2014-04-26

¡Señor mío y Dios mío!


2º Domingo de Pascua - A from JoaquinIglesias

Evangelio: Jn 20 19-31


De la incredulidad a la fe

El evangelio de hoy tiene dos partes. En la primera se nos relata la aparición de Jesús resucitado a los discípulos, en el cenáculo, estando Tomás ausente.  En la segunda, se narra otra aparición a los discípulos, con Tomás.

Todos aseguran a Tomás que han visto al Señor, pero él insiste en no creer si no lo ve ni lo toca. Los discípulos que han visto intentan convencer a su compañero con fuerza: han visto al Señor. Así, se convierten en apóstoles de Tomás, ya que le comunican la buena noticia de la resurrección, pero él sigue sin creer.

Paz a vosotros

Después de la muerte de Jesús, sus discípulos quedan desolados y desconcertados, tienen miedo y se esconden. Están inseguros y tristes, encerrados en sí mismos, faltos de toda esperanza. Han perdido el faro que los iluminaba. También han perdido la paz y todas sus ilusiones en los proyectos de su Maestro. La noche se acerca y la oscuridad y el desasosiego invade sus corazones.

Es el primer día de la semana, y permanecen recluidos en la casa. De pronto, se les aparece Jesús. Entra y se pone en medio de ellos, y les dice: “Paz a vosotros”. Son las primeras palabras que les dirige, el saludo hebreo “Shalom”, que significa paz. Sabe que esos hombres desorientados necesitan recibir de su Maestro la paz del resucitado. Pero el deseo de paz no es  suficiente. Tiene que demostrarles que no es un fantasma ni un espejismo fruto del miedo, que su presencia es real; que lo que están viendo es cierto. Y les enseña los agujeros de las manos y el costado. Son las pruebas de que es él, Jesús, él mismo.

Allí, vivo en medio de ellos, les muestra las marcas del dolor, del desgarro, del sufrimiento. Son las pruebas fehacientes de que todo es verdad. Jesús no sólo está vivo: está resucitado.

Brota la semilla de la Iglesia

Ellos se llenan de alegría al ver al Señor. Al ver las marcas de Jesús histórico, de su agonía y su muerte, los discípulos empiezan a despertar del letargo, sacudiéndose el miedo. Ya vuelven a estar juntos, con su Maestro y amigo para siempre. La oscura y penetrante noche da paso a la alborada de su fe. Del miedo y la desconfianza pasan a la esperanza y a la alegría. Los discípulos están contentos, han visto al Señor. Sus vidas cambian totalmente.

La experiencia del encuentro con el resucitado los marcará a todos para siempre. En esos momentos, comienzan a nacer a una vida nueva. Brota el germen de lo que será la futura Iglesia, fundamentada sobre el pilar de la resurrección de Jesús.

El ímpetu de los apóstoles

No habría vocación, ni misión, ni Iglesia sin la adhesión total a la persona de Jesús resucitado. Los discípulos sienten esa certeza en el corazón, con todas sus fuerzas. La intrepidez de los primeros apóstoles sacude la historia como un maremoto en el mar. El empuje que reciben a partir de esta experiencia llega hasta nosotros, con todo su ímpetu.

Una vez serenos, llenos de alegría e invadidos con la paz del resucitado, Jesús exhala su aliento sobre los discípulos y les regala su Espíritu Santo. Al mismo tiempo, los llama a una gran misión: convertirse en ministros del perdón y de la misericordia. Les da la autoridad de conducir las almas perdidas, para que nadie quede fuera del rebaño de Cristo. Jesús no solo da a sus apóstoles la paz y la alegría, también les otorga la fuerza de su aliento, el fuego de su amor. Con la resurrección de Jesús, se recrea el universo. A partir de la muerte y vida de Jesús, todo queda recreado en su persona. También el universo de nuestras vidas se transformará hasta llegar a engendrar un nuevo Cristo en cada uno de nosotros. Somos todos los bautizados de la nueva creación, que es la Iglesia.

En el cenáculo, con Tomás

En la segunda parte del texto vemos como los discípulos explican a Tomás que han visto al Señor. Hablan, llenos de alegría, ante un Tomás desconcertado e incrédulo. Aún no le ha llegado el momento definitivo, sigue  en la noche oscura de su fe. Quizás camina sin rumbo y desesperado, porque todavía no ha vivido la gran experiencia que han tenido sus compañeros. Solo y apesadumbrado, sin orientación, camina hacia ninguna parte, porque no ha estado presente en el primer encuentro de Jesús con sus discípulos.

A los ocho días, se reúnen todos de nuevo y, esta vez, Tomás está con ellos. Sus compañeros ya no tienen miedo, pero él sí. Y no sólo teme, sino que se cierra a creer. La duda se ha apoderado de él. A pesar de todo está allí, en el cenáculo. Es entonces, con las puertas cerradas, cuando Jesús se les aparece de nuevo. Les vuelve a dar la paz, también a él, y le dice: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos, trae tu mano, aquí tienes mi costado”.

La claridad de la fe

Jesús sabe que Tomás necesita un revulsivo mayor. Tocar las llagas de Jesús es la evidencia clara de su resurrección. Está allí, vivo, hablando con él. Jesús hace que Tomás palpe el dolor más hondo de su corazón, latiendo con nueva vida. Es la señal más clara de su amor, que rebasa el sufrimiento. La incredulidad de Tomás se convierte en fe: “¡Señor mío y Dios mío!”, exclama Tomás. En sus palabras hay una cierta connotación de pena y de disculpa pero, a la vez, una enorme claridad. Tomás hace una declaración de fe. Cuando la luz del resucitado penetra en su ser las dudas quedan totalmente disipadas.

También Tomás se convertirá en otro apóstol de la buena noticia de la resurrección. Ya no está perdido, como sus amigos, que participan de la luz de la fe. Se sienten más vivos que nunca. Han recuperado la esperanza, la fe y la alegría de su Maestro, pero ahora resucitado. Con esta fuerza interior, todos convencidos y a una, anunciarán su resurrección y la extenderán por todos los lugares de la tierra. Esa noticia barrerá el mundo, como un huracán, y llegará hasta un día como hoy, en que los cristianos revivimos en comunidad la gran experiencia de la resurrección.  En cada eucaristía que celebramos, estamos asistiendo a la resurrección de Cristo y recibiendo el mismo Espíritu que sopló sobre sus discípulos.

Y, como ellos, tenemos una misión: comunicar con vigor misionero a todos los que tenemos alrededor que también nosotros somos partícipes de este gran acontecimiento.

2014-04-19

Pascua de resurrección


Pascua A - 2014 from JoaquinIglesias

Evangelio del día: Jn 20, 1-9

La resurrección de Cristo es la fiesta por excelencia de la vida cristiana. Sin este acontecimiento, no se entendería la vida de la Iglesia y el sentido de nuestro ser cristiano. Como dice San Pablo, “si Cristo no hubiera resucitado, ¡vana sería nuestra fe!”. El encuentro con el resucitado marca nuestra forma de vivir y estar en el mundo, de una manera trascendida.

La fe alumbra en la tiniebla

El evangelio de San Juan nos relata cómo María Magdalena sale al amanecer, cuando todavía es de noche, hacia el sepulcro. Su gesto es simbólico de una fe que, aún a oscuras, alienta esperanza. María Magdalena ya ha vivido una experiencia de resurrección íntima cuando se encontró con Jesús y él la rescató de las esclavitudes de su vida anterior. En su corazón alberga una última esperanza y una certeza: su Maestro no puede morir definitivamente. De aquí que, apresurada, se acerque al sepulcro al romper el alba.

Ante el sepulcro vacío, brotan sentimientos diversos: alarma, sorpresa, desolación… ¿Dónde está el Maestro? Poco a poco, la esperanza va creciendo en su interior, y María va corriendo a comunicarlo a los discípulos. En especial, se dirige a Pedro, pues reconoce su liderazgo en el grupo y busca en él confirmación de este hecho perturbador.

La autoridad confirma la fe

Pedro y Juan, el discípulo amado del Señor, corren al sepulcro. Juan, que corre más aprisa, también reconoce la autoridad de Pedro y, conteniendo su natural curiosidad e impaciencia, no entra en el sepulcro y aguarda a que él llegue. Entonces, ven que realmente el sudario está en el suelo y la tumba vacía. Jesús no está allí. Para el judío, un sepulcro vacío significa algo más que simple ausencia; es un anticipo y una primera prueba de la resurrección.

Juan, narrador del evangelio, nos cuenta que entró, vio y creyó. Es entonces cuando comprenden las Sagradas Escrituras y muchas palabras y alusiones de Jesús a su muerte y resurrección.

En este pasaje, Pedro representa el Papado, la tradición y el Magisterio de la Iglesia. Juan es el teólogo, con una viva experiencia de Dios, pero que espera, humilde, la confirmación de la autoridad. De alguna manera, esta lectura nos hace pensar que los cristianos no podemos ir inventando teologías particulares, o haciendo lecturas un tanto subjetivas de las escrituras. Es importante atenernos a los hechos y a la tradición y enseñanzas de la Iglesia, que están fundamentadas sólidamente en estos primeros testimonios, cercanos a Jesús. Muchas personas utilizan la Biblia para extraer teorías subjetivas y originales, quizás un poco ligeramente. No olvidemos que estamos hablando de una experiencia que nos sobrepasa y que va más allá de nuestras elucubraciones. Este episodio evangélico nos muestra la importancia de la comunión y de reconocer unas verdades inmutables que los cristianos coherentes no podemos cuestionar, como el hecho de la resurrección.

Vivir la resurrección, hoy

Nosotros, los cristianos de hoy, no somos testigos oculares de primera mano; no hemos vivido la experiencia de los primeros apóstoles ni hemos escuchado su testimonio, como los cristianos de las primeras comunidades. Pero sí hemos heredado esa vivencia y hemos recibido el mismo don que ellos: la gracia, el don sobrenatural de la fe. San Pablo tampoco fue un testigo directo de la resurrección y no conoció a Jesús como lo hicieron los Doce discípulos, pero su vivencia fue extraordinariamente honda y sincera. ¡Cuánto hizo, y cuán lejos llegó, movido por la fe!

Hoy, participar de la eucaristía nos hace testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Comulgando, Jesús se hace presente entre nosotros y dentro de nuestro ser. Como predicó el Papa Benedicto en su homilía de la Vigilia Pascual, con la resurrección, Jesús rompe las barreras entre el pasado y el porvenir, y entre el tú y el yo. “El Resucitado está presente ayer, hoy y siempre; abraza todos los tiempos y todos los lugares. También puede superar el muro que separa el yo del tú. Así lo dice San Pablo: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Cada vez que acudimos a misa estamos asistiendo al acontecimiento pascual y recibiendo el Espíritu Santo que alentó a los apóstoles.

Las mujeres, apóstolas

No deja de ser significativo que, en una cultura que marginaba a las mujeres y las relegaba a una posición socialmente inferior, la figura de la mujer aparezca en primer lugar en un hecho tan fundamental de nuestra fe.

Jesús se aparece, antes que a nadie, a las mujeres. Ellas fueron las únicas que no lo abandonaron en su pasión. Con Juan, ellas estuvieron al pie de la cruz. Ahora, son ellas las primeras en recibir la gran noticia de su resurrección. Esto tiene enormes consecuencias de tipo pastoral, social y cultural. La mujer tiene una sensibilidad espiritual muy profunda para captar situaciones importantes. Las mujeres se convierten en apóstolas de los apóstoles. Su actitud y su valentía son un referente para las mujeres cristianas de hoy.

Comunicar la mayor de las noticias

Hoy, domingo de Pascua, celebramos que hemos recibido la mayor de las noticias. Frente a un mundo convulso y desconcertado, donde los medios de comunicación se nutren de desgracias y catástrofes, la noticia pascual nos ha de llenar de gozo y alegría. Tenemos suficientes motivos para ser felices y no dejarnos hundir por el desánimo ni la indiferencia. Los cristianos no podemos rendirnos ante la avalancha de  malas noticias. Hemos de ser comunicadores de la alegría del resucitado. Como cirios pascuales, hemos de esparcir luz y alegría en el mundo. La alegría es una cualidad esencial y constitutiva del cristiano. Nos habla de la fuerza del amor, que vence la muerte y todas las tribulaciones. Nada ni nadie nos puede arrebatar esta alegría. Cristo vive, hoy y para siempre, en nosotros.

2014-04-10

Domingo de Ramos - A


Pasión según San Mateo 


Un relato que toca a nuestras vidas 


La narración de la Pasión de Jesús estremece al lector. Contemplamos la puesta en escena de un proceso largamente maquinado contra Jesús. El hombre justo, que pasó su vida haciendo el bien, recibe al final toda clase de vejaciones y crueldades. El bien que derrochó a manos llenas se ve correspondido con el rechazo, la burla y la condena a muerte. El autor no ahorra detalles que ponen de manifiesto lo absurdo de su muerte y, al mismo tiempo, el total abandono de Jesús a la voluntad de Dios. Ante este relato, no podemos permanecer indiferentes. Son muchos los momentos de la Pasión que han de resonar en nuestras vidas. 

El beso de Judas 


Antes de morir, Jesús reúne a los suyos en una cena y les transmite su legado espiritual. Pero ya en esos momentos de intimidad, la sombra del mal acecha y se manifiesta. Jesús anuncia la traición de Judas y presiente la negación, la soledad, la burla y su penoso camino hacia el Calvario. Cuando lo vienen a prender, en el huerto de los olivos, y Judas lo besa, Jesús lo recibe con estas palabras: “Amigo, ¿a qué vienes?”. Es una cruel paradoja que Judas utilice una expresión de cariño, el beso, como contraseña para identificar a Jesús y ordenar que lo prendan. Este gesto nos hace pensar en cuántas veces las manifestaciones de ternura son auténticas o, por el contrario, no responden a lo que vive el corazón. 

Dios padece y muere con los que sufren 


La Pasión de Jesús nos lleva inevitablemente a meditar sobre los males que asolan el mundo y sobre la presencia de Dios. ¿Qué hace Dios, cuando la humanidad sufre tanto? La respuesta es la misma persona de Jesús. Dios ama tanto al hombre que se hace como él, hasta el punto de ponerse contra sí mismo. Es decir, por un infinito respeto a la libertad humana, Dios renuncia a su poder, incluso al poder sobre el mal, y acepta ser víctima de ese mal. El ofrece su amor, pero acepta que el hombre lo rechace. Así, se sitúa al lado de todos los que sufren injustamente, heridos por la iniquidad del mal. En medio de las desgracias y los males del mundo, Dios está allí, crucificado, maltratado y tendido con los que sufren y mueren. 

La causa de la Pasión 


Veamos la Pasión desde otra perspectiva. ¿Hemos pensado alguna vez que nosotros podemos ser causantes de pasión y sufrimiento a los demás? Hoy vemos que mucha gente sufre en el mundo: desde niños maltratados y abusados, personas solas, ancianos, marginados, indigentes sin techo… Cuando apartamos a Dios de nuestras vidas, el mal se adueña de todo y causa estragos. Es el rechazo a Dios lo que provoca tanto dolor, y él se coloca al lado de las víctimas. Ellas son, hoy, el rostro de Cristo sufriente, que nos impacta durante las celebraciones de Semana Santa. 

Se suelen hacer lecturas sociológicas y políticas sobre la Pasión de Cristo. Pero, más allá de estas visiones, hemos de ahondar en nuestras propias actitudes. A veces, nosotros mismos somos causa de dolor para familiares, amigos, vecinos o personas conocidas. Cuántas veces, por tonterías o frivolidades, generamos problemas absurdos que hacen sufrir a los demás. Cada día se dan en el mundo muchas pequeñas pasiones: las que inflingimos a causa de nuestro egoísmo. 

Vivir en propia carne la pasión 


Durante estos días participaremos en eucaristías, vía crucis, procesiones… Las imágenes que contemplaremos nos han de hacer pensar y han de ser un revulsivo que cambie nuestra actitud ante el dolor. No podemos permanecer indiferentes ante el que sufre. Las celebraciones de la Pasión no son un mero recordatorio de un hecho histórico, sino una actualización viva de la muerte y resurrección de Jesús. Los cristianos hemos de ser valientes para asumir, si es necesario, el sufrimiento por amor. Nuestra cruz es todo el lastre y el peso que asumiremos, voluntariamente, como consecuencia de nuestro amar. Entonces estaremos haciendo viva y real la pasión de Cristo en nuestras vidas. 

La pasión interior, más dolorosa 


Detrás de la muerte de Jesús vemos traición, negación, intrigas por el poder, falsedad y engaño. El juicio que se celebra contra él es irregular, forzado y lleno de defectos legales. El mismo Pilatos, sin ser hombre sensible, se resiste a condenarlo pues ve su inocencia con claridad innegable. Más duro que el desgarro físico, el gran dolor de Jesús es la traición de su amigo y el abandono de los suyos. Escapan y lo dejan solo ante sus enemigos. Estos, se burlan de él y de su amor a Dios, retándolo con mordacidad. Si Dios lo ama tanto, ¿cómo es que lo abandona de esta manera, permitiendo que sea condenado y sufra? El componente psíquico y moral de la pasión es tan o más hondo que las torturas. 

La docilidad de Jesús 


Pero hay otro aspecto de la Pasión aún más trascendente que el puro dolor. Dios es capaz de sufrir a manos de la criatura que ama. Jesús, totalmente dócil al Padre, acepta este sufrimiento. Ante tamaña injusticia, huir, resistirse o defenderse son actitudes muy humanas. Pero Jesús adopta la actitud de Dios, y es aquí donde se manifiesta de forma más sobrecogedora su íntima unión. Asume el mal, lo acepta, cae bajo su crueldad y muere perdonando a sus verdugos. 

La docilidad de Jesús no es una llamada a ser pasivos ante los males del mundo, pero sí nos enseña a tener la mirada puesta en Dios, para seguir su voluntad. Nos anima a contemplar los padecimientos con ojos trascendidos y confiando en la fuerza del amor. En esta Semana Santa, que iniciamos con la entrada de Jesús en Jerusalén, ojalá seamos capaces de mirar a Cristo desde su sufrimiento y nos identifiquemos con él. Ojalá nos llegue su fortaleza interior, su fidelidad al Padre hasta el último momento. Sólo así comprenderemos que la muerte, finalmente, no tiene la última palabra. Sólo así llegaremos a vivir una auténtica Pascua. Joaquín Iglesias

2014-04-03

Una llamada a vivir la vida de Dios


Los amigos de Jesús


En su itinerario misionero, además de anunciar con gozo la Buena Nueva, Jesús va creando a su alrededor grupos de amigos buenos y fieles, como los de Betania. Son personas que se encuentra en su camino y con las que establece unos vínculos de profunda amistad. Lázaro, Marta y María, ocupan un lugar importante en el corazón de Jesús.

El evangelista nos narra una bella historia de Jesús con los amigos de Betania. En la narración se puede intuir el grado de estima que se tenían entre ellos. El autor sagrado nos dice que Jesús amaba a los tres hermanos, tanto es así que aparece profundamente apenado por la muerte de Lázaro y por tres veces el texto nos dice que sollozó. Conmovido, Jesús llora por su amigo. Los lazos de su amistad con él y sus hermanas son muy fuertes.

El dolor ante la muerte


Estas escenas de duelo son situaciones que se dan en la vida. Todos hemos vivido el dolor y la pena por la muerte de algún ser querido, en nuestros círculos de familiares o amigos. Cuando alguien a quien amábamos se muere, seguramente hemos sentido un profundo desasosiego. La muerte nos impacta de tal manera que no nos deja indiferentes ante el sufrimiento del amigo. Aunque silenciosa, siempre está cerca de nosotros.

Las hermanas de Lázaro mandan un recado a Jesús para que se desplace a Betania porque su hermano está enfermo. Jesús, entonces, afirma algo contundente: la enfermedad de Lázaro no acabará con su muerte. Recordemos que el evangelio nos ha narrado recientemente cómo Jesús daba luz a un ciego de nacimiento, otorgándole el don de la vista.

Esta vez  el reto es mayor: devolver la vida a Lázaro. El texto recalca que Jesús amaba a Lázaro, y creo que aquí está la clave del milagro: el amor. El amor nos hace vivir de una manera trascendida resucitada. Para la samaritana de Sicar, Jesús es el agua viva; para el ciego de nacimiento es la luz, y para Lázaro y sus hermanas es la resurrección.

Jesús tarda cuatro días en llegar, cuando Lázaro ya está enterrado. María corre desconsolada al encuentro de su amigo y, como es normal, le reprocha que no haya estado con ellos. Marta tiene confianza en Jesús y se atreve a decirle que su hermano no hubiera muerto si él hubiese estado con ellos.

Jesús y Marta: aprender a confiar


En Marta intuimos un aprecio y una profunda confianza hacia Jesús. Ella tiene fe en Jesús. Tiene la certeza de que lo que le pida le será concedido, por el profundo vínculo que los une. Jesús dice a Marta: Tú hermano resucitará. Este diálogo lleno de confianza y fe les llevará al milagro.

Sólo cuando tenemos total confianza y abandono en aquel que nos ama se produce el gran milagro de sentirse vivo. Este momento nos hace vibrar de tal manera que nos hace vivir, ya aquí, la eternidad. Cuando uno ama de verdad se siente renacer de nuevo en la persona amada. Podríamos decir que cuando hay amor auténtico, se está viviendo aquí y ahora la vida eterna. Estamos preludiando la resurrección.

El rico diálogo entre Jesús y Marta culmina en la gran afirmación que hoy repetimos en el Credo. Jesús es la resurrección y la vida. “¿Crees esto?”, pregunta Jesús a Marta. Marta responde con una proclamación de su fe. “Sí, creo”.

Salir afuera: resucitar es también liberarse


Solo cuando creemos en Jesús nos puede devolver la vida, aquella que un día perdimos porque nos alejamos de él. Solo si creemos en su amor infinito él, con su potestad divina, con todas sus fuerzas nos dice: Salid afuera. Salid de vosotros mismos, de las cadenas que os atan, de la penumbra que oscurece vuestra vida. Él nos desatará y nos librará de todo aquello que nos esclaviza y no nos deja vivir según Dios.

Abramos nuestras vidas a aquella voz potente que nos grita con fuerza que salgamos de nuestro escondite, de la apatía y del egoísmo. Jesús nos dirá, con voz recia, que salgamos afuera y que vayamos a él. Él es la auténtica vida y lo puede todo. 

Nunca es tarde para Dios


Muchos dudaban, pero Marta creía plenamente en Jesús. Para él nada está perdido y nada está del todo muerto. Cuando Jesús ordena abrir el sepulcro, Marta le dirá: Señor, ya huele mal. El pecado corrompe nuestras entrañas, pero el amor de Dios puede convertir un corazón corrupto y herido en uno virgen y limpio. Si tenemos fe en Jesús, él nunca llegará tarde cuando lo necesitemos. Para Jesús lo más importante es darnos la vida sobrenatural. Jesús nos libera y nos da la vida nueva para que caminemos junto a Él. Su amor sacia nuestra sed de Dios, nos ilumina en nuestro camino y nos regala el Cielo.

2014-03-28

El ciego de Siloé


4º Domingo Cuaresma - A from JoaquinIglesias

Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
Jn 9, 1-41

El evangelio del ciego de nacimiento, en este cuarto domingo de Cuaresma, es un atisbo de la Pascua, la luz de Cristo resucitado. 

Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento y hace que pueda ver. Hemos de entender este milagro como un acto profundamente simbólico.

Curar a un ciego de nacimiento es un reto para Jesús. Este hombre jamás ha podido ver. Pero Dios puede curar nuestras más profundas cegueras, y no sólo las físicas. La máxima ceguera podríamos decir que se da cuando negamos la evidencia de su amor.

La tierra engendradora


Jesús no pasa de largo ante el dolor de las personas. Cuando ve al ciego, se detiene ante él. Pero no lo cura inmediatamente, sino que lleva a cabo varios pasos. Primero, ensaliva la tierra y le mete el barro en los ojos. Este gesto evoca el Génesis: con barro, Dios moldea al primer hombre, Adán. Con su aliento divino, Dios también moldea nuestro espíritu y nuestra vida.

El agua purificadora

Seguidamente, Jesús le dice al ciego que vaya a la piscina a lavarse. El agua simboliza la purificación, la limpieza interior. Dios nos lava de nuestra culpa, de nuestro pecado. El ciego obedece a Jesús y, al regresar del baño, sus ojos se abren y recibe el don de la vista.
Ante Dios, todos somos indigentes y necesitamos pedir su gracia y su amor para que nos cure, nos limpie y nos ayude a ver más claro el horizonte de nuestra vida.

La incredulidad obstinada


Cuando queda curado, la gente a su alrededor queda atónita ante el milagro. ¿Quién puede curar a un ciego de nacimiento? En Jesús, Dios puede sanar hasta la enfermedad más grave y persistente. Quizás la peor de todas las dolencias es cerrar los ojos y negar a Dios, la prepotencia de creer que todo lo podemos sin él.

Los fariseos interrogan una y otra vez al ciego para pedir explicaciones de cómo ha sucedido el milagro. En el ciego, la claridad es cada vez más intensa, mientras que los judíos de la sinagoga, obcecados, cada vez van cerrando más los ojos ante ese acontecimiento extraordinario.  Su obstinación les impide ver lo ocurrido porque no creen en Jesús. En cambio, el ciego reconoce en él a un gran profeta. Su adhesión a Jesús crece en la medida que los fariseos se van alejando de él.

La ley y el hombre


Tras el milagro, surge también otra cuestión polémica, el choque entre Jesús y el legalismo judío, la cuestión del sábado y la observancia de la Ley de Moisés.

Para Jesús, cumplir la ley es importante, pero también lo es la dignidad de la persona y su vida. El hombre no está hecho para la ley, sino la ley para el hombre. Los fariseos discuten si realmente puede ser hijo de Dios, ya que no respeta el sábado. ¡Cuántas veces pesan más en nosotros los ritos, las celebraciones, el cumplimiento del precepto, que el amor, la caridad, la unión entre todos los cristianos!

La fe, puesta a prueba


El ciego sufre su pequeño vía crucis: pasa por un largo interrogatorio en la sinagoga que, lejos de hacer tambalear su convicción, lo lleva a afirmar con mayor fuerza su adhesión a Jesús. Pero esta afirmación lo aboca al rechazo y es echado de la sinagoga.

Jesús lo busca, cuando se entera de que ha sido expulsado de la sinagoga. El último diálogo entre ambos es crucial. Jesús le pregunta directamente si cree en el hijo del hombre. Tras su proceso interior de creciente iluminación, y tras el choque con los fariseos, el ciego aún le pregunta una última vez. “¿Quién es el hijo del hombre, para que crea en él?”. Y Jesús le confirma su identidad. “Soy yo”. Al pronunciar ante Jesús “Sí, creo”, el ciego trasciende el aspecto físico del milagro. Ya no sólo ve físicamente, sino con los ojos de la fe.

Al igual que el ciego, los cristianos de hoy, que vivimos de forma entusiasta y convencida nuestra fe, podemos topar con el rechazo de muchos sectores sociales. Una experiencia viva y personal para nosotros es evidente, pero para otros puede ser increíble o inaceptable. Incluso podemos ser vilipendiados por nuestras convicciones. Pero estas pruebas, comparadas con el amor de nuestro Creador, no han de servir para otra cosa que reforzar nuestra fe y buscar con mayor ahínco su luz.

Los cristianos sabemos que Cristo está presente en la eucaristía, hecho alimento para todos. Hemos experimentado ya muchas veces que nos ha amado y nos ha perdonado. Por ello, hemos de convertirnos en pequeños faros luminosos para que otros puedan ver, con nuestro testimonio vivo, que Cristo es nuestra luz y que su amor ha vencido las tinieblas, la oscuridad. Como diría San Pablo, estamos instalados en la luz de Cristo.

Dios quiere nuestra salud


Dios quiere nuestra salud. El gesto de emplear saliva y barro para curar los ojos puede significar también que Dios ha puesto en la naturaleza todos los medios terapéuticos para mejorar nuestra calidad de vida. Pero no hablamos sólo de la ceguera física, sino de la peor de las cegueras, la de aquellos que, viendo, no quieren ver.

Dios nos da, no sólo la vida y el aire para respirar, sino que continuamente obra pequeños milagros que van reforzando nuestra vida espiritual. Hemos de saber ver a Dios en los demás, descubriéndolo en los acontecimientos de cada día, seguros de que siempre está actuando y dándonos vida y luz.

2014-03-21

La mujer samaritana



Evangelio: Jn 4, 5-42

Dios nos sale al camino en la vida cotidiana 


El evangelista nos describe un hermoso cuadro con enorme contenido catequético. Junto al pozo de Sicar, Jesús instruye a una mujer samaritana haciéndole descubrir la trascendencia del amor de Dios. El autor sitúa la acción de Jesús en un marco cotidiano y en un lugar físico y geográfico: Sicar de Samaria. Además, para dar veracidad al relato, señala la hora del día. Con estos detalles, quiere indicar cómo Dios entra en nuestra historia de cada día. 

Mucha gente debía ir al pozo de Jacob a buscar agua, como aquella mujer. Dios se manifiesta en nuestro quehacer ordinario, en nuestras acciones sencillas del día a día. No hay que esperar una gran revelación o un momento místico. Nos sale al encuentro paseando, trabajando, mientras estamos con los amigos… Dios es así de cercano. Pero veamos la carga teológica de este encuentro y esta conversación de Jesús con la samaritana, junto al manantial. 

La sed de trascendencia 


Hemos leído en la lectura del Antiguo Testamento, como los israelitas murmuraban contra Moisés porque en su travesía por el desierto padecían sed. En nuestro itinerario por la vida también nosotros tenemos sed de Dios, sed de trascendencia. Pero, así como en el Éxodo es el pueblo quien pide a Moisés de beber, y él clama al cielo para que el agua brote de la roca, en el pozo de Samaria, es Jesús quien pide a la samaritana que le dé de beber. Con esta petición, inicia un diálogo que acabará en una catequesis sobre la gracia. 

La mujer se extraña de que un judío se dirija a ella y le pida agua, ya que judíos y samaritanos estaban enemistados. Pero Jesús tiene muy claro que la salvación es universal y para todos. Aunque le diga que viene del pueblo judío, fiel a la tradición de su fe, la salvación está abierta al mundo entero. 

Cuántas veces sufrimos necesidad y falta de agua. Cuando padecemos sed, vemos que es vital para sobrevivir. También tenemos otra sed, la sed de felicidad y de trascendencia, que buscamos saciar de múltiples maneras, a veces equivocadas. Cuando por el pecado o por el orgullo nos volvemos autosuficientes, nos damos cuenta de que, por mucho que lleguemos a beber del dinero, del sexo, del poder… siempre volverá a brotar en nosotros la angustia de la sed. 

El agua viva Jesús le ofrece a la samaritana una fuente de agua viva que nunca se agota, y que será “un manantial que salta hasta la eternidad”. En realidad, Jesús se nos está ofreciendo como el auténtico manantial espiritual, de aguas vivificantes que pueden apagar nuestra sed. La mujer le pedirá que le dé a beber de esa agua, porque nunca más quiere tener sed. 

Sólo Dios puede saciar nuestra sed de trascendencia y de felicidad. De la experiencia al testimonio Después de una buena catequesis, Jesús cambia la vida de esta mujer, haciéndola apóstol, comunicadora de su experiencia de encuentro con el Mesías. 

“El Mesías que ha de venir soy yo, el que habla contigo”, le dice Jesús. Él siempre está a nuestro lado. Hemos de aprender a verlo y a descubrirlo. Si nos abrimos de verdad, su gracia entrará como un torrente de aguas frescas en nuestro corazón y nos hará testimonios de ese encuentro con él. 

La samaritana se convierte en anunciadora. Ha quedado tan impactada de sus palabras, de su amor y comprensión, que pasa a ser un pequeño caño de agua para los habitantes de su pueblo. Jesús se queda dos días allí, predicando, y las gentes del lugar creen que realmente es el Mesías. 

Invitar a Jesús 


“Quédate con nosotros”, le suplican. Estas palabras evocan el encuentro, después de resucitado, con los discípulos de Emaús. También nosotros hemos de saber invitar a Jesús a nuestras vidas. Sólo así llenaremos nuestra existencia de sentido y de felicidad imperecedera. La eucaristía es la fuente donde bebemos los cristianos. En ella, Jesús nos invita a beber de su agua viva y a alimentarnos de su pan. En la medida en que nos acerquemos a ella y vivamos el amor de Dios en comunidad, podremos sentir que nuestra vida, ya aquí, comienza a ser eterna.

2014-03-14

La transfiguración en el Tabor


Mt 17, 1-9

Una experiencia mística en el Tabor 


Jesús lleva a sus discípulos más allegados, Pedro, Santiago y Juan, a un monte elevado, y allí se transfigura ante ellos. En el Antiguo Testamento, la montaña se define como un lugar donde Dios se revela. El texto de la transfiguración es una teofanía, es decir, una manifestación de Dios. Leemos cómo el rostro de Jesús cambia y sus vestidos aparecen blancos como la luz. Es una forma de expresar cómo Jesús revela a sus amigos la experiencia íntima que tiene con Dios. Desvela su identidad como hijo del Padre y a la vez corre el velo de las entrañas de Dios. Los tres discípulos son testigos de una experiencia luminosa. 

En el centro de este pasaje evangélico también encontramos a Moisés y a Elías, dos figuras clave del Antiguo Testamento, conversando junto a Jesús. Moisés representa la Ley, Elías el profetismo, la línea de profetas que anuncian la venida del Mesías. Jesús, en el centro de ambos, representa la culminación de la Ley y de los profetas. Él es la única ley: la ley del amor, y el único profeta, que nos anuncia el reino de los cielos, la nueva humanidad, que alcanza la plenitud en su persona. 

Pedro dice a Jesús: ¡Qué bien se está aquí! Construyamos tres tiendas. Para él, es una experiencia hermosa que desearía eternizar. Es testigo del anuncio de la resurrección de Jesús, atisba una vida plena que va más allá de la muerte. Por eso quiere permanecer en ese éxtasis, en esa plenitud. Tanto él como sus compañeros, Santiago y Juan, quedan profundamente impactados por la experiencia. 

Escuchadle 


De la nube sale una voz que dice: “Este es mi hijo el amado, el predilecto: escuchadle”. Se pone de manifiesto la relación paterno-filial entre Jesús con Dios Padre. Para el Padre, Jesús es su hijo, el que lo llena de gozo, y en él tiene puestas todas sus esperanzas para la redención del mundo. A la vez, Jesús se siente hijo pleno del Padre. Es desde esta sintonía entre ambos que el Padre nos dice: “Escuchadle”. 

Hoy se habla mucho. Políticos, filósofos, medios de comunicación… no cesan de transmitirnos mensajes. Sin embargo, ¡qué poco se escucha! La actitud de escucha es fundamental en la vida del cristiano. Sólo si sabemos escuchar y tenemos tiempo para ello aprenderemos a discernir lo que realmente quiere Dios para nosotros. 

La escucha atenta es necesaria para forjar nuestra vida espiritual. Especialmente, esta escucha tiene que ir dirigida a la palabra de Dios y a los signos de los tiempos: saber leer entre líneas lo que Dios nos está queriendo decir a través de los acontecimientos y las personas que nos rodean. 

Mirar las cosas desde Dios 


Jesús les dirá a sus amigos que no cuenten nada hasta que él resucite de entre los muertos. A esto, en teología, se le llama secreto mesiánico. Jesús no quiere precipitar los acontecimientos, pero sí deja claro que quiere ir a Jerusalén, sabiendo que el camino hacia Jerusalén significa ir hacia la cruz, hacia la pasión, hacia el Gólgota. 

La vida del cristiano tiene estos dos momentos: la experiencia luminosa del encuentro con Cristo y, por otro lado, la experiencia de dolor y de cruz, como vivencia de abandono total en manos de Dios. 

Hoy, cada domingo, los cristianos estamos siendo testigos de la experiencia del amor de Dios, como aquellos apóstoles. Cada eucaristía es un Tabor que nos ayuda a transformarnos con el pan y el vino. Nuestra alma adquiere luminosidad con la presencia de Cristo. Tomar a Cristo ha de transfigurarnos y elevarnos para saber vivir con serenidad y mirar nuestra vida desde la trascendencia, desde “la montaña”. En definitiva, la comunión nos hará contemplar el mundo desde Dios. 

2014-03-07

Las tentaciones


En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar durante cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre…

Mt 4, 1-11

Cuaresma, tiempo de acercarse a Dios

En este primer domingo de Cuaresma, la Iglesia nos propone reflexionar en las consecuencias pedagógicas y espirituales que se extraen del texto sobre las tentaciones de Jesús. Cuaresma siempre es un tiempo indicado para fortalecer nuestra relación con Dios. Para ello, es preciso buscar tiempo para la soledad y el silencio. Como veremos en el evangelio, Jesús se retira al desierto a orar. Después de ese tiempo, en el cual es tentado, sale reforzado en su relación con Dios, superando las tentaciones del diablo.

La vida del cristiano es un auténtico combate contra las múltiples realidades malignas que nos alejan de Dios. Jesús nos enseña a vencer las tentaciones y nos demuestra que el bien y el amor son más fuertes que el mal.

La primera tentación, superar la filantropía


Tras ayunar durante cuarenta días, Jesús siente hambre. Será a partir de esta necesidad real que el diablo querrá introducirse en él y fragmentar su relación con Dios. Así lo hace con las personas. Cuando alguien se siente débil, frágil, inseguro, está expuesto a ser fácilmente utilizado. Esta tentación tiene que ver con nuestras necesidades físicas, materiales y psicológicas. El diablo juega sucio, aprovecha la debilidad de las personas para atacar. Pero Jesús resiste fuerte y se abandona totalmente en Dios. Frente a la maniobra del diablo, responderá: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de Dios”.

La humanidad no necesita solamente bienestar material; no sólo vive del progreso. Por supuesto, Dios conoce nuestras necesidades y sabe que necesitamos el pan cotidiano. Pero nuestra vida no sólo es material, sino también sobrenatural. Por tanto, también necesitamos comer el pan de Dios, que es Cristo.

Los miembros de la Iglesia hemos de ser muy conscientes de que hemos de despertar en la gente apetito de Dios. Quedarnos en la pura filantropía, en las acciones sociales y benéficas, es insuficiente para un cristiano. Hemos de pasar de la solidaridad a la caridad, al amor. Hemos de alimentar nuestras almas, viviendo según la palabra de Dios, haciendo su voluntad. Este es nuestro pan: decirle sí a él, a todas.

La tentación de la desconfianza


“Si eres hijo de Dios, lánzate desde lo alto del templo, y los ángeles te recogerán”, continúa el diablo. Justamente, lo que más claro tiene Jesús es su filiación divina, que se manifestó en el Jordán. No necesita poner a prueba a Dios, porque no duda de él, sabe que lo ama. Entre Jesús y Dios Padre no hay grieta alguna por donde pueda entrar el maligno. En cambio, qué soberbia tan grande la del ser humano que desconfía de Dios. Esa desconfianza es la que lo precipita al abismo.

Los cristianos también sufrimos cuando achacamos a Dios todos los problemas del mundo. El mundo va mal porque las personas somos egoístas e irresponsables. Dios no quiere el sufrimiento, no quiere que nadie se lance al abismo. Si hay dolor, somos nosotros los causantes, porque no utilizamos correctamente nuestra libertad y no queremos ponernos en manos de Dios. Luego, nos horroriza la maldad que vemos a nuestro alrededor. Resulta fácil echar las culpas a Dios. Pero, aunque él pudiera evitar el mal, nunca hará nada sin contar con nuestra libertad.

El ser humano quiere actuar al margen de Dios, y es entonces cuando se generan auténticas catástrofes. La peor tentación es apartar a Dios de nuestras vidas. Jesús replica al demonio: “Apártate, Satanás”. En cambio, nosotros decimos: “Vete, Dios. Aléjate”. Lo rechazamos y esto nos lleva a la ruina.

Jesús responde también al diablo: “No tentarás al Señor, tu Dios”. No meterás cizaña entre el Padre y yo, nunca podrás quebrar nuestra unidad.

La tentación de la idolatría y el culto a sí mismo


Si la segunda tentación cuestiona la confianza en Dios, la tercera es una promesa: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Jesús, con Dios, ya lo tiene todo. No necesita que el diablo le ofrezca los reinos del mundo. Jesús era un hombre carismático, con una personalidad atractiva, que movía a las gentes y tocaba sus corazones. Usando su reconocimiento social y religioso, Jesús hubiera podido caer en el tobogán del poder, manipulando a las masas y utilizándolas para sus fines. ¡Cuánta gente, en nombre de Dios, utiliza a los demás! Jesús siempre rechazó el poder. Incluso cuando obraba milagros y las gentes lo perseguían para hacerlo rey, él siempre se apartaba. Nunca quiso para sí culto alguno ni reconocimiento. Tenía muy clara su prioridad: Dios Padre.

Hoy, frente a la cultura de la idolatría, adoramos al dios dinero, al dios poder, al dios consumismo. El diablo sabe que la ambición, la posesión y el dominio sobre los demás es un plato suculento que hace caer fácilmente a las personas. Los diosecitos modernos piden nuestra reverencia y adoración. Jesús, en cambio, renuncia al poder porque es Dios quien reina en su corazón, y sólo a él le rinde culto; Dios es su máxima gloria.

Los cristianos hemos de apartar de nosotros esos cultos paganos que nos alejan de Dios. Quizás existe otra sutil tentación, más diabólica aún: el culto a uno mismo. Yo me convierto en dios de mí mismo, me erijo en máxima autoridad y me creo en la posesión de la verdad. Cuántos personajes históricos se han aupado por encima de los demás y se han abrogado un poder que ha ocasionado grandes catástrofes. A lo largo de la historia han surgido muchos falsos mesías. El peor terror es actuar creyéndose Dios sin serlo. Por otra parte, Dios carece de esos atributos de poder y destrucción que muchos le achacan. Dios quiere nuestra libertad. Tanto la respeta, que asumirá que no le queramos sin castigarnos por ello. Simplemente nos dejará.


A nada ni a nadie hemos de adorar. Sólo a Aquel que nos ha creado y amado sin límites. Reconocerlo ya es adorarlo. 

2014-02-28

Mirad los lirios del campo...


Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque despreciará a uno y querrá al otro, o al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?... Mt 6, 24-34

Dios nunca se olvida


En esta lectura tan conocida, Jesús nos está transmitiendo un mensaje actualísimo, tanto hoy como hace dos mil años. Aún las personas que tenemos fe, en el día a día parecemos olvidarnos de Dios y nos vemos abrumados por mil preocupaciones. La ansiedad por el futuro, nuestro trabajo, los problemas, la familia, las obligaciones… El miedo a la precariedad, agravado en estos tiempos de crisis que vivimos, la obsesión por la seguridad, porque nada nos falte, todo esto ocupa nuestra mente y absorbe todas nuestras fuerzas. 

Es natural que nos preocupemos, pero Jesús nos reitera: “no os agobiéis”. Quiere transmitirnos paz, confianza, serenidad. Y nos habla de las aves y de los lirios del campo, a quienes Dios sostiene, alimenta y viste con esplendor. 

¿Nos está llamando Jesús a ser despreocupados e irresponsables? ¿O tal vez sus palabras pecan de una gran falta de realismo? Para muchos, pueden ser interpretadas como propias de alguien que no toca de pies a tierra. Pero detengámonos en estas palabras: “¿No vale la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”. “¿Quién de vosotros a fuerza de agobiarse podrá añadir una sola hora al tiempo de su vida?”. Son frases contundentes y sobrecogedoras. La vida, su finitud, nuestros límites y nuestra fragilidad: esto es lo que nos hace palpar definitivamente nuestra realidad. Ante esto, ¿qué es el dinero, qué las seguridades, la ropa, la casa…? Todo son medios para nuestro bienestar, pero no son los bienes absolutos. 

No podéis servir a dos amos


“No podéis servir a dos amos”, nos avisa Jesús. Y aquí está metiendo el dedo en la llaga más profunda de nuestra civilización. Nuestro mundo adora al dinero. Por dinero se sacrifican tiempo, esfuerzo, amistades, ¡hasta la propia familia! Al dinero le dedicamos nuestros pensamientos y, muchas veces, nuestro corazón. Hay quienes llegan a matar por dinero. ¡Cuántas luchas y guerras se dan en nuestro mundo por la riqueza, por el dinero! En cambio, ¿quién estará dispuesto a dar su vida por Dios? ¿Quién lo sacrificará todo por la vida de otra persona? 

Jesús nos llama a relativizar el dinero y los bienes materiales. Son necesarios, pero no debemos adorarlos. Dios es lo primero. Y, con Dios, que es amor, la vida, la gente, las relaciones humanas. Sepamos poner orden en nuestra escala de valores. Jesús también nos llama a confiar en Dios. El que lo ha creado todo, el que nos ha hecho y amado, ¿no va a cuidar de nosotros? Y así nos remite a la lectura de Isaías, que habla de Dios como de una madre que jamás se olvida de su criatura. El profeta nos está desvelando el rostro de un Dios que se conmueve hasta lo más hondo de sus entrañas por sus criaturas, el Dios “padre y madre”, el Dios que, por encima de todo, es amor inagotable. 

Todo cuanto tenemos debe ser un medio para conseguir nuestro fin último en la vida, que no es la mera posesión de bienes ni la satisfacción material de nuestras necesidades. Decían los santos de antaño que la mejor inversión era acumular obras de caridad, no dinero, porque el rendimiento en el cielo era altísimo. Jesús dirá que Dios devuelve el ciento por el uno. Y en otro pasaje, nos exhorta a buscar su Reino, porque todo lo demás se nos dará por añadidura. 

Confiemos. Y trabajemos sin perder de vista que, finalmente, nuestra meta está en el cielo; un cielo que es amor y unión con Dios y con los demás. Ese es el gran tesoro que nos aguarda.

2014-02-19

La plenitud del amor



7º domingo tiempo ordinario  - A

Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo”, y aborrecerás a tu enemigo. En cambio, yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. 
 Mt 5, 38-48 

De la ley al amor


En la anterior lectura, Jesús nos hablaba de superar la ley y el cumplimiento riguroso y frío de los fariseos. Apelaba a la amplitud de nuestro corazón y a nuestra capacidad de amar y ser generosos. Hoy, Jesús da un paso más allá. No basta con poner el corazón en aquello que hacemos, sino en rebasar el sentimentalismo y los afectos y aspirar a un amor más grande: un amor a la medida de Dios. Y va repasando una serie de situaciones conflictivas y actitudes muy humanas que casi todos nos encontramos a lo largo de nuestra vida. 

Jesús nos llama a estar serenos ante las ofensas, a huir de la venganza y no devolver golpe por golpe: “pon la otra mejilla”. Esta actitud, más allá de la resignación o la pasividad, es la que nos permite romper las espirales de violencia. Devolver mal con bien cuesta, pero es la única forma, a la larga, de atajar la agresión y esas cadenas interminables de acusaciones, agravios y revanchas.

También nos aconseja evitar la mezquindad y la violencia solapada bajo el legalismo, que tantas disputas ocasiona entre las personas: “a quien te quiera quitar la túnica, dale también la capa”. Cuántos pleitos, cuántas discusiones y rupturas familiares se dan por cuestiones de herencia. Cuántas riñas entre vecinos o compañeros de empresa por el dinero, por conseguir un poco más que el otro, por reclamar lo que creemos nos corresponde por justicia. La mera legalidad no puede resolver esto. Los juzgados se ven saturados de casos por estos motivos. Y tal vez un veredicto logre zanjar la situación, pero jamás podrá recomponer las amistades rotas o los lazos familiares heridos. 

Cuánto mejor sería relativizar los bienes materiales y no anteponerlos jamás a las personas. Cuántos conflictos evitaríamos. Jesús nos exhorta a ser generosos, más allá de lo que se considera “justo”: “a quien te obligue a caminar una milla, acompáñale dos”. Cuando estamos en situación de necesidad o precisamos de apoyo, compañía o auxilio, en el fondo de nuestro corazón esperamos que alguien sea solidario con nosotros. ¿Sabremos ponernos en la piel del que sufre o está necesitado? 

Finalmente, llegan sus palabras más fuertes: amad a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen. Amar sólo a los nuestros, a nuestra familia, a nuestro grupo, a la gente de nuestra misma nacionalidad, a los que piensan como nosotros, es una pobre medida del amor. Así se forjan las lealtades de grupo, pero también los elitismos, el orgullo de clase social o de raza y, llegando a un extremo, las xenofobias. Jesús nos llama a amar a quienes nos resultan lejanos, pero aún más: a quienes tal vez están muy cerca de nosotros, pero nos están causando un daño. Amar a quien te está perjudicando, criticando; a quien busca tu ruina… Amar y perdonarle. Rezar por él. Hablar bien de él. Quizás nos parezca excesivo. Demasiado heroico. Al alcance de Jesús, porque es Dios, pero imposible para nuestros pequeños corazones tan reacios a ensancharse. Sin embargo, Jesús no nos pide nada que no podamos asumir. ¿No seremos capaces de más? 

Imitar la bondad de Dios


Los antiguos manuales de espiritualidad hablaban de imitar a Dios como ideal de vida. Y Dios, ¿cómo es? Es amante y magnánimo con todos, sin distinción. “Hace salir su sol sobre justos y pecadores”, dice Jesús, identificando a Dios con esa bella imagen del astro que todo lo ilumina, sin discriminar un rincón de la tierra. Jesús así lo hizo, y dio testimonio, perdonando, clavado en cruz, a sus verdugos y a quienes se burlaban de él en su agonía. Imitar a Cristo no es nada loco ni idealista: debería ser la meta de todo cristiano que quiera vivir coherentemente su fe. 

¿Es imposible? Pensemos en tantos santos, cuyas vidas reproducen la del mismo Cristo, en sus momentos de gozo y de pasión, de gloria y también de cruz. Todos ellos conocieron el amor, la persecución, el éxito en algún momento, quizás, pero también el rechazo y, muchas veces, la prisión y hasta la muerte. 

Dios nos regaló un alma inmensa. Más aún, nos ha hecho hijos suyos. Y todo hijo se asemeja a su padre. Tenemos, además, la fuerza de Cristo, que nos alimenta en la eucaristía. Y la del Espíritu Santo, presente siempre que nos reunimos en su nombre. Con tales ayudas, con tal efusión de amor y fuerza, ¿no vamos a ser capaces? Recemos y pidamos ayuda a Dios. Cuando le pedimos algo bueno, no dudemos ni un instante: nos lo concederá.

2014-02-14

La plenitud de la ley


No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra de la Ley. 
Mt 5, 17-37 

Muchas veces, por cuestiones ideológicas que apuntan a un discurso marxista, hemos caído en la trampa de fabricar un Jesús revolucionario que justifica nuestro pensamiento, en función de una concepción del mundo y la historia. No podemos interpretar los evangelios para hacerlos encajar en ciertos prejuicios contra la institución eclesial, contemplando con suspicacia una presunta rigidez en el magisterio de la Iglesia. Hago esta pequeña introducción según mi opinión para desideologizar la figura de Jesús. 

Jesús no destruye lo antiguo 


Jesús dijo a sus discípulos, no creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas. En el grupo de Jesús había discípulos de diferentes movimientos. Algunos de ellos eran simpatizantes de los celotes, un grupo rebelde que quería aprovechar el mesianismo judío de Jesús para enfrentarse al poder romano. Jesús no busca una ruptura con la tradición judía ni un enfrentamiento con los romanos. No vino a destruir nada, ni siquiera la Ley, sino al contrario: quiso llevarla a su plenitud. 

Éste es el estilo de Jesús: renuncia claramente a la violencia y al enfrentamiento, rechaza la sangre y la espada como medios para destruir lo antiguo. Al contrario, hace pedagogía de lo antiguo para mejorarlo y elevarlo, para sacarle más jugo espiritual a la herencia de la tradición judía. Jesús no rompe con lo viejo. Como buen rabino, conocía y amaba la Ley y la Torah, hasta el punto de decir: Antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse la última letra de la Ley. De lo antiguo sacará un nuevo sentido y dará vida a la tradición profética y a la Ley mosaica. Sus palabras, su mensaje, serán una nueva traducción del querer de Dios para los hombres. 

Jesús no viene con un hacha golpeando lo esencial del profetismo y la Ley, sino que a partir de ellos desarrolla su mensaje, su buena nueva, transida de su experiencia de sentir y amar a Dios. San Pablo dirá que Jesús convierte el amor en la nueva ley. 

El amor, más que la ley 


En sintonía con la tradición de su pueblo, Jesús da un vuelco a la concepción judía sobre Dios. Para él, la experiencia divina trasciende la propia Ley. Las normas y los preceptos quedan atrás. Lo importante, lo que ocupa el centro de su mensaje, siempre es el amor. Y él se convierte en anunciador de la buena nueva, la revelación de un Dios cercano que ama y perdona. 

También nos avisa Jesús: si no somos mejores que los fariseos y los escribas no entraremos en el reino de los cielos. Y aquí sí que da un salto cualitativo a causa de su profundo conocimiento de Dios. Refiriéndose a los fariseos, nos dice que el fundamento de nuestra relación con Dios no es la Ley, sino el amor. Cuántas veces los cristianos hemos caído en esta actitud judaizante y hemos reducido nuestra fe al puro cumplimiento de los preceptos de la Iglesia. Todavía hay muchas inercias farisaicas en nuestra relación con Dios. Hacemos muchas cosas para acumular méritos, esperando que Él premie nuestros esfuerzos. Hemos caído por el tobogán de la rutina en nuestras liturgias y a veces pesa más en nosotros el miedo al castigo que la alegría del perdón. Jesús nos enseña a vivir intensamente y con profunda novedad el amor a Dios y a los demás. 

Culminar la ley 


Y, ¿qué es la plenitud de la ley? Jesús lo ilustra con varios ejemplos. Tomando diversos mandamientos y situaciones humanas, va mostrando cómo el amor supera esa ética de mínimos que rige la convivencia. 

Cuando un hombre insulta a otro, la ley judía establece llevar el caso a juicio. Jesús, más allá del castigo a la ofensa, ve en ese insulto un acto gravísimo, no solo de humillación, sino de atentado contra la vida y la dignidad de la persona. Está aludiendo al quinto mandamiento, no matarás, y compara el agravio con la misma muerte. Por eso condena la violencia, incluso la verbal, pues sabe bien que las palabras pueden herir profundamente. Antes de acudir a juicio, Jesús recomienda hacer las paces: apela a la reconciliación antes que a la aplicación implacable de la ley. En el acto de perdonar hay amor y hay una fuerza capaz de sanar esas heridas causadas por la ofensa. En cambio, recurrir a la ley conllevará inevitablemente el castigo y la ruptura. 

En cuanto al adulterio, también la ley judía lo sanciona y admite el divorcio si se da el caso. Jesús va más allá del puro hecho y apela a la conciencia. El solo deseo mal conducido ya contamina el corazón de las personas. Para Jesús no existe una doble moral, concibe a la persona como una unidad en la que no se puede separar el cuerpo del alma; el pensar del hacer. Esto es llevar el sexto mandamiento hasta las últimas consecuencias. En su declaración sobre el divorcio resulta aún más rompedor, pues defiende la posición de la mujer, que en aquella época era mucho más débil. El esposo podía repudiarla con facilidad, la culpa del adulterio siempre recaía en ella. Para Jesús, tan responsable es el marido como la mujer. 

Finalmente, Jesús hace alusión al octavo mandamiento cuando habla del juramento. No es necesario jurar ni poner a Dios, a nada ni a nadie como aval de nuestras afirmaciones. Nuestro discurso ha de responder exactamente a nuestras intenciones, ha de ser veraz y transparente, sin dobles sentidos ni engaño. Cuando hay sinceridad en nuestras palabras basta decir sí o no.

2014-02-07

Sal y luz



5º domingo tiempo ordinario 


Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? 
Mt 5, 13-16 

 Jesús se dirige a sus discípulos con el deseo de despertar en ellos el sentido de su vocación. Los va preparando para que, poco a poco, vayan asumiendo que la palabra y el mensaje que van a anunciar implicará ir más allá de la adhesión a su maestro. No sólo van a proclamar la buena nueva, sino que la harán suya, convirtiéndose en auténticos testigos del amor en medio del mundo. 

Dar sabor y sentido 


Los llama la sal de la tierra y los envía a un mundo apático, tedioso y frío que necesita algo que le dé vida y esperanza. Ser sal es dar gusto y sentido a la vida, es hacer apetecible la palabra de Dios a esas almas insípidas que necesitan recuperar la vitalidad. 

Ser sal significa también preservar. Antiguamente, cuando no existían las neveras, se utilizaba la sal para proteger y mantener los alimentos, evitando que se estropearan. La capa de sal sobre el alimento lo hacía más duradero. El testimonio cristiano, así, se convierte en un revulsivo que da sentido a quienes han caído en la desesperanza y el hastío. La Iglesia necesita testimonios vigorosos para alimentar la fe de otros muchos que viven sus vidas sumidos en una profunda amargura. 

Dios quiere que todos los cristianos seamos sal y que sepamos condimentar las diferentes experiencias que tenemos que ir tragando y asimilando en nuestra ajetreada existencia. Porque si no nos convertimos en auténticos y tenaces testigos, Jesús nos dirá que de nada sirve rezar, venir a misa o incluso dar el diezmo de cuanto tenemos. Si no convertimos nuestra fe en obras de amor, si nos quedamos en el puro cumplimiento de unos preceptos, no es suficiente. Dios nos pide que nos transformemos en platos sabrosos para que otros se alimenten de la bondad de Dios. 

Si no nos entregamos como misioneros a la causa de Cristo, ni siquiera nuestra formación doctrinal y teológica nos servirá. Dios necesita testigos vivos, no sólo grandes cumplidores o extraordinarios eruditos de su palabra. Dios quiere que entreguemos nuestras vidas para que otros lo puedan conocer y amar, tal como lo hizo Jesús. 

Alumbrar el mundo 


«Vosotros sois la luz del mundo». Cada cristiano es una antorcha viva que alumbra a los demás. Por el regalo de la fe que se le ha dado, participa de la misma luz de Cristo. En el sacramento del bautismo decimos: «recibe la luz de Cristo». Desde que entramos a formar parte de la Iglesia, hemos recibido el don divino de la luz de Dios. Cada cristiano recibe el mandato de iluminar, de convertirse en llamarada de fuego del Espíritu Santo para arrojar luz a los corazones que viven en las tinieblas del egoísmo. 

El don sobrenatural que hemos recibido nos convierte en potenciales faros de luz, que indican hacia qué rumbo hemos de dirigir la nave de nuestras vidas. Pidamos a Dios, con insistencia, que el fuego luminoso de su Espíritu nos convierta en masa incandescente de amor para ofrecerse a todos aquellos que viven en la penumbra. Mirando al rostro iluminado de Cristo, nuestros ojos y nuestra alma se llenarán de su destello. Ahora, más que nunca, en estos momentos en que parece que la llama de la fe vacila y se apaga en medio de la sociedad, hemos de hacer revivir en nosotros la potencia de la luz de Cristo resucitado.

2014-01-31

La presentación de Jesús


La presentación de Jesús

Nuestro Dios es un judío


  • Como cualquier niño judío, Jesús fue circuncidado a los ocho días de nacer. Este era –y es aún hoy– el signo visible de agregación al pueblo judío, el sello físico de la alianza. Nuestro Dios es un judío. Aquel niño está asumiendo en sus hombros toda la historia de una raza ensangrentada. Perseguida antes de él; perseguida también después. Allí, sobre el altar, sin poder hablar, o hablando con su sangre, Jesús dignifica la circuncisión al aceptarla y, al mismo tiempo, abre los cauces de una alianza más ancha…

  • Llamado Salvador 

  • El nombre era algo muy importante para los judíos. No se elegía por capricho: significaba un destino e influía en el carácter de quien lo llevaba, como un lema. Jesús es la forma griega del hebreo Josué, abreviatura de Yashoúah, que significa Dios salva. Yahvé es salvador: este niño que ahora lloraba bajo el cuchillo circuncidador, iba a cambiar el mundo y a salvar al hombre. ¿Quién lo hubiera pronosticado? Con sangre empezaba este nombre, con sangre concluiría y se realizaría.

  • Jesús. María pronunció este nombre recordando las palabras del ángel. Las recordaba, temblando, allí en la gruta abierta a todos los aires. Temblaba al ver aquella sangre que manchaba los pañales y que no tenía olor a reino ni a victoria. Sabía que salvar era hermoso, pero también que nunca se salva sin sangre. Y pasó un mes. No hubo ángeles, ni milagros. María y José se sentían llenos de gozo. Pero el misterio gravitaba sobre ellos y tenían muchas más preguntas que respuestas.

  • La purificación de la Purísima 


  • Cuarenta días después del alumbramiento, las madres hebreas se presentaban en el templo para ser purificadas. El parto las hacía contraer una impureza legal, no moral, que las impedía tocar objetos sagrados o pisar lugares de culto. ¿De qué iba a purificarse la que era inmaculada? Moralmente, ninguna madre necesita purificarse. Como dice san Pablo: la mujer se salvará por ser madre. María aceptó la costumbre de su pueblo. Más tarde, su hijo purificaría la ley; mientras tanto, ella la cumplía con sencillez y naturalidad.

  • Con aquel niño, el templo estaba siendo invadido por una presencia de Dios como jamás el hombre soñó. Junto a María había otras muchachas, jóvenes y alegres como ella, compartiendo el orgullo de ser madres recientes. Ante las inmensas trompas que abrían sus bocas como lirios, para recibir las ofrendas, María depositó dos palomas. Era la ofrenda de los pobres. Las ricas ofrecían un cordero. Pero María no se sentía humillada. Tampoco orgullosa. Si Dios había hecho las cosas así, quizás sería porque le gustaba la pobreza…


  • El rescate del primogénito

  • Los primogénitos, en Israel, eran propiedad de Dios, un signo permanente de la salvación de Israel, memorial de la Pascua. En rigor, los primogénitos hubieran debido dedicar su vida entera a Dios. Pero eran los miembros de la tribu de Leví quienes cubrían este servicio por todos ellos. María intuía un gran misterio en esta ceremonia. Sabía que este hijo suyo era más propiedad de Dios que ningún otro. Todas las madres sospechan que sus hijos no son suyos y que un día los verán alejarse, embarcados en su libertad. María debió comprender esto mejor que nadie. Aquel hijo no sería suyo. ¿Cómo podía dar lo que era más grande que ella, lo que siempre había sido de Dios?

  • Un anciano de alma joven 

  • Un anciano llamado Simeón se acercó a María, le tomó el niño en brazos y estalló en un cántico de júbilo reconociendo en él al salvador del mundo. ¿Se trata de una representación literaria de la expectación de Cristo? El cántico de Simeón nos lleva a los cantos litúrgicos de las primeras comunidades, puesto por Lucas en el comienzo de su evangelio como una proyección de la fe de sus lectores… Pero el retrato de Simeón es coherente con la espiritualidad de muchos judíos de la época. Que eran observantes y esperaban la consolación de Israel. Lucas parte de un encuentro histórico con Simeón.

  • Era como un centinela al que Dios hubiera enviado para vigilar la aparición de la luz. No miraba hacia atrás, sino hacia adelante, y no sólo hacia el futuro de su pueblo, sino al futuro de todas las naciones de la tierra. Un anciano que, en el ocaso de su vida, hablaba de la promesa de un nuevo día. No hay muchos ancianos así. Ancianos en los que la alegría se enciende al final de su vida como una estrella. Solo se enciende la luz para quien la ha buscado mucho. Simeón había envejecido en la espera, pero no había perdido la seguridad de encontrarla. Y ahora, no solo estalla de júbilo. Se convierte en profeta.

  • La espada de doble filo
  • El primer descubrimiento de María y José fue que su hijo había venido a salvar, no solo al pueblo de Israel, sino a todos los hombres. Simeón dice que este niño trae la salvación para todos los pueblos. El corazón de María debía estallar de alegría… Pero también sería el servidor sufriente profetizado por Isaías: este era el segundo rostro del Mesías, que el pueblo prefería ignorar. Simeón lo dijo sin rodeos a María. Su hijo sería el Salvador, no solo de aquellos que quisieran aceptar su salvación. Sería resurrección para unos y ruina para otros. Ante él, los hombres tendrían que apostar, y muchos lo harían contra él.


  • Su hijo dividiría en dos la historia. Y María estaría en medio. ¿Por qué anticipar el dolor? Al clavar Simeón una espada en el horizonte de su vida, la había clavado en todos los rincones de su alma. ¿Por qué? Tendremos que profundizar en el sentido de esa espada, que es más que el dolor físico y el miedo. Lucas utiliza una palabra, ronfaia, que designa un espada de grandes dimensiones. Esta palabra no volverá a utilizarse en el nuevo testamento hasta el Apocalipsis, donde aparece cinco veces para simbolizar la palabra de Dios. Esta espada será la palabra viva y eficaz que revela la profundidad y juzga los corazones.

  • La prueba de la fe 

  • Aceptando la maternidad divina, María debe llevar a cuestas todas las consecuencias. La espada de la palabra de Dios revelará sus pensamientos, juzgará su fidelidad y probará su fe. En esto se convierte en figura de la Iglesia. Su victoria sobre la fe será aceptar la cruz en la vida de su hijo. Como todos los cristianos, María tendrá que vivir en su carne lo que falta a la pasión de Cristo. ¿Era realmente necesario? ¿No podía salvar a los hombres sin verter su sangre? Era duro de aceptar. Le hubiera gustado, quizás, un Dios fácil y sencillo, dulce, bondadoso. Pero no puede fabricarse a capricho una salvación de caramelo. Si hay tanto mal en el mundo, la salvación no puede ser un cuento de hadas.
  • Ahora empezaba a entender el sentido de su vida… Dios quemaba. Era luz, pero también fuego. Y ella había entrado en su órbita. El eje del mundo pasaba por aquel bebé que dormía en sus brazos. Obedecer, creer: le había parecido fácil. Ahora sabía que no. Volvió la vista atrás y contempló sus quince años como un mar en calma. Ahora entraba en la tempestad y ya nunca saldría de ella. Regresaron a Belén en silencio. El niño dormía en sus brazos. Pero ella veía la espada en el horizonte. Una espada enorme y ensangrentada, segura como la maldad de los hombres, segura como la voluntad de Dios.
  • Textos extraídos de Vida y misterio de Jesús de Nazaret, de J. Luis Martín Descalzo, cap. 7, “La primera sangre”.