2022-08-07

19º Domingo Ordinario - C


«No temáis, pequeño rebaño, porque mi Padre ha tenido a bien daros el Reino...»

Lucas 12, 32-48.

Jesús se dirige a sus discípulos en tono íntimo: los llama «pequeño rebaño». La expresión revela cariño: Jesús se muestra como pastor de los suyos, y les avisa para que no caigan en ciertas actitudes o tendencias que se apartan del proyecto que tiene para ellos. Y ¿qué les dice? Primero, que «vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino». Ya de entrada, ellos han dicho que sí al seguimiento, a la llamada, a la vocación. El gran regalo es el Reino, es para ellos. Pero a cambio les exigirá: «vended vuestros bienes y dad limosnas». No es que tengan grandes bienes porque, en realidad, ya son pobres. Pero les alerta para que no sean codiciosos cuando ejerzan sus responsabilidades más adelante, porque cuando uno desempeña un cargo de autoridad es muy fácil caer por el tobogán de la avaricia y la codicia. Jesús alerta a los suyos.

También les dice que atesoren riquezas en el cielo. ¿Qué significa esto? Un tesoro inagotable en el cielo son las buenas obras de caridad. Estamos en una situación social y económica en la que, si no tienes algo, no eres nada ni nadie. No puedes ir por el mundo mostrándote vulnerable. Sin embargo, Jesús llama a sus discípulos a esta vulnerabilidad espiritual. No hay que ser puritano con el tener, pero sí hay que tener cuidado con la avaricia. Por tanto, el tesoro inagotable en el cielo son las cosas buenas que estamos haciendo, porque estas obras buenas contribuyen a hacer reino de los cielos en medio del mundo.

Jesús sigue: «Tened ceñida la cintura». Estamos, como he dicho, en una situación social compleja. Los continuos vaivenes generan crisis y ansiedad en mucha gente. Problemas económicos serios, la falta de soberanía energética, la dificultad de que la nación pueda generar sus fuentes de energía y tenga que depender de otros lugares, comprando a precios muy elevados. Estamos en medio de un conflicto bélico: Rusia, Ucrania... Suenan tambores de guerra entre China y Taiwán. Y todo esto en medio de una corrupción terrible en el ámbito político y económico. Pero Jesús nos dice: «No temáis». Y luego añade: «Encended las lámparas». No nos achiquemos, no dejemos que esta situación nos haga sentir completamente desvalidos o incluso faltos de esperanza en un horizonte nuevo. Sabemos que Jesús está con nosotros. Por eso es bueno alertar de tanto en tanto. Esta situación, esta crisis económica, sanitaria, bélica, esta afirmación del orgullo del hombre poniéndose en lugar de Dios, puede generar vértigo. Pero si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Algunos grupos y corrientes filosóficas pueden pensar que el mundo lo llevan ellos, lo manipulan señores, diosecitos que toman las grandes decisiones a nivel mundial, pero pensad que esto no es verdad. Aunque ellos crean que sí y utilicen todos sus medios de comunicación, su arsenal mediático, enorme, que va infiltrándose en nuestras televisiones para lograr una manipulación sin precedentes. Están ciertamente marcando una tendencia psicológica y existencial para apabullarnos por completo. No podemos consentirlo de ninguna manera. No podemos arrodillarnos ante el miedo. No podemos postrarnos ante esa gente que está al otro lado, en la oscuridad, orquestando el futuro de nuestro mundo.

¿Dónde está Dios? ¿Se ha dormido en la barca, como aquel día que navegaban por el mar y estalló una tormenta? Las olas de las mentiras y la manipulación, las olas de la desinformación, el culto al cientificismo, nos están llevando a la incapacidad de dialogar. Todo se censura y todos los medios dicen lo mismo, ¡todos!, empezando por Europa y acabando por los países asiáticos.

Jesús nos dice: No tengáis miedo. No digo que no seamos prudentes y cautelosos. Pero lo que está pasando, según los estudiosos en psicología y sociología, es un sometimiento absoluto por parte de nuestra cultura occidental ante a los poderes de este mundo, esta unión de globalistas que se han casado con el poder político y las grandes corporaciones.

No tengáis miedo. Encended las lámparas de vuestra fe, las lámparas de vuestra alegría, las lámparas de vuestra certeza. No podemos rendimos ante el miedo, ante todo este impacto reiterativo, que hoy podemos llamar terrorismo informativo, las 24 horas del día. Hemos pasado la pandemia, ahora estamos con el cambio climático. No podemos idolatrar a los políticos y a los ideólogos. No podemos creer todo lo que la prensa dice, porque nos están abduciendo. Nos están sometiendo, estamos perdiendo la soberanía, no sólo nacional, sino incluso personal. Cuando uno pierde su identidad como persona se deshace, se desequilibra, se rompe. Pierde la capacidad de pensar, de razonar, de discutir. No pasa nada por discutir a los políticos. ¡Ellos no son científicos!  No les demos una categoría de dioses, como si nunca se equivocaran. No podemos arrodillarnos ante los poderes de nuestro mundo.

No nos dejemos llevar, no temamos, pequeño rebaño. Somos de Jesús. Somos de la gran corporación que es la Iglesia, extendida por todo el mundo. Ojalá en estos momentos seamos un poco más valientes frente a estas élites radicalizadas en su ideología. No sé si sabéis que el marxismo y el comunismo han provocado más de cien millones de muertos en el mundo. ¿Sabéis lo que es esto?

Encendamos esas lámparas de la fe en Dios que nos ama para que llene de sentido todo lo que hacemos y decidimos.

Para acabar, Jesús dirá algo más, con esa exigencia que a veces nos molesta, incluso a los curas. Es la exigencia que se deriva del evangelio y que nos apela a todos, desde el Papa hasta el último bautizado. «A quien mucho se le da, mucho se le exigirá.» Yo pienso: estamos aquí, sentados, celebrando la eucaristía porque se nos ha dado mucho. El mismo Jesús se nos da cada domingo en la eucaristía: el mismo Jesús murió por amor. ¡No digáis que no se nos ha dado mucho! La Iglesia nos da los sacramentos: se nos pedirá mucho. Es como a un niño pequeño, cuyos padres se vuelcan en él, lo aman con profundidad, le dan todo y más para que crezca con alegría. Sin embargo, cuántos jóvenes desprecian a sus padres y cuántos desprecian a sus abuelos. No responden a aquello que se les ha dado tan generosamente.

Nosotros hemos recibido el don de la vida, el don de los amigos, el don de la esposa, de los hijos; el don de la fe, el don de la vida sobrenatural, el don de los sacramentos. ¡Claro que se nos tiene que exigir! ¿Qué hacemos? ¿Nos mantenemos con las luces apagadas, porque nos da vértigo enfrentarnos a un mundo increyente, despiadado, que señala permanentemente, matando a los profetas de nuestro tiempo? Incluso, y perdonad, dentro de la Iglesia.

Mucho se le exigirá al que mucho se le confió. Se nos ha confiado administrar esa maravillosa herencia que Dios nos ha dado por medio de Jesús de Nazaret. ¿Qué hacemos con ese legado tan extraordinario? ¿O es que nos hemos adormecido? ¿Y si todo lo que está pasando en el mundo sucede para que nos durmamos y nadie diga nada, nadie quiera cambiar nada, y se autoconfine permanentemente? No lo digo yo: lo dicen obispos, teólogos, médicos y filósofos cristianos.

Por tanto, mantengamos con firmeza nuestra fe. Porque es la única manera de brillar en medio de la oscuridad, en medio de la desesperanza, en medio de la profunda tristeza y ansiedad que hoy embarga a mucha gente. Esto no se explica, pero sabed que ha habido muchos suicidios producidos por las medidas restrictivas (que han sido más políticas que sanitarias) ante la pandemia, especialmente entre la adolescencia y la juventud, tantos como muertos por la enfermedad. Esto es trágico y los medios no lo explican, porque no interesa. ¿Sabéis cuántas personas están muriendo como consecuencia de las inoculaciones y las medidas tomadas? La prensa está completamente vendida. Ha renunciado a decir la verdad. Y cuando renuncia a decir la verdad, está sirviendo al poder diabólico, a la mentira y a la desinformación.

Si algo quiere Jesús, y si algo quiere el cristianismo desde el principio es la libertad. La libertad es un don de Dios que nadie, bajo ninguna circunstancia real o ficticia, nos puede arrebatar, nadie. No temamos, como nos dice Jesús. A pesar de las crisis, las olas y las dificultades, él siempre está con nosotros y con él nada tenemos que temer. Así sea.

Barcelona, 7 de agosto de 2022

2022-08-05

19º Domingo Ordinario - C


No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino...

Lucas 12, 38-42

La semana pasada, las lecturas nos invitaban a no sucumbir a la ansiedad por los bienes materiales y a aspirar a los bienes del cielo, esos bienes espirituales que son los que llenan de sentido la vida entera. Esta semana, las lecturas ahondan en este tema.

¿Dónde está nuestro tesoro? Jesús dice que allí donde esté nuestro tesoro está nuestro corazón. ¿Cuál es nuestro tesoro? ¿Qué nos afanamos por acumular? ¿A qué dedicamos más tiempo, más desvelos y esfuerzos en nuestra vida?

El afán excesivo por acumular dinero y cosas suele venir del miedo. Tenemos miedo a la pobreza y a la carencia, y este miedo a veces está justificado, pero otras veces es una actitud general de desconfianza. No creemos en la Providencia. Por eso, por si acaso, queremos acumular más de lo que nos es necesario, pensando en el día de mañana o en emergencias que quizás nunca sucederán. Es bueno ser previsor, pero muchas veces sobrepasamos la prudencia necesaria y acabamos totalmente agobiados y obsesionados por tener más y más.

Jesús nos invita a confiar en Dios: No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. ¿Qué es el reino? Mucho más que todos los bienes que podamos atesorar. Mucho más que tener lo necesario para vivir. El reino de Dios no es pura supervivencia, sino vida plena y hermosa. El reino de Dios es una vida que vale la pena ser vivida. Una vida que es entrega, generosidad, apertura al amor. Esta vida incluye, y sobrepasa, nuestras necesidades materiales de cada día.

Por eso Jesús nos invita a buscar ese reino, acumulando un tesoro en el cielo. Para ello hemos de estar bien despiertos, como esos sirvientes fieles y en vela, que, aunque el amo está ausente, siguen cumpliendo su deber con la máxima responsabilidad.

Tampoco nosotros vemos a Dios, pero él está en todas partes y está dentro de nosotros. Un buen ejercicio espiritual, que recomiendan muchos santos, es actuar, en todo momento, en presencia de Dios, siendo conscientes de que él nos mira y nos acompaña. No como un juez inquisidor, controlándonos, sino como un Padre amoroso que contempla a sus hijos con inmenso afecto. Ante esa mirada llena de amor, ¿cómo no vamos a hacer las cosas de la mejor manera posible, con calidad, con belleza, con tacto y con cuidado? Si actuamos así seremos como ese servidor fiel y prudente del que habla Jesús en su parábola de hoy. Y Dios nos hará responsables de una pequeña o gran misión en su reino.

San Pablo en su carta a los hebreos, que hoy leemos, nos invita a tener la fe de los patriarcas: Abraham, Isaac, Jacob se fiaron totalmente de la Providencia. Pablo repasa la historia bíblica y explica algo que vale la pena meditar. Todos ellos, dice, salieron de su patria sin saber qué les esperaba. Se fiaron de las promesas de Dios, que les ofrecía otra tierra mejor. La fe es justamente esto: fiarse de lo que te dice alguien digno de confianza. Escuchar a quien te encomienda algo, aunque luego no veas los resultados. Cuando Dios nos llama a una misión, quizás nunca veremos sus frutos. Tan sólo seremos sembradores y otros cosecharán. Pero cuando la misión es muy grande, hemos de aceptar que su cumplimiento necesita más tiempo que el breve intervalo de una vida humana, y hemos de seguir trabajando con ganas y esperanza. No se trata de un fiarse a ciegas, sino de un confiar en quien sabemos que es digno de fe. ¿Y quién más digno de fe que el Creador que nos sostiene y nos acompaña en nuestro existir?

Pero ¿cuál es esa patria, esa tierra prometida que los patriarcas buscan? Ellos venían de Mesopotamia, una tierra rica y fértil, donde tenían todo lo que querían y sus mismas raíces familiares. ¿Qué puede ser mejor que esto? ¿Quién abandona su país, si no es para llegar a un destino mejor? Pablo explica el significado de esta peregrinación de los patriarcas: «Es claro que los que así hablan están buscando una patria; pues si añoraban la patria de donde habían salido, estaban a tiempo para volver. Pero ellos ansiaban una patria mejor, la del cielo.»

2022-07-29

18º Domingo Ordinario - C

«Guardaos de toda codicia. Pues, aunque ande sobrado, la vida del hombre no depende de sus bienes».

Lucas 12, 13-21


Todas las lecturas de este domingo son preciosas lecciones del arte de vivir: nos invitan a dejar de obsesionarnos por el tener y a abrazar el ser. Pero no sólo nos afanamos por el tener… Occidente está enfermo de activismo, también nos aqueja la fiebre del hacer y hacer. Conseguir objetivos, alcanzar méritos, acumular cargos, medallas, títulos, hazañas. ¿Para qué? El autor del Eclesiastés es crudo y realista. Para nada, ¡vanidad de vanidades! Todo pasa, nada queda.

El salmo nos invita a ser sabios aprendiendo a contar nuestros años. Gestionar el tiempo es un paso para aprender a vivir con sentido. No se trata de aprovechar el tiempo con avaricia ni de atiborrar nuestras agendas, sino de vivir el presente, saboreando cada momento, mirando a los ojos a quien tenemos delante, poniendo los seis sentidos y toda nuestra pasión en lo que hacemos. Es gracias a Dios que existimos. Es su amor el que nos da las fuerzas y la inteligencia para actuar. Nuestras obras deberían ser actos de gratitud y adoración a él. ¡Cómo cambiaría el mundo si todos trabajáramos con esta consciencia! Adiós chapuzas, adiós trabajos inútiles, adiós empresas con fines inhumanos, que no favorecen la vida ni la dignidad.

Jesús, en el evangelio, nos previene contra la codicia que rompe familias y amistades. Herencias, ganancias, lucro fácil… ¡Lo vemos cada día! ¿De qué sirve acumular bienes, dinero, ahorros, casas y tierras? ¿Ha añadido intensidad, belleza y amor a nuestra vida? Una gran trampa del diablo en nuestros días es justamente esta: nos quiere convencer de que trabajando a destajo «nos ganamos la vida», cuando ocurre lo contrario. Si no sabemos poner límites al trabajo y a la ambición acabaremos perdiendo el tiempo, la salud y lo más valioso: el amor de nuestros seres queridos.

¿Tener o ser? ¿Hacer o vivir? Claro que hay que tener lo necesario para vivir dignamente, y claro que el trabajo es bueno y edificante. Quien no trabaje, que no coma, dijo San Pablo. Pero el mismo apóstol nos recuerda que nuestra vida vale más que las pertenencias materiales y los afanes egoístas. ¿A qué dedicamos nuestra vida? ¿Gastamos más tiempo en ganar dinero que en estar con Dios, o con los seres amados? ¿Estamos adorando al dinero o a nuestras obras?

Tenéis una vida con Cristo, escondida en Dios, dice Pablo. ¡Qué hermoso! Nuestra vida es semilla divina y está ahí, acurrucada en el corazón de Dios. Estamos llamados a ser hombres nuevos, resucitados. Llamados a vivir en plenitud. Desde Dios podemos reenfocar toda nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras posesiones. Entonces viviremos de verdad.



2022-06-24

13º Domingo Tiempo Ordinario - C

«Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve a anunciar el reino de Dios.»

Lucas 9, 51-62.



Eliseo. Pablo. Juan y Santiago… y muchos otros. ¿Qué tienen en común? Todos ellos fueron llamados a anunciar el reino de Dios. Todos ellos, en un momento de sus vidas, tuvieron que decidir. Y para ello tuvieron que dar un giro radical y romper, en cierto modo, con su pasado, sus tradiciones, costumbres y ataduras culturales. Eliseo, labrador, sacrifica sus bueyes, quema el yugo y los ofrece a Dios. Con la carne prepara un banquete, obsequia a su familia y se despide para seguir al profeta Elías, que lo ha llamado a ser su sucesor. Pablo, el fariseo fervoroso, perseguidor de los cristianos, se convierte en el apóstol de Cristo más entusiasta. De la esclavitud de la ley judía pasa a la libertad de los hijos de Dios, donde la única ley es el amor.

Jesús amonesta a sus discípulos y advierte a quienes quieren seguirlo. A Santiago y Juan los riñe para que no sean fanáticos y respeten a quienes no quieren recibirlos. ¡La libertad de conciencia es sagrada! El mismo Dios respeta a quienes lo rechazan, ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros? Pero a quienes se sienten atraídos por él les pone el listón muy alto. Muchas personas se entusiasman con Jesús por su carisma. Igualmente sucede hoy: puede haber líderes, sacerdotes o misioneros que atraen con su personalidad vibrante y por su vida de fe coherente y apasionada. El éxito y el testimonio atraen. Pero pocas personas están dispuestas a las renuncias que pide el seguimiento de Jesús. ¿Sabrán desprenderse de sus bienes, aceptar el riesgo, el cambio, la provisionalidad, la crítica, el rechazo? ¿Sabrán aceptar la cruz?

Quien echa mano del arado y mira atrás no vale para el reino de Dios, dice Jesús. Es duro, pero real: quien se aferra a sus seguridades y a sus prejuicios, sus ideas, sus conceptos, su clan familiar, su dinero… no puede abrirse a la novedad incesante del Espíritu Santo, que sopla donde quiere y lleva a lugares insospechados. Para ser cristiano hay que ser libre. Y San Pablo explica maravillosamente qué es ser libre de verdad: es libre quien vence al egoísmo. Seguir la carne aquí significa vivir centrado en uno mismo y buscar solo el propio bien, con lo cual en seguida saltan los conflictos con los demás y las envidias. Pablo sabe muy bien lo que ocurre en una comunidad dominada por los egoísmos y el afán de poder: se devoran unos a otros. En cambio, el Espíritu Santo es un impulso de amor, de servicio, de unidad, de búsqueda del bien del otro por encima del propio. La auténtica libertad es vencer al propio tirano: el ego, y entregarse a amar a los demás. Sed esclavos unos de otros por amor. El amor al prójimo no es una atadura, sino la ruptura de todas las cadenas. Porque, como nos recuerda el apóstol, nuestra vocación es la libertad.

2022-06-03

Ven, dulce huésped del alma


Domingo de Pentecostés

Hechos 2, 1-11

Salmo 103
1 Corintios 12, 3-13
Juan 20, 19-23

Descarga aquí la homilía en pdf.

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés, el nacimiento de la Iglesia. ¡Dos mil años de historia! Mirando atrás, y viendo todas las vicisitudes pasadas, más de uno se puede preguntar: ¿cómo la Iglesia ha sobrevivido hasta hoy? Porque ha pasado épocas de persecución, otras de poderío y sumisión a los reyes, otras de gran expansión, pero también de corrupción. Por la Iglesia han pasado santos, héroes y villanos, los hombres más nobles y también los más canallas. Y, pese a sus errores y caídas, sigue en pie. Cuando Napoleón asedió el Vaticano y amenazó al papa diciendo que la Iglesia llegaba a su fin, este respondió: Si nosotros no hemos podido acabar con ella, menos aún podréis tú y tus tropas.

Y así ha sido. Y esto no es por mérito de los que formamos parte de ella, en absoluto. La Iglesia sobrevive y vivirá siempre porque su cabeza es Cristo y está animada por el Espíritu Santo. No hay mal ni muerte capaz de vencerlos.

La venida del Espíritu Santo convirtió a un grupo de discípulos espantadizos y llenos de dudas en un puñado de apóstoles valientes y arrojados, dispuestos a dar la vida por Jesús y su evangelio. Su fuerza alcanza hasta hoy, gracias a su coraje estamos aquí. La experiencia que tuvieron se ha transmitido de siglo en siglo, y esto es lo que mantiene viva la Iglesia. Lo más importante no es la institución y sus estructuras, sino que la Iglesia es familia de Dios, embajada del cielo en la tierra. A pesar de la frialdad y la debilidad en la fe de muchos, bastan unos pocos hombres y mujeres que realmente vivan la experiencia de Dios para continuar expandiendo su reino. Bastaron doce hombres y unas cuantas mujeres para cambiar el mundo…

Pero hoy podemos preguntarnos: ¿dónde está el Espíritu Santo? ¿Cómo actúa? ¿De qué manera afecta a mi vida? ¿He sido tocado, también, por ese espíritu? ¿Me dejo transformar por él?

El Espíritu Santo, dice un teólogo, está presente siempre, penetrando el universo entero con su fuerza y su gracia. Todo está bañado en el amor de Dios, que todo lo crea y todo lo sostiene. ¿Cómo percibir su presencia?

La Iglesia nos ofrece los sacramentos: en todos ellos actúa el Espíritu Santo. Especialmente en la misa, y en la comunión, él está presente, con Jesús. La oración, solitaria o en grupo, también es una ocasión para abrirnos a sus dones. El Espíritu no deja de soplar, y está deseando hacer llover sobre nosotros una catarata de regalos.

¿Cómo se nota que una persona ha recibido el Espíritu Santo? En los apóstoles fue llamativo su don de lenguas, su capacidad de comunicar de manera que todos podían comprenderlos. Más que habilidad lingüística, el Espíritu les dio el don de comunicar de corazón a corazón, conectando con los demás, abriendo sus oídos y su alma. San Pablo explica que el Espíritu reparte muchos carismas. Son los dones o talentos personales que todos tenemos, y que podemos poner al servicio de los demás, para el bien. Si los invertimos en amar al prójimo, ¡nunca nos faltarán esos talentos! Siempre tendremos más. Si nos los guardamos por egoísmo o por miedo… Esos talentos se desperdiciarán y los perderemos.

Pero la acción del Espíritu se nota sobre todo en las obras, en la forma de vivir y de tratar a los demás. No todos recibimos dones espectaculares, de lenguas, de sabiduría, de sanación o de conocimientos ocultos. No todos somos “profetas” o grandes oradores. Pero todos, sin excepción, recibimos el don mayor, el mejor carisma, según san Pablo: la capacidad de amar. Este es el don superior, el mayor de todos y el que nos asemeja a Dios.

Se notará que estamos llenos del Espíritu por la caridad en nuestras relaciones, por la delicadeza, la comprensión, la ternura y el servicio a los demás. El Espíritu es un dulce huésped que nos llena de amor y nos permite amar al modo de Dios. Pero también es viento poderoso que nos empuja a vencer el miedo, y es fuego que derrite los hielos de un corazón duro e impenetrable. A veces en las iglesias hay tantos corazones helados… Ojalá el fuego del Espíritu, hoy especialmente, pueda arder en nuestras parroquias y comunidades, y nos encienda, y nos anime a salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás. El mundo espera. El mundo está hambriento de amor. El mundo está sediento de Dios, aunque no lo sepa. Y Dios necesita brazos, y voces, y mentes creativas. En nuestras manos está que, en medio de la oscuridad, ardan nuevas hogueras que den luz y calor.

2022-04-01

5º Domingo de Cuaresma - C

El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

Juan 8, 1-11


Las tres lecturas de hoy nos invitan a dejar atrás todo lo que nos ata, nos esclaviza o nos hunde en el abismo para dejar nacer algo nuevo.

El profeta Isaías habla al pueblo de Israel exiliado con palabras llenas de esperanza. Lo invita a dejar atrás la nostalgia por lo que ha perdido. Dios puede hacer que el desierto florezca, sacando frutos del yermo. Así, de las cenizas de nuestro dolor y fracaso, siempre puede surgir vida, porque el Señor de la vida nunca nos abandona. ¿Confiamos en Dios? No nos desesperemos nunca, porque él puede regenerarnos: «Mirad que hago algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?» Dios no desea nuestra ruina, su gloria es que vivamos en plenitud y podamos cantarle agradecidos.

Pablo, el hombre renovado tras su encuentro con Jesús, también se ha desprendido de un gran lastre del pasado. La esclavitud de la ley, la tiranía del afán perfeccionista y la fuerza de voluntad han dado paso al amor gratuito de Dios, vertido en Cristo. De ahí nace la confianza y la fe. Sus méritos propios y su esfuerzo nada valen al lado de la amistad con Cristo. Él es su amor, su tesoro, su triunfo. Lo demás es nada, «basura». Pablo ha aprendido a pasar del merecimiento al amor; de la lucha por ganar a la gratuidad del recibir.  

¿Cómo mejor se puede ilustrar la bondad de Dios que con el episodio del evangelio? Una mujer adúltera, acusada ante Jesús, es utilizada como una trampa. Si él acepta que la condenen, cumple la ley pero falla a su bondad; si la perdona, está rompiendo con la ley de Moisés. ¿Qué hará? Jesús es más inteligente que los acusadores. No romperá con la ley, la llevará hasta su extremo. ¿Queréis lapidarla? El que esté libre de pecado, el que sea justo y puro, que lance la primera piedra. Con esto, Jesús les recuerda que solo Dios tiene la potestad de juzgar y condenar… Los fariseos y letrados se retiran, confusos y abrumados. Jesús los ha dejado en evidencia. ¿Quién es perfecto para juzgar sino Dios? Pero Dios, por encima de todo, es misericordioso y clemente. No desea la muerte de sus criaturas, ni su castigo, sino su redención. No quiere destruirnos, sino recuperarnos. No se ensaña con los enfermos y los cautivos del mal, sino que los rescata. Así lo hace Jesús. Ante la mujer que se ha quedado sola, no la condena. Tampoco niega su pecado. Pero le abre una puerta hacia la sanación de su alma y la rehabilitación de su vida: «Vete y no peques más». Con estas palabras de paz y liberación Jesús está abriendo un sendero de luz en el corazón herido de aquella mujer, utilizada por los hombres. Está haciendo que en su desierto interior, tal vez lleno de zarzas, brote algo nuevo. Así es Dios: antes que juez, es padre cariñoso y salvador.


2022-03-25

4º Domingo de Cuaresma - C

«Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.»

Lucas 15, 1-3. 11-32


Con la parábola del hijo pródigo Jesús traza el retrato más vivo y profundo de quién es Dios Padre. ¡Un Dios cuya justicia es asombrosa!

No basta creer en Dios o creer que existe. ¿Qué imagen tenemos de Dios? ¿Cómo es nuestra relación con él? ¿Nos sentimos juzgados, vigilados, censurados, controlados? Si decimos que Dios es amor, ¿nos sentimos realmente amados por él? ¿Confiamos en su amor? ¿Cómo experimentamos su perdón? ¿Nos sentimos justos e irreprochables, como el hijo mayor del relato, merecedores de un premio y con el derecho a juzgar a los demás? ¿O nos sentimos tan miserables, como el hijo menor, que no nos atrevemos a ser hijos, sino solo siervos?

Jesús nos presenta a un Padre Dios de bondad insólita y sin límites. En primer lugar, nos da total libertad. Deja que el hijo menor se vaya sin detenerlo, aunque se equivoque. En segundo lugar, es generoso. Le da su parte de la herencia al joven, aunque no sea el momento y aunque sepa que la va a dilapidar. Así es Dios con nosotros: nos da la vida, nos lo da todo y no pide explicaciones ni nos impide seguir nuestro camino. Nos deja libres aunque sea para alejarnos de él y causarnos daño, a nosotros mismos y a los demás. ¡Qué misterio tan grande!

Pero ¿qué hace cuando el hijo regresa? Lo acoge. No solo le abre las puertas de su casa, ¡corre afuera para abrazarlo! Sale, se avanza, “primerea”, como dice el Papa Francisco. Dios siempre se anticipa porque quien ama mucho no puede esperar más, ¡corre! Después, perdona, y más aún: olvida. No le pide cuentas, no le echa nada en cara, no le recuerda sus faltas y su error. Cuando el hijo empieza a hablar lo interrumpe. Nada de excusas ni humillaciones. Lo viste como un príncipe y le ofrece un banquete. El cielo está de fiesta, dice Jesús, cuando un pecador se arrepiente y regresa a los brazos del Padre.

¡Qué Padre tan bueno! ¡Qué Dios tan derrochador de amor, de perdón, de acogida, de ternura! A los ojos racionales del hijo mayor, que se cree perfecto, eso es injusto. Su visión es clara, pero carente de amor y de compasión. Es la postura de quien cree ganar el cielo con sus méritos y esfuerzos. Jesús nos enseña que el cielo no se gana, lo ofrece Dios a todos, gratis, y basta solo ser humilde y tener el corazón abierto para dejarse invitar y acoger, sobre todo cuando hemos caído y nos hemos arrastrado por el barro del desamparo, la soledad y la pobreza más honda, que es el vacío interior, la falta de sentido y de amor en la vida. Dios es así: generoso, respetuoso de nuestra libertad, acogedor y festivo. Como dice San Pablo, nos llama a todos a reconciliarnos con él. No nos pide cuentas de nada. Nos abraza y con su amor nos renueva: lo antiguo ha pasado. Lo nuevo ha comenzado.

2022-03-18

3r Domingo de Cuaresma - C

«Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré... a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar.»

Lucas 13, 1-9


Las lecturas de este domingo afrontan una realidad dura y difícil de entender. ¿Por qué se da el mal en el mundo? ¿Por qué hay tantas injusticias? ¿Por qué tantos inocentes mueren víctimas de catástrofes naturales o provocadas por el hombre? Hoy el drama de la guerra, los refugiados, el terrorismo y las migraciones provocadas por el cambio climático nos hacen pensar. ¿Qué han hecho las víctimas para merecer tantos males? ¿Dónde está Dios, en medio de estas desgracias?

Tanto Jesús como Pablo nos avisan. No caigamos en la tentación de juzgar y creer que las víctimas son castigadas porque de algún modo se lo merecían o «se lo buscaban». Si no os convertís, dice Jesús, tampoco vosotros os salvaréis. El que se crea seguro, ¡cuidado!, que no caiga, avisa Pablo. Nadie está libre de peligro, ni siquiera los creyentes. Todos corremos el riesgo de caer en el orgullo que endurece el corazón y esteriliza el alma: el orgullo que nos hace morir en vida porque mata la vida espiritual y el amor.

Pero hay otra tentación, que es la de creer que Dios, o no existe, o es impotente, o es cruel, porque permite que haya tanto dolor y violencia en el mundo. Son muchos quienes piensan que Dios está de brazos cruzados ante el sufrimiento y la injusticia. ¿Es realmente así?

La lectura del Éxodo responde. Yahvé es un Dios cercano a su pueblo: ve su esclavitud, oye su clamor, se compadece y actúa. ¿Cómo? Enviará a su siervo Moisés para que libere al pueblo. El mensaje es claro: Dios está cerca y nos quiere libres. Dios se apiada de nuestras esclavitudes, físicas y morales, y quiere que vivamos en libertad y plenitud. Y actúa a través de sus enviados: profetas, misioneros, sacerdotes, personas solidarias con una vocación que nos ayudan y acompañan.

También el evangelio responde con una parábola de Jesús. El amo de la viña, decepcionado porque no da frutos, quiere cortarla pero el viñador le suplica que le dé una oportunidad. Él cavará, abonará y la cuidará a ver si el próximo año da buenas uvas. También Dios tendría motivos para enfadarse con sus criaturas humanas: les ha dado poder e inteligencia, y se han dedicado a destrozar el mundo y a pelearse entre sí. ¿Quién intercede y le pide un tiempo? El mismo Jesús, que baja a la tierra para cuidar y mimar esta viña herida y poco fértil. La regará con su propia sangre y la abonará con su cuerpo entregado por amor. Todos nosotros somos esas vides… ¿Sabremos dar fruto?

Dios está empeñado en liberarnos. Él es el primero que nos quiere libres, felices, realizados. La conversión, quizás, no es tanto hacer muchas cosas que nos podrían envanecer sino dejarse amar y salvar por él: abrirnos para dejar que su amor nos transforme.

2022-03-11

2º Domingo de Cuaresma - C

La transfiguración de Jesús en el monte Tabor

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas...»

Lucas 9, 28-36


La lectura del Antiguo Testamento nos muestra a Abraham ofreciendo un sacrificio a Dios en lo alto de un monte. Dios acepta su sacrificio, pasando como fuego entre los animales, y le hace una promesa: será padre de un gran pueblo. Abraham cree sin dudar y el autor bíblico añade: «se le contó en su haber». Creer en las promesas divinas nos abre a la maravilla de lo inesperado, que sobrepasa todas nuestras expectativas. Abraham quería tener un hijo… ¡y fue padre de una multitud! 

El evangelio de hoy nos lleva a otro monte, el Tabor, donde Jesús se transfigura ante sus discípulos más amados: Pedro, Santiago y Juan. El monte, lugar de oración, es un lugar de transformación. No es Dios quien cambia cuando rezamos, sino nosotros: somos transformados y vemos las cosas de otra manera. Allí, en el Tabor, los discípulos vieron a Jesús como quien realmente era, en su gloria. Hombre y a la vez Dios. La voz que escuchan no es la de ningún profeta ni su propia imaginación: es el mismo Padre quien los exhorta a escuchar a Jesús. Esto cambiará sus vidas radicalmente.

San Pablo escribe a una comunidad muy querida: la de Filipos. Apenado porque muchos cristianos se dejan llevar por el materialismo del mundo y por seguir la voz de su propio egoísmo y complacencia, exhorta a los filipenses a seguir fieles a Jesucristo y a llevar una vida honesta. Utiliza una expresión hermosa: ¡somos ciudadanos del cielo! Vivimos en este mundo pero ya no pertenecemos a él. Somos de Dios, somos del cielo, y llegará un momento en que, al igual que Cristo, todos nosotros seremos transfigurados y pasaremos a vivir una existencia gloriosa, sin muerte y sin corrupción. Pablo alude a una realidad misteriosa que solo podía conocer por su encuentro con Jesús, al igual que la conocieron Pedro, Santiago y Juan: la certeza de que, más allá de la vida terrenal, nos espera una vida resucitada, gloriosa, eterna y plena, como no llegamos a imaginar. Esta certeza nos da valor, esperanza y alegría para vivir, ya aquí, como si viviéramos en el cielo. No hay lugar para el miedo ni la tristeza. Las lecturas de hoy nos hablan de vivir con gozo y confianza, amando y haciendo el bien. ¡Somos de Dios! Somos ciudadanos de su reino.

2022-03-04

1r Domingo de Cuaresma - Las tentaciones de Jesús

Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Lucas 4, 1-13



El primer domingo de Cuaresma leemos el evangelio de las tentaciones de Jesús en el desierto. El lugar de oración se convierte en un campo de batalla donde dos fuerzas libran su combate por ganar el alma humana. Tampoco Jesús, como hombre, se libró de esta pugna.

¿Qué significan el pan, el poder sobre todos los reinos del mundo, la protección angélica ante un acto temerario? Jesús podía caer en estas tres tentaciones que nos acechan a todos los cristianos y a toda persona llamada a una misión de servicio. ¿Reducimos todo a la economía y al sustento? ¿Nos basta con procurar el bienestar material? ¿Creemos que el poder es necesario? ¿Se puede conseguir un fin bueno con cualquier medio? ¿Cultivamos una fe milagrera, que necesita prodigios y signos para creer en Dios? Jesús responde con firmeza. No solo de pan vive el hombre. ¡No podemos endiosar la economía ni el dinero! Tampoco podemos adorar a nadie más que a Dios. Adorarnos a nosotros mismos, a nuestra obra, nuestro esfuerzo y logros, nos convierte en tiranos o en esclavos, por mucho que queramos hacer el bien. Y finalmente, como diría San Juan de la Cruz, lo más importante para crecer espiritualmente no son los milagros ni las experiencias sobrenaturales, sino la fe pura, desnuda, que se entrega sin condiciones aún sin tener pruebas de nada: esto es amor.

En el fondo de las tentaciones hay una base común: la adoración de uno mismo, inducida por el diablo que nos quiere alejar de Dios y romper nuestra relación con él. Creernos dioses, en realidad, nos destruye. La primera lectura del Éxodo recuerda la historia de Israel y su deber de gratitud hacia Dios, que le ha dado la tierra prometida. Quien se cree autosuficiente, ¿a quién tiene que agradecer nada? San Pablo en la segunda lectura nos habla de la palabra que salva: la que se aloja en el corazón y aflora en los labios. La fe del corazón nos redime: es allí, donde se alberga el amor, donde nacen la confianza y la gratitud que nos hacen adorar a Dios y verlo como el que es. Cuando reconocemos a Dios como fuente de nuestro ser y nuestra vida, podemos experimentar su ternura y sentirnos profundamente agradecidos. La gratitud nos hace humildes y adoradores. Nos hace conocernos. Y nos salva.  

2022-02-25

8º Domingo Ordinario - C

«Cada árbol se conoce por su fruto... De lo que rebosa el corazón, habla la boca.»

Lucas 6, 39-45.


En todas las épocas el ser humano ha tenido una inquietud por mejorar su vida y trascender más allá de la pura supervivencia. Los animales y las plantas simplemente viven y crecen, y no se preguntan por qué ni para qué están aquí. Nosotros no nos contentamos con vivir: queremos una vida plena, hermosa, con sentido. Una vida vibrante e intensa, que nos lleve a la cima de nuestro potencial.

Pero en esta búsqueda de la plenitud, podemos perdernos por caminos engañosos. En todas las épocas ha habido personas de palabra fácil y seductora que nos brindan la felicidad por medios poco acertados y, a veces, peligrosos. Su retórica convence, y si son personas que se rodean de éxito, fama y riqueza, aún más. En el campo espiritual tampoco han faltado los falsos profetas. Juegan con todo tipo de medios, desde el misticismo hasta el miedo, la manipulación psicológica y las emociones. Son los que Jesús llama ciegos guiando a otros ciegos. Están ciegos por su propio ego, crecido e hinchado. Tapan con su carisma sus agujeros interiores y pretenden guiar a otros hacia el mismo pozo donde se encuentran ellos.

Nadie es perfecto. Ni siquiera los místicos, los sacerdotes o los grandes líderes espirituales se libran de sus miserias y defectos. Todos conocemos los nuestros… Ahora bien, ¿cómo reconocer a un buen maestro de un falso guía?

La sabiduría de la Biblia nos da pistas. En el libro del Eclesiástico (primera lectura de hoy) leemos que la persona se descubre por sus palabras. No se la puede juzgar por su aspecto o por su posición social, sino por lo que dice, porque las palabras revelan el corazón. Y añade que el árbol se conoce por sus frutos. Es una imagen que recogerá Jesús en el evangelio: Por sus frutos los conoceréis. Una persona puede deslumbrar por su aspecto, por su carisma e incluso por su retórica. También puede destacar por sus obras, aparentemente nobles e incluso grandiosas. Pero ¿cuáles son los frutos?

Esa es la prueba de fuego: los frutos. Los frutos son una vida fecunda, que se concreta en un bien real hacia uno mismo y hacia los demás. Los frutos son más amor, más paz, comprensión, perdón, buena convivencia, generosidad. Los frutos son una vida plena, tal como la sueña Dios y como, en el fondo, nosotros la soñamos. Los frutos siempre son de vida, y no de muerte.

Hoy, las personas tienden a buscar grandes experiencias. Todo el mundo busca vivir, experimentar, sentir algo grande dentro de sí. Hay muchos cazadores de misticismo en nuestros días. Se confunde la experiencia psicológica con una experiencia divina y esto es peligroso, pues puede poner en riesgo la salud física y mental de la persona. Santa Teresa avisaba a las monjas muy sensibles e impresionables y les aconsejaba no perseguir el éxtasis ni los arrobos místicos, pues les podía costar la salud, el crecimiento espiritual y hasta la vida. En cambio, les recomendaba descansar, distraerse, trabajar en algo físico y no aislarse. ¿Sorprenden estos consejos, en una mística como ella? Teresa era una mujer sabia, una gran madre y una buena discípula de Jesús. No caigamos en la trampa de los sentimientos y las experiencias sobrenaturales. San Juan de la Cruz, otro gran místico, decía que mucho más preciosa que cualquier éxtasis era la obediencia, humilde y libre, a la voluntad de Dios, reflejada en la docilidad a los superiores. Un acto de obediencia, de negación de uno mismo, es más valioso que todas las experiencias místicas, afirmaba san Juan. Porque de esos actos es de donde salen los frutos: mucho más allá del bienestar (o la evasión) personal, son frutos dulces de los que todos pueden alimentarse y crecer.

2022-02-18

7º Domingo Ordinario - C

«Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen.»

Lucas 6, 27-38


Ser hombres y mujeres «celestiales»

Las lecturas de hoy son impactantes, pues nos muestran hasta qué cimas puede llegar la nobleza humana. En la primera encontramos a David, que está proscrito en los montes. Una noche llega hasta el campamento del rey Saúl, que lo está persiguiendo. Todos duermen, el rey está a su alcance, dormido e indefenso, podría matarlo. Pero no lo hace y respeta su vida. ¿Qué hombre perseguido perdería la oportunidad de deshacerse de su enemigo?

En el evangelio, Jesús nos habla de un amor que parece imposible: amor al enemigo, piedad con los que nos quieren mal, generosidad con los que abusan de nosotros, perdón a los que nos maltratan… Porque si amamos a los que nos aman, si somos amables con los que nos caen bien, ¿qué hay de especial en nosotros? ¡Cualquiera lo haría!

Es curioso. Solemos decir que fallar, equivocarse, pecar y ser mezquinos, a fin de cuentas, ¡es humano! Incluso parece que se elogia y se valora la mediocridad y la pequeñez de alma. ¡Es tan común! En cambio, un amor incondicional, generoso, que perdona todo; un gesto como el de David o la magnanimidad de Jesús perdonando a sus verdugos, nos parecen sobrehumanos. O más bien “inhumanos”. Pensamos que son actitudes heroicas, pero que no van con nuestra naturaleza. Algunos, más cínicos, lo consideran una locura o una especie de desequilibrio mental.

Pero ¿es realmente así? ¿Acaso no es el amor heroico lo que justamente nos hace más humanos? ¿No es la superación de nuestras tendencias e instintos lo que nos distingue de los animales y nos hace más personas? ¿No está inscrito en nuestra naturaleza un deseo innato de crecer y superar nuestros límites? ¿Acaso no es humano aspirar a la verdad, a la belleza, a un bien mayor?

Claro que lo es. Jesús no nos pide nada inhumano ni imposible, porque conoce nuestra naturaleza. San Pablo lo explica con palabras muy bellas. Somos seres físicos, animales, por supuesto. Pero en nosotros también hay una parte espiritual que aspira a trascender. Somos seres espirituales, “hombres de cielo”. Somos terrenales y celestiales a la vez.

Por nacimiento hemos recibido toda nuestra herencia genética, familiar, histórica… Nuestra parte terrenal incluye nuestra biología y nuestra psicología, lo que nos configura como quienes somos. Pero Jesús nos invita a un renacimiento: entrar en la vida celestial, en el reino de su Padre. Y en este renacimiento podemos dar un paso más allá y empezar de nuevo, sin lastres ni ataduras. Podemos llegar a esa meta a la que todos aspiramos. Es una meta alta, porque Dios ha insuflado el deseo de cielo en nosotros. Jesús nos enseña el camino. Es un sendero cuesta arriba, pero abierto a paisajes bellísimos. Sólo quien lo recorre lo sabe: es difícil amar al enemigo, perdonar a quien te ha traicionado, ser generoso con el que te pide y delicado con quien te ofende cada día… Tampoco se trata de exponernos inútilmente, por supuesto, sino de no abrigar odio ni resentimiento en el corazón. ¡La venganza también es una esclavitud! En cambio ¡cuán libre y cuán dichosa se siente el alma, cuando elegimos amar como Jesús nos propone! Ser semejantes a Dios, en esto, no nos quitará humanidad, sino al contrario: nos hará vivir una vida totalmente humana, profunda e intensa, como nunca hayamos podido imaginar. Nos hará vivir una vida que ya es un poco divina: la vida que Jesús posee, la vida que nos ofrece a todos.

2022-02-11

6º Domingo Ordinario - C

 «Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.»

Lucas 6, 17-26



Las lecturas de hoy culminan con el evangelio, que nos presenta las bienaventuranzas. Jesús se dirige a sus discípulos, no a toda la multitud. Es de ellos de quien está hablando ahora, de quienes quieren seguir su camino. Por un lado, los avisa: sufrirán pobreza, exclusión, hambre de justicia… Llorarán y experimentarán qué es sufrir soledad y rechazo. El seguidor no será menos que el maestro. Como él, se toparán con la incomprensión del mundo y hasta con la persecución. Pero después Jesús los anima. Todo esto no debe desalentarlos, porque tendrán una recompensa más grande. Y no será solo en la otra vida, sino ya en esta, como dirá en otro momento. El reino de Dios ya se está forjando aquí en la tierra, y es aquí donde los discípulos comenzarán a vivir esa alegría enorme de saber que forman parte del proyecto de Dios. Aquí recibirán ayuda, consuelo, fortaleza. Aquí tendrán madre, padre y hermanos, mucho más allá de la familia de sangre. Aquí serán saciados de un pan que no se agota, y de una justicia que rebasa toda ley humana. Dios no abandona a sus fieles.

En el fondo, las bienaventuranzas están hablando de las mismas personas que habla el profeta Jeremías, en la primera lectura, y el salmo 1, que escuchamos hoy. Son esas personas que dejan a un lado su ego, su orgullo y sus certezas, y se apoyan sólo en Dios. Dejan a un lado sus construcciones humanas, sus ideas y prejuicios, y deciden arraigar no en sí mismos, sino en la fuente de todo ser, que es Dios. Son humildes, reconocen su pequeñez y sus contradicciones, sus límites. Pero no hacen de eso un problema, porque se saben amados y sostenidos por un amor más grande que todo esto. Son como ese árbol que echa raíces junto al río, y crece frondoso, y da frutos. Así somos nosotros si, en vez de empeñarnos en crecer por nuestros propios medios, arraigamos en Dios. Él nos hará crecer y, sin que tengamos que forzar las cosas, hará que nuestra vida sea fecunda.

En los últimos años se ha esparcido mucho la idea de autorrealización, de autoafirmación de uno mismo, de empoderamiento personal. Es verdad que el ser humano tiene capacidades maravillosas y todos estamos llamados a hacerlas florecer: son los talentos que Dios nos ha dado. Pero esta mentalidad tiene un riesgo, que es olvidar que nosotros no somos los autores y dadores de la vida. No somos los dueños de nada, ni siquiera de nuestro propio cuerpo. Somos cuidadores, administradores, artesanos en cuyas manos se confía nuestra vida, la de otras personas y la del planeta. Si actuamos como dueños, es fácil que acabemos siendo tiranos y explotadores, de nosotros mismos, de los demás y de la naturaleza. Pero si actuamos con la humildad de un jardinero amoroso, sin creernos amos de nada, todo cuanto hagamos florecerá.

Esta es la pobreza de espíritu de la que hablan las escrituras. El pobre de Dios es el que no se deifica a sí mismo ni la obra de sus manos. Es dócil, es pacífico porque no tiene enemigos con quien luchar ni posesiones que defender, tiene el corazón tierno porque se sabe amado y sabe que todos necesitamos compasión y comprensión. Es libre, porque no se ata a los afanes de poder, fama y dinero que mueven el mundo. Y esa libertad le abre a otra dimensión de la vida: la que explica san Pablo en su carta, la resurrección. Resucitar es nacer a una vida nueva que ya no muere. Jesús es la prueba viviente de esta promesa que nos espera a todos. Pero la resurrección se puede empezar a vivir ya en esta vida cuando uno ama, cuando está trascendido y abierto a Dios.

2022-01-28

4º Domingo Ordinario - C

«Ningún profeta es aceptado en su pueblo.»

Lucas 4, 21-30


Después de la proclamación del texto del profeta Isaías en la sinagoga, todos quedan maravillados ante las palabras de Jesús. Pero, a continuación, su discurso adopta un tono de elevada exigencia. De la aprobación y la admiración, las gentes de su pueblo pasan a la crítica y al deseo de matarlo. Extrañadas, se preguntan: “¿Quién es éste? ¿No es el hijo del carpintero?” El evangelista Lucas pone de manifiesto el recelo del pueblo judío hacia Jesús. Un hombre de un entorno sencillo y humilde, ¿cómo puede expresar estas bellas y profundas verdades? Surgen el desprecio y los celos hacia él, que se materializan en una actitud hostil de rechazo.

Jesús constata, apenado, que nadie es profeta en su tierra. No escapa a las críticas y recelos propios del ser humano. ¿Cuántas veces hemos oído esta frase en boca de grupos, de familias, de comunidades de vecinos? Este, ¿nos puede decir algo bueno? Con nuestro desdén manifestamos inseguridad y falta de humildad para reconocer lo bueno que tienen los demás, quizás aún mejor que nosotros. Los judíos se enfurecen especialmente cuando Jesús hace referencia a personajes y episodios del Antiguo Testamento, como Elías y la viuda de Sarepta y Eliseo y el leproso Naamán. Recordando estas narraciones, Jesús pone el dedo en la llaga ante la actitud de cerrazón de su pueblo. Se refiere claramente a su hipocresía religiosa y les insinúa que sólo los que abren el corazón a Dios serán salvados y escogidos. Su don y su gracia serán para los humildes y sencillos que pongan sus vidas a su servicio. El rechazo hacia Jesús se va recrudeciendo, porque habla con claridad y no tiene miedo a nada ni a nadie.

Pasar de la crítica al bien hablar

Esta lectura es un revulsivo para los cristianos de hoy. Gastamos horas sin fin para criticar a los demás —qué hacen, qué piensan, cómo hablan… Perdemos un tiempo precioso de la forma más absurda.

Ante el anuncio de la buena nueva, debemos sentirnos impulsados a hablar de cosas positivas y bellas, para sacar a la luz aquello de bueno que tiene cada cual. Una de las grandes misiones del cristiano es justamente ir a contracorriente de las críticas y el rumoreo. No hablar nunca mal de nadie, a persona alguna, debería ser un principio en nuestra conducta.

Para dejar de hacer críticas destructivas necesitamos, por un lado, ser comprensivos y misericordiosos, a la vez que muy conscientes. Es una frivolidad perder el tiempo en críticas banales. Una actitud humilde nos ayudará a reconocer los dones de los demás.

Las palabras de las gentes de Nazaret pueden resultarnos familiares. ¿Quién es éste o ésta? Si lo conocemos de hace tanto tiempo… ¿qué tiene que decirnos de nuevo? Pues bien, aquella persona humilde que vive a nuestro lado también nos puede enseñar muchas cosas. En la sencillez se manifiesta el soplo del Espíritu.

Pedimos milagros

La gente espera prodigios espectaculares de Dios. Pero el gran milagro ya se ha producido: somos herederos de su palabra. El gran milagro, hoy, es su permanencia constante en la Eucaristía. Dios se nos ofrece a sí mismo: lo que nos dé por su providencia será por añadidura. Pero el mayor regalo ya lo tenemos: Cristo resucitó y nos abrió el camino a una nueva vida.

No podemos salir de una celebración eucarística admirados de cuanto hemos oído y volver a nuestras actitudes fáciles y cómodas de criticar y señalar a los demás. Aprendamos a valorar el milagro inmenso de la presencia de Cristo entre nosotros. Ser conscientes de la grandeza de este don transformará nuestra vida y nos hará responsables a la hora de emplear nuestro tiempo y nuestras palabras. Ojalá nuestras conversaciones reflejen siempre la bondad de Dios, y nuestro tiempo sea invertido en acrecentar su Reino.


2022-01-21

3r Domingo Ordinario - C

«Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a liberar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor»

Lucas 4, 14-21.


Las tres lecturas de este domingo contienen auténticos tesoros para nuestra fe. La primera, del libro de Nehemías, y el evangelio de Lucas, nos presentan dos escenas en las que la Palabra de Dios se lee en público. La carta de san Pablo recoge una imagen genial del apóstol para explicar qué es la comunidad cristiana. Si tuviéramos que destacar una frase de cada lectura podríamos subrayar estas tres:

«No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»

«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.»

«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.»

Unidas, una tras otra, completan un mensaje hermoso: hoy se cumple una promesa, largamente esperada y transmitida en las escrituras. El reino de Dios ya no es un futuro, una esperanza ni una ilusión, sino una realidad, presente. La liberación ya está aquí, tal como proclama Jesús en la sinagoga. ¡No hay que esperar más! Con él, Dios ya está con nosotros

Y si Dios está con nosotros, ¡nada de llantos ni lamentos!, como dice la primera lectura. Nada de tristezas ni golpes de pecho: el gozo del Señor es vuestra fortaleza. Dios se goza con sus hijos, y sus hijos se gozan por el amor que reciben de su Padre. La presencia de Dios no es represora ni severa, sino que llena al hombre de alegría.

Pero Dios hace algo más que estar cerca, o con nosotros. Dios nos hace parte de él mismo, nos invita a compartir su propia vida. Con Jesús, ya no es que Dios sea nuestro aliado: es que nosotros formamos parte de Dios.

San Pablo ofrece esta metáfora audaz y precisa de lo que es la Iglesia: un cuerpo. Un cuerpo con muchas partes, que expresan su diversidad. Al igual que cada miembro es diferente, no hay dos personas iguales y todas pueden aportar algo bueno al grupo. Todas son dignas y buenas, y para que el cuerpo esté sano es importante que todas funcionen en armonía, coordinadas, a una. Esta unidad es la que nos hace crecer y desplegarnos.

La imagen de Pablo no sólo señala que la diversidad es buena, sino que es necesaria. No todos podemos hacer lo mismo; el cuerpo no es todo ojos, ni todo oídos o todo manos o pies. ¡Sería monstruoso! De la misma manera, una comunidad, una sociedad uniforme y cortada por el mismo patrón, sería un engendro mutilado, incapaz de funcionar y de producir obras buenas y creativas.

Buena reflexión para la Iglesia, pero también para el mundo político y social. En la arena política, la diversidad no debería verse como una guerra de enemigos, sino como una riqueza de pensamiento y experiencias que, en sintonía, puede mejorar la sociedad. Qué diferentes serían las cosas si los políticos, en vez de atacarse y luchar por el poder, consiguieran ponerse de acuerdo para gobernar con sensatez, buscando el bien común y no los intereses del partido. Qué madurez demostrarían si lograran gobernar coordinando personas de tendencias y mentalidades plurales.

En la naturaleza, otro libro que nos habla de Dios, también lo vemos. Toda forma biológica compleja, todo organismo, se ha formado uniendo partes diversas. La vida es diversidad y a la vez unión. Cuanto más diverso es un ecosistema, más fuerte y más sano es. En cambio, la uniformidad y la división traen la ruptura y la muerte.

Tenemos en nosotros todo el potencial para vivir, ahora, el reino de Dios. Es decir, para ser libres, para ser felices, para desplegar todos nuestros talentos y ponerlos al servicio de los demás. No hay excusas. Jesús nos apremia: Ese día ha llegado. Si queremos, podemos hacerlo posible ya. Dios está con nosotros, ¿hemos olvidado este gozo?

2022-01-14

2º Domingo Ordinario - C

«Haced lo que él os diga.»

Juan 2, 1-11


¿A qué comparar el amor que Dios tiene a la humanidad? En la Biblia surge continuamente una imagen: amor esponsal. Una boda, la alegría de los esposos, el deseo de los amantes, la imagen de una novia que es recibida por el novio, cubierta de sedas y joyas, entre cánticos y danzas. Belleza, alegría, gozo íntimo. Dios quiere derramar su amor en nosotros, llenándonos la vida de fiesta.

Jesús también utilizó esta comparación: el reino de Dios es un banquete, una boda, una celebración llena de regocijo y belleza. Juan, en su evangelio, relata el primer “signo” del reino que hace Jesús. No es una curación ni un milagro espectacular, sino una señal festiva: convertir el agua en vino. Si alguien se hizo una imagen de un Dios severo y serio, ¡qué lejos está del evangelio! Dios es amigo de la alegría y de la fiesta.

Pero en el relato de las bodas de Caná hay muchos detalles que podemos aplicar a nuestra vida. Fijémonos en María, la madre de Jesús, siempre atenta a lo que ocurre. María es modelo de mujer despierta, que percibe las necesidades de los demás y actúa. En este caso, como no puede hacer otra cosa, avisa a su hijo. Y se vale de los criados para empujarlo a actuar, al estilo de las decididas matriarcas bíblicas, que no se detienen ante nada cuando se trata de perseguir un buen fin.

¿Por qué se resiste Jesús? No ha llegado su hora, dice. No quiere precipitar las cosas, el reino debe construirse poco a poco… Pero Jesús no resiste la petición insistente de una madre, ni el sufrimiento de los novios que pueden quedar avergonzados, ni la decepción de los invitados. Si algo puede precipitar la acción de Dios, es el dolor humano y una súplica ferviente.

Pero Dios nunca actúa solo. Como dice san Pablo en su carta, él actúa en todos, y es a través de nuestro esfuerzo y creatividad como va a resolver las cosas. Nuestros carismas son regalos de Dios que nosotros hemos de regalar a los demás. En las bodas de Caná, estos talentos son representados por las tinajas de agua: agua clara que purifica. El agua simboliza nuestro esfuerzo y nuestra voluntad. Pero sin la acción de Dios, nunca se convertiría en vino. De la misma manera, nuestros esfuerzos, sin la gracia de Dios, son derroche vano. ¿Qué hacer? Como los criados, hemos de presentar nuestras tinajas ante Dios. Ofrezcámosle lo que somos y hacemos. Pongamos ante él nuestra vida, nuestros sueños, nuestros talentos y empeños. Y él lo transformará, haciendo que dé frutos buenos.

En la lectura de Pablo se refleja una realidad de las primeras comunidades, trasladable a nuestras parroquias y comunidades de hoy. Cada cual tiene sus carismas, dones y habilidades. Podemos reservárnoslos para nosotros mismos, o para acrecentar nuestros propios intereses, ya sea de crecimiento económico, profesional, prestigio… Los talentos de Dios usados en bien propio pueden llenarnos momentáneamente. Pero se agotan y se pierden, como el vino que se acaba. En cambio, si los ponemos al servicio de los demás, de forma generosa y humilde, Dios los mejorará y los multiplicará, como ese vino de gran calidad que nadie esperaba al final de la boda. Y muchos más podrán beneficiarse y alegrarse con nosotros.

2022-01-07

Bautismo de Cristo - C

«Tú eres mi hijo, el amado. En ti me complazco.»

Lucas 3, 15-22



Las lecturas de hoy se centran en el bautismo, el primer sacramento de la fe cristiana. Todos hemos asistido a algún bautizo. No recordamos el nuestro, pues casi siempre éramos muy pequeños, pero hemos visto fotografías y recuerdos. Sabemos que el bautismo es la ceremonia que nos hace, oficialmente, cristianos, y en la que se nos da un nombre. También se nos enseña que por el bautismo somos lavados del pecado original. En el caso de los bautismos adultos, además borra todos los otros pecados. Pero más allá de las catequesis básicas, ¿ahondamos en el significado que tiene este evento? ¿Qué nos dice el bautismo?

Por otra parte, hoy celebramos el bautismo de Cristo. Puede parecer algo contradictorio. ¿Necesitaba bautizarse Jesús, si ya era Dios y no tenía pecado? ¿Por qué Jesús quiso bautizarse? ¿Qué significa esa voz salida del cielo, ese Espíritu que desciende sobre él como una paloma? ¿Qué ocurrió realmente en el Jordán?

La escena, que nos narra Lucas, explica que, mientras era bautizado, Jesús oraba. Recibió el agua en un estado de oración, de unión íntima con el Padre. Y en ese momento es cuando desciende el Espíritu y la voz clama: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco».

Las pocas veces que el evangelio reproduce la voz de Dios Padre, el mensaje es casi siempre el mismo. Es una exclamación de amor y reconocimiento hacia su hijo. En el Bautismo, Jesús recibe un mensaje que lo llena de fuerza para iniciar su misión. Es la palmada en la espalda, el abrazo de despedida de su padre, el ¡ánimo, adelante!, que necesita.

San Pablo lo explica con estas palabras: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.» ¿Qué quiere decir ungido? Ungidos eran los reyes y los sacerdotes, con óleo santo, para ser consagrados. Ungido significa pertenecer a Dios. Pero ungir también es un acto de cuidado personal, con aceite fragante, nutritivo y protector. Ungido es ser acariciado, cuidado por Dios. Este amor es el que da toda la fuerza, todo el poder sanador y liberador de Jesús. Es el mismo amor que Jesús dio también a sus apóstoles, y el mismo que recibimos todos los cristianos al ser bautizados.

Sí, en el bautismo, Dios nos mira con amor y nos dice: Tú eres mi hijo amado, mi hija amada. Tú me llenas de alegría, ¡eres mi gozo! No nos da órdenes, ni nos dice «quiero que seas así», o «haz esto», o «pórtate de esta manera». Dios nos ama tal como somos, de forma incondicional. Su primer y más fundamental mensaje no es otro que este: «¡Te quiero!» Con la fuerza que nos da el ser tan amados, podemos crecer, podemos salir al mundo y atrevernos a dar lo mejor de nosotros mismos, sin miedo. Hay un amor más grande que todo el universo, un amor que ha sido derramado sobre nosotros con el agua bautismal, y este amor nos alimenta y nos sostiene, siempre.

2022-01-01

2º Domingo de Navidad - C

La Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... (Juan 1, 1-18).

2021-12-30

Santa María Madre de Dios

Guardar las cosas en el corazón

Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y ser inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresita decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón. 


2021-12-25

Festividad de la Sagrada Familia - C

¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?
Lucas 2, 41-52

Descarga la homilía aquí.

2021-12-17

4º Domingo de Adviento - C

«Bienaventurada tú, que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá.» Lucas 1, 45 María visita a Isabel. Ambas están encintas, ambas esperan a dos niños que cambiarán la historia de su pueblo. El encuentro desborda de alegría: Isabel prorrumpe en alabanzas y elogios a María, por su humildad y su fe.

Descarga aquí la homilía para leer o imprimir.

2021-12-10

3 Domingo de Adviento - C

«Yo os bautizo con agua... Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»

Lucas 3, 10-18
La llamada a la conversión de Juan Bautista es muy actual. No basta creer y esperar, hay que cambiar radicalmente de actitud si queremos recibir ese reino de Dios nuevo que ya llega. La esperanza activa se traduce en gestos cotidianos y muy concretos, que están al alcance de todos, pero que piden un compromiso firme.

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2021-12-02

2 Domingo de Adviento - ciclo C

«Voz del que grita en el desierto: preparad el camino al Señor.»
Lucas 3, 1-6
En tiempos de crisis necesitamos voces proféticas. Hace dos mil años la voz de Juan Bautista se elevó para llamar a sus gentes a la conversión. Hoy, su mensaje no ha perdido vigencia. Es necesario despertar, mirar la realidad con ojos nuevos y enderezar el rumbo de nuestra vida.

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2021-11-26

Primer Domingo de Adviento - C

«Cuando veáis que estas cosas suceden, alzad la cabeza, pues se acerca vuestra liberación.»

Lucas 21, 25-36
Los desastres naturales y las crisis siempre han sacudido a la humanidad. ¿Acaso el fin del mundo está cerca? Jesús nos alerta: no nos dejemos arrastrar por el miedo o por la evasión. Vivamos despiertos y esperanzados. Ante las tormentas, alcemos la cabeza y miremos alto. Él es nuestra áncora y nuestra esperanza, y está cerca.

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2021-11-18

34 Domingo - Jesucristo rey del Universo

«Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.»

Juan 18, 33-37

Jesús es conducido ante Pilato y juzgado, acusado de proclamarse rey de los judíos. Él sostiene que su reino no es de este mundo. La reflexión se despliega en dos polos: el poder y el servicio; el reino de Dios y los reinos de este mundo.

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2021-11-12

33 Domingo Ordinario B - Él está cerca

«El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino el Padre.»

Marcos 13, 24-32

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2021-11-04

32 Domingo Ordinario B - El óbolo de la viuda

«Esta viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, mientras que esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»

Marcos 12, 38-44

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