2013-03-23

Domingo de Ramos


«Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí. […] A la hora sexta, las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona, se oscureció el sol y el velo del templo se rasgó por medio. Jesús, dando una gran voz, dijo: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Y diciendo esto, expiró. Al verlo, el centurión glorificó a Dios, diciendo: Verdaderamente, este era Hijo de Dios». Lc 22, 14 - 23, 56.

Jesús muere hoy


En el comienzo de la Semana Santa, la lectura de la Pasión nos sitúa ante la muerte de Jesucristo. Meditar en ella nos recuerda que Jesús sigue muriendo hoy. Hoy sigue habiendo Pasión en el mundo, especialmente en la vida de todos aquellos que sufren. Jesús muere en los niños abandonados, maltratados, hambrientos de amor. Muere en los adolescentes sin norte, en los jóvenes sin futuro. Muere en los adultos que deben recomenzar de nuevo, porque han perdido el trabajo o han sufrido un contratiempo en sus vidas. Muere en los ancianos solos y abandonados...

¿Quién no se apiada ante la imagen de Cristo en la cruz? ¿Quién será incapaz de compadecerse ante una persona que sufre? No conmoverse ante el rostro del dolor es vivir indiferente, a espaldas de los que padecen. No conmoverse ante la Pasión es cerrar el corazón y hundirse en la vaciedad.

En este mundo que rinde culto a la ciencia y a la tecnología, donde parece que lo tenemos todo, nos falta, sin embargo, algo muy profundo. El mundo sufre de una enorme falta de esperanza. El dinero, el bienestar y la ciencia no acaban de llenar el anhelo humano. El hombre y la mujer necesitan mirar las cosas desde arriba para poder dar sentido a su existir.


Aceptar el dolor con paz


Jesús clavado en la cruz es la máxima expresión del amor de Dios y de su entrega. Por amor, libremente, asume su muerte tan injusta. Esa libertad conlleva una aceptación serena y pacífica del dolor. La Pasión de Jesús contiene una enseñanza pedagógica: aprender a aceptar el sufrimiento. Jesús no muere en medio de la desesperación, su agonía no es rebelde ni agresiva. Se deja llevar, abraza su muerte y abraza el dolor. Se abandona en manos del Padre.

Cuando miramos al Crucificado, su rostro sangrante nos está enseñando cómo asumir el dolor cuando este nos sobreviene.

La cruz, señal de un nuevo comienzo


La cruz es la sombra de un amanecer. La muerte de Jesús presagia la vida nueva de Cristo. En ella late la semilla de la resurrección. En la Semana Santa, los cristianos no podemos permanecer en la tragedia del Viernes Santo. Este día ha de servir para reflexionar sobre el misterio del dolor en el mundo y sobre el sentido último de la muerte. Pero no deberíamos recrearnos en una espiritualidad triste y desesperada.

La muerte de Jesús no es un final trágico. El Calvario marca el inicio de una nueva experiencia. Cristo, trascendiendo el dolor y la muerte, comienza una nueva singladura.

El cristiano también ha de recorrer un catecumenado largo e intenso durante su vida, hasta alcanzar la madurez en la fe, en la esperanza y en la caridad. Ha de morir al hombre viejo para renacer al hombre nuevo. Esta es la auténtica muerte. Expiramos con Cristo en la cruz para poder renacer a una nueva vida de Dios.

Acompañar a Jesús


Jesús entra en Jerusalén como rey sencillo y pobre. No lo hace a lomos de un caballo, como un conquistador, sino a lomos de un borrico, humilde y pacífico. Y la multitud canta de alegría cuando lo ve llegar.

Así como los suyos lo seguían en su entrada triunfante en Jerusalén, hoy también nosotros lo seguimos agitando ramos y palmas. A lo largo de la Semana Santa, a través de las procesiones y celebraciones, los cristianos acompañaremos a Jesús. Estas fiestas no deben reducirse a rituales repetitivos, meramente estéticos. Hemos de interiorizar su contenido.

La procesión simboliza el seguimiento a Jesús. En los apóstoles se da un doble seguimiento. Está el seguimiento físico, es decir, caminar con él, por toda Palestina, viviendo con él, compartiendo con él las experiencias de cada día. Y hay otro seguimiento interior, el proceso personal que va desde la llamada hasta la adhesión, a medida que los discípulos descubren el misterio de Dios en la persona de Jesús.

Los cristianos estamos llamados a vivir este seguimiento interior. Vivamos la Semana Santa como una gran interpelación. En ella recordaremos los momentos cumbre de la vida de Jesús. Que cada cuadro plástico, cada paso procesional, cada lectura, nos lleve a revivir con hondura los acontecimientos de la Pasión.


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2013-03-15

La mujer adúltera


«Los escribas y fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley nos ordena Moisés apedrear a estas; tú, ¿qué dices? […] Como ellos insistieran, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté libre de pecado, arroje la primera piedra».

Una situación comprometida

Jesús ve ya próxima su pasión y se retira al monte de los Olivos para orar. Necesita meditar sobre el sentido de su donación, que pasa inevitablemente por la muerte. Al amanecer, sereno y lleno de Dios, acude al templo para instruir a su pueblo. Es en este momento cuando los fariseos y los escribas aprovechan para traerle a una mujer sorprendida en adulterio. Quieren comprometerlo, haciendo referencia a la ley y la tradición judías. La dureza de los fariseos está lejos de entender la misericordia de Dios. Acusan a la mujer y quieren condenarla a morir. Jesús, compadecido de ella, responde con una táctica inteligente a la tendenciosa pregunta y les da una respuesta lapidaria: «Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra».
Llenos de odio y de rencor, los fariseos y los escribas reconocen, a regañadientes, que en ellos también hay pecado. Y se alejan, uno a uno. Los acusadores no soportan la franqueza de su oponente y lo dejan solo con la mujer. Entonces Jesús ejerce el ministerio del perdón. Tiene piedad de la mujer adúltera y la perdona. Con un talante dulce y exigente a la vez, le pide que no peque más. Es un fiel reflejo del corazón compasivo y ardiente de Dios, que nos invita a vivir llenos de su gracia y de su amor.

El legalismo religioso

En esta intensa lectura, Jesús se nos muestra como un hombre libre respecto a la ley. Por encima de la rigidez legal, antepone el bien de la persona. También hay en su respuesta una apelación a la coherencia. Muchas veces guardamos una extremada dureza en el cumplimiento de la ley, pero en cambio se nos escapan otras actitudes de delicadeza, comprensión y misericordia. La ley debe estar al servicio de la persona, este es el mensaje de Jesús.

Contra el machismo judío

El mundo semita marginaba a la mujer. En esa cultura, como en otras tantas, las mujeres sufrían las consecuencias de un menosprecio social. Muchas conductas que hoy consideramos moralmente reprobables eran permitidas a los varones, por el hecho de ser hombres y, en cambio, eran condenadas en la mujer. Jesús sale a favor de la mujer. En esta ocasión, la defiende porque está en una situación débil y vulnerable. Pero también la defiende porque para Él es digna y valiosa, igual que el hombre. Jesús rompe con esa tendencia machista y apuesta por el valor de lo femenino y la paridad en la dignidad de ambos sexos.

Otra concepción de la ley

La ley es el amor: esta es la gran revolución de Jesús. No hay ley que valga por encima de la dignidad de la persona. La ley no lo justifica todo. Este mensaje de Jesús es especialmente actual hoy, cuando la legislación se politiza para servir a diversas ideologías. Muchas veces se quieren justificar leyes y decisiones apelando a los sentimientos humanitarios, jugando con la buena fe de las gentes, para favorecer intereses ocultos de grupos de poder. Jesús, en la cruz, muestra la máxima expresión del amor y de la libertad, que la ley ha intentado aniquilar. Toda ley que trata de suprimir la vida de un ser humano no está fundamentada en valores religiosos. La vida es un valor supremo; si la ley no está al servicio de las personas y de su dignidad, se convierte en un instrumento de dominación.

El perdón, muestra del mayor amor

Una de las características que distingue a los cristianos es el perdón. Quien ama perdona sin límites, como recuerda san Pablo en su carta a los Corintios. «Porque mucho has amado, mucho se te perdona», son las palabras de Jesús a la mujer pecadora que le unge los pies.

A la mujer adúltera, que buscaba el amor tal vez de manera un tanto frívola y errada, Jesús le enseña el amor incondicional y verdadero. La mujer conoce la pureza del amor auténtico con el perdón de Jesús y queda restaurada. Libre de su condena, se siente amada y perdonada, a punto para empezar una nueva vida. El perdón regenera y da fuerzas para recomenzar.

Finalmente, Dios es el único libre de pecado y de culpa. Jesús, pudiendo condenar, no lo hace. La Iglesia, los cristianos, tampoco podemos juzgar ni condenar a nadie. Hemos de ser misericordiosos y comprensivos, como el mismo Dios. 


2013-03-09

El hijo pródigo


«Se acercaban a él todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les propuso esta parábola, diciendo: ¿Quién habrá entre vosotros que, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deje las noventa y nueve y vaya en busca de la perdida hasta que la halle?».

Retrato del corazón de Dios

La narración del hijo pródigo es una de las más bellas del Nuevo Testamento. Con la figura del padre, Jesús revela las entrañas del corazón misericordioso de Dios para con su criatura.

El hijo pródigo lo tiene todo junto a su padre, pero este respeta con delicadeza su libertad, aunque sabe que su decisión los hará sufrir a los dos. La ruptura lo conmueve, pero deja marchar al muchacho libremente. Y, a partir de entonces, se asoma cada atardecer para divisar en lontananza si ve llegar a su hijo. Su corazón está volcado ante su posible regreso.

Por otra parte, el hijo, después de dilapidar su herencia, siente la necesidad de volver. Echa en falta el calor del padre. Lejos se encuentra solo y vacío, pensando en todo lo que ha perdido. Para el padre esta separación solo ha sido un paréntesis. Él espera con ansia la vuelta de su hijo.

El hijo vuelve porque, pese a su orgullo, tiene la certeza absoluta en su corazón de que el padre lo acogerá de nuevo. Por eso regresa convencido. Cuando ambos se abrazan, el dolor y el arrepentimiento del hijo se funden con la profunda alegría del padre. El abrazo acaba en una hermosa fiesta de reencuentro.

Una historia que se repite

Este relato es una historia que se repite en la humanidad cada vez que el hombre decide independizarse de Dios y alejarse de Él. El hijo pródigo es reflejo de aquellas personas que olvidan que todo cuanto tienen es don de Dios y deciden derrochar su existencia a espaldas de aquel que les ama sin medida.

Llega un momento, trágico, en que el ser humano se encuentra desnudo ante su soledad. Todos los bienes que ha disfrutado resultan efímeros y no sirven para alimentar su alma. Se siente vacío. Conoce su finitud y su miseria, y pasa hambre. Es una necesidad no solo física, sino de afecto, de sentido, de esperanza. Quizás una de las hambres más terribles que puede padecer la persona es no tener un motivo para vivir y luchar cada día, una razón para levantarse, respirar y agradecer su existencia.

Entonces llega la añoranza de la calidez perdida. Movido por la sed, el corazón humano puede cambiar su rumbo y regresar a la fuente de la vida. No todas las personas dan este paso, sino aquellas que saben sincerarse consigo mismas, abrirse y pedir ayuda. La confianza en la bondad del Padre da la fuerza necesaria para volver. Es misión de la Iglesia ser fiel reflejo de la misericordia de Dios. Los cristianos hemos de brindar respeto, tacto y comprensión. De lo contrario, los alejados de Dios nunca sentirán la confianza necesaria para acercarse.

La lógica del perdón

Pero, en estas ocasiones, la bondad y la misericordia no siempre son entendidas. Así, vemos como el hermano mayor siente celos y se enfada con su padre por lo que ha hecho con su hermano menor. De nuevo se produce un alejamiento y una ruptura. El que no se había ido, en realidad está lejos del corazón del padre. Y este vuelve a sentir otro dolor: el de su hijo mayor, que también lo tiene todo, pero no entiende su amor compasivo. A pesar de todo, el padre quiere continuar la fiesta. Porque su hijo perdido estaba lejos y ha vuelto; lo daban por muerto y lo han recobrado vivo.

Los cristianos vivimos en una comunidad, cobijados en el regazo de Dios. Pero muchas veces tampoco entendemos la lógica de su amor y de su perdón. Como el hermano mayor, nos creemos privilegiados por ser obedientes y cumplidores con nuestro deber, y nos erigimos en jueces de los demás, a quienes condenamos sin miramientos. Hemos de entender que uno de los rasgos característicos del cristiano es el perdón. Sin reconciliación no puede haber fiesta ni eucaristía. El perdón, que no lleva cuentas de los agravios, que es inmensamente olvidadizo, es una de las claves del amor de Dios al ser humano.

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2013-03-01

La higuera sin fruto


«Y dijo esta parábola: Tenía uno plantada una higuera en su viña y vino en busca del fruto y no lo halló. Dijo entonces al viñador: Van ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo; córtala, ¿por qué ha de ocupar tierra en balde? El viñador le respondió: Señor, déjala aún por este año que la cave y la abone, a ver si da fruto para el año que viene… si no, la cortarás». 

La conversión, un giro

Uno de los núcleos del mensaje de Jesús es la llamada a la conversión. Convertirse es dar un giro hacia Dios, dejar de lado la parte frívola y egoísta de la vida para volverse hacia el amor.

¿De qué convertirnos? Para la conversión es necesario un proceso gradual de cambio de actitudes muy arraigadas en nuestra forma de ser. Podemos empezar a convertirnos de muchas cosas que, aunque parezcan pequeñas, no dejan de tener una importancia trascendental.

Cuántas veces nos cuesta sonreír cuando el día amanece gris en nuestro universo interior. La conversión pasa por sonreír. Cuántas veces somos duros y fríos con los demás. Convertirse significa ser cálidos y amables. A menudo, a causa del estrés y nuestro ritmo acelerado, no nos damos cuenta de lo importante que es estar sereno, ir al ritmo de Dios. Otro aspecto a transformar puede ser la mezquindad, que nos lleva a empobrecernos. Ser generosos y espléndidos es un paso más hacia la conversión.

A veces nos sucede que, por el hecho de ser creyentes o practicantes, nos creemos mejores que los demás. Hemos de ser más humildes y reconocer que no lo somos. También estamos necesitados del perdón y de la misericordia. Solemos señalar, juzgar y criticar a otras personas, pensando estar por encima de ellos. Jesús nos advierte, como hizo con los judíos: si no abrís vuestro corazón a Dios, también pereceréis.

La eterna paciencia de Dios

Con la parábola de la higuera, Jesús nos está hablando de un Dios eternamente paciente e indulgente. El cristiano está llamado a dar fruto, como la higuera plantada en la viña. Pero si no se alimenta de la palabra de Dios y no bebe de la oración, se secará por dentro y no fructificará. Es muy humano, ante la esterilidad y la inutilidad de nuestros esfuerzos, cansarse y tener la tentación de abandonar, o dejar la conversión como algo imposible. La reacción más fácil es pensar: ¿para qué esperar? Cortemos la higuera y echemos la leña al fuego.

Sin embargo, el viñador pide al amo que no la corte y la deje un año más. Él la cavará y la abonará para que dé fruto.

Dios sabe esperar nuestra conversión con infinita paciencia. Cada Cuaresma es ese tiempo de gracia que pide el viñador ―Jesús― para aguardar un año más, luchando para que el corazón humano se convierta.
Las comunidades cristianas estamos llamadas a ser fructíferas. No cansemos a Dios ni agotemos su paciencia. Jesús, con su palabra, su cuerpo y su sangre, nos alimenta y riega nuestro corazón en cada eucaristía. Si sabemos abrirlo a su amor, habremos iniciado el camino de conversión y, llegado el momento, daremos fruto.

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2013-02-22

La Transfiguración en el Tabor


2º Domingo de Cuaresma
“Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y resplandeciente, y he aquí que dos varones hablaban con él: Moisés y Elías…
Al separarse éstos, dijo Pedro a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas…”
Lc 9, 28-36

La oración, una experiencia de Tabor

Con este episodio, Jesús nos aparta del bullicio y del ruido, como hizo con sus discípulos, para llevarnos a un lugar tranquilo a rezar. La oración es consubstancial al cristiano. Para crecer en nuestra relación con Dios es preciso que se dé un diálogo continuo y profundo con él.

Orar equivale a subir a la montaña y contemplar la realidad con perspectiva más amplia y una mirada trascendente. Para escuchar a Dios necesitamos ese distanciamiento y dos cosas imprescindibles: espacio y el clima adecuado. Es decir: soledad y silencio. Sin estos dos aspectos será muy difícil establecer una comunicación afectiva con él. La liturgia de hoy nos invita a buscar un tiempo de retiro y a vivir la experiencia del Tabor, una experiencia de intimidad con Dios.

Jesús culmina las antiguas promesas

Pedro, Santiago y Juan ven a dos personajes del Antiguo Testamento junto a Jesús. Son Moisés y Elías. Uno representa la Ley, el otro la tradición profética. Jesús, en medio, simboliza la culminación de las expectativas del pueblo judío. En él se da la plenitud de la Ley y los profetas.

La manifestación de esta gloria tiene, sin embargo, una doble cara. Junto a la plenitud, encontramos la cruz. Gloria y cruz son dos manifestaciones del esplendor de Jesús. No se entendería el Tabor sin la cruz, ni tampoco la cruz sin el Tabor. De la muerte de Jesús sale también el esplendor del Hijo de Dios, entregado por amor.

Realismo cristiano

Pedro se siente tan a gusto que le propone a Jesús plantar tres tiendas y quedarse allí. Es muy humano. Todos queremos eternizar los momentos de interioridad, de gozo. ¡Qué bien estamos con Dios! No quisiéramos bajar nunca del Tabor de la comunión. Pero hemos de descender.

El Tabor sin la misión quedaría empobrecido. Dios nos llama a trabajar en el mundo para construir otros Tabores, espacios de cielo donde las personas puedan experimentar la plenitud. La Eucaristía es un Tabor, un momento teofánico en el que la presencia de Cristo se hace real, a través del pan y el vino.

La fuerza que adquirimos alimentados en la eucaristía nos da alas para descender al mundo y entregarnos a la tarea de difundir el reino de Dios. Por ello la vida del cristiano no se limita a los consuelos y gozos de la oración y las celebraciones, sino que también comprende esa batalla diaria, esa cruz que cada cual carga sobre sí. Cada persona tiene su Jerusalén particular al que dirigirse. Pero no nos desanimemos. No estamos solos en este camino. Jesús ya llevó la cruz por nosotros y sigue llevándola, a nuestro lado. Si contamos con su ayuda, su fuerza nunca nos faltará.

“Escuchadle”

Finalmente, de la nube del cielo sale una voz potente: “Este es mi hijo, el elegido, escuchadle”. Encontramos una gran similitud con el episodio del bautismo de Cristo en el Jordán. Aquí hay que remarcar que Dios llama a Jesús su escogido. Él lo ha elegido para culminar su deseo y Jesús, fiel al designio del Padre, marchará hacia Jerusalén para completar su misión.

El cristiano ha de tener el corazón y el oído receptivos para escuchar al Hijo de Dios. Él siempre tendrá palabras de vida, de plenitud, de aliento, que darán sentido a nuestra existencia y nos llevarán a vivir experiencias de Tabor, acercándonos cada vez más al cielo. Si sabemos encontrar esos espacios de silencio, a solas, podremos escuchar su voz. Nos sentiremos elegidos y especialmente amados. Y, posteriormente, también seremos llamados y enviados, como el mismo Jesús.

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2013-02-13

Cinco propuestas para vivir la Cuaresma

Hoy, Miércoles de Ceniza, os propongo cinco gestos para vivir a fondo la Cuaresma. Para avanzar en la presentación, pulsad las flechitas de abajo.

2013-02-08

Una pesca milagrosa


5º Domingo Tiempo Ordinario

“Así que cesó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada, mas porque lo dices tú echaré las redes. Haciéndolo, capturaron tal cantidad de peces que las redes se rompían…”
Lc 5, 1-11

El milagro de saber cambiar

Jesús se convierte en un gran comunicador de la palabra de Dios. No sólo porque es un buen retórico, sino porque tiene muy clara su misión: hacer llegar a todos la buena noticia del amor de Dios y su deseo de felicidad para todo hombre. La gente se agolpa a su alrededor porque necesita que palabras que iluminen sus vidas. Jesús, enérgico y firme, cala en lo más hondo de esos corazones que buscan un sentido religioso a su existencia.

Después de dedicar horas a la predicación, Jesús entra en acción. Devuelve la esperanza a unos pescadores que faenan en la oscuridad sin obtener nada. La crudeza del frío, bregando sin descanso y sin obtener fruto, desanima a Simón y a sus compañeros. Jesús los alienta y les pide que remen mar adentro y vuelvan a echar las redes. Simón, fiándose de sus palabras, deja a un lado su desazón y lanza las redes de nuevo. Ese acto de fe provoca el milagro. Pescan tantos peces que las redes casi revientan. Pero el verdadero milagro es que Simón, a pesar del cansancio y del abatimiento, vuelve a lanzar las redes y se fía de la palabra de Dios.
Aquella dura noche se convierte en un amanecer cálido, su acción estéril se transforma en un fecundo trabajo, su desaliento en esperanza y alegría. Y, sobre todo, su apatía se torna fe renovada. Simón cambia de rumbo, obedece las palabras de Jesús y obtiene una pesca milagrosa.

Sacar fuerzas de donde no las hay, con una sincera oración, puede producir milagros. Llenar nuestra vida de esperanza y amor la hará fecunda, cargada de frutos y de inmensos dones de caridad.

Las tres misiones de Jesús

En esta lectura vemos que Jesús tiene muy claras tres misiones. La primera es instruir. Jesús dedica largas horas a predicar. Sentado en la barca de Pedro, enseña a las gentes, consciente de su vocación de anunciar la palabra de Dios.

Su segunda misión es curar y transformar. Acompaña a la palabra su capacidad para obrar milagros. Estos prodigios respaldan su predicación. El milagro no sólo debe entenderse como un hecho sobrenatural, sino como el poder de llegar a tocar el corazón de la gente, moviendo su libertad, despertando su capacidad de amar.

Finalmente, la tercera misión de Jesús es la llamada. Sabe que para llevar a cabo su obra necesita discípulos, hombres liberados que se entreguen al servicio del evangelio y cooperen en su misión. Por eso Jesús llama a sus apóstoles. A la llamada siempre le precede una actitud humilde. Pedro así lo hace: reconoce, cayendo de rodillas, su pequeñez y sus muchas faltas. La sencillez de Pedro es clave. Le pide a Jesús que se aparte de él, porque es un pecador. Pero Jesús hará todo lo contrario. Sin negar sus limitaciones, lo llama a estar con él.

Dos actos de confianza

Pedro responde porque se fía de Jesús. Su primer acto de confianza es remar mar adentro y echar las redes de nuevo, contra toda esperanza. El segundo se da cuando escucha su llamada y lo sigue. Jesús no necesita pedirle que renuncie a todo por él; ya sabe que Pedro se ha dado cuenta de que lo más grande que puede alcanzar es estar a su lado y aprender de su maestro.

Pedro, valiente, fiándose de él, sigue a Jesús. Su vida cambia de rumbo. A partir de ahora se adentrará en las aguas turbulentas del mal para rescatar a las gentes que se ahogan. Esta será su vocación: deja sus redes de pescador para iniciar un ministerio de libertad.

Todos los cristianos recibimos esa llamada, en algún momento de nuestra vida. Cuando abrimos nuestro corazón y confiamos en Dios, poco a poco vamos descubriendo nuestra vocación de colaboradores suyos y tendremos el valor necesario para embarcarnos en la aventura de ser rescatadores de almas.


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2013-02-02

Nadie es profeta en su tierra


4º Domingo Tiempo Ordinario
El les dijo: en verdad os digo, que ningún profeta es bien recibido en su patria. Pero en verdad os digo también que muchas viudas había en Israel en tiempos del profeta Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y sobrevino una gran hambre en toda la tierra, y a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda.
Lc 4, 21-30

El corazón cerrado y la duda

Después de la proclamación del texto del profeta Isaías en la sinagoga, todos quedan maravillados ante las palabras de Jesús. Pero, a continuación, su discurso adopta un tono de elevada exigencia. De la aprobación y la admiración, las gentes de su pueblo pasan a la crítica y al deseo de matarlo. Extrañadas, se preguntan: “¿Quién es éste? ¿No es el hijo del carpintero?” Lucas pone de manifiesto el progresivo recelo del pueblo judío hacia Jesús. Un hombre de un entorno sencillo y humilde, ¿cómo puede expresar estas bellas y profundas verdades? Surgen el desprecio y los celos hacia él. Envidia y desprecio que se irán fraguando hasta llegar a una actitud hostil de rechazo.

Jesús expresa apenado que nadie es profeta en su tierra. No escapa a las críticas y recelos propios del ser humano. Cuántas veces hemos oído esta frase en boca de grupos, de familias, de comunidades, de vecinos… Este, ¿nos puede decir algo bueno? Con nuestro desdén manifestamos inseguridad y una falta de humildad para reconocer y ver lo bueno que tienen los demás, quizás aún mejor que nosotros. Los judíos se enfurecen especialmente cuando Jesús hace referencia a personajes y episodios del Antiguo Testamento, como Elías y la viuda de Sarepta y Eliseo y el leproso Naamán. Recordando estas narraciones, Jesús pone el dedo en la llaga ante la actitud de cerrazón de su pueblo. Se refiere claramente a su hipocresía religiosa, les insinúa que sólo los que abren el corazón a Dios serán salvados y escogidos. Su don y su gracia serán para los humildes y sencillos que pongan sus vidas a su servicio. El rechazo hacia Jesús se va recrudeciendo, porque habla con claridad y no tiene miedo a nada ni a nadie.

Pasar de la crítica al bien hablar

Esta lectura es un revulsivo para los cristianos de hoy. Gastamos horas sin fin para criticar a los demás –qué hacen, qué piensan, cómo hablan… Perdemos un tiempo precioso de la forma más absurda.

Ante el anuncio de la buena nueva, debemos sentirnos impulsados a hablar de cosas positivas y bellas, para sacar a la luz aquello de bueno que tiene cada cual.  Una de las grandes misiones del cristiano es justamente ir a contracorriente de las críticas y el rumoreo. No hablemos nunca mal de nadie, a persona alguna.

Para dejar de hacer críticas destructivas necesitamos, por un lado, ser comprensivos y misericordiosos, a la vez que muy conscientes. Es una frivolidad perder el tiempo en críticas banales. Una actitud humilde nos ayudará a reconocer los dones de los demás.

Las palabras de las gentes de Nazaret pueden resultarnos familiares. ¿Quién es éste o ésta? Si lo conocemos de hace tanto tiempo… ¿qué tiene que decirnos de nuevo? Pues bien, aquella persona humilde que vive a nuestro lado también nos puede enseñar muchas cosas. En la sencillez se manifiesta el soplo del Espíritu.

Pedimos milagros

La gente espera prodigios espectaculares de Dios. Pero el gran milagro ya se ha producido: somos herederos de su palabra. El gran milagro, hoy, es su permanencia constante en la Eucaristía. Dios se nos da a sí mismo: lo que nos dé por su providencia será por añadidura. Pero el mayor regalo ya lo tenemos: Cristo resucitó y nos abrió el camino a una nueva vida.

No podemos salir de una celebración eucarística admirados de cuanto hemos oído y volver a nuestras actitudes fáciles y cómodas de criticar y señalar a los demás. Aprendamos a valorar el milagro inmenso de la presencia de Cristo entre nosotros. Ser conscientes de la grandeza de este don transformará nuestra vida. Nos hará responsables a la hora de emplear nuestro tiempo y nuestras palabras. Ojalá nuestras conversaciones reflejen siempre la bondad de Dios, y nuestro tiempo sea invertido en acrecentar su Reino.

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2013-01-12

Tú eres mi Hijo amado


Aconteció, pues, cuando todo el pueblo se bautizaba, que bautizado Jesús y orando, se abrió el cielo, y descendió el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, sobre él, y se dejó oír del cielo una voz: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.”
Lc 3, 15-22

La Trinidad se manifiesta en el Jordán

Con el bautismo cerramos el tiempo de Navidad y Epifanía y nos introducimos de lleno en el ministerio público de Jesús.

El bautismo de Jesús marca el inicio de su vida pública, de su gran misión. Puede lanzarse a ella gracias a una convicción profunda: su filiación con Dios Padre.

En el Jordán se manifiesta la Trinidad: Dios Padre, en la voz que sale del cielo; El Espíritu Santo, que desciende en forma de paloma, y el mismo Hijo, Jesús. En él se halla la plenitud de la misión trinitaria: hacer presente el amor de Dios en el mundo.

El sentido de la filiación

El amor hacia el Padre lleva a Jesús a salir de Nazaret para emprender su gran aventura y convertirse en predicador de la palabra de Dios. Jesús saca su enorme fuerza de su unión con el Padre. De esta unión surge la gran empresa apostólica de fundar la Iglesia.

Después del bautismo, cada cristiano es hijo de Dios y todos somos hermanos, unos de otros. Nos une, no la sangre humana, sino la misma sangre de Cristo. Todos los que comemos de su pan y bebemos de su cáliz formamos parte de la familia cristiana.

Cada eucaristía es un momento epifánico en el que se nos revela la Trinidad. Unidos a Cristo, cada uno de nosotros es un hijo amado y predilecto de Dios.

Madurez cristiana

Con esta convicción, llega el momento en que dejamos de ser niños y adolescentes espiritualmente, para iniciar una vida nueva de adultez cristiana. Los creyentes no sólo estamos llamados a recibir los dones de la palabra y los sacramentos. Hemos de alimentarnos de Dios, ciertamente. Pero cuando ya rebosamos amor, todos estamos llamados a seguir los pasos de Jesús. Ya no somos simples receptores, sino que podemos transmitir aquello que hemos recibido.

Esta madurez implica caminar con Jesús hasta entregarse, hasta la cruz. Sabemos que en el camino encontraremos incomprensión, dificultades y rechazo. También toparemos con nuestros límites y deberemos afrontar el miedo. Esa será nuestra cruz. Pero los cristianos contamos con un gran aliado. El mismo Cristo llevará nuestra cruz y Dios Padre, con el Espíritu Santo, serán nuestros compañeros de camino. Nunca estaremos solos.

Moriremos, quizás no físicamente, pero sí dejaremos atrás muchas cosas en nuestro seguimiento a Jesús. Abandonaremos aquello que lastra nuestro corazón, como un peso muerto. Pero también compartiremos con Jesús el momento más glorioso: la resurrección. La liturgia del bautismo nos lo recuerda, con esas hermosas palabras de San Pablo: “Los que hemos muerto con Cristo, con Cristo hemos resucitado, por el bautismo”.


2013-01-05

El mayor regalo


«Nacido Jesús en Belén de Judea en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al oriente y venimos a adorarle».

La búsqueda de Dios es universal

La Epifanía es la fiesta de aquellos que buscan sentido a sus vidas. ¡Cuántas personas, hoy, viven en la oscuridad, buscan la luz y no la encuentran! En sus vidas no hay esperanza. Caminan a tientas sin que nadie las oriente. Desean crecer, encontrar la fe, encontrarse con Dios. Y no siempre encuentran una estrella que los guíe.

Para los cristianos el futuro existe: es Cristo, Dios, la Iglesia. El futuro está en trascender de nosotros mismos y salir afuera. Los magos, sabios y científicos de su tiempo, así lo hicieron. Abandonando sus tierras de origen, emprendieron un largo camino. Son imagen de todas las culturas de la humanidad en busca de Dios. Y en su búsqueda encontraron la estrella que los guió hasta la cueva de Belén.

El ser humano está llamado a conocer a Dios. El evangelio de hoy simboliza un abrazo cultural entre los pueblos. Todos están llamados a recibir esa inmensa alegría que llenó a los magos cuando vieron la estrella posarse sobre el establo.

Nuestro mejor regalo: entregarnos

Hoy es una fiesta hermosa. Recuperemos el sentido religioso de la ofrenda, del obsequio. Los mejores regalos que podemos ofrecer son la transferencia de valores, la donación de nuestro tiempo, brindar un sentido a la vida, dar esperanza. Cada uno de nosotros es un mago que puede regalar a quienes le rodean aquello que les falta: alegría, confianza, afecto, consuelo, tiempo…

¿Hemos dedicado bastante tiempo a la familia, a la comunidad, a la Iglesia? ¿Hemos regalado nuestra experiencia y sabiduría a nuestros hijos? No olvidemos que lo mejor que podemos darles es el tesoro que llevamos dentro. Más que juguetes y regalos, los niños necesitan ternura, educación, valores. Necesitan la compañía de sus padres, de la Iglesia y de la sociedad.

Durante estos días festivos, el gasto económico en las familias es enorme. Los cristianos deberíamos ser muy conscientes de ello y no olvidar que muchas personas no pueden permitírselo. Si tan solo destináramos el 10% de lo que consumimos y gastamos a obras sociales, o a contribuir a sostener la gran labor de las misiones, ¡cuántos problemas ayudaríamos a paliar!

Del pesebre a la eucaristía: el regalo de Dios

Cristo es el gran regalo que cambia nuestra vida. Ese Niño Dios se nos hace pan y comida. Cada día que venimos a la Eucaristía, los cristianos contemplamos el misterio del Dios que se hace sacramento para que su presencia sea eterna entre nosotros. La fiesta de los Magos, que nuestra civilización ha convertido en un acontecimiento social, donde los regalos cobran el mayor protagonismo, tiene un sentido espiritual: el mayor regalo es la donación de Jesús. Dios se nos hace presente a través de Él, y muchas son las gentes que lo necesitan. Cada cristiano que se regala a sí mismo, como Jesús hizo con su propia vida, es el mayor obsequio. Seamos Reyes Magos para los demás.

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2012-12-29

La primera escuela


Festividad de la Sagrada Familia

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Lc 2, 41-45.

La familia, clave para la cohesión social

La familia de Nazaret se convierte en un ejemplo para todas las familias del mundo y nos muestra la gran importancia de la institución familiar para el futuro de los niños y los jóvenes.

La familia es el primer espacio donde una persona crece, se desarrolla y se educa. En ella aprende sus valores, se ejercita en la convivencia y aprende a escuchar, a dialogar, a ser comprensiva y solidaria. Es la primera escuela, y la más importante, para la formación de los futuros ciudadanos. Los niños transmiten aquello que reciben en su hogar. Por eso es tan importante que en la familia haya armonía y, sobre todo, mucho amor.

Hoy día vemos que la institución familiar es cuestionada. Sociólogos y psicólogos hablan de la crisis de la familia. Los gobiernos, con diversas leyes, pretenden cambiar el concepto de familia, equiparándola a otras realidades humanas muy distintas. Al mismo tiempo, vemos cómo crecen graves problemas, como la violencia doméstica, en las calles y en las aulas; la droga, las adicciones y una gran desorientación entre los jóvenes. Todas estas problemáticas son en buena parte consecuencia de la inestabilidad familiar. Deberíamos ser muy conscientes del beneficio que una familia sólida y unida puede aportar a la sociedad. Si en ella se cultivan el respeto, el diálogo y la comprensión se pueden evitar muchos de estos males. Las familias equilibradas son pilares y agentes de cohesión social.

Qué se aprende en familia

Los hijos se alimentan del amor de sus padres. Una relación de pareja armoniosa, llena de afecto, ofrece un inmenso caudal de valores a los hijos. Les permitirá crecer y, un día, emprender su propio camino.

Es importante que en familia se viva la concordia, la coherencia, la transparencia y el diálogo. Es en familia donde mejor se pueden adquirir la capacidad de convivencia y el sentido de responsabilidad ante los demás.

Abandonar el afán posesivo

Los padres deben tener muy claro que los hijos, además de ser hijos suyos, ante todo, son hijos de Dios. Como Ana, la madre de Samuel el profeta, deben saber ofrecer a sus hijos a Dios y a la vida. No son meramente fruto de su unión biológica, sino fruto de la historia y de la vida de Dios que fluye a través de la humanidad. Por tanto, llegado el momento, deben propiciar que los hijos vuelen y lleven a cabo sus propios proyectos, aunque éstos sean muy diferentes de aquello que los padres deseaban, o los puedan llevar por caminos muy diversos.

Este momento de separación es duro y a veces difícil de sobrellevar, pero tanto padres como hijos deben estar preparados para dar el salto. Si en la familia ha habido respeto, amor y diálogo, la separación será menos traumática y podrá superarse. La relación entre padres e hijos entrará en una nueva dimensión, de libertad y amistad.

La otra gran familia: la Iglesia

Tan importante como la familia de sangre es la familia espiritual: la Iglesia. Esta familia también nos llama y pide nuestra entrega y dedicación. La comunidad cristiana es nuestra otra gran familia. Y también requiere de amor, generosidad, diálogo y comprensión. Nos pide una parte de nuestro tiempo y nuestros esfuerzos. Es importante que los cristianos fortalezcamos nuestras comunidades, allá donde estemos. ¿Cómo podemos ser familia cristiana si no nos saludamos, si no nos preocupamos unos por otros? ¿Qué comunidad somos si no conocemos los nombres unos de otros?

La familia espiritual está unida por algo aún más fuerte que los vínculos de la sangre: es Jesús quien une a todos los cristianos. Es una familia sin territorios, pero con un gran corazón.

La familia de Nazaret, un ejemplo vivo

Aprendamos de la familia de Nazaret. Cada uno de sus miembros nos da un magnífico ejemplo, tanto para vivir en la familia carnal como en la Iglesia.

Aprendamos la entrega decidida de María, su apertura a Dios, su valor, su confianza. Aprendamos de la discreción y la humildad de José, siempre atento, siempre velando por el bien y la seguridad de su familia. Y, finalmente, aprendamos de Jesús, nuestro mejor maestro. Obediente a sus padres, no descuidó su gran familia espiritual ni renunció a su vocación. Era muy consciente de que, por encima de sus padres terrenales, su Padre era Dios. Y, como dijo a María y a José en el templo, “también debo ocuparme de los asuntos de mi Padre”. El deber familiar no fue obstáculo para que Jesús viviera plenamente su filiación divina y se lanzara a construir esta otra gran familia de la que todos formamos parte: la Iglesia.

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2012-12-25

La palabra acampa entre nosotros


Día de Navidad

«En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios». Jn 1, 1.

Dios es comunicación y vida

El evangelio de Juan comienza con este himno de la palabra, o del verbo, identificándolo con Dios. Jesús es la palabra de Dios. Una palabra que se convierte en verbo, en acción. Y esta acción es donarse, entregarse por amor. La comunicación más directa entre el ser humano y Dios Padre es el mismo Cristo.

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Con esta frase, Juan quiere expresar que desde el principio Jesús estaba en el corazón de Dios Padre. Pero Dios también habitaba en Jesús.

En la palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La comunicación es vida. La palabra de Dios contiene vida en sí, transforma al ser humano, penetrando hasta lo más hondo. No es una palabra muerta, vacía o frívola. En la medida en que nos abrimos, esta palabra va haciendo mella en nosotros y nos convierte.

De espaldas a la luz

La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió [...] al mundo vino, y en el mundo estaba […] y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron.

Cuánta gente aún desconoce a Dios. Y muchos incluso lo rechazan, negándose a conocerlo. Nuestra misión como cristianos es ser rayos de luz, faros que iluminan esa frontera oscura donde mucha gente vive en el arcén, ansiando ver.

El hombre y la mujer de hoy buscan el éxito sin Dios, descartando su presencia. En cambio, Dios quiere contar siempre con el ser humano. Lo convierte en su compañero, aún más: lo hace hijo suyo. Quiere confiar y compartir con él su tarea creadora. Se arriesga al rechazo y a la negación, porque ama apasionadamente a su criatura y busca su amor.

Dios desea enamorarnos

Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios... Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Aquellos que acogen la Palabra tendrán vida eterna. Los humildes de corazón, los que esperan, los que confían, a ellos se les da la plenitud. El Padre comparte su gloria con el Hijo.

Cuando nos abrimos, también compartimos con él la gracia de Dios. Siendo tan frágiles, apenas motitas de polvo en el abismo, Dios se enamora de nosotros. Nos seduce con pasión y con delicadeza a la vez. Incansable, nos llama a su cálida presencia. Ansía conquistarnos para saborear con él su gloria. 

2012-12-22

Dos mujeres cantan a Dios


IV Domingo de Adviento

«Así que Isabel oyó el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, clamó con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a visitarme?».

Una mujer solidaria

María, como su hijo Jesús, siempre es sensible a las necesidades humanas. Siempre dispuesta, siempre atenta, sale corriendo para visitar a Isabel, su prima, que está encinta. Acude a su lado para atenderla en los últimos meses de su embarazo y la acompaña el tiempo necesario para darle su apoyo en el momento crucial del nacimiento de su hijo, Juan.

De la actitud de servicio nace la auténtica alegría. El encuentro de las dos mujeres es gozoso. Unidas y felices, comparten una misma experiencia interior. Se saludan, se elogian, alaban a Dios. Isabel reconoce la vida de Dios que hay en el corazón de María, y esta canta la grandeza del Señor. Se siente profundamente amada por Dios, llena de un don inmenso que sabe derramar, contagiando a su prima Isabel de un gozo inagotable.

El alborozo del bebé en las entrañas

La criatura salta de gozo en su vientre. Es hermoso constatar cómo el pequeño Juan, desde el seno materno, percibe la alegría del encuentro entre las dos mujeres.

Los niños, aún antes de nacer, ya comparten las experiencias de sus padres, especialmente de la madre. Desde las entrañas maternas, los bebés captan sus emociones, sus palabras, los abrazos que dan y reciben. Por esto las vivencias de la madre son muy importantes en la vida y desarrollo posterior de sus hijos, ya desde los meses del embarazo. Cuando un niño percibe el amor de sus padres o la alegría a su alrededor, salta en el vientre; de alguna manera, quiere participar también de esa experiencia.

María, portadora de Dios

María hace algo más que ser solidaria. Visita a Isabel, la acompaña, la atiende en sus necesidades y la ayuda. Pero aún va más allá. María trae un regalo muy especial a su prima, y esta se percata inmediatamente. Le trae a Dios, cobijado en su seno. Isabel exclama y alaba a Dios con alegría profunda, porque ha comprendido que María lleva dentro un gran don.

La Iglesia, como María, tiene esta doble misión. Como institución humana, no puede desatender las necesidades de las personas y debe estar al lado de quienes sufren o padecen carencias. Pero no se limita a su labor humanitaria. La Iglesia tiene como gran misión ser portadora de Cristo, como lo hizo María. Ha de llevar a Dios a todas las gentes. Cuando la Iglesia llega a personas con el corazón abierto y sensible, como Isabel, se produce un encuentro gozoso. Aquel que recibe el gran regalo de Dios estalla en alegría, como el hijo de Isabel saltó alborozado en su vientre.

Dios siempre cumple sus promesas

Isabel dice a María: «Bendita tú porque has creído; las promesas de Dios se cumplirán en ti».

Esta frase contiene un gran mensaje para todos los creyentes. Benditos somos cuando creemos y confiamos en Dios. Porque Él tiene un sueño para nosotros, que solo pide nuestra fe y nuestra disposición. Si sabemos ser fieles y nos ponemos en camino, como María, el sueño de Dios se cumplirá en nosotros. Y ese sueño no es otro que una promesa llena de todo cuanto puede hacernos más plenos y felices.

Dios sueña, también, que cada uno de nosotros sepa llevar su presencia a las demás gentes. Esta es nuestra misión como cristianos. María nos muestra el camino para que cada cual sea visitador y lleve la luz y la alegría de Dios a quienes le rodean. 


2012-12-15

¿Qué hemos de hacer?

A petición de algunos de vosotros, volvemos a publicar íntegro el texto comentario del evangelio de cada domingo. Más abajo, de todas maneras, encontraréis el enlace a la presentación que podéis descargar para ilustrar la lectura y meditar sobre ella.

3r domingo de Adviento

“Las muchedumbres le preguntaban: Pues, ¿qué hemos de hacer? El respondía: El que tiene dos túnicas, dé una al que no tiene, y el que tiene alimentos haga lo mismo…
Hallándose el pueblo en ansiosa expectación y pensando todos entre sí de Juan si sería él el Mesías, Juan respondió: Yo os bautizo en agua, pero llegando está otro más fuerte que yo… El os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego”.
Lc 3, 10-18

Juan, el precursor

El pueblo judío vive expectante ante la venida del Señor. Juan el Bautista predica su inminente llegada. Y muchos, en este contexto, le preguntan: “¿Qué tenemos que hacer?”. La respuesta de Juan contiene una fuerte carga social y moral, que implica una profunda conversión: compartir los bienes, no abusar de los cargos ni aprovecharse del poder sobre los demás… Para el Bautista la expectación ha ir seguida por un cambio profundo y radical de los corazones. Muy especialmente apela a la generosidad y la solidaridad con los más necesitados. Juan anuncia que el que tiene que venir elevará aún más estas exigencias.

Bautizar con Espíritu Santo y fuego significa que del ritualismo del agua se pasa a la entrega generosa de la propia vida. No hay mayor purificación que la del corazón que se da, inflamado en amor. Refiriéndose a Jesús, Juan dice: él os bautizará con la fuerza del amor de Dios, que transformará totalmente vuestras vidas.

Conversión de vida

En un momento en que el mundo está falto de esperanza, cabe preguntarse qué hemos de hacer. Esta pregunta es tan importante como cuestionarnos qué debemos saber o tener.

Saber implica conocimiento; tener alude a nuestra riqueza. Hacer refleja una actitud moral. Cuanto hacemos tiene que ver con nuestros valores y con aquello en que creemos.

San Juan Bautista exhorta a sus seguidores. Le están pidiendo una orientación moral y él les da varias indicaciones, que son pistas para los creyentes de hoy.

La primera de todas es compartir. En un mundo donde se dan enormes desigualdades e injusticias, Juan propone una ética solidaria y generosa. El estado se ocupa de atender una parte importante de las necesidades sociales. Pero no debe ser el único. La sociedad también debe preguntarse qué hacer ante los retos que se le presentan. Paliar la pobreza es una responsabilidad que nos atañe a todos.

Otras recomendaciones que da Juan se refieren al abuso de poder y de autoridad. Con esto, nos está invitando a reflexionar sobre nuestra vida y a replantearnos nuestra conducta.

En todos nuestros ámbitos

¿Qué hacer en los diferentes ámbitos de nuestra vida? Podemos ir revisando uno por uno.
En la familia, ¿qué hacemos para mejorar nuestras relaciones, la comunicación, la afectividad?
En el ámbito social, ¿cómo mejoramos nuestra relación con nuestros vecinos, nuestros compromisos públicos, nuestro trabajo?
En la comunidad de creyentes, ¿podemos aportar más?
En nuestra relación con Dios, ¿qué podemos mejorar?
Dios nos ha creado para el amor. La gran respuesta a esta pregunta: ¿qué hemos de hacer?, es ésta: Amar. Olvidarse de uno mismo. Darse cuenta de que el yo no tiene sentido sin un tú; es el “nosotros” el que tiene sentido y nos hace crecer. Estamos llamados a vivir como familia de Dios.
En esta familia, la esperanza es nuestro estandarte. Trabajar por la paz desde el amor fraterno es nuestra gran misión.

Presentación en power point: III Domingo de Adviento

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2012-12-08

II Domingo de Adviento

Juan el Bautista, el precursor, nos enseña cómo preparar el camino al Señor. Si deseáis verlo más grande, clicad abajo a la izquierda, en "Slideshare" y se abrirá en otra pantalla. si queréis descargar la presentación, una vez estéis en Slideshare, clicad sobre la opción "Save" y se abrirá en otra pestaña. Podréis escucharla con música y guardarla en vuestro ordenador.

2012-12-07

Inmaculada Concepción

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2012-11-30

I Domingo de Adviento

Iniciamos un nuevo año litúrgico y también una nueva etapa del blog. A partir de ahora, podréis ver y descargar mis reflexiones sobre los evangelios dominicales en power point.

Comenzamos con el I Domingo de Adviento, siguiendo las lecturas del ciclo C.

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2012-11-24

Cristo Rey, la renuncia al poder


“Entró Pilato de nuevo al pretorio y, llamando a Jesús, le dijo: ¿Eres tú el rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Por tu cuenta dices esto o te lo han dicho otros de mí? Pilato contestó: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación y los pontífices me han entregado a mí, ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo. Si fuera de este mundo, mis soldados habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos, pero mi reino no es de aquí”.
Jn 18, 33-37

Un reino diferente

En el contexto de la Pasión, Pilatos, inseguro y presionado por el pueblo judío, pregunta a Jesús si él es rey. En ese momento de dolor, camino hacia la cruz, Jesús contesta de una manera trascendida. Su respuesta refleja la clave de su misión: Mi reino no es de este mundo. Está claro que su misión es eminentemente espiritual. El trabajo apostólico de Jesús es anunciar, incluso asumiendo la muerte, el reinado de Dios, un reinado que va más allá de los criterios lógicos de este mundo. En él se asume una concepción del mundo basada en el amor y en el servicio a los demás. Una visión que para muchos puede llegar a ser contradictoria y opuesta a la tendencia actual; una visión que llega a cuestionar los poderes fácticos, fundamentados en el egoísmo y en el enriquecimiento personal.

La ambición, llevada al límite, es el reino de las tinieblas. El reinado de Dios es un reinado de luz, de amor, de vida, donde el pobre y el desvalido, los que sufren, los humildes, son especialmente amados. En este reinado ellos son los preferidos de un rey que dobla su rodilla para poner su corona a los sencillos de corazón. Es un rey que asume su propia muerte para salvar la humanidad, un rey que no tiene nada, que lo entrega todo, hasta su propia vida. La salvación es la misión de Cristo, Rey del universo. Es soberano también de nuestro mundo, donde reina para siempre, si nos abrimos a él.


Una pedagogía de la libertad

En este diálogo, Jesús interpela a todos los gobernantes y personas con cargos de responsabilidad. En el reino de Dios se da una renuncia a todo poder. Como consecuencia, es un reinado basado en la libertad. Jesús es un rey que no se arma, no tiene ejércitos, ni propiedades ni territorios. Su único territorio es el corazón de cada persona. En el reino de Dios no se producen luchas ideológicas, sino que impera el servicio, la entrega, la generosidad.

El poder, allí donde se forja, acaba siendo corrupto, incluso dentro de la propia Iglesia o en otros ámbitos, donde se manifiesta de formas muy subliminales: en la familia, entre los matrimonios, en el mundo de la empresa... Detentar el poder es, en cierto modo, jugar a ser dioses, dominando todo y a todos.

Cristo nos propone abandonar toda ambición de poder. El Dios "todopoderoso" sólo lo es en el amor. Jesús no necesita el poder. En cambio, es el poder quien lo mata, porque toda clase de poder lleva consigo la muerte. La renuncia al poder es vida, libertad, donación. Jesús así lo demostró. Fue profundamente libre, hasta entregar su vida por amor. Cristo Rey se convierte en el gran pedagogo de la libertad y nos invita a seguirlo. Nos invita a abandonar el poder y a aprender a ser libres. Porque la renuncia al dominio nos da una enorme fuerza interior y la alegría sana e inagotable de saber que no tenemos nada, nada nos ata ni atamos a nadie; sólo nos quedan el amor y la libertad para entregarnos.

2012-11-16

Llamada a la esperanza


XXXIII domingo tiempo ordinario


“Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, se oscurecerá el sol, y la luna no dará su brillo, y las estrellas caerán de los cielos, y los poderes de los cielos se conmoverán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes, con gran poder y majestad…”
Mc 13, 24-32


En Dios superamos las dificultades

Con un tono apocalíptico, Jesús se dirige a los suyos. En el fondo, Jesús nos está comunicando que, por encima de todas las calamidades y dificultades, siempre sale el sol de la esperanza. Después de un crudo invierno llega la suavidad de los colores de la primavera.

Muchas veces, en nuestra vida, podemos sentir angustia, vemos cómo nuestros grandes valores parecen perder su brío y toda nuestra existencia se tambalea. El evangelio de hoy nos llama a tener serenidad y confianza en Dios. Ni un átomo del universo se mueve sin que él lo quiera. Él está con nosotros.

Pero, más allá de una lectura existencial, Jesús nos quiere decir algo más hondo. Podemos extraer la dimensión moral y espiritual de sus palabras. Para muchos sociólogos y sicólogos, más allá de una crisis económica el mundo atraviesa una crisis de valores. Se multiplican problemas como el deterioro del medio ambiente, la desigualdad económica entre el norte y el sur, la corrupción política, el neoliberalismo exacerbado, el terrorismo, las injusticias hacia los más pobres, la falta de visión ética de los gobernantes… ¿No creemos que el universo de nuestras estructuras y organizaciones se está derrumbando?

Las consecuencias de apartarse de Dios

Una falta de visión moral sobre nuestros actos provoca situaciones límite. Si todo va hacia el abismo es porque en el fondo queremos apartar del mundo a aquel que lo ha erigido: el mismo Dios. Por respeto y amor a la libertad del hombre tal vez Dios se retire sigilosamente, permitiendo que ocurran estos acontecimientos y las consecuencias a veces catastróficas de sus actos. Pero ni los cielos artificiales, ni las ideas, ni la ciencia ni la tecnología pueden quitar el sitio a Dios.

Cuando nos apartamos de la luz, todos quedamos en las tinieblas y nos precipitamos hacia el vacío. Pero, a pesar de todo, a todos aquellos que aman Dios nunca los dejará de lado. Él siempre aparecerá entre las nubes del egoísmo para darnos esperanza.

2012-11-09

El óbolo de la viuda


XXXII domingo tiempo ordinario


“Estando sentado enfrente del gazofilacio, observaba cómo la multitud iba echando monedas en el tesoro, y muchos echaban muchas. Llegándose una viuda pobre, echó dos leptos… Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más que todos cuantos echan en el tesoro, pues todos echan de lo que les sobra, pero ésta de su indigencia ha echado cuanto tenía para vivir”.
Mc 12, 38-44

El valor del sacrificio

Una de las características más importantes para educar e instruir es la capacidad de observar. Jesús sabe ver, meditar, interiorizar y comunicar, aspectos muy importantes en un pedagogo. En esta ocasión, Jesús observa a la gente que acude al templo y sus actitudes delante del arca de las ofrendas. Y aprovecha las circunstancias para asentar doctrina. Se percata de que muchos echan enormes cantidades de dinero y, sin embargo, una anciana, viuda, echa unas pocas monedas. Jesús se da cuenta de que, pese a ser poco, es todo cuanto tiene. E inmediatamente señala a sus discípulos el valor del gesto de aquella anciana. Su generosidad es más auténtica y sincera que la de aquellos que echan sin esfuerzo alguno, dando de aquello que les sobra. Para Jesús no hay que donar lo que a uno le sobra, sino algo más, que implique un poco de sacrificio y hasta renuncia por aquello que crees. En el esfuerzo se encuentra el sentido último de la generosidad y de la solidaridad.
Ese poquito esfuerzo de muchos podría, hoy, ayudar a cubrir muchas necesidades de la Iglesia. Muchos somos los creyentes y la Iglesia aún está muy carente. Necesita de nuestro tiempo, de nuestro dinero y de nuestra libertad para extender el Reino de los Cielos.

La recompensa de la generosidad

La historia de la primera lectura, del profeta Elías, nos muestra otro acto de generosidad, casi heroico. La viuda de Sarepta que acoge al profeta en su casa es una mujer pobre. Apenas tienen para comer, ella y su hijo. Y, no obstante, Elías le pide que le amase un panecillo para él y que tenga confianza en Dios. Ella así lo hace, y ve cómo las palabras del profeta se cumplen. Jamás faltará la harina en su hogar ni el aceite en su alcuza. Dios es providente con aquellos que han sabido ser generosos y han dado, aún de lo que les hacía falta.

Podríamos trasladar esta bella historia a nuestra realidad de hoy. Todos nos sentimos conmovidos ante el desprendimiento de la viuda de Sarepta. Ese gesto nos invita a hacer lo mismo.

Vemos a nuestro alrededor muchas necesidades que la Iglesia, en sus múltiples apostolados y obras sociales, intenta buenamente cubrir. Ante todo, en la Iglesia encontramos el mayor alimento que nos da fuerzas y alienta nuestra vida interior: el mismo Dios. Y Dios nos lo ha dado todo. Cuanto tenemos es un don suyo: la vida, la inteligencia, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra prosperidad mayor o menor, nuestro pan de cada día… ¡Todo, finalmente, nos lo ha dado Dios!

¿Qué podemos darle a él? Toda ofrenda será pequeña. Pero él no mirará su cuantía, sino el valor que le hemos dado. Cuando Dios forma parte importante de nuestra vida, cuando sentimos que su familia ―la Iglesia― es nuestra familia y se convierte en una realidad entrañable e imprescindible para nosotros no podemos dejar de ser generosos. La medida del esfuerzo, del pequeño sacrificio, del amor con que hagamos nuestra aportación, será la medida de nuestro auténtico amor y compromiso con Él.

Por eso no hay excusas. Hasta la persona más pobre puede dar su óbolo, su talento, para ayudar a la Iglesia y contribuir a la obra de Dios en el mundo. Y Dios vela por aquellos que son generosos, respondiendo con el ciento por el uno. No hay acto de desprendimiento realizado con amor que no quede recompensado.