2023-02-24

1 Domingo de Cuaresma - A

El evangelio del primer domingo de Cuaresma nos lleva al desierto, siguiendo los pasos de Jesús que se retira a orar antes de empezar su misión. Las tres tentaciones de Jesús son las tentaciones que pueden asaltar a la Iglesia y a toda persona que desee iniciar un camino de crecimiento espiritual. Ver cómo Jesús derrota al diablo nos señala el rumbo a seguir.

Lecturas: Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11.

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«No nos dejes caer en la tentación», rezamos en el Padrenuestro. Cuando Jesús nos enseñó esta oración sabía muy bien que necesitamos ayuda, porque vencer las tentaciones no es fácil. Sin la fuerza y la lucidez que nos da la oración ante Dios, nos costará mucho no caer. ¿Por qué?

Porque el tentador es inteligente. Nunca nos tienta con cosas malas. Como decía santa Teresa, se disfraza de ángel de luz y sus ofertas parecen ser de lo más beneficiosas, oportunas y solidarias. ¿Con qué tienta el diablo a Jesús? Con lo mismo que nos tienta a todos nosotros. Se vale de nuestras necesidades y buenas intenciones y promete satisfacerlas todas. El demonio se nos presenta como el gran humanitario que viene a resolver nuestros problemas… siempre que lo adoremos a él. ¿Sufrimos carencia económica, pan, alimento? Él nos da fórmulas para ser ricos. Es la primera tentación: priorizar el bienestar material por encima de todo. ¿Nos falta salud? Con la segunda tentación el diablo abre las puertas a lo milagroso, a lo mágico, a lo sobrenatural. Nos ofrece manipular los poderes celestiales a nuestro favor… siempre que le escuchemos. ¿Queremos que en el mundo reinen la paz y el amor? Con poder personal haremos lo que nos propongamos: él nos lo dará… si le adoramos. El demonio, en fin, nos ofrece pan, fama, poder, salud, dinero y amor. Nos dice que su camino es humano, próspero, de éxito. ¡Basta seguirlo! Pero Jesús lo rechaza con energía y decisión.

El diablo engaña. No quiere alimentarnos, ni vernos sanos y felices, sino destruirnos. Ofrece cosas buenas, pero con medios malos: los medios de la manipulación emocional, la violencia del poder, la trampa de la seducción. La Iglesia también debe estar alerta ante estas sutiles tentaciones. Para construir el reino de Dios no vale cualquier medio. Sí, hemos de luchar contra el hambre y la injusticia, hemos de ayudar a la gente y buscar la salud de cuerpo y alma. Pero no podemos usar los medios del mundo, que van contra la libertad de la persona y su integridad. No podemos reducir el reino de Dios a la prosperidad material y al éxito, tampoco podemos implantarlo a la fuerza. No podemos usar la coacción ni el deslumbramiento místico. Los medios de Jesús son muy humildes y sencillos. Su arma fue la palabra, su alimento, su mismo cuerpo. Su corona y su trono, la cruz. Ejerció su reinado haciéndose servidor de todos y entregándose hasta las últimas consecuencias: dar su vida por amor.

Claro que el camino de Jesús parece menos brillante y, sobre todo, más sacrificado y difícil que el fácil camino del tentador. Por eso necesitamos su ayuda para superar la prueba. ¡Pero la tenemos! La primera lectura del Génesis nos muestra a Adán y Eva, que caen en la tentación de la serpiente, tan atractiva. ¡Seréis sabios como Dios! ¿Quién puede resistirse a esta promesa? Pero san Pablo en su carta nos recuerda que la salvación de Jesús es mucho mayor, más poderosa y de más alcance que el fallo de Adán y Eva. Si el primer pecado acarreó la muerte, la obediencia amorosa de Jesús trae una vida desbordante y eterna a todos, sin excepción. Con su ayuda podemos vencer todas las tentaciones que nos ofrecen una imagen distorsionada del reino de Dios. Con él, ya formamos parte de este reino que se está construyendo, aquí y ahora.

2023-02-17

Amarás a tu prójimo... - 7º Domingo Ordinario A

Jesús nos propone ir más allá de la justicia legal y abrirnos a la magnanimidad de Dios, que hace salir el sol sobre justos y pecadores, y que ama a todos sin excepción. Su propuesta no es tarea imposible: se trata de iniciar un camino de imitación de Dios, sintiéndonos plenamente hijos suyos.

Lecturas: Levítico 19, 1-2. 17-18; Salmo 102; 1 Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48.

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La primera lectura de hoy da un giro de tuerca a la afirmación del Génesis. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. ¿Nos damos cuenta de la enormidad de esta frase? ¡Somos similares a Dios! Para dejarlo claro, resuena el mandato del Levítico: Seréis santos porque yo soy santo. ¿Es posible alcanzar tal perfección? Jesús, en el evangelio, no rebaja la exigencia: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Y nos habla de superar los viejos mandatos del ojo por ojo y diente por diente, la vieja justicia del premio y el castigo, de la retribución y la reparación. ¿No está poniendo el listón demasiado alto?

Es curioso. Los humanos, por un lado, queremos ser como dioses. Queremos independizarnos de Dios y emprender hazañas gloriosas. Por otro lado, queremos encajar a Dios en nuestros esquemas. Aspiramos a hacer cosas grandes. Pero luego pretendemos elevar a la divinidad nuestros impulsos, intereses o pasiones. Queremos ser como Dios, sin contar con Dios, y luego deificamos cosas que no tienen nada de divinas. ¡Qué confundidos estamos! No es de extrañar que haya tantos conflictos en la sociedad y tanto sufrimiento en nuestras vidas. La embriaguez efímera del éxito se mezcla con la depresión del fracaso y así vamos viviendo a trompicones, zarandeados de un extremo a otro, sufriendo inútilmente y sin crecer. Necesitamos un poco de luz. 

San Pablo nos da claves. No somos Dios, pero somos templos de Dios. Albergamos su aliento sagrado en nosotros siempre que queramos acogerlo. Ser perfectos, amar a los enemigos, perdonar y rezar por quienes nos perjudican parece imposible. Solos no podemos. Pero con Dios, ¡todo lo podemos! Somos limitados, pero a la vez somos vasija del tesoro del Espíritu Santo. Todo es vuestro, dice san Pablo. Y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. ¡Qué hermosa pertenencia! Vivimos envueltos en su amor, sostenidos por su amor, salvados por su amor. Saber que somos suyos nos da alas, fuerza y ánimo para afrontar cualquier dificultad. Con él somos capaces de un amor heroico, similar al suyo. Sin él lucharemos contra gigantes y caeremos en el intento. Con él basta que ofrezcamos lo que somos y tenemos, poco o mucho. Él lo recoge todo. Él lo transforma todo y hace posible lo que nos parecía imposible.

2023-02-10

¿Una nueva ley? 6º Domingo Ordinario A

Lecturas: Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37.

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La imagen de Jesús como un hombre libre que cuestiona la Ley es muy atractiva. En su pugna contra el legalismo judío y su rigidez, hay el riesgo de considerar a Jesús una especie de anarquista, un rebelde sin causa o un infractor. Pero Jesús siempre dejó claro que no había venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud. La de Moisés, como muchas normas humanas, era una ley de mínimos

Cumplirla garantizaba una convivencia respetuosa, libre de abusos, violencia y salvajismo. La ley está al nivel de la supervivencia, y Jesús nos llama a algo más que a sobrevivir. El reino de Dios pide algo más que justicia y tolerancia. Si no aspiramos a más, fácilmente caeremos en la trampa legal y no llegaremos ni a los mínimos necesarios.

Jesús comenta tres mandamientos básicos: no matar, no cometer adulterio, no mentir ni jurar en falso. Son los tres grandes mandamientos que defienden la vida, el amor y la verdad. La Ley prohíbe, pero Jesús da un paso más allá y propone algo que rebasa la justicia terrena: una ley del reino de Dios.

Muy pocas personas matamos físicamente. Pero Jesús nos habla de otras formas de dar muerte: el insulto, la calumnia, la crítica. La lengua hiere y mata. Jesús equipara hablar mal y difamar al otro a un crimen de sangre. Su condena es rotunda: quien llame imbécil a su hermano será reo de asesinato. ¿Cuántas veces hemos matado con nuestras lenguas?

El adulterio es una ruptura del amor. Pero no basta con abstenerse de sexo fuera del matrimonio. Jesús habla de las intenciones del corazón, de alimentar deseos que nos quitan la paz y que, al final, enturbian el amor limpio y fiel que debería existir entre las parejas. Hoy existen muchas formas de ser infiel y de faltar al amor con la persona a la que un día dijimos sí. ¿De cuántos adulterios virtuales podríamos acusarnos?

Finalmente, Jesús acusa a las personas que, para dar solemnidad a sus promesas, apelan a argumentos religiosos o ponen a Dios como testigo. Como si la simple verdad, honesta, clara, no fuera suficiente. ¿Qué tenemos que ocultar cuando necesitamos dar tanto énfasis a lo que decimos? La verdad no necesita gritos ni juramentos. Pero ¡cuánto nos cuesta ser sinceros! Cuánto nos cuesta decir simplemente sí o no.

2023-02-03

Sal y luz - 5º Domingo Ordinario A

Jesús nos llama a ser sal de la tierra y luz del mundo. ¿Cómo vivir hoy esta misión que nos encomienda? ¿A qué estamos llamados todos los cristianos?

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Cuando seas generoso y compasivo, cuando salgas de ti mismo y ayudes a los demás, tu vida estallará en luz como la aurora y tus oscuridades desaparecerán. Cuando procures iluminar la vida de otros, tu existencia será llama viva. Cuando dejes de mirarte a ti mismo y busques el bien de quienes te rodean, serás sal y luz. 
Las lecturas de hoy nos proponen algo bastante contrario a lo que nos vende el mundo. Hoy se estilan frases como “ámate a ti mismo”, “cultiva tu autoestima”, “céntrate en ti mismo”, “tú eres divino”, “tú eres Dios”, “todo lo puedes”, “todo está en ti”… El endiosamiento del ser humano es una constante en la cultura moderna, y adopta formas cada vez más atractivas y aparentemente lógicas. ¿Para qué esforzarse en amar a los demás o en ayudar a los otros en sus problemas? Todos somos parte de una misma realidad: cuídate de ti mismo y de tus cosas, y todo mejorará. La mejor manera de amar a los demás es empezar por ti mismo…
¿Es esto verdad? La realidad nos muestra que detrás de estos discursos hay enormes problemas de soledad, de identidad, de conflictos personales, de falta de vínculos e incapacidad para convivir o crear relaciones estables. Hay un enorme mercado que vende salud, bienestar personal y autoestima, pero a menudo lo único que consigue es quitar tiempo, dinero y energías de muchas personas, a cambio de una sensación ilusoria y efímera de paz.
El profeta Isaías nos propone otra cosa: dedícate a hacer felices a los demás y el sol saldrá en tu vida. Atiende a los pobres y te enriquecerás de alegría.  
Pablo, en la segunda lectura, desafía el discurso de la autorrealización personal. Reconoce sus limitaciones y atribuye todos sus logros al poder de Dios. Ni a su esfuerzo, ni a su elocuencia, sino al Espíritu Santo. Pero no tiene miedo a salir para anunciar a Cristo. De esta manera, cualquier éxito será únicamente obra de Dios, y él no tendrá motivo de vanagloria.
Jesús nos invita a ser sal y luz: a dar sabor a la vida, a dar claridad al mundo. ¿Cómo podemos ser sal y luz en medio de tanta tiniebla, tanto caos y tanta insipidez como nos rodea? Llenándonos de él. Saliendo al mundo, rompiendo nuestro confortable nido de egoísmo. Nosotros hemos de dar el paso, él nos dará la sabiduría y la luz. Como pequeñas candelas (las que encendimos el pasado día 2 de febrero en la fiesta de la Presentación del Señor), en nosotros se enciende el fuego del gran velón pascual, que es Jesús. No podemos compararnos a él, pero el fuego ¡es el mismo! En nosotros arde el mismo Espíritu Santo que llena a Jesús. Si nos entregamos, esa pequeña llama rasgará las tinieblas y ofrecerá calor y esperanza a un mundo tan falto de ella.

2023-01-27

Las bienaventuranzas - 4º Domingo Ordinario A

El evangelio del 4º Domingo del Tiempo Ordinario nos presenta uno de los pasajes más conocidos de las escrituras: las bienaventuranzas. ¿Qué significan estas afirmaciones aparentemente tan contradictorias? ¿Por qué Jesús bendice a los pobres, a los perseguidos, a los que lloran? Pero también a los compasivos y a los sedientos de justicia. La alusión a los antiguos profetas es clave. ¿Qué nos está diciendo Jesús? 

Lecturas: Sofonías 2, 3; 3, 12-13; Salmo 145; 1 Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12.

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¿Un mundo al revés?

Quien quiera ganar su vida, la perderá, y quien la pierda por mí y el evangelio, la ganará, dijo Jesús en una ocasión. Hoy podríamos decir: quien sólo se busca a sí mismo, se perderá; quien busque a Jesús lo encontrará, y también se encontrará a sí mismo, y su vida renacerá.

Jesús enseña a sus discípulos. Su pedagogía es muy clara: Jesús no engaña, no hace literatura ni publicidad para convencer a nadie. Explica muy claramente los riesgos y dificultades de seguirle, pero tampoco calla el resultado. Quien se arriesgue, ganará una felicidad y una plenitud que nada ni nadie en la tierra puede otorgar. Alguien dijo que las bienaventuranzas son «el mundo al revés». En realidad, son sabiduría de Dios, que a menudo choca con las tendencias de nuestro mundo.

El mundo es experto en vender, por eso los eslóganes de los gurús del bienestar nos atraen y nos seducen más que la crudeza del evangelio. Dios, en cambio, es experto en dar. No quiere vendernos nada ni encandilarnos, por eso a veces rechazamos su camino. Sabemos que al final hay una hermosa cumbre, ¡pero nos cuesta subir la pendiente!

Si tuviéramos que trasladar a lenguaje de hoy las bienaventuranzas del evangelio quizás podríamos oír algo así como…

El mundo dice: cree en ti mismo y sé autosuficiente, y no necesitarás a nadie para ser feliz. Jesús dice: feliz tú que reconoces con humildad quién eres y quién es Dios. Le llamarás en tu necesidad, y él estará a tu lado.

El mundo dice: esfuérzate, lucha por ser el mejor, compite por ser el primero, y tendrás éxito. Jesús dice: no quieras competir ni pisar a nadie, sé dócil y coopera, y todo el mundo será tu hogar.

El mundo dice: sé optimista. Piensa en positivo, rechaza el dolor. Jesús dice: quien ama no se librará de sufrir, pero no hay una sola lágrima derramada por amor que no sea recogida por Dios.

El mundo dice: ámate a ti mismo por encima de todo y no te pongas límites; tu deseo es la ley, toma lo que deseas. Jesús dice: felices cuando ansiéis la justicia y os preocupéis por los pobres y los desvalidos. Dios está con vosotros.

El mundo dice: que cada uno cargue con lo suyo; tú defiende tus intereses y persigue tus metas. Jesús te dice: sé solidario y ten compasión, y cuando necesites ayuda, otros te apoyarán.

El mundo dice: Dios no existe. Mira a tu alrededor, ¿dónde lo ves? Jesús te dice: aprende a escuchar en el silencio y descubrirás a Dios en medio del mundo.

El mundo dice: protégete del extranjero, marca territorio, pon barreras. Jesús dice: no construyas muros, sino puentes; no busques las diferencias, sino la unidad. 

¿Es el mundo al revés? No. Lo que Jesús propone no es locura ni imposible: es el mundo donde se gesta el reino de Dios. El mundo que todos, en el fondo del corazón, anhelamos y necesitamos tanto como el aire para respirar. Es el mundo «a modo de vida»: rescatado del mal y renacido. Un mundo que no se alcanza sin dolor, pero que trae en sí la semilla de una perenne y profunda alegría.

2023-01-20

Pescadores de hombres - 3r Domingo Ordinario A

Jesús va a Galilea y empieza a anunciar el reino de Dios. Junto al mar de Galilea, llama a sus primeros apóstoles, los pescadores Simón, Andrés, Santiago y Juan. Lecturas: Isaías 8, 23b-9, 3; Salmo 26; 1 corintios 1, 10-13, 17; Mateo 4, 12-23

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Convertíos porque se acerca el reino de Dios, predicaba Juan Bautista. Jesús retomó su predicación diciendo casi lo mismo: Convertíos, porque el reino de Dios está cerca. Pero Jesús ya no habla de un futuro. Esa cercanía es presencia inmediata, es proximidad, es vida entre los hombres. Podríamos decirlo, en palabras actuales: Cambiad de vida porque… ¡Dios está aquí! Dios está entre nosotros. Sabiéndolo, ¡nuestra vida no puede seguir siendo igual!

Isaías habla de una tierra en tinieblas, olvidada y castigada por los conquistadores de la historia. También nosotros a veces somos tierra devastada: nos sentimos herederos de un pasado penoso, golpeados por las circunstancias y a veces desamparados y muy solos. Pero Dios no se olvida de esa tierra marginada; tampoco se olvida de nosotros. La gran luz que surge para iluminarla es Jesús: él mismo, que viene a cambiarlo todo. Y viene justamente a quienes más abandonados se sienten. Solo basta con que nos abramos a recibir esa luz.

¿Querremos abrir las puertas del alma y recibir a este invitado que viene, con su fuego, a dar calor a nuestra existencia? ¿Nos atreveremos a dejarnos amar por Dios? Todos queremos luz, pero a veces nos da vértigo aceptar tanto amor. ¿Por qué? Por orgullo, por miedo, porque no queremos comprometernos a responder... Dios nos rescata. Está siempre ahí tendiéndonos la mano. El mundo es una riada desbordada, que nos arrastra y amenaza con ahogarnos. Él es el primer pescador de hombres que, en su barca, navega por las aguas turbulentas para salvarnos. ¿Nos dejaremos rescatar? Quizás este sea el primer gran cambio al que nos invita a Jesús. No tengamos miedo, abrámonos a su palabra. Porque, una vez Dios entra en nuestra vida, ¡todo lo renueva!

Y ¿qué ocurre con las personas que hemos sido rescatadas? Jesús dirá nuestro nombre y nos invitará: Venid conmigo y os haré rescatadores. Venid los que ya habéis sido salvados, y me ayudaréis a salvar a otros. Si fuéramos náufragos rescatados del mar embravecido, una vez repuestos y fortalecidos, ¿no sería una respuesta natural y generosa ayudar a salvar a otros? Los discípulos responden de inmediato. Dejan las redes —su trabajo, su ambiente, su lugar familiar, todo—y lo siguen. Sin dudas, sin demora, sin vacilar. Ante una llamada de Jesús, no cabe otra respuesta. A partir de entonces, la vida se convierte en una aventura llena de sorpresas, con ninguna certeza humana, pero con toda la seguridad divina. Estamos cooperando con Dios, él lleva las riendas, y con él no hay tinieblas ni derrota.

2023-01-13

Jesús el Cordero de Dios - 2º Domingo Ordinario A

Cuando Juan Bautista ve llegar a Jesús, reconoce en él al hijo de Dios y al mesías esperado. La expresión Cordero de Dios recoge la misión de Jesús y el sentido de su vida. ¿Cómo entenderla hoy? En este vídeo reflexionamos sobre ella y las implicaciones que tiene para la vida de los cristianos. Lecturas: Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1 Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34.

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Las tres lecturas de hoy nos hablan del profeta y el apóstol. ¿Quién es? Un enviado de Dios. Alguien que se ha sentido amado y llamado, alguien que ha experimentado su amor y es impulsado a comunicarlo. Alguien cuya vida ha sido transformada y quiere transmitir esa luz a los demás. El profeta y el apóstol no son gurús de una secta ni maestros para un grupo selecto de iniciados: si misión es llevar una buena noticia a todo el mundo, sin discriminar a nadie. Por eso Isaías habla de ser luz de las naciones y san Pablo dice que el pueblo santo de Dios es todo aquel que invoque el nombre de Jesucristo, allá donde sea. El pueblo de Dios no tiene fronteras ni está limitado por una cultura, una lengua o una nacionalidad.

El evangelio de hoy nos habla de un profeta, el último y el más grande, Juan Bautista. Juan pudo ver algo que sus predecesores no vieron: el mismo Hijo de Dios que otros anunciaban, él lo tuvo ante sus ojos. Lo que para Isaías y los profetas era una promesa del futuro para Juan se convierte en realidad presente. Dios ya no se hace esperar más y viene, en persona, a la tierra. Viene para estar con nosotros y, viviendo y muriendo con nosotros, enseñarnos a vivir de una manera nueva, resucitada, plena. Con él las puertas del cielo se abren y lo divino y lo humano, lo natural y lo sobrenatural, queda totalmente comunicado.

Pero ¿cómo viene este Hijo de Dios? Quizás el mundo esperaba un Salvador triunfante que llegara con majestad, con poder, con signos milagrosos indiscutibles. Un rey, un guerrero, un sacerdote, un hacedor de milagros. Y sí, Jesús es rey, es sacerdote, obra milagros y lucha sin descanso contra el mal. Pero no de la manera que podríamos imaginar. No a la manera humana, pomposa y tendiendo al espectáculo y a la vanidad. Jesús viene con la multitud de galileos, se pone a la cola para hacerse bautizar, aparece como un hombre más, humilde, dispuesto a servir y no a ser servido; obediente al Padre y no conquistador; pacífico y no destructor. ¿Cómo definirlo? Juan exclama: ¡Es el Cordero de Dios! Cordero: manso, víctima para poder alimentar a otros. Así se define Jesús. Él no viene a avasallar ni a impresionar a nadie. No viene a derrumbar imperios sino a conquistar almas, salvándolas con dos únicas armas: su amor y su palabra viva, liberadora y sanadora.

2023-01-07

El Bautismo de Cristo

En el río Jordán, Jesús recibe el bautismo de Juan y la unción del Espíritu Santo del Padre celestial. Allí toma conciencia plena de su filiación divina y da comienzo a su misión evangelizadora.

Lecturas del día: Isaías 42, 1-4. 6-7; Salmo 28; Hechos 10, 34-38; Mateo 3, 13-17.

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Consciente de ser Hijo de Dios

Cerramos ya el ciclo de Navidad con el Bautismo de Cristo, otra de las manifestaciones de Dios hecho hombre. Este momento marca el inicio del ministerio público de Jesús, siendo él plenamente consciente de su filiación con el Padre.

Los evangelios no relatan apenas nada de la infancia y la adolescencia de Jesús. Durante sus primeros treinta años de vida, vivió como un hebreo más, pero posiblemente fue un hombre con grandes inquietudes intelectuales, culturales y sociales. Algunos exegetas piensan que quizás viajó y conoció culturas diversas. Finalmente, llegada su adultez, Jesús decide no quedarse en Nazaret, con su familia, e iniciar su empresa evangelizadora.

El bautismo es el momento en que toma conciencia plena de su filiación divina y comprende que ha de empezar su misión. Ya se siente preparado y se lanza a iniciar un itinerario que no será fácil, en absoluto. Sufrirá un fuerte rechazo por parte de los poderes religiosos de su tiempo y por algunas fuerzas políticas. 

Llamado a revelar el corazón de Dios


Jesús no puede emprender su tarea apostólica sin una profunda convicción y coherencia con aquello que cree. Predica la buena nueva, la noticia del Dios amor. En la lectura de Isaías, cuando se habla del elegido del Señor, se define muy bien su labor ministerial: curar a los enfermos, devolver la vista a los ciegos, liberar de las tinieblas a los que viven en mazmorras. Este es el trabajo de Jesús: revelar un sentido totalmente nuevo de la vida a partir de la experiencia íntima que tiene con Dios. Tras el bautismo, ya está preparado para la gran batalla: empezar, con todas sus fuerzas, a descubrir las entrañas del corazón de Dios. Un Dios que para Jesús es un Dios Padre, un Dios cercano, que se aproxima a la realidad de los hombres y mujeres de su tiempo; un Dios que desea que el hombre encuentre el sentido de su existencia. 

La misión de los cristianos


¿Qué consecuencias podemos sacar del episodio del bautismo en el Jordán? Haciendo un salto analógico a la realidad que vivimos los creyentes del siglo XXI, en esta era digital, de la cultura tecnológica, los cristianos deberíamos ser muy conscientes de que también estamos aquí para culminar una misión. Estamos de paso hacia una realidad hermosísima que nos ultrapasa. Una primera consecuencia que podemos derivar de este evangelio es la experiencia de sentirnos hijos de Dios. Jesús vivió esa sintonía en plenitud: la escena del Jordán nos revela la relación paterno-filial entre Jesús como Hijo y Dios como Padre. Por tanto, la pregunta que cabe hacerse es: ¿Nos sentimos hijos de Dios?, ¿nos sentimos hijos del Padre? Desde nuestra condición de bautizados y confirmados, que participamos asiduamente en la eucaristía, ¿sentimos una comunión especial con Aquel que siempre nos amó, desde el momento en que nos formó? 

Una segunda pregunta que debiéramos hacernos es esta: ¿reconocemos a Dios como nuestro Padre? Y una tercera: ¿nos abrimos en nuestra experiencia cristiana al soplo del Espíritu Santo que reposa sobre Jesús y también sobre nosotros, como cristianos?

Jesús es la persona adulta que lleva a cabo el cometido de la redención del mundo. ¿Somos conscientes de nuestra misión apostólica?

Alcanzar la madurez cristiana


Este evangelio es una llamada a redescubrir nuestra identidad cristiana, y reforzar nuestra unión profunda con Cristo. Siendo la liturgia importante, así como la oración, es fundamental el compromiso de salir afuera y testimoniar, anunciar, encarnar, ese deseo de Dios para nuestras vidas. Si nos quedamos aquí, en nuestras comunidades y parroquias, estamos muy bien, pero es como si los hijos nunca salieran de sus casas.  Llega el momento en que los hijos han de crecer, madurar y salir de sus hogares para proyectarse, profesional, laboral e intelectualmente. Por tanto, también llega un momento en que los cristianos hemos de salir de nuestros orígenes familiares y culturales para convertirnos en cristianos adultos. Los niños reciben formación en la catequesis, pero los adultos hemos de dar un paso más allá. 

Ya no somos niños, adolescentes o personas pusilánimes, temerosas… ¿de qué? Los adultos se atreven, son valientes, responsables, maduros; asumen responsabilidades. Nosotros, como bautizados y cristianos, estamos llamados a tomar parte de ese gran trabajo misionero de la Iglesia. El evangelio que hemos leído refleja la toma de conciencia de Jesús de que ha de comenzar su vida pública. No puede quedarse en casa. Hoy vemos que muchos jóvenes, con treinta años cumplidos, aún viven en sus hogares paternos. Entendemos que no es sencillo para ellos independizarse, dadas las dificultades y el encarecimiento de las cosas, pero en la vida hay que arriesgarse. Y aún más si es por Dios. 

Hemos decidido configurar nuestra existencia en torno a la figura de Jesús de Nazaret. Hemos decidido que él sea la referencia de nuestra vida. Llenos de Dios, estamos llamados a contribuir, como Iglesia, al gran cometido de la expansión de la noticia del Reino de los Cielos.

Los cristianos en el mundo


Además de alimentarnos con la eucaristía y la formación, hemos de ser conscientes de nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Es verdad que el mundo no ayuda. En nuestra sociedad, lo vemos en los medios de comunicación y nos alertan los sociólogos, se da una progresiva frialdad y lejanía de los valores cristianos. Justamente por esto se hace más que nunca necesario recordar nuestras raíces cristianas, vivirlas y tomar una decisión.

En su encíclica Spe Salvi, “Salvados por la Esperanza”, Benedicto XVI nos recuerda esta misión. Los cristianos hemos de convertirnos en referentes de esperanza para un mundo totalmente caído. ¿Qué hacemos? Estamos aquí porque hemos decidido que Cristo invada nuestra vida. A partir de ahora, nos llama a ser co-partícipes de la redención. Todos estamos llamados a salvar almas. La gente está perdida, desorientada, confunde los dioses. Es muy necesario hacer una tarea pedagógica, instructiva, aclaratoria, sobre lo que significa ser cristiano y lo que conlleva esta actitud. 

Finalmente, podemos sentimos inseguros, o quizás dudamos de nuestras capacidades. Tal vez nos alegramos de sentirnos salvados, pero tememos ir más allá. ¿Qué podemos transmitir? La respuesta, sin embargo, es rotunda. ¿Por qué colaborar con Cristo en su tarea misionera? Porque también somos hijos amados de Dios. El Espíritu Santo también ha descendido sobre nosotros. Siempre que bautizo a un niño, pienso: “aquí tenemos a otro hijo amado de Dios”, otro niño predilecto. Todos nosotros somos hijos predilectos de Dios. Él nos ha amado primero, desde el mismo instante en que fuimos concebidos. Nos ha dado los dones más grandes, la vida natural y también otra vida, que es eterna. Qué menos podemos hacer que devolver con gratitud ese amor y sumarnos a su deseo de salvación para todo el mundo.

2022-12-30

Santa María Madre de Dios

Lecturas del día: Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21.

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Decía san Agustín que María, antes de concebir a Jesús en su vientre, ya había alojado a Dios en su corazón. ¡Madre de Dios! Es el título quizás más bello e impresionante de María. Madre de su mismo Creador, madre del Padre de todos. Madre, por tanto, de todas las criaturas y del universo entero. En su corazón estamos todos, y a todos nos llega su amor.

Las lecturas de hoy nos hablan de la paternidad de Dios: un Dios que, como padre amoroso, mira con ternura a sus hijos. Se repite esta expresión en el libro de los Números y en el salmo 66: Dios hace brillar su rostro sobre nosotros. Esa luz es la gracia que se derrama sobre María. Nadie más que ella llevó a Dios en su vientre, nadie ha sido inmaculado como ella, desde su concepción. Pero llevar a Dios en el corazón y quedar inmaculados por la sangre de Cristo que nos lava… ¡lo podemos ser todos!

Y a eso estamos llamados. María es nuestra maestra. Como ella, todos podemos guardar estas cosas, meditándolas en el corazón. ¿Qué cosas? No llenemos el corazón de frivolidades y basura. No lo llenemos de rencores, envidias y fantasías irreales. Llenémoslo de lo único que nos puede saciar, de lo que nos sana, nos da vida y nos llena de fuerza y alegría. Llenémoslo de Dios. Llenémoslo de sus enseñanzas, de su amor, de su paz. Llenémoslo de experiencias de donación, de generosidad, de entrega amorosa, de afecto. Así, preñados de Dios, como María, nuestra vida será fecunda y plena.

San Pablo nos recuerda que, gracias a Jesús, podemos llamar a Dios Abba, papá, y sentirnos hijos. No somos esclavos de un Dios tirano ni huérfanos de un universo sin Dios. Somos hijos amados de un padre tierno. De la misma manera, podríamos decir que tenemos una madre, María. ¿Por qué no llamarla a ella, cariñosamente, mamá? Santa Teresa de Lisieux decía que no podía imaginarse a la Virgen como una reina grandiosa, solemne, elevadísima, ante la que caer de rodillas. Más bien, decía, la imagino como una madre que hace crecer a sus hijos, que no los abruma ni los avasalla, que se pone a su nivel, con sencillez. Una madre tierna, cariñosa, discreta, que trabaja, reza y sostiene a su familia sin querer destacar ni subirse a un pedestal. Como tantas madres están haciendo en estos días de fiestas familiares: cocinan, compran, friegan, acogen, atienden… Dejan que los demás sean los protagonistas, cuando son ellas las que sostienen el hogar. Sin ellas quizás no habría verdadera fiesta. Ellas mantienen el fuego de todas las casas, la llama viva de todas las familias. Así es María: fuego en el hogar grande de la Iglesia, fuego en el hogar de cada familia. Tengámosla presente y aprendamos, como ella, a guardar todas esas cosas, las que de verdad importan, en el corazón.

2022-12-23

Día de Navidad - En él estaba la vida

El día de Navidad leemos el prólogo de san Juan, un grandioso himno sobre la Creación y la Encarnación de Dios.

La Navidad es la fiesta del nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre. Es una fiesta de la vida, de la luz, del renacer y de la esperanza. Es también una llamada a alcanzar la cima de nuestra existencia: ser auténticos hijos de Dios y sentirnos ungidos por su gracia y por su verdad.

Lecturas. Isaías 52, 7-10; Salmo 97; Hebreos 1, 1-6; Juan 1, 1-18.

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El otro día en catequesis expliqué a los niños que Dios, cuando vino al mundo, no quiso nacer como hijo de reyes, sabios o famosos. Tampoco nació en un palacio ni en una gran ciudad como Roma. Al contrario, nació en un establo, María y José eran muy humildes y el nacimiento del niño pasó desapercibido. Sólo se enteraron unos pocos pastores, sus vecinos y unos sabios despistados venidos de Oriente. ¿Por qué creéis que Dios eligió venir así?, pregunté a los niños. ¿No hubiera sido más lógico venir de otra manera, para que todos pudieran conocerlo y adorarlo con admiración?

Algunas niñas dieron respuestas reveladoras. Dios quiere ayudarnos, dijo una. A Dios le gusta la gente sencilla y pobre, contestó otra. Y una tercera dijo: Dios quiere que seamos como él, por eso él se hace como nosotros. ¡Creo que pocos teólogos podrían mejorar esta respuesta!

Sí, Dios se hace uno de nosotros, se humaniza porque quiere divinizarnos y compartir su reino con nosotros. La gran noticia no es sólo que Dios exista… ¡Es que Dios está de nuestra parte! Está realmente con nosotros, no solo por encima, ni en las honduras insondables, sino codo a codo, al lado, compartiendo nuestras alegrías y dolores, nuestras miserias y sueños. Con el nacimiento de Jesús se ha tendido un puente entre el cielo y la tierra, que ya nadie podrá derribar. La tierra, como dijo un poeta, está empapada de cielo. El mundo está envuelto en cielo, mecido en brazos de Dios igual que él lo estuvo en brazos de María, la mujer, la madre, la hija de la tierra.

Con toda la modestia de su nacimiento, Jesús no deja de ser la Luz, que es «la vida de los hombres». Con él empieza un cielo nuevo y una tierra nueva, rejuvenecida por el torrente de amor divino. Por eso con su nacimiento el cielo está de fiesta y los ángeles cantan. Nosotros, que somos ciudadanos del cielo, también estamos de fiesta hoy, porque las consecuencias de ese nacimiento duran hasta hoy y duraran hasta el final de los tiempos. Vivamos la Navidad con sobriedad y sencillez. Que el trajín de las fiestas no nos haga olvidar su sentido. Que sea de verdad una fiesta de encuentro, donde se hagan ciertas las palabras de Jesús: «donde estén dos o más reunidos en mi nombre, allí estoy yo». No olvidemos al primer invitado a estas fiestas. Abramos nuestro hogar a Jesús, que está a la puerta y llama.

2022-12-17

La criatura es del Espíritu Santo - 4º Domingo de Adviento

«Cuando José se despertó del sueño, hizo como el ángel le había indicado.»
Mateo 1, 18-24

Lecturas del día: Isaías 7, 10-14; Salmo 23, Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24.

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«La Virgen concebirá y dará a luz a un hijo, que será llamado Dios-con-
nosotros». El evangelio de hoy recoge una antigua profecía de Isaías.

El rey Acaz no osa pedir una señal a Dios, pero Dios se la ofrece. ¿Qué
señal es? Una joven dando a luz a un niño. Parece que de Dios
deberían esperarse señales sobrenaturales o espectaculares, signos
inequívocos de su grandeza y poder. Pero una virgen dando a luz...
¡Cada día nacen millones de niños en el mundo! ¿Qué hay de
extraordinario en ello? ¿Qué hay de prodigioso?

Cuando Dios se hace hombre, se encarna y es concebido en el vientre
de una madre, como cualquier niño. Y además lo hace en el seno de
una familia modesta, en un pueblo pequeño, en un rincón insignificante
del vasto Imperio Romano. Dios no viene al mundo al son de trompetas,
rodeado del lujo de un palacio o el prestigio de una familia real. Esto
nos dice mucho de la forma de actuar de Dios. No quiere avasallarnos
ni someternos con la evidencia de su poder. Dios actúa en la historia,
siempre. Pero lo hace con inmensa delicadeza y respeto, con
discreción, incluso en el silencio y en el secreto. No quiere forzar ni un
ápice nuestra libertad. Así es como Dios va trabajando, valiéndose de
medios naturales y humanos, del sí y la cooperación de personas como
María y José. Personas normales y corrientes como nosotros, llamados
a vivir una vida renovada desde la fe en Cristo, como dice San Pablo.

Tanto José como María supieron ver las cosas en profundidad.
Supieron leer lo sagrado oculto tras lo cotidiano. Supieron entender el
lenguaje de Dios, con palabras humanas y sentido divino. Detrás de la
concepción del niño comprendieron la obra del Espíritu Santo. José y
María son los primeros ciudadanos del reino de Dios, el mundo
resucitado, libre de culpas y males. Un mundo que está gestándose,
como el bebé en el vientre materno, llamado a vivir la plenitud de Dios.
Los grandes misterios no están aparte de la realidad llana y sencilla de
cada día. Más bien nuestra realidad es una parte de un gran misterio:
el plan de Dios para el universo y para nosotros. Un plan que comienza
con la creación y da un salto con la encarnación de Jesús. Lo hermoso
de este plan es que Dios, en todo momento, cuenta con nosotros.

2022-12-09

¿Eres tú el que ha de venir? - 3r Domingo de Adviento A

Juan Bautista, desde la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Por respuesta, Jesús les muestra lo que está haciendo: los ciegos ven, los cojos caminan... a los pobres se les anuncia el Reino de Dios. Su presencia todo lo cambia y todo lo renueva. ¿Hay mejor prueba de que él es quien tenía que venir? Lecturas: Isaías 35, 1-10; Salmo 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11

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La primera lectura de Isaías y el salmo 145 arrancan una sonrisa de nuestros labios y llenan nuestra mente de imágenes preciosas. Un desierto que florece tras años de sequedad, una tierra fértil, un pueblo que se regocija y vive en paz y abundancia. Dios es generoso y provee a sus criaturas: en el mundo hay lugar para todos, alimento para todos, espacio para que todos puedan crecer y ser felices. ¡Este es el deseo de Dios! Paz, salud, alegría son los signos de su reino.

Pero ¿qué vemos alrededor? Parece que el mal se ha adueñado del mundo. Vemos guerras, injusticias, pobreza y conflictos sin fin. La discordia se ha instalado en nuestros hogares, en el trabajo y en el vecindario. La mentira, la crítica y la intolerancia campan en la sociedad. Ni siquiera nuestras parroquias son inmunes a estos males. Podemos preguntarnos: ¿dónde está el reino de Dios?

Santiago en su carta nos dice: tened paciencia. El reino se está forjando. El reino está naciendo y sufre dolores de parto, como diría san Pablo. El reino lo está construyendo Dios y nosotros estamos participando en esta obra con nuestra actitud y nuestro quehacer, día a día. Más que cuestionar dónde está, deberíamos preguntarnos: ¿estoy yo trabajando por este reino? ¿Colaboro a construirlo o más bien lo estorbo? ¿Me quejo mucho y hago poco?

Juan Bautista, en la cárcel, sufría la noche oscura de la fe. Después de tantos esfuerzos anunciando al Mesías, ¿era Jesús realmente el que tenía que venir? Jesús responde a los discípulos de Juan: id y contadle lo que veis. Los cojos andan, los ciegos ven, el reino es anunciado a los pobres… No son metáforas: son realidades. Son las señales inequívocas de que el reino de Dios, realmente, ya está aquí, ya se está forjando, y Jesús es quien el pueblo esperaba: el Dios-con-nosotros que viene a ser compañero del hombre y trabaja codo a codo con él y por su bien. ¿Qué hacía Jesús? Anunciar, sanar, abrir las puertas del cielo a las almas hambrientas de pan, de justicia, de afecto, de Dios. ¿Y hoy? Todos los bautizados somos ciudadanos de ese reino en construcción. Juan Bautista lo anunció, nosotros ya formamos parte de él. Y todos estamos llamados a seguir la misión de Jesús, cada uno en su lugar, con los talentos que Dios nos da.

2022-12-03

Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego - 2º Domingo de Adviento A

Juan Bautista predica en el Jordán. Convertíos porque está cerca el reino de los cielos.
Lecturas: Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12.



El evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista con su fogosa predicación. Juan no dejaba indiferente a nadie. Su discurso gustaba, pero tampoco era cómodo. A quienes se bautizaban por curiosidad, o por quedar como santos, los increpa con dureza. ¿Hacéis esto por parecer buenos? Lo que importa es la conversión auténtica, el cambio de vida. No bastan las palabras y los gestos simbólicos, hay que abrirse al vendaval de Dios, que sacude nuestra alma y nos invita a dejar nuestros lastres y esclavitudes personales.

Preparad el camino al Señor. ¿Qué significa esto, para nosotros, hoy? Jesús ya vino, y Jesús está vivo hoy. Pero si no le abrimos nuestra casa —nuestra alma— estamos igual que aquellos judíos del siglo I que esperaban al Mesías y escuchaban perplejos a Juan Bautista. Preparar el camino significa estar atentos, velar, escuchar. Dios puede hablar y visitarnos de muchas maneras.

Yo os bautizo con agua. El agua es purificación y es vida. El bautismo de Juan es un paso importante en la preparación ante la venida del Señor. Implica un proceso de limpieza espiritual y compromiso con el bien, y es un acto de voluntad que requiere nuestro esfuerzo. Muchas personas centran su vida en la práctica virtuosa y la pureza interior. Buscan la perfección moral y se esfuerzan por mejorar y cambiar. ¿Qué descubren? Como san Pablo, se dan cuenta de que cambiar es dificilísimo y no basta con la voluntad. Uno nunca se cambia a sí mismo del todo, pese a la ascesis y la disciplina. Dios tampoco quiere que nos mutilemos ni nos deformemos espiritualmente. Nos hace falta algo más: el bautismo por Espíritu Santo y fuego. Si el agua es voluntad nuestra, el fuego es don y acción de Dios. Será él, derramando su amor, quien nos cambiará. No tendremos que forzarnos; él nos transformará desde adentro, con pasión y ternura, haciéndonos crecer y dando fruto. Nuestra hazaña no será alcanzar la perfección por mérito propio (esto despertaría nuestra vanidad, y nos alejaría de Dios), sino abrirnos a su amor y a su misericordia, los únicos que pueden cambiarnos y dar a nuestra vida un sentido nuevo y pleno.

2022-11-25

Velad porque no sabéis el día - 1 Domingo de Adviento

«Velad y estad preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del hombre.» Lecturas: Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Romanos 13, 11-14a; Mateo 24, 37-44.

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Iniciamos otro año litúrgico con este primer tiempo fuerte: el Adviento, las cuatro semanas antes de la Navidad. Las lecturas de hoy nos hablan de preparación. ¿Para qué? Para el inicio de un tiempo nuevo, el reinado de Dios. En medio de nuestros afanes cotidianos y viendo cómo está el mundo, sumido en crisis y guerras, podemos dudar y preguntarnos dónde está el reino de Dios. ¿Es una realidad o un mero símbolo? ¿Es un sueño, o algo futuro y utópico? La profecía de Isaías habla de una era de paz y concordia, donde las espadas se convertirán en arados, los países dejarán de enfrentarse y habrá justicia para todos. ¿Es posible? Parece que el mundo va al revés de estas profecías y que, cada año, empeora. La paz es un anhelo universal del ser humano, como leemos en el salmo. Es valorada sobre todo cuando carecemos de ella. Pero ¿cómo alcanzarla? ¿Cómo lograr que cada persona desee el bien al otro, sin excepción? ¿Cómo tener paz fuera si dentro de nosotros mismos a menudo ya hay una guerra interna?

Jesús es muy realista: no vende humo ni sueños. Conoce los males que afligen al mundo y no dice que vayan a acabar de un día a otro. Pero no deja que nos hundamos en la impotencia o el desespero. El reino de Dios no es un gobierno al estilo de los poderes del mundo. Está por encima de todo y al mismo tiempo en lo más profundo de la realidad: dentro de nosotros mismos. Somos nosotros, con nuestras obras diarias, quienes estamos preparando su venida. Ante los desastres del mundo cabe una actitud activa y despierta: Velad porque no sabéis el día que vendrá vuestro Señor, dice Jesús. Velar es vivir despierto, como en pleno día, dice San Pablo, con dignidad. Velar es espera activa, amar sin cansarse y devolver bien por mal. Velar es ser conscientes de que nuestra vida es una pequeña parte de una historia muy grande, la historia de amor de Dios con la humanidad. Nada de lo que hagamos se perderá: hasta el más sencillo gesto de caridad está contribuyendo a este reino que está más cerca de lo que podamos imaginar.

2022-11-18

Jesucristo Rey del Universo - 34 domingo

Jesús, clavado en la cruz: un Dios condenado, torturado y escarnecido. ¿Qué significa su realeza en estos momentos? Un solo hombre, el ladrón crucificado a su lado, descubre su identidad y le suplica piedad. Con esta lectura de Lucas cerramos el año litúrgico. Jesús se nos revela como rey, no por su dominio y su poder, sino por su extremo amor, hasta llegar a dar la vida. Lecturas: 2 Samuel 5, 1-3; Salmo 121; Colosenses 1, 12-20 y Lucas 23, 35-43.

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Entre la primera lectura y el evangelio de hoy vemos un dramático contraste. En la primera, las tribus de Israel van a ver a David, el héroe triunfante, se proclaman «hueso tuyo y carne tuya» y lo aclaman rey. Es un rey querido por sus gentes, que se sienten unidas a él en la victoria y en la bonanza.

En cambio, en el evangelio vemos a Jesús clavado en la cruz. Toda su misión parece haber acabado en una derrota. No sólo muere sangrando, abandonado de todos, sino que en la misma tortura es humillado y escarnecido, blanco de la mofa de quienes le rodean. En medio de esta escena cruel, las palabras del buen ladrón, crucificado a su lado, son impresionantes y asombrosas. ¿Cómo este hombre, condenado por sus crímenes, ha podido ver en Jesús a un verdadero rey, más allá de todos los reinados y poderes del mundo? ¿Cómo ha sabido ver, además de su bondad, su divinidad? Sin duda, esa lucidez fue un último regalo de Dios en su azarosa vida. En el trágico final, Dios le tiende una mano, le ofrece la reconciliación y él la acoge. Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesús, rostro de Dios, aunque cubierto de sangre y contraído por el dolor, hace un último gesto de realeza: Esta noche estarás conmigo en el paraíso. Con la magnanimidad del Padre, olvida todo pecado, borra toda culpa y le abre las puertas del cielo.

Los reyes humanos se encumbran; el rey divino se humilla y se abaja. Los reyes humanos se entronizan sobre las vidas de otros arrebatando oro, sudor y sangre. Jesús se entroniza en una cruz dando su vida, su sudor y su sangre por todos. Los reyes humanos quieren endiosarse. Dios, en cambio, se humaniza hasta el límite: el sufrimiento, la vergüenza y la muerte. No se libra de nada, apura hasta el final la copa del dolor y la maldad del mundo. Por eso, ante el misterio del mal que siempre nos acecha, no podemos decir que Dios sea indiferente: Dios lo ha sufrido, Dios lo conoce, Dios nos comprende cuando estamos enfermos, heridos, humillados. Sabe del miedo y la soledad, sabe del espantoso vacío que muchos experimentan ante una muerte cruel.

La muerte de Jesús —¡Dios se muere!— es un misterio que nos sobrepasa. Pero es así como Dios muestra el verdadero sentido de su realeza. Jesús muere porque lo da todo, y hay quienes temen y rechazan tanto amor. El concepto de rey en la Biblia no es el de un tirano, sino el de un pastor, un padre, un protector. Aunque luego los reyes humanos cayeran en los errores de todos los gobernantes del mundo. En el evangelio, ser rey es más aún: rey es el que da la vida por los demás. Rey es el que ha vivido en plenitud y trabaja para que esta plenitud llegue a los demás. Esto es el amor, y esta es la esencia de Dios. Jesús vino para que todos fuéramos reyes y reinas en este sentido: personas capaces de vivir plena y gozosamente, desplegando nuestra bondad y talentos. ¿Cómo es posible? Olvidándonos de nosotros mismos y entregándonos, como Jesús lo hizo. Él marca el camino. Como explica san Pablo, con su muerte Jesús reconcilia el cielo y la tierra, la vida y la muerte, el mundo herido por el mal con la plenitud del reino de Dios.

2022-11-11

33º Domingo Ordinario C - Mirad que nadie os engañe

Ante las desgracias y catástrofes que afligen el mundo, siempre han surgido movimientos apocalípticos que predicen el fin del mundo y asustan a las gentes para provocar un cambio de conducta. Jesús lo sabe y advierte a sus discípulos, y a los cristianos de todos los tiempos, a no dejarnos llevar por el pánico ni a renunciar a nuestra fe. Lecturas de la misa: Malaquías 3, 19-20; Salmo 97; 2 Tesalonicenses 3, 7-12; Lucas 21, 5-19.

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Las lecturas de hoy nos impresionan por su tinte apocalíptico. Todas ellas se dan en un contexto de sufrimiento y persecución. Cuando la vida corre peligro, ¿cómo mantener la esperanza? La profecía de Malaquías nos habla del juicio de Dios, un día ardiente en que los malvados perecerán como la paja y los justos brillarán como el Sol. Quizás este sea el deseo de muchas personas que sufren injustamente: ¡el mal no puede tener la última palabra! No es que Dios quiera destruir a nadie, pero serán las consecuencias de su mal obrar las que llevarán a la ruina a los injustos.

San Pablo avisa a los cristianos de Tesalónica. Corría la creencia de que el fin del mundo estaba próximo y, por tanto, algunos creían que no valía la pena esforzarse por trabajar ni preocuparse por la economía. Esto provocaba conflictos en la comunidad: había quienes vivían ociosos, ganduleando y metiéndose en las vidas ajenas. Pablo es rotundo. Mientras estemos en esta tierra hemos de trabajar y esforzarnos como el primer y el último día, con ganas y siendo solidarios con los demás. 

Jesús también recoge el temor social al fin del mundo. Es un miedo que nos resulta muy familiar: guerras, hambrunas, epidemias, cambio climático… Para muchos el fin es inminente, y no pocas corrientes religiosas e ideológicas fomentan este pánico colectivo. Hasta los grandes organismos internacionales se han sumado al discurso catastrofista, para persuadir a la ciudadanía. ¿Qué hacer? Jesús es realista y claro: no sabemos el día ni la hora, y quienes pretendan dar una fecha concreta son farsantes o iluminados, falsos profetas de los que conviene no fiarse. Hay que seguir viviendo, cada día su afán, y haciendo lo mejor que podamos, sin perdernos en fabulaciones sobre el futuro. Que no cunda el pánico. Es en el presente donde se da la salvación, día a día, con perseverancia.

El escrito de Lucas recoge una situación que vivieron las primeras comunidades cristianas: la persecución religiosa. Las palabras de Jesús, por un lado, son crudas. No oculta lo que les espera a los creyentes: sufrirán rechazo y represión, incluso serán traicionados y abandonados por familiares y amigos. Pero al mismo tiempo también da esperanza: para Dios no se pierde nadie, él está con sus fieles amigos hasta el final, protegiendo hasta el último de sus cabellos. Dios no nos ahorrará problemas, porque respeta tanto nuestra libertad como la de nuestros perseguidores. Pero sí nos garantiza una cosa: él estará a nuestro lado. Con él venceremos, aunque quizás de una manera diferente a como lo esperamos. La nuestra será la victoria de la cruz. Y todos sabemos que, después de la cruz y la noche llega el alba de la resurrección.

Jesús no es un gurú que nos halaga y nos da falsas esperanzas. No promete un éxito fácil. Pero sí nos promete algo que vale más que todo: su ayuda y su presencia. El Espíritu Santo nos inspirará nuestra defensa y jamás quedaremos abandonados. Esta convicción ha de darnos fuerzas para superar absolutamente todos los retos que se nos presenten cada día, ¡sin miedo! Con confianza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

2022-11-04

32º Domingo Ordinario C - Un Dios de vivos

En Jerusalén, Jesús mantiene discusiones con los saduceos, que niegan la resurrección. ¿Cómo les demuestra Jesús que Dios no es un Dios de muertos, y que la vida no se acaba en esta tierra? Lecturas de la misa: 2 Macabeos 7, 1-14; Salmo 16; 2 Tesalonicenses 2, 16 - 3, 5; Lucas 20, 27-38

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Aún tenemos reciente la celebración de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos y las lecturas de hoy vuelven a tocar este tema. La muerte, uno de los grandes misterios que nos acechan, nos hace pensar, y a menudo dudar y temer. Lo único que sabemos de la vida es que tiene un límite: empieza en un momento y termina en otro. Antes de ser engendrados, no existíamos, pero… ¿qué sucederá después? ¿Realmente hay otra vida? ¿Es el alma eterna e inmortal? ¿Resucitará nuestro cuerpo algún día? ¿O son todo fantasías y consuelos, aptos sólo para personas de mente simple y supersticiosa?

Hay un hecho, y es que desde los albores de la historia el ser humano ha intuido que el espíritu no puede morir, y tiene que haber algún tipo de vida más allá de la muerte. No hay una sola cultura que no contemple esta posibilidad. Un entierro digno, una creencia en un más allá, son signos distintivos de todas las civilizaciones. Pero la incredulidad también es algo antiguo. Pensar que todo se acaba aquí no es exclusivo materialismo ni del ateísmo moderno. Siempre ha habido escépticos. En tiempos de Jesús los saduceos no creían en la resurrección y se burlaban de estas creencias. Por eso ponen a prueba a Jesús con este ejemplo extremo. Una mujer que ha enviudado siete veces, ¿de quién será la esposa, en el más allá?

Jesús es rotundo en su respuesta. En primer lugar, la vida más allá de la muerte no es equiparable a nuestra vida mortal, finita y limitada. No existe la muerte ni las necesidades biológicas que nos afectan a todos, por tanto no tiene sentido procrear, pues todos seremos eternos. Las relaciones entre personas serán distintas. ¡No podemos imaginarlo! En segundo lugar, cuestionando la resurrección los saduceos están cuestionando al mismo Dios. Un Dios de Abraham, de Isaac, de Moisés…, de tantos que fallecieron hace tiempo, ¿puede seguir siendo su Dios, si están muertos? Dicho de otro modo: ¿qué clase de Dios es el que llama a la existencia a unas criaturas para luego permitir que sean aniquiladas por la muerte? ¿Qué sentido tiene crear para luego destruir? Si una madre desearía que sus hijos no murieran jamás… ¿no lo va a desear Dios, que es amor infinito? La conclusión lógica es que Dios no nos condena al exterminio. Dios es un Dios de vivos. Nos hace eternos. Terminará la vida mortal, en esta tierra. Nuestro cuerpo físico perecerá, pero la muerte no será un final definitivo, sino un paso. Será el umbral de otra vida que perdurará para siempre, de otro modo y en otra dimensión, que llamamos cielo.

Aún y así podríamos pensar que todo son conjeturas fruto del deseo… pero no es así. Jesús regresó de la muerte para contárnoslo. Sus apariciones después de resucitado transformaron radicalmente a sus discípulos. Ya no creemos porque nos gustaría: creemos porque Jesús vino, lo anunció y le creemos a él y a sus testimonios. ¿Qué sentido tendría inventar algo tan increíble y asombroso? A donde él fue iremos todos y viviremos para siempre. También nosotros tendremos, un día, un cuerpo glorioso y resucitado.

2022-10-28

31º Domingo Ordinario C - Zaqueo y su conversión

En Jericó, Jesús se encuentra con Zaqueo, un recaudador de impuestos. De inmediato lo saluda y le dice que se alojará en su casa. Zaqueo estaba ansiando este momento. El banquete con Jesús le cambia la vida y toma una decisión insólita. Jesús nos muestra su estilo: sin imposiciones ni dureza, en el marco de una comida festiva, mueve el corazón de un hombre rico en dinero, pero pobre de espíritu. Lecturas de la misa: Sabiduría 11, 22-12,2 - Salmo 144 - 2 Tesalonicenses 1,11-12 y Lucas 19,1-10

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Todas las lecturas de este domingo tienen algo en común: nos hablan de la bondad de Dios. Un Dios que ama tanto que todo lo hace existir, como nos dice el libro de la Sabiduría. Un Dios que es cariñoso con sus criaturas, sostiene a los que van a caer y endereza a los que se doblan, como dice el salmo 144. Un Dios que honra a quienes se esfuerzan por vivir en la fe y al modo que enseñó Jesús, como nos recuerda Pablo. Un Dios que llama, no sólo a los justos e intachables, sino también a los pecadores, despreciados por la sociedad. También a ellos los ama y quiere salvarlos. Como una madre que quiere a todos sus hijos, sin excepción, así ama Dios.

Es fácil hacer lecturas sentimentales del evangelio de Zaqueo. La distancia del relato nos hace emocionarnos: ¡un pecador arrepentido! Pero si trasladáramos este episodio al día de hoy… ¿Qué pensaríamos? Zaqueo podría ser un empresario explotador, un funcionario o un político corrupto. ¿Qué sentimos hacia estas personas cuando sabemos que han robado tanto dinero público, que pertenece a los ciudadanos? ¿Qué diríamos si Jesús viniera hoy y, en vez de visitar nuestra parroquia y alojarse con una comunidad cristiana fuera a comer y se hospedara en casa de uno de estos ricos corruptos que todos detestamos? ¡Seguro que no faltarían comentarios indignados! ¿Cómo puede Jesús comer con esta mala persona, con este ladrón, con este que se ha enriquecido a costa de los demás?

Y, sin embargo, Jesús va con el pecador al que todos detestan. Es uno de los gestos más impresionantes de la misericordia de Dios. ¡Dios es bueno, también con «los malos»! Lo más grande de este evangelio es lo que no se cuenta. ¿Qué paso durante esa comida en casa de Zaqueo? ¿De qué hablaron? ¿Qué sucedió para que Zaqueo decidiera devolver cuatro veces todo lo robado? ¿Por qué cambió su vida tan radicalmente?

Podemos imaginar… Es posible que Jesús fuera la primera persona, en mucho tiempo, que mirara a Zaqueo a los ojos y viera en él, no a un ladrón miserable ni a un rico explotador, sino a un ser humano. Quizás Jesús fue el primero en tratarlo como a una persona, con dignidad y respeto. Quizás fue el primero en ver su corazón, más allá de las etiquetas y las maledicencias de la gente. Y Zaqueo debió ver, en los ojos de Jesús, la mirada amorosa de Dios.

Sí, Dios ama todo cuanto ha creado y no quiere que nada ni nadie se pierda. Especialmente los pecadores. Por eso Jesús, como buen enviado del Padre, se acerca a ellos, tiene debilidad por ellos. Los acoge, los escucha, los mira con amor. Es más: se deja acoger y cuidar por ellos. Abrir la casa es más que abrir una puerta: es abrir el corazón y la vida. Zaqueo albergando a Jesús bajo su techo y ofreciéndole una comida es el hombre que ha decidido abrirse a Dios. Es el amor el que lavará sus culpas y reformará su vida: «Tú tienes compasión de todos, porque todos, Señor, te pertenecen y amas todo lo que tiene vida, porque en todos los seres está tu espíritu inmortal.»

2022-09-30

27º Domingo Ordinario C - Señor, auméntanos la fe

Los discípulos piden a Jesús que les aumente la fe. Él responde con una parábola, y a continuación les habla del servicio: cuando se trabaja por Dios, con total confianza, con humildad, se pueden lograr cosas grandes. La fe va de la mano del espíritu de servicio.



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Las lecturas de hoy nos hablan de la fe. ¡La fe! Virtud teologal, puntal de nuestra vida religiosa. ¿Cómo la entendemos y cómo la vivimos?

A menudo pensamos que la fe es creer que Dios existe. Pero eso es demasiado fácil. ¿Creemos que este Dios, además de existir, está cerca de nosotros? ¿Creemos que está vivo y que actúa en nuestra vida? ¿Creemos que es nuestro amigo, que nos ama y quiere nuestro máximo bien? A veces decimos creer en Dios pero nuestra actitud es de una terrible desconfianza. Actuamos como si fuera un juez castigador y le tenemos miedo; o bien decimos que nos envía pruebas, o que “permite” que nos sucedan desgracias, con lo cual lo estamos tachando de injusto o arbitrario. Otras veces nos afanamos y nos estresamos, queriendo controlarlo todo, sin dejar ni un poquito de margen a su gracia y a su ayuda. O nos angustiamos, olvidando que él está cerca. Y otras veces anteponemos nuestros planes a los suyos: planificamos sin contar con él y lo barremos de nuestra vida cuando no nos interesa pedirle favores.

Confiamos en amigos, en familiares, en nuestra pareja… ¿Y no sabemos confiar en Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto creer que él puede cambiar nuestra vida? ¿Por qué nos resistimos a creer que él puede sanarnos, convertirnos, regenerar tanto nuestro cuerpo como nuestra alma? ¿O es que, en el fondo, no queremos estar sanos ni queremos renovarnos?

Jesús no nos pide una fe enorme. Bastaría una fe pequeñita como un grano de mostaza para mover montañas. ¿Ni siquiera tenemos esos poquitos gramos de fe? ¿Qué nos sucede? La fe es un regalo de Dios, cierto. Si no tenemos, podemos pedírsela. De todas las peticiones que le hagamos, seguro que es una de las que más le alegran. ¿Cómo va a dejar de dárnosla?

Tener fe obra milagros. El mayor milagro no es mover montes, sino mover almas y enternecer corazones de piedra, convirtiéndolos en corazones de carne capaces de amar y de perdonar. Una conversión de vida es un milagro. Y cuando uno ve su vida transformada por la fe no puede menos que convertirse en anunciador de la buena noticia. A lo mejor nuestro problema es que no queremos. Porque sabemos que recibir tanto amor nos compromete, y no queremos responder amando y haciéndonos apóstoles.

Ser profeta no siempre es cómodo. Lo vemos en el escrito de la primera lectura, donde Habacuc se queja a Dios por la dureza de su cometido. Jesús en el evangelio también da una lección de humildad a todos los que trabajan por su reino. No creamos ser importantes porque tengamos una tarea pastoral, misionera o evangelizadora. Somos siervos, portadores de un tesoro que no es nuestro, sembradores de una luz que hemos recibido y que se apagará si no la damos a otros. La humildad del sirviente, que no se cree grande y trabaja con fervor, da alegría y ayuda a perseverar. No temamos: si estamos con Dios, él está con nosotros. Nos dará todo lo que necesitemos para trabajar en su mies. Y lo mejor: ¡se nos da él mismo! Trabajamos de sol a sol, pero su pan nos alimenta cada día. Cristo fortalece nuestro cuerpo y reafirma nuestra fe.