2019-04-11

Un rey en la cruz

Domingo de Ramos - Pasión del Señor

Lecturas:

Isaías 50, 4-27
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Lucas 22, 14; 23, 56

Homilía

Tras las cinco semanas de Cuaresma, llegamos al Domingo de Ramos, o de la Pasión del Señor. Entramos en la semana más importante del año litúrgico, la que nos devuelve a las raíces de nuestra fe y nuestra vivencia como cristianos. Sin la pasión, muerte y resurrección de Jesús, no estaríamos aquí, celebrando la Vida con mayúscula.

Los judíos celebraban la Pascua como la fiesta de la liberación de la esclavitud y el nacimiento del pueblo de Israel, como tal. La Iglesia celebra la Pascua cristiana como otra liberación aún más profunda: la del mal y de la muerte. Y lo que surge no es una nación sino una familia, un pueblo de dimensiones universales: toda la humanidad está llamada a esta vida nueva que nos ofrece Cristo.

Los tres días centrales, el Triduo Pascual, recuerdan tres grandes momentos de la vida de Jesús. El Jueves Santo, con la celebración de la cena del Señor, Jesús nos revela la intimidad de su corazón y nos deja su único mandato, el del amor. Con el lavatorio de pies nos enseña que su misión es servir, y no mandar. Con el gesto de dar el pan y el vino se nos entrega, totalmente y para siempre. Y en sus oraciones al Padre expresa el deseo de que sus amigos, y los que creerán en ellos —nosotros— estemos con él, unidos como él y el Padre lo están.

El Viernes Santo recordamos la pasión y la muerte. La consecuencia de un amor total lleva a Jesús hasta su aniquilación, física y moral. Maltratado, torturado y herido, es condenado a morir de la peor muerte, tras un juicio precipitado y delirante, donde los hombres llegan a condenar a Dios. Jesús muere solo, despreciado y tratado como un criminal, y no como un profeta. Ni siquiera se le permite conservar la dignidad de morir como un mártir heroico. ¿Entendieron los judíos lo que estaban haciendo? ¿Llegaron a captar la enormidad de sus actos? Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero, entre quienes le ven morir, brota la exclamación inesperada del centurión romano. Queda impactado porque quizás, al ser extranjero, ve con más objetividad lo absurdo e injusto de aquella muerte. ¡Verdaderamente, este hombre era justo! La muerte de Jesús traza una herida profunda en el mundo. Hay un antes y un después de esa tarde de viernes, en el Gólgota.

El Sábado Santo, tras la muerte y el silencio del sepulcro, surge la luz. Jesús, ante la sorpresa, el miedo y la incredulidad de todos los suyos, desaparece de la tumba. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos… Y se aparece a los suyos. Poco a poco, por grupos, con discreción y envuelto en misterio y a la vez sencillez. Camina a su lado, come con ellos, habla con ellos. ¿Qué ha ocurrido? Los discípulos y las mujeres tardarán un tiempo en comprenderlo, pero están seguros de una cosa: Jesús está vivo. Y con su resurrección, esa herida profunda que sangraba el mundo ha quedado restañada y sanada. Quienes se adhieran a él, ya no experimentarán la muerte definitiva. Jesús nos reconcilia con el Padre y nos abre las puertas del cielo. Un cielo que empieza aquí, en la tierra. Todos estamos llamados a esta vida. 

La buena noticia de la resurrección llega hasta hoy, y necesita nuevas voces que la anuncien. Nuestro mundo está agonizante, viviendo una larga pasión que se alarga a través de la historia. Cada día se reproduce la pasión de Cristo en miles de personas que sufren. Cada día es necesario que se diga que Dios no nos deja solos, aunque a veces parezca que calle. Cada día es necesario anunciar la resurrección. Cada día, también, se producen pequeñas resurrecciones cuando una persona se abre al amor de Dios y se convierte, cambiando desde adentro, dejando que la vida nueva brote en ella.

Necesitamos que la Iglesia, cada año, recorra su ciclo litúrgico. Necesitamos recordar esos momentos, como los matrimonios que recuerdan cada año su aniversario de bodas y el nacimiento de sus hijos. Nosotros necesitamos recordar ese gesto de amor de Jesús, que se desposa con la humanidad. Necesitamos recordar su entrega hasta morir y su resurrección, el nacimiento a una vida eterna.

Esta Semana Santa revivamos de nuevo, y como si fuera la primera vez, los acontecimientos que han marcado la vida de nuestros padres y antepasados, de tantos santos conocidos y anónimos, tantas personas fieles y buenas que han visto su vida transformada por Jesús. Que sean para nosotros, también, días de conversión, de alimento espiritual y de renovación.

Un comentario a la segunda lectura de Pablo


El fragmento de San Pablo que leemos hoy es muy conocido, y se canta incluso en algunas liturgias. Pablo explica que Jesús, siendo Dios, no sólo se hizo humano, sino que se rebajó hasta la muerte más cruel y vergonzosa, una muerte de cruz.

Los humanos, en cambio, hacemos lo contrario. Queremos divinizarnos y ensalzarnos, queremos tocar el cielo y ser grandes. No soportamos humillarnos ni que nos humillen. Incluso las personas que dicen ser humildes o tener la autoestima baja, si alguien las ofende o desprecia, saltan heridas en su amor propio. ¡Todos queremos engrandecernos! Y acabamos resultando patéticos, pues la fama, el honor o el éxito conseguido, son efímeros o pueden derrumbarse en cualquier momento. A la hora de la verdad, todos tenemos fragilidades y una gran vulnerabilidad. ¡No somos dioses!

Pero ¿qué sucede? Jesús lo dijo con palabras claras: quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido. No se trata aquí de autoflagelarnos ni de exhibir falsa modestia. Tampoco de maltratarnos y odiarnos, nada de eso. Simplemente se trata de reconocer con realismo quiénes somos: inmensos por existir y por tener un cuerpo y una mente maravillosos, pero a la vez insignificantes en medio del universo creado. Con un enorme potencial, pero con un enorme límite: la muerte. No somos nada, como decían nuestros mayores. Sí, somos algo, aunque pequeños. Cuando reconocemos con alegría que es algo inmenso existir, pero que somos poquita cosa, podemos sentir una liberación enorme. Podemos agradecer cada día como un regalo inmenso y abrirnos a la gracia de Dios.

Y entonces, ¿qué sucede? Que, cuando somos humildes, es él, nuestro Padre del cielo, quien nos hace grandes y capaces de cosas inimaginables. Solos no podéis nada, conmigo lo podéis todo.

Aprendamos esta humildad de Jesús. Si él es nuestro modelo y guía, el discípulo no es menos que el maestro. No queramos que nos ensalcen ni subir a un pedestal. El único trono de Jesús fue la cruz, su mejor gesto de realeza fue lavar los pies, su corona fueron unas espinas, sus aplausos fueron insultos. Pero los tronos, los aplausos y el servilismo del mundo no duran ni son sólidos. En cambio, el Dios que nos sostiene y nos ama nos eleva. Servir, amar, entregarse. Esta es la realeza de Jesús, y la nuestra.

2019-03-28

En Cristo todos somos nuevos


4º Domingo de Cuaresma - ciclo C

Lecturas:
Josué 5, 9-12
Salmo 33
2 Corintios 5, 17-21
Lucas 1, 1-32

Homilía


Este domingo de Cuaresma leemos una lectura preciosa que nos muestra, mejor que ningún relato, cómo es Dios. Es la parábola del hijo pródigo, del evangelio de Lucas. Hay tanta riqueza y hondura en ella que podríamos pasar toda la vida meditándola, y siempre encontraríamos algo nuevo que aprender.

La primera lectura, del libro de Josué, nos habla del Dios generoso que alimenta a su pueblo. Dios ha creado una naturaleza fértil de donde sacar nuestro sustento. Como una madre cariñosa, Dios nos cuida y nos alimenta.

El evangelio nos habla de un Dios generoso que nos da todo lo que le pedimos, aunque luego derrochemos y hagamos mal uso de sus dones. Así lo vemos, por desgracia, cada día. Tenemos a nuestra disposición un planeta que explotamos y maltratamos, en vez de custodiarlo y hacer de él un jardín habitable para todos. Dios nos ha hecho un regalo increíblemente grande y arriesgado: la libertad. Y asume las consecuencias, aunque le duela. Nos ha hecho libres incluso para rechazarlo a él y alejarnos de su presencia, como el hijo pródigo.

Pero este mismo padre acoge al hijo que regresa, derrotado y pobre, con los brazos abiertos. Como un padre tierno, que siempre perdona y olvida, Dios nos recibe con un amor incondicional, sin reprocharnos nada.

Pocas personas se atreverían a amar como el padre de la parábola. Muchos padres y madres aman a sus hijos y les dan de todo. Pero no todos lo hacen de manera tan desprendida. No todos les otorgan la libertad sin reclamar nada a cambio. Pocos aceptan que se alejen, sin resentimientos ni reproches. Pocos acogen a los arrepentidos sin echarles nada en cara. El amor de este padre es mucho más loco que el egoísmo de su hijo. ¿Podemos entenderlo?

Tenemos una idea bastante equivocada de Dios. La mayoría de personas somos como el hermano mayor. Llevamos cuentas de los favores. Nos sacrificamos esperando recompensas. Mercadeamos con la bondad. Juzgamos a los que no actúan como nosotros. Nos atrevemos a despreciar y a condenar a los que son diferentes. Por eso, quizás, pensamos que Dios también debería ser así: juez, supervisor que nos vigila, contable de nuestras acciones, que castiga a los malos y premia a los buenos.

Afortunadamente, Dios no es como nosotros. No premia ni castiga, ama a todos, independientemente de cómo actúen. Tampoco se enfada si obramos mal y causamos daño, a los demás y a nosotros mismos. Eso sí, le duele. Para muchos, un padre como el de la parábola está lejos de ser sensato y es injusto. San Pablo lo dice bien claro: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación».

A menudo pensamos que Dios está enfadado con la humanidad. ¡Es al revés! Somos nosotros los que nos enfadamos a menudo con Dios, porque las cosas no van como quisiéramos y le echamos las culpas del mal. En vez de percatarnos que somos nosotros quienes provocamos nuestras propias desgracias, las achacamos a Dios. Todo lo que ocurre en el mundo es fruto de nuestra libertad. Y pocos están dispuestos a asumir esa responsabilidad tan grande. Queremos la libertad para hacer lo que nos place, pero nos quejamos de ella cuando nuestros errores traen consecuencias indeseadas. Sí, también somos como el hijo pródigo, muchas veces.

Pero el hijo pródigo cae en la miseria más honda. Y, en vez de enfadarse con el padre, recapacita. Se hace consciente, por primera vez, de quién es su padre y de cómo se ha comportado él. Por eso regresa. Tiene la lucidez de no enfadarse con el padre y reconocer su error. Vuelve con humildad, sin imaginar la reacción de su progenitor.

Dios sólo busca la reconciliación, el encuentro. Por eso san Pablo ruega a los cristianos: «Reconciliaos con Dios». Volved a los brazos del padre. ¡Él espera! Y está dispuesto a asumir nuestras culpas, sin ponernos una multa ni recordarnos nuestros pecados. Dios quiere abrazarnos, vestirnos de fiesta y acogernos en su casa. No nos quiere como criados o esclavos sumisos, como pretendía el hijo perdido. Nada de eso. Quiere hacer de nosotros criaturas nuevas, como dice Pablo: «Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo».

Necesitamos reconciliarnos con Dios. No es él quien se enfada, no es él quien se aleja y nos da la espalda, sino nosotros. Él aguarda. Cuando volvemos a él, nos restaura. Cristo es el puente que nos lleva a él. En cada eucaristía, podemos celebrar la fiesta del reencuentro. Cada vez que tomamos a Cristo, somos renovados por dentro y podemos empezar de nuevo. 

2019-03-15

Ciudadanos del cielo

2º Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Génesis 15, 5-12. 17-18.
Salmo 26
Filipenses 3, 17 - 4, 1
Lucas 9, 28-36

Homilía

En este segundo domingo de Cuaresma me gustaría centrarme en la segunda lectura de san Pablo, porque enlaza y profundiza en las consecuencias del evangelio. En el evangelio leemos la transfiguración de Jesús, en el monte Tabor. Ante sus discípulos se muestra, no ya como un simple hombre, mortal, sino como hijo de Dios. En esos momentos lo ven más allá del tiempo y de la historia, hablando con Moisés y Elías, resplandeciente de luz.

Jesús ha dado a conocer a sus amigos un pequeño atisbo del cielo, para que tengan esperanza y su fe se fortalezca. También lo hace pensando en su propia muerte y en las duras pruebas que todos ellos tendrán que vivir. No es lo mismo sufrir y luchar pensando que todo acaba en un vacío que esperar que, tras la muerte, se nos abre otra vida hermosa e inimaginable, llena de posibilidades.

San Pablo parte de esta idea para animar a sus comunidades a vivir con integridad y coherencia su fe. Los cristianos no podemos vivir como si la vida “fueran dos días”, a disfrutar y nada más, porque todo se acaba. Vale la pena ser honrados y cultivar la bondad y las virtudes, como auténticos ciudadanos del cielo, pues ya lo somos. Pablo nos invita ni más ni menos que a vivir en la tierra como si ya estuviéramos en el cielo, y esto significa poner amor y entrega sin límites a todo lo que hacemos, perdonar, aceptar, abrazar la realidad y a las otras personas, tal como son.

Ciudadanos del cielo. Esto quiere decir que entre el cielo y la tierra no hay un muro infranqueable. Estamos en camino, pero ya tenemos un pie allá. Cristo nos abrió las puertas, el Padre nos está invitando. ¿A qué? A una vida plena, digna, que crece y se expande. Ahora todavía somos una pequeña semilla que va brotando, pero en el cielo nos convertiremos en una planta que se abre y da hojas, flores y fruto. Seremos nosotros mismos… y seremos mucho más que lo que somos ahora.

¿Cómo será esto? Los interrogantes recorren la historia de la humanidad. Siempre nos ha inquietado saber qué pasa después de la muerte, y cómo será la resurrección, si es que se produce. ¿Cómo? No lo sabemos. Es un misterio que ahora no está a nuestro alcance comprender. Pero Pablo lo explica con sencillez: Dios «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Para Dios, Creador del universo, no es difícil resucitar un cuerpo y transformar una vida.


Las consecuencias de esto son grandes. Si ahora somos semilla, de la calidad de la semilla y de su crecimiento dependerá la calidad de la planta que salga después. Por eso lo que hacemos aquí tiene una relevancia para lo que seremos en el más allá. Dios siempre está dispuesto a perdonar nuestros fallos y errores. Pero nosotros ¿estamos dispuestos a dar lo máximo y lo mejor de nosotros? Dios cuenta con nuestra libertad para mejorar su creación. ¿Queremos colaborar con él? San Pablo concluye: «Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos». Fijaos con qué cariño e insistencia lo pide. Como una madre suplicando a sus hijos que hagan lo correcto, porque así vivirán una vida plena y feliz. Escuchemos estas palabras y procuremos vivir así: «en el Señor», siempre. Arropados por su amor, envueltos en su presencia.

2019-03-09

Sólo a tu Dios adorarás

1r Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Deuteronomio 26, 4-10
Salmo 90
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13

Homilía

En este primer domingo de Cuaresma leemos la escena de las tentaciones de Cristo en el desierto. Estas tentaciones son también las que nos asaltan a todos los seres humanos. Con este episodio el evangelio nos explica cómo Jesús las vence, y cómo podemos vencerlas nosotros. Veámoslas una por una.

La primera tentación es la del pan. El alimento y los bienes materiales que necesitamos para nuestra supervivencia, ¿pueden ser algo malo? No si los empleamos para vivir. No si los compartimos y procuramos que no falten a nadie. Pero la tentación es endiosar estos bienes y centrar toda nuestra vida en el sustento material. El mundo parece que funciona así: todo gira en torno al dinero, el bienestar y las posesiones. Si puedes comprar, eres feliz. Si comes, eres feliz. La meta de la vida: ser un consumidor feliz. Los eslóganes políticos sólo se preocupan de este bienestar material, y parece que hasta los cristianos hemos abrazado la religión del pan y del dinero. Pero, ¿es el pan y son las cosas lo que nos hace felices? Lo que realmente llena nuestra vida nunca son los bienes materiales. Nuestra alma, hambrienta de infinito, aspira a algo más. Acumular bienes siempre nos dejará insatisfechos, nunca tendremos bastante. Lo que nos da gozo y plenitud no cuesta dinero…

Esta tentación tiene otra lectura. Pensamos que la Iglesia tiene que dar de comer a los pobres, y es cierto que debe hacerlo, pero esa no es su primera ni su única misión. En realidad, la justicia social y el sustento para todos debe ser una consecuencia del buen gobierno y de una ciudadanía organizada y solidaria. Cuando la Iglesia ayuda a la gente, no puede verlos sólo como cuerpos hambrientos y necesitados, sino como personas completas que necesitan algo más que comida. Debe atender también sus otras necesidades: de afecto, de dignidad, de realización personal. Cuando la Iglesia ayuda, no debe olvidar que los pobres también tienen alma y necesitan algo más que pan.

La segunda tentación es la del poder. Muchos quizás pensamos que, si tuviéramos poder y autoridad, lo utilizaríamos para hacer justicia y arreglaríamos los problemas del mundo. No más guerras, no más pobreza, no más conflictos… Esto es algo que ya están intentando algunos organismos y élites internacionales: crear un único gobierno mundial, que bajo disfraz humanitario controle a todas las personas y las vaya plegando a su ideología. Es un totalitarismo suave que se va imponiendo a través de las redes sociales, los medios de comunicación, las políticas de los gobiernos y hasta la literatura y el arte. Pero la finalidad, en el fondo, es privarnos de lucidez y libertad para convertirnos en una gran masa manipulable y sometida. Este es el sueño de tantas dictaduras que pretenden instaurar el paraíso en la tierra. Olvidan que un paraíso sin libertad se acaba convirtiendo en un infierno.

Jesús rechaza este poder. Ni siquiera para hacer el bien es aceptable dominar y someter a los demás. En el fondo, esta tentación es convertir a los dirigentes en dioses, dueños del destino de todos. Es una adoración del poder por sí mismo. Es arrodillarse ante una idea, una doctrina o un sistema. Y Jesús recuerda, con fuerza: ¡Sólo Dios merece adoración! Un Dios que concede toda la libertad a sus criaturas y que no las obliga ni siquiera a amarlo.

La última tentación es muy sutil, porque toca de lleno el ámbito espiritual. Decía san Juan de la Cruz que uno de los disfraces favoritos del diablo es aparecer como un ángel de luz. El diablo sabe de teología, tiene psicología humana y además puede presentarse con una extrema amabilidad y atractivo. Esta tercera tentación es el espiritualismo, es decir, dar toda la importancia al mundo espiritual y despreciar el mundo material, la creación, el cuerpo. Esto nos lleva a jugar con lo sobrenatural, con los carismas milagrosos y otros tipos de poder. Muchas personas se pueden sentir arrastradas por estas corrientes, buscando algo para escapar de la dureza y las amarguras de la vida. Pero el espiritualismo puede hacer mucho daño. Primero, porque nos cierra la mente, nos aleja de la realidad y de las necesidades humanas. Nos puede hacer estrellarnos “desde lo alto del templo”. Y segundo porque las personas dotadas de ciertos carismas tienen el riesgo de caer en la soberbia espiritual y manipular a los demás a su antojo.

Jesús también rechaza el poder espiritual. No va a convencer a nadie con sus milagros; si los hace será por compasión y por aliviar el dolor humano. Dios no quiere imponerse a nadie con prodigios. Si lo hiciera, nadie podría rechazarlo y ¿dónde estaría nuestra libertad?

Por otra parte, es así como Dios nos ha hecho existir: corporales, físicos, en un universo hecho de materia y energía. Si Dios se encarna en la materia, ¿puede ser mala? Si Dios se hace carnal, ¿puede ser malo el cuerpo?  Más aún, si Dios se hace pan, harina de espiga… ¿pueden ser malas las cosas del mundo? Pero el hecho de ser carnales, sujetos a necesidades y a límites, nos hace humildes. Nos cansamos, tenemos hambre, envejecemos, y nos morimos… Esto nos recuerda que no somos dioses.

Y Jesús vuelve a alejar al demonio: No tentarás al señor tu Dios. No somos nadie para enseñar a Dios lo que tiene que hacer y cómo tiene que hacerlo. No podemos manipular a Dios, ni con oraciones ni con rituales. Él sabe más y ve más allá que nosotros.


Las tres tentaciones, en el fondo, se podrían resumir en una: la idolatría. La gran tentación es adorar como a Dios las cosas que no son Dios. Y Dios sólo hay uno, y él es el centro, el soporte y la fuente de nuestro ser. Arraigados en él, todo cuanto necesitamos y deseamos ya lo tenemos concedido. Aprendamos a confiar, como Jesús. Para ello necesitamos tiempo de intimidad con él, tiempo de silencio, espacios de desierto en nuestra vida. Cuaresma es un tiempo idóneo para plantearnos, definitivamente, tener tiempo para Dios cada día.

2019-02-07

La llamada nos sana

5º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Isaías 6, 1-8
Salmo 137
1 Corintios 15, 1-11
Lucas 5, 1-11

Homilía

Hoy leemos, en las tres lecturas, tres historias de tres llamadas. Y vemos que la llamada de Dios no sólo es un encargo y una misión. Previamente hay un don. Ser llamado es una experiencia mística y transformadora, que nos cambia para siempre.

En la primera lectura, Isaías está rezando en el templo. Tiene una visión y contempla a Dios en su gloria. Ante tanta grandeza, es agudamente consciente de su pequeñez y su pecado. Se siente indigno, manchado, y teme morir. Pero Dios no destruye a sus criaturas ni las aplasta con su poder. Al contrario: el profeta recibe una brasa ardiente que, al tocarlo, lo purifica. Entonces Dios pide a alguien que sea su voz en el mundo. ¿A quién enviará? Isaías responde: Aquí estoy, ¡envíame! Esa brasa que lo ha tocado es el amor infinito de Dios. Quien se siente realmente amado, queda marcado para siempre y está dispuesto a todo. Comunicar a Dios se convertirá en el centro de su vida.

San Pablo explica su conversión y el enorme regalo de ser el último de los apóstoles. Se siente lleno de la gracia de Dios, un amor inmerecido que lo empuja a llevar su mensaje, incansable, por todo el mundo. La pasión evangelizadora de Pablo no se puede explicar sin comprender el amor que arde dentro de él, encendido por Cristo.

Finalmente, el evangelio explica la conversión de Pedro, el pescador. Tras una noche de faenar en el mar, sin fruto, Jesús le pide que vuelva a remar mar adentro. Pedro, desanimado, obedece. Y la obediencia obra el milagro. Cuando regresa con las barcas, cargadas de peces, Pedro sabe leer en el acontecimiento algo más que una pesca milagrosa. Entiende que Jesús lo llama, y se siente indigno. Es la consciencia de ser pecador, que tantos santos consideran el primer paso para la conversión. Comprender la propia pequeñez y miseria es el inicio de una nueva vida. Los límites y defectos, incluso los pecados, no son obstáculo para la llamada. Dios elige a quien quiere, y no por sus méritos, sino por su capacidad de recibir amor.  Quien más amor recibe, más podrá transmitirlo, sin orgullo, pues se conoce, y con inmensa gratitud. Esa humildad de no creerse grande y brillante, de no pensar que todo lo que hacemos es obra nuestra, sino de Dios, es la que nos hace libres y ligeros para volar esparciendo la buena noticia, sin miedo y sin preocuparnos por el qué dirán. Cuando trabajamos por Dios y haciendo su voluntad, dejando a un lado nuestras ideas y prejuicios, nuestros afanes de vanidad y de reconocimiento, los frutos pueden ser asombrosos.

Dios nos ama y nos llama a ser sus colaboradores. ¡Qué alegría inmensa! En el momento en que escuchamos su llamada, todo pecado, toda herida, toda debilidad, queda sanado. Seguimos siendo nosotros, con todos nuestros defectos y limitaciones… pero ahora volamos en alas de alguien que es más grande. Él nos sostiene y nos lleva. Nos da todo lo que necesitamos —la gracia, como recuerda san Pablo—. Deberíamos entender la gracia de Dios como el regalo de su amor, ofrecido incondicionalmente, que nos da fuerzas para afrontar lo que sea. Basta que queramos recibirla.

2019-02-01

El camino mejor


4º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Jeremías 1, 4-19
Salmo 70
1 Corintios 12, 31 - 13, 13
Lucas 4, 21-30

Homilía

Este domingo leemos un fragmento precioso de la carta de san Pablo a los corintios: el himno al amor.

Se ha dicho y escrito mucho sobre este elogio del amor. Es una lectura frecuente en misas de bodas y en aniversarios de matrimonios. Suele citarse para hablar del auténtico amor. Sus palabras son hermosas pero, si las leemos despacio, veremos que son más que palabras: nos están hablando de la realidad humana diaria, plagada de dificultades, que todos conocemos y hemos de afrontar. Y nos dice, también, que el amor es capaz de superar todos los obstáculos.

San Pablo se dirige a una comunidad muy viva y llena de talentos. Los cristianos de Corinto sobresalían en diversos dones o carismas. Había quienes tenían facilidad de palabra, quienes poseían intuición profética, o prudencia para aconsejar, o una inteligencia para dilucidar la verdad, o una fe incombustible… Todo esto son dones valiosos, y Pablo los aprecia. Pero son cualidades que pueden llevar fácilmente al orgullo y a la vanidad.  Unos pueden sentirse superiores a otros por tener más fe, por ser más devotos o más místicos, por ser más fieles, por tener mayor capacidad de oratoria, o más inteligencia o formación. Si los carismas se acaban usando para el engrandecimiento personal, terminan siendo puro ruido y vaciedad: “metal que resuena o platillos que aturden”. Es lo que sentimos cuando vemos a alguien muy brillante que “se escucha a sí mismo”. Atrae, pero acaba cansando y no nos inspira verdadera confianza, porque todo gira en torno a su genialidad o grandeza.

Pablo avisa a los corintios contra esta tentación. Por eso les propone un “camino mejor”: el carisma que los supera a todos, de lejos. Y es un don que no es personal o propio sólo de unos, sino que todos podemos cultivarlo, sin excepción. Es el camino del amor.

Sin amor, dice Pablo, de nada sirven todos los demás talentos. Ni siquiera la fe, la generosidad extrema, el sacrificio y la devoción tienen valor alguno. “No sirven de nada”, insiste el apóstol, si no están movidos por el amor. Podemos ser grandes predicadores, podemos ser mecenas de la Iglesia o incluso obrar milagros. Si no tenemos amor en nuestro interior, todo eso es nada. ¡Qué cura de humildad tan grande!

Pero ¿qué es el amor? Pablo no da una definición filosófica ni metafísica del amor. Tampoco cae en el sentimentalismo romántico. El amor no son ideas, el amor no es una pasión ni una emoción. El amor es algo distinto, y muy real. El amor se traduce en acción, y en unas actitudes muy concretas ante las personas y la vida. El amor es paciencia, es aceptación, es ternura y amabilidad. El amor suaviza la dureza, cura las heridas, pone paz y alegría donde falta. El amor perdona, disculpa, comprende. El amor no se cansa, no rompe relaciones, no descarta nada ni a nadie. El amor abraza, integra, acoge. El amor no acepta la injusticia ni la mentira. Tampoco la violencia. Finalmente, el amor es fiel: “No pasa nunca”.

¿Es difícil vivirlo? Sí, pero todos podemos hacerlo real en nuestra vida. Porque todos tenemos alma, y Dios nos da todo cuanto necesitamos. Si nos llenamos de su amor, nunca nos faltará amor para dar y vivirlo cada día. Si dejamos que él actúe en nosotros… amar no sólo será posible, sino gozoso. 

2019-01-23

Somos un cuerpo

3r Domingo Ordinario - ciclo C

Lecturas:
Nehemías, 8, 2-10
Salmo 18
1 Corintios 12, 12-30

Homilía

Las tres lecturas de este domingo contienen auténticos tesoros para nuestra fe. La primera, del libro de Nehemías, y el evangelio de Lucas, nos presentan dos escenas en las que la Palabra de Dios se lee en público. La carta de san Pablo recoge una imagen genial del apóstol para explicar qué es la comunidad cristiana. Si tuviéramos que destacar una frase de cada lectura podríamos subrayar estas tres:

«No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.»
«Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír

Unidas, una tras otra, completan un mensaje hermoso: hoy se cumple una promesa, largamente esperada y transmitida en las escrituras. El reino de Dios ya no es un futuro, una esperanza ni una ilusión, sino una realidad, presente. La liberación ya está aquí, tal como proclama Jesús en la sinagoga. ¡No hay que esperar más! Con él, Dios ya está con nosotros. 

Y si Dios está con nosotros, ¡nada de llantos ni lamentos!, como dice la primera lectura. Nada de tristezas ni golpes de pecho: el gozo del Señor es vuestra fortaleza. Dios se goza con sus hijos, y sus hijos se gozan por el amor que reciben de su Padre. La presencia de Dios no es represora ni severa, sino que llena al hombre de alegría.

Pero Dios hace algo más que estar cerca, o con nosotros. Dios nos hace parte de él mismo, nos invita a compartir su propia vida. Con Jesús, ya no es que Dios sea nuestro aliado: es que nosotros formamos parte de Dios.

San Pablo ofrece esta metáfora audaz y precisa de lo que es la Iglesia: un cuerpo. Un cuerpo con muchas partes, que expresan su diversidad. Al igual que cada miembro es diferente, no hay dos personas iguales y todas pueden aportar algo bueno al grupo. Todas son dignas y buenas, y para que el cuerpo esté sano es importante que todas funcionen en armonía, coordinadas, a una. Esta unidad es la que nos hace crecer y desplegarnos.

La imagen de Pablo no sólo señala que la diversidad es buena, sino que es necesaria. No todos podemos hacer lo mismo; el cuerpo no es todo ojos, ni todo oídos o todo manos o pies. ¡Sería monstruoso! De la misma manera, una comunidad, una sociedad uniforme y cortada por el mismo patrón, sería un engendro mutilado, incapaz de funcionar y de producir obras buenas y creativas.

Buena reflexión para la Iglesia, pero también para el mundo político y social. En la arena política, la diversidad no debería verse como una guerra de enemigos, sino como una riqueza de pensamiento y experiencias que, en sintonía, puede mejorar la sociedad. Qué diferentes serían las cosas si los políticos, en vez de atacarse y luchar por el poder, consiguieran ponerse de acuerdo para gobernar con sensatez, buscando el bien común y no los intereses del partido. Qué madurez demostrarían si lograran gobernar coordinando personas de tendencias y mentalidades plurales.

En la naturaleza, libro que nos habla de Dios, también lo vemos. Toda forma biológica compleja, todo organismo, se ha formado uniendo partes diversas. La vida es diversidad y a la vez unión. Cuanto más diverso es un ecosistema, más fuerte y más sano es. En cambio, la uniformidad y la división traen la ruptura y la muerte.


Tenemos en nosotros todo el potencial para vivir, ahora, el reino de Dios. Es decir, para ser libres, para ser felices, para desplegar todos nuestros talentos y ponerlos al servicio de los demás. No hay excusas. Jesús nos apremia: Ese día ha llegado. Si queremos, podemos hacerlo posible ya. Dios está con nosotros, ¿hemos olvidado este gozo?

2019-01-17

Dios actúa en todos

2º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Isaías 62, 1-5
Salmo 94
1 Corintios 12, 4-11
Juan 2, 1-11

Homilía

¿A qué comparar el amor que Dios tiene a la humanidad? En la Biblia surge continuamente una imagen: amor esponsal. Una boda, la alegría de los esposos, el deseo de los amantes, la imagen de una novia que es recibida por el novio, cubierta de sedas y joyas, entre cánticos y danzas. Belleza, alegría, gozo íntimo. Dios quiere derramar su amor en nosotros, llenándonos la vida de fiesta.

Jesús también utilizó esta comparación: el reino de Dios es un banquete, una boda, una celebración llena de regocijo y belleza. Juan, en su evangelio, relata el primer “signo” del reino que hace Jesús. No es una curación ni un milagro espectacular, sino una señal festiva: convertir el agua en vino. Si alguien se hizo una imagen de un Dios severo y serio, ¡qué lejos está del evangelio! Dios es amigo de la alegría y de la fiesta.

Pero en el relato de las bodas de Caná hay muchos detalles que podemos aplicar a nuestra vida. Fijémonos en María, la madre de Jesús, siempre atenta a lo que ocurre. María es modelo de mujer despierta, que percibe las necesidades de los demás y actúa. En este caso, como no puede hacer otra cosa, avisa a su hijo. Y se vale de los criados para empujarlo a actuar, al estilo de las decididas matriarcas bíblicas, que no se detienen ante nada cuando se trata de perseguir un buen fin.

¿Por qué se resiste Jesús? No ha llegado su hora, dice. No quiere precipitar las cosas, el reino debe construirse poco a poco… Pero Jesús no resiste la petición insistente de una madre, ni el sufrimiento de los novios que pueden quedar avergonzados, ni la decepción de los invitados. Si algo puede precipitar la acción de Dios, es el dolor humano y una súplica ferviente.

Pero Dios nunca actúa solo. Como dice san Pablo en su carta, él actúa en todos, y es a través de nuestro esfuerzo y creatividad como va a resolver las cosas. Nuestros carismas son regalos de Dios que nosotros hemos de regalar a los demás. En las bodas de Caná, estos talentos son representados por las tinajas de agua: agua clara que purifica. El agua simboliza nuestro esfuerzo y nuestra voluntad. Pero sin la acción de Dios, nunca se convertiría en vino. De la misma manera, nuestros esfuerzos, sin la gracia de Dios, son derroche vano. ¿Qué hacer? Como los criados, hemos de presentar nuestras tinajas ante Dios. Ofrezcámosle lo que somos y hacemos. Pongamos ante él nuestra vida, nuestros sueños, nuestros talentos y empeños. Y él lo transformará, haciendo que dé frutos buenos.

En la lectura de Pablo se refleja una realidad de las primeras comunidades, trasladable a nuestras parroquias y comunidades de hoy. Cada cual tiene sus carismas, dones y habilidades. Podemos reservárnoslos para nosotros mismos, o para acrecentar nuestros propios intereses, ya sea de crecimiento económico, profesional, prestigio… Los talentos de Dios usados en bien propio pueden llenarnos momentáneamente. Pero se agotan y se pierden, como el vino que se acaba. En cambio, si los ponemos al servicio de los demás, de forma generosa y humilde, Dios los mejorará y los multiplicará, como ese vino de gran calidad que nadie esperaba al final de la boda. Y muchos más podrán beneficiarse y alegrarse con nosotros.

2019-01-03

Hemos seguido su estrella

Epifanía del Señor - ciclo C

Lecturas:
Isaías 60, 1-6
Salmo 71
Efesios 3, 2-6
Mateo 2, 1-12

Homilía/reflexión


En medio de estas fiestas, tan ajetreadas entre comidas, viajes, regalos y visitas, podemos olvidar fácilmente el auténtico sentido del día de hoy, Epifanía del Señor. Popularmente, decimos que es la Fiesta de los Reyes y estamos pensando más en cabalgatas, roscos y regalos que en otra cosa. Nos enternece la ilusión de los niños e incluso los adultos disfrutamos comprando y envolviendo regalos para nuestros seres queridos. Dar y recibir es algo que proporciona mucha alegría, es verdad. Hasta para quienes no creen en el sentido religioso de esta fiesta, hay algo de entrañable en ella.

Pero las luces de las calles y las cabalgatas no deberían eclipsar la verdadera estrella que luce hoy para todos. Al menos los cristianos no deberíamos perderla de vista, como los magos.

La fiesta de hoy es el gran regalo que Dios ofrece a la humanidad. La estrella que hoy luce no es la de los árboles de Navidad, sino la carita de un niño envuelto en pañales. La cabalgata no es de carrozas entre lluvias de caramelo, sino un largo viaje que cada uno emprende, y que dura toda la vida.

Hoy celebramos que Dios se nos regala, hecho niño, hecho humano, de la misma pasta que nosotros, para que todos, un día, lleguemos a florecer y a tocar el cielo. Jesús nos enseña lo más grande y hermoso que puede llegar a ser la humanidad. Y no lo hace envuelto en espectáculo ni en riqueza, no lo hace con gran poder ni con pompa. Lo hace con la sencillez de un hogar cotidiano, modesto, incluso pobre económicamente, aunque rico en alegría.

Si leemos despacio las lecturas de hoy, veremos que la primera, de Isaías, y el salmo, nos regalan con imágenes radiantes: una Jerusalén gloriosa, a donde peregrinan caravanas de reyes, príncipes y gentes de todo el mundo; una ciudad hermosa y triunfante. En cambio, en el evangelio, nos encontramos con la sorprendente historia de los magos, que se ponen en camino desde oriente persiguiendo una estrella. Llegan a Jerusalén, buscando al recién nacido rey, y no lo encuentran en el magnífico palacio de Herodes, sino en una humilde casita en Belén. Quizás esperaban adorar a un mesías grandioso, envuelto en gloria… ¡y se encuentran con un bebé!

El contraste entre las profecías y la realidad que se encuentran los magos es rotundo. José Luis Martín Descalzo lo describe con palabras preciosas en su libro sobre Jesús: 

«El esperado… ¿podía ser aquello? Los reyes no son así, los reyes no nacen así. ¿Y Dios? Habían imaginado al dios tonante, al dios dorado de las grandes estatuas. Mal podían entenderlo camuflado de inocencia, de pequeñez y pobreza… Pero fue entonces cuando sus corazones se reblandecieron […] No era Dios quien se equivocaba, sino ellos imaginándose a un Dios solemnísimo y pomposo. Si Dios existía, tenía que ser aquello, aquel pequeño amor, tan débil como ellos en el fondo de sus almas. Sí, Dios no podía ser otra cosa que amor y el amor no podía llevar a otra cosa que a aquella caliente y hermosa humillación de ser uno de nosotros. El humilde es el verdadero. Un Dios orgulloso tenía que ser forzosamente un Dios falso. Se arrodillaron y en aquel mismo momento se dieron cuenta de dos cosas: de que eran felices, y de que hasta entonces no lo habían sido nunca. Ahora ellos reían, y reía la madre, y el padre, y el bebé».

El regalo de Dios no viene envuelto en lujo ni en brillantes colores. Viene disfrazado de pequeñez, tierna y vulnerable como un recién nacido. Pero a quienes saben descubrir este regalo, les cambia la vida. Por eso le ofrecen sus tesoros, lo mejor que tienen, y regresan a su hogar «por otro camino». Ya no volverán a ser los mismos.

¿Nos atreveremos, hoy, a ponernos en camino? ¿Nos atreveremos a seguir la estrella del Niño Dios? ¿Nos atreveremos a recibir su regalo, y a dejar que nos cambie? Y… ¿le ofreceremos ya no sólo lo mejor que tenemos, sino lo mejor que somos?

2018-12-28

Revestíos de bondad

Fiesta de la Sagrada Familia - ciclo C

Lecturas
Eclesiástico 3, 2-14
Salmo 127
Colosenses 3, 12-21
Lucas 2, 41-52

Homilía

Las lecturas de hoy, festividad de la Sagrada Familia, nos presentan unas escenas familiares. En el libro del Eclesiástico leemos consejos que enlazan con el cuarto mandamiento: quien ama y honra a sus padres tendrá una vida larga y buena. Incluso cuando los padres flaquean y pierden facultades, algo que hoy vemos a menudo, con la larga esperanza de vida, no hay que olvidar quiénes son y cuánto nos han dado. Sin ellos no estaríamos aquí. Para la Biblia, el amor a los padres equivale al amor a Dios.

San Pablo a los colosenses da consejos a los cristianos para que su vida familiar y comunitaria sea armónica y sana: revestíos de bondad, de paciencia, de humildad. A veces lo que más nos cuesta es esto: sobrellevarnos y perdonarnos unos a otros. Quizás sea este el secreto para unas relaciones duraderas, y quizás esto es lo que falla tanto, provocando peleas y rupturas. Nos hemos despojado del amor, la humildad y la benevolencia. Buscamos nuestro beneficio y no aguantamos al otro con sus problemas. El individualismo fractura la convivencia y nos hiere a todos. No se trata de someternos sin más, sino de amarnos y adaptarnos unos a otros por amor. Cuando Pablo habla de la docilidad de las mujeres, no se queda ahí, sino que pide también que los hombres no sean egoístas y amen a sus esposas. En aquella época, en que muchos matrimonios eran pactos de conveniencia donde la mujer apenas tenía nada que decir, un consejo así resultaba revolucionario. Cuando habla del respeto a los padres, también pide a estos que no agobien a sus hijos ni los desanimen con exigencias desmedidas. La clave es el amor.

El evangelio nos presenta un cuadro diferente. Jesús, “perdido” en el templo y conversando con los sabios, parece un adolescente algo rebelde. María lo reprende, ella y su padre han sufrido por él. ¿Qué significa esto? El evangelio sugiere que la familia de sangre no siempre entiende la vocación personal. A veces incluso puede estorbarla. Pero Jesús, aunque defiende con firmeza su posición, tampoco quiere dañar a sus padres terrenales. Como buen hijo, regresa con ellos a casa y está sujeto a ellos. Ser dócil a sus padres no le impedirá crecer, ante Dios y ante los hombres, y cumplir su vocación.

La discreción y la obediencia de su vida oculta ocupará la mayor parte de su vida sobre la tierra. Pero en esos años de vida familiar, sencilla y aldeana, se forjaron aquellos otros tres años, breves y fulgurantes, de su vida pública. El amor aprendido en los años de silencio, de María y de José, estalló en un Jesús adulto, valiente y decidido a mostrar ante su pueblo que Dios, por encima de todo, también es familia. Dios es padre, Dios es madre, Dios es hermano nuestro y también se hace hijo. Toda familia, toda comunidad y toda relación humana regida por el amor y la entrega son un destello del amor de Dios.

2018-12-07

La voz en el desierto

2 Domingo de Adviento - ciclo C

Lecturas:
Baruc 5, 1-9
Salmo 125
Filipenses 1, 4-6. 8-11
Lucas 3, 1-6

Homilía:


Las lecturas de hoy suenan a anuncio gozoso, a buenas noticias que se acercan. En medio del desierto, en medio del exilio de Israel, en medio de la penuria, un mensajero anuncia días felices, días de fiesta y abundancia, días de alegría. ¿Es un consuelo o un espejismo? ¿Son mensajes para ilusionar a los desesperados? No. La voz que resuena en el desierto no sale de una quimera, sino de una certeza muy profunda, de una vivencia que va más allá de nuestra realidad cotidiana: la certeza de que Dios nos ama y está con nosotros. No abandona a sus hijos y nos trae una vida plena, muy pronto. Ya.

El profeta Baruc anuncia la gloria de la Jerusalén futura cuando la ciudad santa ha sufrido la destrucción de la guerra y buena parte de sus habitantes han sido deportados. Juan Bautista anuncia el reino de Dios en medio de un pueblo sometido al imperio romano, donde los poderosos medran y los pobres sufren y sobreviven. También hoy podríamos pensar que la Navidad suena como campanas celestiales en medio de un mundo convulso, herido por las guerras, el terrorismo, el hambre, los conflictos y la falta de sentido. ¿Hacia dónde vamos?, se preguntan muchas voces, más o menos conscientes, a veces catastrofistas. Parece que hay pocos motivos para la esperanza… Pero si alzamos la mirada al cielo, los hay. 

El mundo no se acaba aquí y ahora. El mundo está en manos de Dios y nosotros somos quienes podemos mejorarlo tan sólo si cambiamos nuestro corazón. Pablo en su carta a los filipenses expresa su alegría: ¡qué hermoso ver una comunidad fiel, donde todos se aman y se apoyan, viviendo con alegría su vida diaria en medio del mundo! Sí, el reino de Dios siempre es posible allí donde pongamos amor. Y el amor de Jesús, la fuente de la que bebemos, no nos faltará nunca si nos abrimos para recibirlo. Por eso, este domingo es un día para abrir los oídos del alma y escuchar esa voz —interior y a veces exterior— que nos habla de Dios, un Dios amigo que está cerca y vive entre nosotros. Como la Jerusalén radiante, podemos alzar el rostro, sonreír y mirar al futuro con esperanza, trabajando en el presente con todo nuestro amor.

2018-11-29

El Señor os haga rebosar de amor

1 Domingo de Adviento - ciclo C

Lecturas:
Jeremías 33, 14-16
Salmo 24
Tesalonicenses 3, 12, 4, 2.
Lucas 21, 25-36

Homilía:

Empezamos un nuevo año litúrgico, esta vez del ciclo C. En Adviento muchos nos hacemos propósitos, e incluso trazamos nuestro calendario de eventos para prepararnos a celebrar la Navidad con más hondura y sentido. Las lecturas de hoy nos pueden inspirar para ello, en especial la segunda, de san Pablo a los cristianos de Tesalónica.

Cuesta poco hacernos propósitos, incluso nos motiva y nos entusiasma. Pero cumplirlos no es tan sencillo. Fallamos, no somos constantes, cualquier cosa nos distrae o dificulta las cosas. El desánimo puede vencernos. Al final, acabamos haciendo lo de siempre.

Quizás es porque cuando nos proponemos algo contamos mucho con nuestras propias fuerzas, pero poco con la de Dios. Queremos invertir una buena dosis de voluntad, de creatividad, de esfuerzo. Pero somos más volubles y débiles de lo que pensamos. Y siempre hay excusas para abandonar. ¿Cómo mantenernos firmes en el camino?

Pablo nos da pistas en su carta. «Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y amor a todos». Este es el secreto: si estamos colmados del amor de Dios, seremos como una fuente que rebosa y no nos costará lo más importante, que es amar a los demás y transmitir bondad. Pero, además, el amor de Dios «afianza los corazones». Es su amor el que nos permite seguir fieles y nos da fuerzas más allá de nuestra capacidad. Un enamorado desafía el mundo por su amor; la persona que ama tiene un coraje sin límites.

¿Cómo llenarnos de este amor de Dios? Este puede ser un buen propósito de Adviento: acudir al Padre. Buscar espacios de silencio y de comunión con él. Dejarnos mecer en sus brazos, dejarnos llenar de su ternura. La oración es poderosa y llega más lejos que nuestra fuerza de voluntad. Pero para rezar, como para amar, hay que querer. Hemos de querer buscar esos momentos íntimos con Dios. Busquémoslos como los enamorados  buscan tiempo para estar juntos. Poco a poco iremos adquiriendo el gusto de la oración y ya no podremos vivir sin ella. Dios ama con gratitud y, por poco que le demos, compensará con creces. Pablo exhorta a que nos comportemos de manera que agrademos a Dios. Lo primero que agrada a Dios, de nosotros, es que pasemos un tiempo con él. Lo que le gusta somos nosotros, nuestra compañía, nuestra presencia. Sólo nos pide estar ahí. Que contemos con él. Y él nos dará la fuerza, la sabiduría y las virtudes necesarias para hacer todo lo demás.

Todos tenemos malos días en los que cuesta amar, cuesta ser amable y servicial, cuesta levantarse y ponerse a trabajar. Pablo nos da un consejo de buena psicología. No nos quedemos enredados en nuestros sentimientos: «comportaos así y seguid adelante». Es decir, actuad bien y el bien acabará llenándoos. Haced lo que tenéis que hacer. Aunque no nos apetezca, él sabrá sacar frutos de toda acción que emprendamos con buena voluntad.

2018-11-22

Nos ha convertido en un reino

Jesucristo Rey del Universo

Daniel 7, 13-14
Apocalipsis 1, 5-8
Salmo 92
Juan 18, 33-37

Descarga aquí la homilía en pdf.

«Aquel que nos ama y nos ha lavado con su sangre nos ha convertido en un reino de sacerdotes para su Dios y Padre». Son palabras del Apocalipsis que leemos hoy en la segunda lectura. Palabras que quizás nos suenen muy simbólicas, o quizás lejanas, o incomprensibles. ¿Entendemos de verdad la enorme verdad que encierran?

Estamos finalizando el año litúrgico, y las lecturas nos hablan de un final y a la vez de un principio. Nuestro mundo terminará, como nuestra vida terrena. Pero la realidad no acaba aquí, como tampoco nuestra vida termina en la tumba. Hay una realidad más amplia, más honda e infinita que todo lo sostiene con su aliento amoroso. Es Dios, que está fuera del tiempo y del espacio y que nos ha destinado, un día, a compartir su eternidad y su luz.

Somos de Dios y estamos llamados a ser parte de él. Venimos del amor y al amor vamos. Este es, en el fondo, el mensaje de Jesús y esta es la misión de todo cristiano convencido: anunciar al mundo una vida plena que se está gestando ahora mismo, un reino que ya ha sido plantado como semilla y está creciendo, con dificultades y contra viento y marea, pero sin cesar.

¿Qué significa ser reino? Que somos reyes desde el momento en que Jesús nos abre las puertas del cielo. Todos estamos llamados a esta realeza que es la de ser hijos de Dios. No tiene nada que ver con la realeza y el poder del mundo. Cuando Jesús dice a Pilato que su reino no es de este mundo le está diciendo que su poder no se basa en la dominación. No usa de la violencia ni de la manipulación. El reino de Dios jamás se sostiene sobre las armas y la propaganda, y si alguna vez la Iglesia o algunas religiones así lo han pretendido, es porque se han alejado del camino de Jesús. Dios no se impone a nadie ni quita la libertad a nadie.

El poder de Dios es el poder de amar. Y, aunque parezca muy vulnerable, es el único que perdura. Ante Pilato, Jesús es acusado y después torturado, azotado, humillado. ¿Puede haber una imagen más impotente de Dios? ¿Cómo podemos hablar de Cristo Rey cuando tenemos ante los ojos a un hombre reducido, atado, maltratado y condenado a muerte?

Ese es el misterio. Dios se deja matar por amor. Jesús obedece hasta el fin… Pero la última palabra no la tienen los poderes de este mundo. Tampoco la muerte. La resurrección de Jesús inaugura este reino que se va gestando poco a poco. El final será glorioso, y todos estamos invitados.

¿Qué significa ser sacerdote? No me refiero al orden sacerdotal, sino a este sacerdocio que todos los cristianos compartimos, por el solo hecho de ser bautizados. Somos un reino de sacerdotes, dice san Juan en el Apocalipsis. Y se hace eco de otras palabras muy queridas de la Torá, en las que el pueblo de Israel es descrito como nación consagrada a Dios.

Ser sacerdote, en este sentido, es justamente esto: consagrar nuestra vida entera, entregarla a Dios. Ser sacerdote es pertenecer a Dios y volcar todos nuestros esfuerzos en su reino. Ser sacerdote es seguir a Jesús y continuar su labor: tender puentes entre el cielo y la tierra, para invitar a las gentes a formar parte del reino de Dios.


Ante Pilato, Jesús dice que para esto ha venido: para ser testigo de la verdad. La verdad, para los cristianos, no es una teoría ni una doctrina. La verdad es una persona. O mejor dicho, una comunidad de personas: Dios. La verdad es el Padre creador, que todo lo hace existir. La verdad es Jesús, rostro humano de Dios. La verdad es el Espíritu de amor que todo lo anima y todo lo une. La verdad es la corona que nos hace reyes y el alimento que sostiene nuestra vida. Somos reyes y reinas, hijos del Rey de reyes, y estamos llamados a seguir su camino. Un camino que pasa por la cruz, pero que termina en la gloria.

2018-11-15

Donde hay perdón no hay ofrenda

33º Domingo Ordinario - B

Daniel, 12, 1-3
Salmo 15
Hebreos 10, 11-18
Marcos 13, 24-32

Descarga aquí la homilía para imprimir.

La primera lectura de hoy y el evangelio son lecturas sobrecogedoras y a la vez inquietantes. Visiones del fin del mundo y catástrofes que sacuden a la humanidad preceden un futuro en el que resplandecerá la gloria de Dios y «los justos brillarán como estrellas». Estas lecturas pertenecen al género apocalíptico, un género que llama poderosamente la atención, pero que pocas veces se entiende bien.

Solemos quedarnos con la parte más espantosa del mensaje: un final tremendo y un juicio sobre la humanidad. Algunos grupos religiosos se apoyan en estos relatos para infundir pavor y reforzar la adhesión de sus fieles, fomentando en ellos una consciencia de elegidos o salvados si cumplen las normas o preceptos establecidos. El miedo como arma moral y pedagógica no es lo más indicado para el crecimiento espiritual, pero es muy eficaz para influir y dominar a las personas.

Sin embargo, no es esta la intención del libro de Daniel, ni tampoco la de Jesús cuando habla del fin del mundo. Catástrofes naturales y guerras provocadas por el hombre siempre las ha habido: cualquier época podría considerarse cercana al fin del mundo, si lo pensamos despacio. Jesús quiere que sus discípulos aprendan a vivir despiertos, atentos a los signos de los tiempos. Del mismo modo que los labradores miran el campo y el cielo para predecir los cambios climáticos que afectarán a la cosecha, los seguidores de Jesús hemos de estar atentos a lo que ocurre en la sociedad para detectar las necesidades y desafíos que se nos plantean, y para tomar decisiones libres y responsables, y no seguir ciegamente lo que dictan las modas, la costumbre, los medios de comunicación o el gobierno. 

Jesús nos llama a vivir en libertad y en plenitud, como hijos de Dios. Por desgracia, los poderes del mundo no quieren tanto que seamos libres y felices, como que seamos sumisos y buenos consumidores, para extraer todo lo que puedan de nosotros. Por ello se idolatran el individualismo, el confort y toda clase de distracciones y entretenimientos, que las nuevas tecnologías nos ofrecen en abundancia. Jesús nos llama a vivir despiertos, pero el «mundo» nos quiere dormidos e inconscientes.
 
En un mundo donde la sociedad se ve arrastrada por las modas y las ideologías, ser cristiano significa, muchas veces, ir a contracorriente. Y a veces es muy duro, sobre todo si hay hijos que educar. Jesús nos recuerda que todas estas tendencias pasan, y que los cristianos hemos de sostenernos en lo que no pasa nunca. «Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». Jesús es nuestra roca firme, el valor seguro que no caduca ni es vencido por el tiempo. Las alegrías pasan, también pasarán las crisis y los dolores. Al final, lo que perdura es el amor, llama viva de Dios dentro de nosotros. Jesús es la única certeza que tenemos.

Quisiera acabar comentando dos frases de la carta a los hebreos, que leemos en la segunda lectura. Habla del sacerdocio de Cristo, comparándolo con el de los antiguos sacerdotes judíos: «Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados».

Cuando somos conscientes del mal del mundo y de nuestro propio mal, nuestros pecados, tendemos a buscar formas de purgar y compensar por el daño hecho, como una forma de limpiarnos y obtener la salvación. Este es el sentido antiguo del sacrificio: la ofrenda es un gesto destinado a «lavarnos» de la culpa y a quedar sanos y salvos. Los sacrificios ofrecidos por los sacerdotes purgan una y otra vez las culpas, suyas y de los demás.

Pero, como bien observa el apóstol, por muchos sacrificios que ofrezcan, siempre habrá nuevos pecados, nuevas culpas, nuevos males que purgar. Siempre habrá que ir haciendo ofrendas… Es como ir lavando las manchas que inevitablemente se hacen en una ropa blanca. ¡Un nunca acabar! Y esto, lógicamente, mantiene el funcionamiento del templo y de las religiones antiguas. Si no hubiera pecado que lavar, ¡no harían falta ofrendas ni sacrificios!

El apóstol nos revela algo que lava todo mal y toda culpa, de una vez para siempre: sólo Dios puede hacerlo, y lo hace mediante el perdón y la reconciliación. El perdón de Dios es un regalo inmenso porque elimina la necesidad de cualquier ofrenda y sacrificio. Ya no tenemos que ofrecer nada para lavar nuestra culpa, ¡él mismo nos limpia! ¿Cuál es el precio? Jesús en la cruz.

Si fuéramos conscientes del valor que esto tiene para nosotros saltaríamos de alegría. ¡No más culpas, no más ataduras! Jesús, muriendo por nosotros, acabó con eso de una vez y para siempre. Sólo nos falta, por nuestra parte, acoger su perdón y dejarnos liberar por su amor. Somos amados, infinitamente. Es lo único que podrá cambiarnos y convertirnos por dentro, desde lo más hondo del corazón.

2018-11-08

La mejor ofrenda

32º Domingo Tiempo Ordinario - B

1 Reyes 17, 10-16
Salmo 145
Hebreos 9, 24-28
Marcos 12, 38-44


La primera lectura y el evangelio de este domingo nos presentan a dos mujeres que tienen algo en común: las dos son viudas, las dos son pobres. Y las dos son generosas. La viuda de Sarepta acoge al profeta Elías y, aunque apenas tiene nada en su despensa, le amasa un pan y le da de comer. La viuda del evangelio echa en el cepillo del templo todo cuanto tiene. Las dos mujeres han dado lo que tenían, incluso lo que les hacía falta. ¿Cuál será su recompensa? El profeta Elías dice: «La orza de harina no se vaciará, ni la alcuza de aceite se agotará…». Jesús elogia a la viuda que ha echado más que nadie. ¡Dios tomará en cuenta su ofrenda! A quien es generoso, incluso privándose de algo que necesita, no le faltará nada cuando llegue el momento.

Las lecturas de Elías y el evangelio son un canto a la generosidad. En el mundo hay muchas situaciones de carencia, la diferencia entre ricos y pobres aumenta y la desigualdad salta a la vista. A los ojos de Dios, esto es una injusticia que no puede pasarse por alto. Él, defensor del huérfano y la viuda, es decir, de los más pobres y vulnerables, «ama al justo», como dice el salmo. En este contexto el justo no es quien imparte justicia, sino el generoso, el que socorre a los pobres. El justo según la Biblia es magnánimo de corazón y no mide ni cuenta: da en abundancia, como el mismo Dios. La justicia bíblica va más allá del merecimiento y la retribución. Dios es generoso con todos y a todos nos da: así también espera que seamos nosotros.

Curiosamente, las personas más generosas no son las que más tienen ni las que más podrían ayudar. A menudo son las que tienen lo justo, o incluso poco, las que más dan. Lo vemos en las parroquias y en las comunidades. Cuando se trata de ayudar y contribuir económicamente a alguna necesidad, las primeras en reaccionar son las mujeres, y muy a menudo las mujeres mayores, con una economía muy modesta. Ellas son las modernas viudas del evangelio. ¡Dios las ama y las bendice! La Iglesia se sostiene por ellas.

Se dice que las personas son generosas con una causa cuando confían en ella y en las personas que piden ayuda. En el caso de la Iglesia, la causa no es otra que Jesús, y quienes piden, están pidiendo por el amor de Dios, para expandir su reino. De modo que la generosidad está midiendo nuestro grado de adhesión a Jesús, la confianza en él y en su providencia, la gratitud por sentirnos tan amados.

En la segunda lectura, la carta a los hebreos, el apóstol señala cuál ha sido la ofrenda de Cristo: su propia vida, su cuerpo y su sangre. ¿Qué más nos puede dar? Con su vida, nos abre las puertas del cielo, una vida eterna. ¡Jamás podremos agradecer un don tan grande! Por eso, toda ayuda que podamos ofrecer a la Iglesia será poca. No sólo económica, sino de tiempo, de creatividad, de esfuerzo personal. Si realmente nos sentimos amados y salvados por Jesús, nuestra colaboración deberá salir de forma espontánea, voluntaria y entusiasta. Es generoso quien está agradecido.

Descarga aquí la homilía en pdf.

2018-11-01

Verdadero sacerdocio, verdadero amor

31º Domingo Ordinario - B

Deuteronomio 6, 2-6
Salmo 17
Hebreos, 7, 23-28
Marcos 12, 28-34

(Aquí, la homilía en pdf).

Una frase muy conocida y hermosa resuena en la primera lectura de hoy y en el evangelio. Es el precepto más amado por los judíos: Escucha, Israel, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas… A este precepto se le añade una consecuencia: y al prójimo como a ti mismo.

Moisés lo recuerda al pueblo y pide que graben estas palabras en su memoria para hacerlas realidad cada día. Jesús, conversando con un escriba, las recuerda. Y el escriba saca la conclusión correcta: si lo primero es amar a Dios, y amar a Dios equivale a amar al prójimo… entonces, más que todos los sacrificios y ofrendas, lo importante es amar, a Dios y al prójimo. Jesús le contesta que no está lejos del reino. Ha entendido lo más importante.

En la carta a los hebreos, el apóstol nos habla de la diferencia entre los sacerdotes del Antiguo Testamento y Jesús, el único y auténtico sacerdote de la Nueva Alianza. Los primeros se valían de rituales y sacrificios para expiar sus culpas y las del pueblo. Jesús ya no pide sacrificios a nadie. Se ofrece él mismo, su vida, y ya no tiene sentido seguir sacrificando animales ni quemando ofrendas. Con él todos estamos salvados, él nos abre las puertas del reino a todos… Si no todos quieren entrar, es porque quizás ignoran esta salvación. O les ha sido mal comunicada y la rechazan. Pocas personas entienden que Jesús tuviera que sacrificarse ante Dios. ¿Cómo Dios puede pedir eso a su hijo? Lo entenderemos si leemos el evangelio en clave de amor y de entrega. ¿Qué no hará una madre, un padre, por su hijo? ¿Qué no hará un esposo o una esposa por su amado? Por aquellos a quien amas, darías la vida. Si nosotros, humanos, lo haríamos, ¡cuánto más Dios! Dios ama hasta morir. Literalmente, muere de amor por nosotros. Es así como hemos de entender el “sacrificio” de Jesús. No como un holocausto para aplacar a un Dios iracundo, sino como una entrega total de la vida.

Y así estamos llamados a amar nosotros. No por exigencia u obligación, sino porque en el amar nos va la vida. Amando somos felices, nos completamos, crecemos y alcanzamos nuestra plenitud. ¡Estamos hechos para el amor! Ahora bien, a la hora de cumplir este mandato, amar a Dios y a los hombres, a menudo se nos plantean algunos obstáculos.

Amar a Dios. Para muchos creyentes está claro y es fácil. Dios es bueno, Dios es padre y está ahí… Nos lo da todo, ¿cómo no amarlo? Pero amar al prójimo, que no siempre es bueno, no siempre nos complace y a veces nos importuna o nos ofende, ¡cuesta bastante más!

Para otros, en cambio, cuesta más amar a Dios. ¿Cómo amar a un Dios al que no vemos, al menos físicamente? Jesús lo deja muy claro: amar al prójimo equivale a amar a Dios. No se puede hacer lo uno sin lo otro. Ni a Dios solo, ni al prójimo solo. Porque Dios está en el interior de cada ser humano, y la única manera que tenemos de amarlo, al menos en esta tierra, es a través de los demás, sus hijos.
Ahora bien, a los demás hemos de amarlos como amaríamos a Dios. Sin querer manipularlos, poseerlos o dominarlos. Sin sentirnos superiores a ellos. Sin ataduras emocionales, pero sí con un compromiso fiel. De la misma manera, a Dios podemos amarlo con la ternura y la pasión que prodigamos hacia nuestros seres más amados.

Para las personas no creyentes o de otras religiones, este amor al prójimo es la llave del cielo. Por las razones que sea no han creído en Dios, o no han podido conocerle. Pero si han amado, entregando su tiempo, su vida y sus esfuerzos por el bien de los demás, Dios los reconoce y los llamará a su lado. Y al contrario, una persona muy creyente, con mucha fe y que haya cumplido fielmente los preceptos de la Iglesia, si no ha amado y su vida ha transcurrido entre el egoísmo y la dureza, ¡cuánto le costará entrar en el Reino!

El amor es la llave. Es la llave para entender el evangelio y la Biblia entera. Es la llave para vivir una vida que valga la pena vivir. Y es la llave para entrar en el cielo. Jesús no dejó de enseñárnoslo, con su palabra y con su ejemplo. ¡Aprendamos practicando cada día!

2018-10-25

Dios nos ama y nos llama

30º Domingo Ordinario - B

Jeremías 31, 7-9
Salmo 125
Hebreos 5, 1-6
Marcos 10, 46-52

Aquí encontrarás la homilía en pdf.

¿Qué tienen en común las tres lecturas de este domingo? En la primera, leemos una profecía de Jeremías: Dios promete llamar a su pueblo, disperso y desterrado, y congregarlo en su tierra, donde harán gran fiesta y serán colmados de bendiciones. En la segunda, la carta a los hebreos, leemos que todo sacerdote es llamado a la misión de hacer de puente entre Dios y los hombres. En la tercera leemos la curación del ciego Bartimeo, que grita pidiendo compasión. Jesús escucha sus voces y lo llama.

Un punto que une estas tres lecturas es este: la llamada. En las tres hay una llamada y una promesa. En las tres hay una bendición. ¿Quién llama? Es Dios quien llama. ¿A quién? A los exiliados, a los perdidos, a los buscadores de sentido, a los ciegos y a los pobres… ¿Para qué? Para ofrecer una vida renovada y llena de gozo, de salud, de alegría. Cuando Dios llama, no es tanto para pedirnos algo, sino para darnos. Cuando respondemos, nos ofrece muchísimo más de lo que hayamos podido soñar. Nos ofrece lo que necesitamos, lo que deseamos y aún más de lo que esperamos. Así sucede  con el ciego Bartimeo, que recobra la vista tras clamar ante Jesús. ¿Qué quieres que haga por ti?, le pregunta Jesús.

¿Qué quieres que haga por ti?, nos pregunta Dios a todos nosotros. Si le pedimos algo bueno, tengamos por seguro que nos lo dará, de una manera u otra. Y si lo que le pedimos no es acertado, él sabrá cómo ayudarnos. Lo que ocurre es que, a veces, nos olvidamos de pedir. Olvidamos que está ahí para ayudarnos. Olvidamos que Dios es bueno y que escucha. Muchas personas piden deseos. Los piden al destino, al universo, a algún santo o a la fortuna… La superstición y la magia siguen creciendo en el mundo. Nosotros, los cristianos, no pedimos ayuda a una quimera, ni a una fuerza difusa e impersonal. No confiamos en la suerte, ni en un ritual, ni en el azar. Confiamos en el Creador del mismo universo, que es persona, es padre y está cerca de nosotros.

Las lecturas de hoy nos hablan de un Dios misericordia, como tanto le gusta recordar a nuestro papa Francisco. Nos dicen que la vocación no es iniciativa nuestra, sino de Dios. Y la vocación tampoco es una llamada a sacrificarse sin más, sino a recibir un don grande. Quien es llamado es amado. Y porque es amado, puede amar a los demás y comprender sus flaquezas y defectos. Quien se siente infinitamente amado aprende a aceptarse en su limitación y es comprensivo con los demás. Quien se llena del amor de Dios puede convertirse en puente, en sacerdote, el que tiende una mano entre lo divino y lo humano, porque, en su vida, ambas dimensiones están unidas y forman una sola realidad. El cielo y la tierra se tocan allí donde está Jesús, el verdadero sacerdote. Pero él nos llama a muchos hombres y mujeres a ser sus colaboradores. Con la llamada siempre viene una promesa gozosa. ¿Sabremos escucharle?