2013-05-31

Corpus Christi: el sacramento del amor


Corpus christi c from JoaquinIglesias


Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo


“Y, habiendo tomado los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los distribuyó a los discípulos, para que los sirvieran a la gente. Y comieron todos, y se saciaron, y de lo que sobró se sacaron doce canastos”
Lc 9, 11b-17

Cada eucaristía es una donación

La fiesta del Corpus Christi hace patente la donación de Jesús. Un cuerpo desgarrado y una sangre que se derrama expresan su total entrega por amor.

Esta entrega, consumada en la cruz, se produce cada vez que celebramos una eucaristía. Con el pan y el vino sacramentados, Jesús se entrega de nuevo a nosotros. Por eso, participar en la eucaristía, ese inmenso sacrificio de amor, nunca debería dejarnos indiferentes.  Nos ha de llevar a un compromiso de hecho. Eucaristía y vida han de ir de la mano: por nuestras obras verán que estamos unidos a Cristo.

Para el cristiano, el eje de su vida es la eucaristía, la permanente actualización del amor de Cristo. Cuando nuestra vida se convierta en una constante donación a los demás, estaremos viviendo el sentido auténtico de la eucaristía.

Dadles vosotros de comer

Hoy, el evangelio de la multiplicación de los panes y los peces nos trae las palabras de Jesús a sus discípulos, ante la muchedumbre hambrienta: “Dadles vosotros de comer”. Son palabras que no pierden su vigencia y apelan a nuestra solidaridad. En el mundo se dan grandes hambrunas que se podrían evitar. No son sólo un problema político, sino un reto social y moral. Somos dos mil millones de cristianos en el mundo. Con una fe convencida, podríamos detener, no sólo el hambre, sino muchos otros males.

Quizás nuestra acción es poco efectiva porque estamos desunidos. Uno de los deseos profundos de Jesús, manifestado repetidamente en el evangelio, es la unidad. Si trabajamos por la sintonía entre comunidades cristianas, seguramente podremos conseguir que muchas personas gocen de una vida más digna.

Necesitamos el alimento espiritual

Pero no sólo hay hambre de pan, sino hambre de afecto, de alegría, de paz, y también un hambre más vital y más hondo: el hambre espiritual. Cuántas personas están desnutridas, no sólo de alimento, sino de amor. Y muchas otras, como sucede en nuestras sociedades ricas, están mal alimentadas. El mal alimento provoca sobrepeso y enfermedades; así también ocurre en el plano espiritual. Las enfermedades sociales y tantos problemas psíquicos y emocionales que nos afectan, como la violencia, son fruto de esta mala nutrición espiritual.

Los niños, como bien sabemos, necesitan alimento, cuidados y protección para sobrevivir. Pero, para poder crecer sanos y armónicos, necesitan a diario bocados de amor y de besos. Se nutren del cariño que reciben de sus padres. También necesitan estar nutridos del pan de Dios. No basta con traerlos a catequesis para hacer la primera comunión. Después de esa primera vez, el niño necesita alimentarse cada semana, acudiendo a la eucaristía, para que crezca en él la fuerza espiritual que necesita. Y a menudo olvidamos que ese pan nos da la vida. Muchas personas acaban abandonando la fe porque dejan de comer ese pan y se debilitan.

Un regalo de Dios

La eucaristía no es un invento, sino un don que viene de Dios: “Hacedlo en memoria mía”, nos dice Jesús. Si él nos lo pide es porque se trata de algo muy importante y beneficioso para nosotros. Hemos de pasar de la obligación a la invitación. Él nos llama a hacer cielo aquí y ahora, y el pan que nos da es el alimento del cielo que nos hace gustar su reino en la tierra.

Incorporemos la misa a nuestra vida como algo fundamental. Ojalá participar en ella aumente nuestra devoción al Cristo eucarístico, siempre presente. Tomar a Cristo es tomar a Dios. Si descubriéramos el valor de la misa, dice santa Teresita, habría tanta afluencia de gente que los poderes públicos tendrían que regular la asistencia a los templos.

Después de recibir a Cristo y acogerlo, cada cristiano se convierte en una custodia viviente. Llevamos a Jesús dentro: dejemos que su amor se nos grabe hondamente en el corazón. 

2013-05-23

Dios es familia - La Trinidad


Fiesta de la Santísima Trinidad 

“Pero cuando él venga, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la verdad completa, pues no hablará de sí, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre, es mío”. Jn 16, 12-15 

La fiesta de hoy nos revela las entrañas del mismo Dios: un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre Creador La primera persona de Dios es el Creador. Nos regala la vida, el universo, se complace en la belleza de todo lo creado y vuelca todo su amor en su criatura predilecta, hecha a su imagen y semejanza: el ser humano. 

Dios Padre, esta figura de la paternidad de Dios, nos es revelado por Jesús. Su relación con Él es de hijo a padre, una relación de comunicación, de amistad, de confianza. Evoca donación, generosidad y amor. En definitiva, Jesús nos descubre a un Dios cercano y personal, que ama a su criatura. 

El Hijo, Palabra encarnada

Dios Hijo es el Verbo encarnado, Jesucristo. En Jesús el amor de Dios Padre se personifica, se hace humano y se manifiesta en medio de nosotros. Cristo ama como Dios ama. Esta es la gran novedad del Cristianismo: Dios no está alejado de la humanidad. Viene a habitar entre nosotros, hasta el punto de hacerse hombre con todas las consecuencias. 

Del Hijo hemos de aprender su vida, su opción por los pobres, su delicadeza con los enfermos, su capacidad de entrega, de dar hasta la vida por amor. 

El aliento sagrado de Dios

El Espíritu Santo es el aliento, la fuerza, el beso de Dios. Es el amor de Dios que se desparrama entre los hombres. Así como a Dios Padre podemos adivinarlo reflejado en la Creación, y a Cristo lo vemos a nuestro lado, como hermano, el Espíritu Santo lo llevamos dentro. Es un regalo que Dios nos da: somos templo de su Espíritu. 

El Espíritu Santo despierta nuestra conciencia de unidad. Él es quien nos infunde la fuerza para salir fuera de nosotros mismos, ir hacia los demás y construir comunidad, Iglesia, pueblo de Dios. Es el Espíritu de amor, de unidad, de amistad. 

Cultivar nuestra dimensión trinitaria 

El cristiano está llamado a ser trinitario en todos los aspectos de su vida, cultivando la devoción a la Trinidad, que es la esencia más sublime de Dios. 

¿Cómo ser trinitarios? Aprendamos a ser creadores, como Dios Padre. Podemos crear belleza a nuestro alrededor, podemos levantar pequeños universos de buenas relaciones. Aprendamos a ser constructores de bien. Los cristianos hemos de ser muy creativos. La persona que tiene a Dios dentro es bella porque ama, crea, se entrega, está llena de su Espíritu e inspirada por él. 

Seamos también como Cristo. Imitemos su vida. Nuestra mejor enseñanza son las bienaventuranzas, maneras directas de encarnar el amor de Dios en el mundo. Recorramos nuestras Galileas y anunciemos la buena noticia de Dios. Seamos buenos predicadores, curemos a los enfermos, aliviemos el dolor de los que sufren, hasta dar nuestra vida por aquello que creemos. Imitar a Cristo significa abrirse a la voluntad de Dios y configurar en ella nuestra vida. ¿Cómo imitar al Espíritu Santo? Siendo dulzura y bálsamo, y a la vez soplo potente, fuerza, empuje. Estamos llamados a ser fuego en medio del mundo, propagadores de la Verdad. Somos inspirados por el Espíritu Santo cuando trabajamos por la unión y por la paz. 

Dios es familia Dios no es un ser solitario ni aislado. La soledad es el primer mal, como señala el Génesis, cuando dice “No es bueno que el hombre esté solo”. Dios tampoco permanece en la soledad, sino que es una familia de tres personas estrechamente unidas: es relación y comunicación. Para el cristiano de hoy, el espacio de comunicación por excelencia es la Iglesia.

2013-05-17

Nace la Iglesia


«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente. […] En verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará».

Llamados a ser nuevos Cristos

Hoy celebramos que la Iglesia nació en Pentecostés. Pero también celebramos que el Espíritu Santo sigue vivo dentro de la Iglesia a lo largo de la historia.

Por tanto, litúrgicamente hablando, también nosotros, como cristianos y discípulos de Jesús, recibimos al mismo Espíritu Santo que recibieron los apóstoles.

Hemos leído relatos preciosos que reseñan el momento cumbre de los orígenes de la Iglesia. Pero, antes de recibir el don del Espíritu Santo, Jesús prepara a los suyos: les da la paz, dos veces seguidas. La paz ayudará a que el Espíritu pueda abrirse paso hasta sus corazones inquietos.

La Iglesia de hoy no se entendería sin los momentos cruciales que vivieron esos hombres y mujeres que no solo se abrieron a la Palabra de Dios, sino a su Espíritu. La recepción de sus dones implica una segunda adhesión y una segunda vocación. La primera fue seguir a Jesús, pero ahora Él sube al Padre. Esta segunda vocación es una llamada a ser Iglesia, pueblo de Dios, y está ligada intrínsecamente a la misión. La primera llamada fue a estar con Cristo; la segunda es a transformarse en nuevos Cristos en medio del mundo. No solo llevarán un mensaje sino que se convertirán en aquello que predican. Su vida y sus actos serán los mejores instrumentos de evangelización.

Eucaristía y misión

Recibir al Espíritu conlleva una gran responsabilidad. Podemos pensar que basta con cumplir el precepto y celebrar la eucaristía con fervor. En cambio, la expansión de nuestra experiencia, la misión, nos cuesta mucho más. Sentimos la necesidad, quizás por educación o cultura religiosa, de acudir a misa cada domingo. Pero estamos llamados, no solo a alimentarnos de Cristo, sino a dar lo que hemos recibido. La eucaristía no alcanza su pleno sentido si no trabajamos por expandir nuestra fe.

Afuera luchamos; dentro nos alimentamos. Eucaristía y misión van estrechamente unidas. Estamos llamados a dar fruto. No puede haber Iglesia sin vocación, y no hay vocación si no nos sentimos llamados y enviados. La llamada nos hace sentirnos parte de una familia, de un grupo con una misión.

Tampoco se entiende ser cristiano sin la dimensión comunitaria. La Iglesia no es solo la imagen de la jerarquía y las instituciones: es el pueblo de Dios, todo él recibe el Espíritu Santo y todo él está llamado a evangelizar. La Iglesia pervive porque en cada bautizado late la semilla de Dios y en cada uno de nosotros puede estallar un Pentecostés. Cada cual alberga una llama viva que puede crecer y expandirse. Por tanto, vocación, formación, liturgia y apostolado van íntimamente unidos.

El testimonio en la vida diaria

Hoy nos preocupamos porque la gente viene poco a misa. Quizás no hemos entendido bien que eucaristía y misión van de la mano. Cumplimos nuestros preceptos, pero no entusiasmamos con nuestra vida. La fe queda alejada de nuestra vida cotidiana. Y, cuanto menos hablamos de aquello que somos y creemos, más se debilita nuestra identidad. Los que venimos a celebrar la misa juntos hemos de sentirnos llenos del Espíritu Santo o, de lo contrario, la celebración se convertirá en un rito vacío y rutinario. El día que el Espíritu Santo arda con fuerza en nosotros la gente acudirá a las iglesias, porque él mismo iluminará a otros y los atraerá. Esto sucederá cuando respiremos el aliento de Dios y desprendamos su calor con cada gesto y acción de nuestra vida.


2013-05-09

Ascensión del Señor

Y yo voy a enviar sobre vosotros el que mi Padre os ha prometido, y vosotros permaneced en la ciudad, hasta que seáis revestidos de fortaleza de lo alto”. Después los condujo afuera, camino de Betania, y levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se fue separando de ellos y fue elevado al cielo. Y habiéndolo adorado, regresaron a Jerusalén, con gran júbilo, y estaban de continuo en el templo, bendiciendo a Dios. 
Lc 24, 46-53 

Comienza la misión de los apóstoles 

Con la subida de Jesús a los cielos culmina su misión. Pero comienza la de sus apóstoles. De la primera noticia de su partida en el discurso del adiós hasta su partida definitiva sus discípulos han ido recorriendo un proceso de total adhesión, ya no sólo al Jesús histórico, sino al Jesús resucitado. Pero la continuación de la misión de Cristo no sería posible sin haber recibido antes la fuerza de lo alto. Estaba escrito, dice el evangelio, que un día Jesús tenía moriría pero al tercer día resucitaría y se predicaría la conversión a todo el mundo. 

La misión de los discípulos tiene una doble vertiente: por un lado, el anuncio del resucitado. Cristo sigue viviendo en ellos. Por otro, la conversión total de los receptores del anuncio, que conllevará un cambio radical de vida. 

La experiencia mística, el detonante

Esta misión también es posible porque fueron testigos de la experiencia del resucitado. La vivencia mística les infundió el coraje necesario. Ellos conocieron al Jesús histórico, comieron con él, lo acompañaron en su singladura, lo vieron morir y lo enterraron. Y también conocieron, acompañaron y comieron con el Cristo resucitado y glorioso. Sólo desde aquí se entiende la fuerza arrolladora de los inicios de la misión apostólica. Jesús se convierte en un referente permanente para todos ellos, llegando, muchos, a dar la vida por él. Su impacto fue tan profundo que gracias a su entusiasmo la fe en el Resucitado ha llegado hasta nosotros. 

Avivar nuestra fe vacilante 

¿Qué hacemos nosotros, los nuevos apóstoles del siglo XXI? Hemos heredado de los primeros apóstoles la gran experiencia de Jesús vivo. Sin embargo, después de dos mil años, parece que el creyente de hoy ha perdido su alegría y su empuje. ¿Qué nos sucede a los cristianos de hoy? Hemos recibido una cultura religiosa, la hemos valorado en su momento, hemos creído en ella, pero quizás no hemos dejado que arraigue totalmente en nosotros. Esa exigencia que espoleaba a los primeros apóstoles los transformó. Quizás no estamos del todo convertidos y por eso se va apagando nuestra fe. Sólo si recuperamos el entusiasmo y el gozo de sentirnos amados por Dios podremos renovar las raíces de nuestra fe. 

A pesar de todo, el Espíritu Santo sigue actuando y seguimos recibiéndolo en cada eucaristía en la que participamos. Es el mismo Espíritu Santo que recibieron los apóstoles. Posiblemente desde instancias políticas e ideológicas se intenta barrer los valores cristianos. El culto al progreso, a la ciencia y a la tecnología nos puede despistar. Pero no podemos perder el norte ni los valores. Cada uno de nosotros está llamado a ser medio de comunicación de la gran noticia de un Dios que nos ama, que se ha encarnado y viene a nosotros. Nada ni nadie podrá ahogar la fuerza del Espíritu Santo. Sólo necesitamos intrepidez y osadía. Vale la pena hacerlo por Cristo.


 

2013-05-04

Quien me ama, escucha mi palabra


6º Domingo de Pascua
“Quien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a hacer morada en él”
Jn 14, 23-29

No se puede amar sin escuchar


Escuchar las palabras de Jesús es escuchar a Dios. Amarle es una consecuencia y a la vez demuestra la coherencia entre la palabra y la vida. Quien ama escucha, está atento, receptivo. Los cristianos hemos de estar abiertos a lo que Jesús nos puede decir. No podemos separar el amor de la escucha. Quien ama a Dios, es receptor de su palabra.

La palabra de Dios es de vida, nos transforma y nos ayuda a crecer. Sólo cuando uno ama y escucha, su corazón está preparado para la acogida, y Dios puede venir a hacer morada en él.

La misión de Jesús: llevarnos al Padre


No olvidemos que estas palabras de Jesús son pronunciadas poco antes de su muerte. Tienen una especial trascendencia: está a punto de reunirse con el Padre y anuncia a sus discípulos que en un futuro próximo volverá para habitar en ellos para siempre.

Jesús recuerda con frecuencia a sus discípulos que sus palabras no son suyas, sino del Padre. Él es un reflejo de la palabra de Dios y su misión es acercarnos al Padre. Como hermano mayor, nos lleva de la mano hasta la plenitud de su amor. Su intención es hacernos partícipes de esta unidad y comunión con Dios Padre.

La misión de la Iglesia es también ésta: conducirnos al Padre. No podemos llegar a Dios sin pasar por la Iglesia y sin tomar a Jesús –en el pan y el vino– pero tampoco podemos quedarnos en el cristocentrismo. Nuestra meta final es Dios Padre.

La paz que emana de Dios


“Mi paz os dejo… No os la doy como la da el mundo”, dice Jesús. La suya es una paz divina, trascendida. En nuestro mundo, muchos somos los que buscamos la paz, pero no siempre la hallamos, porque quizás nos falte ahondar en su misma raíz: el propio Jesús.

Jesús nos transmite una paz llena de amor, de misericordia y de reconciliación. No se trata de una paz social, ni de un pacto político o de una reivindicación. No hay paz sin justicia, y no hay verdadera justicia sin amor. Por tanto, sin amor no hay paz posible. El amor nos lleva a la paz y aún más allá: a la fiesta, al gozo. Esa paz emana de Dios.

Os enviaré un Defensor


Finalmente, Jesús promete a los suyos que jamás los dejará solos: les enviará un Defensor, el Espíritu Santo, el mejor compañero. El les recordará sus palabras, les infundirá valor y los mantendrá unidos. Los apóstoles, años más tarde, irán expandiendo el mensaje de Cristo e incluso dando su vida por la fe. El Espíritu Santo, el Defensor, les dará la fuerza y las palabras para defender su fe.

“Os he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo”, dice Jesús. Hoy, los cristianos seguimos recibiendo su palabra. Necesitamos escucharla para nutrirnos y seguir creyendo y dando testimonio vivo de nuestra fe.




2013-04-26

Amaos como yo os amo

«Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros». 


El mandamiento del amor 

Jesús se encuentra en las últimas horas antes de su muerte. Durante la cena pascual, en un momento de intimidad con los suyos, les manifiesta su profunda y estrecha relación con el Padre. Con su gesto supremo de donación, Padre e Hijo serán glorificados. La unión de Jesús y el Padre alcanza la máxima plenitud. En un tono emotivo y cálido, y con un fuerte sentido de paternidad hacia sus discípulos, Jesús les comunica que el tiempo de estar con ellos se acaba. Durante tres largos años conviviendo, acompañándole en sus viajes de misión, ellos han visto en Jesús el rostro amoroso de Dios. Han sido testigos de la bondad de su maestro, de sus milagros, de sus curaciones. Han palpado su identidad como hijo de Dios. En este contexto de despedida Jesús les hace herederos del núcleo de su mensaje: amaos como yo os he amado. Este mandamiento es también nuestra mayor herencia como cristianos: en el amor los demás han de ver que somos sus discípulos, que seguimos su estilo. Será la señal de autenticidad, de que realmente formamos parte de él. Y será en el «como yo os he amado» donde se halla la clave para saber cómo ama Dios. 

El amor de Jesús no tiene límites, es incondicional, da la vida por los suyos. Es un amor generoso, dulce, libre y sin prejuicios. Un amor lleno de misericordia, que implica aceptación del otro y de sus límites; un amor que nunca falla. 

Tal como yo os he amado

Podemos descubrir ese modo de amar de Jesús a lo largo de su ministerio público, especialmente en momentos álgidos, como en aquella ocasión, cuando dice: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os persiguen; bendecid a los que os calumnien, rezad por ellos». Podemos descubrirlo en el sollozo ante la muerte de su amigo Lázaro; en la parábola del buen pastor y la oveja perdida: el buen pastor da la vida por sus ovejas. También podemos verlo cuando dice: «El que quiera ser primero, sea el servidor de todos». Estas palabras se ven ilustradas en la última cena, con el gesto del lavatorio de los pies. El amor de Jesús es un amor consagrado, vocacional. En el mundo, es normal que la gente se quiera, pero Jesús no dice simplemente «amaos», sino, amaos «como yo lo hago». Ese amor, absolutamente generoso, exige compromiso. 

San Pablo lo expresa maravillosamente en su carta a los Corintios: el amor es servicial, no se enorgullece, no se enoja; perdona sin límites, aguanta sin límites, todo lo espera, nunca se cansa. Quizás hoy día se rompen tantas relaciones y mueren tantos amores porque carecen de esta fuerza y no están basados en un compromiso serio y mantenido. El amor que ejerce Jesús viene de Dios. Por eso nunca se cansa, siempre espera y es capaz de darlo todo por el que ama, hasta la vida. Nosotros también podemos ofrecer este amor si antes lo hemos bebido de la fuente de la oración, nuestro espacio de intimidad con Dios.


2013-04-20

Yo soy el buen pastor


«Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, el que no es pastor dueño de las ovejas, ve venir al lobo y las deja, y huye, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. […] Yo soy el buen pastor y conozco a las mías, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre».

La importancia de saber escuchar

Con imágenes alegóricas, Jesús instruye a las gentes. Las parábolas son un recurso pedagógico que utiliza con frecuencia para explicar los misterios del Reino. Más allá de la imagen bucólica, nos está diciendo que entre el pastor y la oveja, es decir, entre el sacerdote y su comunidad, tiene que haber una gran sintonía.

El pueblo de Dios ha de saber escuchar a los ministros responsables de sus comunidades. La actitud de escucha es necesaria para abrir el corazón a Dios y crecer espiritualmente. La escucha es un signo de humildad para descubrir, desde el silencio, lo que Dios quiere de nosotros. A veces, las prisas, el estrés o la soberbia nos incapacitan para la escucha. La humildad y la confianza en Dios son dos actitudes básicas del cristiano.

Escuchar implica estar abierto al otro y recibir como un don precioso aquello que nos comunica. Implica confianza, sinceridad y transparencia. Escucharemos a Dios en la medida en que dejemos que su palabra nos penetre y pase a convertirse en parte de nuestra vida.

Escuchar también significa adherirse a la persona. No consiste solo en prestar oído. Muchas personas vienen a misa y siguen la liturgia. Aparentemente están atentas. ¿Hasta qué punto su escucha las transforma y se convierte en un compromiso? Una escucha que no deriva hacia este compromiso es vacía y pasiva.

 Un diálogo recíproco

Si la oveja escucha la voz del pastor, el pastor ha de conocer bien a las ovejas. Qué importante es conocer a fondo sus inquietudes, sus sueños, sus necesidades, sus dudas, sus sufrimientos, sus alegrías… También los presbíteros han de saber escuchar a su comunidad para conocerla bien. El presbítero debe doctorarse en escucha. Solo así se puede producir un profundo y rico diálogo que nos prepara para seguir la llamada de Cristo.

«Ellas me escuchan, me siguen, y yo les doy la vida eterna», dice Jesús. La consecuencia de una escucha comprometida y de una sincera adhesión nos lleva a la plenitud, a un vivir, aquí y ahora, un anticipo del cielo, promesa de eternidad. En Jesús, Dios nos lo ha dado todo.

La Iglesia nos ha engendrado en la fe. Venimos de Dios, somos de Dios y vamos hacia Dios. Él nunca permitirá que nadie se pierda, porque todos somos fruto de su inmenso amor. Estamos en sus manos y no dejará que nadie nos arrebate de su lado. Somos hijos de Dios, destinados a vivir mecidos en los brazos de la Trinidad.



2013-04-12

El Cristo de la Alegría

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3 domingo pascua c from JoaquinIglesias


«Después de esto, se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades […] Dijo entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Así que lo oyó, Simón Pedro se ciñó la túnica y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra. […] Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas, y pan».

El trabajo que da fruto

Después de su resurrección, Jesús se aparece a sus amigos en diferentes ocasiones. Esta vez se les aparece junto al mar de Galilea, aquel lago tan conocido por los apóstoles. Se les presenta, no como el Jesús histórico que un día los llamó y los impulsó a seguirlo  sino como el Cristo resucitado que los llama de nuevo a una vida plena de Dios. Los llama a seguirlo como resucitados, como apóstoles maduros para continuar su obra salvadora. Es hermoso ver cómo se les aparece en medio de su trabajo. Han pasado toda la noche trajinando sin pescar nada. Al llegar Jesús echan las redes a su derecha y consiguen una pesca tan abundante que apenas cabe en las barcas.

Jesús se nos hace presente en el trabajo de cada día. ¡Cuántas veces nos desesperamos cuando trabajamos con ilusión y no cosechamos el fruto deseado! Entonces nos desanimamos. Así, hoy vemos poca gente en las iglesias. Los estudios sociológicos y nuestra propia experiencia nos muestran que la fe disminuye y nos invade el desánimo. Trabajamos mucho y con empeño, pero no siempre recogemos los frutos que querríamos recoger. Entonces es cuando debemos plantearnos seriamente: ¿Para quién trabajo? ¿Tiene un sentido trascendente lo que estoy haciendo? ¿Trabajo por amor a Dios? ¿Me entrego a mi tarea pastoral para incentivar y motivar a la gente a seguir a Dios?

Jesús nos invita a trabajar de otra manera. Echad la red hacia otro lado. Nos dice: replantead vuestro trabajo apostólico, vuestra fe, vuestra ilusión, vuestro entusiasmo... Revisad todo cuanto estáis haciendo porque, quizás, si tomáis un rumbo diferente, podéis conseguir más fruto.

Los apóstoles se fiaron de Jesús y capturaron buena pesca. Trabajando por Jesús, nuestro trabajo apostólico será fecundo. Por mucho que hagamos, si no tenemos la conciencia plena de que lo hacemos por Cristo, con Él y en Él, nos cansaremos ante el poco éxito de nuestros esfuerzos. Cuando somos capaces de hacerlo con Él y por Él, Jesús hace el milagro. Por tanto, nunca nos desalentemos. Mantengamos siempre viva la esperanza.

La pesca milagrosa nos muestra que con Cristo lo podemos todo, incluso más allá de lo imaginable. Él puede transformar nuestro egoísmo en una ofrenda permanente y constante.

Saber celebrar

Después del encuentro junto al mar, Jesús invita a almorzar a sus amigos. Son importantes la fe y la esperanza, pero también la caridad. Después de nuestro trabajo apostólico, ilusionado y esperanzado, necesitamos alimentarnos de Cristo, viviendo y celebrando la comunión con Él. Ese es el momento de dejarse llevar y de fiarse.

Las palabras de Juan, el joven discípulo, son hermosas. Cuando Juan reconoce a Jesús en la playa, exclama: «¡Es el Señor!». Aprendamos a ver a Dios en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. El Señor nos busca, nos sale al encuentro; reconozcamos que está presente en nuestra vida. Si lo sabemos encontrar, seguirá obrando el milagro de una pesca abundante.

Seguir al Cristo de la Alegría

Después de este almuerzo, Jesús se dirige a Pedro y le dice: «Cuando eras joven ibas donde querías»… Pero cuando seas mayor, cuando realmente conozcas a Cristo y descubras lo que es el amor a Dios, vas a tener que hacer cosas que no quieras. Y se refiere a su entrega, que le llevará a dar la vida por Jesús. Nuestra adhesión a Cristo implica entrega y también pasión.

Esperanza, eucaristía, entrega, pasión y luego... ¡sígueme! De nuevo Jesús llama a Pedro para que le siga. Pero ahora ya no debe seguirle como a un hombre corriente, sino como a Cristo viviente y resucitado. Nosotros, cristianos de hoy, ¿a quién seguimos? ¿Seguimos al Jesús de la Pasión que muere el Viernes Santo, o estamos siguiendo al Cristo vivo aquí y ahora? Tal vez aún vivimos el romanticismo de la piedad trágica, que reza al Cristo de la cruz. En el Cristo de la resurrección vive la plenitud de Dios, que está en Él. Estamos llamados a seguir al Cristo de la alegría, de la resurrección, del gozo. Este es el Cristo que vive y sigue presente aquí entre nosotros. No seguimos a un hombre bueno, ni nos limitamos a leer la bonita historia de un libro. Hemos seguido a Cristo hasta la cruz para dar nuestra vida, pero también seguimos a Cristo en la gloria.

Este es el nuevo enfoque que ha de tomar la pastoral. Nuestro Cristo vive. Si no lo creemos estaremos convirtiendo nuestra fe en un mero espectáculo. Él sigue presente en nuestros corazones, en la Iglesia, en los sacramentos. Nos hace partícipes de su vida divina: con el bautismo y la eucaristía ya hemos empezado a resucitar con él.

Así lo sintieron los apóstoles. Llenos de Dios, corrieron a comunicar a su gente y a todo el pueblo que Cristo había resucitado. Hoy, Cristo se nos aparece en la eucaristía. Sigue presente a través del pan. Continúa siendo historia a través de nosotros. Por lo tanto, ¿qué hemos de hacer? Llenarnos de Él, empaparnos, comer de Él y ofrecer lo que llevamos dentro: nuestra fe profunda, el amar por encima de los defectos y de los límites, ser capaces de perdonar, de reconciliarnos... Somos portadores de la auténtica Buena Noticia: Dios está vivo, aquí y ahora. 

2013-04-06

La paz y la misión

2º Domingo de Pascua - Ciclo C 


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«Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Luego dijo a Tomás: Alarga tu dedo y mira mis manos, tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío!». 

Derribar la muralla del miedo

Tras su muerte, los discípulos de Jesús se agrupan, temerosos, en el cenáculo. La noticia del sepulcro vacío ha añadido incerteza a su confusión. Con su aparición, Jesús debe atravesar mucho más que las paredes de la casa. Atraviesa las murallas del miedo, la desconfianza y la incredulidad. Sin ser un fantasma, su cuerpo glorioso traspasa los muros y se pone en medio de ellos. Jesús quiere que la noticia de su resurrección sea conocida por todos aquellos que le siguen. Así, su aparición en el cenáculo es uno de esos momentos compartidos por el grupo de los discípulos. «Paz a vosotros». 

La primera palabra que Jesús resucitado dirige a los suyos es esta: paz. Sabe que se sienten acorralados, solos, atemorizados, y sus corazones se cierran a la defensiva. Es importante que reciban la paz. Una paz que no es humana, sino divina. Es la paz trascendida. Jesús sabe que todavía debe atravesar otro muro: el del corazón, (quitar coma) desesperado y confuso. Por segunda vez les dice: «Paz a vosotros». Esta reiteración responde a la honda necesidad de los discípulos de recobrar la paz perdida tras la muerte de su Maestro. 

Tras la sorpresa, la aparición genera una inmensa alegría. Los discípulos vuelven a creer, la esperanza renace en ellos y su entusiasmo se despierta. Así se lo anuncian a Tomás: ¡Hemos visto al Señor! 

Tomás, el que no creía

Ante Tomás, todos insisten. Se convierten en apóstoles del discípulo ausente, comunicándole su experiencia, movidos por el gozo. Pero Tomás se niega a creer si no ve. Jesús tiene que derribar otro muro: la incredulidad. ¿Cómo abatirlo? Con la evidencia de las llagas. Cuando se aparece de nuevo a los once, se dirige a Tomás: «Trae aquí tu dedo, toca mis llagas; trae tu mano, métela en mi costado». 

Las llagas son ese testimonio que habla por sí solo de la experiencia de dolor y muerte. Una vez Tomás comprueba las marcas de la pasión, se convierte y hace su profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!». El sufrimiento también nos acerca a Dios. Las señales son una evidencia del amor de Dios. En Tomás se refleja la humanidad que sufre, no entiende y duda ante el mal y la violencia que sacuden al mundo. Pero la humanidad también puede regenerarse, como Tomás, con un acto de fe. 

El amor, más fuerte que la muerte 

El amor de Dios se revela como la fuerza más poderosa, capaz de vencer a la muerte. Jesús no ha eliminado el dolor y el sufrimiento del mundo. Los ha padecido en su propia carne. Pero los ha vencido. Ha sido el amor de Dios quien lo ha resucitado. Por amor, Dios vence a la muerte. «Él tiene las llaves de la muerte», leemos en el Apocalipsis. 

Con Cristo resucitado, la Iglesia entera está viva y resucita también. Los cristianos participamos de su resurrección. Hoy Cristo se nos aparece, sacramentado, en la liturgia. Y nos da la paz a todos los creyentes. 

La misión 

Una vez los discípulos reciben la paz, Jesús les da una misión. No solo les quita el miedo: les envía un poderoso antídoto contra el temor: el amor. La alegría, el entusiasmo y el valor los invaden. «Recibid el Espíritu Santo.» Ya maduros, adultos en la fe, llega el momento en que se abren totalmente a la fuerza de Dios y reciben un nuevo regalo. En el aliento sagrado de Dios, infundido en los discípulos, está el origen de la Iglesia. 

Jesús los envía a todas las gentes con una misión clara: «Id y anunciad el evangelio a todas las gentes, perdonando los pecados». Les encomienda ejercitar el ministerio del perdón, que no es otro que la liberación del pecado y la conversión de vida hacia una existencia reconciliada con Dios y con los demás. Desde este momento ya no son discípulos, sino apóstoles del Resucitado. Irán por todo el mundo para llevar la buena nueva. Está a punto de estallar Pentecostés. 

La experiencia de Pentecostés es una bomba cuya onda expansiva llega hasta nuestros días, y durará hasta el final de los siglos. La explosión del amor de Dios, semejante a un nuevo Big Bang, hace nacer una humanidad renovada en Cristo.

2013-03-30

Pascua de Resurrección


«El día primero de la semana, María Magdalena vino muy de madrugada, cuando aún era de noche, al monumento, y vio quitada la piedra del sepulcro. Corrió y vino a Simón Pedro y al otro discípulo a quien amaba Jesús, y le dijo: Han tomado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
[…] Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor, si le has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo le tomaré. Le dijo Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: ¡Rabbuní!, que quiere decir: ¡Maestro!».

Las mujeres, primeros apóstoles

Tras la muerte de Jesús, los discípulos quedan sumidos en la duda y en la desolación. Pero, en la madrugada del primer día de la semana, las mujeres que lo siguen van al sepulcro. Allí encuentran la tumba abierta y al ángel que les anuncia que su Maestro no está allí. Ha resucitado.

María Magdalena, la que fue rescatada por Cristo, es la primera a quien se aparece Jesús. Es significativo que el autor sagrado reseñe esta primera aparición a una mujer. En aquella época, la palabra de las mujeres no tenía crédito alguno ni era válida ante un juicio. Y, sin embargo, la fe cristiana descansa en el testimonio de unas mujeres valientes.

María Magdalena mantenía una pequeña luz en su interior, pese a la oscuridad que la invadía. Aún amaba. Y esa llamita creció hasta convertirse en el sol cuando Jesús le salió al camino.
Después de ese encuentro, María echa a correr para ir a buscar a los discípulos. Es así como se convierte en apóstol de los apóstoles. Ella es portavoz de la noticia más importante del Nuevo Testamento: una mujer es la que comunica a los varones la buena nueva de la resurrección.

La resurrección, pilar del Cristianismo

María asume la autoridad de Pedro en el grupo. Va a encontrarse con Pedro y con Juan, sabiendo que son los que gozan de mayor confianza con el Maestro. Ellos corren al sepulcro, se asoman y ven la tumba vacía. Como nos relata el evangelista, el discípulo amado «vio y creyó». Desde ese momento, sus vidas darán un vuelco.

El acontecimiento pascual marca el origen del Cristianismo. La fe cristiana se asienta en la resurrección de Jesús. «Vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado», recuerda san Pablo. La resurrección es el fundamento, la piedra angular, la roca granítica que soporta nuestra fe.
Gracias a Jesucristo, hoy podemos experimentar, ya aquí, en la tierra, una primera vivencia de resurrección. Podemos paladear la eternidad. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. A través del bautismo, todos morimos y resucitamos. El encuentro con Cristo vivo en cada celebración eucarística nos introduce en la vida de Dios. Y en la liturgia pascual celebramos esa Vida con mayúsculas. Somos partícipes de esa gran experiencia. La Pascua nos prepara para el definitivo encuentro con Jesús en el Paraíso.

Una experiencia que transforma

Está vivo. Es una afirmación rotunda que sale del corazón. No todo se acaba en la vulnerabilidad, en la limitación, en la levedad del ser. No todo finaliza con la muerte. Cada encuentro con Jesús es una resurrección.

Los cristianos hemos de ser cristianos pascuales. Vivir la experiencia de Cristo nos transforma el rostro, la mirada, el cuerpo… Toda la vida queda traspasada por esos destellos que inundan el corazón humano. La piedad popular insiste en una devoción del Viernes Santo, pero hoy, Domingo de Pascua, es el día más importante para el cristiano. Hoy las iglesias deberían rebosar. ¡No es un domingo cualquiera! En este domingo, todos somos testigos de la experiencia sublime de la resurrección.

No lo hemos visto, pero tenemos la certeza. Esta experiencia pasa por el corazón, no se puede medir ni evaluar científicamente. Fue esto lo que cambió el corazón de los discípulos. De ser hombres atemorizados y dubitativos pasaron a ser líderes entusiastas, que difundirían una nueva religión de alcance mundial. Esta es la grandeza de la Iglesia. Los primeros apóstoles eran hombres y mujeres como nosotros, gente corriente y limitada, pero que se abrieron al don de Dios.

Esta noticia no puede dejarnos indiferentes. Puede cambiar nuestra vida. Hemos de salir de esta celebración radiantes. El sol inunda la oscuridad del ser humano para transformar su vida.
Dios nos brinda su mayor regalo: una vida nueva, regenerada y lavada del pecado. La muerte da paso a la vida, la oscuridad se convierte en la luz; el odio se transforma en amor; de la noche pasamos a un cielo iluminado por el Sol de Cristo.

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2013-03-23

Domingo de Ramos


«Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí. […] A la hora sexta, las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona, se oscureció el sol y el velo del templo se rasgó por medio. Jesús, dando una gran voz, dijo: Padre, en tus manos entrego mi espíritu. Y diciendo esto, expiró. Al verlo, el centurión glorificó a Dios, diciendo: Verdaderamente, este era Hijo de Dios». Lc 22, 14 - 23, 56.

Jesús muere hoy


En el comienzo de la Semana Santa, la lectura de la Pasión nos sitúa ante la muerte de Jesucristo. Meditar en ella nos recuerda que Jesús sigue muriendo hoy. Hoy sigue habiendo Pasión en el mundo, especialmente en la vida de todos aquellos que sufren. Jesús muere en los niños abandonados, maltratados, hambrientos de amor. Muere en los adolescentes sin norte, en los jóvenes sin futuro. Muere en los adultos que deben recomenzar de nuevo, porque han perdido el trabajo o han sufrido un contratiempo en sus vidas. Muere en los ancianos solos y abandonados...

¿Quién no se apiada ante la imagen de Cristo en la cruz? ¿Quién será incapaz de compadecerse ante una persona que sufre? No conmoverse ante el rostro del dolor es vivir indiferente, a espaldas de los que padecen. No conmoverse ante la Pasión es cerrar el corazón y hundirse en la vaciedad.

En este mundo que rinde culto a la ciencia y a la tecnología, donde parece que lo tenemos todo, nos falta, sin embargo, algo muy profundo. El mundo sufre de una enorme falta de esperanza. El dinero, el bienestar y la ciencia no acaban de llenar el anhelo humano. El hombre y la mujer necesitan mirar las cosas desde arriba para poder dar sentido a su existir.


Aceptar el dolor con paz


Jesús clavado en la cruz es la máxima expresión del amor de Dios y de su entrega. Por amor, libremente, asume su muerte tan injusta. Esa libertad conlleva una aceptación serena y pacífica del dolor. La Pasión de Jesús contiene una enseñanza pedagógica: aprender a aceptar el sufrimiento. Jesús no muere en medio de la desesperación, su agonía no es rebelde ni agresiva. Se deja llevar, abraza su muerte y abraza el dolor. Se abandona en manos del Padre.

Cuando miramos al Crucificado, su rostro sangrante nos está enseñando cómo asumir el dolor cuando este nos sobreviene.

La cruz, señal de un nuevo comienzo


La cruz es la sombra de un amanecer. La muerte de Jesús presagia la vida nueva de Cristo. En ella late la semilla de la resurrección. En la Semana Santa, los cristianos no podemos permanecer en la tragedia del Viernes Santo. Este día ha de servir para reflexionar sobre el misterio del dolor en el mundo y sobre el sentido último de la muerte. Pero no deberíamos recrearnos en una espiritualidad triste y desesperada.

La muerte de Jesús no es un final trágico. El Calvario marca el inicio de una nueva experiencia. Cristo, trascendiendo el dolor y la muerte, comienza una nueva singladura.

El cristiano también ha de recorrer un catecumenado largo e intenso durante su vida, hasta alcanzar la madurez en la fe, en la esperanza y en la caridad. Ha de morir al hombre viejo para renacer al hombre nuevo. Esta es la auténtica muerte. Expiramos con Cristo en la cruz para poder renacer a una nueva vida de Dios.

Acompañar a Jesús


Jesús entra en Jerusalén como rey sencillo y pobre. No lo hace a lomos de un caballo, como un conquistador, sino a lomos de un borrico, humilde y pacífico. Y la multitud canta de alegría cuando lo ve llegar.

Así como los suyos lo seguían en su entrada triunfante en Jerusalén, hoy también nosotros lo seguimos agitando ramos y palmas. A lo largo de la Semana Santa, a través de las procesiones y celebraciones, los cristianos acompañaremos a Jesús. Estas fiestas no deben reducirse a rituales repetitivos, meramente estéticos. Hemos de interiorizar su contenido.

La procesión simboliza el seguimiento a Jesús. En los apóstoles se da un doble seguimiento. Está el seguimiento físico, es decir, caminar con él, por toda Palestina, viviendo con él, compartiendo con él las experiencias de cada día. Y hay otro seguimiento interior, el proceso personal que va desde la llamada hasta la adhesión, a medida que los discípulos descubren el misterio de Dios en la persona de Jesús.

Los cristianos estamos llamados a vivir este seguimiento interior. Vivamos la Semana Santa como una gran interpelación. En ella recordaremos los momentos cumbre de la vida de Jesús. Que cada cuadro plástico, cada paso procesional, cada lectura, nos lleve a revivir con hondura los acontecimientos de la Pasión.


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2013-03-15

La mujer adúltera


«Los escribas y fariseos le trajeron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley nos ordena Moisés apedrear a estas; tú, ¿qué dices? […] Como ellos insistieran, Jesús se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté libre de pecado, arroje la primera piedra».

Una situación comprometida

Jesús ve ya próxima su pasión y se retira al monte de los Olivos para orar. Necesita meditar sobre el sentido de su donación, que pasa inevitablemente por la muerte. Al amanecer, sereno y lleno de Dios, acude al templo para instruir a su pueblo. Es en este momento cuando los fariseos y los escribas aprovechan para traerle a una mujer sorprendida en adulterio. Quieren comprometerlo, haciendo referencia a la ley y la tradición judías. La dureza de los fariseos está lejos de entender la misericordia de Dios. Acusan a la mujer y quieren condenarla a morir. Jesús, compadecido de ella, responde con una táctica inteligente a la tendenciosa pregunta y les da una respuesta lapidaria: «Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra».
Llenos de odio y de rencor, los fariseos y los escribas reconocen, a regañadientes, que en ellos también hay pecado. Y se alejan, uno a uno. Los acusadores no soportan la franqueza de su oponente y lo dejan solo con la mujer. Entonces Jesús ejerce el ministerio del perdón. Tiene piedad de la mujer adúltera y la perdona. Con un talante dulce y exigente a la vez, le pide que no peque más. Es un fiel reflejo del corazón compasivo y ardiente de Dios, que nos invita a vivir llenos de su gracia y de su amor.

El legalismo religioso

En esta intensa lectura, Jesús se nos muestra como un hombre libre respecto a la ley. Por encima de la rigidez legal, antepone el bien de la persona. También hay en su respuesta una apelación a la coherencia. Muchas veces guardamos una extremada dureza en el cumplimiento de la ley, pero en cambio se nos escapan otras actitudes de delicadeza, comprensión y misericordia. La ley debe estar al servicio de la persona, este es el mensaje de Jesús.

Contra el machismo judío

El mundo semita marginaba a la mujer. En esa cultura, como en otras tantas, las mujeres sufrían las consecuencias de un menosprecio social. Muchas conductas que hoy consideramos moralmente reprobables eran permitidas a los varones, por el hecho de ser hombres y, en cambio, eran condenadas en la mujer. Jesús sale a favor de la mujer. En esta ocasión, la defiende porque está en una situación débil y vulnerable. Pero también la defiende porque para Él es digna y valiosa, igual que el hombre. Jesús rompe con esa tendencia machista y apuesta por el valor de lo femenino y la paridad en la dignidad de ambos sexos.

Otra concepción de la ley

La ley es el amor: esta es la gran revolución de Jesús. No hay ley que valga por encima de la dignidad de la persona. La ley no lo justifica todo. Este mensaje de Jesús es especialmente actual hoy, cuando la legislación se politiza para servir a diversas ideologías. Muchas veces se quieren justificar leyes y decisiones apelando a los sentimientos humanitarios, jugando con la buena fe de las gentes, para favorecer intereses ocultos de grupos de poder. Jesús, en la cruz, muestra la máxima expresión del amor y de la libertad, que la ley ha intentado aniquilar. Toda ley que trata de suprimir la vida de un ser humano no está fundamentada en valores religiosos. La vida es un valor supremo; si la ley no está al servicio de las personas y de su dignidad, se convierte en un instrumento de dominación.

El perdón, muestra del mayor amor

Una de las características que distingue a los cristianos es el perdón. Quien ama perdona sin límites, como recuerda san Pablo en su carta a los Corintios. «Porque mucho has amado, mucho se te perdona», son las palabras de Jesús a la mujer pecadora que le unge los pies.

A la mujer adúltera, que buscaba el amor tal vez de manera un tanto frívola y errada, Jesús le enseña el amor incondicional y verdadero. La mujer conoce la pureza del amor auténtico con el perdón de Jesús y queda restaurada. Libre de su condena, se siente amada y perdonada, a punto para empezar una nueva vida. El perdón regenera y da fuerzas para recomenzar.

Finalmente, Dios es el único libre de pecado y de culpa. Jesús, pudiendo condenar, no lo hace. La Iglesia, los cristianos, tampoco podemos juzgar ni condenar a nadie. Hemos de ser misericordiosos y comprensivos, como el mismo Dios. 


2013-03-09

El hijo pródigo


«Se acercaban a él todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos.
Jesús les propuso esta parábola, diciendo: ¿Quién habrá entre vosotros que, teniendo cien ovejas y habiendo perdido una de ellas, no deje las noventa y nueve y vaya en busca de la perdida hasta que la halle?».

Retrato del corazón de Dios

La narración del hijo pródigo es una de las más bellas del Nuevo Testamento. Con la figura del padre, Jesús revela las entrañas del corazón misericordioso de Dios para con su criatura.

El hijo pródigo lo tiene todo junto a su padre, pero este respeta con delicadeza su libertad, aunque sabe que su decisión los hará sufrir a los dos. La ruptura lo conmueve, pero deja marchar al muchacho libremente. Y, a partir de entonces, se asoma cada atardecer para divisar en lontananza si ve llegar a su hijo. Su corazón está volcado ante su posible regreso.

Por otra parte, el hijo, después de dilapidar su herencia, siente la necesidad de volver. Echa en falta el calor del padre. Lejos se encuentra solo y vacío, pensando en todo lo que ha perdido. Para el padre esta separación solo ha sido un paréntesis. Él espera con ansia la vuelta de su hijo.

El hijo vuelve porque, pese a su orgullo, tiene la certeza absoluta en su corazón de que el padre lo acogerá de nuevo. Por eso regresa convencido. Cuando ambos se abrazan, el dolor y el arrepentimiento del hijo se funden con la profunda alegría del padre. El abrazo acaba en una hermosa fiesta de reencuentro.

Una historia que se repite

Este relato es una historia que se repite en la humanidad cada vez que el hombre decide independizarse de Dios y alejarse de Él. El hijo pródigo es reflejo de aquellas personas que olvidan que todo cuanto tienen es don de Dios y deciden derrochar su existencia a espaldas de aquel que les ama sin medida.

Llega un momento, trágico, en que el ser humano se encuentra desnudo ante su soledad. Todos los bienes que ha disfrutado resultan efímeros y no sirven para alimentar su alma. Se siente vacío. Conoce su finitud y su miseria, y pasa hambre. Es una necesidad no solo física, sino de afecto, de sentido, de esperanza. Quizás una de las hambres más terribles que puede padecer la persona es no tener un motivo para vivir y luchar cada día, una razón para levantarse, respirar y agradecer su existencia.

Entonces llega la añoranza de la calidez perdida. Movido por la sed, el corazón humano puede cambiar su rumbo y regresar a la fuente de la vida. No todas las personas dan este paso, sino aquellas que saben sincerarse consigo mismas, abrirse y pedir ayuda. La confianza en la bondad del Padre da la fuerza necesaria para volver. Es misión de la Iglesia ser fiel reflejo de la misericordia de Dios. Los cristianos hemos de brindar respeto, tacto y comprensión. De lo contrario, los alejados de Dios nunca sentirán la confianza necesaria para acercarse.

La lógica del perdón

Pero, en estas ocasiones, la bondad y la misericordia no siempre son entendidas. Así, vemos como el hermano mayor siente celos y se enfada con su padre por lo que ha hecho con su hermano menor. De nuevo se produce un alejamiento y una ruptura. El que no se había ido, en realidad está lejos del corazón del padre. Y este vuelve a sentir otro dolor: el de su hijo mayor, que también lo tiene todo, pero no entiende su amor compasivo. A pesar de todo, el padre quiere continuar la fiesta. Porque su hijo perdido estaba lejos y ha vuelto; lo daban por muerto y lo han recobrado vivo.

Los cristianos vivimos en una comunidad, cobijados en el regazo de Dios. Pero muchas veces tampoco entendemos la lógica de su amor y de su perdón. Como el hermano mayor, nos creemos privilegiados por ser obedientes y cumplidores con nuestro deber, y nos erigimos en jueces de los demás, a quienes condenamos sin miramientos. Hemos de entender que uno de los rasgos característicos del cristiano es el perdón. Sin reconciliación no puede haber fiesta ni eucaristía. El perdón, que no lleva cuentas de los agravios, que es inmensamente olvidadizo, es una de las claves del amor de Dios al ser humano.

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2013-03-01

La higuera sin fruto


«Y dijo esta parábola: Tenía uno plantada una higuera en su viña y vino en busca del fruto y no lo halló. Dijo entonces al viñador: Van ya tres años que vengo en busca del fruto de esta higuera y no lo hallo; córtala, ¿por qué ha de ocupar tierra en balde? El viñador le respondió: Señor, déjala aún por este año que la cave y la abone, a ver si da fruto para el año que viene… si no, la cortarás». 

La conversión, un giro

Uno de los núcleos del mensaje de Jesús es la llamada a la conversión. Convertirse es dar un giro hacia Dios, dejar de lado la parte frívola y egoísta de la vida para volverse hacia el amor.

¿De qué convertirnos? Para la conversión es necesario un proceso gradual de cambio de actitudes muy arraigadas en nuestra forma de ser. Podemos empezar a convertirnos de muchas cosas que, aunque parezcan pequeñas, no dejan de tener una importancia trascendental.

Cuántas veces nos cuesta sonreír cuando el día amanece gris en nuestro universo interior. La conversión pasa por sonreír. Cuántas veces somos duros y fríos con los demás. Convertirse significa ser cálidos y amables. A menudo, a causa del estrés y nuestro ritmo acelerado, no nos damos cuenta de lo importante que es estar sereno, ir al ritmo de Dios. Otro aspecto a transformar puede ser la mezquindad, que nos lleva a empobrecernos. Ser generosos y espléndidos es un paso más hacia la conversión.

A veces nos sucede que, por el hecho de ser creyentes o practicantes, nos creemos mejores que los demás. Hemos de ser más humildes y reconocer que no lo somos. También estamos necesitados del perdón y de la misericordia. Solemos señalar, juzgar y criticar a otras personas, pensando estar por encima de ellos. Jesús nos advierte, como hizo con los judíos: si no abrís vuestro corazón a Dios, también pereceréis.

La eterna paciencia de Dios

Con la parábola de la higuera, Jesús nos está hablando de un Dios eternamente paciente e indulgente. El cristiano está llamado a dar fruto, como la higuera plantada en la viña. Pero si no se alimenta de la palabra de Dios y no bebe de la oración, se secará por dentro y no fructificará. Es muy humano, ante la esterilidad y la inutilidad de nuestros esfuerzos, cansarse y tener la tentación de abandonar, o dejar la conversión como algo imposible. La reacción más fácil es pensar: ¿para qué esperar? Cortemos la higuera y echemos la leña al fuego.

Sin embargo, el viñador pide al amo que no la corte y la deje un año más. Él la cavará y la abonará para que dé fruto.

Dios sabe esperar nuestra conversión con infinita paciencia. Cada Cuaresma es ese tiempo de gracia que pide el viñador ―Jesús― para aguardar un año más, luchando para que el corazón humano se convierta.
Las comunidades cristianas estamos llamadas a ser fructíferas. No cansemos a Dios ni agotemos su paciencia. Jesús, con su palabra, su cuerpo y su sangre, nos alimenta y riega nuestro corazón en cada eucaristía. Si sabemos abrirlo a su amor, habremos iniciado el camino de conversión y, llegado el momento, daremos fruto.

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2013-02-22

La Transfiguración en el Tabor


2º Domingo de Cuaresma
“Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y resplandeciente, y he aquí que dos varones hablaban con él: Moisés y Elías…
Al separarse éstos, dijo Pedro a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas…”
Lc 9, 28-36

La oración, una experiencia de Tabor

Con este episodio, Jesús nos aparta del bullicio y del ruido, como hizo con sus discípulos, para llevarnos a un lugar tranquilo a rezar. La oración es consubstancial al cristiano. Para crecer en nuestra relación con Dios es preciso que se dé un diálogo continuo y profundo con él.

Orar equivale a subir a la montaña y contemplar la realidad con perspectiva más amplia y una mirada trascendente. Para escuchar a Dios necesitamos ese distanciamiento y dos cosas imprescindibles: espacio y el clima adecuado. Es decir: soledad y silencio. Sin estos dos aspectos será muy difícil establecer una comunicación afectiva con él. La liturgia de hoy nos invita a buscar un tiempo de retiro y a vivir la experiencia del Tabor, una experiencia de intimidad con Dios.

Jesús culmina las antiguas promesas

Pedro, Santiago y Juan ven a dos personajes del Antiguo Testamento junto a Jesús. Son Moisés y Elías. Uno representa la Ley, el otro la tradición profética. Jesús, en medio, simboliza la culminación de las expectativas del pueblo judío. En él se da la plenitud de la Ley y los profetas.

La manifestación de esta gloria tiene, sin embargo, una doble cara. Junto a la plenitud, encontramos la cruz. Gloria y cruz son dos manifestaciones del esplendor de Jesús. No se entendería el Tabor sin la cruz, ni tampoco la cruz sin el Tabor. De la muerte de Jesús sale también el esplendor del Hijo de Dios, entregado por amor.

Realismo cristiano

Pedro se siente tan a gusto que le propone a Jesús plantar tres tiendas y quedarse allí. Es muy humano. Todos queremos eternizar los momentos de interioridad, de gozo. ¡Qué bien estamos con Dios! No quisiéramos bajar nunca del Tabor de la comunión. Pero hemos de descender.

El Tabor sin la misión quedaría empobrecido. Dios nos llama a trabajar en el mundo para construir otros Tabores, espacios de cielo donde las personas puedan experimentar la plenitud. La Eucaristía es un Tabor, un momento teofánico en el que la presencia de Cristo se hace real, a través del pan y el vino.

La fuerza que adquirimos alimentados en la eucaristía nos da alas para descender al mundo y entregarnos a la tarea de difundir el reino de Dios. Por ello la vida del cristiano no se limita a los consuelos y gozos de la oración y las celebraciones, sino que también comprende esa batalla diaria, esa cruz que cada cual carga sobre sí. Cada persona tiene su Jerusalén particular al que dirigirse. Pero no nos desanimemos. No estamos solos en este camino. Jesús ya llevó la cruz por nosotros y sigue llevándola, a nuestro lado. Si contamos con su ayuda, su fuerza nunca nos faltará.

“Escuchadle”

Finalmente, de la nube del cielo sale una voz potente: “Este es mi hijo, el elegido, escuchadle”. Encontramos una gran similitud con el episodio del bautismo de Cristo en el Jordán. Aquí hay que remarcar que Dios llama a Jesús su escogido. Él lo ha elegido para culminar su deseo y Jesús, fiel al designio del Padre, marchará hacia Jerusalén para completar su misión.

El cristiano ha de tener el corazón y el oído receptivos para escuchar al Hijo de Dios. Él siempre tendrá palabras de vida, de plenitud, de aliento, que darán sentido a nuestra existencia y nos llevarán a vivir experiencias de Tabor, acercándonos cada vez más al cielo. Si sabemos encontrar esos espacios de silencio, a solas, podremos escuchar su voz. Nos sentiremos elegidos y especialmente amados. Y, posteriormente, también seremos llamados y enviados, como el mismo Jesús.

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2013-02-13

Cinco propuestas para vivir la Cuaresma

Hoy, Miércoles de Ceniza, os propongo cinco gestos para vivir a fondo la Cuaresma. Para avanzar en la presentación, pulsad las flechitas de abajo.

2013-02-08

Una pesca milagrosa


5º Domingo Tiempo Ordinario

“Así que cesó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando y no hemos pescado nada, mas porque lo dices tú echaré las redes. Haciéndolo, capturaron tal cantidad de peces que las redes se rompían…”
Lc 5, 1-11

El milagro de saber cambiar

Jesús se convierte en un gran comunicador de la palabra de Dios. No sólo porque es un buen retórico, sino porque tiene muy clara su misión: hacer llegar a todos la buena noticia del amor de Dios y su deseo de felicidad para todo hombre. La gente se agolpa a su alrededor porque necesita que palabras que iluminen sus vidas. Jesús, enérgico y firme, cala en lo más hondo de esos corazones que buscan un sentido religioso a su existencia.

Después de dedicar horas a la predicación, Jesús entra en acción. Devuelve la esperanza a unos pescadores que faenan en la oscuridad sin obtener nada. La crudeza del frío, bregando sin descanso y sin obtener fruto, desanima a Simón y a sus compañeros. Jesús los alienta y les pide que remen mar adentro y vuelvan a echar las redes. Simón, fiándose de sus palabras, deja a un lado su desazón y lanza las redes de nuevo. Ese acto de fe provoca el milagro. Pescan tantos peces que las redes casi revientan. Pero el verdadero milagro es que Simón, a pesar del cansancio y del abatimiento, vuelve a lanzar las redes y se fía de la palabra de Dios.
Aquella dura noche se convierte en un amanecer cálido, su acción estéril se transforma en un fecundo trabajo, su desaliento en esperanza y alegría. Y, sobre todo, su apatía se torna fe renovada. Simón cambia de rumbo, obedece las palabras de Jesús y obtiene una pesca milagrosa.

Sacar fuerzas de donde no las hay, con una sincera oración, puede producir milagros. Llenar nuestra vida de esperanza y amor la hará fecunda, cargada de frutos y de inmensos dones de caridad.

Las tres misiones de Jesús

En esta lectura vemos que Jesús tiene muy claras tres misiones. La primera es instruir. Jesús dedica largas horas a predicar. Sentado en la barca de Pedro, enseña a las gentes, consciente de su vocación de anunciar la palabra de Dios.

Su segunda misión es curar y transformar. Acompaña a la palabra su capacidad para obrar milagros. Estos prodigios respaldan su predicación. El milagro no sólo debe entenderse como un hecho sobrenatural, sino como el poder de llegar a tocar el corazón de la gente, moviendo su libertad, despertando su capacidad de amar.

Finalmente, la tercera misión de Jesús es la llamada. Sabe que para llevar a cabo su obra necesita discípulos, hombres liberados que se entreguen al servicio del evangelio y cooperen en su misión. Por eso Jesús llama a sus apóstoles. A la llamada siempre le precede una actitud humilde. Pedro así lo hace: reconoce, cayendo de rodillas, su pequeñez y sus muchas faltas. La sencillez de Pedro es clave. Le pide a Jesús que se aparte de él, porque es un pecador. Pero Jesús hará todo lo contrario. Sin negar sus limitaciones, lo llama a estar con él.

Dos actos de confianza

Pedro responde porque se fía de Jesús. Su primer acto de confianza es remar mar adentro y echar las redes de nuevo, contra toda esperanza. El segundo se da cuando escucha su llamada y lo sigue. Jesús no necesita pedirle que renuncie a todo por él; ya sabe que Pedro se ha dado cuenta de que lo más grande que puede alcanzar es estar a su lado y aprender de su maestro.

Pedro, valiente, fiándose de él, sigue a Jesús. Su vida cambia de rumbo. A partir de ahora se adentrará en las aguas turbulentas del mal para rescatar a las gentes que se ahogan. Esta será su vocación: deja sus redes de pescador para iniciar un ministerio de libertad.

Todos los cristianos recibimos esa llamada, en algún momento de nuestra vida. Cuando abrimos nuestro corazón y confiamos en Dios, poco a poco vamos descubriendo nuestra vocación de colaboradores suyos y tendremos el valor necesario para embarcarnos en la aventura de ser rescatadores de almas.


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