2015-04-16

La resurrección del cuerpo

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3 domingo de Pascua - B from Joaquin Iglesias

Mientras estaban hablando, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Ellos, atónitos y atemorizados, creían ver un fantasma. Y Jesús les dijo: ¿Por qué os alarmáis? Mirad mis manos y mis pies, soy yo en persona; palpad, y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne, ni huesos, como veis que yo tengo.
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como ellos aún no lo acabaran de creer, estando fuera de sí de gozo y admiración, les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer? Ellos le presentaron un pedazo de pescado asado. Lo tomó y comió en presencia de ellos.
Lc 24, 35-48

La paz sea con vosotros

Los discípulos de Emaús comentan a sus compañeros su experiencia del encuentro con el resucitado y cómo lo han conocido en la fracción del pan, un gesto simbólico que evoca a la Eucaristía. En ese momento, se les abren los ojos y reconocen a su Maestro. ¡Qué alegría tan intensa deben sentir aquellos dos discípulos! Tanta, que regresan a toda velocidad, por el camino de Emaús, para comunicar el encuentro con Jesús resucitado a sus compañeros.

Y en este contexto Jesús se presenta a todos sus discípulos. Lo hace con el shalom hebreo, que significa: la paz sea con vosotros.

Jesús les da la paz porque sabe que la necesitan, sabe que están confusos y aturdidos. Tienen miedo y creen ver un fantasma. Están desorientados y necesitan volver a creer en él. Necesitan la paz de Cristo resucitado, la de su Maestro y amigo. 

La resurrección del cuerpo

Jesús les pide que no se alarmen y quiere arrancar del corazón de sus discípulos toda duda. Les enseña las manos y su costado para demostrar que es él y que ha resucitado. Los apóstoles necesitan ver, sentir la corporalidad de Jesús. Necesitan tocarlo. No es un espectro. Ha resucitado con el cuerpo.

Resucitar no significa desprenderse de su corporalidad. Su cuerpo ahora es glorioso. La resurrección de la carne, como afirmamos en el Credo, forma parte del núcleo fundamental de nuestra fe. Es la esencia del cristianismo, que nace con la resurrección de Cristo.

Las evidencias y los signos tangibles ayudan a los discípulos a disipar sus miedos y sus vacilaciones. Jesús comprende que les cuesta creer y les pide algo de comida. Le ofrecen pescado y él se sienta a comer delante de ellos.

El valor del ágape

Comer juntos es algo más que alimentarse. Compartir una comida significa conocer al otro más de cerca, entrar en su realidad, en su vida, sintonizando compartiendo un mismo espacio y un ambiente cálido de amistad y compañía. La esperanza crece en el corazón de los amigos. Comer juntos es un signo de sincera apertura del corazón al otro. Este es el significado más profundo de la comensalidad. Los discípulos, reunidos de nuevo junto a su maestro, participan de un signo muy claro de su presencia.

El cumplimiento de las escrituras


Por fin reconocen a Jesús como Mesías. Con una buena catequesis, Jesús les va explicando el sentido de aquellos pasajes de las Sagradas Escrituras que hacen referencia a él y a su resurrección. Es entonces cuando se les abren los ojos y el entendimiento. Ahora comprenden la misión de Jesús, la finalidad de su ministerio y lo más importante de su vida, el misterio de la resurrección. La fe cristiana no se entendería sin la resurrección de Jesús. Sobre este fundamento  nace la Iglesia misionera, con su misión expresa de comunicar al Cristo viviente a todo el mundo.

2015-04-10

Paz a vosotros

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2 domingo de Pascua - B from Joaquin Iglesias

Aquel mismo día, siendo ya tarde y estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban reunidos los discípulos, por miedo de los judíos, vino Jesús y, apareciéndose en medio de ellos, les dijo: Paz a vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Se llenaron de gozo los discípulos al ver al Señor. El repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así os envío también a vosotros.
Jn 20,19-31

El miedo que cierra el corazón

Al anochecer de aquel primer día de la semana la fe de los apóstoles no era todavía clara. Iban despertando poco a poco de todos los acontecimientos que habían ocurrido en Jerusalén. El primer día de la semana, según el calendario cristiano, es el domingo, el día en que nosotros, cristianos de nuestro tiempo, vamos despertando a la fe, receptores directos de la Palabra de Dios.

El texto dice que las puertas de la casa estaban cerradas por miedo. Pero los apóstoles también tenían cerrado el corazón, y eso les impedía comprender. El miedo es paralizante, nubla toda certeza, engendra un mar de dudas. El temor hace que uno se encierre en sí mismo y se olvide de los demás. ¿Cómo desbloquea Jesús el miedo? Dando la paz, como príncipe de la paz. Jesús irrumpe en nuestras vidas, nos pide que salgamos de nosotros mismos y dejemos a un lado esos temores que nos paralizan. En medio de nuestra oscuridad existencial, Jesús se hace presente como un rayo de luz y nos dice: Paz a vosotros. La paz es importante, pues todo proceso de crecimiento en la fe pasa por la paz interior.

Les enseñó las manos y el costado, porque los discípulos necesitaban tiempo para entender. También nosotros, en muchas ocasiones, tenemos pruebas suficientes de que Dios Padre nos ama y, sin embargo, nos cuesta creer. Por eso Jesús sale a nuestro encuentro y nos dice: ¿Todavía no creéis? Entrad en mi corazón, verificad mi existencia. Cuando despertamos a la fe y sentimos esa certeza la alegría nos llena y nos empuja a ir corriendo a transmitir nuestra experiencia del Cristo resucitado.

Nos da la paz y una misión

Jesús les dice por segunda vez: Paz a vosotros. Es entonces cuando provoca en ellos el estallido pascual. Al gozo del reencuentro, lo sigue una misión: Como el Padre me envió, así yo también os envío a vosotros. Jesús no es posesivo ni elitista. No retiene a sus discípulos junto a él ni quiere que su mensaje se limite a unos pocos. Quien se encarna en Jesús, no se queda nada para sí, no permanece quieto, sino que va a anunciar la Buena Noticia a todo el mundo. La sociedad de hoy necesita de nuestro testimonio para acercarse a Dios. Esta es la misión de la Iglesia, recibida de Jesús y dirigida a todos los cristianos.

Continúa Jesús: Recibid al Espíritu Santo. A quienes le perdonéis los pecados les quedarán perdonados, a quien se los retengáis les quedarán retenidos. ¿Qué quiere decir Jesús con esto?

Por un lado, nos exhorta a ir a buscar a las gentes y acercarlas a Dios. Nos enseña que es importante estar siempre dispuestos a perdonar y a recibir el perdón, ya que sin perdón no hay alegría ni paz. Para cumplir esta misión, nos envía al Espíritu Santo, que nos dará la fuerza necesaria para expandir la gran noticia.

Todos los bautizados hemos recibido ese mismo aliento de Dios. Si estamos dispuestos a dejarnos llevar por la fuerza del Espíritu, podremos acercar a la Iglesia a muchas personas alejadas, y con nuestro testimonio podremos contagiar a los demás la alegría del Cristo resucitado y viviente en medio del mundo.

2015-04-03

Pascua de Resurrección

¡Feliz Pascua!

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1 domingo de Pascua - B from Joaquin Iglesias

El primer día de la semana, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio quitada la piedra. Echó a correr y fue a encontrar a Simón Pedro y aquel otro discípulo amado de Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Con esta nueva, salió Pedro y dicho discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían ambos a la par, pero este otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y, habiéndose inclinado, vio los lienzos en el suelo, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro y entró en el sepulcro y vio los lienzos en el suelo. Y el sudario que habían puesto sobre la cabeza de Jesús no junto con los lienzos, sino separado y doblado en otro lugar. Entonces el otro discípulo, que había llegado primero al sepulcro, entró también, y vio y creyó.
Jn 20, 1-9

Las mujeres, apóstoles

La muerte de Jesús ha sumido a sus discípulos y seguidores en el desconcierto. Abatidos y temerosos, se encuentran en un momento de duda y desolación. En la madrugada del primer día de la semana, las mujeres que lo siguen corren al sepulcro. Allí encuentran la tumba abierta; su Maestro no está allí. ¡Ha resucitado!

María Magdalena, la que fue rescatada por Cristo, es la primera a quien se aparece Jesús. Es significativo que el autor sagrado reseñe esta primera aparición a una mujer que, además, había tenido mala reputación. En aquella época, el testimonio de las mujeres apenas tenía crédito y no se consideraba válido en un proceso legal. Sin embargo, toda la fe cristiana descansa en ese primer testimonio de unas mujeres valientes.

María Magdalena mantenía una pequeña luz encendida en su interior, pese a la oscuridad reinante a su alrededor. Y esa llamita creció hasta convertirse en el sol cuando Jesús le salió al camino.

María echa a correr para ir a buscar a los discípulos. Es así como se convierte en apóstol de los apóstoles. Es portavoz de la noticia más importante del Nuevo Testamento; una mujer es la que comunica a los varones la nueva de la resurrección.

La resurrección, pilar del Cristianismo

María acepta la autoridad de Pedro en el grupo. Va a encontrar a Simón Pedro y a Juan, sabiendo que son los que gozan de mayor confianza con Jesús. Pedro y Juan corren al sepulcro, se asoman y ven la tumba vacía. Como nos relata el evangelista, el discípulo «vio y creyó». Desde ese momento, sus vidas darán un vuelco.

El acontecimiento pascual marca el origen genuino del Cristianismo. La fe cristiana se asienta en la resurrección de Jesús. Vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado, recuerda San Pablo. La resurrección es el fundamento, la piedra angular, la roca granítica que soporta nuestra fe.

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. En la liturgia pascual celebramos la Vida con mayúsculas. Esta vida ya la empezamos a vivir con la eucaristía. El encuentro con Cristo vivo en la celebración eucarística nos introduce en la vida de Dios. Ya somos partícipes de esa gran experiencia. La Pascua nos prepara para el definitivo encuentro con Jesús en el Paraíso.

La resurrección fue, sin duda, una experiencia sublime. Gracias a Jesucristo, hoy podemos experimentar, ya aquí, en la tierra, una primera vivencia de resurrección. Podemos saborear el más allá, la vida de Dios. Podemos paladear la eternidad.

Una experiencia que transforma

Este es el gran regalo que nos brinda Dios: una vida nueva, regenerada y lavada del pecado y la culpa. Con Cristo, a través del bautismo, todos morimos y resucitamos. Con Cristo renacemos a la vida de Dios.

La muerte da paso a la vida, la oscuridad se convierte en la luz; el odio se transforma en amor; de la noche pasamos a un cielo iluminado por el Sol de Cristo.

Está vivo. Es una afirmación rotunda que podemos hacer desde el corazón. No todo se acaba en la vulnerabilidad, en la limitación, en la levedad del ser. No todo finaliza con la muerte. Cada encuentro con Jesús es una resurrección.

Los cristianos hemos recibido la experiencia de Dios en Cristo. Esta experiencia cambia el rostro, la mirada, el cuerpo… Toda la vida queda transformada por los destellos pascuales que inundan el corazón humano. La piedad popular parece insistir mucho más en una devoción del Viernes Santo. Pero hoy, Domingo de Pascua, es el día más importante para el cristiano. Hoy las iglesias deberían rebosar. ¡No es un domingo cualquiera! Es el día de todos los días. En este domingo, todos somos testigos de la experiencia sublime de la resurrección.

No lo hemos visto, pero tenemos la certeza. Esta experiencia pasa por el corazón, no se puede medir ni evaluar científicamente. Fue esto lo que cambió el corazón de los discípulos, sacudiendo su interior. Más tarde, la vivencia de Pentecostés los convirtió en apóstoles. De ser gente sencilla, hombres atemorizados y dubitativos, pasaron a ser líderes entusiastas, que difundieron una nueva religión de alcance mundial. Esta es la grandeza de la Iglesia. Los primeros apóstoles eran hombres y mujeres como nosotros, gente corriente y limitada como los demás, pero que se abrieron al don de Dios.

El impacto de Pentecostés fue una bomba espiritual que llegaría a alcanzar a todos los pueblos, durante siglos. Esta noticia no puede dejarnos indiferentes. También puede cambiar nuestra vida. Hemos de salir de esta celebración con el corazón radiante. Dios inunda la oscuridad del ser humano para transformar su vida.

2015-03-26

Domingo de Ramos - ciclo B

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Domingo de Ramos - B from Joaquin Iglesias

Lectura de la Pasión según San Marcos (Mc 14, 1-15, 47).

Entrar con humildad

El Domingo de Ramos precede a la pasión de Cristo. Jesús, que ha predicado la buena nueva del Reino por pueblos y aldeas, dirige finalmente sus pasos a Jerusalén. Allí hace su entrada con un gesto profundamente simbólico. Pide a dos de sus discípulos que le busquen un borrico: El maestro lo necesita, dicen a su dueño. Jesús, líder carismático de fuerza arrolladora, con una enorme aceptación social en aquel momento, decide entrar en Jerusalén de manera sencilla y humilde. Tras recorrer los caminos de Palestina empujado por una clara misión, llega a su punto final sereno, gozoso, pero a la vez consciente de que se halla a las puertas de unos días intensos que finalizarán con sufrimiento y lo llevarán hasta la cruz. Sabe que, muy pronto, se enfrentará a la tortura y a las vejaciones más inhumanas. Pero en ese día de su entrada triunfal en Jerusalén, hasta el aire proclama su victoria. Si éstos callan, gritarán las piedras.

Las gentes que lo aclaman reconocen en él al bendito, que viene en nombre del Señor. En él se cumplen las expectativas mesiánicas del pueblo: el reino de David culmina en Jesús. Todo es fiesta y alegría a su paso, y tienden alfombras y mantos a sus pies, pues reconocen en él al Hijo del Altísimo.
Sin embargo, Jesús sabe que son los primeros pasos hacia su pasión. El pueblo que le vitorea será el mismo que, días más tarde, gritará ¡Crucifícale! Jesús sabe que su entrega radical al Padre no le ahorrará el suplicio, el abandono y la soledad, ni tampoco el sorbo amargo de la traición.

La injusticia de la condena

La pasión de Cristo aúna las torturas despiadadas con un proceso legal injusto e irregular. La muerte de un inocente ha marcado nuestra historia. Los sumos sacerdotes, alejándose de la justicia, abusan del poder y de la autoridad moral que el pueblo les ha otorgado. Saben que el mensaje de Jesús puede amenazar su posición y toman su decisión movidos por el miedo y los intereses políticos y religiosos de su cargo.

La tragedia de la pasión de Jesús nos ha de interpelar en lo más hondo de nuestro corazón. En el desarrollo del proceso se dan elementos que se siguen repitiendo a lo largo de la historia. El dolor de Jesús sigue siendo real hoy, en pleno siglo XXI: en los más desfavorecidos, en los excluidos socialmente, en los que viven aplastados por la pirámide de poder que asfixia a muchos inocentes. El poder sigue destruyendo vidas y personas; la ambición y el miedo de los líderes, la incoherencia religiosa, la traición, la injusticia, continúan cobrándose víctimas. Países enteros viven bajo regímenes totalitarios y corruptos, que abusan de los débiles y que impiden su crecimiento como pueblo y como personas. La pasión de hoy en el mundo no difiere mucho de la pasión de Jesús de Nazaret. Muchos inocentes siguen muriendo y el derecho internacional no impide que los gobernantes corruptos continúen hundiendo en la miseria a miles de personas. La justicia internacional clama al cielo. Cuántas personas mueren sin un juicio justo, quizás incluso dando su vida por los demás, auténticos mártires de nuestro tiempo.

¿Qué significado tiene la Pasión?

Durante la Semana Santa, la memoria de la pasión y la muerte de Jesús nos hace reflexionar sobre dos realidades íntimamente ligadas a nuestra naturaleza humana: el sufrimiento y la muerte. Jesús nos muestra que el amor no nos evitará sufrir. En su entrega a Dios y a los demás, Jesús asume todas las consecuencias. Su amor es un acto supremo de libertad. Por esto, ante la muerte, su actitud es de serenidad y de aceptación. Sabe que amar sin límites puede conducirlo a este dolor extremo y lo acepta.

La muerte de Jesús en cruz es fruto de un trágico enfrentamiento de libertades. La libertad de Dios choca con la voluntad de los hombres, que él ha querido hacer libres. Dios asume la herida sangrante de la ruptura entre él y los hombres rebeldes. Y Jesús, fiel al Padre, también la asume, abandonándose dócilmente en brazos de la muerte.

Pero el amor es mucho mayor que la muerte y sobrepasa sus límites humanos. Dios llora ante su hijo muerto, pero responderá con una contundencia luminosa. Al tercer día, lo resucitará. La muerte de Jesús es el preludio de una nueva vida gloriosa. Una vida que será eterna.

2015-03-20

Si el grano de trigo no muere...

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5 Domingo Cuaresma - B from Joaquin Iglesias

En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto.
Quien ama su vida, la perderá: pero el que aborrece la vida en este mundo, la conserva para la vida eterna.
Quien quiera servirme, que me siga, y allí donde yo estoy, también estará el que me sirve, y a quien me sirviere, también le honrará mi Padre.
Jn 12, 20-33

Jesús es cada vez más consciente de su muerte inminente. El texto evangélico nos dice que le ha llegado la hora. Su alma está agitada, pero también sabe que el Hijo de Dios será glorificado. Este fin es consecuencia de su actitud de amor radical.

Si el grano de trigo no muere, no dará fruto. Esta afirmación va seguida por otra: El que quiera salvar su vida, la perderá. Y el que la pierda, se salvará. Son dos importantes máximas cristianas. ¿Cómo entenderlas? Jesús nos habla de una opción decidida por el amor. Quien ama es feliz y tendrá vida eterna. Con sus palabras Jesús hace un retrato de sí mismo. Su fidelidad al Padre lo llevará a  entregarse sin reservas, con un amor sin límites. Lo dará todo, hasta la vida, por fidelidad a Dios.

Ver al Señor

El evangelio nos relata cómo algunos gentiles querían ver al Señor. Hoy también son muchos los que ansían ver al Señor porque no lo conocen. ¡Cuánta gente desea conocer a Dios! Para los griegos ver significa conocer, profundizar, adentrarse en lo más hondo. Por eso dice el texto que querían ver; en realidad, deseaban conocer del corazón de Dios.

Los cristianos, que nos reunimos cada domingo, también queremos encontrar sentido a todo lo que estamos haciendo. Venimos atraídos por la fuerza inmensa del amor de Dios, a quien conocemos a través de Jesús. Su mensaje nos descubre la grandeza del ser humano. Por eso queremos verlo y vibrar con él. Necesitamos hallar respuestas esperanzadas ante un mundo decaído.

Asumir la muerte, rechazar la violencia

Las frases de esta lectura son conmovedoras; es un momento duro para Jesús. Sabe que enfrentarse al poder y a las autoridades religiosas de su tiempo le va a costar la vida. Su coherencia rotunda y su radical unión con Dios Padre le llevará a hipotecar su vida. Pero lo asume. Así lo explica la segunda lectura de San Pablo, cuando describe el clamor profundo de su corazón, derramando lágrimas vivas. Es un fragmento impresionante, donde la fuerza de Jesús nos atrae como un imán. Encontramos a un Jesús no rendido pero sí angustiado. ¡Dios mío!, ¿tengo que pasar por aquí? ¿Tengo que tragar el terrible dolor de la soledad? ¿Absorber la lejanía de los míos? ¿Tengo que encontrarme completamente solo en Getsemaní? ¿Tengo que beber este cáliz? Jesús sabe que el precio de sus palabras, que han revolucionado el mundo judío y los criterios religiosos de su tiempo, será la entrega de su vida. Y acepta el dolor y la muerte.

Quien verdaderamente quiere hacer algo nuevo tiene que salir de los moldes establecidos. Justamente el primer cristianismo rompe con las estructuras de los poderes jurídicos de su tiempo. El pueblo judío esperaba un Mesías que levantara una revolución contra el poder romano. Entre los apóstoles había simpatizantes del grupo de los zelotes, movimiento armado opuesto a la dominación de Roma, que quería utilizar el mensaje de Jesús para servir a sus fines.

Pero Jesús rechaza la violencia. El domingo de ramos se presentará a las puertas de Jerusalén montado en un pollino. No entra sobre un caballo, símbolo del poder militar y la victoria. Si tiene que comunicar la voluntad de Dios para el hombre su forma de hacer tiene que ser consecuente con las actitudes más hondas.

Jesús podría haberse aliado con un grupo rebelde en aquellos momentos. Sin embargo, rehusa entrar en el juego político y religioso. Su misión es anunciar el amor de  Dios, exhortar a que la gente se quiera, a descubrir que sólo amando la vida tiene sentido.

Compromiso ante el mundo

Hoy ya no vivimos en aquellos tiempos en que los cristianos eran arrojados a los leones. Sin embargo, hay ideologías que quieren fagocitar o desprestigiar al cristianismo. Y es ahora cuando los cristianos convencidos hemos de dar una respuesta a nuestro mundo, que se define mayoritariamente como agnóstico o ateo. Nadie debe ser obligado a creer, pero el cristianismo marca un talante, una forma de ser. Históricamente ha sido una instancia ética y moral inspiradora de los derechos humanos. Europa es cristiana desde sus raíces, no podemos negarlo de ninguna manera. Creemos en una cultura de la paz, en la civilización del amor. Queremos dar respuestas a la sociedad implicándonos en la construcción de un mundo mejor. Y esto pasa por replantearse repetidas veces lo que estamos haciendo.

Crece con los días una cultura pasotista e indiferente. Los cristianos convencidos, serios, responsables social y políticamente hablando, tenemos que responder a esta desidia. No podemos permitir que el mundo intelectual, la política, la economía, los medios, construyan una cultura del tener antes que del ser. El cristianismo puede arrojar mucha luz en estas cuestiones. Hemos de defender el valor altísimo de la persona y no permanecer impasibles. Pero siempre mostrando capacidad conciliadora. Nuestro talante ha de ser humilde, cálido, cordial, atento, exquisito, renunciando a todo aquello que nos aparta de la paz con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

Cuando somos capaces de diezmar nuestro tiempo y nuestra libertad para ser solidarios y dedicarnos a una buena causa, entonces estamos construyendo la paz. 

2015-03-13

Tanto amó Dios al mundo...

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4 domingo Cuaresma - B from Joaquin Iglesias

Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Jn 3, 14-21.

Dios desea una vida plena para sus hijos

En este cuarto domingo de Cuaresma, el relato del evangelio recoge el sentido último de la revelación cristiana: Dios es amor. En su afán porque el mundo se salve, hace un gesto sublime entregando a su hijo. Su amor no tiene límites, y en Jesús vemos la encarnación de este amor llevado al extremo: da su vida en rescate para otros. El denso diálogo entre Jesús y Nicodemo es una catequesis sobre este amor de Dios, como tan bien recoge Benedicto XVI en su encíclica Deus Caritas est. En el texto vemos muy clara la misión que encomienda Dios Padre a Jesús: dar sentido y plenitud a la vida. La gran afirmación teológica del Cristianismo es que el hombre es criatura de Dios y está llamado a vivir para siempre con él. Sólo así será feliz. Su verdad es vivir según Dios.

La vocación de Jesús abriga un hermoso deseo que comparte con el Padre: que todos se salven. En lo más hondo de su corazón desea que todos crean en Dios. También sabe que esto va ligado a una entrega que lo llevará hasta la muerte.

Proclamar la Buena Nueva

Los cristianos estamos llamados a dar a conocer al mundo la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. Y esta Buena Nueva no es otra cosa que todos conozcan a Dios, lo amen y descubran el sentido trascendente de la vida. Esta es la gran misión de la Iglesia, a tiempo y a destiempo, y es tarea de todos los laicos bautizados y comprometidos que forman la iglesia militante, el cuerpo místico de Jesús en la tierra. Después de encontrar el sentido de nuestras vidas, la misma vocación cristiana nos empuja a expandir el reino de los cielos.

Asumir el sacrificio

Dios ama tanto al mundo que entrega a su propio Hijo en rescate por todos. Bañados por la sangre de Cristo, todos estamos redimidos. Jesús asume libremente la situación límite de la muerte, el dolor, el sacrificio, el rechazo, para que todos, sin excepción, se salven. Ante esta generosidad de Dios, que nos entrega lo que más quiere, su propio Hijo, ¡qué menos podemos hacer que responder a su gesto! La respuesta puede implicar entregar parte de nuestra vida, de nuestro tiempo, para que otros puedan conocer a Jesús y descubrir la obra maravillosa de un Dios creador, fuente de paz y de justicia. Estamos llamados a responder con la misma generosidad de Jesús, que fue capaz de dar su vida.

Cada cristiano, como bautizado, está invitado a seguir el itinerario de Jesús, hasta llegar a la completa comunión con Dios Padre. Este caminar muchas veces nos acarreará dolor y rechazo. Será nuestra cruz, la misma cruz que nos elevará para poder mirar el mundo con los ojos trascendidos de Dios, con su misericordia.

Dios nunca condena

Dios nunca condena a nadie. Como hemos oído muchas veces, Jesús nos dice que no ha  venido a condenar sino a salvar. Pero cuando alguien rehúsa la luz, cuando no ama, cuando es egoísta y vive ignorando el proyecto de Dios, se está auto-condenando. No hace falta que nadie le condene, él mismo se está apartando de la luz y, cuando vive lejos de la luz, cae en las tinieblas, ese abismo terrible.

Se salvará quien crea, dice el evangelio. Creer no es otra cosa que adherirse libremente a Jesús de Nazaret y, con él, ser apóstol y trabajar para que muchos otros puedan salvarse.

Esta es la ardua tarea de la Iglesia. Como cristianos, ¿cómo no vamos a comunicar algo que es tan importante para nosotros? Si no lo hacemos es porque vivimos al margen de esta realidad que debería centrar toda nuestra vida. Si realmente Dios colma nuestra existencia y nos sentimos elevados a la categoría de hijos suyos, trabajaremos para que su deseo se haga realidad.

Llamados a cultivar una fe viva

La formación que brinda la Iglesia a través de los sacerdotes y catequistas nos ayuda a profundizar en aquello que Dios sueña para el hombre. Nos orienta para que podamos contribuir a crear Reino de los Cielos en medio del mundo. Nuestra fe no ha de ser abstracta o intelectual: ha de ser una fe viva. Como nos recuerda el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma, Dios no es indiferente al mundo, y nosotros tampoco podemos caer en el terrible vértigo de la indiferencia. No podemos cerrarnos en nosotros mismos e ignorar el sufrimiento que nos rodea. Nuestra fe ha de ir acompañada de acciones, de una actitud, de una conducta vital  que se reconoce al hermano más débil y pobre y que se hace cargo de él. Esto pasa por dejar que nuestro corazón se revolucione, enamorado de Jesús y de su Iglesia. Pasa por convertirnos en auténticos militantes y anunciadores del evangelio. De esta manera estaremos salvados. Si creemos de verdad, permaneceremos en la luz y tendremos vida eterna, ya aquí.

La vida eterna empieza con Cristo resucitado. Cuando cumplimos el plan de Dios ya estamos instalados en el Reino de los cielos. Aunque no definitivamente, empezamos a saborear la plenitud de la vida y del amor.
Más allá  de los rituales, más allá de cumplir con unas normas, hemos de  responder con tenacidad ante la desidia de la gente que no cree. Tenemos la responsabilidad de que poco a poco la sociedad cada vez sea más cristiana. No dependerá sólo de las escuelas, ni de las parroquias; dependerá de que en los hogares se rece y se hable de Dios. Es en las casas, en la calle, en nuestro ámbito cotidiano, donde tenemos que dar una respuesta afirmativa a Dios.

2015-03-06

Los mercaderes del templo

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3 domingo Cuaresma - B from Joaquin Iglesias

Estaba ya cerca la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontrando en el templo gentes que vendían bueyes, y ovejas y palomas, y cambistas sentados a sus mesas, habiendo formado de unas cuerdas un látigo, los echó a todos del templo, juntamente con las ovejas y los bueyes, y esparció por el suelo el dinero de los cambistas, derribando las mesas.
Y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad eso de aquí, y no queráis hacer de la casa de mi Padre un mercado”.
Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume.
Jn 2, 13-25

No podemos mercantilizar nuestra fe

En este tiempo de Cuaresma deseamos mejorar nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua, meta de la madurez espiritual de Cristo y de toda persona creyente: llegar a morir al hombre viejo y resucitar con Cristo, éste es nuestro fin.

La lectura de este domingo nos propone profundizar sobre la importancia del espacio sagrado para comunicarnos con Dios. Es poco frecuente la imagen de Jesús enfadado y colérico. Para él, la casa de Dios es un espacio vital que enriquece nuestra relación con Dios. Pero cuántas veces lo utilizamos para comerciar con nuestra fe. Cuántas veces nuestra relación con Dios se reduce a un regateo: yo te doy, tú me das. Cuántas veces nuestra oración es un mero pedir incesante. No podemos utilizar ni empequeñecer nuestra relación con Dios en función de lo que pedimos y de lo que él nos concede. Cuando vamos al templo a rezar o a participar de la eucaristía hemos de dejar que Dios nos hable al corazón y nos descubra qué desea para nosotros, y no centrarnos solamente en lo que queremos de él.

En Jesús Dios nos lo ha dado todo. Se ha dado a sí mismo y permanece siempre junto a nosotros, presente en la eucaristía. Nuestra oración debería ser de gratitud y de alabanza, ya que él sabe todo lo que tenemos y lo que necesitamos. No podemos mercantilizar la relación con Dios buscando nuestro beneficio particular. Estaríamos traicionando la confianza en su providencia. Por eso Jesús se enoja y se molesta con los mercaderes del templo y los expulsa de allí, con fuerza y una convicción rotunda. No puede tolerar que se utilice un espacio sagrado para fines totalmente alejados de Dios. Jesús siente que ese lugar es la morada de su Padre y lo defiende con uñas y dientes. No puede consentir que la casa de Dios sea profanada y utilizada como un mercado.

Preludio de la pasión

El proceder de Jesús provoca irritación en los judíos y desata serias controversias. Le preguntan: «¿Qué signo nos muestras para actuar así?» Jesús contesta desconcertando al adversario: «Destruid este templo y lo levantaré en tres días». Quienes lo escuchan quedan escandalizados: Jesús parece atacar una institución intocable y puntal de la fe judía, el templo. En realidad se está refiriendo a su vida, a su propio cuerpo, santuario de Dios. Habla de su muerte inminente y de su resurrección al tercer día.

De manera progresiva, Jesús es consciente de que la celebración de la Pascua judía también marcará su camino hacia la pasión y su ascenso a la cruz. Ve acercarse el momento culmen de su vida, su donación total al Padre.
Muchos lo rechazan, pero muchos otros se convierten ante los extraordinarios signos que hace. Con su ejemplo y su palabra, Jesús toca el alma de las gentes. No obstante, nos dice el evangelio, él actúa con prudencia y cuidado, porque las conoce bien. Sabe mirar el interior de cada persona y descubrir lo que hay dentro de ella. No podemos engañarle, pues conoce nuestras últimas intenciones. Si deseamos crecer interiormente, aprendamos a depurar nuestra relación con Dios para que, cada vez, sea más rica y sincera.

2015-02-26

2 domingo de Cuaresma

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2 domingo Cuaresma - B from Joaquin Iglesias

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo solos a un elevado monte, en lugar apartado, y se transfiguró en medio de ellos. De forma que sus vestidos aparecieron resplandecientes y de un blanco como la nieve… Y se les aparecieron Elías y Moisés, que estaban conversando con Jesús. Y Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: ¡Maestro, qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías [] En esto se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado, escuchadle.
Mc 9, 2-10

Dios revela su rostro

Si en el bautismo Jesús iniciaba su ministerio público, en el Tabor se manifiesta la predilección de Dios Padre hacia él.

Esta manifestación es un momento álgido que descubre la intensa relación que lo une con el Padre. Pero, al mismo tiempo, también muestra una confianza progresiva de Jesús en sus discípulos al revelarles su identidad más genuina: les muestra el mismo rostro de Dios. En esta revelación también anuncia su pasión y muerte. El hijo de Dios dará su vida en rescate por todos y después resucitará.

Para nosotros, hoy, este pasaje tiene un hondo significado: el hombre viejo, con sus ataduras y sus lastres, ha de morir para renacer como hombre nuevo, libre y colmado del amor de Dios. Podríamos decir que el Tabor es una primicia de la resurrección. Sobre el monte, Jesús se transfigura y aparece glorificado. Esta imagen es una clara alusión a su resurrección.

Anticipo de la gloria

El texto cuenta que Jesús se lleva a una montaña alta a tres de sus seguidores. Es en un espacio de intimidad donde se revela su auténtica naturaleza. Son los discípulos más cercanos y por eso da un paso más allá, descubriéndoles su identidad. En un acto de total confianza abre su corazón a aquellos tres discípulos amados, haciéndolos testigos de un misterioso secreto. Jesús les revela las entrañas de su persona, su íntima relación con Dios, su filiación divina, su misión y su itinerario hacia la muerte por fidelidad al Padre.

Los discípulos quedan deslumbrados ante la transparencia de esta visión en la que ven a Jesús, con nitidez, como Hijo de Dios. Es un momento luminoso que quieren eternizar, un atisbo de cielo que saborean allí, en lo alto del Tabor. Es un instante tan denso que parece haber transcurrido mucho más tiempo cuando, de pronto, se vuelven a encontrar solos con Jesús. Durante un momento, un destello de eternidad ha iluminado su corazón. «Qué bien se está aquí», exclama Pedro. «Hagamos tres tiendas.» ¿Cómo no se va a estar bien en el cielo, con Cristo? ¿Cómo no se va a estar bien cerca del corazón de Jesús, que les hace ver su gloria?

También son testigos de la presencia de Moisés y Elías, a ambos lados de Jesús. La ley judía, representada por Moisés, y el profetismo, reflejado en Elías, convergen en Jesús de Nazaret. Él sintetiza la Ley y la tradición profética del Antiguo Testamento.

Camino de la cruz

Una vez vivido ese momento de plenitud, serán conscientes de que esa experiencia íntima y secreta no les exime de la otra cara de la realidad. Por un lado, encuentran al Cristo glorioso. Por otro, al Cristo sufriente, el Cristo de la cruz. Al descender del monte Jesús les pide que no digan nada a nadie. El camino hacia Jerusalén tiene una meta clara: su pasión y su muerte. El gesto sublime de total entrega de Jesús pasará por una larga agonía. Pero también les vaticina que resucitará a los tres días.

Pedro, Santiago y Juan, en la montaña del Tabor, son testigos de esa anticipación de su muerte y resurrección. Esta vivencia marcará para siempre sus corazones. El recuerdo de esos instantes los unirá mucho más a su maestro y se convertirá en una referencia para sus vidas. Será el norte que guiará la brújula de su espiritualidad y les dará valor en su firme deseo de seguir a Jesús hasta su pasión. 

2015-02-20

1 domingo de Cuaresma

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1 domingo Cuaresma - B from Joaquin Iglesias

En seguida, el Espíritu lo empujó al desierto, donde estuvo cuarenta días y cuarenta noches. Allí fue tentado por Satanás, y moraba entre las fieras, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, se marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios. Decía: Se ha cumplido el tiempo: está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio
Mc 1, 12-15

Meditar sobre nuestra identidad cristiana

Iniciamos la Cuaresma, tiempo largo y denso de meditación en que la Iglesia nos propone ahondar sobre nuestra identidad cristiana en medio del mundo. Nos empuja al desierto, lugar de encuentro con Dios. Nos propone salir de nosotros mismos y dejarnos llevar por el Espíritu Santo. Sólo lo conseguiremos si sabemos detener el ritmo acelerado de nuestra vida. En la soledad y en el silencio descubriremos lo que Dios quiere para nosotros.

El texto de hoy nos sitúa a Jesús en el desierto. Se encuentra en un momento clave de su vida. Su proyección social es cada vez mayor, se está convirtiendo en un líder de masas. Dócil al Espíritu, se deja llevar al desierto y allí, durante cuarenta días con sus noches, va tomando conciencia de su filiación con Dios. A solas con el Padre reflexionará sobre su misión y su quehacer apostólico. Va a comenzar una dura batalla y necesita tiempo de retiro para planear su tarea misionera, unido íntimamente a él.

La tentación del poder religioso

Pero es justamente en ese lugar solitario de oración donde el diablo ve llegada su ocasión. En el texto sagrado leemos que Jesús se deja tentar por el diablo. Vamos a explicar qué significa esto.

Aunque tuviera una fe inquebrantable en el amor de Dios y una firme voluntad, Jesús era un hombre. Podía tener las tentaciones que puede llegar a tener hoy un líder religioso o una persona carismática. Le seguía mucha gente. Su talante atraía a muchísimas personas hacia Dios. Pero él jamás quiso rozar un ápice la libertad de quienes lo seguían. Para Jesús la libertad era sagrada. Su talante paciente, lleno de dulzura, era lo que atraía como un imán, generando una gran expectación a su alrededor. Jesús era muy consciente de su fuerza arrolladora y sabía que no dejaba a nadie indiferente. Tenía ese don, pero no quería aprovecharse de él para manipular a las masas. Su único deseo era conducirlas al Padre. El sí a Dios ha de ser claro, libre y sincero. La manipulación y la coacción son métodos diabólicos que emplean quienes aspiran a someter a las personas.

Jesús quiso desmarcarse de esta tentación. Podía embaucar a la gente, podía deslumbrarla con sus prodigios y su predicación. La sutileza del diablo lo tienta con diversas formas de poder: religioso, político, económico. Son tentaciones propias de las personas carismáticas. Y son esas formas de poder que hoy también nos acechan: en la familia, en la empresa, en nuestro entorno… Es fácil sucumbir cuando uno tiene recursos en sus manos, especialmente cuando tiene personas bajo su tutela o cuando dispone de riquezas, autoridad o influencias. 

Todo cristiano tiene una meta

Jesús demuestra que con la ayuda del Espíritu se pueden superar las tentaciones. Su deseo es ser obediente y servir a Dios, respetando la libertad de las personas de su entorno. Una vez ha salido airoso de esta batalla por mantenerse fiel, firme y seguro, con más convencimiento que nunca, marcha a Galilea para empezar a proclamar la buena nueva. Ya está a punto: después de su bautismo en el Jordán y tras haber superado las tentaciones en el desierto, Jesús se siente arropado por el Padre para emprender, incansable, su misión. Esa misión que lo llevará, finalmente, a Jerusalén, hacia la Pascua y de regreso a su Padre, en el cielo.

Unido al Padre, inmediatamente se pone a predicar. Hoy, esta lectura nos urge a la conversión y a creer con firmeza en el evangelio. Es una buena manera de empezar la Cuaresma: mirar hacia Dios y hacer del evangelio vida de nuestra vida.

Esta es también la meta del cristiano: caminar hacia el Padre. Pero antes, aunque nos cueste, hemos de buscar horas para estar a solas con él. Ante el desafío de nuestra existencia, hemos de dejar a Dios que nos ayude a ir superando nuestras debilidades. En el silencio de nuestro retiro hemos de ir venciendo todas aquellas tentaciones que nos separan de Dios. Especialmente, el orgullo que tal vez nos hace sentirnos mejores que los demás y que nos empuja a manipular sutilmente las situaciones para sacar provecho. Hemos de limpiar nuestro corazón y apearnos de nuestras pequeñas ambiciones para poder entrar en el recinto sagrado de Dios. Así podremos comenzar, unidos a Cristo, nuestra tarea evangelizadora. Rescatados, perdonados y salvados, sólo nos queda, sin titubear, como Cristo, iniciar nuestro camino comenzando por un retiro hacia nuestro desierto interior. Desde allí, superadas las tentaciones, saldremos a nuestra Jerusalén, el mundo pagano. Podremos adentrarnos en el dolor causado por la incomprensión de muchos que nos rechazarán, pero seguiremos avanzando hacia la Iglesia, hacia la eucaristía y finalmente, hacia Cristo y el Padre.

2015-02-13

Quiero, queda limpio

En este enlace encontrarás la homilía lista para imprimir en pdf.


6 domingo ordinario ciclo B from Joaquin Iglesias

En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:
Quiero: queda limpio.
La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.
El lo despidió, encargándole severamente:
No se lo digas. a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.
Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Mc 1, 40-45

La compasión de Jesús

La misericordia de Jesús se extiende como sus palabras, llenas de vida y de un mensaje absolutamente novedoso. Su voz, su mirada amorosa y su ternura tienen la capacidad de curar a mucha gente.

El texto nos narra la petición de un leproso para que lo sane de su enfermedad. El leproso suplica, de rodillas ante Jesús: Si quieres, puedes limpiarme. El desespero y la angustia llegan como una oración a gritos hasta el corazón de Jesús. Y el autor nos revela la profunda compasión que lo mueve, ante el clamor y los ruegos estremecedores.

Jesús conoce el profundo dolor que siente el enfermo. Su compasión hacia los desvalidos es infinita, por eso actúa hacia ellos con inmediata solicitud. Pero, como vemos en todos sus milagros, antes de curar, Jesús pregunta al enfermo. No abandona su actitud pedagógica: quiere reafirmar el deseo del enfermo de curarse. Cara a cara, mirándolo a los ojos, quiere contar con su libre voluntad y su sí.

Salud física y espiritual

Jesús tiene en cuenta la dimensión sociológica y vital del enfermo. Entiende el sufrimiento del leproso, pero no quiere que su situación lo prive de su libertad. Si pide sinceramente, movido por un deseo firme de sanar, más allá de la desesperación, Jesús podrá obrar el milagro y liberarlo del peso de su enfermedad.

El leproso quedó limpio, dice el evangelio. Cuando nuestro corazón se abre libre y sinceramente Dios puede hacer el milagro de sanar todo aquello que hace impura nuestra vida. Él nos puede limpiar de aquello que empaña nuestro corazón, en especial, la soberbia, el orgullo y la petulancia.

Cuando nos falta oxígeno espiritual nuestra vida interior queda seriamente limitada. Cuántas personas padecen de esas otras lepras que les quitan la luminosidad en el rostro y les hacen vivir atrapadas en la oscuridad. Jesús siempre extiende sus manos amorosas y nos toca con dulzura para sanarnos. Él desea nuestra salud y quiere que nuestra vida esté llena de sentido.

La salud siempre va profundamente ligada a aquello que somos, creemos y vivimos. Si nuestra vida se fundamenta en sólidos valores religiosos y nuestra espiritualidad es rica e intensa, tendremos fuerza y coraje para aceptar las dificultades y asumir los desafíos que se nos presentan. Sabremos tomar las decisiones más acertadas, que afectarán a nuestra salud física y espiritual. Jesús nos quiere sanos de alma y de cuerpo porque solo los puros y los limpios de corazón verán a Dios. La fe en Jesús nos lava totalmente.

Dios quiere la mediación de la Iglesia

Finalmente, Jesús añade algunos elementos a destacar. Por un lado, pide al leproso que tenga prudencia y no proclame a los cuatro vientos su curación. Jesús no desea la fama, sino servir y hacer un bien real a todos aquellos que confían en él. Y, por otra parte, lo envía a los sacerdotes para completar su purificación. Con este gesto, demuestra que no quiere actuar al margen de la institución religiosa de su pueblo. Cuenta con la intervención de los sacerdotes como puentes hacia Dios. ¡Qué importante es este matiz!

En este caso, la lectura nos lleva al sacramento del perdón y la reconciliación. Dios perdona a través de sus ministros, que ejercen la función de Cristo. No podemos negar la mediación eclesial. Cuando Jesús dice a Pedro: sobre ti edificaré mi iglesia, y aquellos a quienes perdones los pecados, les quedan perdonados, nos está mostrando que Dios quiere la mediación de la comunidad eclesial, especialmente a través de sus sacramentos.

2015-02-05

La misión de Jesús y la mujer

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Así que salieron de la sinagoga, fueron con Santiago y Juan a la casa de Simón y Andrés. Se encontraba la suegra de Pedro en cama con calentura, y le hablaron de ella. Y, acercándose, la tomó por la mano y la levantó, y al instante la dejó la fiebre, y se puso a servirlos. Por la tarde, puesto ya el sol, le traían todos los enfermos y endemoniados… Y curó a muchas personas afligidas de varias dolencias, y lanzó a muchos demonios, sin permitirles hablar, porque sabían quién era.
Mc. 1, 29-39

Los primeros discípulos caminan sin vacilar al lado de Jesús. En esta ocasión se da un incidente: la suegra de Pedro está en cama con fiebre. El episodio encierra un precioso  mensaje que define muy bien la tarea ministerial de Cristo y su posición ante la mujer.

Fijémonos en la actitud de Jesús. Se acerca. La cultura judía tenía marginada a la mujer. Jesús rompe con ese prejuicio cultural y religioso. La coge de la mano: se produce un contacto físico, salva esa distancia que segrega el mundo femenino. La levanta, la proyecta en su dignidad como hija de Dios. Finalmente, también la hace discípula, porque después ella le sirve. Esta es la misión fundamental de Jesús: dar vida. Y ha de ser también la misión de la Iglesia: entrar de lleno en el corazón humano y dar un sentido espiritual a su vida, alejándolo de todos sus males.

La persona por encima de la ley

La secuencia de este fragmento evangélico nuclea la misión de Jesús. Sintiéndose profundamente amado por Dios, esta vivencia le hace sentirse muy cerca de los demás y, a la vez, le da una libertad interior muy honda. De ahí que, aun conociendo el puritanismo de las leyes judías, vaya más allá de lo que sería políticamente correcto. Sabe que su forma de tratar a las mujeres es objeto de crítica por parte de los fariseos, que consideran que actúa por encima de la ley. Jesús pone en el centro de su mensaje, no las ideas, sino la persona. Él sabe que para Dios lo más importante no son los preceptos o los códigos morales. Lo más importante es el ser humano y sus necesidades. Y, en este caso, la mujer. Jesús rompe con un mundo rígido y estrecho de miras para curar a la suegra de Pedro.

Levantar al que está abatido

No solo la cura. Le tiende la mano y la levanta. Cuántas personas en el mundo nos están alargando sus manos para que las ayudemos a salir de su sufrimiento y su marginalidad. Cuántas veces, por prejuicios ideológicos o por puritanismo religioso dejamos de hacer cosas buenas y necesarias. Jesús nos enseña a ser dueño de nuestras ideas: para él vale más una persona real y enferma que miles de ideas bonitas sobre la pastoral de la salud.

Como Iglesia, todos los cristianos estamos llamados a dar nuestra mano para consolar, aliviar, curar y sostener a quienes no pueden hacerlo por sí solos. Muchas personas quebrantadas, física o espiritualmente, esperan nuestra ayuda. Con nuestro gesto desprendido, con nuestro amor, purificamos nuestras ideas a la vez que estamos liberando del dolor y dignificando a otras personas que piden ayuda. Esta disposición a servir, ayudar y levantar a los demás, debe ser el eje central de nuestra evangelización. 

2015-01-29

Unión de palabra y vida

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4 domingo ordinario - B from Joaquin Iglesias

Entraron después en Cafarnaúm, y Jesús comenzó en los sábados a enseñar al pueblo en la sinagoga. Y estaban asombrados de su doctrina, porque su modo de enseñar era como de persona que tiene autoridad, y no como los escribas.
Mc 1, 21-28

La coherencia otorga autoridad

Jesús predicaba recorriendo lugares, pueblos y caminos, dirigiéndose a las gentes allí por donde pasaba. Como rabino, Jesús también solía ir a la sinagoga a escuchar la lectura de la Torá, la palabra de Dios.

La narración de hoy recoge el carisma especial de Jesús. Era un gran comunicador que llegaba a la gente, tocando su corazón. No dejaba indiferente a nadie. Pero, especialmente, Jesús tenía un don que todos cuantos le escuchaban reconocían: la capacidad de convicción. Muchos admiraban su autoridad. ¿Por qué?

El discurso de Jesús era claro y rotundo porque hablaba de aquello que sentía y experimentaba. Su enorme claridad pedagógica se nutría en su rica experiencia de Dios. En Jesús no se daba fisura alguna entre aquello que decía y vivía; no había contradicción entre sus palabras y su vida, pues tenía una profunda sintonía con Dios. De aquí que todos alabaran su autoridad. En ella reconocían la autenticidad y la coherencia de su mensaje. Jesús predicaba con ardor lo que vivía, así es como lograba penetrar en los corazones de quienes lo escuchaban.

Ante la autoridad, los espíritus inmundos huyen

El evangelio sigue relatando cómo en la sinagoga había un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se enfrenta a Jesús. En estas personas, atacadas por fuerzas diabólicas, podemos ver la aparente fuerza del mal, que despierta reacciones violentas e iracundas en las personas. Una de las armas del maligno es, precisamente, lograr que el hombre se enfrente a Dios y rechace su bondad. Así, el hombre poseído increpa a Jesús y lo acusa de causar su perdición.

También hoy se dan actitudes de rechazo radical a Dios y se tiende a culpar a las religiones, en especial al Cristianismo, de muchos males que aquejan a la sociedad. Se difunde una imagen de Dios muy errada, presentándolo como un juez tirano que condena a la humanidad.

Ante el estallido de furia, Jesús responde con rotundidad: Enmudece. ¡Calla! El mal se rinde y abandona inmediatamente al hombre poseído porque nada puede vencer la fuerza de Dios. La intervención contundente de Jesús nos muestra que el amor es mucho más poderoso que las fuerzas del mal. En ocasiones debe mostrarse enérgico y radical. Jesús, que vive lleno de Dios, puede hablar con el vigor y la autoridad necesarios para expulsar a los demonios.

Así mismo, los cristianos de hoy no hemos de vacilar ante el acoso del mal. No podemos acobardarnos y rendirnos. Pero nuestra lucha ha de ser humilde y confiada en Dios. No somos fuertes, sino débiles, y nuestra naturaleza puede caer fácilmente. Pero contamos con la fuerza del Padre, que nos sostiene y nos insufla su Espíritu. Si pretendemos trabajar para aliviar los sufrimientos y problemas que sufre el mundo, necesitamos contar con él. Con nuestras fuerzas solas no podremos vencer. Pero, en cambio, el mal huirá ante la luz y la fuerza arrebatadora del amor de Dios.

Una doctrina nueva


Esa autenticidad de Jesús, la estrecha unión entre sus palabras y su vida, es la que confiere a su mensaje una novedad fresca que asombra a sus contemporáneos. No se trata de la doctrina de los escribas o los maestros de la Ley, que repiten y propagan lo que está escrito en los libros sagrados. Jesús no habla de promesas, sino de una realidad actual, de un Dios cercano, de un reino de los cielos que ya está entre nosotros. En realidad, Jesús se está mostrando a sí mismo como la auténtica palabra de Dios. Él es el núcleo de su mismo mensaje: Dios ya está en medio del mundo, cohabitando con nosotros. Si le hacemos lugar en nuestras vidas, su amor reinará y transformará nuestra existencia.

2015-01-22

Los primeros discípulos

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Después que Juan fue puesto en la cárcel, vino Jesús a Galilea, predicando el evangelio del reino de Dios. Y diciendo: «Se ha cumplido ya el tiempo, y el reino de Dios está cerca; haced penitencia y creed en la buena nueva».
En esto, pasando por la ribera del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes al mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: «Seguidme y os haré pescadores de hombres». Ellos de inmediato abandonaron las redes y le siguieron.
Marcos 1, 14-20

Dejar las redes atrás

Jesús anuncia que el reino está cerca. Sigue llamando a hombres y mujeres, invitándoles a que le sigan. ¿Cuál es ese reino que anuncia?

La vocación es el tema de este domingo. En la respuesta de los nuevos seguidores podemos percibir la fuerza arrolladora de Jesús. Lo dejan todo y lo siguen. Así, quedan liberados para sumergirse en su gran empresa. Jesús llama a gente capaz de dejarlo todo. Una vocación implica dejar atrás muchas cosas: trabajo, familia, estilo de vida... Significa empezar una vida nueva, de abandono y de confianza. Los apóstoles dejaron las redes de inmediato, dice el texto. Los cristianos de hoy, que ya seguimos a Jesús, no hemos de permitir que las redes del cansancio y la apatía nos atrapen. Ser cristiano significa vivir una aventura de libertad y donación a los demás.

Dios está cerca

El Reino de Dios está cerca. ¿Qué significan estas palabras? Significan que el mismo Dios está cerca. Aún más, está en medio de nosotros: Jesús es la culminación de este Reino. Con su presencia, el Reino de los Cielos ya ha llegado al mundo. En este reinado el dueño y rey es Cristo, que es la encarnación del amor de Dios. Todo cristiano está llamado a vivir intensamente la experiencia del Dios amor.

También está llamado a vivir amando a los demás. Allí donde las personas se aman, allí está el Reino de Dios. Los cristianos queremos vivir este cielo ya aquí, entre nosotros. Esto implica estar dispuesto a trabajar con tenacidad y alegría. Para hacer realidad este deseo de Dios hemos de dejarnos seducir por su voz y sumarnos al grupo de los apóstoles, trabajando mano a mano con él.

Esto se traduce en una escucha atenta a los mensajes que la Iglesia nos da, a través del Papa y los sacerdotes. Significa dedicar tiempo. No basta con venir a las eucaristías. La vocación implica integrarse en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, asumiendo responsabilidades pastorales y colaborando en sus tareas evangelizadoras. De aquí la importancia de la respuesta a la llamada y de estar prestos a dejar atrás todo lo que suponga un obstáculo en el camino de nuestra vocación. Solo así el horizonte de nuestra libertad se ensanchará y podremos dilucidar con mayor claridad el designio de Dios en nuestra vida.

2015-01-15

La llamada

A partir de ahora, además del power point podréis descargaros el texto de la homilía en formato amigable para imprimir o guardar (pdf), pinchando en el enlace que pondré cada semana. La de este domingo la podéis obtener clicando aquí.


2º Domingo Ordinario - B from Joaquin Iglesias

Al día siguiente, otra vez estaba Juan allí con dos de sus discípulos. Y viendo a Jesús que pasaba, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oírle hablar así, se fueron en pos de Jesús.
Jn. 1, 35-42

Juan, guía hacia el Maestro

Este evangelio nos explica, con palabras sencillas y profundas, la historia de una llamada. Juan Bautista, con su intuición profética, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y así se lo comunica a sus seguidores. En su gesto vemos sabiduría y desprendimiento, no retiene a sus discípulos junto a sí, sino que les señala al hombre en quien brilla la luz de Dios. Juan ha cumplido su misión como buen maestro y guía de los suyos.

Sus discípulos también responden con docilidad y confianza. No dudan en seguir a Jesús e inmediatamente se quedan con él. Tal vez lo más hermoso de estos momentos es precisamente lo que no cuenta el evangelista: la intensa experiencia interior que debieron vivir aquellos primeros discípulos, cuando recuerdan, con exactitud, hasta la hora del día en que se fueron en pos de Jesús. Son esos momentos de la vida que jamás se borran de la memoria. La alegría de descubrir al Maestro los lleva rápidamente a comunicarlo a otros. “Hemos hallado al Mesías”. Ese hallazgo los llena de gozo, no pueden callarlo. Así, Andrés corre a avisar a Pedro, su hermano. Y Jesús, viéndolo, lo llama también.

Dios nos llama, personalmente

El texto de este domingo nos invita a reflexionar sobre la historia de nuestra llamada. Dios se vale de diversos acontecimientos históricos para dejarnos entrever que tiene un plan para cada uno de nosotros. Se fía de nuestras capacidades y nos llama a vivir la plenitud de nuestra vida cristiana. Para ello se sirve de personas, situaciones propicias, un espacio y un tiempo preciso en que nos llama a vivir nuestra vocación. El evangelio de Juan señala nombres muy concretos, un lugar y una hora. Seguramente cada uno de nosotros puede recordar exactamente a todas aquellas personas que han sido su Juan Bautista y le han señalado a Jesús. Podemos recordar a nuestros padres, a familiares, profesores, catequistas, algún religioso o religiosa…, personas que Dios ha querido que se cruzaran en nuestras vidas y que han hecho brotar la fuente de nuestra felicidad.

El gozo del sí

Un gozo enorme surge de nuestro sí a Dios y a su proyecto para nosotros. Éste no es otro que establecer su Reino en medio del mundo. Un reino donde se colma el anhelo más profundo de todo ser humano: el deseo de dar y recibir amor, con generosidad y sin límites. Sólo así, confiando en Dios, podremos llenar de sentido nuestra existencia, como aquellos discípulos de Juan que, buscando la Verdad, encontraron a Jesús y lo siguieron.

Cualquiera de nosotros puede sentirse interpelado un día. Cuando Dios entra en nuestra vida, la alegría es incesante. ¡Ánimo! Dios sólo pide nuestro sí, pequeño, pero a la vez muy rotundo, muy denso. Un sí que entraña consecuencias inimaginables. 

2015-01-08

El bautismo de Cristo

A partir de ahora, además del power point podréis descargaros el texto de la homilía en formato amigable para imprimir o guardar (pdf), pinchando en el enlace que pondré cada semana. La de este domingo la podéis obtener clicando aquí.

 

Vino Jesús de Nazaret, de Galilea, y Juan le bautizó en el Jordán. Y al salir del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu, descendiendo en forma de paloma, y posarse sobre él. Y se oyó esta voz del cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, en ti encuentro mi alegría.
Mc 1, 7-11


Es tiempo de Epifanía, de la manifestación de Dios a los hombres. En la liturgia del bautismo de Jesús encontramos otra manifestación de la gloria de Dios: “Este es mi hijo”. Pero esta vez es la Trinidad quien se revela: el Padre Dios que reconoce a su hijo, Jesús, el amado; el Hijo, que es el bautizado, Jesús, y el Espíritu Santo.  Dios se hace presente en el inicio de su misión ministerial. La celebración de hoy nos recuerda que en Jesús todos somos hijos amados de Dios. Él también se regocija cuando decidimos vivir para siempre la vida a la que nos llama, es decir, cuando nos lanzamos a nuestra misión evangelizadora como cristianos adultos y comprometidos.

Herederos y precursores

A la escena del bautismo la preceden unas palabras llenas de humildad proclamadas por Juan Bautista. Reconoce que el que viene detrás es más que él. Juan, abierto a la expectativa mesiánica, dice de sí mismo que es sólo una luz. Ante la grandeza del Señor, humildemente, se aparta. Ha preparado a su pueblo para este acontecimiento y sabe retirarse oportunamente para que Jesús, ya maduro y adulto, inicie su tarea ministerial.

Qué importante es saber retirarse a tiempo para dejar que otros crezcan. Los padres respecto de sus hijos, los profesores con sus alumnos, los políticos hacia sus ciudadanos… Deben confiar en ellos.
Ante Dios, sólo somos herramientas de un proyecto global. Unos y otros hemos de aprender a precedernos para ir culminando su obra. Todos somos herederos de nuestra cultura cristiana y hemos de pasar el relevo a nuestros sucesores para que nuestra misión continúe en el mundo.

Jesús se consagra en el Jordán

El bautismo de Jesús es un momento epifánico que manifiesta la gloria de Dios, revelada en Jesús. La escena en el Jordán nos presenta a un Jesús adulto, lleno de una profunda convicción, unido fuertemente a Dios Padre. Esos largos años en Nazaret, viviendo con su familia, creciendo en el amor a Dios, han hecho de él un hombre lúcido y maduro, preparado para su misión.

Jesús se siente hijo del Padre. El sentimiento filial es necesario para impulsar su tarea misionera; esa certeza tan fuerte llena su interior y le hace ver que ya ha llegado el momento de salir a anunciar la buena nueva, recorriendo largos caminos para llevar a los hombres la noticia de un Dios que es amor, y cuyo reino está muy cerca. Jesús se lanza a su gran aventura. Después de un largo tiempo de soledad y silencio ha llegado la hora de desvelar el rostro amoroso de Dios a los hombres.

El bautismo de Jesús se puede considerar como la toma de posesión de su cargo, de su misión. Debía encomendarse a Dios antes de empezar y se sumerge en las aguas. Sabe que sumergirse significa hundirse en la existencia pecadora del hombre y en su propia muerte. El agua se convierte en el altar de su propio ofrecimiento. Para el pueblo judío, adentrarse en las aguas significaba luchar contra el mal. Y esto sería lo que haría Jesús en su tarea evangelizadora: conjurar al oleaje del mal para abrirnos a la gracia de Dios.

La Trinidad resplandece

Y vio rasgarse el cielo. Esto tiene un profundo significado en la cultura judía. El cielo se abre cuando Dios se comunica con su criatura. Se escucha una voz, la voz de Dios Padre, y desciende su Espíritu como paloma. La Trinidad completa se cierne sobre el Jordán. Padre y Espíritu Santo acompañan a Jesús en este momento de consagración.

La voz recia del Padre revela su predilección y su amor hacia Jesús. Refleja la especial sintonía con su Hijo y su fe en él. De ahí que le confíe la misión de redimir al mundo.


El Espíritu Santo desciende sobre él, como una paloma. Es la imposición de manos que Jesús necesita, toda la fuerza de Dios para convertir su vida en un eco de la suave y penetrante palabra de Dios. Esa suavidad, como agitarse de alas, es la que permitirá que su mensaje cale en los corazones que buscan, hambrientos de Dios.