2018-03-22

Obediente hasta la muerte

Domingo de Ramos - B

Isaías 50, 4-7
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Marcos 15, 1-39

La lectura de San Pablo, hoy Domingo de Ramos, resume con pocas frases, pero muy hondas, todo el sentido de la vida de Cristo.

Nos habla de su pasión, de su muerte, pero también del último capítulo de su vida, que no está teñido de oscuridad, sino que es luminoso y nos abre una puerta al infinito.

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios». Cuántas personas quieren ensalzarse, ser grandes, divinizarse. Hoy, incluso, muchas tendencias filosóficas o espirituales insisten en hacernos creer que somos divinos, quizás para subir nuestra autoestima. Resulta que Dios actúa de manera muy distinta. El Altísimo se abaja, se humaniza por completo, no se vale de su poder. Antes de poderoso, como decía el papa Francisco, Dios es todo-amoroso, y si asume su humanidad, lo hace a todas, sin concesiones. Hasta la muerte. Jesús no fue un superhombre ni un espíritu disfrazado: fue plenamente humano.

«…tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.» Aquí hemos de entender la palabra esclavo como servidor, no como alguien privado de libertad. Jesús fue profundamente libre, ¿qué valor tendría la entrega o la obediencia forzada de un esclavo? Pero desde su libertad obedeció, porque su voluntad era una con el Padre, y esta voluntad era servir hasta el fin, hasta el extremo de morir.

«Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”». Si la vida de Jesús hubiera terminado con la muerte en cruz, sería una historia trágica, una más, de un hombre bueno injustamente condenado, de un profeta víctima de los poderes de su tiempo, de un visionario cuyo proyecto fracasó pisoteado por los intereses de los gobernantes. Sería una historia hermosa, pero triste y desesperada. ¿Por qué murió Jesús? ¿Para qué?

Si Jesús hubiera sido simplemente un hombre justo, un gran profeta o un sanador humanitario, hoy muy pocos lo recordarían, y no tendría millones de seguidores. Pero después de su muerte ocurrió algo que ha cambiado toda la historia humana, y que nos prueba que Jesús, además de hombre, es Dios.

«…al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.» Jesús es Señor y todo el universo se postra ante él. ¿Cuál fue el camino hacia la gloria? La cruz. ¿Cómo se elevó? Humillándose. ¿Cómo ascendió al cielo? Abajándose. Muriendo en cruz, Jesús nos muestra un camino hacia el Padre: su camino, el camino del servicio, de la entrega, del amor hasta el fin, de la coherencia vital.

Ante la amenaza de muerte Jesús sufrió una terrible angustia y horas de pasión, en Getsemaní. Después sufrió la tortura de un condenado como cualquier criminal. ¿Qué podía haber hecho? Ante una muerte tan atroz cualquiera de nosotros tendería a una de dos: huir o rebelarse. O luchas contra tus enemigos, combatiéndolos con fuerza, o bien escapas para salvar tu vida. Otra opción ante el peligro es paralizarse: quedarse inmóvil, como muerto, no hacer nada. Si Jesús hubiera dejado de predicar y de curar, y hubiera vuelto a su casa, a la tranquilidad de Nazaret, probablemente hubiera evitado la cruz.

Pero Jesús no optó por ninguna de estas tres reacciones. No se rebeló, no huyó ni se quedó paralizado. Vivió intensamente hasta el último suspiro y murió gritando, con fuerza, exhalando toda su energía vital. Jesús vivió ardiendo hasta el final.

Y Dios Padre lo resucitó. También este será nuestro destino. Por eso todos somos invitados a vivir como Jesús, consumiéndonos como una vela que arde por amor, entregándonos hasta el fin, aceptando rechazos y humillaciones. Todo por amor. Ese mismo amor que nos da vida ahora y que, un día, nos resucitará.

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2018-03-15

En su angustia fue escuchado, aprendió a obedecer

5º Domingo de Cuaresma - B

Jeremías 31, 31-34
Salmo 50
Hebreos 5, 7-9
Juan 12, 20-33

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La breve lectura de san Pablo, hoy, enlaza con el evangelio. San Pablo tuvo un encuentro personal y místico con Cristo, y le fueron revelados momentos íntimos y profundos de la vida de Jesús y de su relación con el Padre. Por eso Pablo dice que Jesús rezó, con angustia y con llanto, suplicando a Dios que lo librara de una mala muerte, de la tortura y la crueldad. Esta es una de las caras más humanas, más cercanas de Jesús. Su corazón no es de piedra. En el evangelio que leemos, Jesús mismo confiesa su turbación: «mi alma está agitada», dice. Como humano, teme el dolor y la muerte, y tiembla ante los sufrimientos que le esperan. Sabe que los sacerdotes y los jefes del pueblo quieren acabar con él. Pero esta agitación interior no le echa para atrás. El valor está en asumir el miedo y el dolor y seguir adelante. Reza, sigue confiando en su Padre, y este le responde. «He glorificado mi nombre y volveré a glorificarlo».

¿Qué significa que Dios glorificará su propio nombre? Pues que Dios no fallará: actuará como lo que es, como Dios, coherente con su ser. Y Dios es amor, un amor que todo lo puede y todo lo supera. Que Dios glorifique su nombre significa que ni el mal ni la muerte podrán vencerlo. Jesús morirá, sí, pero ese no será el final. Su resurrección superará toda expectativa y toda previsión, y abrirá una nueva era a la humanidad. Porque la resurrección de Jesús es preludio de la que todos vamos a experimentar, un día. Cuando Pablo dice que Jesús nos da la salvación eterna se refiere a esto: no sólo nuestra alma será inmortal. Nuestro cuerpo también disfrutará de esta vida sin fin que nos ofrece Dios.

Es un misterio, pero los evangelios se han escrito para que sepamos que esto será así. El mejor testimonio es el mismo Jesús y su mensaje, que Pablo y los apóstoles intentaron transmitir con la máxima fidelidad y entusiasmo. La muerte es un destino que nos aguarda a todos. Pero hemos de saber que el último capítulo de nuestra vida no es este, sino la vida eterna.

Un rasgo de Jesús destaca Pablo: Jesús, siendo Hijo, y siendo Dios, fue obediente. ¡Cuántas reticencias despierta esta palabra! Cómo nos cuesta. Nos parece que obedecer es renunciar a ser uno mismo, someterse, aniquilarse. Hoy vivimos en una cultura de afirmación del yo: nadie quiere renunciar a ser él mismo, nadie quiere morir, nadie quiere dejar de ser lo que es… ¿Cómo entender la negación de sí mismo? ¿Y cómo entender la segunda parte de la afirmación de Jesús? Quien se aborrezca a sí mismo, se guarda para la vida eterna. ¿Es posible entender esto?

Jesús habla del grano de trigo de muere y da fruto. Él supo someterse a todas las limitaciones humanas, incluidos el dolor y la muerte. Se entregó hasta el final: fue un grano de trigo, que, enterrado, dio fruto fecundo.

Nosotros, si queremos formar parte de él, hemos de imitarle. ¿Cómo? Entregándonos hasta el fin. Sirviendo a los demás. Abriéndonos a Dios, al prójimo, al mundo. Fuera egoísmos: el grano que germina se abre en la tierra. También nosotros, si abrimos el corazón y gastamos nuestra vida para el bien de los demás, seremos fecundos, aún sin proponérnoslo.

Apertura de corazón. Y obediencia, como Jesús. No se trata de caer en activismos, por muy humanitarios y bien intencionados que sean. El activismo corre el riesgo de convertirse en nuestra gran obra, nuestro pedestal, motivo de vanidad inconfesada. A veces lo mejor que podemos hacer es escuchar al otro y responder a su llamada, a su petición, a su necesidad. Aprender a amar al otro como necesita ser amado, y no como yo quiero; integrarse en un apostolado adaptándose al pastor, al sacerdote, a los demás, y no como yo querría; aceptar los afanes de cada día y la realidad como es, y no como yo la desearía. Vivir con humildad y coraje, amando siempre, incluso cuando no es posible hacer otra cosa que estar, estar ahí, al lado del que sufre, acompañando. El mayor heroísmo, decía santa Teresita, no es una gran proeza, ni un gran sacrificio, sino un acto de sincera y callada obediencia.

Decía el papa Benedicto que quienes quieren cambiar el mundo y hacen muchas cosas no lograrán demasiado; pero quienes se entregan hasta el final, esos construirán el futuro. Ese es el secreto. Entregarse hasta la última gota de sangre. Y Dios, como hizo con su Hijo, nos resucitará.

2018-03-08

Por pura gracia, todo por amor

4º Domingo de Cuaresma - B

Crónicas 36, 14-23
Salmo 136
Efesios 2, 4-10
Juan 3, 14-21

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Existe en las filosofías tradicionales una tendencia a pensar que los males del mundo son consecuencia de nuestros actos, y en buena medida esto es cierto. Lo que siembres, eso recogerás, y desde el punto de vista humano, es así. Somos responsables de lo que decidimos y todo lo que hacemos da un fruto, bueno o malo, fecundo o destructivo.

Desde un punto de vista religioso, podemos llevar este razonamiento más lejos: Dios castiga las malas obras y premia, en cambio, las buenas. Así se nos enseñó a muchos de nosotros cuando éramos niños. Quizás se nos habló mucho del castigo y se nos explicó poco qué era la gracia.

En la segunda lectura de hoy san Pablo nos da una lección maravillosa sobre cómo es Dios y cómo se porta con nosotros. Contrasta con la primera lectura del Antiguo Testamento, donde se dice que Dios primero se compadeció de los pecados del pueblo y les envió profetas para avisarlo. Al no hacer caso, su ira se encendió y les envió un terrible castigo: la invasión de los caldeos, que arrasaron el país, incendiaron Jerusalén, destruyeron el templo y se llevaron al exilio a una parte de la población. La catástrofe fue consecuencia de la infidelidad de Israel a Dios. Los años del exilio fueron una especie de purgatorio, de correctivo, para enseñar al pueblo cómo volver al buen camino. Pasados 40 años, Dios permite al pueblo regresar, reconstruir su templo y rehacerse.

Con Jesús, el panorama cambia. Dios ya no envía mensajeros, ¡viene él mismo en persona! Y no viene a juzgar ni a condenar, sino a salvar. Quiere rescatar a toda la humanidad. ¿Cómo? Vive haciendo el bien y muere en la cruz, entregándose por todos. Nos abre las puertas del cielo y nos regala una vida eterna y plena, a todos sin excepción. No mira si somos buenos o malos, si lo merecemos o no: su ofrenda es por todos. Es un regalo de Dios, dice Pablo, no fruto de nuestras buenas obras, para que nunca podamos presumir de ellas.

Así es Dios: bueno, amante, enamorado de sus hijos y derrochador de gracia y amor. Nos viene a traer su vida, a manos llenas. Y gratis. Lo único que tenemos que hacer es recibirla, abrirnos a la luz. Lo único que necesitamos es creer, confiar, aceptar su regalo, esa mano tendida que nos salva de la vida penosa, del sinsentido, de la muerte. Basta acoger a Jesús, en nuestro corazón, y dejarnos llenar por él.

Muchas espiritualidades modernas se basan en la fuerza de la voluntad y en el esfuerzo personal para poder transformar nuestra vida. Se habla de resetear nuestra conciencia, de reprogramarnos, de cambiar de ideas o de esquemas mentales… La verdad es que todos, por mucho que lo intentemos, podemos cambiar algo, pero siempre acabamos topando con los mismos obstáculos, ¡nos cuesta mucho dejar de ser nosotros mismos!

Pablo sabía mucho de este voluntarismo estéril: él era un buen ejemplo.  Se esforzaba por ser perfecto y al final confesaba que hacía el mal que no quería, y no podía hacer el bien que deseaba. Su vida era una continua lucha interna hasta que se topó con la gracia de Dios… y cayó del caballo. Después de su encuentro con Jesús, Pablo nos propone otro camino. Sólo Dios puede transformarnos y cambiar nuestra vida en aquello que sea necesario, pues él nos ama y nos acepta tal como somos. Nos ha hecho vivir con Cristo, dice Pablo. Nos ha resucitado y nos ha sentado en el cielo con él. Transidos de su amor, podemos actuar de otra manera: son esas buenas obras que brotarán de nosotros cuando nos hayamos dejado moldear por él. No es que tengamos que ser diferentes, sino, como decía Martín Descalzo, lo que necesitamos es cambiar de dirección, de camino.

Pablo nos habla de la gratuidad de Dios y de la salvación. No creamos, como los fariseos, que “nos ganaremos” el cielo a pulso, por nuestros méritos. El cielo ya lo tenemos, regalado y gratis. Sólo basta acogerlo y aceptarlo. Y para ello se necesita una enorme humildad.

Una vez aceptamos el regalo… ¡qué paz y qué gozo tan inmensos! Entonces empezamos a vivir, en verdad, una vida resucitada, ya en esta tierra.

2018-03-02

No tendrás otros dioses frente a mí

3r Domingo de Cuaresma - B

Éxodo 20, 1-17
Salmo 18
1 Corintios 1, 22-25
Juan 2, 13-25



Las tres lecturas de hoy tienen mucho jugo y enseñanzas, pero en el fondo, todas apuntan a un mismo mensaje: el primer mandamiento, el amarás a Dios sobre todas las cosas. Esta es la gran pasión de Jesús: amar, permanecer unido y cumplir la voluntad del Padre.

La primera lectura, del Éxodo, nos presenta una versión del Decálogo. La ley era uno de los pilares de la cultura judía. Para los israelitas, la ley los convierte en un pueblo, una comunidad compacta y unida. Hay algo en sus leyes que los distingue de otros pueblos de la antigüedad: la primacía de Dios en todo. El primer mandamiento, que implica todos los demás, es poner a Dios en el centro de nuestra vida. Amar a Dios, nuestro creador, nuestro padre, el que nos hace existir, cambia toda nuestra vida y de ese amor se desprende una moral y unos principios éticos en nuestra convivencia familiar y social.

Pero ¿qué sucede? Que, igual que en otras culturas, la ley acaba convirtiéndose en una norma rígida, en un corpus cada vez mayor y más complejo de reglas, preceptos y prohibiciones. De la imitación de Dios se pasa a una obediencia servil y vacía de experiencia. Al final, queda poco de aquel espíritu original. Uno se pierde en detalles y da importancia a lo accesorio, olvidando lo esencial. Se canonizan costumbres y tradiciones humanas y se olvida lo básico, que es el amor y el culto a Dios.

El otro gran pilar del judaísmo era el templo. La morada de Dios, su presencia en medio del pueblo, era un lugar sagrado. Pero sucede igual que con la ley. De ser un lugar de oración y adoración, pasa a convertirse en un mercado, donde la gente compra y vende, donde se regatea con Dios y se quiere pagar el cielo a plazos, donde los sacerdotes cobran impuestos y diezmos, lo que hoy llamaríamos una “máquina de hacer dinero”.

Jesús se rebela contra todo esto. Él respeta la ley, como buen judío, y respeta el templo, pero se indigna ante la degradación de ambos. En muchas ocasiones se enfrenta a los fariseos porque cumplen la ley a rajatabla, pero les falta caridad, misericordia y amor, ¿de qué les sirven tantos preceptos, si no es para ser mejores personas? Y esta vez se enfrenta a los mercaderes del templo en un gesto profético que asusta a unos y entusiasma a otros. En realidad, Jesús se está enfrentando, más que a los vendedores de animales y a los cambistas, a los responsables del templo, que permiten todo ese trasiego. Hacía mucho tiempo que ningún profeta mostraba la vaciedad y la falsedad del culto del templo, reducido a un puro mercadeo. Jesús se enoja, y mucho. ¡No convirtáis la casa de mi Padre en una cueva de ladrones!

La actualidad de estos episodios sigue vigente hoy. Los cristianos tenemos una “doctrina”, unos preceptos y unas enseñanzas que hemos acabado convirtiendo en leyes rígidas, a menudo desconectadas del amor y la caridad. Corremos el riesgo de ser perfectos practicantes y penosos humanos; cristianos ejemplares, pero con el corazón duro hacia nuestros semejantes. ¿Y dónde está el mercadeo del templo? En nuestra actitud hacia Dios: te doy para que tú me des. Te ofrezco oraciones, misas, limosnas, donativos, incluso buenas obras, ¡para que respondas a mis peticiones! Nos hemos olvidado de la frase del Padrenuestro: hágase tu voluntad… y pretendemos comprar a Dios para que sea él quien haga nuestra voluntad.

El primer mandamiento, de tan sabido, lo tenemos arrinconado. Damos por supuesto que sí, que adoramos a Dios, pero ¿lo amamos sobre todas las cosas? ¡Qué pocos podríamos afirmarlo! Quizás nadie. Cuántas cosas y personas ponemos por delante de Dios. Y pueden ser muy buenas: nuestros seres queridos, nuestra familia, nuestro trabajo, una vocación… No se trata de dejar de amar todas estas personas y cosas, sino ponerlas en su lugar. Sólo Dios puede llenar nuestro corazón, de verdad. ¿Por qué, entonces, no entregárselo a él?

En cuanto al templo, en la Iglesia también podemos dar excesiva importancia a lo aparente: ritos, ornamentos, oraciones, incluso obras humanitarias y muchas, muchas actividades pastorales. Pero dejamos apartado a Dios. ¿Cuándo tenemos tiempo para él, sólo para él? Nos falta mucho silencio, mucha intimidad con Dios.

Lo que importa es Dios. Y el amor a Dios se refleja en el amor al prójimo. Lo demás es secundario. Este es el único testimonio, el mejor y el más creíble que podemos dar los cristianos al mundo: mirad cómo se aman. En el mundo la gente pide otras cosas. San Pablo lo resume magníficamente: los judíos piden signos, los griegos sabiduría. Hoy la gente pide milagros (si creen) o pruebas científicas (si son muy racionales). Nuestra sociedad se mueve entre la superstición y el racionalismo ateo. Pues bien, en la Iglesia no ofrecemos ni prodigios ni ciencia, tan sólo a Cristo, que es el amor de Dios hecho carne y presente entre nosotros. Un Dios crucificado, pobre y doliente… ¡tan escandaloso hoy como hace dos mil años! Nos piden magia, que es manipulación espiritual, y no podemos dar esto. Nos piden certezas científicas, sólidas como una ley, y tampoco podemos darlas. Pero siempre, en todo lugar, y con toda persona, podemos imitar a Cristo y dar amor.

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2018-02-22

Si Dios está con nosotros...

2º Domingo de Cuaresma - B

Génesis 22, 1-18
Salmo 115
Romanos 8, 31-34
Marcos 9, 2-10

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Las lecturas de este domingo son impresionantes y nos sitúan ante momentos álgidos y misteriosos de esta larga historia de amor entre Dios y la humanidad. La primera lectura es el relato del no-sacrificio de Isaac. Muchos hacen hincapié en el aspecto más sobrecogedor de la historia. ¿Cómo Dios puede pedir a un padre que sacrifique a su único hijo, el que ha esperado durante tantos años, el que Dios mismo le prometió? Pero, en realidad, Dios no quiere esa oblación y él mismo detiene la mano de Abraham. Las explicaciones a este episodio son múltiples: Dios quiere acabar con los sacrificios humanos, que eran algo común en los pueblos cananeos de la antigüedad. Dios pone a prueba la fidelidad de Abraham. Dios no quiere sacrificios, sino lealtad y amor sincero. Lo único que pide es que le pongamos a él por encima de todo. Es la fe y la adhesión al Dios único que permea todo el Antiguo Testamento.

Pero vayamos al evangelio. El relato también nos sitúa en la cima de un monte. Los montes son los templos de la naturaleza, lugares sagrados de encuentro con Dios. En este monte no sucede un sacrificio, sino una revelación: Jesús aparece en toda su gloria ante sus tres discípulos más íntimos, más amados. Pedro, Santiago y Juan lo ven transfigurado entre dos personajes, Moisés y Elías. El Hijo de Dios aparece resplandeciendo con luz propia entre los dos puntales de la fe de Israel: la ley y los profetas. Jesús culmina la ley, Jesús es la promesa cumplida que anuncia el profetismo.

En la primera lectura veíamos al Dios que pide total adhesión. Es el hombre quien asciende hacia él, con esfuerzo y sacrificio. En la segunda, vemos al mismo Dios que se comunica: ya no es el hombre quien sube, es él quien baja, se revela y se ofrece a sí mismo. Se terminaron los sacrificios, pues Jesús mismo es la ofrenda.

¿Cómo entender estas lecturas y aplicarlas a nuestra vida, hoy?

Dios está con nosotros. Y no sólo en espíritu, sino en presencia física, con Jesús, primero en la tierra, y ahora en la eucaristía, en el pan. La gran novedad cristiana es que nuestro Dios, siendo todopoderoso y fuente de nuestra existencia, no nos exige ni nos pide nada: al contrario, nos lo ofrece todo.

San Pablo lo expresa en su carta a los romanos: Dios no quiere someternos a su poder, sino elevarnos a su altura. Nos lo da todo y, al final, entrega a su propio hijo. No somos nosotros quienes le ofrecemos sacrificios: Dios se ofrece él. ¿Cómo no nos lo dará todo, con él?, dice san Pablo. Si creemos esto y lo vivimos, nada tiene que asustarnos, nada puede angustiarnos, nada debería quitarnos la alegría y el gozo de existir. Incluso con una vida cargada de problemas, ¿qué son todas las dificultades al lado de saberse tan amado por Dios?

Ya ni siquiera tenemos que pedirle nada. ¡Él sabe lo que necesitamos y él mismo intercede por nosotros! Hay una gran tarea que hemos de aprender, superando nuestros orgullos y afanes de ser más… aunque sea más buenos, más virtuoso y más incansables. Nuestra gran tarea es dejarnos amar por él. Dejarnos salvar por él. Dejarnos santificar y transformar por él. Dejarnos convertir en otros Cristos, ungidos, amados y revestidos de la luz de Dios.

Quizás este sea el sentido más genuino del sacrificio y el ayuno, una de las prácticas recomendadas en Cuaresma. Frente al activismo y el voluntarismo, que pueden esconder un sutil orgullo o autosuficiencia espiritual, está la actitud de abandono y receptividad. Frente al sacrificio, que puede convertirse en un acto de vanidad y soberbia espiritual, el sacrificio que realmente agrada a Dios es que nos dejemos amar por él. Que seamos dóciles a su Espíritu, el único que puede cambiarnos y renovarnos por dentro. 

¿Por qué nos cuesta tanto?

Confiemos. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

2018-02-16

El inocente por los culpables

1r Domingo de Cuaresma - B

Génesis 9, 8-15
Salmo 24
Pedro 3, 18-22
Marcos 1, 12-15

Estamos ya en tiempo de Cuaresma, que nos prepara para la gran fiesta cristiana, la Pascua. En este primer domingo las lecturas nos hablan del pacto de Dios, de la salvación de Dios, y del reino de Dios. ¿Qué significan estas palabras, que estamos tan acostumbrados a oír? Quizás no comprendemos del todo su hondura y hasta qué punto pueden cambiar nuestras vidas.

La primera lectura nos habla del pacto de Dios con la humanidad, tras el diluvio. Es un relato simbólico que viene a expresar una alianza muy desigual: Dios se compromete a no volver a destruir la humanidad, amándola y protegiéndola siempre. No hay otra condición, ni compromiso requerido por parte del hombre. Es un pacto unilateral en el que Dios lo compromete todo. Esta era la experiencia de los judíos en el Antiguo Testamento: Dios, que tiene el poder para crear y destruir, decide renunciar a este poder y permite que la humanidad crezca y se expanda libremente, aunque esta, algún día, pueda volverle la espalda de nuevo.

En el evangelio, se nos habla de las tentaciones de Jesús, muy brevemente, sin detallar cuáles fueron. Marcos explica, simplemente, que Jesús fue tentado, superó las propuestas del Maligno, y empezó a anunciar el reino de Dios. ¿Cuáles fueron las tentaciones? Quizás todas ellas puedan resumirse en una: ya que eres hijo de Dios, ¿por qué no utilizas tu poder para implantar tu reino? ¿Por qué no valerte de tu omnipotencia y ahorrarte trabajo y sufrimiento?

Pero este no es el estilo de Dios. Jesús también renuncia a su poder y se lanza a predicar el amor de Dios a pie, entre sus gentes, pueblo a pueblo, casa por casa y persona a persona, con sencillez y sin grandes alardes. Dios no ha elegido salvarnos desde una posición de superioridad, espectacular o abrumadora, sino desde la humildad de Jesús, hecho hombre como nosotros. Nos salva abajándose, poniéndose a nuestra altura en todo: en la necesidad, en la fragilidad, en el conflicto ante la incomprensión de muchos, incluso en la tentación, porque fue tentado como lo somos nosotros. Pasó por todo lo que pasamos nosotros, porque sólo así podía salvarnos.

San Pedro, años después, explica a fondo el gesto de Jesús en su carta, la que leemos hoy: «Con este Espíritu (el de Dios) fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba…». La misión de Jesús es liberadora. Lejos de él esa imagen del Dios temible y tirano, que nos oprime con su poder, nos controla y nos juzga. A quienes critican la religión cristiana por ser opresora, bastaría explicarles bien el evangelio para que vieran que el mensaje de Jesús es lo contrario de la esclavitud. Dios no esclaviza. Al contrario, cuando queremos librarnos de Dios es cuando caemos esclavos de muchos otros poderes que no tienen nada de humanitarios y amables.

¿De qué nos libera Jesús? No nos libera de nuestras circunstancias, ni de nuestros problemas cotidianos, ni de otras personas, sino de algo mucho más profundo y destructivo que está en la raíz de todos los males. Pedro habla de espíritus prisioneros, almas encadenadas por la rebeldía. ¿Cuántas personas se han sentido así, alguna vez? Esclavas, atadas no sólo por las obligaciones, la pobreza o la opresión de los poderosos, sino por el sutil y engañoso poder del mal. En el fondo, lo que nos encarcela el alma son esas tendencias que nos encierran en nosotros mismos: la autosuficiencia, la vanidad, el miedo y la desconfianza. Nos atan la pereza, la impaciencia, la rabia y la tristeza. Todas nos dividen y crean barreras con los demás, provocan conflictos y malentendidos, y en último extremo hasta violencia. El problema es que muchas veces no reconocemos esos males que, como cánceres ocultos, crecen dentro de nosotros.

Jesús asume todo este mal que nos corroe y lo carga sobre sí mismo. Su bautismo, dice san Pedro, nos limpia, no físicamente, sino espiritualmente. Un baño del Espíritu Santo nos purifica hasta el fondo. Y nos hace vivir de forma nueva, con la alegría y la libertad propias de los hijos de Dios, de quienes se saben infinitamente amados por él.

El inocente muere por los culpables para que todos se salven por él. Explicaba un sacerdote en su homilía que Jesús hace por nosotros lo que haría el hijo de un juez ante un condenado por sus delitos. «Padre, este condenado es culpable, pero deja que sea yo quien cumpla la pena por él». Y el juez, que es tan compasivo como su hijo, se lo permite… ¡por amor y compasión hacia el condenado! Sólo un Dios lleno de misericordia puede hacer algo así. El Padre lo hace, Jesús asume nuestras culpas y nosotros revivimos su gesto de entrega en cada eucaristía. Muere por nosotros. Resucita por nosotros: nos resucita y nos hace renacer. ¡Basta ser consciente de esto como para vivir con una alegría exultante!

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2018-02-09

Para gloria de Dios

6º Domingo Ordinario - B

Levítico 13, 1-46
Salmo 31
1 Corintios 10, 31-11, 1
Marcos 1, 40-45

Este domingo es la Jornada Mundial del Enfermo. Las lecturas de hoy nos sitúan en tres posiciones diferentes respecto a la enfermedad. Por un lado, tenemos el libro del Levítico, que prescribe ciertas normas para alejar a los leprosos y evitar el contagio. Son leyes que piensan en el bienestar general de la comunidad, pero no en el bien concreto del enfermo, que se convierte en un marginado, sin derecho alguno. Al dolor de la enfermedad física se suma el de su aislamiento social y familiar. Estas leyes, por razonables que parezcan, se alejan de la misericordia de Dios.

En el evangelio, por contraste, encontramos a Jesús curando a un leproso e ignorando las leyes de Moisés: se acerca a él y lo toca. Para Dios no hay marginados, él quiere la salud y la vida de todos. Eso sí, Jesús tampoco quiere romper con la tradición de su pueblo y manda al leproso que vaya a hacer la ofrenda prescrita por la ley, por haber sido curado. La ley margina, Dios sana e integra. La normativa separa, señala y divide. Dios reúne y restaura. Y esto nos debería hacer pensar en nuestra actitud ante la enfermedad y los enfermos.

La enfermedad es una realidad que nos sitúa ante nuestros límites y pone a prueba nuestros valores y principios. A veces tiene una causa clara, pero otras veces no. Es entonces cuando las personas buscamos todo tipo de explicaciones. Para algunos es una fatalidad, fruto de la mala suerte. Otras veces, la enfermedad es una consecuencia lógica de unos malos hábitos o de una vida poco sana. Hay quienes piensan que tiene un origen emocional y psicológico, que se somatiza de una forma u otra. Para muchos médicos todo se reduce a fallos genéticos del organismo, infecciones, carencias o un proceso degenerativo, a veces inevitable por la edad. En las antiguas culturas era una maldición divina; en Israel se consideraba un castigo por los pecados, propios o heredados de los padres.

Pero todas las explicaciones, físicas o morales, se quedan cortas ante la realidad. El enfermo nos pone contra las cuerdas y nos rompe muchos esquemas. Nos obliga a tocar de pies a tierra y a plantearnos qué significa la vida y la dignidad de la persona. La enfermedad nos pone cara a cara ante el misterio de nuestra fragilidad, el misterio del dolor y de la muerte… ¿Cómo lo vivimos?

Desde la Iglesia hay una respuesta ante el dolor y la enfermedad. No es una respuesta teórica, no es una explicación. Es una acción concreta, que se inspira en los gestos de Jesús. Las antiguas religiones prescribían prohibiciones, tabúes y rituales ante las enfermedades infecciosas. Jesús no las sigue. No se aleja de los leprosos, como vemos hoy. ¿Qué hace? Se acerca, mira con amor. Escucha, atiende, comparte su sufrimiento. Y cura. Utiliza su poder para sanarles y devolverles la dignidad y una vida sana y plena. Las curaciones son de las pocas ocasiones en las que Jesús muestra su poder divino. También lo hará para dar de comer (en la multiplicación de los panes), para alejar el pánico de sus discípulos (calmando la tempestad) y para aliviar el duelo de los familiares, resucitando a dos niños y a Lázaro.

¿Qué hacer ante la enfermedad? San Pablo en su breve exhortación de la segunda lectura nos da una pauta sencilla y profunda. En todo lo que hagamos, demos gloria a Dios. Comiendo, bebiendo, trabajando… o descansando. Sanos o enfermos, en la calle o en cama, activos o en reposo obligado, demos gloria a Dios. También enfermos podemos vivir intensamente. La enfermedad nos enseña algo importantísimo, que es ser humildes y dejarnos amar. Y esto, señalan algunos teólogos, es tan importante o más que amar. Porque quien ama, finalmente, tiene algo que dar, puede sentirse superior, más que el otro. Quien sólo se puede dejar cuidar toca su máxima pequeñez e impotencia, y sólo le queda agradecer.

El papa Francisco señala en su mensaje para esta Jornada del Enfermo un rasgo del cuidado de los enfermos: la alegría. Sí, ¡la enfermedad también puede ser una fiesta! Una fiesta de ternura, de solicitud, de detalles. Una fiesta donde redescubrir el valor de las cosas pequeñas, de una mirada, una caricia, unos minutos, unas horas de silencio o de conversación sosegada junto a un ser querido. Una fiesta donde redescubrir la alegría de dar y recibir. De dar si cuidamos; de recibir si somos cuidados. Una fiesta donde reencontrarnos con el valor de la vida, de toda vida, por el solo hecho de existir, y no por lo que uno hace, tiene o puede. Una fiesta donde descubrir el valor del tiempo “perdido” en estar, solo estar, acompañando a alguien que nos necesita.

“Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo”, dice San Pablo. Jesús fue un hombre sano que curó a muchos. Pero también se dejó cuidar. Se dejó lavar y ungir los pies, y alabó a la mujer que lo hacía. Lavó los pies a sus discípulos. ¿Cómo tratar a los enfermos? Miremos a Jesús. ¿Cómo dar gloria a Dios, estando enfermo? Mirémosle también a él, sentado junto a la mujer, o yaciendo, muerto y descendido de la cruz, en brazos de su madre María. Dócil, paciente, abandonado. Dejándose abrazar y ungir con cariño.  Enfermo también se puede amar, dando, como Jesús, hasta el último aliento.

Sí, Jesús nos abre el camino para vivir la enfermedad de otra manera, nueva y digna, de modo que el dolor y la limitación nunca puedan recortar nuestra libertad y nuestra dignidad de hijos de Dios.

Enlace a la homilía en pdf: aquí.

2018-02-02

Vencer el dolor, apostar por la vida

5º Domingo Ordinario - B

Job 7, 1-7
Salmo 146
1 Corintios 9, 16-23
Marcos 1, 29-39

«¡Ay de mí si no anuncio el evangelio! Si lo hiciera por gusto, esa sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío, es que me lo han encargado. ¿Cuál es la paga? Precisamente, anunciar el evangelio de balde…»

Estas frases de san Pablo son muy conocidas. Pero pueden malinterpretarse, como si se viera forzado, obligado a evangelizar. ¿Es posible anunciar una buena noticia por simple y mera obligación? ¡No! Pablo, más tarde, dice que «siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles…» ¿Cómo entender esto?

No podemos imaginar a un Pablo severo, ceñudo y combatiente, anunciando a Cristo con la sola fuerza de voluntad, casi a regañadientes. ¡No hubiera convencido a nadie! ¿Por qué Pablo entusiasmó a tantos? ¿Por qué siguió evangelizando, contra viento y marea, feliz y sereno incluso cuando lo apaleaban o cuando lo metieron en la cárcel? Porque ardía, estaba lleno de amor y de alegría, lleno de Jesús, y toda su vida era anunciar aquella noticia que le había transformado por dentro.

Sólo desde un amor intenso y arrebatador se pueden entender estas expresiones. Pablo era libre, ¡no se puede amar si no hay libertad! Pero esa misma libertad lo empujó a darlo todo por el amado, por Jesús, por anunciarlo. Cuando dice que se hace «esclavo» quiere decir que se adaptó a todo tipo de ambientes, renunciando a sus costumbres, a sus hábitos e incluso a su cultura para poder empatizar y conectar con las gentes. Se liberó de sus propios esquemas para configurarse con Cristo. Pablo hizo lo que hace todo buen misionero: integrarse en el lugar a donde va, aprender su cultura, su historia, sus hábitos; hacerse uno con los habitantes de ese lugar y aprender a hablar su lenguaje. Así, siendo uno con ellos, pudo hablarles de Jesús y su buena nueva.

¿Cuál es esa buena noticia, ese evangelio? La buena noticia es que Dios nos ama, Dios nos da vida, Dios viene hoy a aliviar nuestro dolor y a darnos esperanza. Nuestra vida tiene sentido, y un sentido muy bello. La primera lectura de hoy nos muestra la desesperación de Job, tan humana, en medio su dolor inicuo. El salmo nos muestra el gozo de quien siente que Dios ha venido a sanar los corazones destrozados. El evangelio nos relata cómo Jesús cura a la suegra de Pedro y a cientos de enfermos. Dios viene a darnos vida, salud, fuerza, alegría. Dios es un Dios de vida y no de muerte. ¿Cómo callar un mensaje así?

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2018-01-26

Dios no quiere destruirnos

4º Domingo Ordinario - B

Deuteronomio 18, 15-20
Salmo 94
1 Corintios 7, 32-35
Marcos 1, 21-28

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Las lecturas de hoy son aparentemente muy distintas, controvertidas y difíciles de explicar. Pero la liturgia no las ha unido porque sí. En la superficie parecen diferentes, pero en su fondo convergen, porque tratan de un mismo tema, un tema mucho más actual de lo que creemos.

Los antiguos hebreos quieren un profeta, y Moisés lo pide a Dios. Sus palabras son terribles: «No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir». ¿Es que Dios desea su muerte? No. Lo que está expresando Moisés es que la presencia de Dios es tan grande, tan abrumadora, tan inmensa, que se siente aplastado ante él. La luz de Dios es tan potente que deslumbra y ciega. No podemos asumir su grandeza, necesitamos una mediación. El profeta será el que, poquito a poco, en pequeñas dosis, irá transmitiendo el mensaje de Dios. El profeta será la pantalla para esa lámpara de luz cegadora que es Dios. Será como la cuidadora que va dando de comer al bebé, papillas trituradas para que pueda asimilar el alimento. No podemos digerir la inmensidad de Dios de una vez, ni completamente. Ni siquiera su amor. Por eso necesitamos ir paso a paso. De ahí la importancia de los profetas, los pastores, los hombres y mujeres que, como buenos traductores, nos van transmitiendo fielmente la verdad.

El endemoniado de Cafarnaúm es otro hombre abrumado ante Dios. Su demonio reconoce en Jesús la presencia divina, por eso grita ante él. Y ¿qué dice? Algo parecido a lo que exclamó Moisés: «¿Qué quieres de nosotros? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres, ¡el Santo de Dios!». Este demonio es la primera persona del evangelio que proclama públicamente quién es Jesús. Pero no lo hace con alegría, sino con espanto y terror, porque la grandeza de Dios también le aplasta y le oprime, no puede soportar su luz, ni siquiera su amor. Decía un teólogo que la gran rabia del demonio es tener que admitir que existe gracias a Dios y, por tanto, debe agradecerle su vida. Eso es lo último que quiere hacer porque no está contento y quisiera ser autosuficiente para no tener que depender de Dios.

Miedo ante Dios. Rabia ante Dios. Deseos de ser autónomo sin Dios. ¿No suenan muy modernas estas actitudes? El hombre moderno, que quisiera ser él mismo un dios, el hombre que se hace a sí mismo y puede modificar a su voluntad su vida y el mundo que le rodea, quiere barrer a Dios del universo. Y quiere hacerlo porque le molesta el misterio, le da miedo no saberlo todo, no controlarlo todo, no dominarlo todo. Dios asusta o sobra. Por tanto, hay que negarlo, o matarlo, o bien decir que es malo, y que cuanto más lejos esté, mejor.

Estas ideas se han venido difundiendo junto con la convicción de que no necesitamos a nadie más que a nosotros mismos y nuestro enorme potencial para ser felices, para llegar a la plenitud y hacer de este mundo un lugar mejor. ¡Qué equivocados estamos! La realidad nos hace ver que esta pretensión es una mentira, bellamente disfrazada, pero falsa.

Porque Dios resulta que existe, y es bueno, y no quiere destruirnos ni avasallarnos con su grandeza. Al revés, existimos gracias a él. En el Antiguo Testamento, Dios habló mediante profetas, humanos, frágiles y capaces de conmoverse y emocionar a otros seres humanos. Con Jesús, Dios habla en persona, hecho niño, hecho hombre de carne y hueso. Un hombre acogedor, cálido, humanitario, que cura y atiende a los más pobres y despreciados por la sociedad. Jesús nos muestra la cara del Dios pequeño, del Dios tierno y compasivo, el Dios amigo y cercano. La cara más auténtica.

Necesitamos a Dios, y él se nos ofrece. De mil maneras, para que podamos acogerle sin hacernos daño. Y aquí es donde llegamos a san Pablo y su difícil texto de hoy. Fijémonos en su última frase: «Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones». Pablo nos dice que no quiere angustias ni temores. El miedo no es de Dios. No quiere engañarnos ni tendernos trampas: nos dice las cosas como son. Y nos ofrece algo noble, algo que nos hace crecer como personas: el trato con el Señor. Pero, para ello, tenemos que ordenar nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con el mundo.

La vida buena que Pablo nos propone es la que tiene en su eje, como centro, a Dios. A partir de ahí todo se coloca en su sitio. Para los solteros (o célibes) puede ser más fácil, porque se ocupan directamente de los asuntos de Dios. Pero ¿y los casados? Es cierto que se deben a su cónyuge y a su familia, pero también pueden ocuparse de los asuntos de Dios si lo ponen en el centro. Es más, Dios les ayudará a tener una relación mucho más sana y armoniosa en su matrimonio y en su familia. Desde Dios podéis amar como nunca a vuestra pareja, a vuestros hijos y familiares. Será entonces un amor limpio, entregado y desprovisto de egoísmos e intereses, como suele suceder en tantas familias.

Dios no quiere destruirnos. No quiere aplastarnos con su poder, sino darnos vida con su amor. Ha venido a traernos vida abundante y eterna. Y su mejor portavoz es Jesús, su humanidad y su presencia misteriosa y cercana en el sagrario, en el pan que comulgamos cada domingo. Este es el mensaje que podemos extraer, y meditar con calma, de las lecturas de hoy.

2018-01-19

Conversión y desapego

3r domingo ordinario - B

Jonás 3, 1-10
Salmo 24
1 Corintios 7, 29-31
Marcos 1, 14-20

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Las tres lecturas de hoy hablan de un mismo tema, pero con matices distintos. El núcleo de todas ellas es la conversión. El mundo está en crisis, nuestra vida se tambalea y muchos valores parecen a punto de perderse… pero no todo está perdido. ¡Hay esperanza! Si cambiamos, veremos la luz.

La primera lectura nos relata la misión de Jonás en Nínive, una ciudad opulenta y corrupta que vive de espaldas a Dios. Jonás va de mala gana a ese antro de pecado, predica y… ¡la gente se convierte! Tanto, que Dios perdona la ciudad y la salva. Hasta el más pecador puede cambiar y enderezar su vida.

Jesús, en cambio, no predica la desgracia y la destrucción, como Jonás. Él no amenaza. Su argumento no es el miedo —cambiad o seréis condenados—. Él anuncia una buena noticia: ¡el reino de Dios está aquí! Pero para acoger esta noticia también es necesario convertirse. No por temor, sino para poder disfrutar de esa vida nueva que Jesús anuncia. Hay que abrir el corazón.

San Pablo recoge el apremio de Jesús. El apóstol habla a una comunidad que vive en un mundo no tan diferente del nuestro de hoy: un gran imperio, el romano, que impone su dominio; una época de expansión económica, comunicación intensa y encuentro intercultural. Al mismo tiempo, es una época de crisis de los viejos valores y de búsqueda espiritual por parte de muchos. Para los primeros cristianos no siempre era fácil vivir en un entorno que podía ser hostil, como hoy. Pablo nos invita a vivir con desapego, sin aferrarse a las cosas y tampoco a las ideas.

Es bastante frecuente que, en momentos de inseguridad, nos apeguemos a lo que consideramos nuestros baluartes: ya sea el dinero, la familia, las instituciones o las ideas y valores que siempre hemos defendido. Pero todo esto, dice Pablo, está cayendo. «La representación de este mundo se termina». Todo es incierto y puede derrumbarse. Por tanto, de nada sirve refugiarse en los bienes materiales, en el ocio o en el trabajo, en las estructuras sociales o en las viejas instituciones. En medio de la crisis, la única seguridad es Cristo, el amor de Dios y de los hermanos. Nada más.

Este desapego de las cosas es lo que Pablo expresa con frases contundentes que nos pueden sorprender: los casados, que vivan como si fueran solteros; los ricos empresarios, como si no tuvieran nada; los alegres, como si no tuvieran motivo y los tristes, sin dejarse vencer por la desolación. Es lo que los santos llaman ecuanimidad: serenidad en las penas, moderación en las alegrías, desapego en la riqueza, confianza en la pobreza.

Hay que entender estos consejos. Pablo no nos llama a ser personas insensibles, carentes de pasión, ¡él mismo fue una persona apasionada!  Tampoco nos llama a ser masoquistas y a negarnos la alegría de vivir. Lo que nos está diciendo es que renunciemos a la posesividad, al apego, que en el fondo es una forma de esclavitud. Cuando nos creemos dueños y propietarios de nuestro dinero, nuestro esposo, nuestros hijos, nuestras actividades…, acabamos comportándonos como si fuéramos dioses, y disponiendo y utilizando a las personas y las cosas para nuestro beneficio. Esto nos puede dar una falsa sensación de poder y seguridad, pero el día que algo falle o nos falte, ¿qué haremos? ¿Vamos a hundirnos? ¿Nos enfadaremos contra el cielo? ¿Nos vamos a desesperar? El apego se sostiene en nuestro miedo a perder, no en nuestro amor.

Pablo nos está diciendo que pongamos a Cristo en el centro de nuestras vidas. El que confía en Dios jamás naufraga. Puede ser sacudido por el oleaje de la vida, pero saldrá a flote siempre porque tiene una tabla salvadora que nunca se hunde: la cruz de Cristo, el amor de Dios. Y este amor le da la fuerza para vivir intensamente todo, sin agarrarse a nada, sin poseer nada, sin querer dominar nada. Esta es la libertad de los hijos de Dios.

2018-01-13

Él nos ama y nos llama

2º Domingo Ordinario - B

1 Samuel 3, 3-19
Salmo 39
Corintios 6, 13-20
Juan 1, 35-42


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Las lecturas de hoy giran en torno a un tema crucial: la vocación. Todo cristiano esta bautizado. Pero a menudo hemos sido integrados en la Iglesia como parte de nuestra educación y nuestra cultura. Muchos seguimos fieles por tradición y fidelidad familiar, pero ¿cuántos nos hemos sentido llamados, tocados, interpelados por Jesús? ¿Cuántos somos cristianos, no porque seguimos algo que se nos ha impuesto, sino como respuesta a una llamada? ¿Cuántos somos cristianos por enamoramiento, con pasión?

La primera lectura nos habla de la vocación de Samuel. Samuel recibe por tres veces una llamada de Dios, que lo llama dos veces por su nombre: ¡Samuel, Samuel! Explican los rabinos que llamar dos veces a una persona es un acto especial. La llamada apela al cuerpo ―la vida terrestre― y a alma ―la parte de la persona que no muere, y que está conectada de modo invisible a Dios, al cielo―. Por tanto, la vocación implica cuerpo y alma, implica vida física, material, y vida espiritual. La vocación abarca todos los aspectos de la persona: lo natural y lo sobrenatural. Por eso una persona llamada no puede serlo a medias. Tampoco los cristianos podemos serlo a medio gas, no podemos ser cristianos de domingo, en misa, entre las cuatro paredes de la parroquia, y cuando salimos a la calle ya dejamos nuestra “devoción” para ser como todo el mundo. Eso no es vocación. Somos cristianos, es decir, amigos de Cristo, que queremos vivir su vida en nosotros, hasta las últimas consecuencias: en casa, en el trabajo, en nuestro ocio; comiendo, descansando, hablando, divirtiéndonos, sufriendo y amando. Todo cuanto hacemos debería impregnarse del estilo de Cristo.

Esto es lo que san Pablo quiere decirnos en su exhortación de la segunda lectura, cuando habla del cuerpo. Quisiera resaltar tres cosas. Primero, nos dice que nuestro cuerpo es para Dios. El cuerpo en la cultura hebrea significa toda la vida, todas nuestras fuerzas físicas y mentales. Entregar a Dios nuestro cuerpo significa consagrar a él toda nuestra vida. Pero Dios no nos arrebata nada, ¿quién sino él nos dio el cuerpo y la vida? Y más aún, Dios se nos da a nosotros. Pablo añade que «el Señor es para nuestro cuerpo». Casi siempre olvidamos esta parte: nos debemos a Dios, ¡pero él se nos ha entregado antes! Nos da a su Hijo, su Hijo se nos da como pan, como alimento no sólo espiritual, sino material. Con la eucaristía, toda la materia del mundo queda santificada. ¡Ni el cuerpo ni la materia son malos! Son creación y son instrumento de santidad, siempre que los ofrezcamos con amor. Dios no sólo nos da una vida terrena, finita y mortal, sino una vida eterna, porque lo que hizo con Jesús lo hará con nosotros: resucitará nuestro cuerpo mortal para invitarnos a una vida que no podemos imaginar.

«Vuestros cuerpos son miembros de Cristo»: quiere decir que estamos unidos a él, como las ramas al árbol. Recordemos la imagen de la vid y los sarmientos. Sentirnos parte de Cristo cambia nuestra vida: no estamos solos, somos parte de algo mucho mayor, un cuerpo inmenso y resucitado, que vive y ama para siempre. ¡Estamos llamados a algo muy alto!

La consecuencia de esto es que no podemos vivir de cualquier manera. Si somos parte de Dios, miembro de su cuerpo, toda nuestra vida es sagrada, y también nuestro cuerpo físico. No podemos tratarlo de cualquier manera. Pablo habla de la fornicación como ofensa al cuerpo, porque es un uso del cuerpo para algo que no es amor, sino lo contrario. Pero podemos extender su exhortación a muchos aspectos de nuestra vida. Si nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, ¿cómo debemos cuidarlo?

¿Cómo cuidar un templo, un santuario, una casa? Lo mantenemos limpio, hermoso, bien decorado. Evitamos que se acumule la suciedad, procuramos comportarnos con respeto y delicadeza. Lo mantenemos y hacemos las reparaciones necesarias. No lo acumulamos trastos ni basura… Pues lo mismo con nuestro cuerpo. Hay que evitar llenarnos de malos pensamientos, pero también de toxinas, de mala comida que nos ensucia la sangre y deteriora nuestras funciones vitales. ¿Cómo vamos a dar gloria a Dios si estamos enfermos, cansados, adormecidos y con brumas mentales? Cuidar el cuerpo con descanso, alimento bueno y ejercicio es también dar gloria a Dios. Pero este cuidado no es porque sí, por pura vanidad o egoísmo, sino porque estando bien, estando sanos, podemos amar y servir mejor a Dios y a los demás. Hay que estar en forma para ser buenos cristianos, buenos apóstoles, evangelizadores con el ejemplo de una vida sana, alegre, santa. Y, sobre todo, no perder el tiempo ni usar nuestro cuerpo y nuestras energías para nada que no sea amar.


Una nota sobre la lectura del evangelio, que es tan hermosa. Juan, el apóstol, describe su primer encuentro con Jesús. Apenas cuenta qué pasó, sólo recalca dos cosas. Una, que lo conoció porque otro se lo indicó. La buena noticia, la vocación, a menudo viene de mano de otras personas que señalan u orientan, como Juan Bautista: «Ahí tenéis al Cordero de Dios». Y los dos discípulos van a él. Estos dos avisan a sus hermanos. Cuando un encuentro te cambia la vida, ¡no puedes dejar de comunicarlo! Quieres compartir esa alegría. Así, Juan y Andrés llaman a Pedro y Santiago. ¡Venid! Pero… ¿qué les dijo Jesús a estos primeros? ¿De qué hablaron? El evangelista no lo revela, pero da un detalle: eran las cuatro de la tarde. Los momentos inolvidables de la vida se recuerdan así. No se nos olvida jamás ni el día ni la hora. Andrés y Juan andaban buscando, y Jesús tan sólo se limita a invitarles al lugar donde vive: «Venid y lo veréis». En este primer encuentro no los llama, ni los convence, ni quiere persuadirlos de nada. Simplemente les muestra su casa… les muestra un atisbo de su corazón. ¡Cómo debieron ser aquellas horas, para que Andrés corriera a buscar a su hermano Pedro y dijera: «hemos encontrado al Mesías»! Y cómo debió comunicarlo, para que el tozudo Pedro fuera de inmediato a verlo. En realidad, Andrés «Lo llevó», dice el evangelio. Esta lectura debería hacernos pensar… ¿Hemos tenido una experiencia de Cristo inolvidable, como la de Juan y Andrés? ¿Una vivencia de la que recordamos el día y la hora? Quien ha sido llamado, como Samuel, como Pablo, como Juan y Pedro, lo recuerda siempre… ¿Y lo comunicamos? ¿Explicamos a las personas que nos importan lo que verdaderamente nos importa y nos cambia la vida? ¿Las llevamos a Cristo?

2017-12-30

Revestíos de compasión y paciencia

Fiesta de la Sagrada Familia

Eclesiástico 3, 2-14
Salmo 127
Colosenses 3, 12-21
Lucas 2, 22-40

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Este domingo celebramos una fiesta entrañable: la Sagrada Familia. Dios se hace humano como cualquier otro niño y Dios también tiene una familia . Si al encarnarse Jesús divinizó la humanidad, al crecer en medio de una familia ha hecho sagrada esta institución humana.

Pero ¿cómo podría ser de otra manera? Todos nacemos y crecemos en familia. La familia nos es necesaria como la tierra para una plantita que brota. Es nuestra raíz y nuestro alimento durante años, aunque luego nos independicemos y sigamos nuestro camino, formando otra familia distinta. En medio de la crisis que sacude nuestro mundo de hoy, y pese a que los valores tradicionales son desafiados, la familia sigue siendo la institución más valorada por la mayoría de la gente, y también es el último refugio y recurso cuando las cosas van mal dadas. Como dijo cierto autor, la familia nunca entrará en decadencia, porque la necesitamos. Aunque cambien las costumbres y las formas, siempre será necesaria, y siempre volveremos a ella.

Pero la vida en familia no es un camino de rosas. Incluso las familias mejor avenidas saben que la convivencia diaria no es fácil, que los roces son continuos y las cruces jalonan la historia familiar.  Los matrimonios que duran largos años aprenden que amar también es ceder, conceder y adaptarse. El amor de los nuestros es gratificante, pero no nos ahorra muchos sufrimientos y preocupaciones. Vivir en familia es un desafío constante.

Y cuando se producen rupturas… ¿qué decir? El drama es tremendo y los que más sufren son los niños, que no pueden asimilar el fallo del amor, la ausencia de uno de los dos padres, o la violencia que a veces se da entre ellos. Las rupturas matrimoniales son guerras que siempre dejan víctimas tras de sí. Todos salen heridos y la reconstrucción de la vida es larga y costosa, pero necesaria.

¿Por qué cuesta tanto convivir? ¿Por qué rompen tantas parejas? ¿Por qué las familias se pelean y se enfrentan? ¿Por qué lo que debería ser un espacio de cielo se convierte en un infierno, o en una cárcel? ¿Qué sucede?

La enfermedad que ataca toda relación y toda familia se llama desamor. La falta de amor es una anemia vital que todo lo corroe y debilita, hasta destruirlo. Y la falta de amor no es tanto una falta de sentimiento o de pasión, como una falta de voluntad y perseverancia. Para amar, hay que querer amar, cada día, y decir sí al otro, cada día, cueste lo que cueste.

San Pablo en su carta a los colosenses da pistas y unos consejos a las familias, que no han perdido su vigencia con el paso de los siglos. Ante todo, pide que tengamos “compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre”. ¡Estas son las cualidades de Dios! Mirar al otro —y a nosotros mismos— con ojos de madre amorosa, este es el primer secreto para la convivencia familiar, y en cualquier grupo o comunidad.

Perdonar: otro pilar de la familia. Si Dios lo perdona todo, ¿cómo no vamos a perdonar nosotros? Esto no significa que no tengamos que enmendarnos y procurar no cometer de nuevo los errores y los daños infligidos. Pero sin perdón, la paz en la familia no es posible. ¡Todos tenemos tanto que perdonar, y tanto por lo que pedir perdón!

Ser agradecidos: otra premisa para vivir con paz. Hemos recibido mucho, no podemos vivir con la permanente sensación de que los otros nos deben algo y son injustos con nosotros. Tenemos la vida y muchos dones que no hemos buscado ni merecido, ¿de qué sirve vivir quejosos de lo que no tenemos, cuando tenemos tanto que agradecer? La gratitud se extiende no sólo a los demás, sino al mismo Dios, que nos da la vida y nos lo da todo: ¡Cantad a Dios! Quien vive agradecido no exige a los demás lo que es quizás injusto o excesivo.

Enseñaos mutuamente. Es una obra de misericordia enseñarse, aconsejarse, avisarse, siempre con amor y buscando el bien del otro, sabiendo escuchar y respetando su libertad.

Finalmente, san Pablo dirige unos consejos a los maridos, a las mujeres, a los padres y a los hijos. No hemos de ver en ellos signos de machismo: Pablo pertenece a la cultura de su tiempo y es normal que hable de obediencia y sumisión. Más bien deberíamos fijarnos en lo que, para aquella época, era extraordinario y novedoso. En una cultura donde el hombre era dueño de su esposa, Pablo exhorta al amor y a la ternura: “maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas”. ¿Qué líder religioso decía algo así en aquel tiempo? Y en una cultura donde los padres eran los amos de sus hijos, y podían disponer de ellos a su antojo, hasta venderlos como esclavos, Pablo dice algo insólito: “No exasperéis a vuestros hijos, que no pierdan el ánimo”. ¡Qué actuales suenan estos consejos! Es pedagogía moderna: educar con bondad, motivando y no presionando.

En esta fiesta de la Sagrada Familia, leamos despacio la segunda lectura, saboreemos y meditemos los consejos del apóstol y propongámonos vivirlos como mejor sepamos, en nuestro hogar y con nuestros seres queridos. Seguro que veremos cambios hermosos.

2017-12-21

Un misterio secreto durante siglos...

4º Domingo de Adviento - B

2 Samuel 7, 1-16
Salmo 88
Romanos 16, 25-27
Lucas 1, 26-38


Muchas veces hemos escuchado esta frase: “Celebramos el misterio de la Navidad”. ¿Un misterio? Parece que la Navidad, el Belén, el Niño Jesús, no son algo misterioso, sino muy familiar, entrañable, algo muy conocido. Quizás tanto que no nos damos cuenta de que estamos celebrando un acontecimiento extraordinario que ha cambiado la historia de la humanidad.

¿Qué es un misterio? Un misterio es mucho más que un enigma o un milagro. Misterio y místico tienen la misma raíz. Un misterio es una realidad que se nos escapa, que nunca podremos comprender del todo ni podremos explicar como explicaríamos cualquier fenómeno natural. Un misterio esquiva las leyes de la física y las matemáticas. Un misterio nos sobrepasa y nos da vértigo. Pero al mismo tiempo nos envuelve, tan cercano y tan íntimo como el corazón que late en nuestro pecho.

Navidad es un misterio, sí. Es un misterio que Dios, el inmenso, se haga pequeño. Es un misterio que el Creador se haga criatura. Es un misterio que el todopoderoso se haga tan frágil, tan vulnerable, tan dependiente. Es un misterio que cuando Dios decide entrar a participar en la historia del mundo lo haga con tanta sencillez, con tanta discreción y humildad, rodeado de gentes pobres e insignificantes. Es un misterio que Dios actúe con este estilo tan poco espectacular, casi como entrando “por la puerta trasera”. Sin ruido, sin poder avasallador, sin magia ni prodigios… Es un misterio de belleza increíble que Dios elija, como puerta para entrar en este mundo, el cuerpo de una joven mujer.

Que Dios se haga humano para compartir nuestro destino es un misterio que jamás llegaremos a agotar. Los autores del Nuevo Testamento lo han intentado explicar a su manera, con poesía y con textos llenos de simbolismos y profecías. Lucas narra la anunciación del ángel Gabriel a María. San Pablo, en el breve texto que leemos hoy nos habla de este misterio que se ha mantenido en secreto durante siglos. ¿De qué misterio habla? Del Dios cercano, del Dios-con-nosotros que viene a plantar su tienda entre los hombres porque quiere que seamos como él. Y ese misterio, ese plan que nadie podía haber imaginado, ahora el mismo Dios lo revela, con Jesús.

Dios ya no puede hablar más claro. Nos ama y nos quiere libres, plenos, gozosos. Cuando los profetas ya no podían hacer ni decir más, Dios mismo viene a traernos la buena noticia. Jesús es la transparencia de Dios. Ya no hay más profecías, anuncios y promesas: él está aquí. Ya vive entre nosotros.

Siempre queda, sin embargo, la libertad humana. Somos libres para aceptar, pero también para rechazar incluso lo que vemos ante nuestros ojos. Pero a quien se deja tocar por este misterio la vida le cambia radicalmente, como le sucedió a Pablo. Quien se deja amar por Dios, arde y no puede hacer otra cosa que esparcir ese fuego como luz en el mundo. Así lo hizo el apóstol, y así lo leemos hoy en esta lectura prenavideña. ¡Dios viene! Con él tenemos todo cuanto necesitamos para renovar nuestra vida. Que estas Navidades sean un tiempo de oración intensa, en que podamos encarar el nuevo año con un espíritu de gozo y regeneración. Que en la fiesta del Nacimiento de Jesús también nosotros experimentemos un renacimiento muy hondo.

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2017-12-15

Estad siempre alegres

3r Domingo de Adviento - B

Isaías 61, 1-2. 10-11
Lucas 1, 46-50. 53-54
1 Tesalonicenses 5, 16-24
Juan 1, 6-8. 19-28


El tercer domingo de Adviento es el llamado de la alegría. Y la segunda lectura de hoy justamente empieza así: «Estad siempre alegres». San Pablo se dirige a la comunidad de Tesalónica y le da varios consejos que nos vienen como anillo al dedo a los cristianos que estamos preparando la Navidad.

Decimos que en Navidad Jesús viene a nosotros. En realidad, ya vino, y se quedó, y está siempre con nosotros en la eucaristía. Pero recordar su nacimiento, como un cumpleaños, refresca la novedad de ese acontecimiento que cambió la historia. Las fiestas sirven para renovar el amor y reforzar vínculos. Sirven para recordar el sentido de lo que hacemos y dar luz a nuestra vida. Navidad nos recuerda que Dios quiere habitar nuestro hogar, nuestra casa física y nuestra morada espiritual: nuestra alma.

¿Cuál es la actitud apropiada? Cuando esperamos a una persona muy querida que viene a visitarnos, en cuanto sabemos la fecha de su llegada ya empezamos a saborear su presencia. La alegría se anticipa. Preparamos la casa, preparamos su recepción, detalles para su acogida, regalos, momentos… Ya estamos viviendo, en el corazón, la fiesta del encuentro.

Con Jesús sucede lo mismo. ¡Viene a nosotros! En cualquier momento puede llegar… Mientras tanto, la mejor manera de prepararnos es vivir como si ya estuviera con nosotros. Y san Pablo lo dice: «Estad siempre alegres». Pensad en su venida, en su cercanía, ¡no estamos solos! «Sed constantes en orar», añade. Porque orar es ya estar con él, es dialogar con él, intimar con él.

«No apaguéis el espíritu, no desdeñéis las profecías». ¿Qué significa esto? Las profecías y el Espíritu nos vienen a menudo por medio de los demás, o de las Sagradas Escrituras. Aprendamos a leerlas y meditarlas, escuchemos los mensajes que nos traen, asimilémoslos. «Y quedaos con lo bueno», porque todas estas profecías y mensajes que nos dan la Biblia, la Iglesia, los sacerdotes y otras personas son ayuda y luz para el camino.

«Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente». ¡Qué hermosa bendición! Santificar quiere decir hacer santo, sagrado, propiedad de Dios. San Pablo está deseando que todos nos sintamos amados, protegidos y cuidados por Dios, llenos de sus bienes. Sólo él puede cambiarnos, sólo él puede curar las heridas que nos enferman el corazón y el cuerpo. Nuestra voluntad no basta. Hemos de poner todo lo que podamos de nuestra parte… pero convertirnos requiere un toque de Dios. En sus manos, no temamos porque lo conseguiremos. «El que os llama es fiel, y él lo realizará».

Hoy se llevan mucho las técnicas de cambio personal basadas en diferentes disciplinas que se proponen cambiar la mente de la persona, resetearnos desde adentro y ayudarnos vivir la vida feliz que todos deseamos. Todo esto es muy legítimo e interesante, pero siempre llega un punto en que no funciona. Siempre seremos nosotros mismos. Siempre toparemos con nuestros límites y nuestros defectos. Somos así… ¿Es posible cambiar? Sí lo es, pero no sólo con nuestras fuerzas. Necesitamos ser muy amados para cambiar. Contemos con Dios y él podrá lavar todas nuestras manchas, culpas y heridas internas, y darnos «un corazón nuevo». Un corazón fresco, tierno, alegre y receptivo, que sepa orar, amar y vivir con alegría festiva este tiempo de espera. Toda nuestra vida en la tierra es Adviento y espera, pero también es fiesta, si sabemos vivirla acogiéndonos a su regazo.

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2017-12-09

Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2º Domingo de Adviento - B

Isaías 40, 1-11
Salmo 84
2 Pe 3, 8-14
Marcos 1, 1-8

El evangelio de este domingo es el inicio del evangelio de Marcos y tiene por protagonista a Juan Bautista. El profeta del desierto, valiente, alza la voz haciéndose eco de las antiguas profecías de Isaías. El mundo presente es injusto, caótico y lleno de violencia. Pero Dios no está sordo ni ciego; vela por nosotros y vendrá. Llegará el día en que su reino, un reino de justicia y de paz, se instaure. Pero para ello es necesario que, en medio del desierto, allanemos los caminos y quitemos los obstáculos para su venida. Dios viene, pero no lo hará con la potencia de un tanque avasallador, sino con suavidad: Dios entrará en nuestras vidas si le abrimos las puertas. Él traerá consigo la paz, pero necesita que, antes, nosotros estemos dispuestos a recibirlo.

A la luz de estas palabras, san Pedro escribe a los primeros cristianos. Estos vivían una situación tensa. Sufrían persecuciones y veían las injusticias del Imperio Romano. Pero al mismo tiempo esperaban una segunda venida de Cristo, que creían inminente. Ese “día del Señor” era contemplado con esperanza y cierta impaciencia. Es la impaciencia del que sufre una injusticia y aguarda un juicio y un veredicto justo. Los primeros cristianos se preguntaban: ¿Cuándo vendrá el Señor? ¿Tardará mucho? ¿Por qué se demora tanto?

Pedro los anima. Nuestra experiencia del tiempo es muy subjetiva y fugaz. Cuando lo pasamos mal, se eterniza. Cuando contamos los años de nuestra vida, vemos que todo pasa volando. Vivimos entre la lentitud y la fugacidad. ¿Cuál es la actitud sabia? La paciencia. Y una espera activa y gozosa, porque sabemos que el final será muy feliz.

El tiempo para Dios no es igual que para nosotros. Dios no acaba con el mundo ya, de un plumazo, porque quiere “que todos se salven”. Su estilo no es autoritario, sino misericordioso. Mientras dure la historia, siempre tendremos una oportunidad para convertirnos. Y mientras esperamos, vivamos ya en ese Reino que ha de llegar. Porque, en realidad, el Reino ya está aquí: no está completo, pero se está construyendo. Ahora vivimos como en medio de una gran obra, con andamios, hormigoneras, sacos de arena y un aparente caos. Pero en medio del desorden se está levantando el Reino. Podemos vivir ajenos a él o podemos colaborar en la construcción, aportando cada cual lo que pueda. A esto nos invita san Pedro: a vivir en paz, con Dios y con nosotros. La actitud sabia no es de angustia ni de resignación pasiva. Se trata de vivir vigilantes, atentos al mundo que nos rodea, a hacer el bien y a escuchar los signos que Dios nos envía cada día. En este Reino que se está construyendo cada buena obra es un paso más. Vivir de esta manera, edificando ese mundo nuevo que esperamos alejará el temor, el hastío y el derrotismo. Vivir trabajando con esa obra hermosa en mente, acabada y completa, nos alienta a seguir día a día.

2017-12-01

Dios es fiel

1r Domingo de Adviento  - B

Isaías 63, 16b-17; 64, 1.2b-7
Salmo 79
1 Corintios 1, 3-9
Marcos 13, 33-37

Este año vamos a reflexionar sobre las segundas lecturas de la misa dominical. Son las grandes olvidadas. Muchas veces no las escuchamos con atención y son textos que «nos suenan», pero no siempre profundizamos en ellos.

Es muy interesante seguir y meditar estas lecturas, porque son cartas de los apóstoles a las primeras comunidades: tratan temas, problemas y desafíos muy similares a los que afrontamos los cristianos de hoy. Si la primera lectura del Antiguo Testamento nos presenta las promesas de Dios y el evangelio es la historia de la promesa cumplida, las segundas lecturas son el testimonio de una comunidad que intenta vivir esa promesa, hecha realidad, en su vida de cada día.

Pablo es el gran enamorado de Cristo, que predica a los gentiles, los que viven ajenos totalmente a la fe de Israel y al Dios de Jesús. Hoy Pablo se lanzaría a predicar al mundo agnóstico, ateo, al mundo que prescinde de Dios o que busca mil formas de espiritualidad a la carta. Es nuestro mundo, nuestra sociedad, los mismos retos que afrontamos las parroquias y la Iglesia de hoy.

Dios es fiel


Hoy, en este primer domingo de Adviento, la primera lectura de Isaías nos habla de un Dios que, pese a todas las desgracias y dificultades, nunca abandona. En medio de las peores crisis la gran tentación es olvidar a Dios o renegar de él. Reconocer su presencia en la noche es un don que nos renueva. Podemos sufrir y tener problemas, pero el hecho de existir y estar vivos es la mayor señal de que, por encima de todo, somos amados y podemos aprender de las situaciones para crecer y hacernos más personas, más humanos y más hijos de Dios. Somos arcilla y Dios es el alfarero.

Pablo saluda a la comunidad de Corinto, una comunidad grande y activa. Y les dice dos cosas muy importantes. Primero, da gracias a Dios por el don de Cristo. Tener a Cristo es contar con el mismo Dios a nuestro lado, presente en nuestra vida: con su amor lo tenemos todo. «No carecéis de ningún don». Ante las posibles persecuciones e incomprensión del mundo, no hay que temer. Tampoco hoy debe asustarnos ni avergonzarnos ser cristianos. Dios nos dará la sabiduría necesaria para expresar nuestra fe. Lo importante es dar testimonio. No defendemos unas ideas ni una doctrina ni necesitamos armarnos de razones. Comunicar lo que vivimos, nuestra experiencia, esta es la auténtica evangelización. Sin una vivencia profunda e íntima de Dios, de comunión con Jesús, toda palabra será hueca, sonará artificiosa y ajena a la realidad. Pero cuando uno está enamorado, ¡cómo se nota! ¡Cómo se nota que una madre, un esposo, un hijo, ama!

«Dios os llamó a participar de la vida de su Hijo, Jesucristo», dice Pablo. Esto es enorme. La vida de Jesucristo no es cualquier vida: es una vida plena, entregada, apasionada y apasionante. Y más aún, es una vida resucitada, que no termina en la tierra, sino que se prolonga en la eternidad.

Muchas personas viven angustiadas y buscando el sentido a la vida. ¿Cuál es mi propósito vital?, se preguntan, y no encuentran. Pero todos tenemos una vocación que espera ser descubierta. Y, más allá de la vocación personal, todos estamos llamados a un mismo destino: tener una vida plena y una vida eterna. La vida de Jesús tiene sentido porque es una vida de entrega y porque en ella la persona va más allá de sí misma. Dios se hace humano, ¿para qué? Para divinizar la humanidad. Este es el sentido más hondo de la Navidad. Sí: Dios nos crea con amor y nos llama a compartir su vida, que es puro amor, creatividad gozosa, alegría y belleza. El cristianismo tiene mucho a ofrecer a los eternos buscadores de sentido. Y no sólo ofrece una promesa, sino que el mismo Dios se hace alimento y «pan para nuestro viaje», para ayudarnos a conseguirlo. Nos da una meta hermosa y nos da los medios y el camino. «No carecéis de ningún don…» Dios promete, Dios acompaña y Dios nos espera. Y, como nos recuerda Pablo, «¡Él es fiel!»

Incluso en la vida de las personas que parecen más alejadas de él, Dios no deja de buscarles, de manifestarse y de hacerse cercano. Dios tiende la mano de muchas maneras. Quizás el problema es más nuestro: no lo vemos, no lo queremos ver o estamos tan llenos de soberbia, o de nosotros mismos, que no podemos verlo. Él está, pero si nos tapamos los ojos con la mano, ¡nunca lo veremos!

Por eso Jesús en el evangelio dice tres veces: ¡Velad! Ese velar es vivir despiertos y aprender a descubrir la presencia de Dios, cada día, siempre cerca.

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