2013-07-19

Marta y María


16º Domingo Tiempo Ordinario - C

«Prosiguiendo su viaje, entró Jesús en cierta aldea, donde una mujer, de nombre Marta, le hospedó en su casa. Tenía esta una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, estaba escuchando su palabra. Mientras tanto, Marta andaba muy afanada en disponer todo lo que era menester, por lo cual se presentó y dijo: “Señor, ¿no reparas que mi hermana me ha dejado sola en las tareas de la casa? Dile que me ayude”. Pero el Señor le dio esta respuesta: “Marta, Marta, tú te afanas y acongojas por muchas cosas. Cuando con pocas, y hasta con una sola, basta. María ha escogido la mejor parte, y no le será arrebatada”». 

La hospitalidad ante Dios 

El evangelio de este domingo nos presenta a dos mujeres judías hospitalarias, que saben acoger al Señor. La hospitalidad es intrínseca de la cultura judía. Además, Marta y María tenían un vínculo de amistad con Jesús, formaban parte de la familia de amigos de Betania. ¡Qué importante es saber acoger y abrir las puertas a los demás! Y aún más, qué importante es abrir las puertas del corazón a Dios. 

El activismo de Marta

Las dos hermanas tienen reacciones diferentes ante la visita de Jesús. Marta se multiplica en el servicio para atender a su amigo. María se sienta a sus pies para escucharlo. Marta nos recuerda el hiperactivismo, ese afán por hacer, aplicado a muchos aspectos de nuestra vida. Aunque siempre es bueno trabajar por los demás, también conviene encontrar espacios para hacer silencio, rezar y acoger. Muy a menudo, en nuestro empeño por ser obsequiosos, nos perdemos en detalles y olvidamos lo más importante: la misma persona a la que recibimos. 

A veces, la mejor acogida es la escucha. Hoy la gente va deprisa, estresada y preocupada por mil cosas, como Marta. Y nunca llega a todo. Nos falta tiempo y calma. Nos ponemos nerviosos y de aquí pasamos a la angustia y, en muchos casos, a la depresión. Llega un momento en que tenemos que plantearnos, no tanto qué hemos de hacer, sino qué hemos de dejar de hacer para encontrar esos momentos necesarios de paz y sosiego. No podremos ser acogedores si en nuestro interior reinan el nerviosismo y la prisa. 

La acogida de María 

Jesús elogia a María y le dice que nadie le quitará su parte ―la mejor parte―. María ha centrado su acogida en el amigo que viene a visitarlas y es ella quien recibe el regalo que les trae Jesús: su presencia, sus palabras. Hoy, viniendo a la eucaristía, los cristianos hemos escogido la mejor parte del día: estar cerca de Jesús, escucharle y, además, tomarlo y llevarlo dentro. Ese elogio de Jesús a María puede hacerse extensivo a todos los cristianos. 

Hemos de aprender a encontrar espacios para acercarnos a Dios e intimar con Él. El núcleo de la revelación cristiana es la amistad de Dios con el ser humano. Dios no desea otra cosa que cultivar esa amistad, pero solo será posible si somos capaces de encontrar esos momentos de paz y de silencio. 

Dios busca nuestra amistad 

Jesús no quiere el servilismo de Marta, no desea que le sirva como una criada, sino que sea su amiga. Hacer muchas cosas puede convertirse, inconscientemente, en un afán por ganar méritos y buscar una recompensa. A Dios, en cambio, solo le basta que dejemos de hacer y nos pongamos ante Él. La fe cristiana no consiste tanto en lo que yo puedo hacer por Dios sino en lo que Él hace por mí. Hemos de lograr ser buenas Marías para ser buenas Martas. Con Dios en nuestro corazón, podremos servir mejor a los demás y nuestro trabajo será fructífero. Solo desde la escucha y la contemplación podremos ejercer la caridad.

2013-07-13

¿Cómo ganar el cielo?


15º Domingo Tiempo Ordinario C

«Se levantó un doctor de la Ley y le dijo, con el fin de tentarle: Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Qué es lo que se halla escrito en la Ley? Le respondió él: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo. Le respondió Jesús: Bien has respondido: haz eso y vivirás. Mas él, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?...».

Lo que dice la ley

¿Qué hacer para ganar el cielo? Es una pregunta que nos concierne a todos. Nos inquieta el más allá. Venimos a misa, rezamos, practicamos la caridad… y, al igual que aquel judío, preguntamos a Jesús qué hemos de hacer para heredar la vida eterna.

Jesús responde al letrado: ¿Qué lees en la Ley? Amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con toda tu mente, con todo tu corazón, con todo tu ser. Esto significa poner a Dios en el centro de nuestra vida, no como una realidad abstracta o esotérica, sino vivida en lo más hondo de nuestro ser. Amarlo con todas las fuerzas, con todo el corazón y toda la mente es amarlo con tenacidad, con pasión, con plenitud.

Pero, a continuación, la Ley también habla del prójimo. Amarás al prójimo como a ti mismo. Esa es la clave de esta lectura.

¿Quién es mi prójimo?, pregunta el judío. Y Jesús le explica la parábola del buen samaritano.

¿Quién es el prójimo?

Un hombre que viaja de Jerusalén a Jericó es asaltado por unos bandoleros, apaleado y dejado medio muerto en medio del camino. Lo ven un sacerdote y un levita, dan un rodeo y pasan de largo. En su actitud están desoyendo incluso las escrituras del Antiguo Testamento, que exhortan a practicar la misericordia. Los mismos representantes de esta ley pasan, ignorando el dolor de la persona.

En cambio, un samaritano que pasa por allí lo ve y se compadece del hombre apaleado. Es el forastero, el mal visto, hoy diríamos «el inmigrante», el «marginado». Y es él quien ejerce la caridad. Cuida al hombre herido y lo lleva a un lugar donde podrán atenderlo, pagando sus gastos por él.

Con esta parábola, Jesús está universalizando al prójimo. Ya no es el cercano, el pariente, el compatriota o el que practica la misma fe. El concepto de prójimo salta por encima de la Ley, del pueblo judío, de la cultura o las convicciones. Lo importante no es quién es, o de dónde procede. Es un ser humano que necesita ayuda.

El samaritano se convierte en un símbolo del mismo Jesús y de la Iglesia. Cura sus llagas ungiéndole con aceite y vino, signos que evocan los sacramentos de la unción y la eucaristía. Jesús vino a curar y a rescatar al hombre caído, y la Iglesia continúa su labor.

La caridad por encima del precepto

En nuestro mundo vive mucha gente apaleada por el sufrimiento, la soledad, la angustia, la falta de sentido en su vida… Como cristianos, no podemos quedarnos en el cumplimiento del precepto. La ley que quiere Dios, como leemos en el Deuteronomio, está en nuestra boca, pero también en el corazón. No queda fuera de nuestro alcance, no es nada que no podamos cumplir.

Hemos de responder al sufrimiento de quienes padecen, de quienes se encuentran llagados anímica y existencialmente. No podemos pasar de largo. En el corazón de la Iglesia están los pobres, los moribundos, los enfermos, los marginados. Hemos de cumplir los preceptos de la Iglesia, sí, pero por encima de todo, nuestra ley es el amor.

No basta con venir a misa y cumplir. La caridad es aún más importante. Después de explicarle la parábola, Jesús le dice al maestro de la Ley: «Anda, haz tú lo mismo».

Despertar la sensibilidad

Nuestra cultura del progreso tecnológico nos arrastra en una marea estresante. La velocidad nos impide ver lo que hay a nuestro alrededor. La prisa es tremenda, porque nos aleja de la realidad. En cambio, si uno camina despacio puede ver, contemplar, escuchar y saborear. Puede hacerse sensible a cuanto le rodea.

El progreso científico es estupendo. Pero el bienestar material y tecnológico no basta para hacer feliz a la persona. En medio de la prosperidad brota el malestar social, psíquico y existencial. Algunos sociólogos señalan que vivimos en un mundo hiper-tecnificado y narcisista, que nos aleja de lo pequeño, lo humano, lo cotidiano. Nos aleja, también, del que nos necesita.


Jesús revela el corazón compasivo y la bondad de Dios. Como hijos suyos, estamos llamados a alimentar un corazón misericordioso. No podemos permanecer impasibles ante el dolor. Hay que invertir en humanidad, en medios para acoger a los que sufren y viven abandonados, en el arcén. Los cristianos no podemos callar esto. Seamos el corazón de Cristo en medio del mundo, torrente de bálsamo y dulzura para el que sufre.


2013-07-06

Os envío como corderos




14º domingo Tiempo Ordinario -C-

«Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado, ni os paréis a saludar a nadie por el camino (…). En cualquier ciudad que entrareis y os hospedareis, comed lo que os pusieren, y curad a los enfermos que en ella hubiere, y decidles: El reino de Dios está cerca de vosotros…». Lucas 10, 1-20.

Una experiencia de evangelización 

A parte de los doce, mucha gente se movía alrededor de Jesús, deseosa de descubrir el rostro de Dios. En el evangelio de hoy vemos cómo Jesús designa a setenta y dos discípulos y los envía a predicar a las aldeas de su tierra. Los manda para que se ejerciten en la tarea de anunciar el mensaje de Dios a todos los pueblos. «La mies es mucha y los obreros pocos», dice Jesús. «Pedid al amo de la mies que envíe operarios a su mies». Todavía ahora son muchos los campos para evangelizar, y somos pocos para ese gran cometido. A los cristianos de hoy, Jesús nos invita a incorporarnos a la labor misionera de proclamar la buena nueva. 

Os envío como corderos 

Antes de partir, da a sus discípulos varias consignas. Con estas instrucciones, Jesús deja claro que no quiere colonizar ni obligar a nadie a creer en Él. «No llevéis manto ni bastón, ni os entretengáis por el camino». «Os mando como corderos en medio de lobos». Es decir, que en la misión no se trata de imponer nada a quien no quiere abrir su corazón. Los misioneros han de ser humildes, sencillos, pacíficos y mansos como corderos. No podemos arrasar, como ciertas ideologías que van coartando las libertades e imponiendo su criterio. Jesús quiere que los suyos anuncien con serenidad el Reino de Dios. 

Dad la paz y anunciad el Reino 

La primera consigna es desear la paz a quienes los reciben. La gente está falta de paz, inmersa en problemas de toda índole. Lo primero que deben hacer los apóstoles es desear la paz a todos. Quedaos allí, continúa Jesús, respetad sus costumbres, comed lo que os den, con gratitud. El obrero bien merece su salario. 

La siguiente consigna, que es el núcleo de la misión, es anunciar: el Reino de Dios está cerca, está llegando. Los apóstoles preceden a Jesús, que trae consigo un Reino de paz, más allá de las diferencias; un reino solidario, con esperanza y ánimo para crecer. El Reino de Dios no es otra cosa que el amor de Dios en el mundo, encarnado en el mismo Jesús. Él dará sentido y esperanza a nuestra vida. Se entregará para que alcancemos una alegría existencial plena y profunda. Anunciad esto, les pide Jesús. Viene Aquel que llenará vuestra existencia de sentido y felicidad. 

Sanar el cuerpo y el alma 

También les dice Jesús: curad a los enfermos. Sanar es el otro gran cometido de los apóstoles. Mucha gente enferma padece dolencias físicas, pero una enfermedad más honda, que debilita la existencia y la mina por dentro, es la falta de razones para vivir. No saber a quién amar, no sentirse amado, no tener un proyecto, una motivación, algo que dé sentido profundo a la vida, es la dolencia más grave. Hay muchas personas que tienen de todo: dinero, salud, compañía… Y, sin embargo, aún les falta algo. Aún existe otra terrible enfermedad que afecta más allá de lo fisiológico y lo psíquico: la carencia de Dios. Allí donde no llegan la psicología ni la psiquiatría, ni la ciencia médica, allí puede llegar Dios. Él puede penetrar hasta lo más hondo de nuestro ser. Ese dolor existencial que no pueden curar los psicólogos puede sanarlo Dios. Curar a los enfermos es también sanar el alma, la vida entera. Ante los grandes interrogantes de la persona: ¿en qué creemos?, ¿quién somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? Ni siquiera las ciencias tienen respuesta. Pero la sabiduría que emana del propio Cristo es fuente de salud, tanto para el cuerpo como para el alma. 

Vuestros nombres están inscritos en el cielo 

Los setenta y dos regresan contentos. Hasta los demonios y los malos espíritus se les someten. Sucumben ante la fuerza rotunda del amor, del perdón, de la infinita misericordia. Pero Jesús les dice que no deben estar satisfechos solo porque han peleado y vencido contra el mal. Sí, han hecho un buen trabajo, la gente los ha escuchado y se han convertido. Pero la mayor alegría es otra. «Estad contentos porque vuestros nombres están inscritos en el Cielo». Están grabados en el corazón y en la mente de Dios. La causa de su alegría no son sus logros, sino el amor que les da su fuerza. 

Somos enviados 

Cuando finalizamos la misa, el sacerdote nos dice: «Id en paz». También nos envía, llenos de paz y alimentados por la Eucaristía. Y vamos al mundo como corderos. No somos lobos ni hemos de ser como ellos para vencerlos. Ser como ovejas, aún llevadas al matadero, como el mismo Jesús, significa renunciar al poder. Después de recibir el alimento eucarístico tenemos la fuerza suficiente para salir afuera y explicar las grandezas de Dios. 

Podemos comenzar con la propia historia. ¡Qué gracia tan grande, cuántos dones nos ha dado Dios! Nuestra misión, hoy, es esta: anunciar por todo el mundo que el amor de Dios está cerca y que somos instrumentos de ese amor. Ojalá vengamos a misa cada domingo satisfechos porque hemos cumplido nuestra labor. El testimonio de una vida entregada a los demás es el mejor mensaje evangelizador que podemos transmitir. No nos rindamos. Continuemos, tenaces y valientes. Demos lo que tenemos y hemos recibido. ¡Comuniquemos! No podemos quedarnos solo en la eucaristía, cerrados en el ámbito parroquial. Esto empobrece nuestra fe. Afuera la gente espera, hambrienta, que les anunciemos el amor de Dios.

2013-06-28

Déjalo todo y sígueme


13º domingo Tiempo Ordinario  -C-

«Mientras iban andando su camino, hubo un hombre que le dijo: Yo te seguiré a donde quiera que fueres. Pero Jesús le respondió: Las raposas tienen guarida, y las aves del cielo nidos, mas el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. A otro, le dijo: Sígueme. Mas este respondió: Señor, permíteme que vaya antes y dé sepultura a mi padre. Le replicó Jesús: Deja a los muertos sepultar a sus muertos, pero tú, ve y anuncia el Reino de Dios…».

Seguirlo sin condiciones

Jesús sabía muy bien que su misión era redimir a la humanidad. Pero esto pasaba por dirigirse a Jerusalén, donde le esperaba la muerte en cruz y, posteriormente, la resurrección. Con su muerte Jesús llevaría a cabo el máximo gesto de entrega. Es en este contexto y en esta tesitura espiritual que Jesús emprende el camino a Jerusalén.

Se encuentra con varios hombres que quieren seguirlo, pero… seguir a Jesús es caminar a la intemperie, sin seguridades. La única certeza es saber que caminamos hacia el Padre. El camino no es fácil y está lleno de riesgos. Unirse a Jesús y caminar con Él es tener claro que siempre estaremos en su corazón y que la meta nos espera en el cielo. Pero no tendremos nada seguro en el mundo.

«Deja que los muertos entierren a sus muertos», dice Jesús. El hombre que quiere seguirle le da un sí, pero condicionado. De ahí esa respuesta rotunda.

Abrirse a otra familia

Jesús no pide que rompamos los lazos familiares, por supuesto, sino que lo sigamos sin condiciones, con serenidad y total confianza. Cuando se sigue a Jesús no se rompe con nada, más que con aquello que nos puede impedir acercarnos a Dios. No se trata de abandonar la familia de sangre, pero sí de abrirnos a una familia mucho más extensa, que trasciende la biológica: la familia del pueblo de Dios. En esta familia, todos somos hijos de Dios y hermanos, «nación consagrada, estirpe elegida, pueblo santo».

Dejarlo todo no debe leerse literalmente. Cada cual debe saber estar en su familia, en el trabajo, en su ciudad, en medio de la sociedad, desempeñando sus tareas, dando testimonio y evangelizando desde su lugar. Lo importante es la actitud del corazón.

La excusa más frecuente

Seguir a Jesús no es sencillo hoy. ¿Qué excusas le podemos poner?

Posiblemente, la más frecuente sea esta: «No tengo tiempo». Estamos tan metidos en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestros compromisos, en mil y una cosas, que no tenemos tiempo para seguirlo. ¿No suena esto un poco a excusa? Dios nos lo ha dado todo. Suya es la existencia que disfrutamos, suyo el tiempo de que disponemos. ¿No sabremos darle, al menos, una parte?

Dios no quiere que seamos irresponsables con nuestras obligaciones, pero sí nos pide un tiempo para Él. Un tiempo que quizás perdemos vanamente en ocio innecesario, en televisión, en cosas vacías y estériles. Seguir a Dios implica un sacrificio. Pero podemos seguirlo desde nuestro hogar y desde nuestras opciones profesionales.

El que mira atrás no es apto para el Reino del Cielo, leemos en los evangelios. Vemos cómo Eliseo, fiel a la llamada del profeta Elías, lo sigue para ser su ayudante y, más adelante, lo sucederá como profeta. Mata a sus bueyes, obsequia a su familia y lo deja todo. Entierra su pasado. «Enterrar» significa sepultar todo aquello que nos quita vida. Para ello es preciso ser valientes.

Fidelidad para perseverar

Para los que ya somos cristianos, la llamada hoy, no es solo a seguir a Jesús, pues ya creemos en Él, sino a mantenernos fieles.

La gente se cansa. A todos nos cuesta desvelar nuestra fe y nos olvidamos de Aquel que nos ha hecho existir y nos lo ha dado todo. Nos cuesta seguirlo porque sabemos que esto implica tiempo, compromiso, cambiar nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestra forma de pensar… y poner toda nuestra confianza en Él.

Muchas personas rehusarán escucharnos. Jesús es paciente, no se enfada ante los que rechazan su mensaje. Cuando sus discípulos le piden que haga descender fuego del cielo sobre aquella aldea que no los quiere recibir, Él los reprende y se marchan de allí. La verdad no puede ser impuesta a nadie, y Jesús lo sabe. Con dolor, puesto que los que se cierran al amor de Dios viven ensimismados, intoxicados en su cerrazón, faltos de oxígeno. Pero Jesús nos dice que, si bien unos lo rechazarán, otros abrirán su corazón. Por esto hemos de continuar trabajando, entusiastas, tenaces, para difundir nuestra fe.

Valentía, tenacidad y confianza: con estas tres virtudes podremos emprender nuestro camino de seguimiento a Jesús.

2013-06-22

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?


12º domingo Tiempo Ordinario C

«Y vosotros, replicó Jesús, ¿quién decís que soy yo? Respondió Simón Pedro: El Cristo de Dios. Pero él los apercibió que a nadie lo dijeran. Y añadió: Conviene que el Hijo del Hombre padezca muchos tormentos y sea condenado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y sea muerto y resucite al tercer día. Así mismo, decía a todos: Si alguno de vosotros quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y lleve su cruz cada día, y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa la salvará». 

Una pregunta pedagógica

Además de ponerse en camino para anunciar la buena nueva y obrar milagros, Jesús busca siempre espacios para la oración y para formar a sus discípulos. Alguna vez se retira, solo, a la montaña a rezar, y otras veces lo hace delante de los suyos.

Durante estos espacios de diálogo sosegado, Jesús aprovecha el momento adecuado para preguntar a los discípulos sobre su identidad: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

Esa cuestión resulta crucial para los discípulos. Él les plantea este interrogante, pues quiere saber hasta qué punto entienden sus palabras, sus gestos y sus milagros. Pero, sobre todo, quiere saber si han captado su relación filial con Dios Padre. Es entonces cuando ellos descubren realmente quién es Jesús.

A los cristianos de hoy esta pregunta se podría considerar como un examen de catequesis. ¿Quién es Jesús para nosotros?

Lo que el mundo dice de Jesús

Jesús formula su pregunta en una doble dirección. La primera vez, les pide que le digan quién dice la gente que es Él. Y los discípulos contestan lo que han oído: unos dicen que Jeremías, otros que Elías, Juan o alguno de los profetas. También hoy se dicen muchas cosas sobre Jesús y se hacen interpretaciones diversas sobre su persona en libros, documentales y películas. Filósofos y pensadores han escrito largamente sobre la imagen de Jesús de Nazaret, un personaje controvertido que siempre ha levantado pasiones. Incluso ha habido quien sostenía que Jesús era una invención de los primeros cristianos, una fábula de quienes organizaron la Iglesia. Algunos retratos modernos de Jesús nos lo presentan como un lunático, un revolucionario, un librepensador, un rebelde ante las estructuras, un pacifista, un líder carismático o un gurú espiritual. Otros, más románticos, quieren ver a un Jesús ingenuo; muchos piensan que simplemente era una buena persona, y alguna versión incluso aventura que fuera un extraterrestre. La literatura también nos ha legado imágenes dispares de Jesús, que a veces han generado mucha confusión. Algunos autores se concentran en su humanismo; otros movimientos lo reducen a la imagen estética de un hombre lleno de bondad, pero quitándole toda su dimensión divina. Y aún podríamos decir más cosas…

Una experiencia de salvación

Jesús formula la pregunta de nuevo, y esta vez se la dirige a ellos, a sus propios seguidores: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

A Jesús no solo le interesa saber qué piensa la gente. Le importa mucho más saber qué han comprendido sus amigos, las personas cercanas a Él, que han vivido en su proximidad.

Pedro, el cabeza del grupo, responde con rapidez a esta cuestión tan vital. Y lo hace de manera decidida y acertada: «Tú eres el Mesías de Dios».

Con esta respuesta, Pedro demuestra que ha comenzado a penetrar en la dimensión misteriosa de Jesús. Lo reconoce como Mesías, es decir, el salvador. Y lo sabe, sin dudar, porque se ha sentido salvado por Él. En su interior tiene muy presente aquella escena en la barca, cuando, sacudido por el oleaje, intentó caminar sobre las aguas para alcanzar a su maestro. Cuando el miedo lo hizo vacilar y lo comenzó a hundir, Jesús lo tomó de la mano y lo levantó. Esa experiencia salvadora,  las palabras que le ha escuchado y los milagros que le ha visto obrar, lo convencen de que es realmente el Hijo de Dios que ha venido a rescatar a la humanidad.

Después de salvarlo, Jesús lo llama, al igual que llama al resto de los discípulos. Pedro sabe con certeza que en las entrañas de Jesús está Dios.

¿Quién es Jesús para nosotros?


Hoy también, en la celebración de este domingo, Jesús nos pregunta a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, quién es Él para nosotros. ¿Qué pensamos de su persona? ¿Cómo vivimos nuestra amistad con Él? Y esta pregunta nos lleva más lejos. Jesús quiere saber si nuestro corazón está realmente abierto a Él; si vivimos nuestra vocación cristiana con coherencia; si tenemos la misma valentía de Pedro. En nuestra realidad social, familiar, laboral, ¿cómo vivimos nuestra fe? ¿Estamos enamorados del mensaje de Cristo? ¿Es para nosotros el centro de nuestra vida? ¿Lo llevamos adentro, después de tomarlo en la eucaristía? Jesús también nos está preguntando si el amor y la justicia gobiernan nuestra vida, y si somos capaces, llegado el momento, de darlo todo por amor. Quiere saber si su amistad ha llegado a ocupar un lugar en nuestro corazón, si somos conscientes de que Él nos ha salvado, nos ha liberado de la esclavitud del egoísmo y nos ha sacado del éxodo de nuestra frágil existencia para llevarnos a la vida de su reino.

Es conveniente, de tanto en tanto, preguntarse estas cuestiones profundas que afectan a nuestra fe, para saber si estamos en el camino correcto y comprobar si realmente estamos caminando con Él. 

Tomar la cruz y seguirle

La última parte del texto nos alerta: seguir a Jesús y acompañarlo toda la vida comporta una exigencia: la negación de uno mismo. Negarse a sí mismo, lejos de ser una autoanulación, es la auténtica libertad. Solo el que es capaz de anteponer el amor a Dios y a los demás a sus propios intereses podrá vivir plenamente, libre de trabas. La cruz es esa herencia que todos hemos de asumir y aceptar, nuestras cargas, nuestros límites y nuestras dificultades. Pero quien acepta su cruz y la echa a su espalda, dispuesto a dejarlo todo atrás, alcanza una inmensa libertad interior.

Seguir a Jesús requiere darlo todo, como lo hicieron los apóstoles hace veinte siglos. Hoy, la exigencia es la misma: Dios nos lo pide todo. Pero no nos arrebata nada de lo que realmente anhela y necesita nuestro corazón. Al contrario, cuando decidimos seguirle, nos ofrece el mayor regalo. Ojalá sepamos descubrir que la auténtica felicidad está en decir sí a Dios y en amar a los demás. 

2013-06-15

A quien mucho ama, mucho se le perdona

11º Domingo del Tiempo Ordinario

… una mujer pecadora de la ciudad, luego que supo que se había puesto a la mesa en casa del fariseo, trajo un vaso de alabastro lleno de perfume. Y, acercándose por detrás a sus pies, comenzó a bañárselos con sus lágrimas, y los besaba, y derramaba sobre ellos el perfume. Viéndolo el fariseo que le había convidado, decía para sí: Si este hombre fuera profeta, bien conocería quién y qué tal es la mujer que le está tocando: una mujer de mala vida (…)
Le dijo Jesús: Simón, ¿Ves a esta mujer? (...) Le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho; pues a aquel a quien poco se le perdona, poco ama. 
Lc 7, 36-50

Más allá del cumplimiento de la ley

En el evangelio de este domingo vemos los hermosos gestos de una mujer ante Jesús. Son gestos de arrepentimiento, pues llora, y también de ternura: le lava los pies, los besa, los perfuma. El autor nos dice que era una pecadora, tal vez se trataba de una mujer de la vida, una prostituta. Y Simón, el fariseo que ha invitado a Jesús, inmediatamente hace un juicio ético sobre ella. Entonces Jesús le explica la parábola del prestamista y los dos deudores y le hace una pregunta. Simón responde con certeza: a quien más le perdonó, más amará a su acreedor.

Los fariseos creían que cumpliendo estrictamente la ley podían considerar que todo lo hacían bien. Pero Jesús era un hombre libre, sin prejuicios, más allá de las convenciones sociales y religiosas. Al ver llorar a la mujer arrepentida, debió conmoverse hondamente. Y, ante el fariseo, le hace una relación de sus actitudes ante él. No le ha ofrecido agua, mientras que ella le ha lavado los pies con sus lágrimas; no le ha besado, pero ella no ha dejado de besarle los pies; no le ha ungido, y ella le ha perfumado con aromas. En contraste con Simón, más parco en atenciones, la mujer se vuelca ante la persona de Jesús.

El gesto de Jesús pasa por encima de la ley judía. Se deja tocar, besar, ungir por la mujer. Es una actitud revolucionaria respecto al amor y la libertad. Recordemos que fue la ley quien mató a Jesús. Él nos enseña que, por encima del cumplimiento de la ley, está la caridad y la ayuda a los demás. Lo más importante es el amor, la misericordia, la ternura, la delicadeza.

Tocar la pureza de Dios

Aquella mujer necesitaba sentir que Dios la amaba para poder convertirse. ¡Qué mejor manera de mostrarle este amor que dejarle tocar el corazón de Dios! Dejándola lavar sus pies, Jesús la acoge y le muestra que Dios no la rechaza. Y ella cree en este amor. Por eso Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado”.

La mujer pecadora, ungiendo los pies de Jesús, toca la pureza y la hermosura de Dios. Jesús no queda manchado, al contrario: es ella quien queda purificada por la experiencia sublime del amor. El amor limpia y sana. Cada vez que recibimos a Cristo en la eucaristía nos alimentamos de su amor y quedamos puros.

El corazón arrepentido, la mejor ofrenda

San Pablo lo recuerda en sus cartas: no serán los méritos lo que nos salve, sino la gracia de Dios. Tampoco será el cumplimiento del precepto lo que nos salve a los cristianos. Lo que Dios desea es un corazón convertido, que lo anhele, que lo busque, que lo acaricie.

El fariseo era un perfecto cumplidor de la ley. En cambio, la mujer seguramente vivía con sentimientos de culpa y de pecado. Llora, arrepentida. Por eso Jesús la deja acercarse. El salmo 50 canta: “un corazón quebrantado tú no lo rechazas, Señor”. Dios quiere un arrepentimiento sincero. Él recoge nuestras lágrimas y nuestra ternura. El gesto de aquella mujer demostró a Jesús que necesitaba cambiar su vida. ¿Cómo no iba a acoger a los pecadores, para liberarlos del peso de su pecado y bañarlos con su luz salvadora?

Necesitamos el perdón

Necesitamos la dulzura, el perdón y la misericordia de Dios. Si creemos no necesitarla, ¡qué lejos estamos de su amor! Estar a los pies de Jesús y pedir que nos limpie es una genuina actitud cristiana.

Jesús acoge a todos los pecadores. “Porque has creído, porque te has arrepentido, porque me has amado mucho, tu fe te ha salvado”. Como la mujer del evangelio, necesitamos abrir nuestro corazón. Dios nos sigue para salvarnos; dejemos que nos revele su amor a través de mil gestos cotidianos, dejémonos tocar por Él.

Esta es la lógica del amor de Dios: rescatar a la oveja perdida. Jesús la hace sentirse restaurada, redimida, elevada a la categoría de hija de Dios. Entre el cumplidor y la pecadora que sufre, Jesús opta por ella. No nos creamos mejores porque cumplimos nuestros preceptos. Jesús muestra una clara preferencia por los que viven en el arcén, los marginados, los mal considerados, los que andan errados, necesitados de ser acogidos. Como viva imagen suya, los cristianos estamos llamados a ser capaces de transformar el corazón de la gente. Ser cristiano es tener la osadía de ir a contracorriente de los criterios del mundo por amor a Dios.

2013-06-08

¡Levántate!


10º Domingo del Tiempo Ordinario

… he aquí que sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, que era viuda, e iba con ella gran acompañamiento de personas de la ciudad. Así que la vio el Señor, movido a compasión, le dijo: No llores. Y, acercándose, tocó el féretro. Y los que lo llevaban se pararon. Dijo entonces: Joven, yo te lo mando, levántate. Se incorporó el difunto, y comenzó a hablar. Y Jesús lo entregó a su madre.
Lc 7, 11-17

Siempre en camino

Los evangelistas, especialmente Lucas, subrayan en Jesús el verbo caminar. Son muchas las lecturas del evangelio que señalan que el Señor “va de camino”. Con estas expresiones, el autor sagrado nos muestra a un Jesús que siempre está en marcha y sólo se detiene para rezar o descansar lo poco que puede. Su vida está llena de acción y en él se da una dinámica constante que lo lleva a acercarse a los demás, especialmente a los que sufren y sienten dolor, a los pobres y a los abandonados. En una cultura que desprecia y considera maldecidos por Dios a los pobres y a los enfermos, Jesús corre a calmar el corazón de estas personas desoladas. Su cometido es anunciarles el amor del Padre. Les trae la paz y les ayuda a descubrir que, Dios también les ama y que, en él, hasta el sufrimiento tiene sentido.

En su caminar, Jesús siempre va acompañado de discípulos, amigos y gentes que lo siguen. Han descubierto en él la bondad de Dios y su enorme capacidad para conectar con las necesidades y el corazón de la gente. Muchos encuentran en él la respuesta a su dolor.

Movido por la compasión

Esta vez, se dirige a una ciudad llamada Naín y se encuentra con un sepelio. La muchedumbre acompaña el entierro de un joven, hijo único de una viuda. Muchos arropan a la desconsolada madre que solloza durante el recorrido. La compasión también conmueve a Jesús, que se acerca y consuela a la mujer.

Ante el dolor, Jesús nunca pasa de largo. Descubrimos en él un hombre sensible y atento al dolor ajeno.  Emocionado, camina hasta el féretro y con voz recia le ordena al muchacho que se levante.
¡Levántate! Cuántas veces nuestra propia vida es un sepelio. Caminamos hundidos, desencajados, yertos. Nuestra existencia se desliza en la oscuridad o se encierra en una penumbra de ataúd. Sin el Espíritu Santo, nuestro cuerpo es una osamenta que no se aguanta ni se adhiere a nosotros mismos. Encerrados en nuestro egocentrismo, vivimos sin vivir por temor a abrirnos.

Hoy, Jesús también nos dice a nosotros: ¡levantaos! Salid de vuestros ataúdes, de vuestro vacío. Dejad atrás las tinieblas del miedo.

Levantarse y vivir

Jesús tiene la potestad divina para levantar nuestra vida, pero para ello es necesario que nuestra respuesta esté libre de temor y sea una decisión lúcida y voluntaria.

Si no entendemos la vida como donación, como un vivir para los demás, nos faltará esa luz. ¡Cuántas veces, cuando hemos decidido hacer algo por los demás, nos hemos sentido más vivos que nunca!

San Juan nos dice que quien ama, vivirá para siempre. El cristiano está llamado, no a enterrar muertos, sino a dar vida. ¡Cuánta gente muere sin conocer la hermosa aurora de una vida nueva, que empieza aquí y ahora! Cuando nos abrimos a Dios, él nos hace sentir trascendidos.  Por su encarnación, Jesús nos ha visitado y se ha querido quedar para siempre con nosotros. Lo podemos encontrar ahí, en el sagrario, siempre cercano, siempre presto a ocupar un lugar en nuestro corazón.

Esta es la gran noticia que debemos proclamar los cristianos. Dios está siempre con nosotros. En esta certeza encontramos la fuerza para levantarnos y resurgir cada día.

2013-05-31

Corpus Christi: el sacramento del amor


Corpus christi c from JoaquinIglesias


Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo


“Y, habiendo tomado los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los distribuyó a los discípulos, para que los sirvieran a la gente. Y comieron todos, y se saciaron, y de lo que sobró se sacaron doce canastos”
Lc 9, 11b-17

Cada eucaristía es una donación

La fiesta del Corpus Christi hace patente la donación de Jesús. Un cuerpo desgarrado y una sangre que se derrama expresan su total entrega por amor.

Esta entrega, consumada en la cruz, se produce cada vez que celebramos una eucaristía. Con el pan y el vino sacramentados, Jesús se entrega de nuevo a nosotros. Por eso, participar en la eucaristía, ese inmenso sacrificio de amor, nunca debería dejarnos indiferentes.  Nos ha de llevar a un compromiso de hecho. Eucaristía y vida han de ir de la mano: por nuestras obras verán que estamos unidos a Cristo.

Para el cristiano, el eje de su vida es la eucaristía, la permanente actualización del amor de Cristo. Cuando nuestra vida se convierta en una constante donación a los demás, estaremos viviendo el sentido auténtico de la eucaristía.

Dadles vosotros de comer

Hoy, el evangelio de la multiplicación de los panes y los peces nos trae las palabras de Jesús a sus discípulos, ante la muchedumbre hambrienta: “Dadles vosotros de comer”. Son palabras que no pierden su vigencia y apelan a nuestra solidaridad. En el mundo se dan grandes hambrunas que se podrían evitar. No son sólo un problema político, sino un reto social y moral. Somos dos mil millones de cristianos en el mundo. Con una fe convencida, podríamos detener, no sólo el hambre, sino muchos otros males.

Quizás nuestra acción es poco efectiva porque estamos desunidos. Uno de los deseos profundos de Jesús, manifestado repetidamente en el evangelio, es la unidad. Si trabajamos por la sintonía entre comunidades cristianas, seguramente podremos conseguir que muchas personas gocen de una vida más digna.

Necesitamos el alimento espiritual

Pero no sólo hay hambre de pan, sino hambre de afecto, de alegría, de paz, y también un hambre más vital y más hondo: el hambre espiritual. Cuántas personas están desnutridas, no sólo de alimento, sino de amor. Y muchas otras, como sucede en nuestras sociedades ricas, están mal alimentadas. El mal alimento provoca sobrepeso y enfermedades; así también ocurre en el plano espiritual. Las enfermedades sociales y tantos problemas psíquicos y emocionales que nos afectan, como la violencia, son fruto de esta mala nutrición espiritual.

Los niños, como bien sabemos, necesitan alimento, cuidados y protección para sobrevivir. Pero, para poder crecer sanos y armónicos, necesitan a diario bocados de amor y de besos. Se nutren del cariño que reciben de sus padres. También necesitan estar nutridos del pan de Dios. No basta con traerlos a catequesis para hacer la primera comunión. Después de esa primera vez, el niño necesita alimentarse cada semana, acudiendo a la eucaristía, para que crezca en él la fuerza espiritual que necesita. Y a menudo olvidamos que ese pan nos da la vida. Muchas personas acaban abandonando la fe porque dejan de comer ese pan y se debilitan.

Un regalo de Dios

La eucaristía no es un invento, sino un don que viene de Dios: “Hacedlo en memoria mía”, nos dice Jesús. Si él nos lo pide es porque se trata de algo muy importante y beneficioso para nosotros. Hemos de pasar de la obligación a la invitación. Él nos llama a hacer cielo aquí y ahora, y el pan que nos da es el alimento del cielo que nos hace gustar su reino en la tierra.

Incorporemos la misa a nuestra vida como algo fundamental. Ojalá participar en ella aumente nuestra devoción al Cristo eucarístico, siempre presente. Tomar a Cristo es tomar a Dios. Si descubriéramos el valor de la misa, dice santa Teresita, habría tanta afluencia de gente que los poderes públicos tendrían que regular la asistencia a los templos.

Después de recibir a Cristo y acogerlo, cada cristiano se convierte en una custodia viviente. Llevamos a Jesús dentro: dejemos que su amor se nos grabe hondamente en el corazón. 

2013-05-23

Dios es familia - La Trinidad


Fiesta de la Santísima Trinidad 

“Pero cuando él venga, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la verdad completa, pues no hablará de sí, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os anunciará las venideras. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre, es mío”. Jn 16, 12-15 

La fiesta de hoy nos revela las entrañas del mismo Dios: un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Padre Creador La primera persona de Dios es el Creador. Nos regala la vida, el universo, se complace en la belleza de todo lo creado y vuelca todo su amor en su criatura predilecta, hecha a su imagen y semejanza: el ser humano. 

Dios Padre, esta figura de la paternidad de Dios, nos es revelado por Jesús. Su relación con Él es de hijo a padre, una relación de comunicación, de amistad, de confianza. Evoca donación, generosidad y amor. En definitiva, Jesús nos descubre a un Dios cercano y personal, que ama a su criatura. 

El Hijo, Palabra encarnada

Dios Hijo es el Verbo encarnado, Jesucristo. En Jesús el amor de Dios Padre se personifica, se hace humano y se manifiesta en medio de nosotros. Cristo ama como Dios ama. Esta es la gran novedad del Cristianismo: Dios no está alejado de la humanidad. Viene a habitar entre nosotros, hasta el punto de hacerse hombre con todas las consecuencias. 

Del Hijo hemos de aprender su vida, su opción por los pobres, su delicadeza con los enfermos, su capacidad de entrega, de dar hasta la vida por amor. 

El aliento sagrado de Dios

El Espíritu Santo es el aliento, la fuerza, el beso de Dios. Es el amor de Dios que se desparrama entre los hombres. Así como a Dios Padre podemos adivinarlo reflejado en la Creación, y a Cristo lo vemos a nuestro lado, como hermano, el Espíritu Santo lo llevamos dentro. Es un regalo que Dios nos da: somos templo de su Espíritu. 

El Espíritu Santo despierta nuestra conciencia de unidad. Él es quien nos infunde la fuerza para salir fuera de nosotros mismos, ir hacia los demás y construir comunidad, Iglesia, pueblo de Dios. Es el Espíritu de amor, de unidad, de amistad. 

Cultivar nuestra dimensión trinitaria 

El cristiano está llamado a ser trinitario en todos los aspectos de su vida, cultivando la devoción a la Trinidad, que es la esencia más sublime de Dios. 

¿Cómo ser trinitarios? Aprendamos a ser creadores, como Dios Padre. Podemos crear belleza a nuestro alrededor, podemos levantar pequeños universos de buenas relaciones. Aprendamos a ser constructores de bien. Los cristianos hemos de ser muy creativos. La persona que tiene a Dios dentro es bella porque ama, crea, se entrega, está llena de su Espíritu e inspirada por él. 

Seamos también como Cristo. Imitemos su vida. Nuestra mejor enseñanza son las bienaventuranzas, maneras directas de encarnar el amor de Dios en el mundo. Recorramos nuestras Galileas y anunciemos la buena noticia de Dios. Seamos buenos predicadores, curemos a los enfermos, aliviemos el dolor de los que sufren, hasta dar nuestra vida por aquello que creemos. Imitar a Cristo significa abrirse a la voluntad de Dios y configurar en ella nuestra vida. ¿Cómo imitar al Espíritu Santo? Siendo dulzura y bálsamo, y a la vez soplo potente, fuerza, empuje. Estamos llamados a ser fuego en medio del mundo, propagadores de la Verdad. Somos inspirados por el Espíritu Santo cuando trabajamos por la unión y por la paz. 

Dios es familia Dios no es un ser solitario ni aislado. La soledad es el primer mal, como señala el Génesis, cuando dice “No es bueno que el hombre esté solo”. Dios tampoco permanece en la soledad, sino que es una familia de tres personas estrechamente unidas: es relación y comunicación. Para el cristiano de hoy, el espacio de comunicación por excelencia es la Iglesia.

2013-05-17

Nace la Iglesia


«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente. […] En verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará».

Llamados a ser nuevos Cristos

Hoy celebramos que la Iglesia nació en Pentecostés. Pero también celebramos que el Espíritu Santo sigue vivo dentro de la Iglesia a lo largo de la historia.

Por tanto, litúrgicamente hablando, también nosotros, como cristianos y discípulos de Jesús, recibimos al mismo Espíritu Santo que recibieron los apóstoles.

Hemos leído relatos preciosos que reseñan el momento cumbre de los orígenes de la Iglesia. Pero, antes de recibir el don del Espíritu Santo, Jesús prepara a los suyos: les da la paz, dos veces seguidas. La paz ayudará a que el Espíritu pueda abrirse paso hasta sus corazones inquietos.

La Iglesia de hoy no se entendería sin los momentos cruciales que vivieron esos hombres y mujeres que no solo se abrieron a la Palabra de Dios, sino a su Espíritu. La recepción de sus dones implica una segunda adhesión y una segunda vocación. La primera fue seguir a Jesús, pero ahora Él sube al Padre. Esta segunda vocación es una llamada a ser Iglesia, pueblo de Dios, y está ligada intrínsecamente a la misión. La primera llamada fue a estar con Cristo; la segunda es a transformarse en nuevos Cristos en medio del mundo. No solo llevarán un mensaje sino que se convertirán en aquello que predican. Su vida y sus actos serán los mejores instrumentos de evangelización.

Eucaristía y misión

Recibir al Espíritu conlleva una gran responsabilidad. Podemos pensar que basta con cumplir el precepto y celebrar la eucaristía con fervor. En cambio, la expansión de nuestra experiencia, la misión, nos cuesta mucho más. Sentimos la necesidad, quizás por educación o cultura religiosa, de acudir a misa cada domingo. Pero estamos llamados, no solo a alimentarnos de Cristo, sino a dar lo que hemos recibido. La eucaristía no alcanza su pleno sentido si no trabajamos por expandir nuestra fe.

Afuera luchamos; dentro nos alimentamos. Eucaristía y misión van estrechamente unidas. Estamos llamados a dar fruto. No puede haber Iglesia sin vocación, y no hay vocación si no nos sentimos llamados y enviados. La llamada nos hace sentirnos parte de una familia, de un grupo con una misión.

Tampoco se entiende ser cristiano sin la dimensión comunitaria. La Iglesia no es solo la imagen de la jerarquía y las instituciones: es el pueblo de Dios, todo él recibe el Espíritu Santo y todo él está llamado a evangelizar. La Iglesia pervive porque en cada bautizado late la semilla de Dios y en cada uno de nosotros puede estallar un Pentecostés. Cada cual alberga una llama viva que puede crecer y expandirse. Por tanto, vocación, formación, liturgia y apostolado van íntimamente unidos.

El testimonio en la vida diaria

Hoy nos preocupamos porque la gente viene poco a misa. Quizás no hemos entendido bien que eucaristía y misión van de la mano. Cumplimos nuestros preceptos, pero no entusiasmamos con nuestra vida. La fe queda alejada de nuestra vida cotidiana. Y, cuanto menos hablamos de aquello que somos y creemos, más se debilita nuestra identidad. Los que venimos a celebrar la misa juntos hemos de sentirnos llenos del Espíritu Santo o, de lo contrario, la celebración se convertirá en un rito vacío y rutinario. El día que el Espíritu Santo arda con fuerza en nosotros la gente acudirá a las iglesias, porque él mismo iluminará a otros y los atraerá. Esto sucederá cuando respiremos el aliento de Dios y desprendamos su calor con cada gesto y acción de nuestra vida.


2013-05-09

Ascensión del Señor

Y yo voy a enviar sobre vosotros el que mi Padre os ha prometido, y vosotros permaneced en la ciudad, hasta que seáis revestidos de fortaleza de lo alto”. Después los condujo afuera, camino de Betania, y levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se fue separando de ellos y fue elevado al cielo. Y habiéndolo adorado, regresaron a Jerusalén, con gran júbilo, y estaban de continuo en el templo, bendiciendo a Dios. 
Lc 24, 46-53 

Comienza la misión de los apóstoles 

Con la subida de Jesús a los cielos culmina su misión. Pero comienza la de sus apóstoles. De la primera noticia de su partida en el discurso del adiós hasta su partida definitiva sus discípulos han ido recorriendo un proceso de total adhesión, ya no sólo al Jesús histórico, sino al Jesús resucitado. Pero la continuación de la misión de Cristo no sería posible sin haber recibido antes la fuerza de lo alto. Estaba escrito, dice el evangelio, que un día Jesús tenía moriría pero al tercer día resucitaría y se predicaría la conversión a todo el mundo. 

La misión de los discípulos tiene una doble vertiente: por un lado, el anuncio del resucitado. Cristo sigue viviendo en ellos. Por otro, la conversión total de los receptores del anuncio, que conllevará un cambio radical de vida. 

La experiencia mística, el detonante

Esta misión también es posible porque fueron testigos de la experiencia del resucitado. La vivencia mística les infundió el coraje necesario. Ellos conocieron al Jesús histórico, comieron con él, lo acompañaron en su singladura, lo vieron morir y lo enterraron. Y también conocieron, acompañaron y comieron con el Cristo resucitado y glorioso. Sólo desde aquí se entiende la fuerza arrolladora de los inicios de la misión apostólica. Jesús se convierte en un referente permanente para todos ellos, llegando, muchos, a dar la vida por él. Su impacto fue tan profundo que gracias a su entusiasmo la fe en el Resucitado ha llegado hasta nosotros. 

Avivar nuestra fe vacilante 

¿Qué hacemos nosotros, los nuevos apóstoles del siglo XXI? Hemos heredado de los primeros apóstoles la gran experiencia de Jesús vivo. Sin embargo, después de dos mil años, parece que el creyente de hoy ha perdido su alegría y su empuje. ¿Qué nos sucede a los cristianos de hoy? Hemos recibido una cultura religiosa, la hemos valorado en su momento, hemos creído en ella, pero quizás no hemos dejado que arraigue totalmente en nosotros. Esa exigencia que espoleaba a los primeros apóstoles los transformó. Quizás no estamos del todo convertidos y por eso se va apagando nuestra fe. Sólo si recuperamos el entusiasmo y el gozo de sentirnos amados por Dios podremos renovar las raíces de nuestra fe. 

A pesar de todo, el Espíritu Santo sigue actuando y seguimos recibiéndolo en cada eucaristía en la que participamos. Es el mismo Espíritu Santo que recibieron los apóstoles. Posiblemente desde instancias políticas e ideológicas se intenta barrer los valores cristianos. El culto al progreso, a la ciencia y a la tecnología nos puede despistar. Pero no podemos perder el norte ni los valores. Cada uno de nosotros está llamado a ser medio de comunicación de la gran noticia de un Dios que nos ama, que se ha encarnado y viene a nosotros. Nada ni nadie podrá ahogar la fuerza del Espíritu Santo. Sólo necesitamos intrepidez y osadía. Vale la pena hacerlo por Cristo.


 

2013-05-04

Quien me ama, escucha mi palabra


6º Domingo de Pascua
“Quien me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a hacer morada en él”
Jn 14, 23-29

No se puede amar sin escuchar


Escuchar las palabras de Jesús es escuchar a Dios. Amarle es una consecuencia y a la vez demuestra la coherencia entre la palabra y la vida. Quien ama escucha, está atento, receptivo. Los cristianos hemos de estar abiertos a lo que Jesús nos puede decir. No podemos separar el amor de la escucha. Quien ama a Dios, es receptor de su palabra.

La palabra de Dios es de vida, nos transforma y nos ayuda a crecer. Sólo cuando uno ama y escucha, su corazón está preparado para la acogida, y Dios puede venir a hacer morada en él.

La misión de Jesús: llevarnos al Padre


No olvidemos que estas palabras de Jesús son pronunciadas poco antes de su muerte. Tienen una especial trascendencia: está a punto de reunirse con el Padre y anuncia a sus discípulos que en un futuro próximo volverá para habitar en ellos para siempre.

Jesús recuerda con frecuencia a sus discípulos que sus palabras no son suyas, sino del Padre. Él es un reflejo de la palabra de Dios y su misión es acercarnos al Padre. Como hermano mayor, nos lleva de la mano hasta la plenitud de su amor. Su intención es hacernos partícipes de esta unidad y comunión con Dios Padre.

La misión de la Iglesia es también ésta: conducirnos al Padre. No podemos llegar a Dios sin pasar por la Iglesia y sin tomar a Jesús –en el pan y el vino– pero tampoco podemos quedarnos en el cristocentrismo. Nuestra meta final es Dios Padre.

La paz que emana de Dios


“Mi paz os dejo… No os la doy como la da el mundo”, dice Jesús. La suya es una paz divina, trascendida. En nuestro mundo, muchos somos los que buscamos la paz, pero no siempre la hallamos, porque quizás nos falte ahondar en su misma raíz: el propio Jesús.

Jesús nos transmite una paz llena de amor, de misericordia y de reconciliación. No se trata de una paz social, ni de un pacto político o de una reivindicación. No hay paz sin justicia, y no hay verdadera justicia sin amor. Por tanto, sin amor no hay paz posible. El amor nos lleva a la paz y aún más allá: a la fiesta, al gozo. Esa paz emana de Dios.

Os enviaré un Defensor


Finalmente, Jesús promete a los suyos que jamás los dejará solos: les enviará un Defensor, el Espíritu Santo, el mejor compañero. El les recordará sus palabras, les infundirá valor y los mantendrá unidos. Los apóstoles, años más tarde, irán expandiendo el mensaje de Cristo e incluso dando su vida por la fe. El Espíritu Santo, el Defensor, les dará la fuerza y las palabras para defender su fe.

“Os he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo”, dice Jesús. Hoy, los cristianos seguimos recibiendo su palabra. Necesitamos escucharla para nutrirnos y seguir creyendo y dando testimonio vivo de nuestra fe.




2013-04-26

Amaos como yo os amo

«Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor unos a otros». 


El mandamiento del amor 

Jesús se encuentra en las últimas horas antes de su muerte. Durante la cena pascual, en un momento de intimidad con los suyos, les manifiesta su profunda y estrecha relación con el Padre. Con su gesto supremo de donación, Padre e Hijo serán glorificados. La unión de Jesús y el Padre alcanza la máxima plenitud. En un tono emotivo y cálido, y con un fuerte sentido de paternidad hacia sus discípulos, Jesús les comunica que el tiempo de estar con ellos se acaba. Durante tres largos años conviviendo, acompañándole en sus viajes de misión, ellos han visto en Jesús el rostro amoroso de Dios. Han sido testigos de la bondad de su maestro, de sus milagros, de sus curaciones. Han palpado su identidad como hijo de Dios. En este contexto de despedida Jesús les hace herederos del núcleo de su mensaje: amaos como yo os he amado. Este mandamiento es también nuestra mayor herencia como cristianos: en el amor los demás han de ver que somos sus discípulos, que seguimos su estilo. Será la señal de autenticidad, de que realmente formamos parte de él. Y será en el «como yo os he amado» donde se halla la clave para saber cómo ama Dios. 

El amor de Jesús no tiene límites, es incondicional, da la vida por los suyos. Es un amor generoso, dulce, libre y sin prejuicios. Un amor lleno de misericordia, que implica aceptación del otro y de sus límites; un amor que nunca falla. 

Tal como yo os he amado

Podemos descubrir ese modo de amar de Jesús a lo largo de su ministerio público, especialmente en momentos álgidos, como en aquella ocasión, cuando dice: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os persiguen; bendecid a los que os calumnien, rezad por ellos». Podemos descubrirlo en el sollozo ante la muerte de su amigo Lázaro; en la parábola del buen pastor y la oveja perdida: el buen pastor da la vida por sus ovejas. También podemos verlo cuando dice: «El que quiera ser primero, sea el servidor de todos». Estas palabras se ven ilustradas en la última cena, con el gesto del lavatorio de los pies. El amor de Jesús es un amor consagrado, vocacional. En el mundo, es normal que la gente se quiera, pero Jesús no dice simplemente «amaos», sino, amaos «como yo lo hago». Ese amor, absolutamente generoso, exige compromiso. 

San Pablo lo expresa maravillosamente en su carta a los Corintios: el amor es servicial, no se enorgullece, no se enoja; perdona sin límites, aguanta sin límites, todo lo espera, nunca se cansa. Quizás hoy día se rompen tantas relaciones y mueren tantos amores porque carecen de esta fuerza y no están basados en un compromiso serio y mantenido. El amor que ejerce Jesús viene de Dios. Por eso nunca se cansa, siempre espera y es capaz de darlo todo por el que ama, hasta la vida. Nosotros también podemos ofrecer este amor si antes lo hemos bebido de la fuente de la oración, nuestro espacio de intimidad con Dios.


2013-04-20

Yo soy el buen pastor


«Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, el que no es pastor dueño de las ovejas, ve venir al lobo y las deja, y huye, y el lobo arrebata y dispersa las ovejas. […] Yo soy el buen pastor y conozco a las mías, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco a mi Padre».

La importancia de saber escuchar

Con imágenes alegóricas, Jesús instruye a las gentes. Las parábolas son un recurso pedagógico que utiliza con frecuencia para explicar los misterios del Reino. Más allá de la imagen bucólica, nos está diciendo que entre el pastor y la oveja, es decir, entre el sacerdote y su comunidad, tiene que haber una gran sintonía.

El pueblo de Dios ha de saber escuchar a los ministros responsables de sus comunidades. La actitud de escucha es necesaria para abrir el corazón a Dios y crecer espiritualmente. La escucha es un signo de humildad para descubrir, desde el silencio, lo que Dios quiere de nosotros. A veces, las prisas, el estrés o la soberbia nos incapacitan para la escucha. La humildad y la confianza en Dios son dos actitudes básicas del cristiano.

Escuchar implica estar abierto al otro y recibir como un don precioso aquello que nos comunica. Implica confianza, sinceridad y transparencia. Escucharemos a Dios en la medida en que dejemos que su palabra nos penetre y pase a convertirse en parte de nuestra vida.

Escuchar también significa adherirse a la persona. No consiste solo en prestar oído. Muchas personas vienen a misa y siguen la liturgia. Aparentemente están atentas. ¿Hasta qué punto su escucha las transforma y se convierte en un compromiso? Una escucha que no deriva hacia este compromiso es vacía y pasiva.

 Un diálogo recíproco

Si la oveja escucha la voz del pastor, el pastor ha de conocer bien a las ovejas. Qué importante es conocer a fondo sus inquietudes, sus sueños, sus necesidades, sus dudas, sus sufrimientos, sus alegrías… También los presbíteros han de saber escuchar a su comunidad para conocerla bien. El presbítero debe doctorarse en escucha. Solo así se puede producir un profundo y rico diálogo que nos prepara para seguir la llamada de Cristo.

«Ellas me escuchan, me siguen, y yo les doy la vida eterna», dice Jesús. La consecuencia de una escucha comprometida y de una sincera adhesión nos lleva a la plenitud, a un vivir, aquí y ahora, un anticipo del cielo, promesa de eternidad. En Jesús, Dios nos lo ha dado todo.

La Iglesia nos ha engendrado en la fe. Venimos de Dios, somos de Dios y vamos hacia Dios. Él nunca permitirá que nadie se pierda, porque todos somos fruto de su inmenso amor. Estamos en sus manos y no dejará que nadie nos arrebate de su lado. Somos hijos de Dios, destinados a vivir mecidos en los brazos de la Trinidad.



2013-04-12

El Cristo de la Alegría

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3 domingo pascua c from JoaquinIglesias


«Después de esto, se apareció Jesús a los discípulos junto al mar de Tiberíades […] Dijo entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el Señor! Así que lo oyó, Simón Pedro se ciñó la túnica y se arrojó al mar. Los otros discípulos vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra. […] Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto sobre ellas, y pan».

El trabajo que da fruto

Después de su resurrección, Jesús se aparece a sus amigos en diferentes ocasiones. Esta vez se les aparece junto al mar de Galilea, aquel lago tan conocido por los apóstoles. Se les presenta, no como el Jesús histórico que un día los llamó y los impulsó a seguirlo  sino como el Cristo resucitado que los llama de nuevo a una vida plena de Dios. Los llama a seguirlo como resucitados, como apóstoles maduros para continuar su obra salvadora. Es hermoso ver cómo se les aparece en medio de su trabajo. Han pasado toda la noche trajinando sin pescar nada. Al llegar Jesús echan las redes a su derecha y consiguen una pesca tan abundante que apenas cabe en las barcas.

Jesús se nos hace presente en el trabajo de cada día. ¡Cuántas veces nos desesperamos cuando trabajamos con ilusión y no cosechamos el fruto deseado! Entonces nos desanimamos. Así, hoy vemos poca gente en las iglesias. Los estudios sociológicos y nuestra propia experiencia nos muestran que la fe disminuye y nos invade el desánimo. Trabajamos mucho y con empeño, pero no siempre recogemos los frutos que querríamos recoger. Entonces es cuando debemos plantearnos seriamente: ¿Para quién trabajo? ¿Tiene un sentido trascendente lo que estoy haciendo? ¿Trabajo por amor a Dios? ¿Me entrego a mi tarea pastoral para incentivar y motivar a la gente a seguir a Dios?

Jesús nos invita a trabajar de otra manera. Echad la red hacia otro lado. Nos dice: replantead vuestro trabajo apostólico, vuestra fe, vuestra ilusión, vuestro entusiasmo... Revisad todo cuanto estáis haciendo porque, quizás, si tomáis un rumbo diferente, podéis conseguir más fruto.

Los apóstoles se fiaron de Jesús y capturaron buena pesca. Trabajando por Jesús, nuestro trabajo apostólico será fecundo. Por mucho que hagamos, si no tenemos la conciencia plena de que lo hacemos por Cristo, con Él y en Él, nos cansaremos ante el poco éxito de nuestros esfuerzos. Cuando somos capaces de hacerlo con Él y por Él, Jesús hace el milagro. Por tanto, nunca nos desalentemos. Mantengamos siempre viva la esperanza.

La pesca milagrosa nos muestra que con Cristo lo podemos todo, incluso más allá de lo imaginable. Él puede transformar nuestro egoísmo en una ofrenda permanente y constante.

Saber celebrar

Después del encuentro junto al mar, Jesús invita a almorzar a sus amigos. Son importantes la fe y la esperanza, pero también la caridad. Después de nuestro trabajo apostólico, ilusionado y esperanzado, necesitamos alimentarnos de Cristo, viviendo y celebrando la comunión con Él. Ese es el momento de dejarse llevar y de fiarse.

Las palabras de Juan, el joven discípulo, son hermosas. Cuando Juan reconoce a Jesús en la playa, exclama: «¡Es el Señor!». Aprendamos a ver a Dios en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. El Señor nos busca, nos sale al encuentro; reconozcamos que está presente en nuestra vida. Si lo sabemos encontrar, seguirá obrando el milagro de una pesca abundante.

Seguir al Cristo de la Alegría

Después de este almuerzo, Jesús se dirige a Pedro y le dice: «Cuando eras joven ibas donde querías»… Pero cuando seas mayor, cuando realmente conozcas a Cristo y descubras lo que es el amor a Dios, vas a tener que hacer cosas que no quieras. Y se refiere a su entrega, que le llevará a dar la vida por Jesús. Nuestra adhesión a Cristo implica entrega y también pasión.

Esperanza, eucaristía, entrega, pasión y luego... ¡sígueme! De nuevo Jesús llama a Pedro para que le siga. Pero ahora ya no debe seguirle como a un hombre corriente, sino como a Cristo viviente y resucitado. Nosotros, cristianos de hoy, ¿a quién seguimos? ¿Seguimos al Jesús de la Pasión que muere el Viernes Santo, o estamos siguiendo al Cristo vivo aquí y ahora? Tal vez aún vivimos el romanticismo de la piedad trágica, que reza al Cristo de la cruz. En el Cristo de la resurrección vive la plenitud de Dios, que está en Él. Estamos llamados a seguir al Cristo de la alegría, de la resurrección, del gozo. Este es el Cristo que vive y sigue presente aquí entre nosotros. No seguimos a un hombre bueno, ni nos limitamos a leer la bonita historia de un libro. Hemos seguido a Cristo hasta la cruz para dar nuestra vida, pero también seguimos a Cristo en la gloria.

Este es el nuevo enfoque que ha de tomar la pastoral. Nuestro Cristo vive. Si no lo creemos estaremos convirtiendo nuestra fe en un mero espectáculo. Él sigue presente en nuestros corazones, en la Iglesia, en los sacramentos. Nos hace partícipes de su vida divina: con el bautismo y la eucaristía ya hemos empezado a resucitar con él.

Así lo sintieron los apóstoles. Llenos de Dios, corrieron a comunicar a su gente y a todo el pueblo que Cristo había resucitado. Hoy, Cristo se nos aparece en la eucaristía. Sigue presente a través del pan. Continúa siendo historia a través de nosotros. Por lo tanto, ¿qué hemos de hacer? Llenarnos de Él, empaparnos, comer de Él y ofrecer lo que llevamos dentro: nuestra fe profunda, el amar por encima de los defectos y de los límites, ser capaces de perdonar, de reconciliarnos... Somos portadores de la auténtica Buena Noticia: Dios está vivo, aquí y ahora. 

2013-04-06

La paz y la misión

2º Domingo de Pascua - Ciclo C 


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«Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Luego dijo a Tomás: Alarga tu dedo y mira mis manos, tiende tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente. Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío!». 

Derribar la muralla del miedo

Tras su muerte, los discípulos de Jesús se agrupan, temerosos, en el cenáculo. La noticia del sepulcro vacío ha añadido incerteza a su confusión. Con su aparición, Jesús debe atravesar mucho más que las paredes de la casa. Atraviesa las murallas del miedo, la desconfianza y la incredulidad. Sin ser un fantasma, su cuerpo glorioso traspasa los muros y se pone en medio de ellos. Jesús quiere que la noticia de su resurrección sea conocida por todos aquellos que le siguen. Así, su aparición en el cenáculo es uno de esos momentos compartidos por el grupo de los discípulos. «Paz a vosotros». 

La primera palabra que Jesús resucitado dirige a los suyos es esta: paz. Sabe que se sienten acorralados, solos, atemorizados, y sus corazones se cierran a la defensiva. Es importante que reciban la paz. Una paz que no es humana, sino divina. Es la paz trascendida. Jesús sabe que todavía debe atravesar otro muro: el del corazón, (quitar coma) desesperado y confuso. Por segunda vez les dice: «Paz a vosotros». Esta reiteración responde a la honda necesidad de los discípulos de recobrar la paz perdida tras la muerte de su Maestro. 

Tras la sorpresa, la aparición genera una inmensa alegría. Los discípulos vuelven a creer, la esperanza renace en ellos y su entusiasmo se despierta. Así se lo anuncian a Tomás: ¡Hemos visto al Señor! 

Tomás, el que no creía

Ante Tomás, todos insisten. Se convierten en apóstoles del discípulo ausente, comunicándole su experiencia, movidos por el gozo. Pero Tomás se niega a creer si no ve. Jesús tiene que derribar otro muro: la incredulidad. ¿Cómo abatirlo? Con la evidencia de las llagas. Cuando se aparece de nuevo a los once, se dirige a Tomás: «Trae aquí tu dedo, toca mis llagas; trae tu mano, métela en mi costado». 

Las llagas son ese testimonio que habla por sí solo de la experiencia de dolor y muerte. Una vez Tomás comprueba las marcas de la pasión, se convierte y hace su profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!». El sufrimiento también nos acerca a Dios. Las señales son una evidencia del amor de Dios. En Tomás se refleja la humanidad que sufre, no entiende y duda ante el mal y la violencia que sacuden al mundo. Pero la humanidad también puede regenerarse, como Tomás, con un acto de fe. 

El amor, más fuerte que la muerte 

El amor de Dios se revela como la fuerza más poderosa, capaz de vencer a la muerte. Jesús no ha eliminado el dolor y el sufrimiento del mundo. Los ha padecido en su propia carne. Pero los ha vencido. Ha sido el amor de Dios quien lo ha resucitado. Por amor, Dios vence a la muerte. «Él tiene las llaves de la muerte», leemos en el Apocalipsis. 

Con Cristo resucitado, la Iglesia entera está viva y resucita también. Los cristianos participamos de su resurrección. Hoy Cristo se nos aparece, sacramentado, en la liturgia. Y nos da la paz a todos los creyentes. 

La misión 

Una vez los discípulos reciben la paz, Jesús les da una misión. No solo les quita el miedo: les envía un poderoso antídoto contra el temor: el amor. La alegría, el entusiasmo y el valor los invaden. «Recibid el Espíritu Santo.» Ya maduros, adultos en la fe, llega el momento en que se abren totalmente a la fuerza de Dios y reciben un nuevo regalo. En el aliento sagrado de Dios, infundido en los discípulos, está el origen de la Iglesia. 

Jesús los envía a todas las gentes con una misión clara: «Id y anunciad el evangelio a todas las gentes, perdonando los pecados». Les encomienda ejercitar el ministerio del perdón, que no es otro que la liberación del pecado y la conversión de vida hacia una existencia reconciliada con Dios y con los demás. Desde este momento ya no son discípulos, sino apóstoles del Resucitado. Irán por todo el mundo para llevar la buena nueva. Está a punto de estallar Pentecostés. 

La experiencia de Pentecostés es una bomba cuya onda expansiva llega hasta nuestros días, y durará hasta el final de los siglos. La explosión del amor de Dios, semejante a un nuevo Big Bang, hace nacer una humanidad renovada en Cristo.