Este blog pretende reflexionar sobre los evangelios dominicales de los tres ciclos litúrgicos, proporcionando un material que ayude a laicos y a sacerdotes a hacer una lectura del mundo de hoy a la luz de la palabra de Dios.
2022-03-18
3r Domingo de Cuaresma - C
2022-03-11
2º Domingo de Cuaresma - C
La lectura del Antiguo
Testamento nos muestra a Abraham ofreciendo un sacrificio a Dios en lo alto de
un monte. Dios acepta su sacrificio, pasando como fuego entre los animales, y le
hace una promesa: será padre de un gran pueblo. Abraham cree sin dudar y el
autor bíblico añade: «se le contó en su haber». Creer en las promesas divinas
nos abre a la maravilla de lo inesperado, que sobrepasa todas nuestras
expectativas. Abraham quería tener un hijo… ¡y fue padre de una multitud!
El evangelio de hoy nos
lleva a otro monte, el Tabor, donde Jesús se transfigura ante sus discípulos
más amados: Pedro, Santiago y Juan. El monte, lugar de oración, es un lugar de
transformación. No es Dios quien cambia cuando rezamos, sino nosotros: somos
transformados y vemos las cosas de otra manera. Allí, en el Tabor, los
discípulos vieron a Jesús como quien realmente era, en su gloria. Hombre y a la
vez Dios. La voz que escuchan no es la de ningún profeta ni su propia
imaginación: es el mismo Padre quien los exhorta a escuchar a Jesús. Esto
cambiará sus vidas radicalmente.
San Pablo escribe a una comunidad muy querida: la de Filipos. Apenado porque muchos cristianos se dejan llevar por el materialismo del mundo y por seguir la voz de su propio egoísmo y complacencia, exhorta a los filipenses a seguir fieles a Jesucristo y a llevar una vida honesta. Utiliza una expresión hermosa: ¡somos ciudadanos del cielo! Vivimos en este mundo pero ya no pertenecemos a él. Somos de Dios, somos del cielo, y llegará un momento en que, al igual que Cristo, todos nosotros seremos transfigurados y pasaremos a vivir una existencia gloriosa, sin muerte y sin corrupción. Pablo alude a una realidad misteriosa que solo podía conocer por su encuentro con Jesús, al igual que la conocieron Pedro, Santiago y Juan: la certeza de que, más allá de la vida terrenal, nos espera una vida resucitada, gloriosa, eterna y plena, como no llegamos a imaginar. Esta certeza nos da valor, esperanza y alegría para vivir, ya aquí, como si viviéramos en el cielo. No hay lugar para el miedo ni la tristeza. Las lecturas de hoy nos hablan de vivir con gozo y confianza, amando y haciendo el bien. ¡Somos de Dios! Somos ciudadanos de su reino.
2022-03-04
1r Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús
El primer domingo de
Cuaresma leemos el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. El
lugar de oración se convierte en un campo de batalla donde dos fuerzas libran
su combate por ganar el alma humana. Tampoco Jesús, como hombre, se libró de
esta pugna.
¿Qué significan el pan,
el poder sobre todos los reinos del mundo, la protección angélica ante un acto
temerario? Jesús podía caer en estas tres tentaciones que nos acechan a todos
los cristianos y a toda persona llamada a una misión de servicio. ¿Reducimos
todo a la economía y al sustento? ¿Nos basta con procurar el bienestar
material? ¿Creemos que el poder es necesario? ¿Se puede conseguir un fin bueno
con cualquier medio? ¿Cultivamos una fe milagrera, que necesita prodigios y
signos para creer en Dios? Jesús responde con firmeza. No solo de pan vive el
hombre. ¡No podemos endiosar la economía ni el dinero! Tampoco podemos adorar a nadie más que a Dios. Adorarnos a nosotros mismos, a nuestra obra, nuestro esfuerzo y
logros, nos convierte en tiranos o en esclavos, por mucho que queramos hacer el
bien. Y finalmente, como diría San Juan de la Cruz, lo más importante para
crecer espiritualmente no son los milagros ni las experiencias sobrenaturales,
sino la fe pura, desnuda, que se entrega sin condiciones aún sin tener pruebas
de nada: esto es amor.
En el fondo de las tentaciones hay una base común: la adoración de uno mismo, inducida por el diablo que nos quiere alejar de Dios y romper nuestra relación con él. Creernos dioses, en realidad, nos destruye. La primera lectura del Éxodo recuerda la historia de Israel y su deber de gratitud hacia Dios, que le ha dado la tierra prometida. Quien se cree autosuficiente, ¿a quién tiene que agradecer nada? San Pablo en la segunda lectura nos habla de la palabra que salva: la que se aloja en el corazón y aflora en los labios. La fe del corazón nos redime: es allí, donde se alberga el amor, donde nacen la confianza y la gratitud que nos hacen adorar a Dios y verlo como el que es. Cuando reconocemos a Dios como fuente de nuestro ser y nuestra vida, podemos experimentar su ternura y sentirnos profundamente agradecidos. La gratitud nos hace humildes y adoradores. Nos hace conocernos. Y nos salva.
2022-02-25
8º Domingo Ordinario - C
En todas las épocas el ser humano ha tenido una inquietud
por mejorar su vida y trascender más allá de la pura supervivencia. Los
animales y las plantas simplemente viven y crecen, y no se preguntan por qué ni
para qué están aquí. Nosotros no nos contentamos con vivir: queremos una vida
plena, hermosa, con sentido. Una vida vibrante e intensa, que nos lleve a la
cima de nuestro potencial.
Pero en esta búsqueda de la plenitud, podemos perdernos por
caminos engañosos. En todas las épocas ha habido personas de palabra fácil y
seductora que nos brindan la felicidad por medios poco acertados y, a veces,
peligrosos. Su retórica convence, y si son personas que se rodean de éxito,
fama y riqueza, aún más. En el campo espiritual tampoco han faltado los falsos
profetas. Juegan con todo tipo de medios, desde el misticismo hasta el miedo,
la manipulación psicológica y las emociones. Son los que Jesús llama ciegos
guiando a otros ciegos. Están ciegos por su propio ego, crecido e hinchado.
Tapan con su carisma sus agujeros interiores y pretenden guiar a otros hacia el
mismo pozo donde se encuentran ellos.
Nadie es perfecto. Ni siquiera los místicos, los sacerdotes
o los grandes líderes espirituales se libran de sus miserias y defectos. Todos
conocemos los nuestros… Ahora bien, ¿cómo reconocer a un buen maestro de un
falso guía?
La sabiduría de la Biblia nos da pistas. En el libro del
Eclesiástico (primera lectura de hoy) leemos que la persona se descubre por sus
palabras. No se la puede juzgar por su aspecto o por su posición social, sino
por lo que dice, porque las palabras revelan el corazón. Y añade que el árbol
se conoce por sus frutos. Es una imagen que recogerá Jesús en el evangelio: Por
sus frutos los conoceréis. Una persona puede deslumbrar por su aspecto, por su
carisma e incluso por su retórica. También puede destacar por sus obras,
aparentemente nobles e incluso grandiosas. Pero ¿cuáles son los frutos?
Esa es la prueba de fuego: los frutos. Los frutos son una
vida fecunda, que se concreta en un bien real hacia uno mismo y hacia los
demás. Los frutos son más amor, más paz, comprensión, perdón, buena
convivencia, generosidad. Los frutos son una vida plena, tal como la sueña Dios
y como, en el fondo, nosotros la soñamos. Los frutos siempre son de vida, y no
de muerte.
Hoy, las personas tienden a buscar grandes experiencias. Todo el mundo busca vivir, experimentar, sentir algo grande dentro de sí. Hay muchos cazadores de misticismo en nuestros días. Se confunde la experiencia psicológica con una experiencia divina y esto es peligroso, pues puede poner en riesgo la salud física y mental de la persona. Santa Teresa avisaba a las monjas muy sensibles e impresionables y les aconsejaba no perseguir el éxtasis ni los arrobos místicos, pues les podía costar la salud, el crecimiento espiritual y hasta la vida. En cambio, les recomendaba descansar, distraerse, trabajar en algo físico y no aislarse. ¿Sorprenden estos consejos, en una mística como ella? Teresa era una mujer sabia, una gran madre y una buena discípula de Jesús. No caigamos en la trampa de los sentimientos y las experiencias sobrenaturales. San Juan de la Cruz, otro gran místico, decía que mucho más preciosa que cualquier éxtasis era la obediencia, humilde y libre, a la voluntad de Dios, reflejada en la docilidad a los superiores. Un acto de obediencia, de negación de uno mismo, es más valioso que todas las experiencias místicas, afirmaba san Juan. Porque de esos actos es de donde salen los frutos: mucho más allá del bienestar (o la evasión) personal, son frutos dulces de los que todos pueden alimentarse y crecer.
2022-02-18
7º Domingo Ordinario - C
Ser hombres y mujeres «celestiales»
Las lecturas de hoy son impactantes, pues nos muestran hasta
qué cimas puede llegar la nobleza humana. En la primera encontramos a David,
que está proscrito en los montes. Una noche llega hasta el campamento del rey
Saúl, que lo está persiguiendo. Todos duermen, el rey está a su alcance, dormido
e indefenso, podría matarlo. Pero no lo hace y respeta su vida. ¿Qué hombre
perseguido perdería la oportunidad de deshacerse de su enemigo?
En el evangelio, Jesús nos habla de un amor que parece
imposible: amor al enemigo, piedad con los que nos quieren mal, generosidad con
los que abusan de nosotros, perdón a los que nos maltratan… Porque si amamos a
los que nos aman, si somos amables con los que nos caen bien, ¿qué hay de
especial en nosotros? ¡Cualquiera lo haría!
Es curioso. Solemos decir que fallar, equivocarse, pecar y
ser mezquinos, a fin de cuentas, ¡es humano! Incluso parece que se elogia y se
valora la mediocridad y la pequeñez de alma. ¡Es tan común! En cambio, un amor
incondicional, generoso, que perdona todo; un gesto como el de David o la
magnanimidad de Jesús perdonando a sus verdugos, nos parecen sobrehumanos. O
más bien “inhumanos”. Pensamos que son actitudes heroicas, pero que no van con
nuestra naturaleza. Algunos, más cínicos, lo consideran una locura o una
especie de desequilibrio mental.
Pero ¿es realmente así? ¿Acaso no es el amor heroico lo que
justamente nos hace más humanos? ¿No es la superación de nuestras tendencias e
instintos lo que nos distingue de los animales y nos hace más personas? ¿No
está inscrito en nuestra naturaleza un deseo innato de crecer y superar
nuestros límites? ¿Acaso no es humano aspirar a la verdad, a la belleza, a un
bien mayor?
Claro que lo es. Jesús no nos pide nada inhumano ni
imposible, porque conoce nuestra naturaleza. San Pablo lo explica con palabras
muy bellas. Somos seres físicos, animales, por supuesto. Pero en nosotros
también hay una parte espiritual que aspira a trascender. Somos seres
espirituales, “hombres de cielo”. Somos terrenales y celestiales a la vez.
Por nacimiento hemos recibido toda nuestra herencia genética, familiar, histórica… Nuestra parte terrenal incluye nuestra biología y nuestra psicología, lo que nos configura como quienes somos. Pero Jesús nos invita a un renacimiento: entrar en la vida celestial, en el reino de su Padre. Y en este renacimiento podemos dar un paso más allá y empezar de nuevo, sin lastres ni ataduras. Podemos llegar a esa meta a la que todos aspiramos. Es una meta alta, porque Dios ha insuflado el deseo de cielo en nosotros. Jesús nos enseña el camino. Es un sendero cuesta arriba, pero abierto a paisajes bellísimos. Sólo quien lo recorre lo sabe: es difícil amar al enemigo, perdonar a quien te ha traicionado, ser generoso con el que te pide y delicado con quien te ofende cada día… Tampoco se trata de exponernos inútilmente, por supuesto, sino de no abrigar odio ni resentimiento en el corazón. ¡La venganza también es una esclavitud! En cambio ¡cuán libre y cuán dichosa se siente el alma, cuando elegimos amar como Jesús nos propone! Ser semejantes a Dios, en esto, no nos quitará humanidad, sino al contrario: nos hará vivir una vida totalmente humana, profunda e intensa, como nunca hayamos podido imaginar. Nos hará vivir una vida que ya es un poco divina: la vida que Jesús posee, la vida que nos ofrece a todos.
2022-02-11
6º Domingo Ordinario - C
«Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.»
Lucas 6, 17-26
Las lecturas de hoy culminan con el evangelio, que nos
presenta las bienaventuranzas. Jesús se dirige a sus discípulos, no a toda la
multitud. Es de ellos de quien está hablando ahora, de quienes quieren seguir
su camino. Por un lado, los avisa: sufrirán pobreza, exclusión, hambre de
justicia… Llorarán y experimentarán qué es sufrir soledad y rechazo. El
seguidor no será menos que el maestro. Como él, se toparán con la incomprensión
del mundo y hasta con la persecución. Pero después Jesús los anima. Todo esto
no debe desalentarlos, porque tendrán una recompensa más grande. Y no será solo
en la otra vida, sino ya en esta, como dirá en otro momento. El reino de Dios
ya se está forjando aquí en la tierra, y es aquí donde los discípulos
comenzarán a vivir esa alegría enorme de saber que forman parte del proyecto de
Dios. Aquí recibirán ayuda, consuelo, fortaleza. Aquí tendrán madre, padre y
hermanos, mucho más allá de la familia de sangre. Aquí serán saciados de un pan
que no se agota, y de una justicia que rebasa toda ley humana. Dios no abandona
a sus fieles.
En el fondo, las bienaventuranzas están hablando de las
mismas personas que habla el profeta Jeremías, en la primera lectura, y el
salmo 1, que escuchamos hoy. Son esas personas que dejan a un lado su ego, su
orgullo y sus certezas, y se apoyan sólo en Dios. Dejan a un lado sus
construcciones humanas, sus ideas y prejuicios, y deciden arraigar no en sí
mismos, sino en la fuente de todo ser, que es Dios. Son humildes, reconocen su
pequeñez y sus contradicciones, sus límites. Pero no hacen de eso un problema,
porque se saben amados y sostenidos por un amor más grande que todo esto. Son
como ese árbol que echa raíces junto al río, y crece frondoso, y da frutos. Así
somos nosotros si, en vez de empeñarnos en crecer por nuestros propios medios,
arraigamos en Dios. Él nos hará crecer y, sin que tengamos que forzar las
cosas, hará que nuestra vida sea fecunda.
En los últimos años se ha esparcido mucho la idea de
autorrealización, de autoafirmación de uno mismo, de empoderamiento personal.
Es verdad que el ser humano tiene capacidades maravillosas y todos estamos
llamados a hacerlas florecer: son los talentos que Dios nos ha dado. Pero esta
mentalidad tiene un riesgo, que es olvidar que nosotros no somos los autores y
dadores de la vida. No somos los dueños de nada, ni siquiera de nuestro propio
cuerpo. Somos cuidadores, administradores, artesanos en cuyas manos se confía
nuestra vida, la de otras personas y la del planeta. Si actuamos como dueños,
es fácil que acabemos siendo tiranos y explotadores, de nosotros mismos, de los
demás y de la naturaleza. Pero si actuamos con la humildad de un jardinero
amoroso, sin creernos amos de nada, todo cuanto hagamos florecerá.
Esta es la pobreza de espíritu de la que hablan las escrituras. El pobre de Dios es el que no se deifica a sí mismo ni la obra de sus manos. Es dócil, es pacífico porque no tiene enemigos con quien luchar ni posesiones que defender, tiene el corazón tierno porque se sabe amado y sabe que todos necesitamos compasión y comprensión. Es libre, porque no se ata a los afanes de poder, fama y dinero que mueven el mundo. Y esa libertad le abre a otra dimensión de la vida: la que explica san Pablo en su carta, la resurrección. Resucitar es nacer a una vida nueva que ya no muere. Jesús es la prueba viviente de esta promesa que nos espera a todos. Pero la resurrección se puede empezar a vivir ya en esta vida cuando uno ama, cuando está trascendido y abierto a Dios.
2022-01-28
4º Domingo Ordinario - C
Después de la proclamación del texto del profeta Isaías en
la sinagoga, todos quedan maravillados ante las palabras de Jesús. Pero, a
continuación, su discurso adopta un tono de elevada exigencia.
Jesús constata, apenado, que nadie es profeta en su tierra.
No escapa a las críticas y recelos propios del ser humano. ¿Cuántas veces hemos
oído esta frase en boca de grupos, de familias, de comunidades de vecinos? Este,
¿nos puede decir algo bueno? Con nuestro desdén manifestamos inseguridad y
falta de humildad para reconocer lo bueno que tienen los demás, quizás aún
mejor que nosotros. Los judíos se enfurecen especialmente cuando Jesús hace
referencia a personajes y episodios del Antiguo Testamento, como Elías y la
viuda de Sarepta y Eliseo y el leproso Naamán. Recordando estas narraciones,
Jesús pone el dedo en la llaga ante la actitud
Pasar de la crítica al bien hablar
Esta lectura es un revulsivo para los cristianos de hoy.
Gastamos horas sin fin para criticar a los demás —qué hacen, qué piensan, cómo
hablan… Perdemos un tiempo precioso de la forma más absurda.
Ante el anuncio de la buena nueva, debemos sentirnos
impulsados a hablar de cosas positivas y bellas, para sacar a la luz aquello de
bueno que tiene cada cual. Una de las grandes misiones del cristiano es
justamente ir a contracorriente de las críticas y el rumoreo. No hablar nunca
mal de nadie, a persona alguna, debería ser un principio en nuestra conducta.
Para dejar de hacer críticas destructivas necesitamos, por
un lado, ser comprensivos y misericordiosos, a la vez que muy conscientes. Es
una frivolidad perder el tiempo en críticas banales. Una actitud humilde nos
ayudará a reconocer los dones de los demás.
Las palabras de las gentes de Nazaret pueden resultarnos
familiares. ¿Quién es éste o ésta? Si lo conocemos de hace tanto tiempo… ¿qué
tiene que decirnos de nuevo? Pues bien, aquella persona humilde que vive a
nuestro lado también nos puede enseñar muchas cosas. En la sencillez se
manifiesta el soplo del Espíritu.
Pedimos milagros
La gente espera prodigios espectaculares de Dios. Pero el
gran milagro ya se ha producido: somos herederos de su palabra. El gran milagro,
hoy, es su permanencia constante en
No podemos salir de una celebración eucarística admirados de
cuanto hemos oído y volver a nuestras actitudes fáciles y cómodas de criticar y
señalar a los demás. Aprendamos a valorar el milagro inmenso
2022-01-21
3r Domingo Ordinario - C
Las tres lecturas de este domingo contienen auténticos
tesoros para nuestra fe. La primera, del libro de Nehemías, y el evangelio de
Lucas, nos presentan dos escenas en las que la Palabra de Dios se lee en
público. La carta de san Pablo recoge una imagen genial del apóstol para
explicar qué es la comunidad cristiana. Si tuviéramos que destacar una frase de
cada lectura podríamos subrayar estas tres:
«No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es
vuestra fortaleza.»
«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un
miembro.»
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de
oír.»
Unidas, una tras otra,
completan un mensaje hermoso: hoy se cumple una promesa, largamente esperada y
transmitida en las escrituras. El reino de Dios ya no es un futuro, una
esperanza ni una ilusión, sino una realidad, presente. La liberación ya está
aquí, tal como proclama Jesús en la sinagoga. ¡No hay que esperar más! Con él,
Dios ya está con nosotros
Y si Dios está con nosotros,
¡nada de llantos ni lamentos!, como dice la primera lectura. Nada de tristezas
ni golpes de pecho: el gozo del Señor es vuestra fortaleza. Dios se goza con
sus hijos, y sus hijos se gozan por el amor que reciben de su Padre. La
presencia de Dios no es represora ni severa, sino que llena al hombre de
alegría.
Pero Dios hace algo más que
estar cerca, o con nosotros. Dios nos hace parte de él mismo, nos invita a
compartir su propia vida. Con Jesús, ya no es que Dios sea nuestro aliado: es
que nosotros formamos parte de Dios.
San Pablo ofrece esta
metáfora audaz y precisa de lo que es la Iglesia: un cuerpo. Un cuerpo con
muchas partes, que expresan su diversidad. Al igual que cada miembro es
diferente, no hay dos personas iguales y todas pueden aportar algo bueno al
grupo. Todas son dignas y buenas, y para que el cuerpo esté sano es importante
que todas funcionen en armonía, coordinadas, a una. Esta unidad es la que nos
hace crecer y desplegarnos.
La imagen de Pablo no sólo
señala que la diversidad es buena, sino que es necesaria. No todos podemos
hacer lo mismo; el cuerpo no es todo ojos, ni todo oídos o todo manos o pies.
¡Sería monstruoso! De la misma manera, una comunidad, una sociedad uniforme y
cortada por el mismo patrón, sería un engendro mutilado, incapaz de funcionar y
de producir obras buenas y creativas.
Buena reflexión para la
Iglesia, pero también para el mundo político y social. En la arena política, la
diversidad no debería verse como una guerra de enemigos, sino como una riqueza
de pensamiento y experiencias que, en sintonía, puede mejorar la sociedad. Qué
diferentes serían las cosas si los políticos, en vez de atacarse y luchar por
el poder, consiguieran ponerse de acuerdo para gobernar con sensatez, buscando
el bien común y no los intereses del partido. Qué madurez demostrarían si
lograran gobernar coordinando personas de tendencias y mentalidades plurales.
En la naturaleza, otro libro que
nos habla de Dios, también lo vemos. Toda forma biológica compleja, todo
organismo, se ha formado uniendo partes diversas. La vida es diversidad y a la
vez unión. Cuanto más diverso es un ecosistema, más fuerte y más sano es. En
cambio, la uniformidad y la división traen la ruptura y la muerte.
Tenemos en nosotros todo el potencial para vivir, ahora, el reino de Dios. Es decir, para ser libres, para ser felices, para desplegar todos nuestros talentos y ponerlos al servicio de los demás. No hay excusas. Jesús nos apremia: Ese día ha llegado. Si queremos, podemos hacerlo posible ya. Dios está con nosotros, ¿hemos olvidado este gozo?
2022-01-14
2º Domingo Ordinario - C
¿A qué comparar el amor que Dios tiene a la humanidad? En la
Biblia surge continuamente una imagen: amor esponsal. Una boda, la alegría de
los esposos, el deseo de los amantes, la imagen de una novia que es recibida
por el novio, cubierta de sedas y joyas, entre cánticos y danzas. Belleza,
alegría, gozo íntimo. Dios quiere derramar su amor en nosotros, llenándonos la
vida de fiesta.
Jesús también utilizó esta comparación: el reino de Dios es
un banquete, una boda, una celebración llena de regocijo y belleza. Juan, en su
evangelio, relata el primer “signo” del reino que hace Jesús. No es una
curación ni un milagro espectacular, sino una señal festiva: convertir el agua
en vino. Si alguien se hizo una imagen de un Dios severo y serio, ¡qué lejos
está del evangelio! Dios es amigo de la alegría y de la fiesta.
Pero en el relato de las bodas de Caná hay muchos detalles
que podemos aplicar a nuestra vida. Fijémonos en María, la madre de Jesús,
siempre atenta a lo que ocurre. María es modelo de mujer despierta, que percibe
las necesidades de los demás y actúa. En este caso, como no puede hacer otra
cosa, avisa a su hijo. Y se vale de los criados para empujarlo a actuar, al
estilo de las decididas matriarcas bíblicas, que no se detienen ante nada
cuando se trata de perseguir un buen fin.
¿Por qué se resiste Jesús? No ha llegado su hora, dice. No
quiere precipitar las cosas, el reino debe construirse poco a poco… Pero Jesús
no resiste la petición insistente de una madre, ni el sufrimiento de los novios
que pueden quedar avergonzados, ni la decepción de los invitados. Si algo puede
precipitar la acción de Dios, es el dolor humano y una súplica ferviente.
Pero Dios nunca actúa solo. Como dice san Pablo en su carta,
él actúa en todos, y es a través de nuestro esfuerzo y creatividad como va a
resolver las cosas. Nuestros carismas son regalos de Dios que nosotros hemos de
regalar a los demás. En las bodas de Caná, estos talentos son representados por
las tinajas de agua: agua clara que purifica. El agua simboliza nuestro
esfuerzo y nuestra voluntad. Pero sin la acción de Dios, nunca se convertiría
en vino. De la misma manera, nuestros esfuerzos, sin la gracia de Dios, son
derroche vano. ¿Qué hacer? Como los criados, hemos de presentar nuestras
tinajas ante Dios. Ofrezcámosle lo que somos y hacemos. Pongamos ante él
nuestra vida, nuestros sueños, nuestros talentos y empeños. Y él lo
transformará, haciendo que dé frutos buenos.
En la lectura de Pablo se refleja una realidad de las primeras comunidades, trasladable a nuestras parroquias y comunidades de hoy. Cada cual tiene sus carismas, dones y habilidades. Podemos reservárnoslos para nosotros mismos, o para acrecentar nuestros propios intereses, ya sea de crecimiento económico, profesional, prestigio… Los talentos de Dios usados en bien propio pueden llenarnos momentáneamente. Pero se agotan y se pierden, como el vino que se acaba. En cambio, si los ponemos al servicio de los demás, de forma generosa y humilde, Dios los mejorará y los multiplicará, como ese vino de gran calidad que nadie esperaba al final de la boda. Y muchos más podrán beneficiarse y alegrarse con nosotros.
2022-01-07
Bautismo de Cristo - C
Las lecturas de hoy se
centran en el bautismo, el primer sacramento de la fe cristiana. Todos hemos
asistido a algún bautizo. No recordamos el nuestro, pues casi siempre éramos
muy pequeños, pero hemos visto fotografías y recuerdos. Sabemos que el bautismo
es la ceremonia que nos hace, oficialmente, cristianos, y en la que se nos da
un nombre. También se nos enseña que por el bautismo somos lavados del pecado
original. En el caso de los bautismos adultos, además borra todos los otros
pecados. Pero más allá de las catequesis básicas, ¿ahondamos en el significado
que tiene este evento? ¿Qué nos dice el bautismo?
Por otra parte, hoy
celebramos el bautismo de Cristo. Puede parecer algo contradictorio. ¿Necesitaba
bautizarse Jesús, si ya era Dios y no tenía pecado? ¿Por qué Jesús quiso
bautizarse? ¿Qué significa esa voz salida del cielo, ese Espíritu que desciende
sobre él como una paloma? ¿Qué ocurrió realmente en el Jordán?
La escena, que nos narra
Lucas, explica que, mientras era bautizado, Jesús oraba. Recibió el agua en un
estado de oración, de unión íntima con el Padre. Y en ese momento es cuando
desciende el Espíritu y la voz clama: «Tú eres mi hijo amado, en ti me
complazco».
Las pocas veces que el evangelio
reproduce la voz de Dios Padre, el mensaje es casi siempre el mismo. Es una
exclamación de amor y reconocimiento hacia su hijo. En el Bautismo, Jesús
recibe un mensaje que lo llena de fuerza para iniciar su misión. Es la palmada
en la espalda, el abrazo de despedida de su padre, el ¡ánimo, adelante!, que
necesita.
San Pablo lo explica con
estas palabras: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza
del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el
diablo, porque Dios estaba con él.» ¿Qué quiere decir ungido? Ungidos eran los
reyes y los sacerdotes, con óleo santo, para ser consagrados. Ungido significa pertenecer
a Dios. Pero ungir también es un acto de cuidado personal, con aceite fragante,
nutritivo y protector. Ungido es ser acariciado, cuidado por Dios. Este amor es
el que da toda la fuerza, todo el poder sanador y liberador de Jesús. Es el
mismo amor que Jesús dio también a sus apóstoles, y el mismo que recibimos
todos los cristianos al ser bautizados.
Sí, en el bautismo, Dios nos mira con amor y nos dice: Tú eres mi hijo amado, mi hija amada. Tú me llenas de alegría, ¡eres mi gozo! No nos da órdenes, ni nos dice «quiero que seas así», o «haz esto», o «pórtate de esta manera». Dios nos ama tal como somos, de forma incondicional. Su primer y más fundamental mensaje no es otro que este: «¡Te quiero!» Con la fuerza que nos da el ser tan amados, podemos crecer, podemos salir al mundo y atrevernos a dar lo mejor de nosotros mismos, sin miedo. Hay un amor más grande que todo el universo, un amor que ha sido derramado sobre nosotros con el agua bautismal, y este amor nos alimenta y nos sostiene, siempre.
2022-01-01
2º Domingo de Navidad - C
2021-12-30
Santa María Madre de Dios
Guardar las cosas en el corazón
Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su
vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título
quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del
Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero.
En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.
Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un
Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta
expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros.
Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a
Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción.
Pero llevar a Dios en el corazón y ser inmaculados por la sangre de Cristo que
nos lava… ¡lo podemos ser todos!
Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como
ella, todos podemos guardar estas cosas,
meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de
frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías
irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos
da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus
enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de
generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.
San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar
a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos.
No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos
hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que
tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa
Teresita decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa,
solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino
como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla,
que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta,
que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un
pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas
familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás
sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas
quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas,
la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de
la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y
aprendamos, como ella, a guardar todas
esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón.
2021-12-25
Festividad de la Sagrada Familia - C
2021-12-17
4º Domingo de Adviento - C
2021-12-10
3 Domingo de Adviento - C
2021-12-02
2 Domingo de Adviento - ciclo C
2021-11-26
Primer Domingo de Adviento - C
2021-11-18
34 Domingo - Jesucristo rey del Universo
2021-11-12
33 Domingo Ordinario B - Él está cerca
2021-11-04
32 Domingo Ordinario B - El óbolo de la viuda
2021-10-29
31 Domingo Ordinario B - El primer mandamiento
2021-10-22
30 Domingo Ordinario B - Señor, quiero ver
2021-10-15
29 Domingo Ordinario B - Servir es la misión
2021-10-08
28 Domingo Ordinario B - Salvación y misión
2021-10-01
27 Domingo Ordinario B - Amor y unión
2021-09-23
26 Domingo Ordinario B - Quien no está contra mí...
2021-09-17
25 Domingo Ordinario B - Quien quiera ser el primero
2021-09-10
24 Domingo Ordinario B - Quien quiera seguirme tome su cruz...
2021-09-03
23 Domingo Ordinario B - Abrirse es el reto
2021-08-27
22º Domingo Tiempo Ordinario - ciclo B
2021-08-19
21 Domingo Ordinario ciclo B - ¿También vosotros queréis iros?
2021-08-13
Asunción de María - 15 de agosto
2021-08-12
20 Domingo Ordinario B - El ágape del Señor
2021-08-06
19º Domingo Ordinario - B - El pan del cielo
2021-07-30
18 Domingo Ordinario B - El pan que perdura
2021-07-24
Santiago Apóstol
2021-07-23
17 Domingo Ordinario B - Multiplicar la generosidad
2021-07-16
16º Domingo Ordinario - B - Ovejas sin pastor
2021-07-08
15º Domingo Ordinario B - Las tareas del apóstol
2021-07-01
14º Domingo Ordinario B - Autenticidad y coherencia
2021-06-25
13º Domingo Ordinario B - Niña, ¡levántate!
2021-06-18
12º Domingo Ordinario - B - La tempestad calmada
«Y levantándose, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla! ¡Enmudece!
Y se aquietó el viento y vino una gran calma.
Marcos 4, 35-41
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2021-06-10
11º Domingo Ordinario - B - La semilla
2021-06-04
Corpus Christi - El cuerpo y la sangre de Cristo
2021-05-28
Santísima Trinidad - ciclo B
«Id a convertir a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que estoy con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.»
Mateo 28, 16-20
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