Este blog pretende reflexionar sobre los evangelios dominicales de los tres ciclos litúrgicos, proporcionando un material que ayude a laicos y a sacerdotes a hacer una lectura del mundo de hoy a la luz de la palabra de Dios.
2021-02-26
2021-02-18
1 Domingo de Cuaresma - ciclo B
«Ha llegado el tiempo, el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la buena nueva.»
Marcos 1, 12-15
Descarga el texto de la homilía aquí.
2021-02-11
6º Domingo Ordinario - ciclo B
«Quiero: queda limpio.» Al instante la lepra desapareció...
Marcos 1, 40-45
2021-02-04
5º Domingo Ordinario - ciclo B
«Él le dio la mano, la hizo levantar, desapareció la fiebre y ella misma se puso a servirles.»
Marcos 1, 29-39
2021-01-29
4 Domingo Ordinario - ciclo B
«¿Qué significa todo esto? Enseña con autoridad una doctrina nueva.»
Marcos 1, 21-28
2021-01-22
3r Domingo Ordinario - ciclo B
«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres».
De inmediato, ellos dejaron las redes y fueron en pos de él.
Marcos 1, 14-20
2021-01-15
2021-01-08
2021-01-05
Epifanía del Señor
¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo.
Mateo 2, 1-12
2021-01-01
2020-12-31
2020-12-26
Sagrada Familia - ciclo B
Ahora, deja que tu sirviente se vaya en paz, como le habías prometido.
Mis ojos han contemplado al Salvador...
Lucas 2, 22-40
2020-12-18
2020-12-10
2020-12-03
2020-11-26
2019-11-21
Rey hasta en la cruz
34º Domingo Ordinario - A
Jesucristo, Rey del universo
Lecturas:
2 Samuel 5, 1-3
Salmo 121
Colosenses 1, 12-20
Lucas 23, 35-43
Homilía
La carta de San Pablo, hoy, nos recuerda algo fundamental.
Nos admira el universo y la belleza de todo lo creado, y damos gracias a Dios
por ello. Pero Dios ha hecho algo más que un mundo magnífico. Nos ha creado a
nosotros, a su imagen, y nos llama a vivir en su misma plenitud. Esta era la
intención inicial de Dios. Sin embargo, para hacernos semejantes a él, tenía
que crearnos libres. Y es la libertad la que nos da la opción de elegir.
Podemos aceptar el plan de Dios, podemos rechazarlo o enfrentarnos a él. Cuando
concebimos otros planes, dándole la espalda, es cuando comienzan las luchas de
poder y el mundo entra poco a poco en el caos.
Pablo nos explica que la gran misión de Jesús fue venir a
reconciliarnos con Dios. Él nos enseña otra forma de vivir, en amistad con el Padre
Creador. La reconciliación abarca no sólo a los seres humanos, sino a toda
creatura: «Dios ha querido reconciliarse con todo el universo, poniendo paz en
todo lo que hay en la tierra y en el cielo, por la sangre de la cruz de
Jesucristo».
¿Qué sentido tiene la muerte de Jesús? Humanamente, es una
tragedia, porque se trata de la condena injusta de un hombre bueno. Un hombre
que, según judíos y romanos, se atrevió a proclamarse rey, desafiando la
autoridad. Desde esta perspectiva, la muerte de Jesús es una locura absurda.
Pero Jesús no es sólo un hombre bueno, sino Dios. La muerte del mismo Dios, a
manos de sus hijos, tiene un sentido tremendamente más hondo.
Si podemos entender el gran amor de un padre o una madre que
dan la vida por sus hijos, podremos atisbar el amor de Dios, que sacrifica su propia
vida humana para rescatar a todos. Su muerte nos da vida; su resurrección nos resucita.
Como dice Pablo, esa muerte nos libera del poder de la tiniebla y nos abre la
puerta al reino de la luz, es decir, de la vida eterna.
Un buen rey, en la mentalidad del antiguo Israel, es el que
se entrega para servir a los suyos. Por eso Cristo, en la cruz, herido,
agonizante, con aspecto deplorable, es rey. Sigue siendo rey, aunque está
clavado de pies y manos, porque se ha entregado hasta el extremo. Es soberano
porque sigue siendo libre: se ha dado a sí mismo con plena consciencia y
voluntad.
El ladrón crucificado a su lado es el único, entre todos los
que contemplan la escena, que lo sabe ver. A las puertas de la muerte quizás
las cosas se ven más claras… Este bandido, mirando a Jesús, descubre lo que
nadie más ha descubierto: que ese hombre crucificado, bajo un cartel casi irónico,
es realmente quien dice ser. Y le suplica, como un vasallo a su monarca, que
tenga piedad de él. Jesús hace su último gesto de realeza: «Esta noche estarás
conmigo en el paraíso». Es un gesto de clemencia y magnanimidad, un gesto
propio de Dios, que no quiere perder a ninguno, que quiere salvarnos a todos. Aun muriendo, puede rescatar.
Esta es la realeza de Cristo, el único rey que no toma nada
de sus súbditos, sino que da su vida por ellos. Contemplémoslo en la cruz. Dejemos
que su cuerpo herido nos hable y su sangre nos limpie el corazón para poder
sentir y experimentar la bondad tan grande que derrama sobre nosotros. Del rostro
de este rey, muerto de amor por nosotros, emana toda sabiduría y un caudal de
vida inmensa, que sólo espera ser acogida.
2019-11-14
Resistir es vencer
33º Domingo Ordinario - C
Lecturas:
Malaquías 3, 19-20a
Salmo 97
2 Tesalonicenses 3, 7-12
Lucas 21, 5-19
Homilía
En la carta de Pablo y en el evangelio de este domingo asoma
un tema de fondo: el fin del mundo. En tiempos de crisis, esta es una
preocupación que agita a las gentes y provoca actitudes un poco extremas, o de miedo
o de pasotismo. Algunos se angustian innecesariamente, obsesionados por un fin apocalíptico.
Otros, en cambio, puesto que todo ha de terminar pronto, piensan que más vale no
preocuparse por nada, ni afanarse por trabajar, ni adquirir responsabilidad
alguna.
Esto sucedía en la comunidad de Tesalónica. Algunos
cristianos, creyendo inminente el fin del mundo, dejaban de trabajar y, al
estar ociosos, se entrometían en las vidas ajenas, provocando toda clase de
problemas. Pablo les escribe y les da una buena reprimenda. Él siempre ha sido
ejemplo de hombre trabajador, que no quiere vivir a expensas de nadie. Les
recomienda vivir con honestidad y trabajar, y pronuncia esa famosa frase:
«Quien no trabaje, que no coma». Está advirtiendo contra la falsa espiritualidad
del quietismo, tan tentador y dañino como el activismo.
Jesús también se encuentra con mucha gente preocupada por el
fin. Le preguntan, como profeta, cuándo será. Todos buscan señales. Esta
obsesión se ha repetido una y otra vez a lo largo de la historia, y aún hoy
existen grupos religiosos que viven centrados en el fin del mundo, en la
salvación y en la condenación. Otros grupos, no tan religiosos, sino más bien aficionados
a las conspiraciones y al esoterismo, comparten esa convicción.
Jesús nos quita todas esas telarañas de la cabeza. Advierte que
aparecerán muchos anuncios de falsos mesías, y esto ha sido así, y aún lo vemos
hoy. No les hagáis caso, nos dice. Después, enumera una serie de catástrofes
que afligen a la humanidad: guerras, pestes, terremotos… Esto también está
sucediendo hoy, y si le añadimos el cambio climático, muchos podrían creer que
el fin del mundo se acerca. Hace dos mil años, pensaban lo mismo.
Guerras, hambre, enfermedades y desastres naturales son el
pan de cada día y los hemos visto siempre a lo largo de la historia. Jesús dice:
«el final no vendrá de inmediato». No vale la pena perder el tiempo en cábalas.
En cambio, nos avisa a los cristianos de otro mal terrible que llegará: la
persecución.
Y esto también lo hemos visto en diversas épocas de la
historia. Fueron perseguidos los primeros cristianos, y hoy lo son también, en
muchos países del mundo donde son expulsados, maltratados, asesinados y
despojados de casas y bienes. El colectivo cristiano es uno de los que más
sufren hoy en el mundo, y no siempre se presta la suficiente atención a los
crímenes que se cometen contra tantos creyentes.
La solidaridad hacia ellos también es insuficiente: los
cristianos que vivimos en países donde aún podemos practicar nuestra fe en
libertad deberíamos ser muy conscientes de lo que está ocurriendo. Porque, el
día de mañana, bien pudiera ser que la persecución nos alcanzara, de una manera
u otra. En el plano político, mediático y cultural, ya se está dando. Cada vez
son más los gobiernos que, disfrazados de buenismo, pero con intenciones mucho
más autoritarias, intentan eliminar los valores cristianos de la sociedad. Quieren
imponer un pensamiento único para uniformar las conciencias y crear una
sociedad de consumidores sin voluntad, obediente y dócil a sus dictados. La
gente no se da cuenta de que, matando al cristianismo, lo que se está matando
es la libertad, la dignidad y la humanidad.
¿Qué hacer en tiempos de crisis, persecución e
inestabilidad? Sigamos los consejos de Jesús y de Pablo. Por un lado, vivamos
con esperanza y trabajemos sin cesar para ganarnos el pan. Por otro, confiemos
en Dios. Dice Jesús que no vale la pena pertrecharse y armarse de defensas
retóricas. Ante el tribunal humano, el Espíritu Santo nos dará palabras para
defendernos, con una elocuencia y una sabiduría, dice Jesús, que nadie podrá
rebatir. Él hablará por nosotros, no tengamos miedo. Y tanto Jesús como Pablo
nos piden perseverancia y paz: resistir es vencer. «Con la constancia salvaréis
vuestras vidas.»
2019-11-07
Consuelo eterno y esperanza dichosa
32º Domingo Ordinario - C
Lecturas
2 Macabeos 7, 1-14
Salmo 16
2 Tesalonicenses 2, 16-3, 5
Lucas 20, 27-38
Homilía
En su segunda carta a los tesalonicenses, que leemos hoy,
san Pablo alienta a sus comunidades. Les recuerda que Dios nos ha regalado una
vida eterna, resucitada, de manos de su hijo, y los invita a vivir con buen
ánimo y esperanza, sin hundirse por las dificultades ni las persecuciones. Él mismo
escribe desde la cárcel. Los barrotes no han podido aprisionar su libertad
interior, ni abatir su fe. El confinamiento no le ha robado la energía ni el
deseo de seguir evangelizando. Atado de pies y manos, su palabra continúa
siendo libre y vuela lejos.
Los cristianos de hoy, que vivimos inmersos en mil afanes,
con muchos problemas, y algunos muy complejos, quizás perdemos la perspectiva.
Se nos olvida alzar la mirada al cielo y pensar que Dios está ahí, con
nosotros, sosteniéndonos. Se nos olvida que el final de este camino por la
tierra, sea como sea, será un final feliz. No vivimos una tragedia sin
solución. Jesús nos ha ofrecido un «consuelo eterno y una esperanza dichosa»,
como dice Pablo, y no nos está engañando. Murió y resucitó para ofrecérnoslo, y
vino para comunicarlo. Nuestra fe no es ciega ni ilusa: se nutre de testimonios
reales de hechos reales. Se nutre de pruebas fehacientes que Dios nos ha dado. A
veces, creer no es tanto una cuestión de razón o de pruebas, sino de elección.
Para quien no quiere creer, ni una evidencia podrá convencerlo. Quien tiene el
corazón abierto, creerá sin necesidad de ver, por el testimonio.
La resurrección
es el gran tema de las lecturas de hoy. En las dos primeras vemos cómo la
esperanza en ella fortalece a los mártires. Los hermanos Macabeos mueren con
gallardía, sin achicarse y sin ceder a las exigencias de sus torturadores,
porque esperan renacer en la vida eterna. San Pablo soporta persecución y
cárcel porque ya está viviendo en Cristo, sostenido por él, anticipando la
eternidad.
Jesús, en el evangelio, se enfrenta a los escépticos
saduceos. Como tantos hombres y mujeres de hoy, estos saduceos, que se las dan
de cultos, modernos, agudos y un tanto irónicos, le preguntan a Jesús quién
será el esposo de una viuda que ha enterrado a siete maridos. ¿A quién
pertenecerá la mujer en el cielo? Con una burla pretenden echar por tierra la creencia
en una vida eterna.
Al reto de los saduceos, Jesús responde con otro reto. Si habláis
del «Dios de Abraham, Isaac y Jacob», ¿dónde están estos? Si están muertos,
entonces tenemos un Dios de muertos, lo que equivale a decir un Dios muerto. ¡Ni
siquiera los saduceos se atreverían a afirmar esto! Por tanto, si Dios está
vivo, ellos están vivos, resucitados con él. Los muertos resucitan. Con esta
frase tan querida de la Torá, Jesús echa por tierra la burla de sus oponentes.
Quien se mofa o se niega a creer es porque se ha quedado con
una visión muy pobre de la realidad. Sólo ve a ras de tierra. Ignora toda la
dimensión espiritual, que no se ve ni se toca, pero que es definitiva para dar
hondura y sentido a nuestra vida. No seríamos lo que somos, ni serían posible
el arte, la ciencia y la bondad, si no existiera el alma. Y el alma pertenece a
Dios, que no está en el plano físico, sino en esa otra vida que aún no podemos
imaginar. No sabemos cómo será la vida eterna, pero allí las cosas no serán
como aquí. Jesús dice que seremos «como ángeles», es decir, inmortales, y no
será necesario casarse ni procrear. Seremos «hijos de Dios» e «hijos de la
resurrección». Porque Dios está vivo, y todo el que vive en él no perece para
siempre.
2019-10-31
Zaqueo: hoy se ha salvado esta casa
31º Domingo Ordinario - C
Lecturas:
Sabiduría 11, 22-12
Salmo 144
2 Tesalonicenses 1, 11 - 2, 2
Lucas 19, 1-10
Homilía
El evangelio de este domingo nos cuenta la historia de
Zaqueo, el recaudador de impuestos convertido tras la visita de Jesús. Un
hombre codicioso, amante del dinero, experimenta tal cambio que decide devolver
lo injustamente cobrado, e incluso con creces. Jesús dice: «Hoy se ha salvado
esta casa», porque realmente en ella se ha producido un milagro. Un adorador
del dinero se ha convertido en un hombre generoso. Que una persona cerrada en
sí, volcada en sus propios asuntos, se abra a los demás y se preocupe por el
bien de otros es, sin duda, el mayor de los milagros. Y el cielo se alegra,
porque otro hijo perdido ha vuelto al hogar.
Podemos extraer varias enseñanzas de este episodio. El
primero es que todo ser humano, por miserable que nos parezca, es hijo de Dios.
Jesús va a buscar a las ovejas perdidas, y en este caso la oveja perdida es un
hombre rico. El personaje de Zaqueo nos resulta simpático desde la distancia,
pero si fuera hoy… Pensemos en alguien que se ha enriquecido a costa de los
demás, usando del fraude, la extorsión y el abuso. En alguien que ha explotado
a sus trabajadores, o se ha valido de enchufes y sobornos para lucrarse. ¿Qué
sentiríamos hacia todos los Zaqueos que nos rodean?
Jesús llama a Zaqueo y lo mira, no como a un odioso
recaudador, sino como a un ser humano. Y es esta mirada la que empieza a
sacudir el mundo interior de Zaqueo. Sin embargo, él ya buscaba algo. Cuando Zaqueo
se encarama a la higuera para poder ver a Jesús, es porque se ha dado cuenta de
que en la vida no todo es el dinero y la riqueza. El alma humana pide algo más.
Dios jamás nos fuerza ni nos obliga, pero cuando advierte
que tenemos sed de él, corre a darnos su agua de vida. Jesús ve en el corazón
de Zaqueo ese deseo que todos tenemos de amistad, de sentir que nuestra vida es
útil y marca una diferencia para alguien. En el fondo, lo que anhelamos no son
los bienes materiales, sino que nuestra vida tenga sentido y que esté unida a
la de otros. A veces, por miedo o malas experiencias, nos encastillamos en
nuestro mundo y luchamos sólo por tener: dinero, recursos, seguridades. Pero
esa lucha por sobrevivir y enriquecernos acaba por cerrarnos las puertas a una
vida plena de verdad. Y Jesús vino a traernos esta vida que todos anhelamos.
Sepamos mirar a los demás con ojos de Jesús. Ricos y pobres,
vecinos y extranjeros, personas afines a nuestras ideas y personas que piensen
diferente, o incluso lo contrario, creyentes y ateos, famosos y desconocidos.
Sepamos ver en cada persona ese ser humano que quiere amar y ser amado. Sepamos
mirarlos como nos gustaría ser mirados a nosotros: con amor, con aceptación,
con comprensión. Es esa mirada que tan bellamente se describe en la primera
lectura de hoy, del libro de la Sabiduría. Es la mirada del Dios madre-padre
que nos crea y nos sostiene en la existencia, por puro amor: «… tú eres
indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida. Pues
tu soplo incorruptible está en todas ellas.»
Sí, todos tenemos un soplo divino que nos alienta y nos hace
existir. Reposemos en este soplo, en esta mirada, y abrámonos a su amor. Floreceremos,
y podremos ofrecer lo mejor de nosotros a los demás.
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