2011-04-06

Una llamada a vivir la vida de Dios


5 domingo de cuaresma -A-
Evangelio: Jn 10, 31-42

Los amigos de Jesús

En su itinerario misionero, además de anunciar con gozo la Buena Nueva, Jesús va creando a su alrededor grupos de amigos buenos y fieles, como los de Betania. Son personas que se encuentra en su camino y con las que establece unos vínculos de profunda amistad. Lázaro, Marta y María, ocupan un lugar importante en el corazón de Jesús.

El evangelista nos narra una bella historia de Jesús con los amigos de Betania. En la narración se puede intuir el grado de estima que se tenían entre ellos. El autor sagrado nos dice que Jesús amaba a los tres hermanos, tanto es así que aparece profundamente apenado por la muerte de Lázaro y por tres veces el texto nos dice que sollozó. Conmovido, Jesús llora por su amigo. Los lazos de su amistad con él y sus hermanas son muy fuertes.

El dolor ante la muerte

Estas escenas de duelo son situaciones que se dan en la vida. Todos hemos vivido el dolor y la pena por la muerte de algún ser querido, en nuestros círculos de familiares o amigos. Cuando alguien a quien amábamos se muere, seguramente hemos sentido un profundo desasosiego. La muerte nos impacta de tal manera que no nos deja indiferentes ante el sufrimiento del amigo. Aunque silenciosa, siempre está cerca de nosotros.

Las hermanas de Lázaro mandan un recado a Jesús para que se desplace a Betania porque su hermano está enfermo. Jesús, entonces, afirma algo contundente: la enfermedad de Lázaro no acabará con su muerte. Recordemos que el evangelio nos ha narrado recientemente cómo Jesús daba luz a un ciego de nacimiento, otorgándole el don de la vista.

Esta vez el reto es mayor: devolver la vida a Lázaro. El texto recalca que Jesús amaba a Lázaro, y creo que aquí está la clave del milagro: el amor. El amor nos hace vivir de una manera trascendida resucitada. Para la samaritana de Sicar, Jesús es el agua viva; para el ciego de nacimiento es la luz, y para Lázaro y sus hermanas es la resurrección.

Jesús tardó cuatro días en llegar, cuando Lázaro ya estaba enterrado. María corre desconsolada al encuentro de su amigo y, como es normal, le reprocha que no haya estado con ellos. Marta tiene confianza en Jesús y se atreve a decirle que su hermano no hubiera muerto si él hubiese estado con ellos.

Jesús y Marta: aprender a confiar

En Marta intuimos un aprecio y una profunda confianza hacia Jesús. Tiene la certeza de que lo que le pida le será concedido, por el profundo vínculo que los une. Jesús dice a Marta: Tú hermano resucitará. Este diálogo lleno de confianza y fe les llevará al milagro.

Sólo cuando tenemos total confianza y abandono en aquel que nos ama se produce el gran milagro de sentirse vivo. Este momento nos hace vibrar de tal manera que nos hace vivir, ya aquí, la eternidad. Cuando uno ama de verdad se siente renacer de nuevo en la persona amada. Podríamos decir que cuando hay amor auténtico, se está viviendo aquí y ahora la vida eterna. Estamos preludiando la resurrección.

El rico diálogo entre Jesús y Marta culmina en la gran afirmación que hoy repetimos en el Credo. Jesús es la resurrección y la vida. “¿Crees esto?”, pregunta Jesús a Marta. Marta responde con una proclamación de su fe. “Sí, creo”.

Salir afuera: resucitar es también liberarse

Solo cuando creemos en Jesús nos puede devolver la vida, aquella que un día perdimos porque nos alejamos de él. Solo si creemos en su amor infinito él, con su potestad divina, con todas sus fuerzas nos dirá: Salid afuera. Salid de vosotros mismos, de las cadenas que os atan, de la penumbra que oscurece vuestra vida. Él nos desatará y nos librará de todo aquello que nos esclaviza y no nos deja vivir según Dios.

Abramos nuestras vidas a aquella voz potente que nos grita con fuerza que salgamos de nuestro escondite, de la apatía y del egoísmo. Jesús nos dice, con voz recia, que salgamos afuera y que vayamos a él. Él es la auténtica vida y lo puede todo.

Nunca es tarde para Dios

Muchos dudaban, pero Marta creía en Jesús. Para él nada está perdido y nada está del todo muerto. Cuando Jesús ordena abrir el sepulcro, Marta le dice: Señor, ya huele mal. El pecado corrompe nuestras entrañas, pero el amor de Dios puede convertir un corazón corrupto y herido en uno virgen y limpio. Si tenemos fe en Jesús, él nunca llegará tarde cuando lo necesitemos. Para Jesús lo más importante es darnos la vida sobrenatural. Jesús nos libera y nos da la vida nueva para que caminemos junto a Él. Su amor sacia nuestra sed de Dios, nos ilumina en nuestro camino y nos regala el Cielo.

2011-04-02

El ciego de nacimiento

4 domingo Cuaresma -A-

Evangelio Jn 9, 1-41

El evangelio del ciego de nacimiento, en este quinto domingo de Cuaresma, es un atisbo de la Pascua, la luz de Cristo resucitado.
Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento y hace que pueda ver. Hemos de entender este milagro como un acto profundamente simbólico.
Curar a un ciego de nacimiento es un reto para Jesús. Este hombre jamás ha podido ver. Pero Dios puede curar nuestras más profundas cegueras, y no sólo las físicas. La máxima ceguera podríamos decir que se da cuando negamos la evidencia de su amor.

La tierra engendradora

Jesús no pasa de largo ante el dolor de las personas. Cuando ve al ciego, se detiene ante él. Pero no lo cura inmediatamente, sino que lleva a cabo varios pasos. Primero, ensaliva la tierra y le mete el barro en los ojos. Este gesto evoca el Génesis: con barro, Dios moldea al primer hombre, Adán. Con su aliento divino, Dios también moldea nuestro espíritu y nuestra vida.

El agua purificadora

Seguidamente, Jesús le dice al ciego que vaya a la piscina a lavarse. El agua simboliza la purificación, la limpieza interior. Dios nos lava de nuestra culpa, de nuestro pecado. El ciego obedece a Jesús y, al regresar del baño, sus ojos se abren y recibe el don de la vista.
Ante Dios, todos somos indigentes y necesitamos pedir su gracia y su amor para que nos cure, nos limpie y nos ayude a ver más claro el horizonte de nuestra vida.

La incredulidad obstinada

Cuando queda curado, la gente a su alrededor queda atónita ante el milagro. ¿Quién puede curar a un ciego de nacimiento? En Jesús, Dios puede sanar hasta la enfermedad más grave y persistente. Quizás la peor de todas las dolencias es cerrar los ojos y negar a Dios, la prepotencia de creer que todo lo podemos sin él.
Los fariseos interrogan una y otra vez al ciego para pedir explicaciones de cómo ha sucedido el milagro. En el ciego, la claridad es cada vez más intensa, mientras que los judíos de la sinagoga, obcecados, cada vez van cerrando más los ojos ante ese acontecimiento extraordinario.  Su obstinación les impide ver lo ocurrido porque no creen en Jesús. En cambio, el ciego reconoce en él a un gran profeta. Su adhesión a Jesús crece en la medida que los fariseos se van alejando de él.

La ley y el hombre

Tras el milagro, surge también otra cuestión polémica, el choque entre Jesús y el legalismo judío, la cuestión del sábado y la observancia de la Ley de Moisés.
Para Jesús, cumplir la ley es importante, pero también lo es la dignidad de la persona y su vida. El hombre no está hecho para la ley, sino la ley para el hombre. Los fariseos discuten si realmente puede ser hijo de Dios, ya que no respeta el sábado. ¡Cuántas veces pesan más en nosotros los ritos, las celebraciones, el cumplimiento del precepto, que el amor, la caridad, la unión entre todos los cristianos!

La fe, puesta a prueba

El ciego sufre su pequeño vía crucis: pasa por un largo interrogatorio en la sinagoga que, lejos de hacer tambalear su convicción, lo lleva a afirmar con mayor fuerza su adhesión a Jesús. Pero esta afirmación lo aboca al rechazo y es echado de la sinagoga.
Jesús lo busca, cuando se entera de que ha sido expulsado de la sinagoga. El último diálogo entre ambos es crucial. Jesús le pregunta directamente si cree en el hijo del hombre. Tras su proceso interior de creciente iluminación, y tras el choque con los fariseos, el ciego aún le pregunta una última vez. “¿Quién es el hijo del hombre, para que crea en él?”. Y Jesús le confirma su identidad. “Soy yo”. Al pronunciar ante Jesús “Sí, creo”, el ciego trasciende el aspecto físico del milagro. Ya no sólo ve físicamente, sino con los ojos de la fe.
Al igual que el ciego, los cristianos de hoy, que vivimos de forma entusiasta y convencida nuestra fe, podemos topar con el rechazo de muchos sectores sociales. Una experiencia viva y personal para nosotros es evidente, pero para otros puede ser increíble o inaceptable. Incluso podemos ser vilipendiados por nuestras convicciones. Pero estas pruebas, comparadas con el amor de nuestro Creador, no han de servir para otra cosa que reforzar nuestra fe y buscar con mayor ahínco su luz.
Los cristianos sabemos que Cristo está presente en la eucaristía, hecho alimento para todos. Hemos experimentado ya muchas veces que nos ha amado y nos ha perdonado. Por ello, hemos de convertirnos en pequeños faros luminosos para que otros puedan ver, con nuestro testimonio vivo, que Cristo es nuestra luz y que su amor ha vencido las tinieblas, la oscuridad. Como diría San Pablo, estamos instalados en la luz de Cristo.

Dios quiere nuestra salud

Dios quiere nuestra salud. El gesto de emplear saliva y barro para curar los ojos puede significar también que Dios ha puesto en la naturaleza todos los medios terapéuticos para mejorar nuestra calidad de vida. Pero no hablamos sólo de la ceguera física, sino de la peor de las cegueras, la de aquellos que, viendo, no quieren ver.
Dios nos da, no sólo la vida y el aire para respirar, sino que continuamente obra pequeños milagros que van reforzando nuestra vida espiritual. Hemos de saber ver a Dios en los demás, descubriéndolo en los acontecimientos de cada día, seguros de que siempre está actuando y dándonos vida y luz.

2011-03-26

La mujer samaritana

3 domingo Cuaresma -A-
Evangelio: Jn 4, 5-42

Dios nos sale al camino en la vida cotidiana

El evangelista nos describe un hermoso cuadro con enorme contenido catequético. Junto al pozo de Sicar, Jesús instruye a una mujer samaritana haciéndole descubrir la trascendencia del amor de Dios. El autor sitúa la acción de Jesús en un marco cotidiano y en un lugar físico y geográfico: Sicar de Samaria. Además, para dar veracidad al relato, señala la hora del día. Con estos detalles, quiere indicar cómo Dios entra en nuestra historia de cada día. Mucha gente debía ir al pozo de Jacob a buscar agua, como aquella mujer. Dios se manifiesta en nuestro quehacer ordinario, en nuestras acciones sencillas del día a día. No hay que esperar una gran revelación o un momento místico. Nos sale al encuentro paseando, trabajando, mientras estamos con los amigos… Dios es así de cercano.
Pero veamos la carga teológica de este encuentro y esta conversación de Jesús con la samaritana, junto al manantial.

La sed de trascendencia

Hemos leído en la lectura del Antiguo Testamento, como los israelitas murmuraban contra Moisés porque en su travesía por el desierto padecían sed. En nuestro itinerario por la vida también nosotros tenemos sed de Dios, sed de trascendencia. Pero, así como en el Éxodo es el pueblo quien pide a Moisés de beber, y él clama al cielo para que el agua brote de la roca, en el pozo de Samaria, es Jesús quien pide a la samaritana que le dé de beber. Con esta petición, inicia un diálogo que acabará en una catequesis sobre la gracia.
La mujer se extraña de que un judío se dirija a ella y le pida agua, ya que judíos y samaritanos estaban enemistados. Pero Jesús tiene muy claro que la salvación es universal y para todos. Aunque le diga que viene del pueblo judío, fiel a la tradición de su fe, la salvación está abierta al mundo entero.
Cuántas veces sufrimos necesidad y falta de agua. Cuando padecemos sed, vemos que es vital para sobrevivir. También tenemos otra sed, la sed de felicidad y de trascendencia, que buscamos saciar de múltiples maneras, a veces equivocadas. Cuando por el pecado o por el orgullo nos volvemos autosuficientes, nos damos cuenta de que, por mucho que lleguemos a beber del dinero, del sexo, del poder… siempre volverá a brotar en nosotros la angustia de la sed.

El agua viva

Jesús le ofrece a la samaritana una fuente de agua viva que nunca se agota, y que será “un manantial que salta hasta la eternidad”. En realidad, Jesús se nos está ofreciendo como el auténtico manantial espiritual, de aguas vivificantes que pueden apagar nuestra sed.
La mujer le pedirá que le dé a beber de esa agua, porque nunca más quiere tener sed. Está abierta, receptiva a las palabras de Jesús. Sólo Dios puede saciar nuestra sed de trascendencia y de felicidad.

De la experiencia al testimonio

Y Jesús cambia la vida de esta mujer, haciéndola apóstol, comunicadora de su experiencia de encuentro con el Mesías. “El Mesías que ha de venir soy yo, el que habla contigo”, le dice.
Él siempre está a nuestro lado. Hemos de aprender a verlo y a descubrirlo. Si nos abrimos de verdad, su gracia entrará como un torrente de aguas frescas en nuestro corazón y nos hará testimonios de ese encuentro con él.
La samaritana se convierte en anunciadora. Ha quedado tan impactada de sus palabras, de su amor y comprensión, que pasa a ser un pequeño caño de agua para los habitantes de su pueblo. Jesús se queda dos días allí, predicando, y las gentes del lugar creen que realmente es el Mesías.

Invitar a Jesús

“Quédate con nosotros”, le suplican. Estas palabras evocan el encuentro, después de resucitado, con los discípulos de Emaús. También nosotros hemos de saber invitar a Jesús a nuestras vidas. Sólo así llenaremos nuestra existencia de sentido y de felicidad imperecedera.
La eucaristía es la fuente donde bebemos los cristianos. En ella, Jesús nos invita a beber de su agua viva y a alimentarnos de su pan. En la medida en que nos acerquemos a ella y vivamos el amor de Dios en comunidad, podremos sentir que nuestra vida, ya aquí, comienza a ser eterna.

2011-03-19

La transfiguración

2 domingo Cuaresma -A-

Evangelio: Mt 17, 1-9.

Una experiencia mística en el Tabor

Jesús lleva a sus discípulos más allegados, Pedro, Santiago y Juan, a un monte elevado, y allí se transfigura ante ellos. En el Antiguo Testamento, la montaña se define como un lugar donde Dios se revela. El texto de la transfiguración es una teofanía, es decir, una manifestación de Dios. Leemos cómo el rostro de Jesús cambia y sus vestidos aparecen blancos como la luz. Es una forma de expresar cómo Jesús revela a sus amigos la experiencia íntima que tiene con Dios. Desvela su identidad como hijo del Padre y a la vez corre el velo de las entrañas de Dios. Los tres discípulos son testigos de una experiencia luminosa.
En el centro de este pasaje evangélico también encontramos a Moisés y a Elías, dos figuras clave del Antiguo Testamento, conversando junto a Jesús. Moisés representa la Ley, Elías el profetismo, la línea de profetas que anuncian la venida del Mesías. Jesús, en el centro de ambos, representa la culminación de la Ley y de los profetas. Él es la única ley: la ley del amor, y el único profeta, que nos anuncia el reino de los cielos, la nueva humanidad, que alcanza la plenitud en su persona.
Pedro dice a Jesús: ¡Qué bien se está aquí! Construyamos tres tiendas. Para él, es una experiencia hermosa que desearía eternizar. Es testigo del anuncio de la resurrección de Jesús, atisba una vida plena que va más allá de la muerte. Por eso quiere permanecer en ese éxtasis, en esa plenitud. Tanto él como sus compañeros, Santiago y Juan, quedan profundamente impactados por la experiencia.

Escuchadle

De la nube sale una voz que dice: “Este es mi hijo el amado, el predilecto: escuchadle”. Se pone de manifiesto la relación paterno-filial entre Jesús con Dios Padre. Para el Padre, Jesús es su hijo, el que lo llena de gozo, y en él tiene puestas todas sus esperanzas para la redención del mundo. A la vez, Jesús se siente hijo pleno del Padre. Es desde esta sintonía entre ambos que el Padre nos dice: “Escuchadle”.
Hoy se habla mucho. Políticos, filósofos, medios de comunicación… no cesan de transmitirnos mensajes. Sin embargo, ¡qué poco se escucha! La actitud de escucha es fundamental en la vida del cristiano. Sólo si sabemos escuchar y tenemos tiempo para ello aprenderemos a discernir lo que realmente quiere Dios para nosotros.
La escucha atenta es necesaria para forjar nuestra vida espiritual. Especialmente, esta escucha tiene que ir dirigida a la palabra de Dios y a los signos de los tiempos: saber leer entre líneas lo que Dios nos está queriendo decir a través de los acontecimientos y las personas que nos rodean.

Mirar las cosas desde Dios

Jesús les dirá a sus amigos que no cuenten nada hasta que él resucite de entre los muertos. A esto, en teología, se le llama secreto mesiánico. Jesús no quiere precipitar los acontecimientos, pero sí deja claro que quiere ir a Jerusalén, sabiendo que el camino hacia Jerusalén significa ir hacia la cruz, hacia la pasión, hacia el Gólgota.
La vida del cristiano tiene estos dos momentos: la experiencia luminosa del encuentro con Cristo y, por otro lado, la experiencia de dolor y de cruz, como vivencia de abandono total en manos de Dios.
Hoy, cada domingo, los cristianos estamos siendo testigos de la experiencia del amor de Dios, como aquellos apóstoles. Cada eucaristía es un Tabor que nos ayuda a transformarnos con el pan y el vino. Nuestra alma adquiere luminosidad con la presencia de Cristo. Tomar a Cristo ha de transfigurarnos y elevarnos para saber vivir con serenidad y mirar nuestra vida desde la trascendencia, desde “la montaña”. En definitiva, la comunión nos hará contemplar el mundo desde Dios.

2011-03-12

Las tentaciones

1 domingo de Cuaresma -A-
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar durante cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre…
Mt 4, 1-11

Cuaresma, tiempo de acercarse a Dios

En este primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone reflexionar en las consecuencias pedagógicas y espirituales que se extraen del texto sobre las tentaciones de Jesús. Cuaresma siempre es un tiempo indicado para fortalecer nuestra relación con Dios. Para ello, es preciso buscar tiempo para la soledad y el silencio. Como veremos en el evangelio, Jesús se retira al desierto a orar. Después de ese tiempo, en el cual es tentado, sale reforzado en su relación con Dios, superando las tentaciones del diablo.
La vida del cristiano es un auténtico combate contra las múltiples realidades malignas que nos alejan de Dios. Jesús nos enseña a vencer las tentaciones y nos demuestra que el bien y el amor son más fuertes que el mal.

La primera tentación, superar la filantropía

Tras ayunar durante cuarenta días, Jesús siente hambre. Será a partir de esta necesidad real que el diablo querrá introducirse en él y fragmentar su relación con Dios. Así lo hace con las personas. Cuando alguien se siente débil, frágil, inseguro, está expuesto a ser fácilmente utilizado. Esta tentación tiene que ver con nuestras necesidades físicas, materiales y psicológicas. El diablo juega sucio, aprovecha la debilidad de las personas para atacar. Pero Jesús resiste fuerte y se abandona totalmente en Dios. Frente a la maniobra del diablo, responderá: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de Dios”.
La humanidad no necesita solamente bienestar material; no sólo vive del progreso. Por supuesto, Dios conoce nuestras necesidades y sabe que necesitamos el pan cotidiano. Pero nuestra vida no sólo es material, sino también sobrenatural. Por tanto, también necesitamos comer el pan de Dios, que es Cristo.
Los miembros de la Iglesia hemos de ser muy conscientes de que hemos de despertar en la gente apetito de Dios. Quedarnos en la pura filantropía, en las acciones sociales y benéficas, es insuficiente para un cristiano. Hemos de pasar de la solidaridad a la caridad, al amor. Hemos de alimentar nuestras almas, viviendo según la palabra de Dios, haciendo su voluntad. Este es nuestro pan: decirle sí a él, a todas.

La tentación de la desconfianza

“Si eres hijo de Dios, lánzate desde lo alto del templo, y los ángeles te recogerán”, continúa el diablo. Justamente, lo que más claro tiene Jesús es su filiación divina, que se manifestó en el Jordán. No necesita poner a prueba a Dios, porque no duda de él, sabe que lo ama. Entre Jesús y Dios Padre no hay grieta alguna por donde pueda entrar el maligno. En cambio, qué soberbia tan grande la del ser humano que desconfía de Dios. Esa desconfianza es la que lo precipita al abismo.
Los cristianos también sufrimos cuando achacamos a Dios todos los problemas del mundo. El mundo va mal porque las personas somos egoístas e irresponsables. Dios no quiere el sufrimiento, no quiere que nadie se lance al abismo. Si hay dolor, somos nosotros los causantes, porque no utilizamos correctamente nuestra libertad y no queremos ponernos en manos de Dios. Luego, nos horroriza la maldad que vemos a nuestro alrededor. Resulta fácil echar las culpas a Dios. Pero, aunque él pudiera evitar el mal, nunca hará nada sin contar con nuestra libertad.
El ser humano quiere actuar al margen de Dios, y es entonces cuando se generan auténticas catástrofes. La peor tentación es apartar a Dios de nuestras vidas. Jesús replica al demonio: “Apártate, Satanás”. En cambio, nosotros decimos: “Vete, Dios. Aléjate”. Lo rechazamos y esto nos lleva a la ruina.
Jesús responde también al diablo: “No tentarás al Señor, tu Dios”. No meterás cizaña entre el Padre y yo, nunca podrás quebrar nuestra unidad.

La tentación de la idolatría y el culto a sí mismo

Si la segunda tentación cuestiona la confianza en Dios, la tercera es una promesa: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Jesús, con Dios, ya lo tiene todo. No necesita que el diablo le ofrezca los reinos del mundo. Jesús era un hombre carismático, con una personalidad atractiva, que movía a las gentes y tocaba sus corazones. Usando su reconocimiento social y religioso, Jesús hubiera podido caer en el tobogán del poder, manipulando a las masas y utilizándolas para sus fines. ¡Cuánta gente, en nombre de Dios, utiliza a los demás! Jesús siempre rechazó el poder. Incluso cuando obraba milagros y las gentes lo perseguían para hacerlo rey, él siempre se apartaba. Nunca quiso para sí culto alguno ni reconocimiento. Tenía muy clara su prioridad: Dios Padre.
Hoy, frente a la cultura de la idolatría, adoramos al dios dinero, al dios poder, al dios consumismo. El diablo sabe que la ambición, la posesión y el dominio sobre los demás es un plato suculento que hace caer fácilmente a las personas. Los diosecitos modernos piden nuestra reverencia y adoración. Jesús, en cambio, renuncia al poder porque es Dios quien reina en su corazón, y sólo a él le rinde culto; Dios es su máxima gloria.
Los cristianos hemos de apartar de nosotros esos cultos paganos que nos alejan de Dios. Quizás existe otra sutil tentación, más diabólica aún: el culto a uno mismo. Yo me convierto en dios de mí mismo, me erijo en máxima autoridad y me creo en la posesión de la verdad. Cuántos personajes históricos se han aupado por encima de los demás y se han abrogado un poder que ha ocasionado grandes catástrofes. A lo largo de la historia han surgido muchos falsos mesías. El peor terror es actuar creyéndose Dios sin serlo. Por otra parte, Dios carece de esos atributos de poder y destrucción que muchos le achacan. Dios quiere nuestra libertad. Tanto la respeta, que asumirá que no le queramos sin castigarnos por ello. Simplemente nos dejará.
A nada ni a nadie hemos de adorar. Sólo a Aquel que nos ha creado y amado sin límites. Reconocerlo ya es adorarlo.

2011-03-05

Enraizados en el corazón de Cristo

9º Domingo Tiempo Ordinario -A-
Mt 7, 21-27
“No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo”.

Encarnar las palabras

Las palabras de esta lectura evangélica corresponden al final del sermón de la montaña. Jesús nos llama a la autenticidad. Nos recuerdan las palabras de Benedicto XVI a los cristianos de hoy: no es suficiente con asistir a misa para salvarse. O las palabras de San Pablo en su carta a los corintios: aunque hablara la lengua de los ángeles, aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, nada tengo.
Jesús radicaliza su discurso: “Aquel día muchos dirán: Señor, hemos predicado en tu nombre y en tu hombre hemos hecho milagros. Y yo les diré: No os conozco. Apartaos de mí”.
¿Qué significan estas duras frases? Conocer a Jesús no consiste sólo en escuchar su palabra o en obedecerla. Conocer a Jesús es vivir de su palabra y encarnarla en nuestra vida. Jesús nos pide algo más que un servilismo religioso y una adhesión ritualista; nos pide que vivamos de él y que nos convirtamos en otros cristos en medio del mundo.

Fundamentos sólidos de nuestra existencia
En la parábola del hombre prudente que edifica sobre roca pueden verse reflejadas muchas personas que han sabido construir su vida a partir de la roca firme, que es Jesús. La alegoría nos hace meditar si hemos sabido levantar nuestras vidas sobre el fundamento de nuestra fe. ¿Hemos sido capaces de construir una Iglesia sólida que sabe desafiar los contratiempos? ¿Hemos sabido levantar una humanidad basada en profundos valores religiosos?
Las personas que viven de Dios y lo convierten en el centro de su existencia han sabido sobreponerse ante las riadas y contradicciones del mundo. Si reconocemos y enraizamos nuestra vida en el mismo corazón de Cristo, no hemos de temer a nada ni a nadie.

Edificar sobre arena

Pero el necio no logra mantener su vivienda sólida porque ha construido sobre la arena de la indiferencia, las ideologías y el orgullo de la vanagloria. Lo que se construye poniendo únicamente al hombre como fundamento acabará por destruirse, porque la falta de la dimensión trascendente hará que nada se aguante en su vida. Aquel que construye sobre arena ha caído en la ideología del relativismo —todo vale, nada es absoluto, todo es efímero—. ¿Cómo puede sostenerse algo sobre este fundamento?
Ahora nos preocupamos porque vemos a mucha gente alejada de la Iglesia, y es natural; hemos de hacer lo posible por acercarla y darle un motivo de esperanza. Pero no olvidemos que los que estamos y seguimos dentro de la Iglesia hemos de procurar que nuestros cimientos nunca se debiliten. La comunión, el amor y la fidelidad forman la argamasa que consolida nuestra fe en Dios y en la Iglesia. Nadie se enfría si realmente está unido a Cristo. Él es el origen de nuestro amor, nuestro fundamento. Más que sus palabras, lo es su misma persona.

No caigamos en la vanagloria
Queremos hacer muchas cosas buenas y a veces caemos en el hiperactivismo, incluso pastoral. “En tu nombre hemos hecho muchos milagros”, claman los hombres de  la parábola evangélica. Quizás, inconscientemente, nos motiva la vanidad y toda esa proyección es nuestra obra antes que la obra de Dios. Por eso Jesús dice: “No os conozco”.
No olvidemos nunca que lo más importante es entrar en esa esfera íntima con Dios a través de la oración y la comunión con la Iglesia. Nuestra oración tal vez está llena de nuestra voz, pero nos falta escuchar más. Orar es un diálogo íntimo con el amigo que ocupa nuestro corazón. Sabemos dirigirnos a Dios y sincerarnos con él, pero… ¿sabemos escucharle? ¿Sabremos oír lo que él quiere para nosotros? Y si lo escuchamos, ¿sabremos acoger su mensaje? A eso se refiere Jesús cuando dice que se salvará “aquel que cumple la voluntad de mi Padre”.
Sólo abandonados totalmente en Dios la fe de nuestra vida se mantendrá firme. Lo importante no es sólo lo que hacemos, sino lo que dejamos que Dios haga en nosotros.

2011-02-26

Dios nunca se olvida

8 domingo tiempo ordinario -A- 
Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque despreciará a uno y querrá al otro, o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?...
Mt 6, 24-34

En esta lectura tan conocida, Jesús nos está transmitiendo un mensaje actualísimo, tanto hoy como hace dos mil años.
Aún las personas que tenemos fe, en el día a día parecemos olvidarnos de Dios y nos vemos abrumados por mil preocupaciones. La ansiedad por el futuro, nuestro trabajo, los problemas, la familia, las obligaciones… El miedo a la precariedad, agravado en estos tiempos de crisis que vivimos, la obsesión por la seguridad, porque nada nos falte, todo esto ocupa nuestra mente y absorbe todas nuestras fuerzas.
Es natural que nos preocupemos, pero Jesús nos reitera: “no os agobiéis”. Quiere transmitirnos paz, confianza, serenidad. Y nos habla de las aves y de los lirios del campo, que Dios sostiene, alimenta y viste con esplendor.
¿Nos está llamando Jesús a ser despreocupados e irresponsables? ¿O tal vez sus palabras pecan de una gran falta de realismo? Para muchos, pueden ser interpretadas como propias de alguien que no toca de pies a tierra.
Pero detengámonos en estas palabras: “¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”. “¿Quién de vosotros a fuerza de agobiarse podrá añadir una sola hora al tiempo de su vida?”.
Son frases contundentes y sobrecogedoras. La vida, su finitud, nuestros límites y nuestra fragilidad: esto es lo que nos hace palpar definitivamente nuestra realidad. Ante esto, ¿qué es el dinero, qué las seguridades, la ropa, la casa…? Todo son medios para nuestro bienestar, pero no son bienes absolutos.
“No podéis servir a dos amos”, nos avisa Jesús. Y aquí está metiendo el dedo en la llaga más profunda de nuestra civilización. Nuestro mundo adora al dinero. Por dinero se sacrifican tiempo, esfuerzo, amistades, ¡hasta la propia familia! Al dinero le dedicamos nuestros pensamientos y, muchas veces, nuestro corazón. Hay quienes llegan a matar por dinero. ¡Cuántas luchas y guerras se dan en nuestro mundo por la riqueza, por el dinero! En cambio, ¿quién estará dispuesto a dar su vida por Dios? ¿Quién lo sacrificará todo por la vida de otra persona?
Jesús nos llama a relativizar el dinero y los bienes materiales. Son necesarios, pero no debemos adorarlos. Dios es lo primero. Y, con Dios, que es amor, la vida, la gente, las relaciones humanas. Sepamos poner orden en nuestra escala de valores.
Jesús también nos llama a confiar en el Padre celestial. El que lo ha creado todo, el que nos ha hecho y amado, ¿no va a cuidar de nosotros? Y así nos remite a la lectura de Isaías, que habla de Él como de una madre que jamás se olvida de su criatura. El profeta nos está desvelando el rostro de un Dios que se conmueve hasta lo más hondo de sus entrañas por sus criaturas, el Dios “padre y madre”, el Dios que, por encima de todo, es amor inagotable.
Todo cuanto tenemos debe ser un medio para conseguir nuestro fin último en la vida, que no es la mera posesión de bienes ni la satisfacción material de nuestras necesidades. Decían los santos de antaño que la mejor inversión era acumular obras de caridad, no dinero, porque el rendimiento en el cielo era altísimo. Jesús dirá que Dios devuelve el ciento por el uno. Y en otro pasaje, nos exhorta a buscar su Reino, porque todo lo demás se nos dará por añadidura.
Confiemos. Y trabajemos sin perder de vista que, finalmente, nuestra meta está en el cielo; un cielo que es amor y unión con Dios y con los demás. Ese es el gran tesoro que nos aguarda.

2011-02-19

El amor en plenitud

7 domingo tiempo ordinario -A-
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo”, y aborrecerás a tu enemigo. En cambio, yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Mt 5, 38-48

En la anterior lectura, Jesús nos hablaba de superar la ley y el cumplimiento riguroso y frío de los fariseos. Apelaba a la amplitud de nuestro corazón y a nuestra capacidad de amar y ser generosos.
Hoy, Jesús da un paso más allá. No basta con poner el corazón en aquello que hacemos, sino en rebasar el sentimentalismo y los afectos y aspirar a un amor más grande: un amor a la medida de Dios.
Y va repasando una serie de situaciones conflictivas y actitudes muy humanas que casi todos nos encontramos a lo largo de nuestra vida.
Jesús nos llama a estar serenos ante las ofensas, a huir de la venganza y no devolver golpe por golpe: “pon la otra mejilla”. Esta actitud, más allá de la resignación o la pasividad, es la que nos permite romper las espirales de violencia. Devolver mal con bien cuesta, pero es la única forma, a la larga, de atajar la agresión y esas cadenas interminables de acusaciones, agravios y revanchas.
También nos aconseja evitar la mezquindad y la violencia solapada bajo el legalismo, que tantas disputas ocasiona entre las personas: “a quien te quiera quitar la túnica, dale también la capa”. Cuántos pleitos, cuántas discusiones y rupturas familiares se dan por cuestiones de herencia. Cuántas riñas entre vecinos o compañeros de empresa por el dinero, por conseguir un poco más que el otro, por reclamar lo que creemos nos corresponde por justicia. La mera legalidad no puede resolver esto. Los juzgados se ven saturados de casos por estos motivos. Y tal vez un veredicto logre zanjar la situación, pero jamás podrá recomponer las amistades rotas o los lazos familiares heridos. Cuánto mejor sería relativizar los bienes materiales y no anteponerlos jamás a las personas. Cuántos conflictos evitaríamos.
Jesús nos exhorta a ser generosos, más allá de lo que se considera “justo”: “a quien te obligue a caminar una milla, acompáñale dos”. Cuando estamos en situación de necesidad o precisamos de apoyo, compañía o auxilio, en el fondo de nuestro corazón esperamos que alguien sea solidario con nosotros. ¿Sabremos ponernos en la piel del que sufre o está necesitado?
Finalmente, llegan sus palabras más fuertes: amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Amar sólo a los nuestros, a nuestra familia, a nuestro grupo, a la gente de nuestra misma nacionalidad, a los que piensan como nosotros, es una pobre medida del amor. Así se forjan las lealtades de grupo, pero también los elitismos, el orgullo de clase social o de raza y, llegando a un extremo, las xenofobias. Jesús nos llama a amar a quienes nos resultan lejanos, pero aún más: a quienes tal vez están muy cerca de nosotros, pero nos están causando un daño. Amar a quien te está perjudicando, criticando; a quien busca tu ruina… Amar y perdonarle. Rezar por él. Hablar bien de él. Quizás nos parezca excesivo. Demasiado heroico. Al alcance de Jesús, porque es Dios, pero imposible para nuestros pequeños corazones tan reacios a ensancharse.
Sin embargo, Jesús no nos pide nada que no podamos asumir. ¿No seremos capaces de más? Los antiguos manuales de espiritualidad hablaban de imitar a Dios como ideal de vida. Y Dios, ¿cómo es? Es amante y magnánimo con todos, sin distinción. “Hace salir su sol sobre justos y pecadores”, dice Jesús, identificando a Dios con esa bella imagen del astro que todo lo ilumina, sin discriminar un rincón de la tierra. Jesús así lo hizo y dio testimonio, perdonando, clavado en cruz, a sus verdugos y a quienes se burlaban de él en su agonía.
Imitar a Jesús no es nada loco ni idealista: debería ser la meta de todo cristiano que quiera vivir coherentemente su fe. ¿Es imposible? Pensemos en tantos santos, cuyas vidas reproducen la del mismo Cristo, en sus momentos de gozo y de pasión, de gloria y también de cruz. Todos ellos conocieron el amor, la persecución, el éxito en algún momento, quizás, pero también el rechazo y, muchas veces, la prisión y hasta la muerte. Dios nos ha regalado un alma inmensa. Más aún, nos ha hecho hijos suyos. Y todo hijo se asemeja a su padre. Tenemos, además, la fuerza de Cristo, que nos alimenta en la eucaristía. Y la del Espíritu Santo, presente siempre que nos reunimos en su nombre. Con tales ayudas, con tal efusión de amor y fuerza, ¿no vamos a ser capaces?
Recemos y pidamos ayuda a Dios. Cuando le pedimos algo bueno, no dudemos ni un instante: nos lo concederá.

2011-02-12

La vida, el amor, la verdad

6 domingo tiempo ordinario -A-

Habéis oído a los antiguos: “No matarás”. Y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. […]
Habéis oído el mandamiento "no cometerás adulterio". Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella [...]
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso". y "Cumplirás tus votos al Señor". Pues yo os digo que "no juréis en absoluto". Os basta decir sí o no [...]
Mt 5, 15-37

En el evangelio de hoy, vemos a Jesús hablando de tres de los mandamientos de la ley judía, aquellos que afectan a tres cuestiones fundamentales: la vida, el amor y la verdad. Y vemos cómo Jesús no contradice la ley, pero sí la lleva mucho más lejos que un puro cumplimiento farisaico. Sabía muy bien cuán fácil es convertir la religión en un conjunto de normas estrictas y aparentar bondad de modo hipócrita.
Él va más allá del cumplimiento de unos mandatos: está apelando no tanto a la acción en sí, sino a la intención, a la verdadera voluntad que se esconde en el corazón humano. No se trata tanto de cumplir unos mandatos por obligación, porque toca o para demostrar ante el mundo cuán justos somos. Jesús no busca obediencia ciega a las leyes, sino adhesión desde el corazón.
La ley mosaica prescribe “No matarás”. Pero Jesús equipara la disputa y la crítica malévola al mismo delito homicida. No basta sólo con no matar, ¡la gran mayoría de personas jamás cometeremos ese crimen! Pero, en cambio, todos mantenemos en nuestra vida pequeños odios, rencillas, resentimientos, cuentas pendientes con otros… Quizás sin ser muy conscientes, estamos provocando mil pequeñas muertes. El quinto mandamiento llevado a su plenitud, aplicado y vivido auténticamente, nos llama a dar vida, y una vida plena, hermosa, digna y en crecimiento. Se trata de amar, respetar, tener consideración hacia los demás tal como son. Se trata de proteger la libertad y la iniciativa de todos. Se trata de no matar, tampoco, proyectos, ilusiones, sentimientos ni buena fama.
La ley también regulaba el divorcio y condenaba el adulterio, favoreciendo claramente la libertad del varón y dejando a la mujer en una situación muy desigual. Jesús es más exigente y ahonda en los deseos del ser humano. También se puede pecar de pensamiento e intención. También se puede pecar de falta de amor. Las leyes no pueden abarcar toda la profundidad de la vida humana, ni pueden sanar las heridas causadas por las rupturas. Jesús, en realidad, está haciendo una llamada al amor. El sexto mandamiento, más allá de las restricciones morales que pueda imponer, es un grito a favor del amor auténtico, ese que une a las personas para siempre. En su corrección a este mandato, Jesús también está situando a la mujer en un plano de igualdad respecto al hombre.
Finalmente, Jesús previene contra la falsedad y la arrogancia de quien jura, quizás en vano o sin el propósito de cumplir lo que dice. Y nos exhorta a decir las cosas con llaneza y sinceridad, de manera que nuestras palabras se correspondan con aquello que realmente creemos y hacemos. El octavo mandamiento es una apelación a la honestidad y a la coherencia.

2011-02-04

Ser sal, ser luz

5 domingo tiempo ordinario –A–

Las tres lecturas de este domingo, la de Isaías, el salmo 111 y el evangelio de Mateo, nos hablan de ser luz. La luz es una de las imágenes más potentes de la presencia de Dios en el mundo.
Isaías concreta con mucha claridad qué significa ser luz: la persona que comparte su pan, la que socorre a los pobres, la que no se cierra en sí misma, es la que verá “romper su luz como la aurora”. La generosidad, la apertura de corazón, no sólo causan un bien a los demás, sino al que da. Esta experiencia la viven muchas personas que saben del gozo de dar. Especialmente los misioneros y aquellos que viven entregados a los enfermos, a los más pobres, a quienes más necesitan, saben que su labor caritativa los llena de un amor y de un gozo mucho más grande que el que ellos mismos pueden dar.
A quienes claman al cielo rogando que venga Dios a resolver los problemas del mundo, bien se les podrían leer estas líneas. Comprenderían así que Dios está presente y actúa por medio de aquellas personas que, abriendo su espíritu, se lanzan a vivir por y para los demás.
El salmo corrobora esta realidad. El justo brillará en las tinieblas, jamás vacilará, no sucumbirá al miedo ni a la angustia. Ante tantas personas que viven deprimidas y no encuentran sentido a su vida, ¡cuán necesario es que alguien les muestre que lo hallarán el día que dejen de pensar en sí mismas y busquen el bien de quienes les rodean!
Jesús, en el evangelio, recoge esta verdad que abunda en el Antiguo Testamento: la del hombre justo, generoso y amigo de Dios, cuyo recorrido por la tierra va dejando un rastro de luz y de vida. Pero Jesús no se queda aquí y va más lejos. Nos advierte de dos cosas. La primera, nos alerta para que no nos enorgullezcamos pensando que nosotros somos fuente de luz y de sabor. No, la luz no es nuestra, sino que viene de Dios. Nosotros la transmitimos, como candela encendida, Él prende el fuego, nosotros lo alimentamos. La segunda, es que esa luz puede esconderse. También la sal, que da sabor a las cosas, puede volverse sosa. Recibir esa luz comporta una exigencia, ¡no la dejemos apagar! O no la escondamos, conservándola solo para nosotros.  La luz se alimenta con nuestro trabajo diario, que completa el don de Dios. Y se muestra con nuestra generosidad, compartiendo lo que hemos recibido y anunciándolo. No sofoquemos la voz de Dios cuando quiere hablar a través de nosotros.
Humildad y generosidad podrían resumir nuestra actitud ante el don de Dios. Humildad para no creernos que somos nosotros los artífices de cuanto hacemos bien. Y generosidad para ser valientes y anunciar sin reservas ni temor aquello que se nos ha dado.
De esta manera, como dice Jesús, “alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

2011-01-28

Felices aquellos que...

4 domingo t. ordinario -A-

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Mt 5, 1-12


Un retrato vivo de Jesús

Las bienaventuranzas son la imagen viva del corazón de Jesús. Definen su forma de ser y actuar y son un modelo para los cristianos de hoy. Rodeado por la multitud, Jesús habla especialmente a sus discípulos; es a ellos a quienes van dirigidas estas palabras.

En las bienaventuranzas podemos distinguir dos partes: las cuatro primeras hacen referencia a situaciones o circunstancias en las que podemos encontrarnos —sufrimiento, incomprensión, injusticia— ante las que afirma que, pese a todo, podemos hallar consuelo y ser felices. Las cuatro últimas reflejan el deseo de Jesús de imitar la bondad de Dios.

Las bienaventuranzas del consuelo

Felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Con esta bienaventuranza, Jesús se refiere a la indigencia espiritual. El pobre es aquel que reconoce que no es nada y que todo cuanto posee es don de Dios. No habla tanto de una pobreza económica, sino de una actitud existencial. En este sentido, Jesús fue pobre porque se abrió a Dios y confió total y plenamente en él. El Reino de los Cielos será de aquellos que tengan su esperanza puesta en Dios, aquellos que dejen que Dios reine en sus vidas. El pobre de Yahvé es un concepto bíblico que define al hombre que sólo se apoya en Dios y sólo en Dios encuentra su amparo.

Felices los que lloran, porque serán consolados. Jesús también lloró y, muy especialmente, ante la muerte de su amigo Lázaro. Las lágrimas reflejan dolor e impotencia, pero los cristianos hemos de saber que Dios es nuestro gran consuelo. Si lo buscamos, en los momentos más difíciles de nuestra vida, él nos dará la fuerza vital para seguir adelante.

Los cristianos también hemos de convertirnos en consuelo y soporte para otros que están desanimados, desorientados y abatidos. Esta bienaventuranza tiene mucho que ver con la primera: el dolor es otra forma de pobreza.

Felices los que sufren, porque ellos heredarán la tierra. Jesús alude a su propio sufrimiento ante el rechazo del pueblo judío. Ya en su infancia tuvo que huir y durante toda su vida conoció la persecución. El sufrimiento acecha constantemente en el camino de Jesús, hasta llevarlo a la muerte en cruz.

Con esta bienaventuranza, se nos interpela a ser solidarios con el dolor humano. ¿Cuántas veces generamos sufrimiento a nuestro alrededor? Nos puede horrorizar el dolor que vemos en el mundo y, sin embargo, quizás estamos provocando sufrimiento cerca de nosotros por egoísmo o por cosas sin importancia. Pensemos que, cada vez que estamos haciendo sufrir a alguien, estamos hiriendo al propio Cristo, clavado en la cruz.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Estas palabras pueden tener una lectura social: las personas que padecen injusticias quedan empobrecidas, oprimidas, privadas de la alegría y de la libertad. Se habla mucho de la justicia social; tener lo básico para subsistir es un derecho que todos los cristianos deberíamos defender. Cuantas más personas vivan en situaciones injustas e indignas más nos alejamos del Reino de Dios.

Sin embargo, esta bienaventuranza no habla sólo de leyes humanas, sino de ética. Nosotros mismos, muchas veces, somos causantes de injusticias por recelos, envidias, egoísmo o ambición.

Finalmente, Jesús alude a la justicia de Dios. Esta es la máxima justicia, que va más allá de dar a cada cual lo que creemos se merece. La justicia de Dios es amor, es generosidad sin medida. Los cristianos hemos de aprender de esta magnanimidad y, a partir de aquí trabajar por una sociedad ecuánime y justa, siempre desde la óptica de Dios, para quien todo ser humano es digno y valioso.

Las bienaventuranzas del apóstol

Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. La misericordia, la piedad, es un atributo del corazón de Dios. Él se compadece de sus criaturas, como vemos en tantas ocasiones en el Antiguo Testamento, y en los mensajes de los profetas. En el Nuevo Testamento, la parábola del hijo pródigo nos muestra con gran claridad esa imagen de un Dios misericordioso. Jesús es la máxima expresión de la compasión de Dios.

Ser compasivo también debe ser un atributo del cristiano. Esto nos lleva a reflexionar cuánto nos cuesta ser misericordiosos con los demás. Si algo no nos gusta, enseguida señalamos, criticamos y mantenemos actitudes duras y agresivas contra aquella persona que nos contraría. Hemos de aprender a ser como Jesús, benignos y comprensivos. Sólo así podremos ayudar a reparar, con dulzura, los errores. Dios es infinitamente paciente con nosotros; seamos como él, y así alcanzaremos misericordia.

Felices los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. El corazón de Jesús es la imagen diáfana de la pureza de Dios. Podremos ver su rostro si nada oscurece nuestra relación con Dios y con los demás. El egoísmo, los celos, la agresividad, la tristeza y la desesperanza manchan nuestro corazón. Ofrezcamos estas flaquezas a Dios en nuestra oración, y dejémonos limpiar por el viento amoroso de su Espíritu.

Felices los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Los cristianos estamos llamados a ser pacificadores. Pero no podremos trabajar por la paz si no tenemos paz dentro de nosotros. Y la fuente de esta paz justamente nace de Dios. Cuando nos sentimos plenamente hijos suyos, la paz invade nuestra vida y nos empuja a expandirla.

Los medios de comunicación nos muestran a diario conflictos bélicos por todo el mundo. Horrorizados, nos preguntamos el por qué de tanta violencia. Pero la guerra no nace de improviso, sino que es la suma de muchas pequeñas violencias, que se gestan en cada persona, en las familias, entre los vecinos, en la sociedad… Así, miles de gotitas de violencia forman arroyos, ríos y llenan el mar. Cuando se acumulan océanos de violencia, es muy fácil que estalle un conflicto armado.

Hemos de empezar a ser constructores de paz comenzando por nuestro entorno más próximo: evitando discusiones, enfrentamientos innecesarios, heridas. En cambio, hemos de favorecer una convivencia serena, pacífica, basada en la confianza. Los cristianos, como Jesús, estamos llamados a ser apóstoles de la paz.

Felices cuando por mi causa os persigan y os calumnien. Estas palabras son una alusión clara al mismo Jesús, que avisa a sus discípulos: ellos pasarán por las mismas pruebas. Por él, los cristianos somos calumniados, perseguidos, desplazados. La causa de nuestro sufrimiento es nuestra fe. Con esta bienaventuranza Jesús nos habla de su propia pasión y muerte y está prediciendo los futuros martirios del Cristianismo.

Testimonios valientes de la fe

Hoy día quizás los cristianos ya no somos perseguidos ni llevados al patíbulo, al menos en nuestros países occidentales. Pero nos cuesta mantenernos fieles a Jesucristo, pues la fe va contracorriente de las tendencias del mundo. Por otra parte, las formas de persecución son mediáticas. Es en la prensa y en los medios masivos de comunicación donde se produce una persecución sin tregua. Después de veinte siglos, el mundo sigue rechazando a Dios, intentando desplazar la dimensión religiosa de la sociedad.

Hablar del martirio hoy suena arcaico. Pero hemos de recuperar el sentido de esta palabra: “mártir” es testimonio, y los cristianos de hoy deberíamos conservar la capacidad para manifestar nuestra fe sin temor. Vemos cómo en algunos países, donde no se reconoce la fe cristiana, religiosos, sacerdotes y laicos son perseguidos e incluso masacrados. Su ejemplo ha de motivarnos a ser valientes.

Los cristianos nos movemos entre la apatía y la agresión y el rechazo de la fe. No es fácil mantenerse firme, pero Jesús nos recuerda que la recompensa será grande para los que sepan seguir fieles y confiando en él. Tenemos un don que hemos recibido generosamente y hemos de regalarlo. El mundo necesita testimonios de la fe.

2011-01-22

El pueblo en tinieblas vio una gran luz

3 domingo tiempo ordinario -A-

...Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. [...] Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.
Mt 4, 12-23


Jesús llama a los primeros discípulos

El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz. Después de la muerte de Juan Bautista, Jesús aparece como una luz que brilla en medio de su tierra. Tomando el relevo de Juan, comenzará con entusiasmo su ministerio público, predicando el mismo mensaje que proclamara el Bautista: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos”. Jesús recoge esta misiva para ir preparando al pueblo de Galilea, que entonces era tierra de gentiles, donde los fieles judíos formaban una minoría, rodeada de población pagana.

Pero Jesús sabe que esta gran misión de la palabra pasa por interpelar a los primeros discípulos. No quiere permanecer sólo, sino que llama a un grupo de seguidores para que estén junto a él y expandan también la noticia del Reino de Dios. Podríamos decir que con ellos nace el germen de la iglesia, que luego estallará en Pentecostés: la iglesia fundacional.

Pedro, Andrés, Juan y Santiago dejan el negocio del mar para seguir a Jesús. Él llama a estos hombres de la mar para que lo sigan y juntos recorrerán los caminos de Galilea, proclamando el Reino de los Cielos.

Jesús nos llama a nosotros hoy

Esa luz que iluminó las tierras galileas asoma también en nuestro corazón. Hoy, Jesús nos llama a seguirle, a estar con él, a recorrer nuestras calles y ciudades, nuestras Galileas contemporáneas. Nos pide dejar las redes, todo aquello que nos impide ser libres para confiar totalmente en él. No nos pedirá, quizás, que dejemos nuestros negocios, nuestras familias, nuestros hogares. Pero sí nos pedirá que dejemos atrás todo cuanto aprisiona nuestra valentía para poder caminar junto a él.

Esto implica confianza y una profunda conversión. La palabra conversión significa girarnos hacia él, emprender un nuevo itinerario, fiarse pese a las dudas o a la oscuridad. Como los primeros discípulos, estamos llamados a seguirle inmediatamente, sin vacilar. Esta es nuestra vocación cristiana: en el centro de nuestra vida religiosa ha de brillar Cristo. Sin miedo, inmediatamente, hemos de decir sí al proyecto de nuestra vocación cristiana. Hoy, más que nunca, el mundo necesita cristianos firmes y decididos que prediquen con todas sus fuerzas que Dios nos ama.

La necesaria conversión

Hoy estamos aquí porque ya hemos dicho sí, ya le hemos seguido. Por eso participamos de la eucaristía, del sacramento del amor de Dios. Quizás nuestra conversión pase por ser conscientes de nuestra identidad misionera y evitar la apatía, no dejando que la frialdad religiosa del entorno ponga obstáculos en nuestros pasos hacia Jesús. Quizás creemos estar totalmente convertidos cuando todavía hay desunión dentro de los mismos seguidores de Jesús. San Pablo en su carta a los Corintios nos recuerda que somos uno, que el cuerpo de Cristo no está dividido. Sólo en la medida en que estemos unidos a Cristo estaremos convertidos.

Como comunidad de la Iglesia, hemos de anunciar y proclamar el evangelio, igual que hicieron Jesús y los suyos. Y, además de difundir esta buena nueva, también tendremos que aliviar el dolor y curar enfermedades, especialmente las dolencias del alma, aquellas que nos hacen sentirnos vacíos. Hoy, más que nunca, el mundo necesita la dulzura y el amor de Dios. Nosotros, como cristianos, somos las manos sanadoras y amorosas de Dios Padre.

2011-01-15

Este es el Cordero de Dios

2 domingo tiempo ordinario -A-

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"... “Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios".
Jn 1, 29-34

El cordero, símbolo de una entrega

Con este evangelio, podemos decir que ha culminado la misión de Juan el Bautista de preparar al pueblo judío ante la venida del Mesías.

El Mesías, el hijo del Hombre, el hijo de Dios, ya es un adulto consciente de su tarea ministerial. Juan lo ve llegar y dice de él: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. ¿Qué significan estas frases? ¿Qué evoca la palabra cordero, más allá de una connotación bucólica?

Juan reconoce que Jesús es el Hijo de Dios. También él esperaba al Mesías; preparaba al pueblo, pero no sabía quién sería el elegido. Aunque conocía a Jesús como primo, ignoraba su dimensión trascendente, su relación con Dios. Por eso dice dos veces, “no lo conocía”, en un sentido espiritual de la palabra.

Después del Jordán, Jesús inicia su ministerio público siendo consciente de que cumplir la voluntad de Dios será un itinerario que pasará por entregar su vida. El que quita el pecado del mundo derramará su sangre y se entregará por amor hasta dar la vida por rescate de todos. Este es el sentido de la palabra cordero. Jesús mismo se entregará como víctima, de la misma manera que en la antigüedad los corderos eran sacrificados para aplacar la ira divina. Pero, esta vez, su entrega será libre y voluntaria, unida a la voluntad de Dios.

Juan, el hombre despierto

Juan se exclama, al ver a Jesús. Vemos en él dos actitudes muy importantes. Una, la de reconocer al hijo de Dios. Los cristianos ya no estamos en esa etapa de expectación, pues sabemos que Jesús ha venido. Pero no siempre sabemos reconocerlo. Él se manifiesta de mil maneras por todo el mundo. ¿Sabemos descubrir la presencia de Cristo en el mundo? ¿Cómo y de qué manera viene a nosotros? Hemos de estar muy despiertos, abiertos a los signos de los tiempos, para darnos cuenta de que Dios habla con un lenguaje diferente al nuestro –el lenguaje del amor, de la caridad, de la generosidad– y en él descubriremos la huella de su bondad en medio del mundo.

En nuestro testimonio, los demás han de poder ver que somos seguidores de Jesús de Nazaret. Aunque esto a veces pase por el dolor y la cruz. Con nuestro trabajo apostólico, estamos redimiendo el mundo. Estamos llamados a luchar y a trabajar para que en el mundo haya menos pecado, menos egoísmo, menos envidias; para que el mundo gire hacia Dios y no se vuelva contra él.


La humildad de Juan: saber apartarse

Es hermoso constatar la humildad de Juan Bautista. Cuando señala a sus discípulos, “Este es el cordero de Dios”, está cediendo paso a Jesús. Se retira y deja que Jesús culmine el proyecto de Dios. Juan ha realizado una tarea pedagógica de preparación a la esperanza; ahora Jesús toma el relevo y convierte la esperanza en alegría y en amor. Por eso Juan, humildemente, se reconoce poca cosa ante él. Asume que su labor educativa ante el pueblo de Israel ha acabado y que Jesús tomará el testigo.

Los padres y los educadores también hemos de ser conscientes que, a veces, hemos de apartarnos para que los otros crezcan. A veces se crean relaciones de dependencia o de sumisión entre padres e hijos, o en las empresas, cuando alguien demuestra capacidades de gestión y se le ponen trabas para que no destaque sobre los otros. Juan se aparta. Los cristianos muchas veces tendremos que apartarnos para que otros retomen con entusiasmo la propagación de la fe.

Hoy, en nuestras eucaristías, a vista de pájaro, vemos que hay muy poca gente joven. Los sacerdotes han de confiar en ellos. Hemos de dejar que la gente joven ascienda, que crezcan en su potencia intelectual, espiritual, de generosidad y de amor. Juan lo hizo. Él se apartó para que Jesús tomara el relevo.

Dar testimonio, prueba de valor

Pero Juan también recibe un don. “He contemplado al Espíritu Santo que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él”. En aquel que está bautizando se cumplen las expectativas del pueblo judío. Por fin llega el que tiene que salvar a su pueblo, Israel. Y, de nuevo, lo reconocerá con hermosas palabras: “Yo he dado testimonio de que realmente es hijo de Dios”.

Los cristianos de hoy, ¿damos testimonio, en un mundo en el que nada parece favorecernos? ¿Somos lo bastante valientes? En una sociedad fría quizás no apetece mucho hablar de Dios y testimoniar lo que somos. Sin embargo, esto es muy importante. Si decimos que somos cristianos, si participamos del don eucarístico y recibimos la gracia de los sacramentos; si rezamos y decimos que creemos en Dios, ¿cómo vivimos todo esto de puertas afuera? No puede haber un divorcio entre lo que decimos que somos y lo que manifestamos afuera. ¿Nos es un problema testificar, decir quiénes somos? ¿Reconocemos que estamos aquí porque nos vincula algo trascendente? ¿Creemos realmente que Cristo resucitado está presente en medio del mundo, en medio de la sociedad, en medio de nuestra comunidad? ¿Creemos de verdad que Jesús nos ha cambiado la vida y que, a partir de ahora, todo cuanto hagamos configurará nuestra existencia con la suya?

Es el momento en que el laicado dé testimonio de su fe. Así lo vimos en esa manifestación celebrada en Madrid, hace unas semanas, con el fin de promocionar la familia. Es importante que los cristianos seamos muy conscientes de lo que realmente somos, aunque esto comporte rechazo social.

La exigencia del Cristianismo

Hoy día, vemos cómo crecen las religiones de moda y otras grandes creencias, como el Budismo o el Islam. En cambio, en la Iglesia, parece que cada vez quedamos menos. En Occidente, somos una minoría que decrece. Creo que una de las razones es que ser cristiano es exigente. Seguir una religión a la medida de uno mismo, o crearse la imagen de un Dios que nos permite lo que queremos, es fácil. Muchas seudo religiones nos invitan a fabricar un Dios a nuestra manera. No estamos siguiendo al Dios de Jesús de Nazaret; estamos fabricando nuestra propia concepción de Dios. Y todo cuanto signifique adaptar las exigencias de un Dios que nos va bien, finalmente, rebaja la calidad espiritual de la vocación y del seguimiento a Jesús. No es fácil, por eso somos poquitos. No porque digan que la Iglesia está metida en política, o por otros motivos.

Jesús cambió el mundo, y lo seguirá cambiando. Pero el crecimiento de la Iglesia dependerá de nuestra autenticidad. Nosotros somos herederos de ese legado espiritual y, en la medida en que seamos conscientes de que hemos de transmitirlo, la fe cristiana crecerá.

Somos pocos, entre otras cosas, porque en el fondo nos cuesta identificarnos con Cristo. Venir a misa nos ayuda, y la oración nos fortalece. Pero no puede haber una disociación entre fe y vida pública, entre fe y relaciones civiles. No podemos separar nuestra creencia entre nuestro ámbito laboral y social. Si se produce esta separación, la frialdad religiosa y al alejamiento crecen y nos acaba invadiendo la apatía.

Un reto para el futuro próximo

Entiendo que hoy la sociedad y la cultura nos ofrecen sistemas de creencias muy diferentes, y hemos de respetar mucho las opciones personales de cada cual; nadie es mejor que nadie. Hemos de ser personas encarnadas en nuestra cultura, allá donde estamos, en nuestro lugar. No es lo mismo vivir en Sudamérica o en Africa que en esta Europa fría. Ahora, más que nunca, los cristianos necesitamos despertar, levantarnos y entusiasmarnos, empujándonos unos a otros para construir nuestro futuro. De lo contrario, ¿qué será de la Iglesia? ¿Qué será de nuestra fe, dentro de treinta o cuarenta años? ¿Habremos pasado el relevo a nuestros hijos y nietos? ¿Qué sucederá con los futuros políticos que no crean?

Nuestro reto es ser capaces de formar a nuestros hijos y jóvenes en la fe. En otros países, en América Latina, es extraordinario contemplar la vitalidad de una Iglesia más joven, de sólo quinientos años, y el gran número de jóvenes creyentes. En Europa, si los adultos no damos testimonio, ¿qué será de los que vienen? Tenemos la obligación de comunicar que, más allá de lo material, hay otros elementos que nos hacen existir y que dan sentido a nuestra vida. No todo es hedonismo, narcisismo, relativismo. No todo es imperialismo ni poder. También existen el amor, la generosidad, la lucha por los derechos humanos y civiles de los más pobres.

Venir a la eucaristía ha de ser un revulsivo extraordinario para llegar a identificarnos totalmente con Cristo. Seamos valientes, intrépidos. Seamos gallardos y tenaces para proclamar lo que somos; para testimoniar que somos cristianos y seguimos a Jesús de Nazaret.

2011-01-08

El Bautismo de Cristo

Cerramos el ciclo de Navidad con el Bautismo de Cristo, otra de las manifestaciones de Dios hecho hombre. Este momento marca el inicio del ministerio público de Jesús, siendo él plenamente consciente de su filiación con el Padre.

Los evangelios no relatan apenas nada de la infancia y la adolescencia de Jesús. Durante sus primeros treinta años de vida, vivió como un hebreo más, pero posiblemente fue un hombre con grandes inquietudes... Finalmente, llegada su adultez, Jesús decide no quedarse en Nazaret, con su familia, e iniciar su empresa evangelizadora.

Leer toda la plática aquí.

2011-01-01

Santa María

Celebramos hoy la fiesta de la maternidad de Dios. Es la fiesta de una mujer que abrió sus entrañas para hacer posible el misterio del verbo encarnado, el misterio de ese Dios que necesita de la humanidad y de María para hacerse presente en medio de nosotros. Para los cristianos, es importante comenzar el año celebrando la fiesta de la primera creyente, la primera que supo abandonarse y confiar totalmente en Dios.

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2010-12-25

Día de Navidad

Celebramos hoy la Navidad, un acontecimiento que ha cambiado nuestra cultura y nuestra historia. El nacimiento del Niño Jesús da un vuelco a nuestra forma de pensar y de vivir. Navidad es la humanización de Dios, hecho niño, y a la vez es la elevación, la divinización, del ser humano, que se convierte en hijo de Dios.

El niño que nace en Belén contiene un mensaje... Seguir leyendo aquí.

2010-12-18

IV domingo de Adviento - ciclo A -

La lectura de este domingo nos lleva a reflexionar sobre la figura de José, esposo de María. Se establece un paralelismo entre el sí de María en la anunciación de su maternidad y la respuesta de José al mensajero de Dios. Esta respuesta también es un sí al designio del Señor. Su aceptación era necesaria para culminar la encarnación. Dios quiere contar con la voluntad de María y José, con su libertad y su amor, para hacerse hombre.

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2010-12-11

III domingo de Adviento - ciclo A -

El evangelio nos muestra cómo los discípulos de Juan acuden a Jesús y le preguntan si él es el que ha de venir. La expectación llega a su momento culminante: el Mesías está cerca. Por eso, en la liturgia de este tercer domingo de Adviento, hay un componente de alegría y de fiesta ante la venida del Señor.

La respuesta de Jesús a los discípulos de Juan recoge las palabras del profeta Isaías: los ciegos ven, los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. ¿Qué significa todo esto?

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2010-12-04

II domingo de Adviento - ciclo A -

La misión de Juan el Bautista es importante: preparar al pueblo judío para la venida del Mesías. Juan se hace eco de la profecía de Isaías: Allanad el camino al Señor, enderezad sus senderos. El Bautista pertenece a ese resto fiel del pueblo de Israel que cree en la venida del Mesías y prepara a su pueblo para el momento crucial de su irrupción en la historia. Y lo hará llamando a las gentes a la conversión: Convertíos, que el Reino de los Cielos está cerca. ¿Qué significa la conversión? Seguir leyendo aquí.