2023-04-07

Pascua de Resurrección

Las mujeres que acompañaban a Jesús van al sepulcro a ungir el cuerpo y lo encuentran vacío. ¿Dónde está el Maestro? Pedro y Juan corren a la tumba y empiezan a comprender...

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Las lecturas de la vigilia pascual y el día de Pascua nos relatan cómo vivieron los primeros momentos de la resurrección sus discípulos. Mateo nos cuenta la experiencia de las mujeres; Juan nos explica lo que sucedió cuando él y Pedro corrieron al sepulcro vacío.

En todos los relatos vemos que la resurrección resulta sorprendente para quienes amaban a Jesús. Al principio nadie lo entiende, porque va mucho más allá de lo que podían esperar. Se asustan, dudan, no caben en sí de gozo… ¿Qué está ocurriendo? Jesús está con ellos, vivo, pero de otra manera. No es un fantasma, no es una visión colectiva, no es fruto de su imaginación ni de su fe (en aquellos momentos, tenían muy poca). La resurrección no es el mito de un dios que se sacrifica y renace con la primavera, como en otras religiones antiguas. Jesús es Dios, pero también fue un hombre de carne y hueso, murió de verdad y su resurrección es un hecho real, aunque inexplicable desde la estrechez de la razón humana.

Sólo un encuentro con Cristo vivo puede explicar la fuerza con que nació y creció la comunidad cristiana en los inicios. Sólo el amor y la presencia de Jesús puede sostener la Iglesia dos mil años después. Nada que se sostenga en una ilusión o un engaño dura mucho tiempo. Ni siquiera los imperios y las instituciones humanas más consolidados.

Dios tiene detalles hermosos. Quiso empezar la historia de su encarnación contando con una mujer: María, su madre. La segunda parte de la historia, la resurrección, también comienza con las mujeres fieles que lo acompañaron hasta su muerte. Ellas son las primeras que lo ven, ellas son las primeras que reciben el anuncio gozoso. La buena noticia de Dios con los hombres está enmarcada por dos experiencias inefables donde las mujeres son coprotagonistas. Hoy vemos que, en las celebraciones de Semana Santa, y en todas las misas y actividades parroquiales, en general, las mujeres son clara mayoría. La Iglesia tiene un rostro muy femenino, ¡sin duda!

¿Qué les dice Jesús a las mujeres? Alegraos. Soy yo. ¡No temáis! Después les da una misión: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán.

Las mujeres son misioneras. Muchas veces son las que tienen que alentar y sostener la fe de los hombres, más incrédulos y reticentes. Las mujeres madrugan, compran perfumes, preparan lienzos, cuidan de los vivos y de los difuntos, se preocupan por los detalles. Por eso salen al sepulcro, al rayar el alba. Por eso Dios las encuentra, porque están despiertas, en vela. Su actitud les permite estar alerta a lo que está sucediendo: un hecho que cambiará toda la historia humana.

¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Sabremos celebrar la Pascua con la plena convicción y sentimiento de que Jesús está vivo entre nosotros? En la misa nos sale al encuentro. Hecho pan llama a nuestras puertas para habitar nuestro cuerpo. Su Espíritu pide alojarse en nuestra alma. ¿Le abriremos las puertas? ¿Sabremos alegrarnos y salir corriendo a anunciarlo, como Magdalena, Salomé y María de Cleofás?

Juan y Pedro viven otra experiencia. Aún antes de ver a Jesús, comprueban que el sepulcro está vacío. ¿Dónde está el maestro? Con sobriedad, Juan relata su propia reacción: vio y creyó. No nos habla de sus sentimientos, ni de lo que debió imaginar, creer o esperar. Simplemente: vio y creyó. ¡Qué sencillas palabras, y qué grandes!

Nuestra fe no es una creencia ciega en ideas bonitas. Juan no creyó porque tuviera una experiencia mística o un gran deseo de que su maestro resucitara. Juan creyó porque vio. Y más tarde, en sus cartas, escribirá lo que todos sus compañeros vieron, oyeron, tocaron, con sus ojos y con sus manos. La experiencia de encuentro con Jesús no es mental, ni psicológica ni esotérica. Es física, palpable y real. No se da en un limbo espiritual ni en un plano metafísico, sino en este mundo material y terrenal. Impresiona pensar que la resurrección ocurrió en una oscura gruta de roca, que hoy millones de turistas visitan, quizás sin captar del todo la relevancia del misterio insondable que encierra.

Dios no nos pone las cosas tan difíciles. No reserva sus dones a una élite de místicos iniciados. No. Dios está cerca de su pueblo, de todo pueblo, de todos nosotros, gente normal y corriente, y nos sale al encuentro en nuestro día a día. Esto significa «ir a Galilea». Galilea es el escenario de la cotidianidad, del trabajo, de la familia, de los afanes y sudores, de la amistad. Es nuestra ciudad, nuestra casa, nuestro barrio. Ahí encontraremos a Jesús. Pero, tras su resurrección, podemos vivir nuestra vida de siempre de otra manera, totalmente nueva. Ahora sabemos, porque él nos lo ha dicho, que es una vida que nunca termina, que avanza hacia su plenitud y que tendrá un glorioso final.

2023-03-31

Domingo de Ramos - Pasión del Señor - ciclo A

El Domingo de Ramos inicia la Semana Santa con una misa solemne donde rememoramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, su pasión y muerte en cruz. La lectura del evangelio, según san Mateo, nos invita a una reflexión profunda. Lecturas: Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 27, 11-54 (breve).

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En el domingo de Ramos comenzamos leyendo y reviviendo la entrada de Jesús en Jerusalén, entre cánticos y agitar de palmas. Un momento glorioso… seguido de una pasión terrible, una condena injusta y una muerte sangrienta y vergonzosa en la cruz. Si alguien pensó que Dios es un ser distante y todopoderoso, ajeno al dolor humano, la imagen de Cristo sufriente da un vuelco a esta suposición. Dios no se ahorra a sí mismo ninguno de los males que aquejan al hombre. Acepta los aplausos de un día, asume con gallardía el peso de la cruz. No huye ante la traición, la tortura y la injusticia. No escapa ni siquiera de la muerte. Entre los peores sufrimientos que podemos llegar a padecer, él los conoce todos.

Me gustaría detenerme en las dos primeras lecturas. Isaías, el profeta, se declara dócil a Dios. Escucha su palabra y da la cara: nada lo detiene ni lo acalla. Acepta las consecuencias de ser vocero de Dios, ultrajes, maltratos, incomprensión. Sabe que no será defraudado.

San Pablo recuerda a Jesús y su misión. También dócil al Padre, hasta la humillación y la muerte. Si sólo nos quedáramos con una parte de la historia, podría parecer que el Padre del cielo es cruel con su Hijo: ¿Cómo puede permitir que muera de esa manera? Pero ver sólo una parte de la historia es no comprender nada. La historia termina con la resurrección, esa exaltación gloriosa en la que Jesús recibe el Nombre-sobre-todo-nombre, y en la que todo el universo se inclinará ante él y volverá a ser aclamado por todas las gentes, como en aquel domingo de ramos, ante las puertas de Jerusalén. ¿De qué nos está hablando Pablo? De un futuro que es ya presente, de un final que ya se está gestando. Con la resurrección de Cristo se inician el mundo nuevo y la humanidad resucitada que un día llegarán a su plenitud. Ahora, todos estamos en camino. Y el camino de los seguidores, como el de Jesús, está lleno de pequeñas y grandes pasiones.

Cuando se dice que Jesús sigue siendo crucificado hoy no es ninguna metáfora. Sí, Jesús sigue sufriendo. «Aquello que hiciereis a uno de estos pequeños, me lo hacéis a mí.» Muchas personas viven azotadas, golpeadas y crucificadas, física o mentalmente, en su cuerpo o en su alma. No sólo hablo de las víctimas de la guerra, la tortura y la persecución religiosa. ¿Y en las familias? ¿Y en los vecindarios? ¿Y en el trabajo, en la calle o en la empresa? Cuántas traiciones, abandonos, juicios injustos, condenas y muertes, cuántas torturas físicas o psíquicas se viven hoy. Tal vez muchos de nosotros podemos identificarnos con Cristo en su dolor. Rezando con él, uniéndonos a él, podemos encontrar alivio y consuelo, y suavidad y paciencia para extraer vida y sabiduría de esos momentos duros que la vida nos presenta.

Pero también podemos preguntarnos: ¿y si en vez de ser víctima soy yo el que está crucificando al prójimo? ¿Cuántas veces estoy azotando con mi lengua criticona, cuántas veces desnudo con mis calumnias, cuántas veces me burlo con mi cinismo o mi sarcasmo? ¿Cuántas veces hiero con mi actitud, o abandono con mi desidia, mi indiferencia o mi pereza? ¿Cuántas veces estoy clavando a otra persona con mis dardos de envidia, rencor o rechazo? ¿Cuántas veces dejo que mi odio o mis intereses guíen mi conducta?

Meditemos despacio. Quizás tengamos a muchos cristos sufriendo en silencio en nuestras casas, en las escuelas, en la oficina o en el taller, en el mercado o en la esquina por la que transitamos a diario. ¿Qué hacemos ante estos cristos que agonizan, hoy, entre nosotros?

Meditemos la Pasión del Señor. Que Dios nos encuentre, no clavando ni azotando, ni riendo o distraídos jugando a los dados. Que el dolor no nos deje indiferentes. Aprendamos lo que es misericordia, ternura y compasión. Abramos los ojos para que podamos ver, como lo hizo el centurión, ¡un militar pagano!, que ahí, sobre la cruz inicua, está muriendo el mismo Dios. ¿Puede haber un sacrificio de amor más grande?

2023-03-24

5º Domingo de Cuaresma A

La resurrección de Lázaro nos sitúa ante la realidad de la muerte corporal y la promesa que Jesús nos hace a todos quienes creemos en él: Yo soy la resurrección y la vida, ¿crees esto?

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Las lecturas de hoy nos hablan de la vida y de la resurrección. Ambas están íntimamente ligadas. Hay una vida terrena, limitada, y hay otra vida eterna a la que el hombre siempre ha aspirado. Pero entre una y otra se levanta un abismo que para muchos es infranqueable: la muerte.

La idea de la resurrección va más allá de creer en una vida de ultratumba o en la inmortalidad del alma. Resucitar significa que el cuerpo vuelve a la vida. El alma, de hecho, no muere, pero la novedad del judaísmo y del cristianismo no es afirmar que el espíritu vive, sino que el cuerpo también regresa a la vida. Los fariseos y muchos judíos devotos creían que, un día futuro, todos los fallecidos resucitarían de sus tumbas por el poder de Dios, tal como anticipaban los profetas: «Cuando abra vuestros sepulcros, os infundiré mi espíritu y viviréis». Pero Jesús hace algo más que anunciar una profecía.

Jesús, como hombre, era afectuoso y sensible. Muere su amigo Lázaro y llora, con el mismo desconsuelo con que todos lloramos a nuestros seres queridos. ¡No es de piedra, aunque crea en la resurrección! Se entristece por la pérdida y se emociona ante las lágrimas de las dos hermanas, Marta y María. Su poder divino no le quita ni un ápice de su humanidad. ¿Podemos imaginar al mismo Dios haciendo duelo por sus criaturas? ¡Dios no quiere que nadie se pierda! Este es Jesús: imagen viva de la ternura de Dios. Pero no se limita a llorar y a conmoverse. Se dirige a la tumba y ordena abrirla. ¿Por qué lo hace?

Esta resurrección de Lázaro no fue como la de Jesús. Lázaro volvió a la vida terrenal y seguramente al cabo de un tiempo envejecería y moriría como todos. Pero con este milagro Jesús quiso enseñar algo diferente, tanto a sus amigos como a quienes lo presenciaron.

Sólo Dios es dador de vida. Sólo su espíritu puede infundir vida al barro y al cadáver. Resucitando a Lázaro, Jesús muestra quién es él. Las antiguas profecías se cumplen: él abre la tumba y el difunto revive. Si Jesús puede dar la vida, queda clara su unidad con el Padre del cielo. El profeta de Galilea es un hombre, pero a la vez es Dios. Además, con la resurrección de Lázaro, Jesús está escribiendo un prólogo de la que será su propia resurrección, aunque la suya será definitiva. La fe y la esperanza de Marta quedan confirmadas con el milagro. Ni ella ni los que creen en la resurrección de la carne esperan en vano. Jesús, que puede dar la vida, lo hará posible.

Por eso muchos creyeron en él. Pero otros, que también contemplaron el milagro, se alarmaron y resolvieron matarlo. Porque en ese preciso instante comprendieron que Jesús no era un profeta cualquiera. Creyeron que realmente podía venir de Dios y justamente por eso quisieron acabar con él. ¡El Dios de la vida molesta a quienes se sostienen en el poder de la muerte! Hay una fe luminosa, que cree y se abre a Dios, pero hay otra fe oscura que reconoce a Dios, sí, pero rechaza la luz. Ante la grandeza del amor se repliega y quiere destruirla. Con la resurrección de Lázaro Jesús anticipa su Pascua, pero también da un paso más hacia la muerte que le espera en la cruz.

2023-03-17

4º Domingo de Cuaresma - A

El agua en la Biblia siempre es signo de vida. Hoy vemos cómo un ciego de nacimiento, a quien Jesús toca con sus manos, recibe el don de la vista. Abrir los ojos es señal de apertura de alma. En cambio, los fariseos, cegados por su apego a las tradiciones antiguas, sólo ven que Jesús ha infringido el sábado y se cierran a la fe. Lecturas: 1 Samuel 16, 1-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1-38.

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Esta semana las lecturas nos hablan de la luz. Jesús se presenta a sí mismo como luz del mundo. Su presencia ilumina la vida de quienes se cruzan en su camino. La luz da brillo, color, permite ver con claridad... pero también pone en evidencia las sombras y los defectos. Una luz poderosa resalta lo bueno y lo malo. Solemos decir que cuando las cosas ocultas se destapan, todo sale a la luz. Pero muchas veces nos gustaría que ciertas cosas permanecieran escondidas, y la luz nos molesta. La luz se asocia con la verdad, y la verdad, tal como es, a veces nos estorba, nos asusta o nos incomoda, y queremos rechazarla.

Cuando la luz nos molesta somos capaces de cerrar los ojos y negar incluso las evidencias. Así actúan los fariseos: ante el milagro de Jesús devolviendo la vista al ciego no ven un acto de misericordia, sino la infracción de una ley. No ven la mano de Dios, sino una acción maligna. El ciego curado, que no es un letrado ni versado en la religión, ve mucho más claro que ellos, no sólo con los ojos, sino con el corazón.

Los cristianos de hoy podemos pensar que estamos muy lejos de los fariseos. Pero ¿cuántas veces hemos cerrado los ojos ante la luz de Dios? ¿Cuántas veces nos ha preocupado disimular y ocultar nuestros fallos y miserias? ¿Cuánto nos cuesta mostrarnos tal como somos, con el alma desnuda y humilde, sin querer fingir ni aparentar perfección o bondad? Y cuando una persona honesta nos toca la moral, nos irritamos y la atacamos. O la despreciamos, tachándola de simple, radical o idealista. Cuando nuestra mediocridad y nuestra cobardía quedan en evidencia, ¡cómo nos gusta manchar la autenticidad y la valentía! Preferimos refugiarnos en nuestras tinieblas, tan confortables… Y poco a poco resbalamos hacia una muerte en vida.

¿Cómo hacer para que la luz de Cristo no nos moleste? Dejándola entrar dentro de nosotros. Es una luz que nos transforma, nos limpia y nos hace crecer. De este modo, ya no tendremos miedo de su amor y de su gracia y podremos, un día, ser también reflejos y transmisores de esa luz a los demás. San Pablo nos anima: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz». Tengamos el valor de despertar, de levantarnos de nuestro sueño cómodo. Abramos las ventanas del alma a la luz de Cristo. Y viviremos con plenitud.

2023-03-10

3r Domingo de Cuaresma - A

Junto al pozo de Jacob, en Sicar de Samaría, Jesús habla con una mujer samaritana. De la enemistad entre judíos y samaritanos Jesús le abre a esta mujer las puertas hacia una fuente de agua viva. Ella escucha y se convertirá en la primera misionera para las gentes de su pueblo. Lecturas: Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2.5-8; Juan 4, 5-42.

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Las tres lecturas de hoy nos hablan de la fe. Se suele pensar que la fe es creer a ciegas algo de lo que no tenemos certeza, pero no es esta la fe de la Biblia, ni la del evangelio. Fe es confiar en alguien, y esta confianza no se fundamenta en el aire, en una idea o en un deseo futuro. Confiamos en alguien porque sabemos que es digno de confianza, porque nos ha dado muestras de su amor, de su sinceridad, de su bondad con nosotros. A partir de esta confianza, podemos esperar que lo que nos dice o promete es cierto y se cumplirá.

La fe en Dios no se limita a creer que Dios existe. Fe en Dios es creer que está con nosotros, que está por nosotros y que nos ama. Fe en Dios es confiar que nunca nos abandona y que, por su amor, nos llama a una vida eterna. ¿Queremos pruebas? En el desierto, el pueblo de Israel se amotinaba y protestaba porque pasaba hambre y sed. Moisés, golpeando la roca con la vara, les mostró que Dios se preocupaba por ellos y los proveía de agua. Dios no nos abandona en nuestra necesidad.

En su carta a los romanos, san Pablo nos recuerda que Cristo murió por nosotros, no porque lo mereciéramos, sino por puro amor, porque quiso. Basta esa prueba de amor para saber que Dios nos llama a una vida resucitada y eterna, como la del mismo Jesús. ¿Qué sentido tendría, si no, la vida de Jesús? Con su resurrección, nos abre las puertas del cielo.

Dialogando con la samaritana, una mujer de inquietudes profundas, Jesús rompe con los prejuicios judíos contra las mujeres y se abre camino entre los samaritanos gracias a ella. ¿Por qué la mujer cree en él? Por sus palabras que rezuman vida, sabiduría, una llamada a la unión con Dios por encima de templos y leyes. Jesús ve más allá de lo visible y descubre el corazón de las personas, sus anhelos, su sed de trascendencia, de eternidad. ¿Por qué creen en Jesús los vecinos del pueblo? Por el testimonio entusiasta de la mujer, primero, y por las mismas palabras de Jesús, cuando lo escuchan. Aprendamos de esta mujer su actitud abierta, receptiva, y su pronta disposición a anunciar una buena nueva. ¡Qué testimonio de apostolado nos da, una sencilla mujer de pueblo, posiblemente de no muy buena fama! Nada la frenó a la hora de anunciar al Mesías. Aprendamos también de los samaritanos de Sicar, que escucharon y acogieron a Jesús como fuente de agua viva.

Las tres lecturas de hoy nos hablan también de diferentes tipos de sed. La primera, en el Éxodo, es la sed más básica. Es la sed física, de supervivencia, la que debemos saciar pues de lo contrario moriríamos. Nadie puede vivir más de unos pocos días sin beber agua.

El evangelio nos habla de la sed de Dios. Sed de unión con el Creador, sed de adoración. La mujer samaritana expresa este deseo. Cuando Jesús le habla del agua viva ella comprende de inmediato que no se refiere al agua del pozo, sino a otra agua que sacia los anhelos más hondos del corazón humano: el deseo de intimidad, de unión amorosa, de plenitud. Este deseo queda colmado con Dios.

Y san Pablo alude a otro deseo muy antiguo en el ser humano: el ansia de vida eterna. Desde los inicios de la humanidad el hombre ha intuido que su alma no puede perecer, como la materia, que tiene que haber alguna forma de vida más allá de la muerte. Muriendo y resucitando, Jesús desvela este misterio y nos revela esta otra vida que ya se está gestando en la tierra: la vida del grano de trigo que muere y estalla en otra vida, inmensa e inimaginable.

Dios Padre nos ha formado. Él nos conoce y nos ama. Conoce los tres tipos de sed que nos aquejan y nos envía a su Hijo para saciarlas todas.

2023-03-03

2º Domingo de Cuaresma - A

Jesús sube a un monte alto con sus discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. ¿Qué significa la experiencia que viven allí arriba? ¿Por qué aparecen Moisés y Elías, y por qué Pedro quiere levantar tres tiendas? El evangelio de este domingo nos revela de forma bella y significativa quién es Jesús y a qué estamos llamados todos.

Lecturas: Génesis 12, 1-4; Salmo 32; 2 Timoteo 1, 8-10.

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Si tuviéramos que tomar tres frases que Dios nos dirige en las lecturas de este domingo, podríamos señalar tres verbos. Sal de tu casa, dice Dios a Abraham, y te bendeciré y te haré padre de un gran pueblo.  Salir de casa va más allá de dejar el pueblo natal: significa salir de uno mismo, atreverse a responder a la llamada de Dios, entregarse y confiar en sus promesas. Tomad parte en las tareas del evangelio, dice Pablo, cada cual según sus fuerzas. Es decir, no os limitéis a escuchar la buena noticia de que Dios os ama. No seáis cristianos pasivos. Convertíos en colaboradores de Cristo y comenzaréis a vivir de otra manera: estrenaréis una vida nueva, intensa, profunda y eterna. Finalmente, el evangelio de la transfiguración de Jesús nos deja oír la voz de Dios Padre: escuchad a mi hijo amado. Y después, Jesús a sus amigos: levantaos, no temáis. Tras la visión celestial, que los deja deslumbrados y un poco desconcertados, Jesús les da paz y los invita a moverse, a regresar al mundo, al quehacer diario, a la convivencia con los demás.

Son tres verbos: salir, participar, levantarse, que expresan acción. Pero previamente ha habido otro acto: la escucha. Abraham ha escuchado a Dios. Los cristianos han escuchado la predicación de Pablo o los apóstoles. Pedro, Santiago y Juan han oído la voz de Dios: escuchad.

Dejemos que estas lecturas resuenen en nuestra alma hoy. Escuchemos, en oración. Salgamos de nuestras comodidades y esquemas, de nuestro encierro confortable, de nuestros miedos y perezas. ¿Hacia dónde? Dios no nos llama a una aventura incierta o temeraria, sino a la vida con mayúscula. Jesús nos llama a vivir como él: dándolo todo, sin miedo, con generosidad y confiando que el Padre, siempre está con nosotros y nos bendice. No podemos imaginarnos hasta qué punto nos ama y quiere darnos su vida y su gracia. San Pablo era muy consciente de esto y subraya que no merecemos tanto don. Pero nuestra fe no sigue una lógica de merecimiento, sino de regalo. Dios nos ama y nos da una vida inmensa porque sí, porque quiere y porque no puede dejar de hacerlo.

En el monte Tabor los discípulos atisban unos instantes de esta vida gloriosa que un día alcanzaremos. Y Pedro, con su propuesta, quiere atrapar el momento. Hagamos tres tiendas. Las tiendas, en la cultura hebrea, son lugares de culto. Evocan la tienda del Éxodo, el tabernáculo del Señor. Pedro, con buena intención, pretende encerrar a Jesús, a Moisés y a Elías en tres capillas. Para adorarlos y venerarlos, sí, para darles gloria… Pero no es eso lo que Dios quiere. El nuestro es un Dios itinerante que no quiere ser encerrado en templos, ni en estructuras rígidas. No quiere un culto distante, ceremonioso y espectacular. Quiere que escuchemos a su Hijo amado. Y escucharlo significa tomar la cruz y seguirlo por los caminos de la vida, tan poco solemnes y a menudo llenos de barro. Escucharlo significa levantarse, sin miedo, y colaborar en su tarea, con espíritu de servicio y humildad. ¡Qué sencillas y hermosas resuenan sus palabras después de la visión!  Nos devuelven a la cotidianidad, a las pequeñeces del día a día, al trabajo constante que no hace ruido. La semilla del reino crece en secreto y en silencio hasta que estalle, como una flor que se abre, en la resurrección.

2023-02-24

1 Domingo de Cuaresma - A

El evangelio del primer domingo de Cuaresma nos lleva al desierto, siguiendo los pasos de Jesús que se retira a orar antes de empezar su misión. Las tres tentaciones de Jesús son las tentaciones que pueden asaltar a la Iglesia y a toda persona que desee iniciar un camino de crecimiento espiritual. Ver cómo Jesús derrota al diablo nos señala el rumbo a seguir.

Lecturas: Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11.

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«No nos dejes caer en la tentación», rezamos en el Padrenuestro. Cuando Jesús nos enseñó esta oración sabía muy bien que necesitamos ayuda, porque vencer las tentaciones no es fácil. Sin la fuerza y la lucidez que nos da la oración ante Dios, nos costará mucho no caer. ¿Por qué?

Porque el tentador es inteligente. Nunca nos tienta con cosas malas. Como decía santa Teresa, se disfraza de ángel de luz y sus ofertas parecen ser de lo más beneficiosas, oportunas y solidarias. ¿Con qué tienta el diablo a Jesús? Con lo mismo que nos tienta a todos nosotros. Se vale de nuestras necesidades y buenas intenciones y promete satisfacerlas todas. El demonio se nos presenta como el gran humanitario que viene a resolver nuestros problemas… siempre que lo adoremos a él. ¿Sufrimos carencia económica, pan, alimento? Él nos da fórmulas para ser ricos. Es la primera tentación: priorizar el bienestar material por encima de todo. ¿Nos falta salud? Con la segunda tentación el diablo abre las puertas a lo milagroso, a lo mágico, a lo sobrenatural. Nos ofrece manipular los poderes celestiales a nuestro favor… siempre que le escuchemos. ¿Queremos que en el mundo reinen la paz y el amor? Con poder personal haremos lo que nos propongamos: él nos lo dará… si le adoramos. El demonio, en fin, nos ofrece pan, fama, poder, salud, dinero y amor. Nos dice que su camino es humano, próspero, de éxito. ¡Basta seguirlo! Pero Jesús lo rechaza con energía y decisión.

El diablo engaña. No quiere alimentarnos, ni vernos sanos y felices, sino destruirnos. Ofrece cosas buenas, pero con medios malos: los medios de la manipulación emocional, la violencia del poder, la trampa de la seducción. La Iglesia también debe estar alerta ante estas sutiles tentaciones. Para construir el reino de Dios no vale cualquier medio. Sí, hemos de luchar contra el hambre y la injusticia, hemos de ayudar a la gente y buscar la salud de cuerpo y alma. Pero no podemos usar los medios del mundo, que van contra la libertad de la persona y su integridad. No podemos reducir el reino de Dios a la prosperidad material y al éxito, tampoco podemos implantarlo a la fuerza. No podemos usar la coacción ni el deslumbramiento místico. Los medios de Jesús son muy humildes y sencillos. Su arma fue la palabra, su alimento, su mismo cuerpo. Su corona y su trono, la cruz. Ejerció su reinado haciéndose servidor de todos y entregándose hasta las últimas consecuencias: dar su vida por amor.

Claro que el camino de Jesús parece menos brillante y, sobre todo, más sacrificado y difícil que el fácil camino del tentador. Por eso necesitamos su ayuda para superar la prueba. ¡Pero la tenemos! La primera lectura del Génesis nos muestra a Adán y Eva, que caen en la tentación de la serpiente, tan atractiva. ¡Seréis sabios como Dios! ¿Quién puede resistirse a esta promesa? Pero san Pablo en su carta nos recuerda que la salvación de Jesús es mucho mayor, más poderosa y de más alcance que el fallo de Adán y Eva. Si el primer pecado acarreó la muerte, la obediencia amorosa de Jesús trae una vida desbordante y eterna a todos, sin excepción. Con su ayuda podemos vencer todas las tentaciones que nos ofrecen una imagen distorsionada del reino de Dios. Con él, ya formamos parte de este reino que se está construyendo, aquí y ahora.

2023-02-17

Amarás a tu prójimo... - 7º Domingo Ordinario A

Jesús nos propone ir más allá de la justicia legal y abrirnos a la magnanimidad de Dios, que hace salir el sol sobre justos y pecadores, y que ama a todos sin excepción. Su propuesta no es tarea imposible: se trata de iniciar un camino de imitación de Dios, sintiéndonos plenamente hijos suyos.

Lecturas: Levítico 19, 1-2. 17-18; Salmo 102; 1 Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48.

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La primera lectura de hoy da un giro de tuerca a la afirmación del Génesis. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. ¿Nos damos cuenta de la enormidad de esta frase? ¡Somos similares a Dios! Para dejarlo claro, resuena el mandato del Levítico: Seréis santos porque yo soy santo. ¿Es posible alcanzar tal perfección? Jesús, en el evangelio, no rebaja la exigencia: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Y nos habla de superar los viejos mandatos del ojo por ojo y diente por diente, la vieja justicia del premio y el castigo, de la retribución y la reparación. ¿No está poniendo el listón demasiado alto?

Es curioso. Los humanos, por un lado, queremos ser como dioses. Queremos independizarnos de Dios y emprender hazañas gloriosas. Por otro lado, queremos encajar a Dios en nuestros esquemas. Aspiramos a hacer cosas grandes. Pero luego pretendemos elevar a la divinidad nuestros impulsos, intereses o pasiones. Queremos ser como Dios, sin contar con Dios, y luego deificamos cosas que no tienen nada de divinas. ¡Qué confundidos estamos! No es de extrañar que haya tantos conflictos en la sociedad y tanto sufrimiento en nuestras vidas. La embriaguez efímera del éxito se mezcla con la depresión del fracaso y así vamos viviendo a trompicones, zarandeados de un extremo a otro, sufriendo inútilmente y sin crecer. Necesitamos un poco de luz. 

San Pablo nos da claves. No somos Dios, pero somos templos de Dios. Albergamos su aliento sagrado en nosotros siempre que queramos acogerlo. Ser perfectos, amar a los enemigos, perdonar y rezar por quienes nos perjudican parece imposible. Solos no podemos. Pero con Dios, ¡todo lo podemos! Somos limitados, pero a la vez somos vasija del tesoro del Espíritu Santo. Todo es vuestro, dice san Pablo. Y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Qué hermosa pertenencia! Vivimos envueltos en su amor, sostenidos por su amor, salvados por su amor. Saber que somos suyos nos da alas, fuerza y ánimo para afrontar cualquier dificultad. Con él somos capaces de un amor heroico, similar al suyo. Sin él lucharemos contra gigantes y caeremos en el intento. Con él basta que ofrezcamos lo que somos y tenemos, poco o mucho. Él lo recoge todo. Él lo transforma todo y hace posible lo que nos parecía imposible.

2023-02-10

¿Una nueva ley? 6º Domingo Ordinario A

Lecturas: Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37.

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La imagen de Jesús como un hombre libre que cuestiona la Ley es muy atractiva. En su pugna contra el legalismo judío y su rigidez, hay el riesgo de considerar a Jesús una especie de anarquista, un rebelde sin causa o un infractor. Pero Jesús siempre dejó claro que no había venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. La de Moisés, como muchas normas humanas, era una ley de mínimos

Cumplirla garantizaba una convivencia respetuosa, libre de abusos, violencia y salvajismo. La ley está al nivel de la supervivencia, y Jesús nos llama a algo más que a sobrevivir. El reino de Dios pide algo más que justicia y tolerancia. Si no aspiramos a más, fácilmente caeremos en la trampa legal y no llegaremos ni a los mínimos necesarios.

Jesús comenta tres mandamientos básicos: no matar, no cometer adulterio, no mentir ni jurar en falso. Son los tres grandes mandamientos que defienden la vida, el amor y la verdad. La Ley prohíbe, pero Jesús da un paso más allá y propone algo que rebasa la justicia terrena: una ley del reino de Dios.

Muy pocas personas matamos físicamente. Pero Jesús nos habla de otras formas de dar muerte: el insulto, la calumnia, la crítica. La lengua hiere y mata. Jesús equipara hablar mal y difamar al otro a un crimen de sangre. Su condena es rotunda: quien llame imbécil a su hermano será reo de asesinato. ¿Cuántas veces hemos matado con nuestras lenguas?

El adulterio es una ruptura del amor. Pero no basta con abstenerse de sexo fuera del matrimonio. Jesús habla de las intenciones del corazón, de alimentar deseos que nos quitan la paz y que, al final, enturbian el amor limpio y fiel que debería existir entre las parejas. Hoy existen muchas formas de ser infiel y de faltar al amor con la persona a la que un día dijimos sí. ¿De cuántos adulterios virtuales podríamos acusarnos?

Finalmente, Jesús acusa a las personas que, para dar solemnidad a sus promesas, apelan a argumentos religiosos o ponen a Dios como testigo. Como si la simple verdad, honesta, clara, no fuera suficiente. ¿Qué tenemos que ocultar cuando necesitamos dar tanto énfasis a lo que decimos? La verdad no necesita gritos ni juramentos. Pero ¡cuánto nos cuesta ser sinceros! Cuánto nos cuesta decir simplemente sí o no.

2023-02-03

Sal y luz - 5º Domingo Ordinario A

Jesús nos llama a ser sal de la tierra y luz del mundo. ¿Cómo vivir hoy esta misión que nos encomienda? ¿A qué estamos llamados todos los cristianos?

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Cuando seas generoso y compasivo, cuando salgas de ti mismo y ayudes a los demás, tu vida estallará en luz como la aurora y tus oscuridades desaparecerán. Cuando procures iluminar la vida de otros, tu existencia será llama viva. Cuando dejes de mirarte a ti mismo y busques el bien de quienes te rodean, serás sal y luz. 
Las lecturas de hoy nos proponen algo bastante contrario a lo que nos vende el mundo. Hoy se estilan frases como “ámate a ti mismo”, “cultiva tu autoestima”, “céntrate en ti mismo”, “tú eres divino”, “tú eres Dios”, “todo lo puedes”, “todo está en ti”… El endiosamiento del ser humano es una constante en la cultura moderna, y adopta formas cada vez más atractivas y aparentemente lógicas. ¿Para qué esforzarse en amar a los demás o en ayudar a los otros en sus problemas? Todos somos parte de una misma realidad: cuídate de ti mismo y de tus cosas, y todo mejorará. La mejor manera de amar a los demás es empezar por ti mismo…
¿Es esto verdad? La realidad nos muestra que detrás de estos discursos hay enormes problemas de soledad, de identidad, de conflictos personales, de falta de vínculos e incapacidad para convivir o crear relaciones estables. Hay un enorme mercado que vende salud, bienestar personal y autoestima, pero a menudo lo único que consigue es quitar tiempo, dinero y energías de muchas personas, a cambio de una sensación ilusoria y efímera de paz.
El profeta Isaías nos propone otra cosa: dedícate a hacer felices a los demás y el sol saldrá en tu vida. Atiende a los pobres y te enriquecerás de alegría.  
Pablo, en la segunda lectura, desafía el discurso de la autorrealización personal. Reconoce sus limitaciones y atribuye todos sus logros al poder de Dios. Ni a su esfuerzo, ni a su elocuencia, sino al Espíritu Santo. Pero no tiene miedo a salir para anunciar a Cristo. De esta manera, cualquier éxito será únicamente obra de Dios, y él no tendrá motivo de vanagloria.
Jesús nos invita a ser sal y luz: a dar sabor a la vida, a dar claridad al mundo. ¿Cómo podemos ser sal y luz en medio de tanta tiniebla, tanto caos y tanta insipidez como nos rodea? Llenándonos de él. Saliendo al mundo, rompiendo nuestro confortable nido de egoísmo. Nosotros hemos de dar el paso, él nos dará la sabiduría y la luz. Como pequeñas candelas (las que encendimos el pasado día 2 de febrero en la fiesta de la Presentación del Señor), en nosotros se enciende el fuego del gran velón pascual, que es Jesús. No podemos compararnos a él, pero el fuego ¡es el mismo! En nosotros arde el mismo Espíritu Santo que llena a Jesús. Si nos entregamos, esa pequeña llama rasgará las tinieblas y ofrecerá calor y esperanza a un mundo tan falto de ella.

2023-01-27

Las bienaventuranzas - 4º Domingo Ordinario A

El evangelio del 4º Domingo del Tiempo Ordinario nos presenta uno de los pasajes más conocidos de las escrituras: las bienaventuranzas. ¿Qué significan estas afirmaciones aparentemente tan contradictorias? ¿Por qué Jesús bendice a los pobres, a los perseguidos, a los que lloran? Pero también a los compasivos y a los sedientos de justicia. La alusión a los antiguos profetas es clave. ¿Qué nos está diciendo Jesús? 

Lecturas: Sofonías 2, 3; 3, 12-13; Salmo 145; 1 Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12.

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¿Un mundo al revés?

Quien quiera ganar su vida, la perderá, y quien la pierda por mí y el evangelio, la ganará, dijo Jesús en una ocasión. Hoy podríamos decir: quien sólo se busca a sí mismo, se perderá; quien busque a Jesús lo encontrará, y también se encontrará a sí mismo, y su vida renacerá.

Jesús enseña a sus discípulos. Su pedagogía es muy clara: Jesús no engaña, no hace literatura ni publicidad para convencer a nadie. Explica muy claramente los riesgos y dificultades de seguirle, pero tampoco calla el resultado. Quien se arriesgue, ganará una felicidad y una plenitud que nada ni nadie en la tierra puede otorgar. Alguien dijo que las bienaventuranzas son «el mundo al revés». En realidad, son sabiduría de Dios, que a menudo choca con las tendencias de nuestro mundo.

El mundo es experto en vender, por eso los eslóganes de los gurús del bienestar nos atraen y nos seducen más que la crudeza del evangelio. Dios, en cambio, es experto en dar. No quiere vendernos nada ni encandilarnos, por eso a veces rechazamos su camino. Sabemos que al final hay una hermosa cumbre, ¡pero nos cuesta subir la pendiente!

Si tuviéramos que trasladar a lenguaje de hoy las bienaventuranzas del evangelio quizás podríamos oír algo así como…

El mundo dice: cree en ti mismo y sé autosuficiente, y no necesitarás a nadie para ser feliz. Jesús dice: feliz tú que reconoces con humildad quién eres y quién es Dios. Le llamarás en tu necesidad, y él estará a tu lado.

El mundo dice: esfuérzate, lucha por ser el mejor, compite por ser el primero, y tendrás éxito. Jesús dice: no quieras competir ni pisar a nadie, sé dócil y coopera, y todo el mundo será tu hogar.

El mundo dice: sé optimista. Piensa en positivo, rechaza el dolor. Jesús dice: quien ama no se librará de sufrir, pero no hay una sola lágrima derramada por amor que no sea recogida por Dios.

El mundo dice: ámate a ti mismo por encima de todo y no te pongas límites; tu deseo es la ley, toma lo que deseas. Jesús dice: felices cuando ansiéis la justicia y os preocupéis por los pobres y los desvalidos. Dios está con vosotros.

El mundo dice: que cada uno cargue con lo suyo; tú defiende tus intereses y persigue tus metas. Jesús te dice: sé solidario y ten compasión, y cuando necesites ayuda, otros te apoyarán.

El mundo dice: Dios no existe. Mira a tu alrededor, ¿dónde lo ves? Jesús te dice: aprende a escuchar en el silencio y descubrirás a Dios en medio del mundo.

El mundo dice: protégete del extranjero, marca territorio, pon barreras. Jesús dice: no construyas muros, sino puentes; no busques las diferencias, sino la unidad. 

¿Es el mundo al revés? No. Lo que Jesús propone no es locura ni imposible: es el mundo donde se gesta el reino de Dios. El mundo que todos, en el fondo del corazón, anhelamos y necesitamos tanto como el aire para respirar. Es el mundo «a modo de vida»: rescatado del mal y renacido. Un mundo que no se alcanza sin dolor, pero que trae en sí la semilla de una perenne y profunda alegría.

2023-01-20

Pescadores de hombres - 3r Domingo Ordinario A

Jesús va a Galilea y empieza a anunciar el reino de Dios. Junto al mar de Galilea, llama a sus primeros apóstoles, los pescadores Simón, Andrés, Santiago y Juan. Lecturas: Isaías 8, 23b-9, 3; Salmo 26; 1 corintios 1, 10-13, 17; Mateo 4, 12-23

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Convertíos porque se acerca el reino de Dios, predicaba Juan Bautista. Jesús retomó su predicación diciendo casi lo mismo: Convertíos, porque el reino de Dios está cerca. Pero Jesús ya no habla de un futuro. Esa cercanía es presencia inmediata, es proximidad, es vida entre los hombres. Podríamos decirlo, en palabras actuales: Cambiad de vida porque… ¡Dios está aquí! Dios está entre nosotros. Sabiéndolo, ¡nuestra vida no puede seguir siendo igual!

Isaías habla de una tierra en tinieblas, olvidada y castigada por los conquistadores de la historia. También nosotros a veces somos tierra devastada: nos sentimos herederos de un pasado penoso, golpeados por las circunstancias y a veces desamparados y muy solos. Pero Dios no se olvida de esa tierra marginada; tampoco se olvida de nosotros. La gran luz que surge para iluminarla es Jesús: él mismo, que viene a cambiarlo todo. Y viene justamente a quienes más abandonados se sienten. Solo basta con que nos abramos a recibir esa luz.

¿Querremos abrir las puertas del alma y recibir a este invitado que viene, con su fuego, a dar calor a nuestra existencia? ¿Nos atreveremos a dejarnos amar por Dios? Todos queremos luz, pero a veces nos da vértigo aceptar tanto amor. ¿Por qué? Por orgullo, por miedo, porque no queremos comprometernos a responder... Dios nos rescata. Está siempre ahí tendiéndonos la mano. El mundo es una riada desbordada, que nos arrastra y amenaza con ahogarnos. Él es el primer pescador de hombres que, en su barca, navega por las aguas turbulentas para salvarnos. ¿Nos dejaremos rescatar? Quizás este sea el primer gran cambio al que nos invita a Jesús. No tengamos miedo, abrámonos a su palabra. Porque, una vez Dios entra en nuestra vida, ¡todo lo renueva!

Y ¿qué ocurre con las personas que hemos sido rescatadas? Jesús dirá nuestro nombre y nos invitará: Venid conmigo y os haré rescatadores. Venid los que ya habéis sido salvados, y me ayudaréis a salvar a otros. Si fuéramos náufragos rescatados del mar embravecido, una vez repuestos y fortalecidos, ¿no sería una respuesta natural y generosa ayudar a salvar a otros? Los discípulos responden de inmediato. Dejan las redes —su trabajo, su ambiente, su lugar familiar, todo—y lo siguen. Sin dudas, sin demora, sin vacilar. Ante una llamada de Jesús, no cabe otra respuesta. A partir de entonces, la vida se convierte en una aventura llena de sorpresas, con ninguna certeza humana, pero con toda la seguridad divina. Estamos cooperando con Dios, él lleva las riendas, y con él no hay tinieblas ni derrota.

2023-01-13

Jesús el Cordero de Dios - 2º Domingo Ordinario A

Cuando Juan Bautista ve llegar a Jesús, reconoce en él al hijo de Dios y al mesías esperado. La expresión Cordero de Dios recoge la misión de Jesús y el sentido de su vida. ¿Cómo entenderla hoy? En este vídeo reflexionamos sobre ella y las implicaciones que tiene para la vida de los cristianos. Lecturas: Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1 Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34.

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Las tres lecturas de hoy nos hablan del profeta y el apóstol. ¿Quién es? Un enviado de Dios. Alguien que se ha sentido amado y llamado, alguien que ha experimentado su amor y es impulsado a comunicarlo. Alguien cuya vida ha sido transformada y quiere transmitir esa luz a los demás. El profeta y el apóstol no son gurús de una secta ni maestros para un grupo selecto de iniciados: si misión es llevar una buena noticia a todo el mundo, sin discriminar a nadie. Por eso Isaías habla de ser luz de las naciones y san Pablo dice que el pueblo santo de Dios es todo aquel que invoque el nombre de Jesucristo, allá donde sea. El pueblo de Dios no tiene fronteras ni está limitado por una cultura, una lengua o una nacionalidad.

El evangelio de hoy nos habla de un profeta, el último y el más grande, Juan Bautista. Juan pudo ver algo que sus predecesores no vieron: el mismo Hijo de Dios que otros anunciaban, él lo tuvo ante sus ojos. Lo que para Isaías y los profetas era una promesa del futuro para Juan se convierte en realidad presente. Dios ya no se hace esperar más y viene, en persona, a la tierra. Viene para estar con nosotros y, viviendo y muriendo con nosotros, enseñarnos a vivir de una manera nueva, resucitada, plena. Con él las puertas del cielo se abren y lo divino y lo humano, lo natural y lo sobrenatural, queda totalmente comunicado.

Pero ¿cómo viene este Hijo de Dios? Quizás el mundo esperaba un Salvador triunfante que llegara con majestad, con poder, con signos milagrosos indiscutibles. Un rey, un guerrero, un sacerdote, un hacedor de milagros. Y sí, Jesús es rey, es sacerdote, obra milagros y lucha sin descanso contra el mal. Pero no de la manera que podríamos imaginar. No a la manera humana, pomposa y tendiendo al espectáculo y a la vanidad. Jesús viene con la multitud de galileos, se pone a la cola para hacerse bautizar, aparece como un hombre más, humilde, dispuesto a servir y no a ser servido; obediente al Padre y no conquistador; pacífico y no destructor. ¿Cómo definirlo? Juan exclama: ¡Es el Cordero de Dios! Cordero: manso, víctima para poder alimentar a otros. Así se define Jesús. Él no viene a avasallar ni a impresionar a nadie. No viene a derrumbar imperios sino a conquistar almas, salvándolas con dos únicas armas: su amor y su palabra viva, liberadora y sanadora.

2023-01-07

El Bautismo de Cristo

En el río Jordán, Jesús recibe el bautismo de Juan y la unción del Espíritu Santo del Padre celestial. Allí toma conciencia plena de su filiación divina y da comienzo a su misión evangelizadora.

Lecturas del día: Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17.

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Consciente de ser Hijo de Dios

Cerramos ya el ciclo de Navidad con el Bautismo de Cristo, otra de las manifestaciones de Dios hecho hombre. Este momento marca el inicio del ministerio público de Jesús, siendo él plenamente consciente de su filiación con el Padre.

Los evangelios no relatan apenas nada de la infancia y la adolescencia de Jesús. Durante sus primeros treinta años de vida, vivió como un hebreo más, pero posiblemente fue un hombre con grandes inquietudes intelectuales, culturales y sociales. Algunos exegetas piensan que quizás viajó y conoció culturas diversas. Finalmente, llegada su adultez, Jesús decide no quedarse en Nazaret, con su familia, e iniciar su empresa evangelizadora.

El bautismo es el momento en que toma conciencia plena de su filiación divina y comprende que ha de empezar su misión. Ya se siente preparado y se lanza a iniciar un itinerario que no será fácil, en absoluto. Sufrirá un fuerte rechazo por parte de los poderes religiosos de su tiempo y por algunas fuerzas políticas. 

Llamado a revelar el corazón de Dios


Jesús no puede emprender su tarea apostólica sin una profunda convicción y coherencia con aquello que cree. Predica la buena nueva, la noticia del Dios amor. En la lectura de Isaías, cuando se habla del elegido del Señor, se define muy bien su labor ministerial: curar a los enfermos, devolver la vista a los ciegos, liberar de las tinieblas a los que viven en mazmorras. Este es el trabajo de Jesús: revelar un sentido totalmente nuevo de la vida a partir de la experiencia íntima que tiene con Dios. Tras el bautismo, ya está preparado para la gran batalla: empezar, con todas sus fuerzas, a descubrir las entrañas del corazón de Dios. Un Dios que para Jesús es un Dios Padre, un Dios cercano, que se aproxima a la realidad de los hombres y mujeres de su tiempo; un Dios que desea que el hombre encuentre el sentido de su existencia. 

La misión de los cristianos


¿Qué consecuencias podemos sacar del episodio del bautismo en el Jordán? Haciendo un salto analógico a la realidad que vivimos los creyentes del siglo XXI, en esta era digital, de la cultura tecnológica, los cristianos deberíamos ser muy conscientes de que también estamos aquí para culminar una misión. Estamos de paso hacia una realidad hermosísima que nos ultrapasa. Una primera consecuencia que podemos derivar de este evangelio es la experiencia de sentirnos hijos de Dios. Jesús vivió esa sintonía en plenitud: la escena del Jordán nos revela la relación paterno-filial entre Jesús como Hijo y Dios como Padre. Por tanto, la pregunta que cabe hacerse es: ¿Nos sentimos hijos de Dios?, ¿nos sentimos hijos del Padre? Desde nuestra condición de bautizados y confirmados, que participamos asiduamente en la eucaristía, ¿sentimos una comunión especial con Aquel que siempre nos amó, desde el momento en que nos formó? 

Una segunda pregunta que debiéramos hacernos es esta: ¿reconocemos a Dios como nuestro Padre? Y una tercera: ¿nos abrimos en nuestra experiencia cristiana al soplo del Espíritu Santo que reposa sobre Jesús y también sobre nosotros, como cristianos?

Jesús es la persona adulta que lleva a cabo el cometido de la redención del mundo. ¿Somos conscientes de nuestra misión apostólica?

Alcanzar la madurez cristiana


Este evangelio es una llamada a redescubrir nuestra identidad cristiana, y reforzar nuestra unión profunda con Cristo. Siendo la liturgia importante, así como la oración, es fundamental el compromiso de salir afuera y testimoniar, anunciar, encarnar, ese deseo de Dios para nuestras vidas. Si nos quedamos aquí, en nuestras comunidades y parroquias, estamos muy bien, pero es como si los hijos nunca salieran de sus casas.  Llega el momento en que los hijos han de crecer, madurar y salir de sus hogares para proyectarse, profesional, laboral e intelectualmente. Por tanto, también llega un momento en que los cristianos hemos de salir de nuestros orígenes familiares y culturales para convertirnos en cristianos adultos. Los niños reciben formación en la catequesis, pero los adultos hemos de dar un paso más allá. 

Ya no somos niños, adolescentes o personas pusilánimes, temerosas… ¿de qué? Los adultos se atreven, son valientes, responsables, maduros; asumen responsabilidades. Nosotros, como bautizados y cristianos, estamos llamados a tomar parte de ese gran trabajo misionero de la Iglesia. El evangelio que hemos leído refleja la toma de conciencia de Jesús de que ha de comenzar su vida pública. No puede quedarse en casa. Hoy vemos que muchos jóvenes, con treinta años cumplidos, aún viven en sus hogares paternos. Entendemos que no es sencillo para ellos independizarse, dadas las dificultades y el encarecimiento de las cosas, pero en la vida hay que arriesgarse. Y aún más si es por Dios. 

Hemos decidido configurar nuestra existencia en torno a la figura de Jesús de Nazaret. Hemos decidido que él sea la referencia de nuestra vida. Llenos de Dios, estamos llamados a contribuir, como Iglesia, al gran cometido de la expansión de la noticia del Reino de los Cielos.

Los cristianos en el mundo


Además de alimentarnos con la eucaristía y la formación, hemos de ser conscientes de nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Es verdad que el mundo no ayuda. En nuestra sociedad, lo vemos en los medios de comunicación y nos alertan los sociólogos, se da una progresiva frialdad y lejanía de los valores cristianos. Justamente por esto se hace más que nunca necesario recordar nuestras raíces cristianas, vivirlas y tomar una decisión.

En su encíclica Spe Salvi, “Salvados por la Esperanza”, Benedicto XVI nos recuerda esta misión. Los cristianos hemos de convertirnos en referentes de esperanza para un mundo totalmente caído. ¿Qué hacemos? Estamos aquí porque hemos decidido que Cristo invada nuestra vida. A partir de ahora, nos llama a ser co-partícipes de la redención. Todos estamos llamados a salvar almas. La gente está perdida, desorientada, confunde los dioses. Es muy necesario hacer una tarea pedagógica, instructiva, aclaratoria, sobre lo que significa ser cristiano y lo que conlleva esta actitud. 

Finalmente, podemos sentimos inseguros, o quizás dudamos de nuestras capacidades. Tal vez nos alegramos de sentirnos salvados, pero tememos ir más allá. ¿Qué podemos transmitir? La respuesta, sin embargo, es rotunda. ¿Por qué colaborar con Cristo en su tarea misionera? Porque también somos hijos amados de Dios. El Espíritu Santo también ha descendido sobre nosotros. Siempre que bautizo a un niño, pienso: “aquí tenemos a otro hijo amado de Dios”, otro niño predilecto. Todos nosotros somos hijos predilectos de Dios. Él nos ha amado primero, desde el mismo instante en que fuimos concebidos. Nos ha dado los dones más grandes, la vida natural y también otra vida, que es eterna. Qué menos podemos hacer que devolver con gratitud ese amor y sumarnos a su deseo de salvación para todo el mundo.

2022-12-30

Santa María Madre de Dios

Lecturas del día: Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21.

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Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y quedar inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresa de Lisieux decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón.

2022-12-23

Día de Navidad - En él estaba la vida

El día de Navidad leemos el prólogo de san Juan, un grandioso himno sobre la Creación y la Encarnación de Dios.

La Navidad es la fiesta del nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre. Es una fiesta de la vida, de la luz, del renacer y de la esperanza. Es también una llamada a alcanzar la cima de nuestra existencia: ser auténticos hijos de Dios y sentirnos ungidos por su gracia y por su verdad.

Lecturas. Isaías 52, 7-10; Salmo 97; Hebreos 1, 1-6; Juan 1, 1-18.

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El otro día en catequesis expliqué a los niños que Dios, cuando vino al mundo, no quiso nacer como hijo de reyes, sabios o famosos. Tampoco nació en un palacio ni en una gran ciudad como Roma. Al contrario, nació en un establo, María y José eran muy humildes y el nacimiento del niño pasó desapercibido. Sólo se enteraron unos pocos pastores, sus vecinos y unos sabios despistados venidos de Oriente. ¿Por qué creéis que Dios eligió venir así?, pregunté a los niños. ¿No hubiera sido más lógico venir de otra manera, para que todos pudieran conocerlo y adorarlo con admiración?

Algunas niñas dieron respuestas reveladoras. Dios quiere ayudarnos, dijo una. A Dios le gusta la gente sencilla y pobre, contestó otra. Y una tercera dijo: Dios quiere que seamos como él, por eso él se hace como nosotros. ¡Creo que pocos teólogos podrían mejorar esta respuesta!

Sí, Dios se hace uno de nosotros, se humaniza porque quiere divinizarnos y compartir su reino con nosotros. La gran noticia no es sólo que Dios exista… ¡Es que Dios está de nuestra parte! Está realmente con nosotros, no solo por encima, ni en las honduras insondables, sino codo a codo, al lado, compartiendo nuestras alegrías y dolores, nuestras miserias y sueños. Con el nacimiento de Jesús se ha tendido un puente entre el cielo y la tierra, que ya nadie podrá derribar. La tierra, como dijo un poeta, está empapada de cielo. El mundo está envuelto en cielo, mecido en brazos de Dios igual que él lo estuvo en brazos de María, la mujer, la madre, la hija de la tierra.

Con toda la modestia de su nacimiento, Jesús no deja de ser la Luz, que es «la vida de los hombres». Con él empieza un cielo nuevo y una tierra nueva, rejuvenecida por el torrente de amor divino. Por eso con su nacimiento el cielo está de fiesta y los ángeles cantan. Nosotros, que somos ciudadanos del cielo, también estamos de fiesta hoy, porque las consecuencias de ese nacimiento duran hasta hoy y duraran hasta el final de los tiempos. Vivamos la Navidad con sobriedad y sencillez. Que el trajín de las fiestas no nos haga olvidar su sentido. Que sea de verdad una fiesta de encuentro, donde se hagan ciertas las palabras de Jesús: «donde estén dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo». No olvidemos al primer invitado a estas fiestas. Abramos nuestro hogar a Jesús, que está a la puerta y llama.

2022-12-17

La criatura es del Espíritu Santo - 4º Domingo de Adviento

«Cuando José se despertó del sueño, hizo como el ángel le había indicado.»
Mateo 1, 18-24

Lecturas del día: Isaías 7, 10-14; Salmo 23, Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24.

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«La Virgen concebirá y dará a luz a un hijo, que será llamado Dios-con-
nosotros». El evangelio de hoy recoge una antigua profecía de Isaías.

El rey Acaz no osa pedir una señal a Dios, pero Dios se la ofrece. ¿Qué
señal es? Una joven dando a luz a un niño. Parece que de Dios
deberían esperarse señales sobrenaturales o espectaculares, signos
inequívocos de su grandeza y poder. Pero una virgen dando a luz...
¡Cada día nacen millones de niños en el mundo! ¿Qué hay de
extraordinario en ello? ¿Qué hay de prodigioso?

Cuando Dios se hace hombre, se encarna y es concebido en el vientre
de una madre, como cualquier niño. Y además lo hace en el seno de
una familia modesta, en un pueblo pequeño, en un rincón insignificante
del vasto Imperio Romano. Dios no viene al mundo al son de trompetas,
rodeado del lujo de un palacio o el prestigio de una familia real. Esto
nos dice mucho de la forma de actuar de Dios. No quiere avasallarnos
ni someternos con la evidencia de su poder. Dios actúa en la historia,
siempre. Pero lo hace con inmensa delicadeza y respeto, con
discreción, incluso en el silencio y en el secreto. No quiere forzar ni un
ápice nuestra libertad. Así es como Dios va trabajando, valiéndose de
medios naturales y humanos, del sí y la cooperación de personas como
María y José. Personas normales y corrientes como nosotros, llamados
a vivir una vida renovada desde la fe en Cristo, como dice San Pablo.

Tanto José como María supieron ver las cosas en profundidad.
Supieron leer lo sagrado oculto tras lo cotidiano. Supieron entender el
lenguaje de Dios, con palabras humanas y sentido divino. Detrás de la
concepción del niño comprendieron la obra del Espíritu Santo. José y
María son los primeros ciudadanos del reino de Dios, el mundo
resucitado, libre de culpas y males. Un mundo que está gestándose,
como el bebé en el vientre materno, llamado a vivir la plenitud de Dios.
Los grandes misterios no están aparte de la realidad llana y sencilla de
cada día. Más bien nuestra realidad es una parte de un gran misterio:
el plan de Dios para el universo y para nosotros. Un plan que comienza
con la creación y da un salto con la encarnación de Jesús. Lo hermoso
de este plan es que Dios, en todo momento, cuenta con nosotros.