2009-01-18

La llamada

2º Domingo del Tiempo Ordinario – ciclo B

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?” Ellos le contestan: “Rabí, ¿dónde vives?” Él les dijo: “Venid y lo veréis”. Entonces fueron, y vieron donde vivía, y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.
Jn 1, 35-42

Juan pasa el relevo

Juan Bautista preparó a su pueblo para la venida del Mesías. Lo dispuso para que lo recibiera como la única esperanza que culminaba sus expectativas. Hoy, Juan nos lo señala, tal como hizo en su momento a los discípulos: “Este es el Cordero de Dios”. Es un gesto profundamente simbólico.

Con este gesto, Juan Bautista pasa el relevo a Jesús de Nazaret, animando a sus propios discípulos a que sigan al nuevo maestro. Se desprende de sus seguidores porque reconoce que Jesús es el que tiene que llegar, el Mesías de su pueblo, y el único maestro al que hay que seguir.

Los discípulos de Juan se van con Jesús. En estos momentos se está fraguando el primer núcleo apostólico. Los primeros llamados son los pescadores Andrés y Pedro, y dos hermanos, Santiago y Juan, que lo dejan todo para seguir al maestro. Serán un mosaico de vocaciones que llegará a formar un grupo compacto alrededor de Jesús.

Una vocación, paso a paso

Veamos en qué consiste la historia de una vocación como la de estos hermanos, que siguieron a Jesús sin dudar.

En primer lugar, es necesario tener inquietud para conocer. Cuando ya existe un anhelo profundo de trascendencia, podríamos decir que la semilla de Dios ha brotado en nuestro interior. Dios ha logrado que lleguemos a desearlo. El hambre de Dios nos lleva a buscarlo. En el texto, leemos que los discípulos de Juan se fijan en Jesús, aunque no lo parezca. Jesús siempre pasa por nuestra vida. Quizás aparece en un momento crucial, cuando más ansiábamos el encuentro con él. Siempre está cercano para arrojar luz en nuestras vidas, especialmente cuando buscamos y no encontramos, o cuando nos falta coraje para tirar adelante. En el momento justo, él pasa, cruzándose en nuestro camino. Hemos de estar atentos y saberlo reconocer, pues a veces las prisas nos hacen pasar de largo. El texto dice: “… y fijándose en Jesús…” Hemos de fijarnos bien, porque él pasa cada día y sólo él puede responder a nuestros deseos. Cuántas veces caminamos sin rumbo, hacia ninguna parte. O vamos caminando tan aprisa que no reconocemos a quienes se cruzan con nosotros y nos preguntamos, ¿quién es? Andamos tan ensimismados pensando en nuestros asuntos que nos alejamos de la realidad y de los demás. El estrés y el hedonismo nos alejan de Dios y de las otras personas.

Los dos discípulos tienen ganas de conocer a Jesús, eso ya es una ventaja, y entonces les dice Juan: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Llegamos al segundo paso de la vocación. Juan señala a Jesús como el único al que hay que seguir, el que se entregará como cordero llevado al matadero, el que será capaz de dar la vida por amor, pasando por la muerte, para nuestra redención. Morirá para limpiarnos de todo pecado; su sangre derramada será el precio de nuestra liberación.

Juan sabe muy bien quién es Jesús y así se lo indica a sus discípulos. Los conduce hasta un buen pastor. Y llegamos al tercer paso: ellos seguirán valientemente a Jesús y, más tarde, también se convertirán en mártires que darán testimonio de su fe.

Los primeros apóstoles tuvieron la valentía de seguir a Jesús, aunque seguramente abrigaban lógicos reparos. Sin embargo, se atrevieron. Jesús les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos lo llaman maestro. Lo han buscado y por fin lo encuentran, cara a cara. Le preguntan dónde vive, porque están dispuestos a seguirle a donde vaya. Y Jesús responde: “Venid y lo veréis”. Después de un corto e intenso diálogo Jesús los acoge como los primeros discípulos. Ya están preparados para caminar con él. Aún les hará más preguntas para verificar la disposición de su corazón. Sabe que han encontrado lo que buscaban, su guía, e iniciará con ellos una vida en común. Quizás ellos empiecen con incertidumbre, pero con la alegría de saber que han encontrado su estrella.

Comunicar la alegría

Después del hallazgo, viene el júbilo. Aquel que vio el cielo abrirse sobre él, en el Jordán, y al que Dios llamó Hijo suyo, es su maestro. Esos momentos tan intensos marcan las vidas de los primeros discípulos. Nunca los olvidarán, y hasta la hora de la tarde en que fueron llamados quedará impresa en lo más hondo de su corazón. Los discípulos han encontrado en Jesús la razón y la alegría de su existencia.

Felices, comunican su descubrimiento. Andrés lo cuenta a su hermano, Pedro, y lo lleva corriendo ante Jesús para que lo conozca. Jesús lo mira profundamente y le dice: “Tú eres Simón, hijo de Jonás, y te llamarás Cefas (Pedro)”. En aquella mirada se empezó a gestar algo muy hondo. El cambio de nombre expresa mucho más que un simple apelativo: cambiar de nombre es convertirse en una persona nueva, comenzar de nuevo, dejando atrás raíces culturales y familiares. Este cambio de nombre presagia un vuelco en la vida de Pedro. Para ser líder del grupo de Jesús, tenía que estar dispuesto a todo, renunciando a su pasado y empezando otra vida con Jesús. Pedro se lanza de cabeza. Su empeño y su carácter brusco lo llevarán a contradecir a Jesús en algunas ocasiones, pero también lo seguirá fielmente, aunque lo niegue en la pasión. Pedro será la roca de su iglesia y llegará a morir por su vocación y por dar testimonio de su maestro.

Cada historia vocacional de aquellos discípulos es también la nuestra. Por eso la Iglesia sigue viva en el tiempo. Su fundamento es Cristo y él sigue llamando, a través de los siglos, a hombres y mujeres dispuestos a seguirle y a propagar su Reino.

2009-01-11

El Bautismo del Señor -B-

Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.
Mt 1, 7-11


Con la celebración del Bautismo de Jesús cerramos el ciclo de Navidad. Dejamos atrás los bellos textos bíblicos que narran el misterio de la encarnación del hijo de Dios, un misterio que ha atraído la esperanza de la humanidad y ha llenado de luz el rostro del hombre. No dejemos que la esperanza ni la luz se desvanezcan. Que brillen con nuestro más alto deseo de plenitud.

El Hijo confía en el Padre

Hoy, la liturgia recoge otro momento epifánico, de manifestación de Dios. Jesús, ya adulto, es bautizado en el Jordán por Juan Bautista. Es un momento crucial para entender toda su vida, su ministerio público, su misión, su muerte y su resurrección. La escena en el Jordán es un momento íntimo de reconocimiento y sintonía con Dios Padre. Allí, Jesús vive la experiencia de filiación con Dios.

Después, Jesús empieza su misión con la certeza total de que Dios está en él. Esta certeza será constante a lo largo de su vida, hasta el momento de su muerte. Jesús confía plenamente en Dios.

La humildad de Juan Bautista

Juan, que había preparado al pueblo, lo reconoce como el Mesías, el esperado. El que ahora ha llegado, viene de las entrañas mismas de Dios, es su Hijo. Él bautizará con Espíritu Santo. Su vida es la manifestación del designio de Dios para su pueblo. El evangelista Juan dirá que el Bautista es testigo de la luz, pero Jesús es la luz misma que habita en las tinieblas, para iluminar a todo hombre.

Una investidura mesiánica

Jesús tiene muy clara su misión: anunciar la buena nueva de Dios. Pero, antes de iniciar su predicación por toda Judea, quiere bautizarse. Su camino se inicia en el Jordán con la viva presencia de la Trinidad. Estamos asistiendo a una investidura mesiánica, donde el Padre y el Espíritu Santo reconocen el momento histórico de este acontecimiento y proclaman al Hijo, predilecto y amado. El Padre habla con voz que rasga el cielo, y el Espíritu se posa sobre él, suave como una paloma.

Jesús ya está a punto para emprender su carrera hacia la cruz y la resurrección. Está preparado para el gran combate: convencer a su pueblo de que abra su corazón a Dios, y poder así crecer humana y espiritualmente. Dios desea la salvación de su pueblo y por ello entregará a su propio Hijo, con el fin de conducir a las gentes hacia su liberación del mal.

Los bautizados, nuevos cristos

La celebración de hoy es un recuerdo para cada bautizado: nosotros también somos hijos de Dios. Él nos reconoce como algo muy suyo, somos parte de su corazón. Los bautizados que son plenamente conscientes de este don tienen una relación de confianza con Dios. Podríamos decir que en ellos se ha dado un mayor crecimiento espiritual, que viven de una manera madura su compromiso cristiano. Esta adultez de Jesús en el Jordán le hace adquirir plena consciencia de su misión. El cristiano que celebra su fe y vive en caridad, también se ha convertido en otro Cristo adulto, que sabe y es consciente de que su misión en el mundo es la misma de Cristo: llevar a Dios a la gente. Y también asume el largo itinerario de Jesús en su vida, es decir, revive el acontecimiento salvífico en sus propias coordenadas. El cristiano ha de anunciar, hoy y aquí, que Dios nos ama. Cada bautizado está investido por la fuerza del sacramento de la Confirmación. Con la asistencia del Espíritu Santo y el vigor de los sacramentos, tenemos todo lo necesario para afrontar cualquier desafío. Cristo es nuestra meta, como decía Pablo.

Sólo si nos sentimos hijos del Padre, hermanos de Cristo y templo del Espíritu Santo, lograremos participar del misterio de la revelación de un Dios que es uno y trino, que se descubre ante el mundo y nos ofrece su amor sin reservas.

2009-01-06

El sentido de la fiesta de los Reyes

La fiesta de los que buscan

La fiesta de hoy es la fiesta del encuentro del hombre con ese Dios humano que es Jesús Niño. Los magos eran sabios que buscaban el sentido del universo tras el conocimiento y la ciencia. Y en su búsqueda encuentran un bebé. La estrella que los guía sólo se detiene ante un niño.

Esta es la fiesta de todas aquellas personas, incluso no creyentes, que buscan insistentemente y no se rinden. Indagan para encontrar el sentido a la vida, y Dios lo revela en su plenitud. Es la búsqueda de Dios y también es la espera de Dios, que aguarda al hombre. Esta fiesta interpela a los científicos. Detrás de la hermosura del universo y de las fórmulas matemáticas se esconde nada menos que un niño pequeño. Descubren, al final, la humildad. Es un gran hallazgo: sin humildad, el horizonte de toda búsqueda nunca será claro.

En su búsqueda de la felicidad humana, los magos llegan hasta Dios, que es la fuente misma del amor. Una búsqueda que no vaya orientada a lo que hace feliz al ser humano, a su bien, a su servicio, será estéril o inútil. La ciencia debe estar al servicio del amor, del bien y de las personas. Cuántas veces idolatramos otras cosas, incluso a nosotros mismos. Es el Niño Dios a quien debemos dar culto, pues sólo él nos ayudará a encontrar lo que buscamos.

Los cristianos ya hemos encontrado la estrella, que ya ilumina la Iglesia. Es una estrella diferente: la del amor, la caridad. Hemos de ser estrella, foco, luz. Antes fuimos como los magos, buscamos y alguien –una madre, un catequista, un sacerdote... – nos guió hasta encontrarnos con Jesús. ¡Qué dicha más grande! Dios se hace vida y ahora se nos hace presente para siempre a través de la Eucaristía. La luz de Dios se convierte en alimento, en vida espiritual. Recemos por las gentes que buscan y no encuentran, errando por el camino, hundidas en el abismo existencial, intentando hallar un sentido a su vida. Nosotros tenemos la dicha de haberla encontrado.

El sentido cristiano del regalo

Los tres regalos de los magos a Jesús simbolizan diferentes aspectos de la vida humana. El oro es el valor del esfuerzo, del trabajo, de los bienes materiales. El incienso significa la vida espiritual, la proyección hacia el trascendente, hacia el infinito. La mirra, hierba aromática empleada para la curación, es signo de la salud, necesaria para el servicio, el amor y el bienestar. La salud y el cuidado del cuerpo y del espíritu también son un gesto de generosidad hacia los demás.

Pero el gran regalo de esta fiesta es Dios, que se nos da. Nosotros también hemos de convertirnos en regalos para los demás. Podemos regalar tantas cosas que son necesarias para vivir: desde saber escuchar, caricias, ternura, amistad, compañía...

La sociedad parece querer arrebatar el sentido religioso de esta fiesta. Las compras compulsivas y el ritmo que se impone en la calle nos arrastran. Ojalá muchos esfuerzos que se dedican a comprar regalos se gastaran en algo que valga la pena. Invirtamos en aquello que realmente hace feliz a la persona. En regalo expresa algo más que el simple objeto: es señal de cariño. Pero lo más importante no son las cabalgatas y los regalos, sino descubrir que nuestro tiempo también debe convertirse en un regalo para los demás. No perdamos el sentido religioso de esta fiesta. Estamos celebrando precisamente la humildad de Dios, que se hace niño. Celebramos su sencillez y sobriedad, la pobreza. En cambio, caemos en la vorágine y el culto consumista, que nos roban con un zarpazo el sentido de la fiesta.

El mejor regalo es dedicar tiempo a los que amamos: nuestra familia, nuestros amigos, nuestra comunidad... Se está paganizando una fiesta religiosa. No olvidemos que estamos celebrando que Dios entra en nuestra vida: esto es lo más importante.

2009-01-04

Jesús, la palabra de Dios - II domingo de Navidad, ciclo B

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios… En la palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. (Jn 1, 1-18 )

Dios nos quiere hijos

En este segundo domingo de Navidad, la liturgia nos vuelve a proponer el prólogo del evangelio de San Juan. Con su propio estilo teológico y literario, Juan expresa que Dios asume la naturaleza humana. Dios rompe su silencio para manifestarse plenamente en Jesús, la Palabra de vida eterna. Con la encarnación del amor, en el corazón del hombre aparece la bondad de Dios y un nuevo horizonte, lleno de luz, da sentido pleno a toda su existencia. Dios se hace hombre y la humanidad anhela la trascendencia. Dios se hace cercano y el hombre se eleva en su dignidad. En la humanidad de Jesús, Dios nos hace hijos suyos. Este es su deseo más genuino: que pasemos a formar parte de su corazón, de su intimidad, de su familia, junto con Cristo.

La respuesta al anhelo más profundo

A partir de ahora, el hombre anhelará, más que nunca, a Dios, porque el afán de búsqueda está inscrito en su propia genética espiritual. Y, como decía San Agustín, no descansará hasta que lo descubra.

Dios desea la plenitud del hombre y su felicidad. La realización plena del ser humano llegará cuando se abra totalmente a Dios, cuando entienda que su vida está íntimamente ligada a su Creador. Conformar nuestra vida a la de Dios es identificarse con Cristo. Entonces emergerá en nosotros otro Cristo, convertido en luz para los que viven en la oscuridad.

Palabra iluminadora

San Juan, en su estilo circular y reiterativo, expresa la naturaleza del mismo Dios. Desde su origen, Dios es comunicación, es Palabra, y también es vida y luz que alumbra a todo hombre. Y Jesús, que desde siempre estuvo a su lado, es el mismo Dios encarnado, la palabra clara e iluminadora. Está lleno de Dios y sus palabras penetrantes son comunicación viva, osadía, fuerza, testimonio, amor. Por eso la palabra de Dios es clara, dinámica, rotunda. Expresa todo cuanto es él y su vida.

A lo largo de su ministerio público, Jesús dijo muchas cosas. Su discurso siempre estuvo conectado con su íntima experiencia de Dios. Por tanto, sus palabras eran obras y su vida hablaba de él. Se convirtió en imagen viva de Dios.

Palabra que brota de la unión

Cuántas veces hablamos y no decimos nada, y cuántas veces decimos mucho hablando poco. Jesús predicaba siempre desde el silencio de su oración con el Padre. Los cristianos también somos palabra de Dios siempre y cuando estemos unidos a él. Al igual que Jesús, entre lo que decimos y lo que vivimos no puede haber un divorcio. Jesús leva al límite su coherencia, dando la vida por los demás. El cristiano será creíble en la medida en que su palabra y su vida sean un eco de su experiencia íntima con Dios.

Cuando utilizamos la palabra para insultar, criticar, deformar o para destruir, estamos alejándonos de la bondad y la estamos prostituyendo. Santa Teresa decía siempre: “o hablar de Dios o no hablar”. ¡Cuánta palabrería llena nuestro corazón! Las palabras que no se pronuncian con amor son como regalos pisoteados y echados al sumidero del absurdo.

Palabra transformadora

En un mundo invadido por la frivolidad, sólo podemos rescatar la palabra desde el silencio cálido de la contemplación. Las palabras que salen de nuestro abandono en Dios serán transformadoras porque sabremos decir lo justo, en el momento justo y a la persona indicada. Sólo así nuestra palabra será penetrante y fecunda. Si, además, va unida al testimonio y a la caridad, la haremos fructificar con toda su potencia espiritual.

El cristiano tiene que recuperar el sentido genuino de la palabra. Si ésta surge de la intimidad con Dios, será vivificante, como el rocío del amanecer, como lluvia de primavera que riega los campos. Toda palabra ha de ser benévola, bella, creativa y llena de amor auténtico.

Acoger la palabra

San Juan sigue diciendo que la Palabra vino al mundo y a aquellos que la recibieron les dio el poder de ser hijos suyos. La fe es un regalo, que nos es dado más allá de nuestro esfuerzo. Sólo si acogemos de todo corazón a Dios, experimentaremos la alegría de sentirnos amados por él, por su propia iniciativa. El sí a Dios, a todas, engendra en el hombre una vida nueva que brota del mismo corazón del Creador. Su gracia invadirá toda nuestra existencia, haciendo de nuestra vida un cielo aquí en la tierra.

2009-01-01

Santa María, Madre de Dios

Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabando a Dios por lo que habían visto y oído…
Lc 2, 16-21

María, madre de Dios y de la Iglesia

Celebramos hoy la fiesta de santa María, madre de Dios. El misterio de la encarnación de Jesús es posible gracias a su actitud dócil y generosa. En ella se culmina el deseo de Dios para la humanidad. Ella hace posible que la esperanza de su pueblo sea una realidad, no un sueño o un mero deseo.

El sí y la disponibilidad de María la hacen también madre de la Iglesia y de todos los bautizados. María se convierte en imagen viva de la Iglesia de Cristo y su regazo acoge a todos los cristianos.

Admirar y anunciar la buena nueva

La narración de san Lucas, llena de imágenes plásticas, nos revela un profundo contenido teológico. Los pastores, que pasaban la noche al raso, recibieron el anuncio del nacimiento del Mesías. A nosotros también se nos anuncia esta bellísima noticia: Dios ha llegado, encarnado en un niño. No podemos quedarnos en la mera visión estética de aquel hecho histórico. Lo hemos de vivir como el principio de nuestra salvación. La liturgia nos recuerda que hemos de ir más allá de propio recuerdo: hemos de sentir que gracias a ese momento de la historia, nosotros, hoy, somos cristianos; y sin María, José y los pastores, Simeón, Ana y tantos otros, estaríamos vagando, quizás sin esperanza, sin atisbar la luz del amor de Dios.

La Navidad y estas fiestas que celebramos no son sólo hechos repetitivos: son el origen de nuestro ser cristiano. Por eso hemos de ahondar en este misterio. Nuestra vida ha empezado a tener sentido. Como los pastores, hemos de ir corriendo, ilusionados y contentos, a postrarnos ante el misterio del que emana la fuente de nuestra felicidad. La luz de Dios ha entrado en la humanidad, este es nuestro gozo.

Dios nos ha amado y se nos ha dado en un niño. Dice el evangelio que todos cuantos oían hablar de aquel niño se admiraban. Los cristianos de hoy también hemos de alegrarnos, admirarnos y contemplar la belleza de Dios, encarnada en el seno entrañable de una familia humana, la familia de Nazaret.

María nos enseña el valor del silencio

María nos enseña a meditar y a descubrir en el silencio las cosas de Dios. Ante un mundo que ha caído en el culto a la hiperactividad, María nos recuerda a la Iglesia que el ruido y el frenesí nos alejan de Dios. Los cristianos corremos el riesgo de caer en el activismo pastoral desmesurado. La oración, la formación, el silencio y la humildad, aunque no lo parezca, nos harán ser más fecundos. La Virgen es un ejemplo, podríamos decir que es María del silencio y de la escucha. Ella abrió su corazón al misterio divino y contempló un nuevo horizonte al entregarse a Dios.

María sabe interiorizar todo lo que recibe de Dios. Desde el sosiego más profundo y abandonado, disfruta de una paz que sólo puede venir de él. Por eso será llamada Reina de la Paz.

Dios, origen de la paz

Como nos recordaba Benedicto XVI en la jornada mundial de la paz, todos hemos de contribuir a trabajar por los pobres y por los excluidos. Sin un mínimo básico para subsistir con dignidad se hace muy difícil vivir en paz. Por lo tanto, es urgente que nos pongamos en marcha sin demora. En muchas zonas de nuestro planeta las gentes pasan hambre y la pobreza sacude letalmente a millones de seres que viven bajo el yugo de la miseria.

¿Qué podemos hacer los cristianos? En la medida en que nos abramos a Dios, origen de la paz, seremos capaces de contribuir desde la justicia y el amor a que toda persona, por el simple hecho de existir, tenga derecho a los recursos y servicios básicos que le permitan vivir dignamente. Que María, madre de Jesús, príncipe de la paz, nos enseñe desde el silencio a vivir una fraternidad universal.

2008-12-28

La Sagrada Familia –ciclo B–

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.”
Lc 2, 2-40

Consagrar los hijos a Dios

Los padres de Jesús, como buenos seguidores de la ley de Moisés, cumplen con lo establecido: “todo primogénito será presentado al templo”. María y José, saben que su hijo es obra de Dios y, ante esta certeza, se lo ofrecen. No quieren ser posesivos ni impedir la intervención de Éste en su vida; no quieren ser obstáculo al plan de Dios sobre ese niño y, con humildad, asumen una paternidad directamente delegada por Dios.

Para las familias creyentes de hoy, María y José son un ejemplo. Todos los hijos, aunque engendrados y nacidos de sus padres, son finalmente hijos de Dios y, un día deberán ejercer su libertad para emprender su propio camino. Ofrecer los hijos a Dios es encomendarlos al Padre Creador y contribuir, con el cuidado y la educación, a que estos niños un día lleguen a vivir según la voluntad de Dios para cada persona: floreciendo y dando lo mejor de sí mismos. Por eso la misión de los padres, que ya humanamente es grandiosa, se reviste de un significado aún mayor: todo padre y madre colabora con Dios para que su hijo crezca y alcance su plenitud.

José, el padre

José se convertirá en el padre protector de la criatura. Asume el misterio de su encarnación y, como padre discreto, cuidará con esmero del niño. El silencio de José le ayudará a meditar sobre ese acontecimiento. Dios lo hará padre de su propio hijo y partícipe de un hermoso plan que va más allá de su comprensión. Dócil, acepta la voluntad de Dios.

El resto fiel de Israel

En Israel había un grupo de judíos fieles que anhelaban la llegada del Mesías. Este grupo, que es llamado “resto de Israel”, espera con entusiasmo el gran momento del cumplimiento de las expectativas mesiánicas. Uno de ellos es Simeón, hombre justo y piadoso que aguarda “el consuelo de Israel”. El Espíritu Santo sostiene su fe. Es el hombre que anhela, espera y se alegra de la venida del Señor; un hombre de fe que tiene la total certeza de que el Mesías es el Hijo de Dios. Simeón nos enseña a esperar y a tener fe en la obra salvadora de Dios. Por muchas dificultades que podamos pasar, o por mucho tiempo que vaguemos en la penumbra hemos de tener fe en que, finalmente, la tristeza se convertirá en alegría y las tinieblas se disiparán en una gran claridad.

Simeón y su profecía

Para los cristianos, Jesús aparece como el sol de nuestra existencia. Simeón va al templo, lugar de oración y encuentro con Dios, y allí lo ve. Nosotros, sólo en la medida en que sepamos encontrar un espacio para Dios en nuestra vida descubriremos la grandeza que nos revela: él se encarna en Jesús y nos hace copartícipes de este gran acontecimiento. La experiencia de Simeón es un momento pleno, una auténtica vivencia mística. Está experimentando algo sublime en el momento en que abraza a aquel niño que ha esperado toda su vida. Tanto, que dice que ya puede morir tranquilo; ha culminado todas sus aspiraciones, ha visto al “Salvador, luz de todas las naciones”.

Para José y María, ese momento debió ser revelador. Un anciano entrañable, emocionado, es testigo directo de un acontecimiento extraordinario. La emoción de Simeón debió conmover los corazones de sus padres. En la plenitud de esos instantes, y con especial lucidez, Simeón se atreve a profetizar y dirige a María unas palabras densas, anticipando su futuro sufrimiento y vaticinando así lo que sucederá en la historia de Jesús. Simeón atisba el rechazo del pueblo y la agonía de la pasión. María será testigo de este dolor y “una espada le atravesará el corazón” cuando contemple a su propio hijo en la cruz, agonizante.

Ana, la mujer que espera y anuncia

La profetisa Ana es otra anciana fiel que también aguarda con firme esperanza la liberación de su pueblo. Incansable, Ana no deja de esperar al Mesías que tiene que llegar. Cuando lo reconoce en ese niño que llevan sus padres al templo, prorrumpe en alabanzas y habla a todos cuantos la rodean de él. Es un ejemplo para los cristianos, que también hemos recibido la salvación y la hemos palpado, con la presencia viva de Cristo en los sacramentos. No dejemos nunca de hablar de aquel que está en el origen y centro de nuestra fe.

Ana no se alejaba del templo. Su confianza, puesta en Dios, se ve premiada con creces; la larga espera se convierte en gozo pleno.

Podríamos decir que ese resto de Israel, formado por la familia de Nazaret, Isabel, Zacarías, Juan el Bautista, Simeón, Ana… llega a formar parte de la primera familia de los creyentes en Jesús como el Mesías Libertador. En cierto modo, son los primeros cristianos.

La familia, una realidad sagrada

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Es una celebración que ha de resonar de una manera especial en la familia cristiana. Creemos que la familia humana es un proyecto de Dios y que, como tal, es un espacio sagrado para el crecimiento humano y cristiano de aquellos que la forman. La familia no es sólo una entidad jurídica o un pacto convivencial. Es una auténtica vocación cristiana, que tiene como fin, no sólo la procreación, sino la constitución de una pequeña eclesiola en medio del mundo, tal como decía el Papa Juan XXIII. Dos libertades se unen para formar un espacio de cielo en la tierra, como lo hicieron José y María. Los cristianos no hemos de caer en la trampa ideológica de reducir la familia a un concepto estrecho y puramente social, despojándola de su aspecto trascendente. La ambigüedad de ciertas posturas políticas por puro interés electoral lleva a menospreciar la familia tradicional, facilitando y potenciando otras uniones que, por muy legales que sean, desde un punto de vista constitucional y semántico no son equiparables a la familia como siempre la hemos entendido. No caigamos en la petulancia de afirmar que es un descubrimiento de la sociología moderna. Son realidades totalmente diferentes, sin menospreciar otras formas de unión. No podemos caer en esta confusión, como pretenden algunos legisladores.

Para el cristiano, nuestro modelo de familia es la de Nazaret. Es una familia que va más allá de las obligaciones humanas: supieron abrir su casa y su corazón a Dios. La familia es una realidad sagrada que tiene la misión de hacer crecer humana y religiosamente a la persona, y prepararla para el gran devenir de su futuro. Una familia que cumple su misión, afrontando todas las dificultades naturales que pueda encontrar, educará a hijos responsables y contribuirá a armonizar la sociedad y a construir un mundo más justo y solidario.

2008-12-25

Navidad

“La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba. El mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios….”
Jn 1, 1-18

Dios se encarna en la historia

Hoy se nos anuncia esta gran noticia del nacimiento de Dios. En la noche más larga, una luz ilumina la oscuridad.

La encarnación de Dios es la gran novedad de nuestra religión cristiana. Dios se hace hombre en un momento concreto y en un espacio; en la cultura judía y en un tiempo de expectación del pueblo. Dios irrumpe en la historia, y lo hace de manera suave, a través de un niño. No llega envuelto en poderío y con manifestaciones de fuerza, sino que ha querido encarnarse como todo ser humano, mostrándose con la humildad de un bebé recién nacido.

Este niño que nace es palabra y luz. Los cristianos contamos con el tesoro de la Biblia, escritura que recoge la palabra de Dios. Pero Jesús nacido es esa misma palabra hecha hombre. Entre el ser y el hacer está él, con su vida entregada para servir y amar.

Entra en nuestra vida

La palabra de Dios nos trae luz y paz. Dios entra, no sólo en nuestra historia, sino en nuestra propia vida. ¿Somos conscientes de ello? Si es así, este acontecimiento debería revolucionar nuestra vida y hacernos cambiar radicalmente.

La Navidad no es una fecha de recuerdo, sino la actualización constante de esa venida de Dios al mundo. Lo que sucede es que no sabemos extraer las consecuencias espirituales. Dejar nacer a Dios en nosotros no es debido a un mero cambio voluntarista, un querer ser un poco mejor hoy que ayer, sino que supone un cambio radical de ideas, formas de hacer, incluso de percepción de la realidad. En el fondo, es mirar, pensar y decir desde Dios.

Recuperar el sentido religioso de la fiesta

Entre el consumismo que impone la sociedad y la apatía de los propios cristianos, el sentido de la Navidad se nos escapa. Hemos de recuperar el sentido religioso de esta fiesta. El verdadero motivo de tantos encuentros familiares –el nacimiento de Dios –se desplaza y se le da más importancia al hecho de reunirse que al sentido religioso. Mucha gente se afana comprando y cocinando y olvida el motivo último de la Navidad. No tiene tiempo para dedicarse a Dios, cuando Dios debería ser el primero en nuestra escala de prioridades. Todo cuanto tenemos, incluida la familia, nos lo ha dado él.

La familia tiene una gran importancia, pero el excesivo culto a la tradición y a la gastronomía puede hacernos olvidar a Dios, o dejarlo en un segundo plano.

Ser como niños

La Navidad también nos recuerda que hemos de volvernos como niños. La gente tiende justamente a lo contrario: a hacerse como Dios y a ganar poder para dominar el mundo. En cambio, Dios renuncia al poder, se hace último, y pequeño. Esto es un hecho insólito que rompe todos los esquemas culturales y religiosos de su tiempo, pues en la cultura hebrea los niños no tenían derecho alguno ni se les reconocía su valor.

Por esto la Navidad también nos invita a reflexionar sobre la excesiva competitividad que impera en el mundo. No se trata de no potenciar lo bueno, es positivo superarse, por supuesto. Pero no podemos mesurar la valía de una persona sólo por sus capacidades o por aquello que posee, sino por su generosidad y por lo que es capaz de dar.

Nos afanamos por luchar y trabajar para tener muchos bienes. La gruta de Belén nos recuerda que nuestro esfuerzo ha de ser la renuncia a tener más y ser humildes.

La gran revolución que moverá el mundo no será política, ni siquiera cultural, ni llegará con la fuerza de las armas… La gran revolución, el cambio auténtico, llegará de la mano de la ternura. Este es el mensaje último de la Navidad, la fiesta de un Dios que viene al mundo pequeño e indefenso, es envuelto con amor por una joven sencilla y reclinado en un pesebre.

2008-12-21

El anuncio a María

Cuarto domingo de Adviento –ciclo B–

“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús.”
Lc 1, 26-38

El anuncio de la maternidad de Dios

La lectura de hoy, tan conocida, nos relata la anunciación del ángel Gabriel a María. Es un episodio lleno de poesía y de una enorme delicadeza y profundidad. Dios decide acudir al mundo, hacerse hombre, y para ello cuenta con una mujer. María es la escogida para tal hermoso desempeño: ser la madre de Dios. Y es elegida por la grandeza de su humildad. Las entrañas de María están preparadas para convertirse en espacio sagrado que recibirá al Hijo de Dios.

Las palabras del ángel desprenden admiración, reconocimiento y ternura. La bendice y la alaba, la invita a alegrarse, porque María, la llena de gracia, está llena de Dios. Ha sido elegida porque su vida y su libertad están enteramente volcadas en él. Por eso el ángel dice “el Señor está contigo”. Dios ya habita en ella.

El santuario de Dios

En la lectura de hoy del Antiguo Testamento, vemos como el rey David quiere construir un precioso templo para Dios. En la actitud de David se mezcla un sincero afán de adoración con el orgullo de haber conseguido ser un gran rey, que habita en un palacio de cedro. Al pretender construir un templo a Dios, inconscientemente, se está poniendo a su mismo nivel. Y Dios se ocupa de recordarle quién le otorgó el poder del que ahora disfruta. A lo largo de la historia, el hombre siempre ha deseado construir espacios para albergar a Dios y encontrarse con él. Templos, iglesias y catedrales se levantan por todo el mundo, recordándonos su presencia. Pero Dios no necesita un templo, pues es Señor de todo el universo y elige dónde y cuándo manifestarse.

En cambio en el mensaje de la anunciación, es Dios quien escoge el lugar, y elige a una mujer, María, para ser el santuario que cobijará a su hijo.

Y María, humilde, sabe que la elección es iniciativa divina, no humana. Se turba, perpleja ante un don tan grande y, a la vez, tanta responsabilidad. Dios la ha elegido para convertirse en el arca de la alianza, en su templo, en su hogar. Toda ella queda impregnada de la presencia de Dios.

La paternidad de Dios

La concepción virginal de María hay que entenderla en clave teológica. El Espíritu de Dios fecunda las entrañas de María. Ella pregunta: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”. La concepción del niño es obra de Dios, y no de un hombre. No podemos negar la concepción virginal de María, pero hemos de ir más allá de la realidad biológica. Dios atraviesa los principios de la física para hacernos a todos fecundos.

Todos los niños del mundo son también hijos de Dios; todos son criaturas espirituales de su Padre, porque Dios infunde su amor a toda vida engendrada.

María sabe que su hijo será grande porque es el Hijo de Dios. Por eso su reino de amor nunca tendrá fin.

Dios también viene a nosotros

Dios quiere reinar en el corazón de cada hombre, y también desea que cada persona convierta su vida en un lugar sagrado para él, es decir, que cada uno de nosotros llegue a ser su templo.

El rey David habla a Dios con palabras elocuentes y orgullosas, y Dios le responde, por medio del profeta: “¿Tú me has de construir una vivienda? Cuando he sido yo quien te saqué de los apriscos para hacerte jefe de mi pueblo, Israel…” En cambio, María, humilde, contesta al ángel con palabras muy sencillas: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí tu palabra”. Podríamos resumirlas en una sola: “Sí”.

El sí de María le basta a Dios. Su silencio expresa la densidad de su disponibilidad y entrega. María abre su corazón humilde y discreto al gran acontecimiento. Sus palabras, tan breves, están cargadas de un profundo silencio, y su silencio está lleno de resonancias. Ojalá, como María, sepamos decir sí a Dios, desde el silencio más hondo de nuestro interior; y dejemos que él intervenga en nuestra vida. Sólo así estaremos colmados de una inagotable alegría. Dios puede convertir nuestro corazón, árido y estéril como un desierto, en un vergel fecundo. Nuestro sí abrirá las puertas a Dios y a su lluvia benefactora, que fecundará toda nuestra existencia.

2008-12-14

Tercer domingo de Adviento –ciclo B–

“Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este venía como testigo… No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y le dijeron: ¿Quién eres?… El contestó: Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor.”
Jn 1, 6-8. 19-28

Semana de la alegría

La figura de Juan el Bautista es clave en Adviento. Es más que un precursor: es el que prepara y va delante hacia el encuentro con el Señor. La liturgia de esta tercera semana de Adviento señala un momento de alegría y gozo, porque aunque todavía no ha llegado el Mesías, tenemos la certeza de que está llegando; y aunque todavía lo estamos esperando, sabemos que ya está casi entre nosotros.

Testimonio de la luz

El evangelista describe la figura de Juan con un lenguaje teológico que empapa todo el texto. Para él, Juan el precursor es un enviado por Dios para ir despertando a su pueblo, haciéndolo receptivo para el gran momento. Y lo prepara con intensidad y convencimiento, esperando el momento en que se culminará la expectativa mesiánica.

Para el evangelista Juan Bautista sólo es testigo de la luz, y no la misma luz. Este fragmento recuerda aquel texto que leemos en la misa el día de Navidad, sobre la Palabra. El precursor es testigo humilde de ese rayo de luz, que es Cristo encarnado que ilumina la humanidad. Juan reconoce que sólo viene a dar testimonio. Es un sencillo hombre que prepara a su pueblo para que se convierta a la fe.

Voces valientes que claman

En su testimonio ante los judíos que acuden a interrogarlo, Juan contesta sin dudar. Las autoridades le preguntan por su identidad y él, consciente de su misión, declara sin vacilar que él no es el Mesías. Ellos insisten; ¿eres Elías, o un profeta? ¿Qué dices de ti mismo?

Juan responde tomando unas palabras de Isaías: “Yo soy la voz que grita en el desierto”. Él es esa voz potente que clama. Nosotros, los cristianos de hoy, también tenemos que ser esas voces valientes y seguras que anuncian el reino de os cielos, que anuncian la esperanza; voces que alertan a los fieles a no dormirse; a levantarse y a evangelizar nuestro mundo. A veces, a los cristianos nos falta valentía para no enmudecer cuando se cometen atropellos hacia los más débiles. No sólo callamos, sino que giramos la cara hacia otro lado cuando vemos sufrir al desvalido.

El profeta Isaías dice que el Señor reposa sobre su aliento y su Espíritu está sobre él. Confiemos a pesar del sufrimiento. La voz de la Iglesia y de los cristianos ha de ser clara, entusiasta, pedagógica y valiente, comprometida y, sobre todo, surgida de una profunda convicción. Una voz que instruya, que hable de lo que siente y vive desde su fe. En definitiva, una voz que brote desde el alma, desde el corazón de la vida, unida a Dios. Ha de ser una voz que cale en lo más hondo del ser humano.

Sólo así será una voz auténtica e iluminadora, que surge desde la oración y desde la comunión con Dios. Por eso Juan es más que el que anuncia: es el que cierra el anillo del profetismo judío. Es el puente que une el Antiguo y el Nuevo Testamento, cuando la gran esperanza se convierte en una persona real que revelará el designio de Dios para su pueblo.

Llevar esperanza al mundo

Juan camina sin desfallecer porque ya sabe, en su corazón, que su propia esperanza quedará colmada ante aquel que tiene que llegar y que él mismo anhela, tanto como su pueblo. Es el arquetipo de la esperanza para la humanidad.

Él sabe quién es el que viene tras sus pasos, y se reconoce indigno de arrodillarse ante él. En Juan y Jesús se da el cruce entre una expectativa que se convierte en realidad, colmando todos los anhelos humanos.

Los cristianos estamos llamados a ser testigos de la luz de Cristo resucitado. Hemos de hacerlo con humildad, pues no somos dioses, estamos limitados. Pero seamos muy conscientes de que tenemos una tarea encomendada: ser testimonios de esperanza ante un mundo caído por causa de su propia soberbia. Como San Juan, hemos de saber dar razón de nuestra fe ante el mundo, por más convulso que esté, y no esconder nuestra identidad.

2008-12-07

Una voz en el desierto

Segundo domingo de Adviento –ciclo B–

“Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”
Mc 1, 1-8

Seguimos avanzando hacia la luz de la noche de Navidad. Con la encarnación de Dios en su hijo Jesús, el hombre ve colmado todo su deseo de trascendencia. Dios se nos hace cercano. Por amor, Dios se hace hombre para salvarnos y sacarnos de las tinieblas. Es por esto que la liturgia nos ayuda a adentrarnos en ese misterio de un Dios que se hace niño.

Juan, el precursor humilde

El evangelio de Marcos da comienzo presentándonos la figura de Juan Batista, el precursor que anuncia la llegada del Mesías. Juan es el humilde que sabe reconocer que el que viene tras él es mucho mayor. Reconoce que con él se cumplirán todas las expectativas mesiánicas del pueblo judío. Juan es consciente de este momento, porque también lo espera y ayuda a su pueblo en esa esperar, preparándolo para el gran acontecimiento.

El bautismo de conversión

Juan predica un bautismo de conversión. Clama, con toda la potencia de su voz: “Preparad el camino al Señor”. Preparar significa convertir nuestro corazón, liberándolo de tantos pecados. Juan reclama en el desierto la pureza de corazón, necesaria para recibir al Señor. Pide un cambio de actitud; dejemos que sus palabras resuenen con ímpetu en nuestro interior. También los cristianos de hoy tenemos que prepararnos y convertirnos. Necesitamos el poder de Dios para estar limpios y dispuestos a vivir la gran experiencia de su cercanía.

El profeta Isaías, en la primera lectura, nos urge de manera poética y simbólica. Esa voz que grita en el desierto cala en lo más hondo de nuestro corazón. Apartemos todo aquello que dificulte la entrada de Dios en nuestra ida, enderecemos nuestras intenciones, limpiemos hasta dejar puros nuestros corazones.

Allanad el camino

Juan Bautista se hace eco de Isaías y toma sus palabras: preparad el camino del Señor, abridle una ruta. La Iglesia también nos dice hoy: abrid paso al Señor, preparad vuestro corazón para que Dios pueda entrar en él. Como cristianos, estamos llamados a vivir plenamente este camino de la esperanza hacia la luz. La preparación pasa por alisar el terreno escabroso de nuestra alma: saquemos de ella todos los obstáculos que nos impiden avanzar con fluidez. La voz de la Iglesia también ha de resonar con la misma fuerza en nuestras vidas.

El profeta Isaías continua: “Allanad en la estepa una calzada”. Es decir, igualad todo lo tumultuoso que hay en nuestro interior, preparad una pista libre para que él pueda descender hacia nosotros. “Que los valles se levanten”, es decir, que nuestros ojos sepan mirar más allá de una realidad inmanente y aprendan a contemplar el mundo desde la óptica de Dios. Aprendamos a descubrir desde la oración la hermosa realidad de Dios. Sólo así tendremos una perspectiva de la dimensión de nuestra realidad existencial y espiritual.

El desierto

Ese desierto en el que Juan predica también puede leerse como una imagen de nuestro mundo, árido y sediento de Dios. La lejanía con el Creador seca nuestros espíritus y también nuestra cultura y nuestra sociedad, arrebatándole la sabia que le da vida y la renueva. La petulancia y el orgullo hacen más desértica y estéril nuestra vida. San Juan Bautista es un paradigma de la humildad del que se sabe pobre y necesitado de Dios. Desde la humildad puede acogerse el regalo de Dios. Sólo su amor podrá regar nuestras almas secas y endurecidas; sólo su aliento hará florecer nuestro mundo. Nosotros, como sencillos jardineros, podemos abrir los cauces por donde fluirá su agua de vida.

2008-11-30

Primer domingo de Adviento –ciclo B–

“Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”
Mc 13, 33-37


Iniciamos hoy un nuevo tiempo litúrgico: el Adviento. La Iglesia nos propone reflexionar en este tiempo que precede a la Navidad sobre la virtud teologal de la esperanza. Adviento es un tiempo de preparación para un gran acontecimiento: Cristo Jesús está llegando. A lo largo de estas cuatro semanas iremos profundizando sobre esta espera y la llegada del Mesías. Nos prepararemos con gozo para celebrar el nacimiento del niño Dios.

Adviento, una espera activa y confiada

La Iglesia, sabia en su cometido pedagógico, nos invita a adentrarnos hacia la luz por el camino de la esperanza. El evangelio de hoy ya nos predispone a mantener una actitud de alerta. Se acerca algo importante, o más bien, alguien, y hay que estar preparado para ese encuentro.

Jesús viene en nuestra búsqueda y quiere llenar de sentido lo que somos y hacemos. Estar en vela significa vivir atento, pendiente, dispuesto. Significa saber esperar de una manera confiada, con una actitud activa, convirtiendo esa espera en una alegría anticipada ante la venida del Señor. Esto implica un proceso interior que nos lleva a adoptar una actitud receptiva y que, en muchos casos, comporta una fuerte exigencia y un cambio de nuestra conducta ante el inminente encuentro con Cristo. Puede significar plantearse desde lo más hondo de nuestro corazón cómo vivimos nuestra esperanza cristiana en medio del mundo.

El mundo necesita esperanza

Ahora, más que nunca, nuestra sociedad necesita razones para la esperanza. El desconcierto nos asedia y a veces nos sentimos abatidos y frágiles; corremos el riesgo de caer en la trampa de creer que el mundo está mal y nada podemos hacer, y nos deslizamos por la pista del fatalismo. Socialmente hablando, hay razones para preocuparse: los medios de comunicación nos bombardean constantemente con noticias sobre la crisis económica, el paro, el terrorismo, el creciente vandalismo, la pobreza, la guerra, la corrupción política y el liberalismo acérrimo que contribuyen a la atomización de la sociedad. ¿Cómo podemos tener esperanza en un mundo que parece ir en declive hacia su propia autodestrucción? El relativismo moral ha calado transversalmente en la sociedad. Uno se pregunta si vale la pena seguir creyendo en sus convicciones religiosas. La Iglesia –Cristo– y los cristianos, tenemos la clave.

¡Que nunca muera en nosotros la esperanza! Pese al desánimo, que nunca se doblegue; pese al cansancio, que nunca se duerma. No escuchemos sin más el insistente y locuaz discurso mediático sobre los problemas del mundo, sino hagámoslo desde una actitud más serena. Pongamos una distancia adecuada, reflexionemos profundamente, desde una perspectiva ética y cristiana, y veremos que realmente el mundo está mal, pero si hacemos una relectura de la situación hay suficientes razones, y convincentes, para elevar las alas de la esperanza.

Dios viene a nosotros

Cristo viene a permanecer en el corazón del hombre. Los cristianos tenemos que convertirnos en una pista de aterrizaje que facilite el encuentro de Jesús con la humanidad. En medio de la noche oscura de nuestra existencia, aparece una hermosa estrella que nos señala hacia un lugar: hacia Cristo, que es la misma luz. No hay amanecer sin anochecer, no hay primavera sin invierno. La oscuridad precede a la luz y no hay gracia sin perdón, ni alegría sin tristeza.

Dios viene a nosotros. No hemos de esforzarnos por buscarlo, desesperadamente, desde nuestras tinieblas. Él se acerca. Lo único que hemos de hacer, sencillamente, es dejarle entrar en nuestra casa. Éste es su deseo más hondo; Dios anhela nuestra acogida. Su presencia llena de sentido y de luz el horizonte de nuestra existencia.

2008-11-23

Cristo Rey

Ciclo A
“Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”
Mt 25, 31-46


La prueba crucial ante Dios

Con la fiesta de Cristo Rey culminamos el ciclo litúrgico. A lo largo de este tiempo hemos profundizado en el misterio de la salvación hasta la proclamación de Jesucristo como Rey del Universo. Esta fiesta, con sabor escatológico, precede al nuevo año litúrgico y va más allá de las imágenes bucólicas que leemos en el evangelio. Llegará un momento en nuestra vida en que Cristo aparecerá en su gloria, con sus ángeles, y nos dará la última lección a fin que estemos preparados para el encuentro definitivo con él.

Las preguntas que nos hará no serán cuestiones de alta teología ni un examen catequético. Tampoco nos preguntará si hemos ido a misa todos los domingos o si hemos sido generosos con nuestros donativos, si hemos evangelizado lo suficiente o si hemos anunciado sin descanso la buena nueva. Es curioso que en el momento culminante ante el encuentro con Dios, Jesús no contabilizará cuánta gente hemos convertido. No condicionará nuestra entrada en el reino del cielo a la eficacia de nuestro trabajo pastoral, sino que nos situará ante esta realidad: ¿hemos amado lo suficiente?

La fe y el amor son obras

Con esto, Jesús nos está diciendo que la fe y el amor son obras, son acciones, y no palabras bonitas. Jesús no quiere que seamos sólo buenos predicadores, y que digamos aquello que es “políticamente correcto”. Jesús quiere que seamos valientes y capaces de encarnar su amor, especialmente hacia los más desvalidos y olvidados. La condición para entrar en su gloria es encarnar en nuestra vida las obras de misericordia.

Hoy, muchas personas se lamentan del fuerte impacto secularizador de nuestra sociedad, de la pérdida progresiva de la fe y de la falta de compromiso. Yo me preguntaría, más bien, si no nos habremos limitado a predicar, a hacer cosas por cumplir y si no habremos caído lentamente por el tobogán de la rutina. Tal vez también hemos caído en la trampa de racionalizar la teología y hemos querido encajar la revelación en un discurso demasiado intelectual.

Lo esencial y genuino del Cristianismo es el amor, no las palabras. La entrega a los demás no es un discurso bien elaborado. Lo genuino del cristiano es asumir el riesgo, la pasión, la aventura, el coraje, y no la comodidad, la rutina ni el miedo. Lo esencialmente cristiano son la alegría, la generosidad y la confianza, y no la tristeza, el egoísmo y la desconfianza. El miedo nos paraliza y nos convierte en personas estériles. Es propia de Dios la donación sin mesura, y no la mezquindad.

No seamos miopes ante la realidad

“Benditos de mi Padre”, dice el Señor, “porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve encarcelado y me visitasteis; fui forastero y me acogisteis…” Hoy, la enorme crisis que está flagelando a Estados Unidos y a toda Europa está generando nuevos grupos de pobres que viven junto a nosotros y que a veces carecen de lo más básico para subsistir. ¿Estamos tan ensimismados en nuestros asuntos y en nuestra estrechez de miras que nos hemos convertido en auténticos miopes ante la realidad? El gemido de los pobres clama a Dios. En la parábola del buen samaritano, un sacerdote pasó de largo ante el herido porque, posiblemente, tenía que cumplir con sus obligaciones en el templo. ¿Hacemos lo mismo en nuestras iglesias? Dar calor, acogida, ropa y techo; ofrecer pan, consejo y una sonrisa amable… ¿tanto nos cuesta?

Amar a Dios en los demás, sin mesura

Hoy, desconfiamos del pobre. Es verdad que hay que tener en cuenta algunos criterios a la hora de ayudar, para verificar que esa pobreza es real y la necesidad de la persona acuciante. Pero no nos excedamos con esos criterios porque en el fondo, ser consecuente con el evangelio es mucho más que prestar una atención profesional y rigurosa. ¿O es que tenemos miedo a descubrir la terrible exigencia evangélica? ¿Tememos descubrir que nos hemos instalado en la apatía y que nuestra forma de esquivar la realidad no es otra que ceñirnos a cumplir lo que toca, sin salir de la línea marcada, hundidos en la rutina, por miedo a la luz reveladora de Cristo, que nos pide darlo todo?

Sólo quien vive y practica las obras de misericordia será bendito de Dios y tendrá abiertas de par en par las puertas del reino. Ojalá Dios reine en el universo de nuestra existencia y sea el verdadero rey de nuestra vida. Y ojalá sepamos ver en cada una de estas personas, solas, olvidadas y que necesitan auxilio, su más vivo retrato. Que en nuestra ayuda y en nuestra atención hacia ellas sepamos servirlas con amor, delicadeza y respeto, como al mismo Cristo.

2008-11-16

Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu señor

32º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor”.
Mt 25, 14-30

Dios nos da talentos a todos

En la liturgia de este domingo, el evangelio nos propone la parábola de los talentos. El texto nos narra como un señor, antes de viajar, pone en manos de sus empleados la administración de sus bienes para que, a su regreso, pueda percibir los beneficios de su hacienda. A uno le da cinco talentos, a otro dos y al último le da un talento. Sus empleados inmediatamente se ponen a trabajar, pero no todos. Y cada cual obtiene un fruto diferente.

Dios siempre ha creído en su criatura y ha querido contar con todos nosotros para que, junto a él, podamos co-participar de la salvación del mundo. Así, nos ha dado carismas y capacidades para culminar su obra salvadora. A todos nos da fuerza e inteligencia para que pongamos al servicio de su reino nuestra creatividad y saquemos lo mejor de nosotros, multiplicando los bienes espirituales que él nos ha dado.

La confianza hace florecer los talentos

El que tiene su confianza puesta en Dios inmediatamente se pone a trabajar con entusiasmo y obtiene frutos de esos dones. Es hermoso sentir como Dios confía plenamente en nosotros en la administración de sus bienes. Y es grande que cuente con nosotros. Como bien dijo Benedicto XVI en su discurso de investidura, Dios no sólo no nos quita nada, sino que nos lo da todo, y con creces. No hemos de temer nada: Dios nos regala la eternidad. A los que saben producir y multiplicar los talentos recibidos, les dará el cien por el uno. Así es su respuesta, derrochadora e inconmensurable.

La desconfianza esteriliza

Pero la parábola nos cuenta también que el que recibió un talento, por miedo y desconfianza hacia su señor, lo escondió y no lo puso a producir beneficios. El señor se enoja con este siervo y lo llama insensato y holgazán, porque al menos podía haberlo puesto en un banco, donde habría dado sus intereses.

Cuántas veces, por desconfianza, por pereza y porque malpensamos, descuidamos nuestras obligaciones y dejamos de potenciar las capacidades que Dios nos ha dado. Cuántas veces la falsa humildad, el temor y el recelo nos esterilizan hasta hacernos perder todo cuanto teníamos. ¿O es que creemos que Dios es injusto? ¿Creemos que reparte mal sus talentos? ¿Tememos su exigencia, o que nos lo pida todo?

Sólo los que abren su corazón a Dios serán dichosos. Pero los que se cierran, lo pierden todo, incluso lo poco que tenían, y serán infelices. En cambio, el hombre que reconoce a Dios como el centro de su vida recibirá innumerables bienes materiales y espirituales que lo harán plenamente feliz.

La Iglesia, llamada a dar fruto

Todos los cristianos estamos llamados a hacer fructificar como mínimo el talento que Dios nos ha dado a todos: su amor. Este don no le ha sido negado a nadie y lo regala en abundancia, de manera que puede multiplicarse en todos y cada uno de nosotros.

Dios ha concedido a su Iglesia unos dones espirituales para que los potencie. El legado de la caridad es esencial para que nuestra coherencia cristiana crezca. Este es un don muy potente que Dios nos ha dejado para que hagamos expandirse su reino.

Pero, ¡cuántas veces no sólo por pereza o miedo, sino por una falsa prudencia, dejamos de hacer lo que podríamos hacer! Tenemos miedo al riesgo, a equivocarnos, a que la gente nos critique. O simplemente, lo que queremos emprender no es “políticamente correcto”. O, como dice el Papa en su encíclica Deus Caritas est, la burocracia y un análisis excesivamente sociológico nos hacen caer en la trampa de convertir la obra social de la Iglesia en meras abstracciones y números. No olvidemos que el servicio de la caridad está por encima de los criterios empresariales, entre ellos, la competitividad, la búsqueda del rendimiento o de la pura eficacia, sin tener en cuenta otros aspectos humanos más difíciles de contabilizar.

La Iglesia no es una empresa, sino una familia. La gran comunidad de Cristo ha de evitar caer en la persecución de simples resultados y estadísticas; ha de ir a la personalización real de la caridad, sabiendo tratar a cada persona como al mismo Cristo. Sólo así podremos hablar de fecundidad evangélica, y no tanto de eficacia institucional.

No cortemos las alas al Espíritu Santo

No tengamos miedo a desarrollar los talentos que Dios nos ha dado. Tampoco estorbemos que los demás potencien sus talentos; no ahoguemos los proyectos que Dios pone en el corazón de las personas y que ni la Iglesia, ni las jerarquías eclesiales ni las instituciones humanas deberían impedir ni abortar. Nadie puede evitar que Dios haga explotar su generosidad y derrame sus talentos sobre quien quiera y como quiera; nadie debería poner frenos al Espíritu Santo, y mucho menos debería erigirse en juez. No podemos ahogar las buenas iniciativas que brotan en los demás.

En muchos casos, queremos poner trabas con argumentos aparentemente realistas, apelando a la sensatez, que en realidad esconden celos, envidias y miedo. Bajo una apariencia de prudencia y bondad pueden ocultarse enormes fantasmas que nos impiden hacer crecer a los demás.

No temamos ser creativos ni caigamos en el minimalismo de la fe raquítica, que se contenta con un puro cumplimiento de preceptos. Ya en el Deuteronomio se nos recuerda que hemos de dar a Dios lo máximo: amarle con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser. Es decir, amar a Dios con intensidad, volcando nuestra vida en él. Sólo así, desde esta profunda adhesión, se puede dar fruto en abundancia.

Somos templo de Dios

Dedicación de la Basílica de Letrán. Ciclo A
“Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
…y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”. Jesús contestó: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”.
Jn 2, 13-22

Somos templos vivos

Hoy celebramos la dedicación de la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de Roma y, podríamos decir, madre de todas las parroquias. La Iglesia de San Juan de Letrán es sede del obispo de Roma. Su terreno fue donado por el emperador Constantino y fue consagrada en el siglo IV por el Papa Silvestre, quien la dedicó inicialmente al Salvador. Más tarde, en el siglo XII, fue dedicada a San Juan Bautista. Residencia de papas y reyes, y sede de diversos concilios, después de siglos de guerras y persecuciones, fue el signo exterior de la victoria de la fe sobre el paganismo.

Esta fiesta nos hace sentirnos Iglesia viva y templo del Espíritu Santo. Para los judíos, el templo, junto con la ley, era un pilar de su religión. Para los cristianos, Jesús se convierte en el templo de Dios. Lo más importante no es el edificio, sino la persona de Jesús. Cristo es el altar viviente. San Pablo lo dirá muy bellamente: cada uno de nosotros es templo de Dios desde el momento de su bautismo. Y todos nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo, formamos parte de Dios.
Para los cristianos, Cristo es el verdadero templo. Él nos cura y nos hace santos.

El celo que consume a Jesús

Para san Juan, “subir a Jerusalén” significa el inicio del itinerario hacia la cruz. Jesús es consciente de que Jerusalén será el punto de partida de una larga agonía. Siente que su pueblo lo rechaza y no acepta la novedad de sus palabras y su mensaje. Podríamos decir que su pasión empieza ya en la infancia, cuando ha de huir a Egipto. Más tarde, ha de sufrir el desprecio, las críticas y los murmullos, las ambigüedades de su propio pueblo. El excesivo legalismo religioso de los judíos se rebela ante la novedad y la frescura de Jesús y lleva a sus dirigentes a condenarlo. Con este telón de fondo podemos entender mejor las palabras y la actitud vigorosa y exigente de Jesús ante los vendedores del templo.

Profundamente unido a su Padre, no entiende cómo un espacio sagrado puede prostituirse de tal manera. Para él, el templo es un lugar de comunicación íntima con el Creador. Por eso defiende el templo como casa de su Padre. El celo ardiente le lleva a consumirse hasta cumplir su voluntad.
Y hoy, ¿qué hacemos con nuestros templos?

El mensaje de Jesús nos alcanza hasta hoy. La casa del Padre no se puede rebajar a un lugar donde se mercantilizan los bienes para obtener beneficios puramente materiales. Dios no quiere que el espacio dedicado a su persona sea un simple mercado.

Sorprende la furia y el enojo de Jesús. En lo más hondo de su ser, está tan unido al Padre que no puede tolerar que su lugar sagrado quede mancillado. “La casa de mi Padre es casa de oración”, afirma. Es el hogar donde nos comunicamos con el Padre, allí donde uno puede abrirse de todo corazón para dejarse llenar por él. Es la esfera íntima donde dejamos que Dios nos acoja en sus brazos y, en esa intimidad, podemos sentirnos hijos suyos.

Tampoco convirtamos nuestro cuerpo y nuestra vida en pasto de mercaderes, ávidos de arrebatarnos lo más precioso que tenemos. Convirtamos nuestro corazón en un espacio de oración.

Luchar por la libertad interior

Jesús se siente hijo del Padre. Por eso lucha con fuerza para tirar abajo los dioses falsos, como el dios dinero. Y lo hace con aparente violencia, que asombra e incluso escandaliza viniendo de él, que es un hombre pacífico. Jesús nos enseña a sacar nuestra energía cuando se trata de defender nuestra relación con Dios. Muchos pueden extrañarse y quedarse pasmados. Se trata de salvar algo íntimo que yace en lo más hondo de nuestra alma. Me refiero, también, al valor de la vida y a luchar por el derecho y el respeto a nuestra libertad religiosa. Jesús se muestra rotundo cuando se trata de defender algo tan suyo.

Las ideologías imperantes quieren hacernos callar y reducir nuestras manifestaciones de fe al ámbito privado. Podemos defender nuestra identidad cristiana y ni leyes ni ideas pueden impedirnos que seamos fieles y vivamos según el modelo de hombre nuevo que nos propone Jesús. Aunque por esta lealtad experimentaremos el esfuerzo de una fuerte subida hacia la Jerusalén de nuestra vida. No nos sorprenda. Ser rechazado es entrar en la pasión de Cristo. No olvidemos que en el horizonte cristiano siempre asomará el misterio de la cruz.

2008-11-02

Fieles Difuntos

Ciclo A
“En casa de mi padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que a donde estoy yo, estéis también vosotros”.
Jn 14, 1-6

El paso intermedio hacia la luz

Celebramos hoy la festividad de los Fieles Difuntos, una fiesta en la que la Iglesia nos invita a rezar por muchos seres queridos que nos han precedido. Tras la muerte, ellos transitan por el camino de la luz, ese trayecto que los conducirá hasta Dios. Esta celebración es la continuidad de la fiesta de Todos los Santos, es decir, todos aquellos que ya están disfrutando del abrazo eterno de Dios Padre y ya han entrado en la intimidad más genuina, que es su mismo corazón. Estos ya están gozando de la poderosísima gloria de Dios.

Nuestros difuntos se hallan en ese paso intermedio, durante el cual poco a poco se van adaptando a la luz potentísima de Dios, que es fuego ardiente de amor. Por eso nuestras oraciones y las eucaristías que ofrezcamos por ellos son necesarias, pues los acompañan en ese proceso y agilizan su paso.

Una respuesta ante la muerte

En esta liturgia, la Iglesia quiere ayudarnos a reflexionar sobre la muerte, una situación vital que a todos, creyentes y no creyentes, nos interpela profundamente.

Delante de la muerte nos sentimos desconcertados e inseguros. Especialmente nos inquieta que un día dejemos de existir. Nos asalta la cuestión más fundamental: el sentido de la existencia humana, y nos preguntamos qué hay detrás de la muerte, de ese fino velo que separa la vida terrena del más allá. Ante este misterio, nos sentimos sobrecogidos e indefensos.

La muerte marca existencialmente a todas las culturas, desde la más remota hasta la nuestra, llena de soberbia y orgullo, cuya petulancia científica cree tener respuestas para todo.

Pero los cristianos encontramos la respuesta en Jesús: en la resurrección del cuerpo y del alma.
Para nosotros la muerte es un paso necesario para un encuentro en el más allá, el abrazo de Dios con su criatura. Porque Dios nos ama tanto que nos ha regalado una vida eterna que nos permita disfrutar de su presencia sin fin.

Nos debe preocupar la vida

A los cristianos no debería preocuparnos la muerte, porque ya sabemos el final generoso que nos regala Dios, sino que ha de preocuparnos cómo vivir la vida. Hemos de temer, antes que la muerte, vivir equivocadamente, al margen de los demás; hemos de temer una vida hinchada de soberbia, una vida vacía, sin sentido, apagada y sin amor; una vida llena de enfrentamientos en la convivencia. Hemos de temer lo que nos engaña y nos hace infelices.

Teniendo presente la perspectiva de la eternidad, nuestra vida puede cambiar y ser mucho más serena y fructífera. Tenemos un tiempo en esta tierra para hacer el bien, sin temor y sin vacilación alguna.

La victoria de Cristo sobre la muerte es la gran respuesta a esta cuestión antropológica tan honda: Cristo es nuestra salvación y quiere que todos se salven y tengan vida eterna, como dice san Juan en su evangelio: “He venido para que tengan vida, y vida en abundancia”. Vivir como él lo hizo, “pasar haciendo el bien” y entregando nuestra vida por amor, es el trayecto más seguro para afrontar la muerte con paz.

Dios nos guarda un lugar

El deseo de Jesús es que no seamos cobardes, que tengamos fe en él y en Dios Padre, porque en casa de su padre hay muchas moradas y él nos hará un lugar. El deseo más genuino de Dios es conservarnos vivos para permanecer con él. Sólo es necesario nuestro sí para el encuentro definitivo, el abrazo con él en la eternidad.

Jesús nos dice que Dios nos tiene un sitio preparado: ya ocupamos un lugar en su corazón. San Pablo nos dirá también que la resurrección del cuerpo glorioso de Cristo también es la resurrección de nuestro cuerpo mortal. Esta es la gran dicha del cristiano: viviremos para siempre y nos encontraremos con el Padre en el cielo.

2008-10-26

El primer mandamiento


30º Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo A 

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y el primero. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas”. Mt 22, 34-40 

Más allá de la ley, la vida


El pueblo judío seguía las enseñanzas de la Torá, que contenía más de seiscientos preceptos religiosos a cumplir. Jesús los resume todos en dos: amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo.

Ante la pregunta de un maestro de la ley, Jesús contesta yendo más allá del conocimiento de ésta. Jesús responde desde su profunda vivencia de Dios. Así, dice que el mandamiento principal es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Es decir, amar a Dios con toda la intensidad y situarlo en el centro de nuestra vida. Esta respuesta refleja la relación íntima de Jesús con su Padre. Él ama a Dios con toda su vida, tanto, que la entrega por amor.

Amar es más que cumplir un precepto o una norma; el amor es la concreción y la plenitud de la ley. Jesús nos alerta a no caer en legalismos religiosos. Nos pide que amemos por encima de todo y nos enseña también a amar a Dios como él lo ama.

Amar al prójimo


Pero no se puede separar amar a Dios y al prójimo. Ambos amores están estrechamente vinculados. San Juan nos dice: ¿Dices que amas a Dios, a quien no ves, y no amas al prójimo, a quien ves?, ¡hipócrita!

La mejor forma de demostrar el amor a Dios es amar al prójimo. Amar a Dios nos cuesta quizás menos pero amar al prójimo, que nos piensa como nosotros, que no es de nuestro grupo, que incluso nos ha hecho daño, es más difícil y supone una mayor exigencia.

Si de verdad amamos a Dios, como consecuencia inevitable amaremos a los demás. Jesús lleva al límite el amor al prójimo, incluso al que no es “amigo”, es decir, hasta el enemigo. Amar al enemigo es la máxima expresión de un amor encarnado y cristiano. Así, Jesús lleva la ley a su plenitud. Ya no nos dirá que amemos al prójimo “como a ti mismo”. En la cena pascual, durante el discurso del adiós, nos dirá: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. En ese “como” está la clave del amor cristiano. Si en el Antiguo Testamento el amor a Dios y al prójimo resumían toda la Ley y los profetas, en el Nuevo Testamento se nos da un único Mandamiento: el amor al estilo de Jesús, “amaos como yo os he amado”. Jesús va mucho más allá de las normas, y su respuesta a la pregunta del fariseo trasciende toda la ley. Los cristianos de hoy hemos de aprender a amar al modo de Jesús y sacar de nosotros todos aquellos aspectos judaizantes que nos impiden amar en libertad, con todo nuestro entusiasmo y entrega.
Sólo el amor desde la libertad nos llevará a la plenitud de la vida cristiana.

2008-10-19

Dios, más que el César

29º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“Dad al César lo que es del César,
y a Dios lo que es de Dios”.
Mt 22, 15-21

Una pregunta maliciosa

Los fariseos y los partidarios de Herodes quieren comprometer a Jesús con una pregunta malintencionada. Así, envían a varios a interrogarlo y lo ponen ante una cuestión delicada: ¿Es lícito pagar tributos al César? Previamente, le han dedicado palabras halagadoras: “Sabemos que siempre dices la verdad, que enseñas los caminos de Dios y que no te importa lo que diga la gente”. Pero Jesús capta inmediatamente sus intenciones y responde con inteligencia, sin atacar la relación del pueblo judío con Roma, una relación de dominio y opresión.

Quieren atrapar a Jesús pidiéndole su opinión acerca del poder romano, pero él se desmarca de la polémica y esquiva la trampa.

Ante las preguntas que nacen fruto de la desconfianza, para sonsacarnos y utilizar nuestras opiniones como arma arrojadiza, Jesús nos enseña a actuar de manera lúcida e inteligente. En primer lugar, no se deja embaucar por sus palabras lisonjeras. “Hipócritas”, les dice, “¿por qué me tentáis?”. Luego, les responde con otra pregunta y les obliga a encontrar ellos mismos la respuesta. Pidiéndoles un denario romano, les dice: “¿De quién son esta cara y esta inscripción?”. Ellos responden: “Del César”. Y entonces él pronuncia esta frase rotunda: “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

¿Qué es del César?

¿Qué es del César y qué es de Dios? Con su respuesta, Jesús marca una clara separación entre el poder divino y el humano, avanzándose en muchos siglos a lo que hoy conocemos como “separación de poderes” o laicidad del estado.

Ser cristianos no nos exime de las obligaciones de cualquier otro ciudadano. Dar al César lo que le corresponde es aportar nuestros impuestos para la construcción de servicios, equipamientos y obras públicas necesarias en nuestros países. Es decir, ser buenos ciudadanos, responsables y solidarios, contribuyendo a la mejora de toda la sociedad.

Pero no podemos dar al César nuestra libertad, nuestros pensamientos, nuestro corazón. Nuestra conciencia y nuestro ser no pertenecen a los poderes humanos sino que son un don de Dios.

¿Qué es de Dios?

A Dios, ¿qué podemos darle? Dios nos lo ha dado todo. Nos ha dado la existencia, la familia, los amigos, nuestra libertad, incluso nuestro patrimonio, poco o mucho. Pero, por encima de todo esto, nos ha dado el don de la fe y el regalo de la promesa de la eternidad. ¿Cómo corresponder a tantos dones? Nunca podremos hacerlo.

Dios no nos pide dinero y nunca nos obligará a dar aquello que no queramos dar, ni nos castigará por ello. Pero aquel que tuvo la iniciativa de hacernos existir y nos ha dado todo cuanto tenemos, ¿no merece que le entreguemos generosamente algo de nosotros?

¡Cuántas veces regateamos ante él, porque olvidamos que nos ha dado la misma vida!

Dar a Dios lo que es de Dios significa trabajar por la paz, construir la fraternidad, cuidar de los más débiles. Son de Dios la comunión y la amistad. Cuando actuamos así, le estamos ofreciendo nuestro pequeño tributo en tiempo, en vida, en esfuerzo y en pasión. Será entonces cuando llevaremos inscrita en nuestro corazón la imagen de un Dios Padre generoso que nos lo ha dado todo.

Libertad interior

Con su respuesta, Jesús pone de manifiesto su auténtica libertad frente a la religiosidad judía y al gobierno opresor de Roma. Por encima de una y otro, Jesús sitúa a Dios.

El cristiano ha de aprender a estar en el mundo que le toca vivir, cumpliendo con sus obligaciones cívicas, pero con la mirada puesta más alto. Hemos de vivir nuestra vida de manera trascendida. Sólo así manifestaremos la verdadera libertad de los seguidores de Jesús y podremos exclamar, con el profeta Isaías (Is 45, 1.4.-6), que Dios es el Señor, y no hay otro; fuera de él, no hay dios.

Esta ha sido la libertad de los santos y de tantas personas que han entregado su vida porque en su corazón han tenido muy claro qué es de Dios.

2008-10-12

Dios sale a nuestro encuentro

28º Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis convidadlos a la boda”
Mt 22, 1-14

Una historia de amor al hombre

La relación de Dios con el hombre es una bella historia de amor. Dios no se cansa de ir en nuestra búsqueda para sentarnos a su mesa. Es un Dios enamorado de su criatura. Como bien leemos en la lectura del Antiguo Testamento (Is 25, 6-10), él “preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos…”, “Aniquilará para siempre la muerte”, “enjugará las lágrimas de todos los rostros”. “Aquí está nuestro Dios… Celebremos y gocemos con su salvación. La mano de Dios se posará sobre este monte”.

Las escrituras ya nos revelan ese amor apasionado de Dios por su pueblo escogido, Israel. También arrojan luz sobre cómo es ese reino de los cielos: allí donde reina Dios es una fiesta donde hay abundancia de bienes, donde la tristeza, la muerte y el llanto se alejan. Reinan su amor y su magnificencia. Por eso es comparado con un banquete espléndido.

Es Dios quien nos invita

En el evangelio, Jesús nos explica con parábolas cómo Dios nos invita a su reino.
De entrada, la iniciativa parte siempre de Dios: es él quien busca al hombre. Nos busca a nosotros. Pero, como el pueblo de Israel, no escuchamos ni aceptamos la invitación. Los criados son los profetas que salen a los caminos para hablar a las gentes de la misericordia y el don de Dios. El mismo Cristo sale a la calle y nos llama a la conversión. Quiere sentarnos a su mesa, a su ágape. Pero, ¿qué sucede?

No tenemos tiempo para Dios. Nos convida, incesantemente, pero estamos tan metidos en nuestros asuntos, tan ajetreados, tan ensimismados, que no sólo no oímos, sino que tampoco aceptamos su invitación. Todo son excusas para no acudir a su llamada. Porque una llamada pide dar un sí, pide tiempo, dedicación… ¿Estamos dispuestos a responder? Incluso nos molesta que alguien, en nombre de Dios, nos pueda ayudar a discernir sobre nuestra vida. Como hicieron los convidados con los criados, los despedimos de mala manera y los apartamos.

Cuando rechazamos a Dios, el mundo se hunde

Con estas excusas, no nos extrañe que Dios parezca estar ausente. A menudo nos preguntamos, ¿dónde está Dios? Cuando, en realidad, él viene a nuestro encuentro cada día pero lo rechazamos, incluso insultamos y despreciamos a sus enviados. ¡Qué orgulloso se torna el mundo cuando prescinde de Dios y cree no necesitar de él, el mismo que se lo ha dado todo!

Ese alejamiento de Dios tiene consecuencias devastadoras. La primera es la frialdad que nos hace insensibles al sufrimiento, al dolor. Después vendrán otras, que estamos viendo cada día en nuestro mundo de hoy. El hambre, las guerras y la violencia no son fruto del abandono de Dios, sino consecuencia de nuestro brusco rechazo a él.

Más allá del cumplimiento de la ley

Pero Dios sigue buscándonos. Envía a sus criados, nos abre las puertas de su casa y quiere que su mesa esté llena de invitados. Continúa seduciéndonos, insistiendo, porque nos ama.

En la parábola vemos que, finalmente, logra llenar su sala de comensales. Quienes escucharán a Dios a menudo serán gentes que, a nuestro juicio, quizás sean más despreciables, marginadas o incluso pecadoras. Serán aquellas que, en el fondo, tienen una especial sensibilidad para captar su llamada. Recordemos que esta parábola está dirigida a los judíos que ostentan el poder –“fuisteis llamados pero no vinisteis”. Su excesivo legalismo religioso les cierra el corazón y dejan a un lado la misericordia y la bondad. ¿No creéis que nosotros, los creyentes de nuestro tiempo, reflejamos a veces esa actitud de desprecio ante la invitación? Siempre tenemos cosas más importantes que hacer. Estamos absorbidos por mil asuntos y hemos reducido nuestra fe a una mera práctica ritualista. ¿No habremos caído en el legalismo judío? ¿No hemos superado la Torá? Cristo revoluciona la ley, llevándola hasta las últimas consecuencias, y la supera yendo mucho más allá. No quiere perfectos cumplidores de la ley, sino corazones abiertos llenos de amor y misericordia. Claro que esto es más exigente que cumplir unos preceptos.

Vestirse de fiesta

Los cristianos acudimos cada domingo al ágape del Señor: la eucaristía es su banquete. Pero no creamos que por estar aquí ya tenemos el reino del cielo asegurado. El rey, nos cuenta Jesús, repara en un invitado que no lleva el traje de fiesta. En realidad, es su corazón el que no se ha revestido de fiesta, no está limpio ni convertido. Quizás este comensal no ha venido convencido al banquete. Dios nos quiere libres de toda esclavitud para participar en su fiesta. Y aquí el autor sagrado nos muestra la relación entre el sacramento de la reconciliación y la eucaristía. No podemos vivir la plenitud de la fiesta si antes no hemos perdonado y recibido el perdón. Nuestra liberación y nuestra pureza de corazón son el vestido de fiesta que nos permite sentarnos a la mesa con Cristo.

Muchos son los llamados…

Muchos son los llamados y pocos los escogidos. ¿Realmente los llamados seguimos a Jesús? En la medida que entreguemos nuestra vida a Dios seremos escogidos por él para anunciar su reino. Y esto supondrá ir a contracorriente, sortear dificultades y no temer nada, confiando siempre en Dios.

Los que participamos cada domingo del ágape eucarístico hemos de salir a los cruces de los caminos. Aunque no lo parezca, mucha gente está ansiosa de Dios, de ser escuchada, de recibir su amor. Nos lamentamos porque nuestras iglesias se vacían, pero no damos un paso para anunciar a Dios fuera de sus muros. No vengamos a misa sólo para escuchar su palabra: vivamos de su palabra. Nuestra misión es llamar a otros a vivir la experiencia de la amistad con Dios. Sólo de esta manera llenaremos de comensales nuestras eucaristías.