejos de hacer tambalear su convicción, lo lleva a afirmar con mayor fuerza su adhesión a Jesús. Pero esta afirmación lo aboca al rechazo y es echado de la sinagoga.

Jesús lo busca, cuando se entera de que ha sido expulsado de la sinagoga. El último diálogo entre ambos es crucial. Jesús le pregunta directamente si cree en el hijo del hombre. Tras su proceso interior de creciente iluminación, y tras el choque con los fariseos, el ciego aún le pregunta una última vez. “¿Quién es el hijo del hombre, para que crea en él?”. Y Jesús le confirma su identidad. “Soy yo”. Al pronunciar ante Jesús “Sí, creo”, el ciego trasciende el aspecto físico del milagro. Ya no sólo ve físicamente, sino con los ojos de la fe.

Al igual que el ciego, los cristianos de hoy, que vivimos de forma entusiasta y convencida nuestra fe, podemos topar con el rechazo de muchos sectores sociales. Una experiencia viva y personal para nosotros es evidente, pero para otros puede ser increíble o inaceptable. Incluso podemos ser vilipendiados por nuestras convicciones. Pero estas pruebas, comparadas con el amor de nuestro Creador, no han de servir para otra cosa que reforzar nuestra fe y buscar con mayor ahínco su luz.

Los cristianos sabemos que Cristo está presente en la eucaristía, hecho alimento para todos. Hemos experimentado ya muchas veces que nos ha amado y nos ha perdonado. Por ello, hemos de convertirnos en pequeños faros luminosos para que otros puedan ver, con nuestro testimonio vivo, que Cristo es nuestra luz y que su amor ha vencido las tinieblas, la oscuridad. Como diría San Pablo, estamos instalados en la luz de Cristo.

Dios quiere nuestra salud

Dios quiere nuestra salud. El gesto de emplear saliva y barro para curar los ojos puede significar también que Dios ha puesto en la naturaleza todos los medios terapéuticos para mejorar nuestra calidad de vida. Pero no hablamos sólo de la ceguera física, sino de la peor de las cegueras, la de aquellos que, viendo, no quieren ver.

Dios nos da, no sólo la vida y el aire para respirar, sino que continuamente obra pequeños milagros que van reforzando nuestra vida espiritual. Hemos de saber ver a Dios en los demás, descubriéndolo en los acontecimientos de cada día, seguros de que siempre está actuando y dándonos vida y luz.

2008-02-24

La mujer samaritana

3 domingo de Cuaresma -ciclo A-
Jn 4, 5-42

Dios nos sale al camino en la vida cotidiana

El evangelista nos describe un hermoso cuadro con enorme contenido catequético. Junto al pozo de Sicar, Jesús instruye a una mujer samaritana haciéndole descubrir la trascendencia del amor de Dios. El autor sitúa la acción de Jesús en un marco cotidiano y en un lugar físico y geográfico: Sicar de Samaria. Además, para dar veracidad al relato, señala la hora del día. Con estos detalles, quiere indicar cómo Dios entra en nuestra historia de cada día. Mucha gente debía ir al pozo de Jacob a buscar agua, como aquella mujer. Dios se manifiesta en nuestro quehacer ordinario, en nuestras acciones sencillas del día a día. No hay que esperar una gran revelación o un momento místico. Nos sale al encuentro paseando, trabajando, mientras estamos con los amigos… Dios es así de cercano.

Pero veamos la carga teológica de este encuentro y esta conversación de Jesús con la samaritana, junto al manantial.

La sed de trascendencia

Hemos leído en la lectura del Antiguo Testamento, como los israelitas murmuraban contra Moisés porque en su travesía por el desierto padecían sed. En nuestro itinerario por la vida también nosotros tenemos sed de Dios, sed de trascendencia. Pero, así como en el Éxodo es el pueblo quien pide a Moisés de beber, y él clama al cielo para que el agua brote de la roca, en el pozo de Samaria, es Jesús quien pide a la samaritana que le dé de beber. Con esta petición, inicia un diálogo que acabará en una catequesis sobre la gracia.

La mujer se extraña de que un judío se dirija a ella y le pida agua, ya que judíos y samaritanos no se avenían. Pero Jesús tiene muy claro que la salvación es universal y para todos. Aunque le diga que viene del pueblo judío, fiel a la tradición de su fe, la salvación está abierta al mundo entero.

Cuántas veces sufrimos necesidad y falta de agua. Cuando padecemos sed, vemos que es vital para sobrevivir. También tenemos otra sed, la sed de felicidad y de trascendencia, que buscamos saciar de múltiples maneras, a veces equivocadas. Cuando por el pecado o por el orgullo nos volvemos autosuficientes, nos damos cuenta de que, por mucho que lleguemos a beber del dinero, del sexo, del poder… siempre volverá a brotar en nosotros la angustia de la sed.

El agua viva

Jesús le ofrece a la samaritana una fuente de agua viva que nunca se agota, y que será “un manantial que salta hasta la eternidad”. En realidad, Jesús se nos está ofreciendo como el auténtico manantial espiritual, de aguas vivificantes que pueden apagar nuestra sed.

La mujer le pedirá que le dé a beber de esa agua, porque nunca más quiere tener sed. Sólo Dios puede saciar nuestra sed de trascendencia y de felicidad.

De la experiencia al testimonio

Después de una buena catequesis, Jesús cambia la vida de esta mujer, haciéndola apóstola, comunicadora de su experiencia de encuentro con el Mesías. “El Mesías que ha de venir soy yo, el que habla contigo”, le dice Jesús.

Él siempre está a nuestro lado. Hemos de aprender a verlo y a descubrirlo. Si nos abrimos de verdad, su gracia entrará como un torrente de aguas frescas en nuestro corazón y nos hará testimonios de ese encuentro con él.

La samaritana se convierte en predicadora. Ha quedado tan impactada de sus palabras, de su amor y comprensión, que pasa a ser un pequeño caño de agua para los habitantes de su pueblo. Jesús se queda dos días allí, predicando, y las gentes del lugar creen que realmente es el Mesías.

Invitar a Jesús

“Quédate con nosotros”, le suplican. Estas palabras evocan el encuentro, después de resucitado, con los discípulos de Emaús. También nosotros hemos de saber invitar a Jesús a nuestras vidas. Sólo así llenaremos nuestra existencia de sentido y de felicidad imperecedera.

La eucaristía es la fuente donde bebemos los cristianos. En ella, Jesús nos invita a beber de su agua viva y a alimentarnos de su pan. En la medida en que nos acerquemos a ella y vivamos el amor de Dios en comunidad, podremos sentir que nuestra vida, ya aquí, comienza a ser eterna.