2012-03-31

Domingo de Ramos

Lectura de la Pasión según San Marcos
Mc 14, 1-15, 47

Entrar con humildad

El domingo de Ramos precede a la pasión de Cristo. Jesús, que ha predicado la buena nueva del Reino por pueblos y aldeas, dirige finalmente sus pasos a Jerusalén. Allí hace su entrada con un gesto profundamente simbólico. Pide a dos de sus discípulos que le busquen un borrico. “El maestro lo necesita”, dicen a su dueño. Jesús, líder carismático de fuerza arrolladora, con una enorme aceptación social en aquel momento, decide entrar en Jerusalén de manera sencilla y humilde. Tras recorrer los caminos de Palestina empujado por una clara misión, llega a su punto final sereno, gozoso, pero a la vez consciente de que se halla a las puertas de unos días intensos que finalizarán con sufrimiento y lo llevarán hasta la cruz. Sabe que, muy pronto, se enfrentará a la tortura y a las vejaciones más inhumanas. Pero en ese día de su entrada triunfal en Jerusalén, hasta el aire proclama su victoria. “Si éstos callan, gritarán las piedras”.
Las gentes que lo aclaman reconocen en él al bendito, que viene en nombre del Señor. En él se cumplen las expectativas mesiánicas del pueblo. El reino de David culmina en Jesús. Todo es fiesta y alegría a su paso, y tienden alfombras y mantos a sus pies, pues reconocen en él al Hijo del Altísimo.
Sin embargo, Jesús sabe que son los primeros pasos hacia su pasión. El pueblo que le vitorea será el mismo que, días más tarde, gritará “¡Crucifícale!”. Jesús sabe que su entrega radical al Padre no le ahorrará el suplicio, el abandono y la soledad, ni tampoco el sorbo amargo de la traición.

La injusticia de la condena

La pasión de Cristo aúna las torturas despiadadas con un proceso legal injusto e irregular. La muerte de un inocente marcará nuestra historia occidental. Los sumos sacerdotes, alejándose de la justicia, abusan del poder y de la autoridad moral que el pueblo les ha otorgado. Saben que el mensaje de Jesús puede amenazar su posición y toman su decisión movidos por el miedo y las implicaciones políticas y religiosas de su cargo.
La tragedia de la pasión de Jesús nos ha de interpelar en lo más hondo de nuestro corazón. En el desarrollo de la pasión se dan elementos que se siguen repitiendo a lo largo de la historia. El dolor de Jesús sigue siendo real hoy, en pleno siglo XXI, en los más desfavorecidos, en los excluidos socialmente, en los que viven aplastados por la pirámide de poder que asfixia a muchos inocentes. El poder sigue destruyendo vidas y personas; la ambición y el miedo de los líderes, la incoherencia religiosa, la traición, la injusticia, continúan cobrándose víctimas. Hoy podemos decir que hay países enteros que viven bajo regímenes totalitarios y corruptos, que abusan de los débiles y que impiden su crecimiento como pueblo y como personas. La pasión de hoy en el mundo no difiere mucho de la pasión de Jesús de Nazaret. Muchos inocentes siguen muriendo y el derecho internacional no impide que los gobernantes corruptos continúen hundiendo en la miseria a miles de personas. La justicia internacional clama al cielo. Cuántas personas mueren sin un juicio justo, gente que quizás ha dado su vida por los demás, auténticos mártires de nuestro tiempo.

¿Qué significado tiene la Pasión?

Durante la Semana Santa, la memoria de la pasión y la muerte de Jesús nos hace reflexionar sobre dos realidades íntimamente ligadas a nuestra naturaleza humana: el sufrimiento y la muerte. Jesús nos muestra que el amor no nos evitará sufrir. Pero en su entrega a Dios y a los demás, Jesús acepta todas las consecuencias. Su amor es un acto supremo de libertad. Por esto, ante la muerte, su actitud es de serenidad y de aceptación. Sabe que amar sin límites puede conducirlo a este dolor extremo, y lo acepta.
La muerte de Jesús en cruz es fruto de un trágico enfrentamiento de libertades. La libertad de Dios choca con la voluntad de los hombres, que él ha querido hacer libres. Dios asume la herida sangrante de la ruptura entre él y los hombres rebeldes. Y Jesús, fiel al Padre, también la asume, abandonándose dócilmente en brazos de la muerte. Pero el amor es mucho mayor que la muerte y sobrepasa sus límites humanos. Dios llora ante su hijo muerto, pero responderá con una contundencia luminosa. Al tercer día, lo resucitará. La muerte de Jesús es el preludio de una nueva vida gloriosa. Una vida que será eterna.

2012-03-24

Si el grano de trigo no muere...

V domingo de Cuaresma

“En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto.
Quien ama su vida, la perderá: pero el que aborrece la vida en este mundo, la conserva para la vida eterna.
Quien quiera servirme, que me siga, y allí donde yo estoy, también estará el que me sirve, y a quien me sirviere, también le honrará mi Padre”
Jn 12, 20-33

Jesús es cada vez más consciente de su muerte inminente. El texto evangélico nos dice que le ha llegado la hora. Su alma está agitada, pero también sabe que el Hijo de Dios será glorificado. Este fin es consecuencia de su actitud de amor radical.
“Si el grano de trigo no muere, no dará fruto”. Esta afirmación va precedida por otra: “El que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que la pierda, se salvará”. Son dos importantes máximas cristianas. Jesús nos habla de una opción decidida por el amor. Quien ama es feliz y tendrá vida eterna. Con sus palabras, Jesús hace un retrato de sí mismo. Su fidelidad al Padre lo llevará a entregarse, sin reservas, con un amor sin límites. Por él lo dará todo, hasta la vida.

Ver al Señor

El evangelio nos relata cómo algunos gentiles querían ver al Señor. Hoy también son muchos los que ansían ver al Señor porque no lo conocen. ¡Cuánta gente desea conocer a Dios! Para los griegos, ver significa conocer, profundizar, adentrarse en lo más hondo. Por eso dice el texto que querían ver; en realidad, querían conocer del corazón de Dios.
Los cristianos, que nos reunimos cada domingo, también queremos encontrar sentido a todo lo que estamos haciendo. Venimos atraídos por la fuerza inmensa del amor de Dios, a quien conocemos a través de Jesús. Su mensaje nos descubre la grandeza del ser humano. Por eso queremos verlo y vibrar con él. Necesitamos hallar respuestas esperanzadas ante un mundo decaído.

Asumir la muerte, rechazar la violencia

Las frases de esta lectura son conmovedoras; es un momento duro para Jesús. Sabe que enfrentarse al poder y a las autoridades religiosas de su tiempo le va a costar la vida. Su coherencia radical y su unión con Dios Padre le llevarán a hipotecar su vida. Y Jesús lo asume. Así lo explica la segunda lectura de San Pablo, cuando describe el clamor profundo de su corazón, derramando lágrimas vivas. Es un fragmento impresionante. Encontramos a un Jesús no rendido pero sí angustiado. ¡Dios mío!, ¿Tengo que pasar por aquí? ¿Tengo que tragar el terrible dolor de la soledad? ¿Asumir la lejanía de los míos? ¿Tengo que encontrarme completamente solo en Getsemaní? ¿Tengo que beber este cáliz? Jesús sabe que el precio de sus palabras, que han revolucionado el mundo judío y los criterios religiosos de su tiempo, será la entrega de su vida. Y acepta el dolor y la muerte.
Quien verdaderamente quiere hacer algo nuevo tiene que salir de los moldes establecidos. Justamente, el primer cristianismo rompe con las estructuras de los poderes jurídicos de su tiempo. El pueblo judío esperaba un Mesías que levantara una revolución en contra del poder romano. Entre los apóstoles había simpatizantes del grupo de los celotes, movimiento armado opuesto a la dominación de Roma, que quería utilizar el mensaje de Jesús para sus fines.
Pero Jesús rechaza la violencia. El domingo de ramos, se presentará a las puertas de Jerusalén montado en un pollino. No entra sobre un caballo, símbolo del poder y la victoria. Si tiene que comunicar la voluntad de Dios para el hombre, tiene que ser consecuente con las formas y con su actitud.
Jesús podría haberse aliado con un grupo rebelde. Sin embargo, rehusa entrar en el juego político y religioso. Su misión es anunciar el amor de  Dios, exhotar a que la gente se quiera y descubra que sólo amando la vida tiene sentido. 

Compromiso ante el mundo

Hoy ya no vivimos en aquellos tiempos en que los cristianos eran arrojados a los leones. Sin embargo, hay ideologías que quieren fagocitar o desprestigiar el cristianismo. Y es ahora cuando los cristianos hemos de dar una respuesta a nuestro mundo, que se define mayoritariamente como agnóstico o ateo. Nadie debe ser obligado a creer, pero el cristianismo marca un talante, una forma de ser. Históricamente, ha sido una instancia ética y moral inspiradora de los derechos humanos. Europa es cristiana desde sus raíces, no podemos negarlo de ninguna manera. Creemos en una cultura de la paz, en la civilización del amor. Queremos dar respuestas a la sociedad, implicándonos en la construcción de un mundo mejor. Y esto pasa por replantearse repetidas veces lo que estamos haciendo.
Con el paso del tiempo ha crecido una cultura pasotista e indiferente. Los cristianos convencidos, serios, responsables social y políticamente hablando, tenemos que responder a esta desidia. No podemos permitir que el mundo intelectual, la política, la economía, los medios, construyan una cultura del tener antes que del ser. El cristianismo puede arrojar mucha luz en estas cuestiones. Hemos de defender el valor altísimo de la persona y no permanecer impasibles. Pero siempre mostrando capacidad conciliadora. Nuestro talante ha de ser humilde, cálido, cordial, atento, exquisito, renunciando a todo aquello que nos aparta de la paz con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

2012-03-17

Tanto amó Dios...

IV domingo de Cuaresma

Había un hombre de la secta de los fariseos, llamado Nicodemo, varón principal entre los judíos. Fue de noche a Jesús y le dijo: “Maestro, nosotros conocemos que eres un enviado de Dios, porque ninguno puede hacer los milagros que tú haces, de no tener a Dios contigo”. Respondió Jesús: “Pues en verdad, en verdad te digo que quien no naciere de nuevo no puede ver el Reino de Dios”...
“…tanto amó Dios al mundo que no paró hasta dar a su Hijo unigénito, a fin que todos los que creen en él no perezcan, sino que vivan vida eterna. Pues no envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo”.
Jn 3, 14-21

Dios desea una vida plena para sus hijos

En este cuarto domingo de Cuaresma, el relato del evangelio recoge el sentido último de la revelación cristiana: Dios es amor. En su afán porque el mundo se salve, hace un gesto sublime entregando a su hijo. Su amor no tiene límites, y en Jesús vemos la encarnación de este amor llevado al extremo: entrega su vida en rescate para otros. El denso diálogo entre Jesús y Nicodemo es una catequesis sobre este amor de Dios, como tan bien recoge Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas est. En el texto vemos muy clara la misión que encomienda Dios Padre a Jesús: dar sentido y plenitud a la vida. La gran afirmación teológica del Cristianismo es que el hombre es criatura de Dios y está llamado a vivir para siempre con él. Sólo así será feliz. Su verdad será vivir según Dios.
La vocación de Jesús abriga un hermoso deseo, que comparte con el Padre: que todos se salven. En lo más hondo de su corazón desea que todos crean en Dios. También sabe que esto va ligado a una entrega que lo llevará hasta la muerte.

Proclamar la Buena Nueva

Los cristianos estamos llamados a dar a conocer al mundo la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. Y esta Buena Nueva no es otra cosa que todos conozcan a Dios, lo amen y descubran el sentido trascendente de la vida. Esta es la gran misión de la Iglesia, a tiempo y a destiempo, y es tarea de todos los laicos bautizados y comprometidos, que forman la iglesia militante, el cuerpo místico de Jesús en la tierra. Después de encontrar el sentido de nuestras vidas, la misma vocación cristiana nos empuja a expandir el reino de los cielos.

Asumir el sacrificio

Dios ama tanto al mundo que entrega a su propio Hijo en rescate por todos. Bañados por la sangre de Cristo, todos estamos redimidos. Jesús asume libremente la situación límite de la muerte, el dolor, el sacrificio, el rechazo, para que todos, sin excepción, se salven. Ante esta generosidad de Dios, que nos entrega lo que más quiere, su propio Hijo, ¡qué menos podemos hacer que responder a su gesto! La respuesta puede implicar entregar parte de nuestra vida, de nuestro tiempo, para que otros puedan conocer a Jesús y descubrir la obra maravillosa de un Dios creador, generador de paz y de justicia. Estamos llamados a responder con la misma generosidad de Jesús, que fue capaz de dar su vida.
Cada cristiano, como bautizado, está invitado a seguir el itinerario de Jesús, hasta llegar a la completa comunión con Dios Padre. Este caminar muchas veces nos acarreará dolor y rechazo. Será nuestra cruz, la misma cruz que nos elevará para poder mirar el mundo con los ojos trascendidos de Dios, con su misericordia.

Dios nunca condena

Dios nunca condena a nadie. Como hemos oído muchas veces, Jesús nos dice que no ha  venido a condenar sino a salvar. Pero cuando alguien rehúsa la luz, cuando no ama, cuando es egoísta y vive ignorando el proyecto de Dios, se está auto-condenando. No hace falta que nadie le condene, él mismo se está apartando de la luz y, cuando vive lejos de la luz, cae en las tinieblas, ese abismo terrible.
Se salvará quien crea, nos dice el evangelio. Creer no es otra cosa que adherirse libremente a Jesús de Nazaret y, con él, ser apóstol y trabajar para que muchos otros puedan salvarse.
Esta es la ardua tarea de la Iglesia. Como cristianos, ¿cómo no vamos a comunicar algo que es tan importante para nosotros? Si no lo hacemos es porque vivimos al margen de esta realidad que debería centrar toda nuestra vida. Si realmente Dios colma nuestra existencia y nos sentimos elevados a la categoría de hijos suyos, trabajaremos para que su deseo se haga realidad.

Llamados a cultivar una fe viva

Los catequistas, los sacerdotes y la formación que brinda la Iglesia nos ayudan a ir profundizando en aquello que realmente Dios sueña del hombre. Nos orientan para que podamos contribuir a crear Reino de los Cielos en medio del mundo. La formación nos prepara para este combate tan importante. Pero nuestra forma de creer no ha de ser meramente abstracta o intelectual. Ha de ser una fe viva. Como bien dice San Pablo, una fe sin obras está muerta. Nuestra fe ha de ir acompañada de acciones, de una actitud, de una conducta vital cristiana. Esto pasa por dejar que nuestro corazón se revolucione, enamorado de Jesús y de su Iglesia. Pasa por convertirnos en auténticos militantes y anunciadores del evangelio. De esta manera estaremos salvados. Si creemos de verdad, permaneceremos en la luz y tendremos vida eterna, ya aquí.
La vida eterna empieza con Cristo resucitado. Cuando cumplimos el plan de Dios ya estamos instalados en el Reino de los cielos. Aunque no definitivamente, empezamos a saborear la plenitud de la vida y del amor.
Más allá  de los rituales, más allá de cumplir con unas normas, hemos de  responder con tenacidad ante la desidia de la gente que no cree. Tenemos la responsabilidad de que poco a poco la sociedad cada vez sea más cristiana. No dependerá  sólo de las escuelas, ni de las parroquias; dependerá de que en los hogares se hable de Dios y se rece. Es en las casas, en la calle, en nuestro ámbito cotidiano, donde se trata de dar una respuesta afirmativa a Dios.

2012-03-10

Los mercaderes del templo

III domingo de Cuaresma

Estaba ya cerca la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontrando en el templo gentes que vendían bueyes, y ovejas y palomas, y cambistas sentados a sus mesas, habiendo formado de unas cuerdas un látigo, los echó a todos del templo, juntamente con las ovejas y los bueyes, y esparció por el suelo el dinero de los cambistas, derribando las mesas.
Y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad eso de aquí, y no queráis hacer de la casa de mi Padre un mercado”.
Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
Jn 2, 13-25

No podemos mercantilizar nuestra fe

En este tiempo de Cuaresma, deseamos mejorar nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua, meta de la madurez espiritual de Cristo y de toda persona creyente: llegar a morir al hombre viejo y resucitar con Cristo, éste es nuestro fin.
La lectura de este domingo nos propone profundizar sobre la importancia del espacio sagrado para comunicarnos con Dios. Es poco frecuente la imagen de Jesús enfadado y colérico. Para él, la casa de Dios es un espacio vital que enriquece nuestra relación con Dios. Pero, cuántas veces lo utilizamos para comerciar con nuestra fe. Cuántas veces nuestra relación con Dios se reduce a un regateo: yo te doy, tú me das. Cuántas veces nuestra oración es un mero pedir sin cesar y, sin embargo, no damos nada. No podemos utilizar ni empequeñecer nuestra relación con Dios en función de lo que pedimos y de lo que él nos concede. Cuando vamos al templo a rezar o a participar de la eucaristía hemos de dejar que Dios nos hable al corazón y nos descubra qué quiere de nosotros, y no centrarnos solamente en lo que queremos de él.
En Jesús, Dios nos lo ha dado todo. Se ha dado a sí mismo y permanece siempre junto a nosotros, presente en la eucaristía. Nuestra oración debería ser de gratitud y de alabanza, ya que él sabe todo lo que tenemos y lo que necesitamos. No podemos mercantilizar nuestra relación con Dios buscando nuestro beneficio particular. Estaríamos traicionando la confianza en algo connatural en él, como es la providencia. Por eso, Jesús se enoja y se molesta con los mercaderes del templo y los expulsa de allí, con fuerza y una convicción rotunda. No puede tolerar que se utilice un espacio sagrado para fines totalmente alejados de Dios. Jesús siente que ese lugar es realmente la morada de su Padre y lo defiende con uñas y dientes. No puede consentir que la casa de Dios sea profanada y utilizada como un mercado.

Preludio de la pasión

El proceder de Jesús provoca irritación en los judíos y desata serias controversias. Le preguntan: “¿Qué signo nos muestras para actuar así?”. Jesús contesta desconcertando al adversario: “Destruid este templo y lo levantaré en tres días”. En realidad, se está refiriendo a su vida, su propio cuerpo, templo de Dios. Habla de su muerte inminente y de su resurrección al tercer día.
De manera progresiva, Jesús es consciente de que la celebración de la Pascua judía también marcará su camino hacia la pasión y su ascenso a la cruz. Ve acercarse el momento clave de su vida, su donación total al Padre.
Muchos lo rechazan, pero muchos otros se convierten ante los extraordinarios signos que hace. Con su ejemplo y su palabra, Jesús toca el alma de las gentes. No obstante, nos dice el evangelio, él actúa con prudencia y cuidado, porque las conoce bien. Sabe mirar el interior de cada persona y descubrir lo que hay dentro de ella. No podemos engañarle, pues conoce nuestras últimas intenciones. Si deseamos crecer interiormente, aprendamos a depurar nuestra relación con Dios para que, cada vez, sea más rica y sincera.

2012-03-02

Revelación en el Tabor

II domingo de Cuaresma

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un elevado monte, en lugar apartado, y se transfiguró en medio de ellos. De forma que sus vestidos aparecieron resplandecientes y de un candor extremo, como la nieve… Y se les aparecieron Elías y Moisés, que estaban conversando con Jesús. Y Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: ¡Oh, Maestro! qué bien se está aquí. Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías…
En esto se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo, escuchadle.
Mc 9, 2-10

Dios revela su rostro

Si en el bautismo Jesús iniciaba su ministerio público, en el Tabor se manifiesta la predilección de Dios Padre hacia él.
Esta manifestación es un momento álgido que descubre la intensa relación que lo une con el Padre. Pero, al mismo tiempo, también muestra una confianza progresiva de Jesús en sus discípulos, al revelarles su identidad más genuina: les muestra el mismo rostro de Dios. En esta revelación también anuncia su pasión y muerte. El hijo de Dios dará su vida en rescate por todos y después resucitará. Para nosotros, hoy, este pasaje tiene un hondo significado: el hombre viejo, con sus ataduras y sus lastres, ha de morir para renacer como hombre nuevo, libre y colmado del amor de Dios.
Es en un espacio de intimidad donde se revela la auténtica naturaleza de Jesús. Podríamos decir que el Tabor es una primicia de la resurrección. Sobre el monte, Jesús se transfigura y aparece glorificado. Esta imagen es una clara alusión a su resurrección.

Una experiencia que marcará a los discípulos

El texto cuenta que Jesús se lleva a una montaña alta a tres de sus seguidores y allí se transfigura ante ellos. Son los discípulos más cercanos y por eso da un paso más allá, descubriéndoles su auténtica identidad. En un acto de total confianza, abre su corazón a aquellos tres discípulos amados. Ellos son testimonios de un misterioso secreto. Jesús les revela las entrañas de su persona, su íntima relación con Dios, su filiación divina, su misión y su itinerario hacia la muerte por fidelidad al Padre.
Los discípulos quedan deslumbrados ante la blancura y la transparencia de esta visión, en la que ven a Jesús, con nitidez, como Hijo de Dios. Es un momento revelador y luminoso que quieren eternizar, un atisbo de cielo que saborean en lo alto del Tabor. Es un instante tan denso que parece haber transcurrido mucho más tiempo cuando, de pronto, se vuelven a encontrar solos con Jesús. Durante un momento, un destello de eternidad ha iluminado su corazón. “Qué bien se está aquí”, exclama Pedro. “Hagamos tres tiendas”. ¿Cómo no se va a estar bien en el cielo, con Cristo? ¿Cómo no se va a estar bien cerca del corazón de Jesús, que les hace ver su gloria?
También son testigos de la presencia de Moisés y Elías, a ambos lados de Jesús. La ley judía, representada por Moisés, y el profetismo, reflejado en Elías, convergen en Jesús de Nazaret. Él sintetiza la Ley y la tradición profética del Antiguo Testamento.
La transfiguración marcará para siempre a los discípulos amados y los acompañará en su trayectoria. Esa rica y novedosa experiencia los unirá mucho más a su maestro y se convertirá en una referencia para sus vidas. Será el norte que guiará la brújula de su espiritualidad.

Camino de la cruz

Una vez vivido ese momento de plenitud, serán conscientes de que esa experiencia íntima y secreta no les exime de la otra cara de la realidad. Por un lado, encuentran al Cristo glorioso. Por otro, al Cristo sufriente, el Cristo de la cruz. Al descender del monte, Jesús les pide que no digan nada a nadie. El camino hacia Jerusalén tiene una meta clara: su pasión y su muerte. El gesto sublime de total entrega de Jesús pasará por una larga agonía. Pero Jesús también les vaticina que resucitará a los tres días.
Pedro, Santiago y Juan, en la montaña del Tabor, son testigos de esa anticipación de su muerte y resurrección. Esta vivencia inundará para siempre sus corazones de paz y el recuerdo de esos instantes les dará valor en su firme deseo de seguir a Jesús hasta su pasión.

2012-02-25

Tentaciones en el desierto

I domingo de Cuaresma

En seguida, el Espíritu lo empujó al desierto, donde estuvo cuarenta días y cuarenta noches. Allí fue tentado por Satanás, y moraba entre las fieras, y los ángeles le servían.
Mc 1, 12-15

Meditar sobre nuestra identidad

Iniciamos la Cuaresma, tiempo largo y denso de meditación en que la Iglesia nos propone ahondar sobre nuestra identidad cristiana en medio del mundo. Nos empuja al desierto, lugar de encuentro con Dios. Nos propone salir de nosotros mismos y dejarnos llevar por el Espíritu Santo. Sólo lo conseguiremos si sabemos detener el ritmo acelerado de nuestra vida. Entonces, en la soledad y en el silencio, descubriremos lo que Dios quiere para nosotros.
El texto de hoy nos sitúa a Jesús en el desierto. Se encuentra en un momento clave de su vida. Su proyección social es cada vez mayor, se está convirtiendo en un líder de masas. Dócil al Espíritu, se deja llevar al desierto y allí, durante cuarenta días con sus noches, va tomando conciencia de manera progresiva de su filiación con Dios. A solas con el Padre, reflexionará sobre su misión y su quehacer apostólico.  Va a comenzar una dura batalla y necesita ese tiempo de retiro para planear su tarea misionera, unido íntimamente a él.

La tentación del poder religioso

Pero es justamente en ese lugar solitario de oración donde el diablo ve llegada su ocasión. En el texto sagrado leemos que Jesús se deja tentar por el diablo. Vamos a explicar qué significa esto.
Aunque tuviera una fe inquebrantable en el amor de Dios y una firme voluntad, Jesús era un hombre. Podía tener las tentaciones que puede llegar a tener hoy un líder religioso o una persona carismática. Le seguía mucha gente. Su talante atraía a muchísimas personas hacia Dios. Pero él jamás quiso rozar un ápice la libertad de quienes lo seguían. Para Jesús la libertad era sagrada. Su talante paciente, lleno de dulzura, era lo que atraía como un imán, generando una gran expectación a su alrededor. Jesús era muy consciente de su fuerza arrolladora y sabía que no dejaba a nadie indiferente. Tenía ese don, pero no quería aprovecharse de él para manipular a las masas. Su único deseo era conducirlas al Padre. El sí a Dios ha de ser claro, libre y sincero. La manipulación y la coacción son métodos diabólicos que emplean quienes quieren someter a las personas a su poder.
Jesús quiso desmarcarse de la sutil tentación del poder. Podía embaucar a la gente, podía deslumbrarla con sus prodigios y su predicación. La sutileza del diablo lo tienta con diversas formas de poder: religioso, político, económico.  El poder es una tentación propia de las personas carismáticas. Son esas formas de poder que hoy también nos acechan: en la familia, en la empresa, en nuestro entorno… Es fácil sucumbir cuando uno tiene recursos en sus manos, especialmente cuando tiene personas bajo su tutela o cuando dispone de riquezas, autoridad o influencias. 

Todo cristiano tiene una meta

Jesús se prueba a sí mismo con la ayuda del Espíritu y demuestra que se pueden superar las tentaciones. Su deseo es ser obediente y servir a Dios, respetando la libertad de las personas de su entorno. Una vez ha salido airoso de esta batalla por mantenerse fiel, firme y seguro, con más convencimiento que nunca, marcha a Galilea para empezar a proclamar la buena nueva. Ya está a punto: después de su bautismo en el Jordán y tras haber superado las tentaciones en el desierto, Jesús se siente arropado por el Padre para emprender, incansable, su misión. Esa misión que lo llevará, finalmente, a Jerusalén, hacia la Pascua y de regreso a su Padre, en el cielo.
Unido al Padre, inmediatamente se pone a predicar. Hoy, esta lectura nos urge a la conversión y a creer con firmeza en el evangelio. Es una buena manera de empezar la Cuaresma: mirar hacia Dios y hacer del evangelio vida de nuestra vida.
Esta es también la meta del cristiano: caminar hacia el Padre. Pero antes, aunque nos cueste, hemos de buscar horas para estar a solas con él. Ante el desafío de nuestra existencia, hemos de dejar a Dios que nos ayude a ir superando nuestras debilidades. En el silencio de nuestro retiro hemos de ir venciendo todas aquellas tentaciones que nos separan de Dios. Especialmente, el orgullo que tal vez nos hace sentirnos mejores que los demás y que nos empuja a manipular sutilmente las situaciones para sacar provecho. Hemos de limpiar nuestro corazón y apearnos de nuestras pequeñas ambiciones para poder entrar en el recinto sagrado de Dios. Así podremos comenzar, unidos a Cristo, nuestra tarea evangelizadora. Rescatados, perdonados y salvados, sólo nos queda, sin titubear, como Cristo, iniciar nuestro camino comenzando por un retiro hacia nuestro desierto interior. Desde allí, superadas las tentaciones, saldremos a nuestra Jerusalén, el mundo pagano. Podremos adentrarnos en el dolor causado por la incomprensión de muchos que nos rechazarán, pero seguiremos avanzando hacia la Iglesia, hacia la eucaristía y finalmente, hacia Cristo y el Padre.

2012-02-18

Levántate y anda

VII Domingo Tiempo Ordinario

Entonces llegaron unos conduciendo a un paralítico, que llevaban entre cuatro. Y, no pudiendo entrar por causa del gentío, levantaron el techo por la parte bajo la cual estaba Jesús y por su abertura descolgaron la camilla en que yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Mc. 2, 1-12

Ante el milagro espectacular de la curación de un paralítico, la reacción de los letrados judíos resulta sorprendente. Para ellos es más importante la ley que el bienestar y la salud de ese hombre, considerado pecador. Que Jesús desafíe sus leyes curándolo implica que se abroga el poder de perdonar los pecados y, por tanto, está desafiando al mismo Dios. En la actitud de los escribas se refleja un concepto de Dios como juez implacable y arbitrario. En cambio, Jesús nos revela al Dios compasivo que no desea la enfermedad ni el dolor de sus criaturas. Para alguien como él, lleno de la fuerza de Dios, curar a un enfermo no es difícil. El verdadero milagro no es que Dios pueda curar a un hijo suyo, sino que los hombres creamos que, realmente, Dios nos ama y confiemos nuestra vida en sus manos. Dios nos tiende la mano siempre. Nosotros sólo necesitamos escuchar la voz que nos dice: “¡Levántate y anda!”. El milagro es creer que podemos hacerlo, ponernos en pie y dejar que Dios nos lleve hacia nuestra plenitud.

La búsqueda de sentido

El magnetismo personal de Jesús debía ser impresionante. La gente lo buscaba, pues irradiaba luz, compasión, ternura. Los humildes, los pobres, los enfermos, tenían un lugar privilegiado en su corazón. Jamás los desatendía.
En esta ocasión, el evangelio nos cuenta que todo el mundo sabía que Jesús había llegado a Cafarnaúm y las gentes lo esperaban, ansiosas. Pues Jesús lograba curar, serenar y, sobre todo, dar sentido a la vida de las personas que se acercaban a él. Su presencia conseguía calmar la ansiedad más profunda del ser humano. Y la gente se agolpaba a su alrededor mientras él, con suavidad, les enseñaba la palabra de Dios.
Hoy día, aunque no lo parezca, también hay mucha gente que busca a Dios, incluso entre aquellos que no vienen a misa o no practican. Buscan algo que quizás la Iglesia no les ha sabido dar. Ansían encontrar sentido a su vida. Los psicólogos lo saben bien: las personas se preguntan por uno mismo, por el sentido de su existencia y de la existencia del mundo. Son muchos los que padecen enormes crisis de identidad, y aún más quienes, en el fondo, buscan palabras, gestos, miradas, que les transmitan que su vida es importante, es digna de amor, tiene un sentido. Y muchos son quienes se pierden buscando respuestas.
Estas cuestiones pre-religiosas finalmente convergen en la gran pregunta: ¿existe Dios? ¿Quién es Dios? Y ésta despierta otros interrogantes: ¿Quién es Jesús? ¿Qué sentido tiene la Iglesia? ¿Por qué hay sufrimiento en el mundo? ¿Dónde está el cielo?
Este proceso nos lleva a desnudarnos delante del Ser Absoluto, a quien no vemos.

Liberarnos de la parálisis del pecado

Jesús nos enseña a ser pacientes y a predicar con humildad a quienes están inmersos en esta búsqueda, a la vez que nos llama a estar atentos para descubrir la profunda soledad del hombre de hoy. Su ejemplo nos invita a acercarnos, con ternura, al corazón de tantas personas que necesitan de Dios.
La gente que buscaba a Jesús creía en la capacidad milagrosa de su amor. A fin de verlo y estar cerca de él, eran capaces de cualquier cosa. El evangelio nos narra cómo esos cuatro hombres que llevan al paralítico suben al tejado de la casa donde se aloja y abren un boquete para hacerlo descender ante él. Arriesgan su seguridad y su vida, sin temor, con la certeza de que Jesús curará al paralítico.
Y así será. Jesús admira y elogia su fe. Él sabe que el pecado paraliza e impide la salud espiritual. El pecado inmoviliza a la persona y le impide lanzarse a la aventura de una experiencia nueva: sentir a Dios dentro, sentirse viva, sana, fuerte, llena de vigor y de tenacidad para ir corriendo al encuentro de los demás.

Dos formas de entender la fe

Jesús cura al paralítico. Pero, como siempre, su forma de actuar genera conflictos con ciertos sectores influyentes socialmente. Le echan en cara que actúe de esa manera, atribuyéndose una capacidad que es propia de Dios: perdonar los pecados.
Los judíos no entienden esa especial unión de Jesús con Dios. No comprenden su actitud humanitaria y solidaria, que surge precisamente de su comunión con el Padre. La fuente de su caridad es la sintonía con Dios.
Como podemos observar, en el evangelio afloran dos formas de vivir la religiosidad. Una forma espontánea, abierta siempre a las necesidades de los demás, y otra más puritana y legalista, rígidamente observante de las leyes. Para muchos judíos, esta segunda era la forma de ser fieles a la Torah.
La crítica que recibe Jesús es fuerte. Lo acusan de autoerigirse en persona con la autoridad de perdonar. Un aspecto especialmente delicado para los judíos es el perdón. Para ellos, Dios es el único que puede perdonar. Con sus palabras, Jesús entra de lleno en uno de los temas más escabrosos y colisiona con la visión de los estrictos observantes de la Ley. Su radicalidad hacia Jesús crecerá. Jesús se siente Hijo de Dios y así lo llegará a proclamar. Esta será la principal razón que esgrimirán los fariseos y los sumos sacerdotes para matarlo. Pero Jesús siente, en lo más hondo de su ser, que debe actuar como lo hace, sin miedo.

Levántate y camina

Así, todos los presentes quedan atónitos cuando no sólo demuestra su capacidad para perdonar los pecados, sino que realmente obra el milagro de curar al paralítico. Éste se levanta y camina.
Jesús nos habla también a nosotros. Cuando sufrimos y nos sentimos frágiles y vulnerables, él nos dice: ¡Levántate! Coge tu camilla y anda. Nos invita a recoger todo aquello que nos impide caminar erguidos: lastres, orgullo, resentimientos… Nos dice que seamos valientes y que asumamos todo lo que nos paraliza, levantándonos sobre nuestro propio ego. Nos llama a despertar. Ya estamos salvados por el amor de Dios. Su amor nos perdona y nos sana. Y nos impulsa a caminar, aprisa, para ir al encuentro de otros y ayudarles a levantarse y a liberarse de la peor prisión: la de sí mismo.

2012-02-11

Quiero, queda limpio

VI Domingo tiempo ordinario

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
—Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:
—Quiero: queda limpio.
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
El lo despidió, encargándole severamente:
—No se lo digas. a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.
Mc 1, 40-45

La compasión de Jesús

La misericordia de Jesús se extiende como su palabras, llenas de vida y de un mensaje absolutamente novedoso. Su voz, su mirada amorosa y su ternura tienen la capacidad de curar a mucha gente.
El texto nos narra la petición de un leproso para que lo sane de su enfermedad. El leproso suplica, de rodillas ante Jesús: “Si quieres, puedes limpiarme”. El desespero y la angustia llegan como una oración a gritos hasta el corazón de Jesús. Y el autor nos revela la profunda compasión que lo mueve hacia el enfermo, ante su clamor y sus ruegos estremecedores.
Jesús conoce el profundo dolor que siente. Su compasión hacia los desvalidos es infinita, por eso actúa hacia ellos con inmediata solicitud. Pero, como vemos en todos sus milagros, antes de curar, Jesús pregunta al enfermo. Si eleva una petición, es de suponer que realmente desea curarse, de todo corazón. Pero Jesús no abandona su actitud pedagógica: quiere reafirmar el deseo del enfermo de curarse. Cara a cara, mirándolo a los ojos, quiere contar con su libre voluntad y su sí.

Salud física y espiritual

Jesús tiene en cuenta la dimensión sociológica y vital del enfermo. Entiende que el sufrimiento aqueja fuertemente al leproso, pero quiere que la situación emocional que lo envuelve no le prive de su libertad. Sólo así podrá obrar el milagro y liberarlo del peso de su enfermedad. Si el leproso lo pide sinceramente, movido por un deseo firme de sanar, más allá de la desesperación, Jesús interviene.
El leproso quedó limpio, dice el evangelio. Cuando nuestro corazón se abre libre y sinceramente, Dios puede hacer el milagro de sanar todo aquello que hace impura nuestra vida. Él nos puede limpiar de aquello que empaña nuestro corazón, en especial, la soberbia, el orgullo y la petulancia. Cuando nos falta oxígeno espiritual, nuestra vida interior queda seriamente limitada. Cuántas personas padecen de esta otra lepra, que les quita la luminosidad en el rostro y les hace vivir atrapadas en la oscuridad. Jesús siempre extiende sus manos amorosas, nos llena de ternura y nos toca con dulzura para sanarnos. Él desea nuestra salud; quiere que nuestra vida esté llena de sentido y que lo tengamos a él como referencia.
La salud siempre vendrá profundamente ligada a aquello que somos, creemos y vivimos. Si nuestra vida se fundamenta en sólidos valores religiosos, y nuestra espiritualidad es rica e intensa, tendremos fuerza y coraje para aceptar las dificultades y asumir los desafíos que se nos presentan. Sabremos tomar las decisiones más acertadas, que afectarán a nuestra salud física y espiritual. Jesús nos quiere sanos de alma y de cuerpo, porque sólo los puros y los “limpios de corazón” verán a Dios. La fe en Jesús nos limpia totalmente.

Dios quiere la mediación de la Iglesia

Finalmente, Jesús añade algunos elementos a destacar. Por un lado, pide al leproso que tenga prudencia y no proclame a los cuatro vientos su curación. No desea la fama, sino servir y hacer un bien real a todos aquellos que confían en él. Y, por otra parte, lo envía a los sacerdotes para completar su purificación. Con este gesto, demuestra que no quiere actuar al margen de la institución religiosa de su pueblo. Cuenta con la intervención de los sacerdotes como puentes hacia Dios. ¡Qué importante es este matiz!
En este caso, la lectura nos lleva al sacramento del perdón y la reconciliación. Dios perdona a través de sus ministros, que ejercen la función de Cristo. No podemos negar la mediación eclesial. Cuando Jesús dice a Pedro, “sobre ti edificaré mi iglesia, y aquellos a quienes perdones los pecados, les quedan perdonados”, nos está mostrando que Dios quiere la mediación de la Iglesia, especialmente a través de sus sacramentos.

2012-02-04

Levantar a la mujer

V Domingo tiempo ordinario

Así que salieron de la sinagoga, fueron con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. Se encontraba la suegra de Pedro en cama con calentura, y le hablaron de ella. Y, acercándose, la tomó por la mano y la levantó, y al instante la dejó la fiebre, y se puso a servirlos.
Por la tarde, puesto ya el sol, le traían todos los enfermos y endemoniados… Y curó a muchas personas afligidas de varias dolencias, y lanzó a muchos demonios, sin permitirles hablar, porque sabían quién era.
Mc. 1, 29-39

Los primeros apóstoles caminan sin vacilar al lado de Jesús. En esta ocasión, se da un incidente que puede ocurrir en cualquier ocasión: la suegra de Pedro está en cama, con fiebre. Este contexto encierra un precioso  simbolismo que define muy bien la tarea ministerial de Cristo y su posición ante la mujer.
Fijémonos en la actitud de Jesús. Se acerca. La cultura judía tenía muy marginada a la mujer. Jesús rompe con ese prejuicio cultural y religioso. La toma de la mano, se produce un contacto físico, salva esa distancia que segrega el mundo de la mujer. La levanta, la proyecta en su dignidad como hija de Dios. Finalmente, también la hace discípula, porque después ella le sirve. Esta es la misión fundamental de Jesús: dar vida. Y ha de ser también la misión de la Iglesia: entrar de lleno en el corazón humano y dar un sentido espiritual a su vida, alejándolo de todos sus males.

La persona por encima de la ley

La secuencia de este fragmento evangélico nuclea la misión de Jesús. Sintiéndose profundamente amado por Dios, esta vivencia le hace sentirse muy cerca de los demás y, a la vez, le da una libertad interior muy honda. De ahí que, aún conociendo el puritanismo de las leyes judías, vaya más allá de lo que sería “políticamente correcto”. Sabe que su forma de tratar a las mujeres es objeto de crítica por parte de los fariseos. Y no sólo eso, sino que parece actuar por encima de las leyes de su pueblo. Jesús pone en el centro de su mensaje, no las ideas, sino la persona. Y en este caso, es la mujer. Él sabe que para Dios lo más importante no son los preceptos o los códigos morales de la religión judía; lo más importante es el ser humano y sus necesidades. Jesús rompe con un mundo rígido y estrecho de miras para salvar y curar a la suegra de Pedro.

Levantar al que está abatido

No sólo la cura. Jesús le tiende la mano y la levanta. Cuántas personas en el mundo nos están alargando sus manos para que las ayudemos a salir de su sufrimiento y su marginalidad. Cuántas veces, por prejuicios ideológicos o por puritanismo religioso dejamos de hacer cosas buenas y necesarias. Jesús nos enseña a ser dueño de nuestras ideas: para él, vale más una persona real y enferma que miles de ideas bonitas sobre la pastoral de la salud.
Como Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a dar nuestra mano para consolar, aliviar, curar y sostener a quienes no pueden hacerlo por sí solos. Muchas personas quebrantadas, física o espiritualmente, esperan nuestra ayuda. Con nuestro gesto desprendido, con nuestro amor, purificamos nuestras ideas a la vez que estamos liberando del dolor y dignificando a otras personas que piden ayuda. Esta disposición a servir, ayudar y “levantar” a los demás, debe ser el eje central de nuestra evangelización.

2012-01-27

Hablar con autoridad

IV Domingo tiempo ordinario

Entraron después en Cafarnaúm, y Jesús comenzó en los sábados a enseñar al pueblo en la sinagoga. Y estaban asombrados de su doctrina, porque su modo de enseñar era como de persona que tiene autoridad, y no como los escribas.
Mc. 1, 21-28

La coherencia otorga autoridad

Jesús predicaba recorriendo lugares, pueblos y caminos, dirigiéndose a las gentes allí por donde pasaba. Como rabino, Jesús también solía ir a la sinagoga a escuchar la lectura de la Torah, la palabra de Dios.
La narración de hoy recoge el carisma especial de Jesús. Era un gran comunicador que llegaba a la gente, tocando su corazón. No dejaba indiferente a nadie. Pero, especialmente, Jesús tenía un don que todos cuantos le escuchaban reconocían: la capacidad de convicción. Muchos admiraban su autoridad. ¿Por qué?
El discurso de Jesús era claro y rotundo porque hablaba de aquello que sentía y experimentaba. Su enorme claridad pedagógica se nutría en su rica experiencia de Dios. En Jesús no se daba fisura alguna entre aquello que decía y vivía; no había contradicción entre sus palabras y su vida, pues tenía una profunda sintonía con Dios. De aquí que todos alabaran su autoridad. En ella reconocían la autenticidad y la coherencia de su mensaje. Jesús predicaba con ardor lo que vivía, así es como lograba penetrar en los corazones de quienes lo escuchaban.

Ante la autoridad, los espíritus inmundos huyen

El evangelio sigue relatando cómo en la sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se enfrenta a Jesús. En estas personas, atacadas por fuerzas diabólicas, podemos ver la aparente fuerza del mal, que despierta reacciones violentas e iracundas en las personas. Una de las armas del maligno es, precisamente, lograr que el hombre se enfrente a Dios y rechace su bondad. Así, el hombre poseído increpa a Jesús y lo acusa de causar su perdición.
También hoy se dan actitudes de rechazo radical a Dios, y se tiende a culpar a las religiones, en especial al Cristianismo, de muchos males que aquejan a la sociedad. Se difunde una imagen de Dios muy errada, presentándolo como un juez tirano que condena a la humanidad.
Ante el estallido de furia, Jesús responde con rotundidad: “Enmudece”. ¡Calla! El mal se rinde y abandona inmediatamente al hombre poseído, porque nada puede vencer la fuerza de Dios. La intervención contundente de Jesús nos demuestra que el amor es mucho más poderoso que las fuerzas del mal. En ocasiones, además, debe mostrarse enérgico y radical. Jesús, que vive lleno de Dios, puede hablar con el vigor y la autoridad necesarios para expulsar a los demonios.
Así mismo, los cristianos de hoy no hemos de vacilar ante los acosos del mal. No podemos acobardarnos y rendirnos. Pero nuestra lucha ha de ser humilde y confiada en Dios. No somos fuertes, sino débiles, y nuestra naturaleza puede caer fácilmente. Pero contamos con la fuerza del Padre, que nos sostiene y nos insufla su Espíritu. Si pretendemos trabajar para aliviar los sufrimientos y problemas que sufre el mundo, necesitamos contar con él. Con nuestras fuerzas solas no podremos vencer. Pero, en cambio, el mal huirá ante la luz y la fuerza arrebatadora del amor de Dios.

Una doctrina nueva

Esa autenticidad de Jesús, la estrecha unión entre sus palabras y su vida, es la que confiere a su mensaje una novedad fresca que admira a sus contemporáneos. No se trata de la doctrina de los escribas o los maestros de la Ley, que repiten y propagan lo que fue escrito en los libros sagrados. Jesús no habla de promesas, sino de una realidad actual, de un Dios cercano, de un reino de los cielos que ya está entre nosotros. En realidad, Jesús se está mostrando a sí mismo como la auténtica palabra de Dios. Él es el núcleo de su mismo mensaje: Dios ya está en medio del mundo, cohabitando con nosotros. Si le hacemos lugar en nuestras vidas, su amor reinará y transformará nuestra existencia.

2012-01-21

Seguidme y os haré pescadores...

III domingo tiempo ordinario

Después que Juan fue puesto en la cárcel, vino Jesús a Galilea, predicando el evangelio del reino de Dios. Y diciendo: “Se ha cumplido ya el tiempo, y el reino de Dios está cerca; haced penitencia y creed en la buena nueva”.
En esto, pasando por la ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes al mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús:”Seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Ellos, prontamente abandonaron las redes y le siguieron.
Mc. 1, 14-20

Dejar las redes atrás

En el texto de hoy vemos a Jesús metido de lleno en su ministerio público. Jesús anuncia que el reino está cerca. Sigue llamando a hombres y mujeres, invitándoles a que le sigan. ¿Cuál es ese reino que anuncia?
La vocación sigue siendo el tema de este domingo. En la respuesta inmediata de los nuevos seguidores vemos la fuerza arrolladora de Jesús. Lo dejan todo y lo siguen. Así, quedan liberados para sumergirse en su gran empresa. Jesús llama a gente capaz de dejarlo todo. Una vocación implica dejar atrás cosas: trabajo, familia, estilo de vida... Significa empezar una vida nueva, de abandono y de confianza. Los apóstoles dejarán las redes inmediatamente, dice el texto. Los cristianos de hoy, que ya seguimos a Jesús, no hemos de permitir que las redes del cansancio y la apatía nos atrapen. Ser cristiano significa vivir una aventura de libertad y donación a los demás.

Dios está cerca

“El Reino de Dios está cerca”. ¿Qué significan estas palabras? Significan que el mismo Dios está cerca. Aún más, está en medio de nosotros. Jesús es la culminación de este Reino. Por tanto, con su presencia, el Reino de los Cielos ya ha llegado al mundo. En este reinado, el dueño y rey es Cristo, que es la encarnación del amor de Dios. Todo cristiano está llamado a vivir intensamente la experiencia del Dios amor.
También está llamado a vivir amando a los demás. Allí donde las personas se aman, allí está el Reino de Dios. Los cristianos queremos vivir este cielo ya aquí, entre nosotros. Esto implica estar dispuesto a trabajar con tenacidad y alegría. Pero, para hacer realidad este deseo de Dios hemos de dejarnos seducir por su voz y sumarnos al grupo de los apóstoles, trabajando mano a mano con él.
Esto se traduce en una escucha atenta a los mensajes que la Iglesia nos da, a través del Papa y los sacerdotes. Significa dedicar tiempo. No basta con venir a las eucaristías. La vocación implica integrarse en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, asumiendo responsabilidades pastorales y colaborando en sus tareas evangelizadoras. De aquí la importancia de la respuesta a la llamada y de estar prestos a dejar atrás todo lo que nos supone un obstáculo en el camino de nuestra vocación. Sólo así el horizonte de nuestra libertad se ensanchará y podremos dilucidar con mayor claridad el designio de Dios en nuestra vida.

2012-01-13

Hemos encontrado al Mesías

II Domingo tiempo ordinario

Al día siguiente, otra vez estaba Juan allí con dos de sus discípulos. Y viendo a Jesús que pasaba, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oírle hablar así, se fueron en pos de Jesús.
Jn. 1, 35-42

Juan, guía hacia el Maestro

Este evangelio nos explica, con palabras sencillas y profundas, la historia de una llamada. Juan Bautista, con su intuición profética, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y así se lo comunica a sus seguidores. En su gesto vemos sabiduría y desprendimiento, no retiene a sus discípulos junto a sí, sino que les señala al hombre en quien brilla la luz de Dios. Juan ha cumplido su misión como buen maestro y guía de los suyos.
Sus discípulos también responden con docilidad y confianza. No dudan en seguir a Jesús e inmediatamente se quedan con él. Tal vez lo más hermoso de estos momentos es precisamente lo que no cuenta el evangelista: la intensa experiencia interior que debieron vivir aquellos primeros discípulos, cuando recuerdan, con exactitud, hasta la hora del día en que se fueron en pos de Jesús. Son esos momentos de la vida que jamás se borran de la memoria. La alegría de descubrir al Maestro los lleva rápidamente a comunicarlo a otros. “Hemos encontrado al Mesías”. Ese hallazgo los llena de gozo, no pueden callarlo. Así, Andrés corre a avisar a Pedro, su hermano. Y Jesús, viéndolo, lo llama también.

Dios nos llama, personalmente

El texto de este domingo nos invita a reflexionar sobre la historia de nuestra llamada. Dios se vale de diversos acontecimientos históricos para dejarnos entrever que tiene un plan para cada uno de nosotros. Se fía de nuestras capacidades y nos llama a vivir la plenitud de nuestra vida cristiana. Para ello se sirve de personas, situaciones propicias, un espacio y un tiempo preciso en que nos llama a vivir nuestra vocación. El evangelio de Juan señala nombres muy concretos, un lugar y una hora. Seguramente cada uno de nosotros puede recordar exactamente a todas aquellas personas que han sido su Juan Bautista y le han señalado a Jesús. Podemos recordar a nuestros padres, a familiares, profesores, catequistas, algún religioso o religiosa…, personas que Dios ha querido que se cruzaran en nuestras vidas y que han hecho brotar la fuente de nuestra felicidad.

El gozo del sí

Un gozo enorme surge de nuestro sí a Dios y a su proyecto para nosotros. Éste no es otro que establecer su Reino en medio del mundo. Un reino donde se colma el anhelo más profundo de todo ser humano: el deseo de dar y recibir amor, con generosidad y sin límites. Sólo así, confiando en Dios, podremos llenar de sentido nuestra existencia, como aquellos discípulos de Juan que, buscando la Verdad, encontraron a Jesús y lo siguieron.
Cualquiera de nosotros puede sentirse interpelado un día. Cuando Dios entra en nuestra vida, la alegría es incesante. ¡Ánimo! Dios sólo pide nuestro sí, pequeño, pero a la vez muy rotundo, muy denso. Un sí que entraña consecuencias inimaginables.

2012-01-07

El bautismo del Señor

Vino Jesús de Nazaret, de Galilea, y Juan le bautizó en el Jordán. Y al salir del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu, descendiendo en forma de paloma, y posarse sobre él. Y se oyó esta voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, en ti encuentro mi alegría.
Mc 1, 7-11

Es tiempo de Epifanía, de la manifestación de Dios a los hombres. En la liturgia del bautismo de Jesús encontramos otra manifestación de la gloria de Dios: “Este es mi hijo”. Pero esta vez es la Trinidad quien se revela: el Padre Dios que reconoce a su hijo, Jesús, el amado; el Hijo, que es el bautizado, Jesús, y el Espíritu Santo.  Dios se hace presente en el inicio de su misión ministerial. La celebración de hoy nos recuerda que en Jesús todos somos hijos amados de Dios. Él también se regocija cuando decidimos vivir para siempre la vida a la que nos llama, es decir, cuando nos lanzamos a nuestra misión evangelizadora como cristianos adultos y comprometidos.

Herederos y precursores

A la escena del bautismo la preceden unas palabras llenas de humildad proclamadas por Juan Bautista. Reconoce que el que viene detrás es más que él. Juan, abierto a la expectativa mesiánica, dice de sí mismo que es sólo una luz. Ante la grandeza del Señor, humildemente, se aparta. Ha preparado a su pueblo para este acontecimiento y sabe retirarse oportunamente para que Jesús, ya maduro y adulto, inicie su tarea ministerial.
Qué importante es saber retirarse a tiempo para dejar que otros crezcan. Los padres respecto de sus hijos, los profesores con sus alumnos, los políticos hacia sus ciudadanos… Deben confiar en ellos.
Ante Dios, sólo somos herramientas de un proyecto global. Unos y otros hemos de aprender a precedernos para ir culminando su obra. Todos somos herederos de nuestra cultura cristiana y hemos de pasar el relevo a nuestros sucesores para que nuestra misión continúe en el mundo.

Jesús se consagra en el Jordán

El bautismo de Jesús es un momento epifánico que manifiesta la gloria de Dios, revelada en Jesús. La escena en el Jordán nos presenta a un Jesús adulto, lleno de una profunda convicción, unido fuertemente a Dios Padre. Esos largos años en Nazaret, viviendo con su familia, creciendo en el amor a Dios, han hecho de él un hombre lúcido y maduro, preparado para su misión.
Jesús se siente hijo del Padre. El sentimiento filial es necesario para impulsar su tarea misionera; esa certeza tan fuerte llena su interior y le hace ver que ya ha llegado el momento de salir a anunciar la buena nueva, recorriendo largos caminos para llevar a los hombres la noticia de un Dios que es amor, y cuyo reino está muy cerca. Jesús se lanza a su gran aventura. Después de un largo tiempo de soledad y silencio ha llegado la hora de desvelar el rostro amoroso de Dios a los hombres.
El bautismo de Jesús se puede considerar como la toma de posesión de su cargo, de su misión. Debía encomendarse a Dios antes de empezar y se sumerge en las aguas. Sabe que sumergirse significa hundirse en la existencia pecadora del hombre y en su propia muerte. El agua se convierte en el altar de su propio ofrecimiento. Para el pueblo judío, adentrarse en las aguas significaba luchar contra el mal. Y esto sería lo que haría Jesús en su tarea evangelizadora: conjurar al oleaje del mal para abrirnos a la gracia de Dios.

La Trinidad resplandece

Y vio rasgarse el cielo. Esto tiene un profundo significado en la cultura judía. El cielo se abre cuando Dios se comunica con su criatura. Se escucha una voz, la voz de Dios Padre, y desciende su Espíritu como paloma. La Trinidad completa se cierne sobre el Jordán. Padre y Espíritu Santo acompañan a Jesús en este momento de consagración.
La voz recia del Padre revela su predilección y su amor hacia Jesús. Refleja la especial sintonía con su Hijo y su fe en él. De ahí que le confíe la misión de redimir al mundo.
El Espíritu Santo desciende sobre él, como una paloma. Es la imposición de manos que Jesús necesita, toda la fuerza de Dios para convertir su vida en un eco de la suave y penetrante palabra de Dios. Esa suavidad, como agitarse de alas, es la que permitirá que su mensaje cale en los corazones que buscan, hambrientos de Dios.