2022-03-18

3r Domingo de Cuaresma - C

«Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré... a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar.»

Lucas 13, 1-9


Las lecturas de este domingo afrontan una realidad dura y difícil de entender. ¿Por qué se da el mal en el mundo? ¿Por qué hay tantas injusticias? ¿Por qué tantos inocentes mueren víctimas de catástrofes naturales o provocadas por el hombre? Hoy el drama de la guerra, los refugiados, el terrorismo y las migraciones provocadas por el cambio climático nos hacen pensar. ¿Qué han hecho las víctimas para merecer tantos males? ¿Dónde está Dios, en medio de estas desgracias?

Tanto Jesús como Pablo nos avisan. No caigamos en la tentación de juzgar y creer que las víctimas son castigadas porque de algún modo se lo merecían o «se lo buscaban». Si no os convertís, dice Jesús, tampoco vosotros os salvaréis. El que se crea seguro, ¡cuidado!, que no caiga, avisa Pablo. Nadie está libre de peligro, ni siquiera los creyentes. Todos corremos el riesgo de caer en el orgullo que endurece el corazón y esteriliza el alma: el orgullo que nos hace morir en vida porque mata la vida espiritual y el amor.

Pero hay otra tentación, que es la de creer que Dios, o no existe, o es impotente, o es cruel, porque permite que haya tanto dolor y violencia en el mundo. Son muchos quienes piensan que Dios está de brazos cruzados ante el sufrimiento y la injusticia. ¿Es realmente así?

La lectura del Éxodo responde. Yahvé es un Dios cercano a su pueblo: ve su esclavitud, oye su clamor, se compadece y actúa. ¿Cómo? Enviará a su siervo Moisés para que libere al pueblo. El mensaje es claro: Dios está cerca y nos quiere libres. Dios se apiada de nuestras esclavitudes, físicas y morales, y quiere que vivamos en libertad y plenitud. Y actúa a través de sus enviados: profetas, misioneros, sacerdotes, personas solidarias con una vocación que nos ayudan y acompañan.

También el evangelio responde con una parábola de Jesús. El amo de la viña, decepcionado porque no da frutos, quiere cortarla pero el viñador le suplica que le dé una oportunidad. Él cavará, abonará y la cuidará a ver si el próximo año da buenas uvas. También Dios tendría motivos para enfadarse con sus criaturas humanas: les ha dado poder e inteligencia, y se han dedicado a destrozar el mundo y a pelearse entre sí. ¿Quién intercede y le pide un tiempo? El mismo Jesús, que baja a la tierra para cuidar y mimar esta viña herida y poco fértil. La regará con su propia sangre y la abonará con su cuerpo entregado por amor. Todos nosotros somos esas vides… ¿Sabremos dar fruto?

Dios está empeñado en liberarnos. Él es el primero que nos quiere libres, felices, realizados. La conversión, quizás, no es tanto hacer muchas cosas que nos podrían envanecer sino dejarse amar y salvar por él: abrirnos para dejar que su amor nos transforme.

2022-03-11

2º Domingo de Cuaresma - C

La transfiguración de Jesús en el monte Tabor

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas...»

Lucas 9, 28-36


La lectura del Antiguo Testamento nos muestra a Abraham ofreciendo un sacrificio a Dios en lo alto de un monte. Dios acepta su sacrificio, pasando como fuego entre los animales, y le hace una promesa: será padre de un gran pueblo. Abraham cree sin dudar y el autor bíblico añade: «se le contó en su haber». Creer en las promesas divinas nos abre a la maravilla de lo inesperado, que sobrepasa todas nuestras expectativas. Abraham quería tener un hijo… ¡y fue padre de una multitud! 

El evangelio de hoy nos lleva a otro monte, el Tabor, donde Jesús se transfigura ante sus discípulos más amados: Pedro, Santiago y Juan. El monte, lugar de oración, es un lugar de transformación. No es Dios quien cambia cuando rezamos, sino nosotros: somos transformados y vemos las cosas de otra manera. Allí, en el Tabor, los discípulos vieron a Jesús como quien realmente era, en su gloria. Hombre y a la vez Dios. La voz que escuchan no es la de ningún profeta ni su propia imaginación: es el mismo Padre quien los exhorta a escuchar a Jesús. Esto cambiará sus vidas radicalmente.

San Pablo escribe a una comunidad muy querida: la de Filipos. Apenado porque muchos cristianos se dejan llevar por el materialismo del mundo y por seguir la voz de su propio egoísmo y complacencia, exhorta a los filipenses a seguir fieles a Jesucristo y a llevar una vida honesta. Utiliza una expresión hermosa: ¡somos ciudadanos del cielo! Vivimos en este mundo pero ya no pertenecemos a él. Somos de Dios, somos del cielo, y llegará un momento en que, al igual que Cristo, todos nosotros seremos transfigurados y pasaremos a vivir una existencia gloriosa, sin muerte y sin corrupción. Pablo alude a una realidad misteriosa que solo podía conocer por su encuentro con Jesús, al igual que la conocieron Pedro, Santiago y Juan: la certeza de que, más allá de la vida terrenal, nos espera una vida resucitada, gloriosa, eterna y plena, como no llegamos a imaginar. Esta certeza nos da valor, esperanza y alegría para vivir, ya aquí, como si viviéramos en el cielo. No hay lugar para el miedo ni la tristeza. Las lecturas de hoy nos hablan de vivir con gozo y confianza, amando y haciendo el bien. ¡Somos de Dios! Somos ciudadanos de su reino.

2022-03-04

1r Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús

Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Lucas 4, 1-13



El primer domingo de Cuaresma leemos el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. El lugar de oración se convierte en un campo de batalla donde dos fuerzas libran su combate por ganar el alma humana. Tampoco Jesús, como hombre, se libró de esta pugna.

¿Qué significan el pan, el poder sobre todos los reinos del mundo, la protección angélica ante un acto temerario? Jesús podía caer en estas tres tentaciones que nos acechan a todos los cristianos y a toda persona llamada a una misión de servicio. ¿Reducimos todo a la economía y al sustento? ¿Nos basta con procurar el bienestar material? ¿Creemos que el poder es necesario? ¿Se puede conseguir un fin bueno con cualquier medio? ¿Cultivamos una fe milagrera, que necesita prodigios y signos para creer en Dios? Jesús responde con firmeza. No solo de pan vive el hombre. ¡No podemos endiosar la economía ni el dinero! Tampoco podemos adorar a nadie más que a Dios. Adorarnos a nosotros mismos, a nuestra obra, nuestro esfuerzo y logros, nos convierte en tiranos o en esclavos, por mucho que queramos hacer el bien. Y finalmente, como diría San Juan de la Cruz, lo más importante para crecer espiritualmente no son los milagros ni las experiencias sobrenaturales, sino la fe pura, desnuda, que se entrega sin condiciones aún sin tener pruebas de nada: esto es amor.

En el fondo de las tentaciones hay una base común: la adoración de uno mismo, inducida por el diablo que nos quiere alejar de Dios y romper nuestra relación con él. Creernos dioses, en realidad, nos destruye. La primera lectura del Éxodo recuerda la historia de Israel y su deber de gratitud hacia Dios, que le ha dado la tierra prometida. Quien se cree autosuficiente, ¿a quién tiene que agradecer nada? San Pablo en la segunda lectura nos habla de la palabra que salva: la que se aloja en el corazón y aflora en los labios. La fe del corazón nos redime: es allí, donde se alberga el amor, donde nacen la confianza y la gratitud que nos hacen adorar a Dios y verlo como el que es. Cuando reconocemos a Dios como fuente de nuestro ser y nuestra vida, podemos experimentar su ternura y sentirnos profundamente agradecidos. La gratitud nos hace humildes y adoradores. Nos hace conocernos. Y nos salva.  

2022-02-25

8º Domingo Ordinario - C

«Cada árbol se conoce por su fruto... De lo que rebosa el corazón, habla la boca.»

Lucas 6, 39-45.


En todas las épocas el ser humano ha tenido una inquietud por mejorar su vida y trascender más allá de la pura supervivencia. Los animales y las plantas simplemente viven y crecen, y no se preguntan por qué ni para qué están aquí. Nosotros no nos contentamos con vivir: queremos una vida plena, hermosa, con sentido. Una vida vibrante e intensa, que nos lleve a la cima de nuestro potencial.

Pero en esta búsqueda de la plenitud, podemos perdernos por caminos engañosos. En todas las épocas ha habido personas de palabra fácil y seductora que nos brindan la felicidad por medios poco acertados y, a veces, peligrosos. Su retórica convence, y si son personas que se rodean de éxito, fama y riqueza, aún más. En el campo espiritual tampoco han faltado los falsos profetas. Juegan con todo tipo de medios, desde el misticismo hasta el miedo, la manipulación psicológica y las emociones. Son los que Jesús llama ciegos guiando a otros ciegos. Están ciegos por su propio ego, crecido e hinchado. Tapan con su carisma sus agujeros interiores y pretenden guiar a otros hacia el mismo pozo donde se encuentran ellos.

Nadie es perfecto. Ni siquiera los místicos, los sacerdotes o los grandes líderes espirituales se libran de sus miserias y defectos. Todos conocemos los nuestros… Ahora bien, ¿cómo reconocer a un buen maestro de un falso guía?

La sabiduría de la Biblia nos da pistas. En el libro del Eclesiástico (primera lectura de hoy) leemos que la persona se descubre por sus palabras. No se la puede juzgar por su aspecto o por su posición social, sino por lo que dice, porque las palabras revelan el corazón. Y añade que el árbol se conoce por sus frutos. Es una imagen que recogerá Jesús en el evangelio: Por sus frutos los conoceréis. Una persona puede deslumbrar por su aspecto, por su carisma e incluso por su retórica. También puede destacar por sus obras, aparentemente nobles e incluso grandiosas. Pero ¿cuáles son los frutos?

Esa es la prueba de fuego: los frutos. Los frutos son una vida fecunda, que se concreta en un bien real hacia uno mismo y hacia los demás. Los frutos son más amor, más paz, comprensión, perdón, buena convivencia, generosidad. Los frutos son una vida plena, tal como la sueña Dios y como, en el fondo, nosotros la soñamos. Los frutos siempre son de vida, y no de muerte.

Hoy, las personas tienden a buscar grandes experiencias. Todo el mundo busca vivir, experimentar, sentir algo grande dentro de sí. Hay muchos cazadores de misticismo en nuestros días. Se confunde la experiencia psicológica con una experiencia divina y esto es peligroso, pues puede poner en riesgo la salud física y mental de la persona. Santa Teresa avisaba a las monjas muy sensibles e impresionables y les aconsejaba no perseguir el éxtasis ni los arrobos místicos, pues les podía costar la salud, el crecimiento espiritual y hasta la vida. En cambio, les recomendaba descansar, distraerse, trabajar en algo físico y no aislarse. ¿Sorprenden estos consejos, en una mística como ella? Teresa era una mujer sabia, una gran madre y una buena discípula de Jesús. No caigamos en la trampa de los sentimientos y las experiencias sobrenaturales. San Juan de la Cruz, otro gran místico, decía que mucho más preciosa que cualquier éxtasis era la obediencia, humilde y libre, a la voluntad de Dios, reflejada en la docilidad a los superiores. Un acto de obediencia, de negación de uno mismo, es más valioso que todas las experiencias místicas, afirmaba san Juan. Porque de esos actos es de donde salen los frutos: mucho más allá del bienestar (o la evasión) personal, son frutos dulces de los que todos pueden alimentarse y crecer.

2022-02-18

7º Domingo Ordinario - C

«Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen.»

Lucas 6, 27-38


Ser hombres y mujeres «celestiales»

Las lecturas de hoy son impactantes, pues nos muestran hasta qué cimas puede llegar la nobleza humana. En la primera encontramos a David, que está proscrito en los montes. Una noche llega hasta el campamento del rey Saúl, que lo está persiguiendo. Todos duermen, el rey está a su alcance, dormido e indefenso, podría matarlo. Pero no lo hace y respeta su vida. ¿Qué hombre perseguido perdería la oportunidad de deshacerse de su enemigo?

En el evangelio, Jesús nos habla de un amor que parece imposible: amor al enemigo, piedad con los que nos quieren mal, generosidad con los que abusan de nosotros, perdón a los que nos maltratan… Porque si amamos a los que nos aman, si somos amables con los que nos caen bien, ¿qué hay de especial en nosotros? ¡Cualquiera lo haría!

Es curioso. Solemos decir que fallar, equivocarse, pecar y ser mezquinos, a fin de cuentas, ¡es humano! Incluso parece que se elogia y se valora la mediocridad y la pequeñez de alma. ¡Es tan común! En cambio, un amor incondicional, generoso, que perdona todo; un gesto como el de David o la magnanimidad de Jesús perdonando a sus verdugos, nos parecen sobrehumanos. O más bien “inhumanos”. Pensamos que son actitudes heroicas, pero que no van con nuestra naturaleza. Algunos, más cínicos, lo consideran una locura o una especie de desequilibrio mental.

Pero ¿es realmente así? ¿Acaso no es el amor heroico lo que justamente nos hace más humanos? ¿No es la superación de nuestras tendencias e instintos lo que nos distingue de los animales y nos hace más personas? ¿No está inscrito en nuestra naturaleza un deseo innato de crecer y superar nuestros límites? ¿Acaso no es humano aspirar a la verdad, a la belleza, a un bien mayor?

Claro que lo es. Jesús no nos pide nada inhumano ni imposible, porque conoce nuestra naturaleza. San Pablo lo explica con palabras muy bellas. Somos seres físicos, animales, por supuesto. Pero en nosotros también hay una parte espiritual que aspira a trascender. Somos seres espirituales, “hombres de cielo”. Somos terrenales y celestiales a la vez.

Por nacimiento hemos recibido toda nuestra herencia genética, familiar, histórica… Nuestra parte terrenal incluye nuestra biología y nuestra psicología, lo que nos configura como quienes somos. Pero Jesús nos invita a un renacimiento: entrar en la vida celestial, en el reino de su Padre. Y en este renacimiento podemos dar un paso más allá y empezar de nuevo, sin lastres ni ataduras. Podemos llegar a esa meta a la que todos aspiramos. Es una meta alta, porque Dios ha insuflado el deseo de cielo en nosotros. Jesús nos enseña el camino. Es un sendero cuesta arriba, pero abierto a paisajes bellísimos. Sólo quien lo recorre lo sabe: es difícil amar al enemigo, perdonar a quien te ha traicionado, ser generoso con el que te pide y delicado con quien te ofende cada día… Tampoco se trata de exponernos inútilmente, por supuesto, sino de no abrigar odio ni resentimiento en el corazón. ¡La venganza también es una esclavitud! En cambio ¡cuán libre y cuán dichosa se siente el alma, cuando elegimos amar como Jesús nos propone! Ser semejantes a Dios, en esto, no nos quitará humanidad, sino al contrario: nos hará vivir una vida totalmente humana, profunda e intensa, como nunca hayamos podido imaginar. Nos hará vivir una vida que ya es un poco divina: la vida que Jesús posee, la vida que nos ofrece a todos.

2022-02-11

6º Domingo Ordinario - C

 «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.»

Lucas 6, 17-26



Las lecturas de hoy culminan con el evangelio, que nos presenta las bienaventuranzas. Jesús se dirige a sus discípulos, no a toda la multitud. Es de ellos de quien está hablando ahora, de quienes quieren seguir su camino. Por un lado, los avisa: sufrirán pobreza, exclusión, hambre de justicia… Llorarán y experimentarán qué es sufrir soledad y rechazo. El seguidor no será menos que el maestro. Como él, se toparán con la incomprensión del mundo y hasta con la persecución. Pero después Jesús los anima. Todo esto no debe desalentarlos, porque tendrán una recompensa más grande. Y no será solo en la otra vida, sino ya en esta, como dirá en otro momento. El reino de Dios ya se está forjando aquí en la tierra, y es aquí donde los discípulos comenzarán a vivir esa alegría enorme de saber que forman parte del proyecto de Dios. Aquí recibirán ayuda, consuelo, fortaleza. Aquí tendrán madre, padre y hermanos, mucho más allá de la familia de sangre. Aquí serán saciados de un pan que no se agota, y de una justicia que rebasa toda ley humana. Dios no abandona a sus fieles.

En el fondo, las bienaventuranzas están hablando de las mismas personas que habla el profeta Jeremías, en la primera lectura, y el salmo 1, que escuchamos hoy. Son esas personas que dejan a un lado su ego, su orgullo y sus certezas, y se apoyan sólo en Dios. Dejan a un lado sus construcciones humanas, sus ideas y prejuicios, y deciden arraigar no en sí mismos, sino en la fuente de todo ser, que es Dios. Son humildes, reconocen su pequeñez y sus contradicciones, sus límites. Pero no hacen de eso un problema, porque se saben amados y sostenidos por un amor más grande que todo esto. Son como ese árbol que echa raíces junto al río, y crece frondoso, y da frutos. Así somos nosotros si, en vez de empeñarnos en crecer por nuestros propios medios, arraigamos en Dios. Él nos hará crecer y, sin que tengamos que forzar las cosas, hará que nuestra vida sea fecunda.

En los últimos años se ha esparcido mucho la idea de autorrealización, de autoafirmación de uno mismo, de empoderamiento personal. Es verdad que el ser humano tiene capacidades maravillosas y todos estamos llamados a hacerlas florecer: son los talentos que Dios nos ha dado. Pero esta mentalidad tiene un riesgo, que es olvidar que nosotros no somos los autores y dadores de la vida. No somos los dueños de nada, ni siquiera de nuestro propio cuerpo. Somos cuidadores, administradores, artesanos en cuyas manos se confía nuestra vida, la de otras personas y la del planeta. Si actuamos como dueños, es fácil que acabemos siendo tiranos y explotadores, de nosotros mismos, de los demás y de la naturaleza. Pero si actuamos con la humildad de un jardinero amoroso, sin creernos amos de nada, todo cuanto hagamos florecerá.

Esta es la pobreza de espíritu de la que hablan las escrituras. El pobre de Dios es el que no se deifica a sí mismo ni la obra de sus manos. Es dócil, es pacífico porque no tiene enemigos con quien luchar ni posesiones que defender, tiene el corazón tierno porque se sabe amado y sabe que todos necesitamos compasión y comprensión. Es libre, porque no se ata a los afanes de poder, fama y dinero que mueven el mundo. Y esa libertad le abre a otra dimensión de la vida: la que explica san Pablo en su carta, la resurrección. Resucitar es nacer a una vida nueva que ya no muere. Jesús es la prueba viviente de esta promesa que nos espera a todos. Pero la resurrección se puede empezar a vivir ya en esta vida cuando uno ama, cuando está trascendido y abierto a Dios.

2022-01-28

4º Domingo Ordinario - C

«Ningún profeta es aceptado en su pueblo.»

Lucas 4, 21-30


Después de la proclamación del texto del profeta Isaías en la sinagoga, todos quedan maravillados ante las palabras de Jesús. Pero, a continuación, su discurso adopta un tono de elevada exigencia. De la aprobación y la admiración, las gentes de su pueblo pasan a la crítica y al deseo de matarlo. Extrañadas, se preguntan: “¿Quién es éste? ¿No es el hijo del carpintero?” El evangelista Lucas pone de manifiesto el recelo del pueblo judío hacia Jesús. Un hombre de un entorno sencillo y humilde, ¿cómo puede expresar estas bellas y profundas verdades? Surgen el desprecio y los celos hacia él, que se materializan en una actitud hostil de rechazo.

Jesús constata, apenado, que nadie es profeta en su tierra. No escapa a las críticas y recelos propios del ser humano. ¿Cuántas veces hemos oído esta frase en boca de grupos, de familias, de comunidades de vecinos? Este, ¿nos puede decir algo bueno? Con nuestro desdén manifestamos inseguridad y falta de humildad para reconocer lo bueno que tienen los demás, quizás aún mejor que nosotros. Los judíos se enfurecen especialmente cuando Jesús hace referencia a personajes y episodios del Antiguo Testamento, como Elías y la viuda de Sarepta y Eliseo y el leproso Naamán. Recordando estas narraciones, Jesús pone el dedo en la llaga ante la actitud de cerrazón de su pueblo. Se refiere claramente a su hipocresía religiosa y les insinúa que sólo los que abren el corazón a Dios serán salvados y escogidos. Su don y su gracia serán para los humildes y sencillos que pongan sus vidas a su servicio. El rechazo hacia Jesús se va recrudeciendo, porque habla con claridad y no tiene miedo a nada ni a nadie.

Pasar de la crítica al bien hablar

Esta lectura es un revulsivo para los cristianos de hoy. Gastamos horas sin fin para criticar a los demás —qué hacen, qué piensan, cómo hablan… Perdemos un tiempo precioso de la forma más absurda.

Ante el anuncio de la buena nueva, debemos sentirnos impulsados a hablar de cosas positivas y bellas, para sacar a la luz aquello de bueno que tiene cada cual. Una de las grandes misiones del cristiano es justamente ir a contracorriente de las críticas y el rumoreo. No hablar nunca mal de nadie, a persona alguna, debería ser un principio en nuestra conducta.

Para dejar de hacer críticas destructivas necesitamos, por un lado, ser comprensivos y misericordiosos, a la vez que muy conscientes. Es una frivolidad perder el tiempo en críticas banales. Una actitud humilde nos ayudará a reconocer los dones de los demás.

Las palabras de las gentes de Nazaret pueden resultarnos familiares. ¿Quién es éste o ésta? Si lo conocemos de hace tanto tiempo… ¿qué tiene que decirnos de nuevo? Pues bien, aquella persona humilde que vive a nuestro lado también nos puede enseñar muchas cosas. En la sencillez se manifiesta el soplo del Espíritu.

Pedimos milagros

La gente espera prodigios espectaculares de Dios. Pero el gran milagro ya se ha producido: somos herederos de su palabra. El gran milagro, hoy, es su permanencia constante en la Eucaristía. Dios se nos ofrece a sí mismo: lo que nos dé por su providencia será por añadidura. Pero el mayor regalo ya lo tenemos: Cristo resucitó y nos abrió el camino a una nueva vida.

No podemos salir de una celebración eucarística admirados de cuanto hemos oído y volver a nuestras actitudes fáciles y cómodas de criticar y señalar a los demás. Aprendamos a valorar el milagro inmenso de la presencia de Cristo entre nosotros. Ser conscientes de la grandeza de este don transformará nuestra vida y nos hará responsables a la hora de emplear nuestro tiempo y nuestras palabras. Ojalá nuestras conversaciones reflejen siempre la bondad de Dios, y nuestro tiempo sea invertido en acrecentar su Reino.


2022-01-21

3r Domingo Ordinario - C

«Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a liberar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor»

Lucas 4, 14-21.


Las tres lecturas de este domingo contienen auténticos tesoros para nuestra fe. La primera, del libro de Nehemías, y el evangelio de Lucas, nos presentan dos escenas en las que la Palabra de Dios se lee en público. La carta de san Pablo recoge una imagen genial del apóstol para explicar qué es la comunidad cristiana. Si tuviéramos que destacar una frase de cada lectura podríamos subrayar estas tres:

«No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»

«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.»

«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»

Unidas, una tras otra, completan un mensaje hermoso: hoy se cumple una promesa, largamente esperada y transmitida en las escrituras. El reino de Dios ya no es un futuro, una esperanza ni una ilusión, sino una realidad, presente. La liberación ya está aquí, tal como proclama Jesús en la sinagoga. ¡No hay que esperar más! Con él, Dios ya está con nosotros

Y si Dios está con nosotros, ¡nada de llantos ni lamentos!, como dice la primera lectura. Nada de tristezas ni golpes de pecho: el gozo del Señor es vuestra fortaleza. Dios se goza con sus hijos, y sus hijos se gozan por el amor que reciben de su Padre. La presencia de Dios no es represora ni severa, sino que llena al hombre de alegría.

Pero Dios hace algo más que estar cerca, o con nosotros. Dios nos hace parte de él mismo, nos invita a compartir su propia vida. Con Jesús, ya no es que Dios sea nuestro aliado: es que nosotros formamos parte de Dios.

San Pablo ofrece esta metáfora audaz y precisa de lo que es la Iglesia: un cuerpo. Un cuerpo con muchas partes, que expresan su diversidad. Al igual que cada miembro es diferente, no hay dos personas iguales y todas pueden aportar algo bueno al grupo. Todas son dignas y buenas, y para que el cuerpo esté sano es importante que todas funcionen en armonía, coordinadas, a una. Esta unidad es la que nos hace crecer y desplegarnos.

La imagen de Pablo no sólo señala que la diversidad es buena, sino que es necesaria. No todos podemos hacer lo mismo; el cuerpo no es todo ojos, ni todo oídos o todo manos o pies. ¡Sería monstruoso! De la misma manera, una comunidad, una sociedad uniforme y cortada por el mismo patrón, sería un engendro mutilado, incapaz de funcionar y de producir obras buenas y creativas.

Buena reflexión para la Iglesia, pero también para el mundo político y social. En la arena política, la diversidad no debería verse como una guerra de enemigos, sino como una riqueza de pensamiento y experiencias que, en sintonía, puede mejorar la sociedad. Qué diferentes serían las cosas si los políticos, en vez de atacarse y luchar por el poder, consiguieran ponerse de acuerdo para gobernar con sensatez, buscando el bien común y no los intereses del partido. Qué madurez demostrarían si lograran gobernar coordinando personas de tendencias y mentalidades plurales.

En la naturaleza, otro libro que nos habla de Dios, también lo vemos. Toda forma biológica compleja, todo organismo, se ha formado uniendo partes diversas. La vida es diversidad y a la vez unión. Cuanto más diverso es un ecosistema, más fuerte y más sano es. En cambio, la uniformidad y la división traen la ruptura y la muerte.

Tenemos en nosotros todo el potencial para vivir, ahora, el reino de Dios. Es decir, para ser libres, para ser felices, para desplegar todos nuestros talentos y ponerlos al servicio de los demás. No hay excusas. Jesús nos apremia: Ese día ha llegado. Si queremos, podemos hacerlo posible ya. Dios está con nosotros, ¿hemos olvidado este gozo?

2022-01-14

2º Domingo Ordinario - C

«Haced lo que él os diga.»

Juan 2, 1-11


¿A qué comparar el amor que Dios tiene a la humanidad? En la Biblia surge continuamente una imagen: amor esponsal. Una boda, la alegría de los esposos, el deseo de los amantes, la imagen de una novia que es recibida por el novio, cubierta de sedas y joyas, entre cánticos y danzas. Belleza, alegría, gozo íntimo. Dios quiere derramar su amor en nosotros, llenándonos la vida de fiesta.

Jesús también utilizó esta comparación: el reino de Dios es un banquete, una boda, una celebración llena de regocijo y belleza. Juan, en su evangelio, relata el primer “signo” del reino que hace Jesús. No es una curación ni un milagro espectacular, sino una señal festiva: convertir el agua en vino. Si alguien se hizo una imagen de un Dios severo y serio, ¡qué lejos está del evangelio! Dios es amigo de la alegría y de la fiesta.

Pero en el relato de las bodas de Caná hay muchos detalles que podemos aplicar a nuestra vida. Fijémonos en María, la madre de Jesús, siempre atenta a lo que ocurre. María es modelo de mujer despierta, que percibe las necesidades de los demás y actúa. En este caso, como no puede hacer otra cosa, avisa a su hijo. Y se vale de los criados para empujarlo a actuar, al estilo de las decididas matriarcas bíblicas, que no se detienen ante nada cuando se trata de perseguir un buen fin.

¿Por qué se resiste Jesús? No ha llegado su hora, dice. No quiere precipitar las cosas, el reino debe construirse poco a poco… Pero Jesús no resiste la petición insistente de una madre, ni el sufrimiento de los novios que pueden quedar avergonzados, ni la decepción de los invitados. Si algo puede precipitar la acción de Dios, es el dolor humano y una súplica ferviente.

Pero Dios nunca actúa solo. Como dice san Pablo en su carta, él actúa en todos, y es a través de nuestro esfuerzo y creatividad como va a resolver las cosas. Nuestros carismas son regalos de Dios que nosotros hemos de regalar a los demás. En las bodas de Caná, estos talentos son representados por las tinajas de agua: agua clara que purifica. El agua simboliza nuestro esfuerzo y nuestra voluntad. Pero sin la acción de Dios, nunca se convertiría en vino. De la misma manera, nuestros esfuerzos, sin la gracia de Dios, son derroche vano. ¿Qué hacer? Como los criados, hemos de presentar nuestras tinajas ante Dios. Ofrezcámosle lo que somos y hacemos. Pongamos ante él nuestra vida, nuestros sueños, nuestros talentos y empeños. Y él lo transformará, haciendo que dé frutos buenos.

En la lectura de Pablo se refleja una realidad de las primeras comunidades, trasladable a nuestras parroquias y comunidades de hoy. Cada cual tiene sus carismas, dones y habilidades. Podemos reservárnoslos para nosotros mismos, o para acrecentar nuestros propios intereses, ya sea de crecimiento económico, profesional, prestigio… Los talentos de Dios usados en bien propio pueden llenarnos momentáneamente. Pero se agotan y se pierden, como el vino que se acaba. En cambio, si los ponemos al servicio de los demás, de forma generosa y humilde, Dios los mejorará y los multiplicará, como ese vino de gran calidad que nadie esperaba al final de la boda. Y muchos más podrán beneficiarse y alegrarse con nosotros.

2022-01-07

Bautismo de Cristo - C

«Tú eres mi hijo, el amado. En ti me complazco.»

Lucas 3, 15-22



Las lecturas de hoy se centran en el bautismo, el primer sacramento de la fe cristiana. Todos hemos asistido a algún bautizo. No recordamos el nuestro, pues casi siempre éramos muy pequeños, pero hemos visto fotografías y recuerdos. Sabemos que el bautismo es la ceremonia que nos hace, oficialmente, cristianos, y en la que se nos da un nombre. También se nos enseña que por el bautismo somos lavados del pecado original. En el caso de los bautismos adultos, además borra todos los otros pecados. Pero más allá de las catequesis básicas, ¿ahondamos en el significado que tiene este evento? ¿Qué nos dice el bautismo?

Por otra parte, hoy celebramos el bautismo de Cristo. Puede parecer algo contradictorio. ¿Necesitaba bautizarse Jesús, si ya era Dios y no tenía pecado? ¿Por qué Jesús quiso bautizarse? ¿Qué significa esa voz salida del cielo, ese Espíritu que desciende sobre él como una paloma? ¿Qué ocurrió realmente en el Jordán?

La escena, que nos narra Lucas, explica que, mientras era bautizado, Jesús oraba. Recibió el agua en un estado de oración, de unión íntima con el Padre. Y en ese momento es cuando desciende el Espíritu y la voz clama: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco».

Las pocas veces que el evangelio reproduce la voz de Dios Padre, el mensaje es casi siempre el mismo. Es una exclamación de amor y reconocimiento hacia su hijo. En el Bautismo, Jesús recibe un mensaje que lo llena de fuerza para iniciar su misión. Es la palmada en la espalda, el abrazo de despedida de su padre, el ¡ánimo, adelante!, que necesita.

San Pablo lo explica con estas palabras: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.» ¿Qué quiere decir ungido? Ungidos eran los reyes y los sacerdotes, con óleo santo, para ser consagrados. Ungido significa pertenecer a Dios. Pero ungir también es un acto de cuidado personal, con aceite fragante, nutritivo y protector. Ungido es ser acariciado, cuidado por Dios. Este amor es el que da toda la fuerza, todo el poder sanador y liberador de Jesús. Es el mismo amor que Jesús dio también a sus apóstoles, y el mismo que recibimos todos los cristianos al ser bautizados.

Sí, en el bautismo, Dios nos mira con amor y nos dice: Tú eres mi hijo amado, mi hija amada. Tú me llenas de alegría, ¡eres mi gozo! No nos da órdenes, ni nos dice «quiero que seas así», o «haz esto», o «pórtate de esta manera». Dios nos ama tal como somos, de forma incondicional. Su primer y más fundamental mensaje no es otro que este: «¡Te quiero!» Con la fuerza que nos da el ser tan amados, podemos crecer, podemos salir al mundo y atrevernos a dar lo mejor de nosotros mismos, sin miedo. Hay un amor más grande que todo el universo, un amor que ha sido derramado sobre nosotros con el agua bautismal, y este amor nos alimenta y nos sostiene, siempre.

2022-01-01

2º Domingo de Navidad - C

La Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... (Juan 1, 1-18).

2021-12-30

Santa María Madre de Dios

Guardar las cosas en el corazón

Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y ser inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresita decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón. 


2021-12-25

Festividad de la Sagrada Familia - C

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?
Lucas 2, 41-52

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2021-12-17

4º Domingo de Adviento - C

«Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá.» Lucas 1, 45 María visita a Isabel. Ambas están encintas, ambas esperan a dos niños que cambiarán la historia de su pueblo. El encuentro desborda de alegría: Isabel prorrumpe en alabanzas y elogios a María, por su humildad y su fe.

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2021-12-10

3 Domingo de Adviento - C

«Yo os bautizo con agua... Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

Lucas 3, 10-18
La llamada a la conversión de Juan Bautista es muy actual. No basta creer y esperar, hay que cambiar radicalmente de actitud si queremos recibir ese reino de Dios nuevo que ya llega. La esperanza activa se traduce en gestos cotidianos y muy concretos, que están al alcance de todos, pero que piden un compromiso firme.

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2021-12-02

2 Domingo de Adviento - ciclo C

«Voz del que grita en el desierto: preparad el camino al Señor.»
Lucas 3, 1-6
En tiempos de crisis necesitamos voces proféticas. Hace dos mil años la voz de Juan Bautista se elevó para llamar a sus gentes a la conversión. Hoy, su mensaje no ha perdido vigencia. Es necesario despertar, mirar la realidad con ojos nuevos y enderezar el rumbo de nuestra vida.

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2021-11-26

Primer Domingo de Adviento - C

«Cuando veáis que estas cosas suceden, alzad la cabeza, pues se acerca vuestra liberación.»

Lucas 21, 25-36
Los desastres naturales y las crisis siempre han sacudido a la humanidad. ¿Acaso el fin del mundo está cerca? Jesús nos alerta: no nos dejemos arrastrar por el miedo o por la evasión. Vivamos despiertos y esperanzados. Ante las tormentas, alcemos la cabeza y miremos alto. Él es nuestra áncora y nuestra esperanza, y está cerca.

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2021-11-18

34 Domingo - Jesucristo rey del Universo

«Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.»

Juan 18, 33-37

Jesús es conducido ante Pilato y juzgado, acusado de proclamarse rey de los judíos. Él sostiene que su reino no es de este mundo. La reflexión se despliega en dos polos: el poder y el servicio; el reino de Dios y los reinos de este mundo.

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2021-11-12

33 Domingo Ordinario B - Él está cerca

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino el Padre.»

Marcos 13, 24-32

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2021-11-04

32 Domingo Ordinario B - El óbolo de la viuda

«Esta viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, mientras que esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»

Marcos 12, 38-44

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2021-10-22

30 Domingo Ordinario B - Señor, quiero ver

«¿Qué quieres que te haga?
Maestro, que recobre la vista.
Anda, tu fe te ha salvado.»

Marcos 10, 46-52

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2021-10-15

29 Domingo Ordinario B - Servir es la misión

«Porque el hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos.»

Marcos 10, 35-45.

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2021-10-08

28 Domingo Ordinario B - Salvación y misión

«¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!»

Marcos 10, 17-30.

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2021-09-17

25 Domingo Ordinario B - Quien quiera ser el primero

«Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos».

Marcos 9, 30-37

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2021-09-10

24 Domingo Ordinario B - Quien quiera seguirme tome su cruz...

«Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y venga conmigo.»

Marcos 8, 27-35.

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2021-09-03

23 Domingo Ordinario B - Abrirse es el reto

«¡Ábrete! Al instante, se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba perfectamente.»

Marcos 7, 31-37

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2021-08-27

22º Domingo Tiempo Ordinario - ciclo B

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me da es vacío, las doctrinas que enseñan son preceptos humanos»

Marcos 7, 1-23.

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2021-08-19

21 Domingo Ordinario ciclo B - ¿También vosotros queréis iros?

«¿También vosotros queréis iros?
Tomando la palabra, Simón Pedro contestó: Señor, ¿a quién vamos a ir?
¡Tú solo tienes palabras de vida eterna!»

Juan 6, 60-69.

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2021-08-13

Asunción de María - 15 de agosto

«Mi alma engrandece al Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador,
porque ha mirado la humildad de su sierva.»

Lucas 1, 39-56

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2021-08-12

20 Domingo Ordinario B - El ágape del Señor

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Quien come de este pan vivirá para siempre.»

Juan 6, 51-58.

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2021-07-30

18 Domingo Ordinario B - El pan que perdura

«Yo soy el pan que da la vida: los que vienen a mí no pasarán hambre, y los que creen en mí nunca tendrán sed.»

Juan 6, 24-35

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2021-07-24

Santiago Apóstol

Este domingo celebramos la festividad de Santiago Apóstol. 

«Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Seréis capaces de beber el cáliz que yo he de beber?
Respondieron ellos: Sí, lo somos.»

Mateo 20, 20-28


2021-07-23

17 Domingo Ordinario B - Multiplicar la generosidad

«Jesús tomó los panes, pronunció la acción de gracias y los repartió entre toda la multitud sentada. Lo mismo hizo con los peces. Todos quedaron saciados.»

Juan 6, 1-15

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2021-07-16

16º Domingo Ordinario - B - Ovejas sin pastor

«Se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma.»

Marcos 6, 30-34

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2021-07-08

15º Domingo Ordinario B - Las tareas del apóstol

«Los doce fueron y predicaban a la gente que se convirtiera. Expulsaban a muchos demonios y ungían con aceite a muchos enfermos, y sanaban.»

Marcos 6, 7-13.

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2021-07-01

14º Domingo Ordinario B - Autenticidad y coherencia

«¿De dónde le viene todo esto?... No desprecian a un profeta más que en su tierra.»

Marcos 6, 1-6

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2021-06-25

13º Domingo Ordinario B - Niña, ¡levántate!

«¿Qué son este alboroto y estos llantos? La niña no está muerta, solo duerme.»

Marcos 5, 21-43

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2021-06-18

12º Domingo Ordinario - B - La tempestad calmada

«Y levantándose, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla! ¡Enmudece! 

Y se aquietó el viento y vino una gran calma.

Marcos 4, 35-41

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2021-06-10

11º Domingo Ordinario - B - La semilla

«El reinado de Dios es como un hombre que sembró un campo...»

Marcos 4, 26-32

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2021-05-28

Santísima Trinidad - ciclo B

 «Id a convertir a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que estoy con vosotros siempre, hasta el fin del mundo.»

Mateo 28, 16-20

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2021-05-20

Festividad de Pentecostés

«Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío.»

Juan 20, 19-23

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2021-05-15

Domingo de la Ascensión del Señor - ciclo B

«Id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad...»

Marcos 16, 15-20.

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2021-05-06

6º Domingo de Pascua - ciclo B

«Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ya no os llamo siervos, sino amigos...»

Juan 15, 9-17.

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2021-04-29

5º Domingo de Pascua - Ciclo B

«Permaneced en mí, y yo en vosotros. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos.»

Juan 15, 1-8.

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2021-04-24

4º Domingo de Pascua - ciclo B

«Yo soy el buen pastor, que da la vida por las ovejas.»

Juan 10, 11-18

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2021-04-15

3r Domingo de Pascua - ciclo B

«¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué asaltan las dudas vuestro corazón? Miradme las manos y los pies: soy yo mismo.»

Lucas 24, 35-48

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2021-04-08

2º Domingo de Pascua - ciclo B

«La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío.»

Juan 20, 19-31.

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2021-04-03

Domingo de Pascua - ciclo B

«Entonces entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro. Vio y creyó.»

Juan 20, 1-9

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