2024-08-23

¿A quién iremos?



21º Domingo Ordinario B

Evangelio: Juan 6, 60-69

Cuando Jesús termina su discurso, presentándose como verdadero pan del cielo que da vida eterna, la multitud, que lo ha seguido entusiasta y que hasta quería hacerlo rey, se dispersa y lo abandona.

El evangelio es claro y duro: muchos de sus discípulos, gente que lo seguía, amigos, personas cercanas al núcleo de los Doce, que deseaban aprender a su lado… se echan atrás.

¿Por qué? Porque «estas palabras son duras, ¿quién puede seguirlas?» Ay, amigos. Cuando Jesús predicaba el reino de Dios, un reino de libertad, de abundancia, de gozo, de vida plena, todos querían escucharle. Cuando sanaba enfermos, expulsaba demonios y multiplicaba panes, todos lo seguían con fervor. Pero cuando habla de dar su vida… cuando habla de tomar su cuerpo, de imitarlo, hasta la misma muerte, ese es otro cantar. La imagen triunfalista de Jesús que se habían fabricado muchos discípulos se convierte en la terrible imagen del hombre que se entrega, del siervo sufriente de Dios que un día será sacrificado por el poder implacable de los hombres que no soportan que nadie los baje de su pedestal, ni siquiera el mismo Dios.

Y es duro, sí. Es duro y muchos se desaniman y se alejan de él. Ya no quieren seguirlo. ¿Qué hace Jesús? No los retiene. No los maldice. No los intenta convencer. No cambia su discurso, no rebaja la exigencia ni “suaviza” o “matiza” sus palabras. Ni un paso atrás. Entonces se dirige a los Doce: ¿También vosotros queréis iros? Esos instantes, entre la pregunta de Jesús y la respuesta de Pedro, debieron ser tremendos y decisivos. Si Jesús los interroga es porque ha visto dudas en ellos; los ve vacilar, y les pide que sean claros y se decidan. O estáis conmigo o no.

Pedro habla por todo el grupo. ¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído en ti, y sabemos que eres el santo de Dios. Sí, son palabras duras, pero… ¿quién nos ofrecerá más? ¿Quién nos dará la verdad auténtica, aunque dura de tragar? No, no queremos mentiras edulcoradas ni discursos ambivalentes. No queremos medias tintas. Queremos la vida eterna, y tú la ofreces. Aunque sea dando tu cuerpo, entregando tu vida. Y aunque nos pidas que hagamos lo mismo.

Pedro aún no entiende. Habla y no calibra el alcance de sus palabras porque, durante la pasión, negará a su maestro. Pero quiere creer, está en el camino de su conversión. Los demás también necesitan su tiempo. Pero hacen algo importante: estén seguros o no, duden o no, permanecen junto a su maestro. Y esto es crucial. A veces, en la vida, no vemos las cosas claras, andamos entre nieblas. Pero algo en nuestro interior nos dice: esta es la verdad. Intuimos por dónde Dios nos señala un camino. Sigamos por él. Perseveremos.

Reflexionemos ahora si esta situación no se repite hoy en la Iglesia: decimos creer en Jesús, sabemos que es el Hijo de Dios, su predilecto, y seguimos sus enseñanzas. Al menos, lo intentamos. Escuchamos sus palabras a través de la Sagrada Escritura, la formación que recibimos, los sacerdotes, los catequistas. Si nos ponemos a leer los evangelios, escucharemos la voz de Jesús de primerísima mano. Y habrá momentos dulces, pero llegarán las palabras «duras». ¿Qué haremos, entonces? ¿Seguiremos firmes, aunque no lo veamos claro, aunque tengamos resistencias y reticencias, aunque nos cueste entenderlo? ¿O nos echaremos atrás? Porque, claro, esto no hay quien pueda seguirlo. Es para otros. No para mí.

Hagamos examen de conciencia. El cuarto evangelio es una continua llamada a preguntarnos dónde estamos nosotros con respecto a Jesús. ¿Cómo reaccionamos cuando su mensaje nos parece fuerte o demandante? Quizás descubriremos que, aunque venimos cada domingo a misa, en realidad hace mucho tiempo que nos hemos alejado de él.

¿Estamos a todas con Jesús?

En el mundo hay muchos gurús y falsos mesías que ofrecen muchísimas cosas buenas. Pero nadie, nadie, nos ofrecerá la vida plena y gozosa que nos da Jesús. Él no engaña, y la verdad a veces molesta o incomoda. Su camino, a diferencia de los caminos de otros, no es un sendero llano ni de rosas. Aunque hay tramos muy bellos, otros son cuesta arriba. Pero la cumbre es magnífica. 

2024-08-16

El pan que yo daré


20º Domingo Ordinario B

Evangelio: Juan 6, 51-58

Seguimos leyendo el discurso del pan, en el cuarto evangelio. Jesús insiste en afirmar algo que debía sorprender a los judíos de su tiempo. Entendían bien que Dios fuera generoso y alimentara a su pueblo; comprendían que les enviara pan del cielo, el maná. Incluso podían aceptar que Jesús, como nuevo Moisés, fuera el medio por el que Dios multiplicara el pan para ellos.

Pero, ¿que él mismo, en persona, fuera el pan? ¿Bajado del cielo?

Jesús no se queda en el pan material, ni en la vida mortal, ni en el mero aspecto físico. El reino de Dios que venía a anunciar Jesús no era tampoco un reino político, un cambio de sistema o una revolución de los pobres. No. Si fuera así, hubiera dado la razón a sus discípulos más belicosos, que querían tomar las armas; hubiera mandado fuego del cielo contra los que se le oponían; se hubiera negado a pagar impuestos y se hubiera dejado coronar rey por aquella multitud entusiasta que lo seguía, porque había visto sus signos y se había hartado de pan.

Se han intentado hacer muchas lecturas políticas de Jesús para explicar por qué murió crucificado, una pena reservada a los sediciosos y a los enemigos del Imperio. Pero todas estas interpretaciones caen por tierra ante el discurso del pan. ¿Cómo puede encabezar una revuelta alguien que ofrece «su carne por la vida del mundo»? Un hombre capaz de dar su vida por los demás nunca pondrá en peligro ni sacrificará la vida de nadie por ninguna causa. En todo caso, si alguien debe morir, será él, y afrontará la muerte libre, consciente y voluntariamente.

Este es el tremendo significado de estas palabras: «el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Y, claro, no lo entendieron. Ni las gentes ni sus discípulos más cercanos. Jesús hablaba de una realidad que se les antojaba enigmática porque estaban muy lejos de comprender a su Maestro. Los Doce, por mucho que alardearan de fidelidad, aún no estaban preparados para entregarse como Jesús. Querían poder, querían restaurar el reino de Israel y disputaban por los primeros puestos junto a su líder. Por eso no comprendían. Pero Jesús dejó el mensaje: ¡algún día lo entenderían muy bien! Y dijo algo más. La muerte no tiene la última palabra. Porque quien está dispuesto a darlo todo, hasta la vida, como él, encontrará la vida eterna. Comer del pan de Jesús es compartir su misión, su vida y su destino. Y él lo expresó claramente: «el que come de este pan vivirá para siempre». No hay otra vida que la que se da; no hay otra manera de ganar que perderlo todo… por él.

2024-08-09

Vivir para siempre

 19º Domingo Ordinario B

Evangelio: Juan 6, 41-51

La semana pasada, leyendo el párrafo del evangelio de Juan anterior a este, veíamos cómo Jesús se presenta a sí mismo como el pan de vida, el que sacia nuestras hambres más profundas.

Pero ya no sólo ansiamos una vida plena, con sentido, llena de propósito y felicidad. Los seres humanos anhelamos vivir para siempre. El ansia de eternidad es consustancial a nuestra naturaleza.

¿Cómo es posible que, siendo terrenales, físicos y mortales, tan caducos como todo lo que nos rodea, ansiemos algo que está más allá de nuestro alcance? ¿Quién inoculó en nuestra mente ese deseo de vida eterna? ¿Quién despertó en nosotros la sed de infinitud?

Un teólogo hacía esta comparación. Nuestro cuerpo es un 70 % agua. Por eso, cuando perdemos líquidos, tenemos sed. Ansiamos tomar algo que ya forma parte de nosotros. Pues bien, con la trascendencia sucede lo mismo. No tendríamos sed de inmortalidad si no fuera porque, en nosotros, ya hay algo que no muere. En nuestro ser hay una semilla de eternidad.

Jesús, que nos conoce, sale al paso de esta otra necesidad que todos tenemos, más o menos oculta o confesada. No queremos morir. Bien, sabemos que todos vamos a fallecer, al menos físicamente. Pero no queremos morir del todo. Tenemos una secreta esperanza, o deseo, de que al otro lado haya algo más. Muchos creemos en esta vida más allá, no sólo por fe, sino porque sabemos o hemos experimentado la cercanía y la protección de nuestros seres queridos, ya difuntos.

Pero ¿basta el deseo para que algo sea realidad? Jesús, tan claro como siempre, habla a los judíos de su tiempo. Yo soy el pan bajado del cielo. El pan material, físico, alimenta, pero desaparece, igual que nuestro cuerpo mortal. Comeremos y moriremos. Pero quien come del pan de Jesús, será resucitado en el último día. Todos seréis discípulos de Dios, y ¿cómo ser discípulos de Dios si no somos eternos? Jesús está diciendo: creed en mí, confiad en mí, seguidme, alimentaos de mí. Es decir: vivid como yo, recread en vosotros mi vida de entrega, de perdón, de sanación, de liberación, de amor. Comed de mi pan y viviréis para siempre. Está anunciando nuestra futura resurrección.

Nos cuesta entenderlo. Nos cuesta porque somos racionales y queremos que alguien nos explique el «cómo». Queremos entender. Pero las cosas más importantes de la vida suceden sin que podamos explicarlas. Ni siquiera la ciencia puede desentrañar todos los misterios del universo y, ante las preguntas más hondas, tiene que callar.

Seremos discípulos de Dios. ¿Vamos a interrogar al Señor y a dispararle todas nuestras preguntas para saber el cómo, el cuándo y el porqué de todo? Dios tiene sus métodos y nos sorprende siempre. De entrada, Jesús nos enseña cómo aprender. No os angustiéis por las preguntas, las dudas y los raciocinios. Si queréis aprender, escuchad al Padre y venid a mí. El buen discípulo aprende mirando y escuchando, viviendo y conviviendo, caminando junto a su maestro. Esto nos pide Jesús, nada más y nada menos.

¿La meta? También nos la revela, y es grandiosa: el que coma de este pan vivirá para siempre.

2024-08-02

Yo soy el pan de vida

18º Domingo Ordinario B

Evangelio: Juan 6, 24-35


Salud, dinero y amor. Nuestra vida parece girar en torno a estas tres grandes necesidades. El mercado, la publicidad, la prensa y hasta la economía giran a su alrededor. Parece que, si tenemos estas tres “bendiciones”, ya lo tenemos todo. ¿Acaso no es lo que todos buscamos?

Nuestro mundo está hambriento. Hay pobreza, hay crisis económica y deuda; hay mucha enfermedad y miedo al dolor y a la muerte. Y en cuanto al amor… este es el hambre más silencioso y terrible, que se traduce en infinidad de patologías mentales y emocionales, en la pandemia de soledad, depresión y angustia que azota nuestras sociedades. Sí, nuestro mundo está hambriento de salud, de riqueza y de amor. ¿No es absurdo, cuando tenemos más recursos, más ciencia y más conocimientos que nunca? ¿Acaso la historia humana y milenios de civilización no nos han enseñado nada?

Hay un hambre todavía más profunda que estas tres. Hay una necesidad más honda. Si no la saciamos, de nada sirve tener salud, dinero y amor. Es el hambre de propósito, el hambre de sentido. El ser humano está hecho para vivir por algo y para alguien. Si nuestra vida no tiene propósito, navegamos a la deriva y estamos perdidos.

Jesús viene a saciar esta hambre. En el evangelio de Juan leímos, la semana pasada, la multiplicación de los panes. Jesús enseñó cómo se puede paliar el hambre de pan, la pobreza y la carencia mediante la generosidad y el compartir. Bastan la inteligencia humana y la bondad de corazón para resolver esta hambre. Y parece que a muchas personas les es suficiente con esto. Como dice Jesús: «Me buscáis porque comisteis pan hasta saciaros». A veces buscamos a Dios, a Jesús, a cualquier líder político o religioso, porque nos da pan o consuelo. Resuelve nuestros problemas materiales y emocionales. Pero Jesús nos ofrece algo más.

Para vivir en plenitud no basta tener salud, dinero y afectos. Jesús habla de un alimento que perdura para la vida eterna, y esto es lo que él ha venido a traer. Jesús no vino al mundo para repartir panes y peces, aunque lo hizo. Su misión era, y es, otra.

Las gentes, desconcertadas, le van preguntando. ¿Qué tienen que hacer? Si ese pan viene de Dios, ¿qué nos pide que hagamos? La respuesta de Jesús es simple y rotunda: «Que creáis en el que ha enviado.» Es decir: confiad en mí.

De la curiosidad, las gentes pasan a la desconfianza. Bueno, ¿y tú quién eres para que creamos en ti? ¿Qué signos nos das? ¡Han comido panes hasta saciarse, y aún le piden señales! Cuando le hablan del maná del cielo, Jesús les aclara que no es Moisés quien les dio pan, sino su Padre celestial. Un buen aviso contra la idolatría de pastores, líderes o santos que pueden ser muy buenos, pero no son dioses. Todo bien, finalmente, nos llega de Dios, aunque sea a través de manos humanas.  

Las gentes comprenden. Quieren el pan de Dios. Y Jesús vuelve a sorprenderlas: «Yo soy el pan de vida». Yo soy el maná. Yo soy el que Dios os envía. Yo mismo. Por eso os digo: Creed en mí. Y más adelante dirá: comed de mí. Es decir, haceos parte de mi vida y convertid vuestra vida en un espejo de la mía. Seguid mis pasos. Haceos, como yo, hijos del Padre y obreros de su mies. ¿Puede haber propósito vital más hermoso y elevado? Aquí, nos dice Jesús, está la plenitud de la vida, el trabajo que perdura, el alimento de vida eterna.

Jesús es nuestro pan. No sólo para aliviar nuestras hambres humanas, sino para que nos convirtamos en verdaderos discípulos suyos y, después, apóstoles. Enviados por él como él fue enviado del Padre.

¿Lo comprendieron los judíos de su tiempo? Si seguimos leyendo el evangelio veremos que no. Los discípulos apenas atisbaron lo que quería decir Jesús. Tan solo un pequeño grupo continuó siéndole fiel. Pero bastaba esa pequeña semilla. En su momento fructificó, y hoy podemos tomar el pan del cielo cada domingo gracias a que unos pocos hombres y mujeres creyeron y cumplieron la obra de Dios.

2024-07-27

Cinco mil comieron hasta saciarse

17º Domingo Ordinario B

Evangelio: Juan 6, 1-15

El episodio de la multiplicación de los panes está narrado por los cuatro evangelistas. Algunos incluso cuentan dos multiplicaciones. Sin duda fue un momento crucial en la vida de Jesús. La semana pasada leíamos que Jesús enseñaba a las multitudes, que parecían ovejas perdidas sin pastor. También estaban hambrientas, de pan físico y de algo más que pan. Jesús las sacia.

De esta lectura, que en el evangelio de Juan va seguida del «discurso del pan» podrían extraerse cientos de enseñanzas. Pero vamos a centrarnos en dos. Jesús da gracias porque un jovencito aporta cinco panes y dos peces, y con ellos alimenta a la multitud. Y Jesús escapa del gentío que le rodea, porque no quiere ser rey. Podríamos resumirlas en gratitud y renuncia al poder.

¿Por qué las gentes siguen a Jesús? Porque han visto sus milagros, han escuchado su predicación, creen que es el Mesías esperado, o el Profeta que tenía que venir al mundo. Según las profecías judías, este personaje inauguraría una era de paz y prosperidad para el pueblo de Israel: se liberarían del yugo de sus opresores (entonces era Roma) y comenzaría un periodo esplendoroso, sin hambre y sin injusticias: la era mesiánica.

Hambre y pan

Jesús levanta muchas expectativas, entre las gentes y entre sus propios discípulos. Lo siguen, pero tienen hambre. Él saciará su hambre física, pero también les mostrará cómo saciar el hambre espiritual.

Con dinero es imposible: Felipe, el discípulo racional, hace números y no le salen las cuentas. ¿Cómo lo harán? Hoy podríamos preguntarnos: ¿Cómo acabar con el hambre en el mundo? Los gobiernos y los organismos internacionales hacen grandes planes, diseñan ambiciosas agendas con propósitos ideales: pero lo cierto es que, con toda su ciencia y con toda su planificación, no logran más que fracasos. Habiendo suficientes recursos, medios y conocimiento, nuestro mundo parece incapaz de resolver algo tan básico como la escasez y la pobreza de muchos, mientras que muchos otros mueren por exceso y derroche.

No bastan los planes, la ciencia ni la razón. Ni siquiera el dinero es suficiente. Jesús sabe lo que va a hacer. Y Andrés, un discípulo despierto y sensible, dice algo que parece de lo más ilógico: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes… Pero ¿qué es esto para tantos? Jesús les pide que se sienten, un acto de confianza. Sentaos y esperad. Da las gracias y reparte. Y, milagrosamente, llega alimento de sobras para todos. Jesús nos enseña dónde está la solución a las hambrunas y a la desigualdad: en la generosidad y en el compartir.

Poder y desprendimiento

La multitud queda entusiasmada. Tenían hambre y Jesús les ha dado de comer. ¿No es otra señal de que es el Profeta esperado? Y lo quieren proclamar rey: esta muchedumbre saciada está lista para una revolución. ¡Jesús, rey! Y sus discípulos, generales, ministros y consejeros. Jesús conoce bien la naturaleza humana. Más tarde dirá que habéis creído porque habéis comido hasta hartaros. De modo que se escabulle. Dice el evangelio que se retira al monte, él solo. El monte es más que un lugar alto; es el lugar sagrado, el lugar de la oración. Y no estará solo: el monte es allí donde se encontrará con su Padre del cielo. Allí va Jesús para refugiarse de la vorágine del mundo ansioso por el poder. Jesús huye de esta nueva tentación, que nos recuerda la propuesta del Diablo en el desierto. Si eres hijo de Dios, convierte estas piedras en pan. Todo esto te daré, si te postras y me adoras.

Jesús puede dar pan, y lo da. Puede alimentar a multitudes, pero no de cualquier manera: enseña a sus discípulos cómo multiplicar los bienes cuando hay pobreza. No es magia ni un simple milagro gratuito: es un signo y una lección. El hambre se vence cuando uno está dispuesto a dar, incluso lo poco que tiene y necesita. Nada de revoluciones, nada de violencia ni de planes grandiosos para cambiar el curso de la historia. Nada de reyes (léase, nada de líderes mesiánicos que arrastran a las masas). Después de Jesús, el gran protagonista olvidado de ese día debería ser el muchacho que ofreció sus cinco panes de cebada y sus dos pececitos. Y este muchacho, que no es nadie, que apenas tiene nada pero da todo lo que tiene, es cada uno de nosotros. Con gente como él sí se puede cambiar el mundo.

2024-07-19

Venid a descansar

16º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 6, 30-34


«Misioneros del sosiego»: esto aconsejaba un sabio sacerdote a los jóvenes que hacían ejercicios espirituales con él. Debéis convertiros en misioneros del sosiego. Un evangelizador no sólo ha de trabajar mucho: también ha de transmitir paz, serenidad, calma. Ha de esparcir quietud y consuelo a su alrededor, como el mismo Jesús, que invitó a sus seguidores a buscar en él alivio para sus cargas.

El evangelio de este domingo es continuación del que leímos la semana pasada. Veíamos a los Doce partir en misión, ligeros de equipaje, a anunciar el reino de Dios, expulsar demonios y sanar. Ahora regresan de su periplo por las aldeas, ligeros de corazón, pero cargados de experiencias y aprendizaje. También están llenos de alegría, y quizás incluso de orgullo, porque su primera misión ha sido un éxito. Tanto, que la gente los sigue por todas partes y no los dejan tranquilos ni para comer.

Jesús nos da una lección para prevenir el activismo y el estrés, dos males del mundo moderno. Su tarea no es menos importante que la nuestra, ¡es la más esencial! Pero invita a los suyos a descansar. En la vida no todo es trabajo, ni relaciones sociales, ni comunicación. Es necesario descansar, retirarse e ir a un «lugar desierto». Es necesario sumergirse en la soledad para poder llenarse de Dios. Las auténticas palabras, llenas de verdad y vida, surgen del silencio.

También es necesario un espacio de privacidad para los amigos más íntimos, la familia o los seres queridos. Son aquellas personas con las que podemos descansar; el espacio privado no es estar en medio del mundo, también comporta un retiro.

Pero, nos relata el evangelista, las gentes los persiguen. Ellos van a un lugar solitario en barca, pero los siguen por tierra y, al desembarcar, Jesús se encuentra con la muchedumbre. Entonces puede más su compasión: se conmueve al ver a la gente, «como ovejas sin pastor», y se pone a enseñarles.

Nuestra humanidad, hoy, se parece mucho a esta multitud sin pastor. Somos un rebaño perdido, que ha rechazado ser pastoreado y ahora está sometido, arrastrado por poderes que ni siquiera conoce ni comprende. Más que un rebaño, a veces nos parecemos a aquella piara que se precipita hacia el mar. Nos roban el tiempo, vivimos acelerados, nos falta tiempo para comer con calma, reposar y hacer silencio. No tenemos tiempo ni para pensar. Todo lo que nos distrae, nos invade y nos llena de mil ruidos (¡alerta a nuestros móviles y pantallas!) nos está robando el alma y la vida misma.

Jesús nos llama. «Venid a un lugar desierto a descansar.» Nos llama al templo, a la capilla, a la habitación cerrada la puerta, a ese lugar desierto donde recobramos el aliento, donde ganamos nuestra libertad y volvemos a ser quien somos. El «desierto» es allí donde resuena la palabra verdadera, allí donde nos encontramos con nosotros mismos y con Dios. Escuchemos a Jesús. Él se compadece de nuestras prisas, de nuestras cargas y de nuestra desorientación. Nos llama a su lado y nos enseña con calma. Dios nunca tiene prisa.

2024-07-12

Misión de los Doce, misión de la Iglesia

15º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 6, 7-13.

Jesús sabía que su tiempo en la tierra no sería eterno. Pero su misión era grande y necesitaba formar a un grupo de hombres que tomaran su relevo y continuaran su tarea. Por eso llamó a los Doce, una “familia” variopinta de pescadores, un recaudador de impuestos y otros galileos para que vivieran con él, aprendieran a su lado y se entrenaran en su futura labor.

En esta lectura de hoy vemos que Jesús ya los envía. Detengámonos en varios aspectos, porque en la misión de los Doce Jesús nos está señalando cuál es la misión de la Iglesia y a qué estamos llamados los cristianos.

¿A qué los envía Jesús? A expulsar espíritus inmundos. Y después veremos que también a ungir con aceite a los enfermos y a curarlos. Incluso antes de predicar, la primera misión de los apóstoles es arrojar fuera el mal y sanar, de cuerpo y alma, a las personas. Esta es la primera misión de la Iglesia: rescatar vidas, devolver y cuidar la salud. Por eso, desde los inicios, la pastoral de los enfermos y la defensa de la vida, incluida la vida de los niños, los ancianos y los más débiles y vulnerables, han sido prioritarios en la Iglesia.

¿Cómo los envía? De dos en dos. ¡El misionero no es un solitario! Jesús los envía acompañados porque dos se ayudan, dos se animan, dos se complementan y se cuidan. Dos dan testimonio de caridad. Uno es soledad, dos es comunidad.

¿Qué recursos necesitan? ¡Bien pocos! Un bastón para el camino (en aquellos tiempos era necesario para apoyarse, defenderse o apartar alimañas y zarzas). Pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto… Ligeros de equipaje y abiertos a la hospitalidad de quienes les abran las puertas de su casa y les den techo y comida. Esta es la vida del apóstol, quizás pobre en dinero y en posesiones, pero rica en generosidad y en amistad.

¿Qué sucede si los rechazan? Jesús también enseña a sus amigos qué hacer ante el fracaso y la negativa de la gente. Simplemente, marchar y sacudirse el polvo de los pies. Esto es, no insistir, alejarse de aquel lugar y sacudirse cualquier resquicio de ira, de revancha o de enfado. No vale la pena enojarse ni maldecir, el mundo es grande y muchos esperan en otras partes. ¿Qué debe hacer la Iglesia ante el rechazo a los suyos y al evangelio? Jesús lo dice: nada de forzar ni de imponer. Si no es aceptada, debe abrir caminos nuevos hacia otro lugar.

Esta es, pues, la misión de la Iglesia y de todo cristiano: llevar vida, cuidar la vida, cuidar a las personas y transmitirles el amor de Dios. Sin preocuparse en exceso por los medios: si hay entrega a la misión, saldrán de donde sea y la gente responderá. Y sin obligar a nadie, respetando el no y el rechazo de quienes se cierran a la buena noticia. La salvación es deseable para todos, pero no puede imponerse.

Finalmente, el evangelista nos muestra el resultado de la misión. Salieron los Doce a predicar la conversión: ese cambio de vida y de mentalidad necesario para que Dios entre en la vida de la persona. Expulsaban demonios y curaban enfermos. Ante su palabra, el mal huía y los débiles recuperaban las fuerzas. Salud y bondad: esto son dos signos palpables de la presencia del reino de Dios.

2024-07-05

Nadie es profeta en su tierra

 14º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 6, 1-6

En su periplo por Galilea, Jesús llega a su pueblo, Nazaret. Los evangelios hablan de su lugar natal, allí donde nació y vivía su familia. María y sus hermanos: Santiago, José, Judas y Simón, y algunas hermanas. Jesús, como todo ser humano, no apareció solitario en el mundo; además de sus padres terrenales, tenía una familia como todos.

Y sucede que justamente allí, donde lo conocen desde niño, donde viven sus parientes, donde parece que Jesús debía ser acogido con afecto y reconocimiento, es donde peor lo tratan. Las gentes oyen a Jesús enseñando en la sinagoga y empiezan a murmurar. Casi podemos oír sus comentarios. Es lo que se suele decir cuando alguien a quien hemos conocido de toda la vida de pronto empieza a destacar y a hablar y a obrar de manera poderosa, llamando la atención. ¿De dónde saca eso? ¿A qué viene tanto saber, tanta fuerza, tanto prodigio? Pero, ¿no es el que hemos conocido siempre? Nuestro vecino, nuestro hermano, nuestro primo… ¿Es que ahora se cree diferente? ¿A qué viene todo eso?

La proximidad, que a menudo se hermana con la mediocridad, es enemiga de la excelencia y del brillo que sobresale. A veces es la propia familia la que quiere detener a alguien que “se sale de sus carriles”. Destacar no es bueno. ¿De qué va? ¿Qué tiene que enseñarnos ese?

Jesús admite, con realismo, que nadie es profeta a su tierra. Un dicho triste pero cierto. De modo que no pierde el tiempo. Impone las manos a algunos enfermos que lo piden y se va a los pueblos de los alrededores. Eso sí, dice el evangelista, se asombra de su falta de fe. Seguramente con tristeza.

Si alguien cree que la vida de Jesús fue un rosario de éxitos, episodios como este nos enseñan que no fue así. Jesús afrontó el rechazo y la incomprensión desde el principio. Sí, hubo quienes creyeron y se beneficiaron de su poder sanador. El texto original del evangelio, más que de “milagros”, habla de dynamis, obras poderosas.  Pero allí donde no hay fe, ni la más poderosa de las obras puede abrir un corazón cerrado. El evangelista quiere subrayar la importancia de tener una actitud abierta ante el evangelio. Quien no lo reciba, no verá cosas grandes en su vida, como esos aldeanos de Nazaret que se escandalizaron de Jesús. Pero quien abra el corazón recibirá mucho más que palabras: recibirá el agua de vida que Jesús reparte a manos llenas a quien la quiera y la pida.

2024-06-28

Niña, ¡levántate!

13º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 5, 21-43

En el evangelio de hoy leemos dos milagros entrelazados; es una escena que recogen los tres evangelios sinópticos y que en Marcos conserva el aroma de una experiencia transmitida por testigos oculares, los mismos que acompañaban a Jesús y lo vieron con sus propios ojos.

El jefe de la sinagoga, Jairo, tiene una hija adolescente que está agonizando y pide a Jesús que le imponga las manos para que sane y viva. Mientras Jesús se dirige hacia la casa, rodeado de la multitud, una mujer con flujo de sangre lo sigue y le toca el manto, pensando que con sólo tocarlo sanará. Jesús se detiene y ella, temerosa, se descubre. Una mujer como ella es impura y no puede tocar a nadie, y menos a un rabino, pues la sangre impurifica. Pero Jesús no sólo no queda impuro, sino que la sana y la purifica a ella. Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz. El valor de tocar a Jesús y su confianza le permiten arrebatar la gracia necesaria para sanar, Jesús la reconoce y la elogia por ello. Es preciosa la expresión de afecto, Hija, que muestra la cercanía de Jesús hacia las personas que lo buscan.

En casa de Jairo, Jesús echa a las plañideras y a los vecinos que, desolados, anuncian que la niña ha muerto. No está muerta, sino dormida. Jesús entra en la alcoba y levanta a la pequeña con otra expresión llena de afecto que resulta casi intraducible, Talitha qumi. Hoy diríamos algo así: Vamos, niña, yo te lo digo, ¡levántate!

Jesús cura a una mujer que lleva largos años enferma; la reafirma en su edad madura. Y resucita a una adolescente que se abre a la vida, devolviéndole la fuerza y la salud propias de su juventud. Ambas mujeres representan la humanidad debilitada no sólo por la enfermedad, sino por la falta de fuerza y alimento espiritual. La mujer mayor se desangra, pierde todas sus energías y está exhausta. La niña también está falta de fuerzas: lo primero que Jesús dice a sus padres es que le den de comer.

En estas mujeres podemos reconocer a la humanidad hambrienta de Dios, que sufre y enferma del alma. El mundo de hoy ofrece muchos falsos remedios a la sed de sentido y a la angustia de la gente. Son como los médicos que se llevaron toda la fortuna de la hemorroísa, sin curarla. El mundo también quiere robar el alma de los jóvenes, distrayéndolos con mil frivolidades y quitándoles las fuerzas y las ganas de vivir. ¡Cuántas formas de ocio están matando lentamente a nuestros niños y jóvenes! Jesús se compadece de inmediato de la carencia y actúa. Con la fuerza de su amor restaura las fuerzas perdidas, aleja el mal y nos da buen alimento. Seguir a Jesús, escuchar su palabra, tocar y comer su cuerpo sacramentado puede sanarnos en este mundo enfermo y anestesiado por tantos venenos. Tan sólo necesitamos el valor de la hemorroísa para sortear los obstáculos y acercarnos a él. Y Jesús nos dirá, en medio de nuestra postración y desánimo: ¡Levántate! Levantarse es despertar, regenerarse y vivir. 

2024-06-21

¡Silencio, enmudece!

12º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 4, 35-41

Después de una intensa jornada de predicación, enseñanzas y curaciones, Jesús decide marchar a la otra orilla del lago de Galilea. Se embarca con sus discípulos y emprenden la travesía. En alta mar se levanta una violenta tempestad, que amenaza con hacer zozobrar el navío. Pero Jesús… ¡duerme! Agotado, confiado y sereno, el oleaje no le quita la paz ni le impide descansar. En cambio, los discípulos, aterrorizados, bregan contra el temporal y lo despiertan a gritos. Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

Jesús increpa al viento y al mar: ¡Silencio, enmudece!

Dicen los estudiosos que, en la antigüedad, no pocos hombres con dotes especiales curaban y sacaban demonios. Pero uno solo, Jesús, tuvo la potestad de calmar el viento y las aguas. Sólo el hijo de Dios puede doblegar los elementos de la naturaleza. Pero la tempestad, en la Biblia, es más que un fenómeno natural. El mar agitado es un reflejo de la tormenta interior que agita a los discípulos. Tienen miedo, ven la muerte acechando. La tempestad es símbolo de todas las tribulaciones que hacen tambalearse al hombre. Vivimos en tiempos revueltos, decimos. Flotamos entre las olas y nos asalta el pánico. Con el agua al cuello, anegados en problemas y dificultades, alzamos la voz al cielo. Señor, Dios mío, ¿no te importa que nos perdamos?

Cuántas veces nos parece que Dios duerme, está ausente o no se preocupa por nosotros. ¿Le importamos a Dios? ¿Por qué permite que el mal sacuda el mundo, como el viento que levanta las olas?

Jesús despierta. Su voz basta para calmar las aguas. Jesús puede calmar las tormentas de nuestra vida. Él nos da la paz. Pero también nos increpará a nosotros: ¿Por qué tanto miedo? ¿Acaso no tenéis fe? ¿No confiáis en mí?

¡Silencio!, dice Jesús. ¡Enmudeced, voces internas, caos ruidoso que os agita y os ciega! Acallad todo ese griterío irracional, absurdo, motivado por el miedo y la desconfianza.

Si Dios está con nosotros… ¿quién contra nosotros? Decimos que Dios duerme. ¿No seremos tal vez nosotros los que dormimos? Anestesiados y aturdidos por la prisa, la hiperactividad, los medios y las redes sociales, ¿no estaremos hundiéndonos en un vaso de agua? Si no estamos despiertos, el vendaval nos arrastrará. ¿Dónde está el áncora de nuestra vida? Firmes, arraigados en Dios, de la mano de Jesús, no hay tormenta que pueda hundirnos. La confianza en él nos saca a flote. Con él no naufragaremos.

2024-06-14

Como una semilla

11º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 4, 26-34


El reino de Dios es el gran tema de la predicación y las palabras de Jesús. Pero ¿qué es el reino de Dios? Explicar la presencia de Dios en el mundo, tan misteriosa, tan invisible a veces, pero tan cierta, no es fácil. Jesús no hace filosofía ni teje grandes teorías: explica parábolas.

La parábola es una herramienta pedagógica de primer orden. ¿Cómo explicar algo para que la gente piense, entienda y recuerde? Mediante una comparación o contando una historia. Jesús utilizó este recurso para que las gentes quedaran impactadas y jamás olvidaran su enseñanza. Todos podemos olvidar una clase o una homilía. Pero nunca olvidaremos una imagen o un relato.

El reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra. Y la semilla cae en tierra y desaparece, pero al poco tiempo brota y va creciendo. Sin que nadie sepa cómo. Los sembrados crecen despacio y en silencio, pero cuando llega el tiempo de la cosecha, el campo se cubre de espigas doradas, llega el segador y recoge la mies.

La obra de Dios en este mundo es así. Jesús siembra el reino. Sus enviados siembran, diligentes y humildes. El reino no se impone con esplendor ni por la fuerza. Empieza pequeño, humilde, casi escondido. Pero crece porque en él hay una vida potente. Y se extiende, y da fruto. En la Iglesia, donde surgen tantas iniciativas para expandir el evangelio, deberíamos meditar despacio si estamos sembrando de verdad y si el reino está creciendo así, silencioso y fecundo como las mieses.

La comparación con el grano de mostaza es similar. De una minúscula semilla surge un árbol frondoso, donde los pájaros anidan y las gentes pueden buscar sombra. Este árbol puede compararse con la Iglesia, que empezó como una serie de pequeñas comunidades, minoritarias y perseguidas, pero fue creciendo y hoy se extiende por todo el mundo, pese a las dificultades que no cesan.

Humildad y fecundidad: estas son las cualidades del reino de Dios. Nada de espectáculo, fuerza y poder; quizás en otros siglos la Iglesia ha caído en la tentación de convertirse en un reino de este mundo, alejándose del reino de Dios. Las crisis, los martirios y la hostilidad de la sociedad hoy son una oportunidad para volver a las raíces y regenerarnos por dentro. Hemos de volver a sembrar buena semilla, sabiendo que apenas la veremos crecer y que otros recogerán el fruto de nuestro esfuerzo. No por ello hemos de rendirnos y dejar de trabajar por el reino. En lo que esté en nuestras manos, hagamos nuestra parte.

2024-06-07

Estos son mi madre y mis hermanos

10º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 3, 20-35

La escena de este evangelio es intensa y conflictiva. Leámoslo despacio, intentando viajar en el tiempo y situarnos en el lugar.

Jesús está en Galilea. Las multitudes lo siguen por todas partes, ávidas de escuchar sus enseñanzas y porque también ha curado enfermos y expulsado demonios. Todos quieren oír su voz y recibir su gracia sanadora. Jesús llega a casa con sus discípulos. ¿Qué casa es? Allí donde vive, quizás sea la vivienda de Pedro, o el hogar donde lo acogen. Quizás deseen descansar… pero se junta tanta gente que no los dejan ni comer. ¡Hoy hablaríamos de estrés evangelizador!

Esta escena revela cuánta hambre tenía el pueblo de escuchar un mensaje de esperanza. Las gentes necesitaban ser sanadas y salvadas y se arrimaban a Jesús como el náufrago a una tabla salvadora.

Pero no todos aprobaban a Jesús. Algunos decían: Está fuera de sí. Algunas variantes del evangelio dicen que quienes estaban fuera de sí eran los escribas que habían venido de Jerusalén. Jesús los había sacado de sus casillas y querían detenerlo. Por eso a continuación dijeron: Tiene un demonio dentro y por el poder de Belcebú expulsa a los demonios. No sabían cómo explicarse la sabiduría y el poder de Jesús, no aceptaban que pudiera venir de Dios. Y cuando lo sobrenatural no viene de Dios, tiene que venir de algún poder maligno.

Jesús, con su lucidez habitual, derrumba sus argumentos con una imagen. ¿Cómo va Belcebú a enfrentarse a sí mismo? Jesús no puede obrar con el poder del mal, pues justamente lo que hace es expulsarlo. La reflexión se extiende al ámbito social: una familia, un reino dividido, no pueden subsistir. Esto nos da qué pensar. Lo diabólico en el mundo es justamente la división. Todo lo que separa, todo lo que fomenta el conflicto, el odio y la guerra, es obra del diablo. Hoy, viendo la situación en que se encuentra nuestro mundo, podemos meditar cuántas personas, gobernantes y cargos con responsabilidad están actuando como discípulos y seguidores del maligno.

Jesús entonces lanza una frase lapidaria: todo pecado se perdonará a los hombres. ¡Todo! Incluso las blasfemias. Con lo cual está diciendo mucho sobre la misericordia de Dios. Pero hay un pecado que no admite perdón jamás. ¿Cuál es? La blasfemia contra el Espíritu Santo no es un simple insulto o una falta de respeto o de fe. No. El pecado tremendo que señala Jesús es no dejar que Dios sea Dios; no aceptar la fuerza amorosa, el poder perdonador de Dios, su gracia infinita. Quien no admite la bondad de Dios no podrá recibirla. Se cierra en banda y Dios, respetuoso de su libertad, no podrá obligarlo a recibir la salvación. En medio del naufragio, puede haber quien rechace la mano salvadora…

La familia de Jesús aparece aquí. Quieren verlo, lo reclaman. Quizás no entienden qué está haciendo Jesús, les asusta su misión y el movimiento que se está generando a su alrededor. ¿Qué hace un humilde carpintero de Nazaret comportándose como un profeta y atrayendo multitudes? En más de una ocasión, los evangelistas ponen en evidencia la incomprensión de los parientes de Jesús. Tardaron en creer en él y no fue hasta después de su resurrección cuando se aproximaron al circulo de los Once y de sus seguidores más fieles.

Jesús deja muy claro que la familia de sangre es importante, sí, pero cuando una persona es adulta y está siguiendo su vocación, su verdadera familia es la familia espiritual. La familia de Nazaret fue su cuna; otra será la familia de sus compañeros de camino. ¿Qué los une? El firme propósito de hacer la voluntad de Dios, día a día, no sólo de palabra sino de obra. Si la sangre une a la familia de origen, Dios une a la familia de destino, y esta es la que Jesús prioriza y a la que pertenece.

Lo hermoso, sin embargo, es que llegue el momento en que ambas familias sean una: que la familia de origen acompañe en la vocación y forme parte, también, de esos hombres y mujeres que cumplen la voluntad de Dios. Que la familia espiritual incluya también a los familiares y seres queridos. En Pentecostés, cuando ya Jesús había subido al cielo y descendió el Espíritu Santo, estas dos familias de Jesús con María, su madre, en medio de todos ellos, formaron una.  


2024-05-31

Tomad, esto es mi cuerpo

Cuerpo y Sangre de Cristo - B

Evangelio: Marcos 14, 12-16.22-26


En una habitación del piso alto, una sala para huéspedes, en una casa en medio de Jerusalén, Jesús celebra la última cena con sus discípulos. Es un lugar discreto, un hogar hospitalario a donde van de manera casi clandestina, siguiendo a un hombre con un cántaro de agua, esa es la señal. Además de los Doce, Jesús contaba con muchos amigos: discípulos y familias enteras que le prestaban su casa y lo acogían. Algunos autores piensan que el lugar del cenáculo era la casa de María, madre del futuro evangelista Marcos. En esta casa, según el libro de los Hechos, se reunía una de las primeras comunidades cristianas de Jerusalén.

Durante la cena, Jesús hace un gesto que era propio del padre de familia en la celebración de Pascua: bendecir el pan y el vino. Era una acción de gracias a Dios por los dones de la tierra y por la vida. Pero esta vez, el gesto de Jesús adquiere un significado mucho más hondo. Tomad, esto es mi cuerpo. Tomad, esta es mi sangre. El cuerpo y la sangre representan la vida de la persona. Cuando alguien da su cuerpo, está entregando su vida. La sangre derramada en los sacrificios es una forma de ofrecer a Dios la misma vida que él ha insuflado en las criaturas. Jesús está diciendo a sus discípulos: tomad mi vida. Asumid mi persona: todo lo que soy, lo que digo, lo que hago. Comed de esto, haceos parte de mí y continuad mi obra. Tomando mi cuerpo, yo estaré en vosotros y vosotros en mí.

Este es el sentido de la eucaristía: Jesús se entrega, totalmente, para darnos vida. Y nos pide que, a imitación de él, también nosotros demos nuestra vida. No derramando sangre, no muriendo, sino viviendo por y para los demás. Viviendo para dar vida, para amar, para servir, para mejorar un poco el mundo. Jesús nos pide que seamos generosos, como él, y sepamos vivir entregándonos por el bien de todos.

Cada vez que tomamos el pan sagrado, cada vez que acercamos el cáliz a nuestros labios, seamos muy conscientes de que estamos abriéndonos a la presencia del mismo Jesús; estamos convirtiendo nuestro cuerpo y nuestra alma en un templo; estamos dejándonos habitar por él y dejamos que él conduzca nuestra vida. La divinidad corre por nuestras venas; estamos consagrados a él. Y consagrarse significa entregarse.

¿Un sacrificio? Más que esto: darse a uno mismo es fuente de felicidad y de una calidad de vida inimaginable. Quien vive dándose vive con intensidad y está pisando, ya en la tierra, los umbrales del cielo. La eucaristía es un preludio de lo que un día viviremos en plenitud.

2024-05-24

Id y haced discípulos...

Santísima Trinidad - B

Evangelio: Mateo 28, 16-20


En esta fiesta leemos el final del evangelio de Mateo. Jesús resucitado se aparece a los Once. Después les da su última voluntad y los envía a toda la tierra para que hagan discípulos entre todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Vale la pena que meditemos despacio estas últimas frases de Jesús para comprender mejor qué nos dicen, hoy, a los creyentes.

En primer lugar, Jesús envía a los suyos en misión. El cristiano no se entiende como mero seguidor, sino como enviado. No es un simple receptor, sino un transmisor. Aquello que habéis recibido, dice Jesús, compartidlo y dadlo a otros.

¿Qué significa hacer discípulos de Jesús? Discípulo es el que aprende. Jesús quiere que sus enviados hagan como él y enseñen a muchos otros a vivir como él: dando vida, amando, sirviendo, esparciendo paz y amor. Ser discípulos de Jesús es ser imitadores suyos en palabras y obra. Es ser instrumentos de paz en medio de un mundo sacudido por las guerras; ser portadores de perdón y reconciliación, promotores de diálogo y no de conflicto; modelos de coraje frente al miedo; de generosidad frente a la pequeñez de alma y a la cerrazón de espíritu.

El bautismo es un signo: para los judíos era un ritual de purificación. Para Juan Bautista, era el gesto de conversión definitiva. Para los seguidores de Jesús el bautismo es recibir la unción del amor de Dios, como Jesús la recibió en el Jordán. El agua y el óleo son símbolos, pero el don que recibimos es el Espíritu Santo, el aliento sagrado de Dios, que nos da la capacidad de cambiar de vida si lo potenciamos.

Un Dios Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo creemos y lo recitamos, pero ¿lo entendemos? Para muchos es un aspecto incomprensible de nuestra fe, difícil de explicar y de entender. Para otros, es politeísmo. Los judíos y los musulmanes creen en un Dios único, y nuestra doctrina sobre la Trinidad les parece herética y desviada. ¿Un Dios o tres? Los alejados o no creyentes consideran que “tres personas y un solo Dios” es un enredo teológico que ni siquiera nosotros entendemos. Ante esto, ¿qué pensar?

La Iglesia se ha esforzado mucho por explicarnos este misterio. Porque es una realidad misteriosa, sí, como el mismo Dios, tan grande e inabarcable que jamás podremos conocerlo, al menos mientras estamos aquí en la tierra. Pero ¿acaso las cosas más importantes de nuestra vida no son misterios? ¿No es un misterio el amor, dar la vida por un ser querido, la entrega sin pedir nada, el sacrificio, la belleza de la amistad o la fuerza de la fidelidad? ¿No son misterios las realidades que más nos afectan?

El misterio de la Trinidad se nos desvela, poco a poco, gracias a Jesús. Él se sabe hijo del Padre: cuando es bautizado en el Jordán, el cielo se abre para él y la voz divina exclama: ¡Tú eres mi hijo amado! Dice un gran teólogo que en el momento en que Dios reconoce a su hijo, comienza a ser Padre. Y en el momento en que hay un Padre, hay un Hijo, y muchos hijos que seguirán su camino. La Trinidad es un misterio de unión amorosa. Dos libertades se unen, dos voluntades concuerdan; el Padre envía al Hijo al mundo y este cumple su misión con todas sus fuerzas.

Y Jesús, cuando abandone esta tierra, enviará al Espíritu Santo, el Consolador, el que no dejará solos a sus amigos. De una unión amorosa siempre sale un tercero. Así como Jesús fue enviado por el Padre, el Espíritu es enviado por el Hijo. Y los tres, Padre, Hijo y Espíritu, nos sostienen y nos guían hacia una vida plena.

El Padre es la fuente de nuestro ser. En él se apoya nuestra existencia. El Hijo nos ha dado a conocer el corazón paternal de Dios y nos abre el camino para ser como él, hijos amados, humanos completos que alcanzan la cumbre de la vida entregándose por amor. El Espíritu Santo es el amor exhalado por el Padre y por el Hijo. Se derrama sobre nosotros y nos santifica: hace de nuestra vida un tiempo sagrado y nos fortalece con sus dones. Viento que nos impulsa, voz que nos inspira, fuego que nos enciende y luz que nos quía, el Espíritu nos conducirá hacia la plenitud.

Cada vez que hagamos la señal de la cruz, cada vez que repitamos sus nombres santos, Padre, Hijo, Espíritu Santo, pensemos despacio, interioricemos: Padre que me amas, Jesús que me llamas, Espíritu que me envías… ¡Habitad siempre en mí! Que todo cuanto haga sea, de verdad, en vuestro nombre y lleve vuestro sello.

2024-05-17

Como el Padre me envió, también os envío yo

Pentecostés - B

Evangelio: Juan 20, 19-23.


La escena que leemos es sencilla y profunda. Tanto, que vale la pena detenerse en cada una de las palabras, porque todas están cargadas de significado.

Jesús se aparece a sus discípulos tras la muerte. Cerradas las puertas, penetra en la casa donde están: un cuerpo resucitado posee cualidades que no tiene un mortal. Jesús puede atravesar los muros, físicos y mentales. Sus discípulos se agazapan tras sus miedos. Jesús derriba esa coraza y disipa el temor.

Paz a vosotros. Paz que es sosiego, confianza, bendición y fuente de futura alegría.

Cuando los discípulos ven sus manos y su costado, por las marcas de las heridas, reconocen a su maestro y el miedo da paso a la alegría. ¡Está con ellos! Aún no salen de su asombro y Jesús repite: Paz a vosotros.

El primer paso es vencer el miedo. El segundo, reconocer al Señor. Pero ahora Jesús los impulsa a dar otro paso. Durante su vida pública, Jesús no dejó de hablar de su Padre del cielo y de sí mismo como enviado. El Padre me envió, ahora yo os envío a vosotros.

Envío es una palabra clave en el evangelio de Juan. El enviado lo es porque está en comunión con el que envía. Es su delegado, su representante, el que goza de su confianza. Jesús es enviado por el Padre. Y ahora, él enviará a sus discípulos. Ellos serán sus enviados, seguirán su tarea, ocuparán su lugar. Como Jesús, sanarán cuerpos y almas, perdonarán pecados y lo que hagan en la tierra dejará su huella en el cielo.

Pero nada de esto es posible sin antes recibir un don: el Espíritu Santo. Dicen los teólogos que Jesús es el Enviado del Padre, y el Espíritu Santo es el Enviado de Jesús. Él obrará en el mundo, pero ¿cómo lo hará, si es puro espíritu? Obrará por medio de manos humanas, ungidas y bendecidas, enviadas por Jesús. Con el Espíritu como viento impulsor, fuego ardiente de caridad, luz que orienta y palabra que inspira, los discípulos podrán ir al mundo.

Paz a vosotros, nos dice Jesús hoy. También a nosotros nos envía y nos unge con el Espíritu y con su paz. Una paz que surge del amor puro e incesante que se profesan Padre e Hijo; una paz que brota del sabernos inmensamente amados por Dios. En las tres personas trinitarias, Dios derrama sobre nosotros su bondad: el Padre nos hace existir, el Hijo nos rescata y nos llama; el Espíritu nos acompaña para continuar su labor. Somos pequeñas llamas que vamos a incendiar el mundo de luz. Esta es la vocación de todo cristiano que abra sus oídos y su corazón a la voz de Jesús.

2024-05-10

Id al mundo entero

 Ascensión del Señor - B

Evangelio: Marcos 16, 15-20


En la fiesta de la Ascensión del Señor leemos el final del evangelio de Marcos. Antes de subir al cielo, Jesús da sus últimas instrucciones a los apóstoles. Vale la pena leer estas frases, porque en pocas líneas el evangelista condensa un mensaje sustancioso. También hemos de saber interpretarlas, pues una lectura literal del texto puede llevar a conclusiones arriesgadas.

Jesús ha cumplido su misión, pero pasa el relevo y deja a los Once su encargo: la buena nueva del Reino de Dios no es exclusiva del pueblo de Israel, debe llevarse al mundo entero. La expresión de Marcos no se limita a la especie humana, sino a toda la creación. Esto sugiere que la salvación de Dios se extiende a todo el cosmos. Hoy podríamos decir que nuestra acción, como seres humanos, afecta a todo ser viviente y a nuestro planeta. Comunicar el mensaje de Jesús se puede traducir en una mejora de la vida humana y de toda forma de vida.

La siguiente frase nos puede chocar, pues nuestra mentalidad de hoy es muy abierta y tolerante. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. ¿Es posible que Jesús, que vino a salvar, esté condenando ahora? ¿Cómo entenderlo?

En realidad, Jesús no condena a nadie. Ni siquiera Dios condena. Fijaos en la expresión: será condenado. ¿Por quién? Por sí mismo. Se autocondena quien rechaza a Dios, quien rechaza la vida, quien rechaza un cambio que lleve al amor y a la apertura al otro. Quien decide vivir cerrado en sí mismo, sin fe ni esperanza, si otro objetivo que sobrevivir o medrar en esta vida mortal, acabará hundido en la desesperación.

La siguiente frase, mal entendida, ha llevado a actos temerarios en algunos creyentes fundamentalistas, como arriesgarse a tomar veneno o agarrar serpientes. La expresión es simbólica: Jesús quiere decir que quienes crean estarán protegidos del veneno de la mentira y del mal. Podrán estar en este mundo sin dejarse arrastrar por la maldad y la violencia. No se rendirán. No sólo permanecerán sanos y fuertes, sino que podrán sanar a otros.

Jesús sube al cielo. Pero deja quienes sigan su labor. Después de los Once vinieron muchos más y así, generación tras generación, la Iglesia se ha extendido por el mundo, como semilla de mostaza, como grano de trigo que se multiplica en cientos, miles de espigas. Las gentes escucharon su mensaje y, como sabemos, muchos creyeron; otros hicieron oídos sordos y otros los persiguieron y maltrataron. Pero los signos del cielo los acompañaban, dice el evangelista. Dios confirmaba su palabra con señales, milagros y obras portentosas que demostraban a la gente que lo que decían era cierto. Así les sucedió a Pedro, Juan y los apóstoles cuando empezaron a difundir el evangelio en Jerusalén. Así le sucedió a Esteban; a Felipe en Samaría, a Pedro en Lida y en Jope, a Pablo en Éfeso, y a tantos otros. Jesús había dicho: Cosas tan grandes como yo haréis, y aún mayores (Juan 14, 12)Al que trabaja por Dios no le falta ayuda del cielo.

Hoy, los cristianos podemos preguntarnos. ¿Cómo seguir el mandato de Jesús? ¿Cómo evangelizar en un mundo tan reticente a la fe? ¿Qué clase de signos y señales haremos? No somos capaces de predicar, ni de hacer milagros ni de curar enfermos. ¿Qué podemos hacer?

Cada cual puede transmitir el mensaje de Jesús allí donde esté: casa, trabajo, ámbito social y cultural. A veces no se trata de predicar, sino de dar ejemplo y testimonio con una vida íntegra, con un trabajo bien hecho, con honestidad y atención a los demás, con cuidado, con alegría. Escuchar, acompañar, llevar consuelo y esperanza ya es mucho. ¿No es un milagro devolver el ánimo y las ganas de vivir a una persona angustiada, sola o enferma? ¿No es un milagro mejorar el ambiente de una comunidad o de un grupo, a base de comprensión, confianza y perdón? ¿No es un milagro trabajar por la paz en medio de un mundo en guerras? ¿No es un milagro despertar en alguien la inquietud y la pregunta por Dios?

Y sí, creer nos ayudará a no dejarnos envenenar por este mundo, que nos invade con la tecnología para absorber nuestra mente y nuestro corazón. Creer nos ayudará a vencer el desánimo y la apatía, el miedo y la falta de sentido. Creer nos hará fuertes y nos permitirá ayudar a otros.

Jesús subió al cielo. Pero hoy lo tenemos más cerca que nunca de nosotros, en la eucaristía. Tomemos su pan con fervor. Es nuestro compañero y aliado en la brega diaria. Con él lo podemos todo. Y con él podremos bajar a la tierra un pedacito anticipado de ese cielo que nos espera a todos.

2024-05-03

Dar la vida por los amigos

 6º Domingo de Pascua B

Evangelio: Juan 15, 9-17

El evangelio de este domingo continúa el discurso de Jesús en la última cena. Recordemos: son palabras cargadas de intensidad, el testamento, la última voluntad de Jesús. En breves frases, Jesús está transmitiendo a los suyos el mensaje más importante. Lo esencial.

Podríamos meditar este evangelio subrayando las palabras clave que se repiten.

La primera es el amor y el verbo amar. Permaneced en mi amor, dice Jesús, como el Padre me ha amado. Jesús quiere estar tan unido a los suyos como él lo está al Padre. Es un amor donde ambos, amante y amado, ya no son dos, sino uno: una sola voluntad, una sola libertad.

Segunda palabra: los mandamientos. ¿Cómo se demuestra que permanecemos en el amor de Jesús? Obras son amores y no buenas razones. Pero Jesús no habla de mandatos ni órdenes, sino de peticiones urgentes: ¡haced esto y viviréis! No obliga, pero invita a los discípulos a definirse y a comprometerse: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Guardar no significa conservar ni almacenar, como un depósito de doctrina. Guardar es cumplir, llevar a la práctica. Igual que Jesús llevó a cabo la misión que el Padre le encomendaba.

Tercera palabra: ¡alegría! Permanecer en el amor conlleva un gozo enorme. Un buen seguidor de Jesús es una persona profundamente alegre, como él lo fue. No con una jovialidad frívola, sino con la alegría profunda que nada ni nadie puede apagar. Jesús quiere que experimentemos un gozo inmenso, la felicidad del que se sabe amado y se convierte en cauce del amor infinito de Dios.

Cuarta palabra: amigos. Jesús no quiere esclavos ni adeptos, no quiere un ejército de soldados obedientes, ni de fanáticos ciegos. Quiere amigos. Y para ser amigos es imprescindible la libertad. Por eso dice: Ya no os llamo siervos, sino amigos. Y a los amigos uno le abre el corazón. También Jesús revela los secretos del Reino de Dios a sus amigos. Y precisa cómo se demuestra el amor: No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Él mismo fue modelo de este amor.

Quinta palabra: elección, elegir. Jesús ha elegido a sus apóstoles; no son ellos quienes lo han elegido a él. La vocación auténtica a menudo no es una elección personal, fruto de una preferencia o un interés, sino una llamada inesperada. Dios se vale de medios, personas y situaciones que no imaginamos para llamarnos. Jesús nos llama siempre, es tarea de cada cual hacer silencio en el interior para escuchar su voz.

Sexta palabra: fruto. Jesús ha hablado de la vid y los sarmientos. Dar fruto es que cada persona escuche la llamada de Dios y ponga todo su esfuerzo y su dedicación para hacer fructificar los talentos que Dios le da. Frutos de caridad, de buenas obras, de evangelización. Un buen fruto es una comunidad viva, bien trabada, donde unos y otros se aman, regida por el servicio y no por el poder. Jesús quiere que todos demos fruto porque en ese fruto está la plenitud y el sentido de nuestra vida. Dando fruto aprendemos porqué estamos en el mundo y cuál es nuestro propósito.

Séptima palabra. Como un broche de oro, volvemos a encontrar el amor. Después de recordar a los suyos que todo cuanto pidan al Padre en su nombre les será dado, les reitera su gran mandato, el principal: que os améis unos a otros.

Quisiera detenerme un instante en este mandamiento del amor. Los judíos tenían un primer mandamiento, el principal: amar a Dios sobre todas las cosas. Y un segundo: amar al prójimo como a ti mismo. Estos dos resumían la Ley y los Profetas (Mateo 22, 36-40).

Jesús simplifica aún más. Ni siquiera habla de Dios. Simplemente “amaos unos a otros”. Incluso un no creyente, un agnóstico o un miembro de otra religión podría seguir este mandamiento. ¡Es universal! Este es el fundamento y lo que Dios verdaderamente quiere: por encima de cualquier creencia, rito o culto, por encima todo, está el amor de unos a otros. El amor redime al mundo. El amor nos salva. Y el amor “de unos a otros” es la manera más perfecta, en esta tierra, de amar a Dios. Porque, ¿qué es más fácil? ¿Ir a misa cada domingo, rezar una novena y asistir a una procesión, o amar a tu prójimo lleno de defectos, perdonar al que te hizo daño, tener paciencia con el que te fastidia cada día? Los ritos son mucho más fáciles que la caridad.

Jesús lo deja muy claro, aunque los profetas ya lo apuntaron: Misericordia quiero, y no sacrificios (Oseas 6, 6). Quiero vuestra bondad, quiero que os améis, y esto vale más que todas las prácticas rituales que podáis ofrecerme.

Nada más, y nada menos: amaos unos a otros.  

2024-04-26

Yo soy la vid y vosotros los sarmientos

5º Domingo de Pascua B

Evangelio: Juan 15, 1-8


Seguimos leyendo estos capítulos de Juan, que corresponden a las palabras que Jesús dirige a sus discípulos en la última cena: su testamento, su última voluntad. Son palabras profundas que también se dirigen a nosotros hoy.

Jesús utiliza diversas imágenes para definirse ante los suyos. Hoy dice: Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos.

La viña era una imagen muy querida para los judíos. En su tradición, la viña representaba el pueblo de Israel, y el amo de la viña era Dios, que la cuidaba y esperaba recibir de ella buenos frutos.

Ahora, Jesús toma esta imagen y dice que él mismo es la viña. Esta viña no será como aquellas vides que dieron agrazones, tampoco será la cosecha arrebatada por los malos viñadores. Jesús es la buena viña, que da mucho fruto. Y quienes se adhieran a él y lo sigan, serán sarmientos de esa vid. ¡También darán mucho fruto!

Jesús es la vid… y nosotros, los sarmientos. Todos aspiramos a crecer y a dar fruto en nuestra vida. Todos tenemos un anhelo, un propósito, un deseo de hacer el bien o dejar una huella a nuestro paso por esta tierra. Dar fruto es, en el fondo, algo que nos hace inmensamente felices. El ser humano se siente realizado y completo cuando su vida es fructífera, en obras y en amor.

¿Qué ocurre con las vides? El buen labrador, para que crezcan y den mejor uva, las poda. También a nosotros «la vida nos poda»: Dios permite que afrontemos dificultades y desafíos a fin de que aprendamos, soltemos lastre, nos centremos en lo importante y podamos crecer. Las pruebas que nos trae la vida son podas muchas veces necesarias si sabemos extraer una enseñanza de ellas. Otras veces, la poda será tener la capacidad de renunciar a todo aquello que nos distrae, nos roba energías y nos despista de hacer el bien. ¡De cuántas cosas hemos de hacer poda en nuestra vida! Dicen los expertos en crecimiento personal que, si seguimos nuestra auténtica vocación y nos centramos en nuestros verdaderos talentos, seguramente tendremos que dejar de lado hasta el 80 % de las cosas que nos ocupan.

Pero no basta la poda. El sarmiento, para que la savia corra por él y esté vivo y dé fruto, necesita estar bien arraigado en el tronco de la vid. Jesús nos dice: arraigad en mí, bebed de mi vida, uníos a mí y daréis mucho fruto. Tremenda es esta frase: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿Qué significa? No es que seamos impotentes ni inútiles. Pero sin Jesús, sin seguir sus pasos, su vida de entrega, lo que hagamos no valdrá mucho la pena. Si no bebemos de su amor, si no nos dejamos enseñar por él, nos vamos a perder. Seremos como sarmientos cortados, que se secan y no dan fruto. Sólo valen para quemar.

Jesús sabe y no engaña. Jesús nos ama, como amó a sus discípulos. Por eso nos urge a estar unidos a él. La unidad es fuente de vida; la división y la ruptura son origen de la muerte. Uníos a mí, como los sarmientos a la vid, dice Jesús, y daréis fruto. Vuestra vida estará llena de sentido y seréis inmensamente felices.

Florecer, cada cual en sus talentos, al servicio de los demás, es la gloria de Dios. Y en comunión con Jesús, todo cuanto pidamos nos será dado. Porque lo que pidamos será bueno y en sintonía con él. En su momento, y como él lo vea mejor, ¡Dios nos lo dará!

2024-04-19

Doy mi vida libremente

4º Domingo de Pascua B

Evangelio: Juan 10, 11-18

En el evangelio de este domingo encontramos otra imagen que Jesús se da a sí mismo: la del buen pastor. Para el pueblo de Israel, la imagen del pastor evocaba al mismo Dios: el Señor es mi pastor, nada me falta… (salmo 23). Es el Dios protector que cuida a sus hijos, los acompaña y los conduce a un buen lugar. Pero la imagen también recuerda a los profetas y líderes que, en momentos cruciales, supieron orientar al pueblo, enseñarle la voluntad de Dios y el mejor camino a seguir.

Los profetas ya alertaron acerca de los malos pastores, falsos guías que conducían al pueblo a la perdición. Jesús habla de los asalariados. El pastor cuida a sus ovejas y las guía, las conoce y ellas le siguen, porque son suyas. Forman parte de su vida, son algo muy querido y las lleva en el corazón. El asalariado trabaja por dinero. Le importa su vida y su bolsillo, no las ovejas. Por eso, al primer peligro que llega, escapa y abandona al rebaño. Así son los falsos profetas, falsos líderes y guías. Todo lo hacen para su beneficio propio, pero dejan a las ovejas desprotegidas y a merced de los lobos que las arrebatan y las dispersan.

¿Quiénes son los asalariados, hoy? ¿Quiénes son los lobos? ¿Estamos a merced de lobos con piel de cordero? ¿Seguimos a profetas que no son más que mercenarios?

Nos queda siempre Jesús y aquellos que le son fieles. ¿Cómo reconocer hoy a los buenos pastores, los que actúan con el espíritu de Jesús?

El evangelio nos da la clave. El buen pastor conoce a cada persona por su nombre y la trata como a alguien único y valioso. Potencia sus valores y talentos. Busca su bien, y no el del propio pastor.

El buen pastor da la vida: tiempo, energía, trabajo, creatividad, lo mejor que tiene, por los demás. No le importa perder.

Y, como Jesús, lo hace porque quiere, no porque le obliguen. Doy mi vida libremente, nadie me la quita. La vocación al servicio de los demás nunca es una imposición, sino un acto de libertad.

Jesús habla también de otro redil. ¿A qué se refiere? En el contexto judío, se trata de abrir la salvación a otros pueblos, otras gentes del mundo gentil y pagano. La misión es universal. De la misma manera, un buen pastor, hoy, no se cierra a un solo grupo, a una institución o movimiento. Está abierto a toda clase de personas, de dentro y de afuera de su comunidad. La Iglesia está formada por parroquias, grupos, movimientos y comunidades. Pero todas deberían estar conectadas y con las puertas abiertas, sin olvidar que forman parte de una única gran familia: la de los hijos de Dios que siguen a Jesús, el único y verdadero buen pastor. 

2024-04-12

Vosotros sois testigos de esto

3r Domingo de Pascua B

Evangelio: Lucas 24, 35-48



La semana pasada leíamos el relato de la aparición de Jesús a sus discípulos según san Juan. Hoy nos la relata Lucas, de modo un poco diferente, pero con muchas coincidencias.

Sin duda, la resurrección de Jesús fue vivida como una experiencia profunda y desconcertante por sus seguidores. ¿Qué pensar cuando han visto morir al maestro, clavado en cruz, y a los tres días lo encuentran vivo, caminando, hablando y hasta comiendo en su presencia? ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si viéramos que una persona difunta, de pronto, se nos aparece tan viva y palpable como nosotros mismos?

Lucas, como Mateo, Marcos y Juan, es realista: los discípulos dudan. Primero quedan aterrorizados, no pueden creerlo y piensan que es un fantasma. Jesús tiene que confirmarles que está vivo con los sentidos: ved, palpad. Les muestra las señales de los clavos y las marcas de las heridas para que no les quepa duda: es él mismo y no otro. Incluso come ante ellos. Jesús resucitado no es una visión, ni un espíritu: es un hombre con cuerpo físico, aunque este cuerpo tenga unas virtudes singulares que no tiene el cuerpo mortal.

Cuando los discípulos se cercioran de que es el mismo Jesús, vivo, tiene que abrirles la mente para que entiendan el sentido de todo lo que ha ocurrido. En su mentalidad hebrea, Jesús era un Mesías fracasado, vencido por el poder judío y romano. Sus sueños de restaurar el reino de Israel como potencia política, expulsando a Roma, habían ido al traste. Pero ahora Jesús les viene a decir que todo cuanto ha ocurrido ya estaba recogido en sus escrituras sagradas. Los profetas ya lo habían predicho. El Mesías no sería un guerrillero ni un líder político, sino el siervo sufriente de Dios, como decía Isaías (Is 42, 49 y 52), a quien el Señor, tras muchos padecimientos, ensalzaría para convertirlo en luz de las naciones. Jesús acaba con una frase que indica la universalidad de la salvación: su nombre se proclamará para la conversión de todos los pueblos. La misión de los apóstoles comenzará en Jerusalén, donde acabó la de Jesús, pero deberá expandirse por toda la tierra y a todas las gentes. Todos los hombres son llamados a ser hijos de Dios.

¿Qué nos dice esta lectura a los cristianos de hoy? Primero, nos llama a creer en Jesús resucitado. Y nos dice que la resurrección fue un hecho verídico, en cuerpo y alma, una vivencia asombrosa, pero cierta, que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad. No se trata de una experiencia mística ni de un fruto de la imaginación o el deseo colectivo de ver a Jesús. Fue un encuentro real.

Después nos llama a comprender el sentido de nuestros textos sagrados. Jesús quiere que no sólo creamos, sino entendamos, como María, su madre, que discurría todas las cosas en su corazón. La fe no debe ser contraria a nuestra inteligencia y razón natural. ¡Creer es razonable! Y las escrituras contienen una verdad que estamos llamados a descubrir y meditar para que nos guíe en la vida.

Finalmente, Jesús nos llama a la misión y nos pide que nos despojemos de una mentalidad nacionalista, cerrada o elitista. La salvación no es sólo para los creyentes, los católicos o los miembros de una comunidad concreta. Toda la humanidad está llamada; Jesús vino para todos y su mensaje es válido para toda gente, de toda cultura y mentalidad. Seguir a Jesús no tiene color político, geográfico ni social. La liberación del pecado, es decir, del mal, de la atadura de la culpa y la esclavitud espiritual, es para todos. Todos tenemos la posibilidad de cambiar de vida y comenzar a vivir resucitados, ya en esta tierra.

2024-04-05

Paz a vosotros

2º Domingo de Pascua B

Evangelio: Juan 20, 19-31



La lectura de hoy es el primer final del evangelio de Juan. En este capítulo, el autor nos explica dos apariciones de Jesús a sus discípulos y concluye con un testimonio, explicando por qué se ha escrito este libro.

La tumba de Jesús está vacía; Pedro y el discípulo amado la han visto. Las mujeres explican que Jesús les ha salido al camino. María Magdalena les transmite un mensaje directo del Maestro. Confusos, asustados y con apenas esperanzas, los discípulos aguardan, hasta que Jesús también se aparece a ellos.

La aparición de Jesús es sencilla e impactante: simplemente entra allí donde están, encerrados por miedo a los judíos. Los discípulos se han cerrado de mente y de corazón, el miedo los paraliza. Pero Jesús puede penetrar todas las barreras. Es un hombre resucitado y entra: no hay muros, físicos ni mentales, que puedan frenarlo.

La frase con que los saluda está llena de sentido: Paz a vosotros. Paz, el shalom hebreo, es mucho más que calma y serenidad: es bendición, es gozo, es plenitud. Jesús está derramando su gracia sobre los discípulos. Y ellos se llenaron de alegría. Después, Jesús les otorga otro don: el Espíritu Santo, y una tarea: salir en misión y perdonar los pecados. Cuando Jesús suba al cielo, serán ellos quienes deberán ir por el mundo esparciendo la gracia y el amor de Dios, empujados por la fuerza del Espíritu.

Leamos esta frase dirigida a nosotros. ¡Cuántas veces somos como esos discípulos! Creyentes, sí, devotos quizás también, pero temerosos y encerrados, metidos tras los muros de nuestros miedos porque no queremos arriesgarnos a salir. Jesús nos viene a ver, nos da su paz y nos manda que salgamos. Estamos llamados a continuar su tarea y a liberar a las gentes del mal. ¿Es una misión enorme? Sí, pero Jesús no nos envía desarmados: nos provee con el mayor don y la mayor fuerza, el Espíritu Santo. Nuestra paz se cimenta en él.

La segunda aparición de Jesús nos muestra la resistencia de un discípulo, Tomás, que no estuvo presente en la primera. Tomás es también un espejo nuestro, tantas veces. Queremos creer, pero… si no vemos ni tocamos, no creeremos. No confiamos en el testimonio de otros, queremos experimentar por nosotros mismos. Muchos son los que piensan que, si pudieran viajar en el tiempo y ver a Jesús, haciendo milagros y pisando los caminos de Judea, creerían en él. Pero lo cierto es que muchos contemporáneos de Jesús lo conocieron, vieron y no creyeron. Las palabras de Jesús a Tomás se dirigen a todos los creyentes posteriores a su tiempo. No lo verán físicamente, pero recibirán el evangelio de boca de otros, gracias al testimonio que se transmite de generación en generación.

Jesús nos dice: Felices los que crean sin haber visto. Felices los que creen en testimonios fiables: dentro de la Iglesia, el de tantos sacerdotes buenos, cristianos convencidos, misioneros y santos. Muchos han entregado su vida por Jesús y han pasado por el mundo haciendo el bien, siguiendo los pasos de su Maestro. Felices los que, antes de ver y tocar, acogen la palabra de Jesús y la hacen vida de su vida.  

Leamos, por fin, la última frase del evangelio: Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo en él, tengáis vida en su nombre. Este es el gran anhelo de Jesús: que confiemos en él, que nos hagamos hijos del Padre y que así gocemos de una vida plena que no se acaba con la muerte, pues será eterna.