2019-06-21

Haced esto en memoria mía



El Cuerpo y la Sangre de Cristo - C

Lecturas:

Génesis 14, 18-20
Salmo 109
1 Corintios 11, 23-26
Lucas 9, 11b-17

Homilía

Las lecturas de hoy nos hablan del gesto central que define nuestra fe cristiana. Creer en un Dios Creador es común no sólo al cristianismo sino también a otras religiones, especialmente las monoteístas (judaísmo e Islam). Considerar a Jesús como un gran hombre o profeta es algo que comparten muchas personas, incluso no creyentes. Pero creer en Jesús, no sólo como hermano nuestro en humanidad, sino como hijo de Dios en su divinidad, supone un paso más. ¿Es suficiente? A los cristianos se nos invita a algo más que creer.

San Pablo recuerda, en su carta a los Corintios, el momento en que Jesús, en la última cena, parte el pan y reparte el vino. En ese pan y en ese vino está él. Cuando dice que tomemos su cuerpo y su sangre, Jesús nos está invitando a algo inmenso: a tomarlo a él como alimento. Si decimos que el alimento pasa a formar parte de nosotros cuando lo asimilamos, estamos diciendo, nada menos, que comemos al mismo Dios, y que este pasa a formar parte de nosotros. Si fuéramos conscientes de verdad, temblaríamos cada vez que presenciamos la eucaristía, y se nos derretiría el corazón cada vez que vamos a comulgar. Quedaríamos transformados.

Pero las personas somos duras de corazón y lentas en asimilar. Necesitamos no una, sino muchas comuniones, mucha perseverancia y tiempo de oración para ir ahondando en este misterio del Dios que ya no sólo se hace humano, sino que se hace cosa, para que lo podamos comer y hacerlo carne de nuestra carne. También necesitamos algo más: abrirnos a la gracia. Abrirnos a este regalo inmenso que nos desborda y nos sobrepasa. Y poco a poco, a medida que vayamos abriéndonos a él, Jesús nos irá transformando. ¿En qué? En otros Cristos. Es decir, en hombres y mujeres auténticos, valientes, libres y capaces de dar su vida por amor a los demás. Hacernos semejantes a Dios nos hace plenamente humanos.

«Haced esto en memoria mía», dice Jesús. ¿Qué hemos de hacer? ¿Tomarlo? Tomarlo y algo más. En la cena, Jesús reparte el pan y reparte el vino. Pan y vino van pasando de mano en mano, y todos se alimentan de él. Este momento nos lleva al evangelio que hoy leemos, la multiplicación de los panes. ¿Qué tiene que ver un gran reparto de pan con la eucaristía? Mucho.

Jesús sabe que tenemos un cuerpo con necesidades físicas. Por eso se compadece de las gentes y les da de comer. No se queda sólo en el hambre material, pero no lo ignora. Y ¿qué dice a sus discípulos? ¿Qué nos dice a nosotros, hoy? «Dadles vosotros de comer.» Dad de comer al hambriento, como yo lo hice. Jesús multiplica el pan y se multiplica a sí mismo, en cada eucaristía. Alimenta nuestro cuerpo y nuestra alma. Nuestra misión, en este mundo, también es alimentar cuerpos y almas de los que padecen hambre.

Parece que entendemos muy bien la necesidad de dar alimento material, y en esto Cáritas, las parroquias y otras ONG sobresalen, con verdaderas multiplicaciones de comida para miles de familias empobrecidas. Pero ¿entendemos la otra parte? ¿Entendemos que Jesús también nos está pidiendo que alimentemos el espíritu, que saciemos el hambre de vida, el hambre de Dios, el hambre de amor y felicidad de tantas personas que viven a nuestro lado? En los países “ricos” apenas hay hambre física, o muy poca. Más bien las personas mueren enfermas por exceso de comida. En cambio, ¡cuánta hambre de afecto, de escucha, de compañía, de amistad! ¡Cuánta hambre de ternura, de una mirada amable, de atención, de respeto y consideración! Es fácil dar pan… quizás no sea tan fácil dar afecto, o coraje, o ánimo, o simplemente, unos minutos de escucha. A veces permitimos que las personas que viven a nuestro lado, incluso nuestros seres queridos, pasen hambre de esto.

En esta fiesta de Corpus, dejemos que el pan de Cristo y su sangre penetren en nosotros y empapen nuestra alma. Que ablanden nuestro corazón duro. Que nos hagan sensibles y despiertos a las necesidades de los demás. Asimilemos a Jesús dentro de nosotros. Miremos, sintamos, pensemos como él. Hagamos como él, seamos generosos. Y demos un paso más, aunque sea pequeño. Acerquemos a Jesús, el pan del cielo, el pan de vida, a otras personas que, quizás, no saben qué gran tesoro se están perdiendo, y cuánto bien se les ofrece gratis. ¿Nos atrevemos a ser apóstoles? ¿Nos atrevemos a responder ante Jesús cuando nos dice: «haced esto en memoria mía»?

2019-06-15

Trinidad, un amor que se derrama

Santísima Trinidad - C

Proverbios 8, 22-31
Salmo 8
Romanos 5, 1-5
Juan 16, 12-15

Homilía reflexión

Jesús, a ti te vieron y te conocieron muchos. Hoy te acogemos, te escuchamos, te comemos… Y tú siempre nos hablas del Padre. De él vienes y tu misión es hacer su voluntad. Tú y el Padre sois uno: todo lo suyo es tuyo. Y todo lo vuestro nos lo das. Nos abres las puertas de ese amor tan grande, y nos incluyes en esa familia divina.

Nunca nos dejas solos. El Espíritu se queda con nosotros. En el Espíritu estáis tú y el Padre. Los tres, en uno. Tenemos un solo Dios… Un Dios muy especial, en tres personas. La divinidad no es una soledad, sino una comunidad.

Por eso la imagen de Dios no es un hombre o una mujer, solos, sino una unión de amor. La mejor imagen de Dios son dos, o más, que se aman. La mejor imagen de Dios es una familia, una comunidad, una iglesia.

Desde ese amor que une lo comprenderemos todo. Nos comprenderemos a nosotros mismos, comprenderemos a los demás, al mundo, a toda la creación. Y comprendemos a Dios.

Quien conoce a Dios se conoce a sí mismo. Quien comprende a Dios comprende al hombre. Quien ama a Dios aprende a amar a la humanidad entera. Esta sabiduría no va del hombre a Dios, sino de Dios al hombre. Nace de él. Nosotros sólo necesitamos abrirnos a la gracia.

Trinidad: un amante, un amado, un amor. El Padre ama, el Hijo es amado, y el amor que los une, recíprocamente, es el Espíritu.

Ese amor se derrama sobre el mundo y sobre nosotros.  No sería posible si no fuera un amor dinámico, que se mueve entre los tres. Y no sería posible un amor dinámico si sólo hubiera una persona.

Por eso Dios, que es amor, se despliega en tres. Y los tres se abren al universo, creándolo, sosteniéndolo, amándolo… y rescatándolo. Dios no abandona su creación, y menos a su criatura. Por eso manda a su Hijo, nunca para juzgar, sino para defender. Nunca para condenar, sino para rescatar.

Loado seas, Señor Dios, Padre bueno, fuente de nuestro ser.
Loados seas, Señor Dios, dulce Jesucristo, luz del corazón.
Loados seas, Señor Dios, Espíritu Santo, fuego que nos enciende.

2019-06-09

Como el Padre me envió, también yo os envío

Domingo de Pentecostés

Lecturas:
Hechos 2, 1-11
Salmo 103
1 corintios 12, 3-7.12-13
Juan 20, 19-23

Reflexión

Paz. Nos das tu paz, Jesús. Antes que nada, nos reconfortas.

Después, nos envías. Estamos en misión.

Pero no nos dejas solos ni sin recursos. Nos das el Espíritu Santo: el mismo aliento de Dios.

Y nos dices que lo que perdonemos en la tierra, quedará perdonado en el cielo. Perdonar: este es el poder que nos das. Como tú hiciste, no nos envías a juzgar ni a condenar, sino a perdonar. Nos envías a liberar. A sanar las culpas. El perdón es inseparable de la libertad.

Somos tus colaboradores, Jesús. Nos llamas a continuar tu obra. Y nos das el mayor regalo, tu mismo Espíritu. ¡El don es aún mayor que la tarea!

Hoy somos enviados. ¿Recibimos tu llamada, como la recibieron tus discípulos?

Hemos recibido el mismo don que ellos, en el Bautismo y en los sacramentos. ¿Responderemos igual que ellos?

2019-05-29

¿Qué hacéis ahí plantados?

Domingo de la Ascensión del Señor - C

Lecturas:

Hechos 1, 1-11
Salmo 46
Efesios 1, 17-23
Lucas 24, 46-53

Homilía


En este domingo celebramos que Jesús, después de resucitar y pasar un tiempo acompañando y enseñando a sus discípulos, sube al cielo definitivamente. La imaginería popular y el arte nos muestran este momento como una escena gloriosa, entre nubes y rayos de luz, tal como los salmos relataban el ascenso de Dios a los cielos. En cambio, el evangelio la describe con una impresionante sencillez. Sin detalles, ni adornos, nada espectacular. Simplemente dice que Jesús se separó de ellos y subió al cielo. Dejó de estar, físicamente presente, entre ellos. ¿Qué había ocurrido?

Los discípulos comprendieron que Jesús iba a donde siempre les había dicho: con el Padre. Estaba lejos y a la vez muy cerca de ellos, en una dimensión que entonces no podían alcanzar, pero al mismo tiempo, muy próxima. Por eso su reacción no fue de tristeza ni de duelo, como si hubiera muerto, sino de alegría. Jesús se iba pero no se iba. Y fueron al templo a dar gracias a Dios.

Se necesita una luz interior muy grande para poder comprender, sólo un poco, el misterio. En realidad, nunca podremos abarcar el misterio de Dios con nuestra pequeña mente humana, pero si nos abrimos de corazón podremos hacer algo mejor que entender: abrazarlo. Y vivir envueltos en él.

Pablo lo explica muy bien en su carta a los Efesios. Las cosas del mundo físico las podemos entender con nuestra lógica. Pero ¿cómo entender las cosas sobrenaturales? En lo tocante a Dios, nuestra razón humana es limitada y no puede explicar muchas cosas. Por eso es necesario abrirse a una inteligencia mayor: «espíritu de sabiduría y revelación» para «iluminar los ojos del corazón». En el mundo judío, el corazón no era lo que hoy decimos sentimientos. El corazón era la sede de la sabiduría, del pensamiento y la voluntad. El corazón, para un judío, engloba lo que hoy llamamos mente, emociones y espíritu.

Pero ¿qué es lo que debemos comprender con esta inteligencia que nos viene del Espíritu Santo? Pablo usa tres palabras: esperanza, gloria y poder. Dios nos está brindando una promesa: la muerte no será nuestro fin. Nos está preparando una «riqueza de gloria», es decir, una vida luminosa, rebosante de dicha. Y nos está ofreciendo una «grandeza de poder», que es compartir la vida resucitada de su Hijo, Jesús. ¿Quién no sueña con ser feliz, con vivir para siempre, con una vida intensa y plena? Todo esto nos lo prepara Dios, por eso tenemos motivos para vivir, ya aquí, felices y esperanzados, llenos de paz y sin miedo. Dios cumple sus promesas y Jesús resucitado es la prueba.

Pero podríamos pensar que esa gloria y ese poder, esa resurrección, sólo son para Cristo… y quizás para algunos muy santos. No: todos estamos llamados a ser santos. Y la gloria es para todos los que están unidos a Jesús, su cuerpo, como dice Pablo. La Iglesia es el cuerpo de Jesús. Si Jesús resucita… ¡toda la Iglesia resucita!

Una parte de esa Iglesia triunfante ya está en el cielo. La otra, los que estamos aquí en la tierra, no podemos quedarnos embobados soñando en el cielo y mirando a lo alto. Como a los apóstoles, vendrá alguien que nos dirá: ¿Qué hacéis ahí plantados? Dejaos de mirar arriba y poneos manos a la obra. ¡El mundo espera una buena noticia! Y está en vuestras manos esparcirla. Jesús se fue, pero volverá. En realidad, siempre está con nosotros.

2019-05-23

Que no tiemble vuestro corazón

6º Domingo de Pascua - C

Lecturas:

Hechos 15, 1-2, 22.29
Salmo 66
Apocalipsis 21, 1-023
Juan 14, 23-29

Homilía


En estos tiempos en que ser cristiano comprometido resulta poco “políticamente correcto”, Jesús nos ofrece estas palabras, pronunciadas en su última cena, para darnos aliento.

Quien me ama guardará mis palabras, dice Jesús. El amor no es cuestión de sentimientos ni de promesas. El amor se traduce en acción, y guardar las palabras es convertirlas en vida. Quien ama no es el que solamente cree, escucha y predica, sino el que obedece y sigue a Jesús hasta el final. Esto significa guardar las palabras.

Por tanto, si nos decimos cristianos, debe notarse en nuestra vida, en nuestras decisiones y en nuestra forma de estar en el mundo. No se trata tanto de proclamar sino de dar testimonio con nuestro vivir cada día, tal como señaló el papa Pablo VI: el mundo escucha mejor a los que dan testimonio que a los que enseñan. Y si escucha a los que enseñan, es porque dan ejemplo de lo que dicen.

¿Cómo escuchar lo que nos dice Jesús? ¿Cómo entender sus palabras? Él mismo nos lo revela: el Defensor, el Espíritu Santo, nos dará la inteligencia para comprender. Cuando Jesús explicaba todo esto a sus discípulos aún no había muerto ni resucitado, ¡todavía les faltaba entender unas cuantas cosas! Pero con el tiempo lograron captar el significado de todo lo que les había enseñado Jesús, lo hicieron carne de su carne y lo esparcieron por el mundo.

Mi paz os dejo, mi paz os doy. Esta frase que oímos tantas veces en la misa la pronunció Jesús en ese momento, a punto de morir. Sabía que sus discípulos caerían y quedarían abatidos por la tristeza y el miedo. Por eso quiere dejarles otro regalo precioso: la paz. Pero esta paz no es como la del mundo, señala Jesús. ¿Por qué no? En primer lugar, no es una calma absoluta, no es falta de problemas, no es una paz psicológica o mental. Ese tipo de paz se puede conseguir con diversas técnicas de relajación y se da espontáneamente cuando las cosas van bien. Pero cuando la vida se agita como un mar tempestuoso ¿dónde encontrar la paz? ¿Dónde está la paz en medio de la tormenta? ¿Dónde encontrar la paz en medio de las dificultades?

Jesús nos la da justamente en esos momentos. Porque su paz no es calma mental, sino un fundamento sólido donde arraigar nuestra vida. Su paz es el amor del Padre creador, que nos sostiene en la existencia. Su paz es su presencia, siempre con nosotros. Su paz es un pilar que jamás cae ni se tambalea. Nosotros podemos vacilar… pero su paz nos aguantará siempre. Por eso Jesús añade: Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

No temáis, nos dice Jesús hoy. No tembléis, no dejéis que los vendavales del mundo os lleven. Modas, imposiciones políticas, tendencias culturales, falacias disfrazadas de bien, persecuciones… Hay mil vientos que nos quieren arrastrar como hojas secas. Si estamos arraigados en Jesús, no podrán. No tembléis.

Jesús añade que se va con el Padre. Y deberíais alegraros porque el Padre es más que yo. ¿Por qué lo dice? En ese momento Jesús está hablando ante sus amigos como hombre mortal, y el Padre, como Dios, es más. Pero con esa frase nos está diciendo que toda persona que muere, sobre todo si muere como él, firme en su lugar, sin desfallecer en su misión, también va al Padre. Nos presenta la muerte como un encuentro gozoso, y no un final trágico. Hay otra vida, otro universo, otra dimensión más allá. Dios nos espera a todos allí. Desde los brazos del Padre, el Hijo siempre está con nosotros. Con esta certeza, ¿qué sentido tiene tener miedo? Podemos temblar y dudar, pero si nos anclamos en él, no hay motivos.

Que no tiemble vuestro corazón… Confiad en mí.

2019-05-16

Todo lo hago nuevo

5º Domingo de Pascua - C

Lecturas:

Hechos 14, 21-27
Salmo 144
Apocalipsis 21, 1-5
Juan 13, 31-35

Homilía

Las tres lecturas de hoy son profundamente alegres. Nos hablan de ese reino de Dios, que Jesús había predicado como una pequeña semilla enterrada, brotando y creciendo. Las promesas se hacen realidad.

En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, se nos relatan los fecundos viajes de Pablo y Bernabé por Asia Menor. De ciudad en ciudad, van fundando comunidades y fortaleciéndolas con su oración y su apoyo. Y en todas ellas surgen consagrados, presbíteros y diáconos, al servicio de la comunidad. La semilla se ha convertido en un joven árbol y empieza a echar ramas, hojas y frutos.

En la segunda lectura, del Apocalipsis, san Juan nos ofrece una visión de esa semilla convertida en un árbol frondoso y resplandeciente. Un árbol que sobrepasa los límites de la muerte y se arraiga en el más allá. La visión de la Jerusalén celestial, como una novia ataviada para su esposo, es la visión de la humanidad cuando se encuentre definitivamente con Dios. La unión con el Creador será una fiesta de inimaginable grandiosidad y belleza.

¿Cómo hacer crecer esta semilla del reino de Dios? Jesús la plantó con todo su amor y volcó en ella su vida entera. En la última cena dio a sus amigos el mandato, o quizás podríamos decir la fórmula, la receta, o el secreto para que esa semilla crezca. Es un secreto a voces, pero no hay verdad más grande, más cierta y más segura. Si queremos que las cosas buenas crezcan, es lo único necesario. Y si queremos reconstruir lo que está roto, enfermo o medio muerto, es el único remedio.

Amaos unos a otros como yo os he amado. El amor será agua, será luz y será tierra fértil para hacer crecer la semilla. El amor nos llevará a convertirnos en esa humanidad nueva de la que habla el Apocalipsis. El amor, al modo de Jesús, es decir, como entrega total, hará posible ese cielo nuevo y esta tierra nueva. El amor, que todo lo creó, es lo único que puede renovarlo todo.

Necesitamos creer en la fuerza regeneradora del amor. Y necesitamos vivirlo en el día a día. Hablar del amor y predicarlo no basta. Hay que agacharse, lavarse los pies, mancharse de tierra y de sangre, curando heridas, aliviando el cansancio y el dolor de otros. Hay que aprender a renunciar a uno mismo para poder amar con corazón libre. ¿Es imposible? No lo es, Jesús nos dio ejemplo, y él, aun siendo Dios, también era humano como nosotros.


No podemos llamarnos cristianos, ni discípulos, ni amigos de Jesús, si no seguimos esta enseñanza. Aunque no seamos perfectos y nos cueste, hemos de trabajar cada día por acercarnos a este amor que nos pide, ni más ni menos, que amar como Dios. Un amor que se traduce en servicio y en cuidado por el otro. Un amor que se cultiva cada día, paso a paso, hora a hora, con mil pequeños gestos. El amor, en realidad, no es más que hacer lo que tenemos que hacer, lo ordinario, lo de siempre, pero con la máxima excelencia, cuidado y cariño. Poniendo intención y atención a todo. Pensando en el bien de los demás. Quien vive y trabaja así, lo hace todo nuevo y renueva el mundo a su alrededor. Como decía el poeta Joan Maragall, quien ama su trabajo y pone en él toda su devoción está contribuyendo a salvar el mundo, aunque no lo sepa. 

2019-05-09

Nadie os arrebatará de mi mano

4º Domingo de Pascua - C

Lecturas:

Hechos 13, 14-52
Salmo 99
Apocalipsis 7, 9-17
Juan 10, 27-30

Homilía


Hoy podríamos relacionar las tres lecturas siguiendo un mismo hilo conductor: la alegría y la fortaleza del que se siente unido a Dios. El amor que recibe es tan grande que puede superar todos los obstáculos y problemas.

En la primera lectura, de los Hechos de los apóstoles, escuchamos las peripecias de Pablo y Bernabé por las ciudades de Asia Menor. En un principio, empiezan predicando el evangelio en las sinagogas, en los círculos judíos, sus compatriotas. Pero cuando estos empiezan a rechazarlos, Pablo da un giro y empieza a anunciar el evangelio a los gentiles. ¿Os cerráis a la gracia? ¿No queréis recibir la buena nueva? ¡Pues la comunicaremos a otros! Y Pablo recoge una frase del profeta Isaías donde se atisba la misión universal de la Iglesia: los receptores del mensaje ya no serán solamente el “pueblo elegido”. Toda la humanidad será elegida y destinataria de la noticia. Y los gentiles, que los acogen, «se llenan de alegría y alaban a Dios».

¡Cuántas veces nos esforzamos por llevar la palabra de Dios a nuestros feligreses, familiares, personas queridas y cercanas, y la rechazan! No tengamos miedo, como Pablo y Bernabé. No nos importe el rechazo. Si unas puertas se cierran, otros caminos se abrirán. Abrámonos al ancho mundo, incluso a los ambientes aparentemente alejados de la fe. A veces, quienes parecen más lejos tienen el corazón mucho más abierto y están muy cerca del reino. Sólo necesitan alguien que se lo muestre.

La segunda lectura, del Apocalipsis, nos da la visión de miles de personas vestidas de blanco, con palmas en las manos: «los que vienen de la gran tribulación… lavados con la sangre del cordero». Están ante el trono de Dios y jamás se apartan de él. Nada les hará daño, el Cordero los saciará con su agua viva y Dios enjugará todas sus lágrimas. ¿Qué significa esta visión? ¿Quiénes son estos hombres y mujeres vestidos de blanco? San Juan nos ofrece un retrato de los mártires, tanto los que han muerto por la fe como los que han dedicado su vida a comunicar el evangelio. Misioneros, sacerdotes, laicos, personas fieles imitadoras de Jesús, padres y madres, catequistas, cristianos valientes que han sabido testimoniar su fe en medio del peligro y la persecución… Si pensamos que esta es una imagen de otros tiempos, estamos equivocados. Las noticias nos llegan con frecuencia, aunque los grandes medios no siempre las difundan. Doscientos millones de cristianos corren peligro, hoy, por creer en Jesucristo. La cifra supera en mucho la de los primeros mártires en el Imperio Romano. ¿Somos conscientes de la heroicidad de estos hermanos nuestros? ¿Nos solidarizamos con ellos? ¿Rezamos por ellos? La visión de san Juan, sin embargo, es de esperanza. ¿Qué mueve a estas personas a seguir fieles aun arriesgando su vida? La alegría de saberse amados, unidos a Dios. El agua viva de Cristo les da una fuerza tan grande que disuelve todo miedo y vacilación. Es un misterio grande, pero cierto: en medio de las tribulaciones, se puede ser feliz y disfrutar de una dicha inmensa. Sólo quienes lo viven lo comprenden.

El evangelio, breve, resume el núcleo de estas dos lecturas. Jesús recoge de nuevo la parábola del buen pastor y nos da tres frases. En la primera, expresa nuestra unión con él. Unidos a Cristo, él nos da la vida eterna: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.»

La segunda expresa nuestra unión con el Padre del cielo: «Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre». Somos suyos, y nadie nos podrá apartar de su amor. La tercera expresa su unión con el Padre: «Yo y el Padre somos uno.» Por tanto, si estamos unidos a Cristo, estamos unidos a Dios. Jesús nos incluye en esta unidad tan fuerte que es el mismo Dios, uno solo en tres personas. Nosotros bebemos su vida eterna, abrazados por esta unidad inquebrantable del Padre y del Hijo.

Vivimos arropados por Dios. ¡No tengamos miedo! El niño que se sabe y se siente amado es feliz, ríe, explora, se expande y crece. Los creyentes que nos sabemos y nos sentimos amados ¡nada menos que por Dios!, deberíamos tener alas en los pies… y en el alma. ¿Nos damos cuenta?

2019-05-02

¿Me amas? Sígueme

3r Domingo de Pascua - ciclo C

Lecturas:
Hechos 5, 27-41
Salmo 29
Apocalipsis 5, 11-14
Juan 21, 11-19

Homilía

En este tercer domingo de Pascua se nos relata una aparición de Jesús a sus discípulos. En ella hay tres momentos que podemos ir desgranando para entender qué significan para nosotros, hoy, dos mil años después.

Los discípulos han regresado a Galilea. Quieren rehacer su vida y vuelven a sus ocupaciones de antes. Jesús ha muerto y, aunque le han visto resucitado, no saben muy bien qué hacer. Así que regresan a sus barcas, a su pesca, a su tarea ordinaria. Todavía están muy desorientados.

Y de nuevo, como les sucedió años antes, Jesús aparece a orillas del lago y los llama. Esta vez les pregunta si tienen algo qué comer. La respuesta es no. Han faenado duro, sin fruto. A veces las personas pensamos que hemos de separar nuestra vida laboral de nuestra fe, nuestro espíritu de nuestro cuerpo y nuestra devoción de la economía. Creemos que nuestro esfuerzo basta para conseguir el éxito. Pero las cosas no siempre funcionan así. Hasta para pescar, hasta para ir a nuestro trabajo cotidiano, contar con Jesús marca una diferencia. Él les indica que echen las redes del otro lado. Le obedecen, como la otra vez… y la pesca es tan abundante que las barcas casi zozobran por el peso de los peces. Es entonces cuando reconocen a Jesús.

Y Pedro, el que dudó, el que lo negó, se arroja al agua para ir a su lado. Es un gesto de coraje, pero también de amor. ¿Quién se lanza al encuentro de un amigo? El que ama, y ama mucho.

Jesús no ha estado ocioso: les prepara un ágape en la playa. Jesús, como vemos, sigue siendo un amante de la amistad, del encuentro, del compartir algo tan sencillo y tan importante como una comida. Las cosas que nos gustan a los seres humanos también le gustan a Dios.

Después del ágape Jesús llama a Pedro aparte. Pedro, que alardeó de dar su vida por el maestro; Pedro, que lo negó tres veces; Pedro, que fue nombrado jefe, roca del grupo, y que se tambaleó y falló durante la Pasión, ahora debe pasar su triple examen. Tres veces negó a Jesús, por tres veces ahora Jesús le pregunta.

Decimos que Pedro fue el primer papa de la Iglesia. El primer líder después de Jesús, el pastor, el padre, el guía… ¿Qué le pidió Jesús? No lo examinó de sagradas escrituras, ni de leyes, ni siquiera de sus virtudes. Tampoco requirió un perfil psicológico perfecto, ni una gran madurez emocional. Pedro, como cualquiera de nosotros, estaba muy lejos de la perfección. Jesús sólo le preguntó una cosa: ¿Me amas? Esa es la única prueba, el único examen, lo único que le importa a Dios. ¿Me amas?

Porque quien ama, aunque sea cobarde, se lanza; quien ama supera sus limitaciones; quien ama sabe comunicar, aunque no sea un orador; quien ama se atreve, quien ama es fiel. Quien ama de verdad, da la vida por sus amigos. Da la vida por su maestro. Sólo quien ama es capaz de entregar lo más valioso, lo único que de verdad posee: la vida.

Pedro y todos los discípulos de Jesús dieron la vida. Salvo Juan, todos murieron violentamente. Pero vivieron con pasión y alegría esta nueva llamada de Jesús a seguirlo y a expandir su mensaje de gozo. Sus vidas ardieron como llamaradas, dando luz a muchos. Dieron fruto abundante, como la buena semilla. Y murieron sin temor, sabiendo que los esperaba el Padre de Jesús y Padre de todos ellos, la misma fuente de la vida, el amor sin fin.


Todos nosotros somos llamados en nuestra Galilea de hoy: en el trabajo, en casa, en el barrio, en la familia o entre amigos. Jesús nos llama a vivir y actuar de otra manera: echad las redes al otro lado. Cambiad. A todos nosotros Jesús nos ofrece su amistad y nos prepara un banquete: cada domingo nos invita a su ágape, a la misa. Y nos da su alimento para que tengamos fuerzas. Después, a todos nosotros nos invita a seguirlo. Quizás un día descubramos que también nos está preguntando, en lo hondo de nuestro corazón: ¿Me amas? Si somos capaces de responder, como Pedro, si afirmamos que sí, que le amamos, entonces él nos pedirá algo más. ¿Sabremos seguirlo?

2019-04-26

Paz a vosotros

2º Domingo de Pascua - C

Lecturas:
Hechos 5, 12-16
Salmo 117
Apocalipsis 1, 9-19
Juan 20, 19-31

Homilía

En esta segunda semana de Pascua, leemos la aparición de Jesús al grupo de sus discípulos. Los relatos de las apariciones de Jesús no dejan de ser sorprendentes. Explican un hecho único y nunca antes sucedido en la historia. Los amigos de Jesús no esperaban que volviera a la vida de esta manera, y los evangelios recogen su desconcierto y sus sentimientos, que pasan del temor a la sorpresa y del susto a la alegría.

El papa Benedicto, en su libro sobre Jesús, subraya esta dificultad de los apóstoles para explicar algo insólito que cambió sus vidas. Los encuentros con Jesús resucitado son la base de nuestra Iglesia, una comunidad de hombres y mujeres llamados a ser amigos de Dios y a compartir su misma vida. Una vida que no termina con la muerte y que se prolongará, un día, permitiéndonos conservar no sólo el alma, sino también un cuerpo.

Muchos son los que piensan que la resurrección es algo simbólico y que, en realidad, estos episodios no son más que fábulas o formas de explicar una experiencia mística, una vivencia interior de los apóstoles y los allegados de Jesús. Hay muchos modernos Tomases, incluso entre los cristianos, que no pueden aceptar la resurrección de la carne, aunque la proclamamos cada domingo en el Credo. Pero si Jesús no hubiera resucitado de verdad, tal como lo cuentan los evangelios, nos encontraríamos ante un grave problema. En primer lugar, los evangelios serían un fraude y estarían mintiendo. En segundo lugar, ¿dónde está el cuerpo de Jesús? Si la tumba apareció vacía, y esto es algo en lo que concuerdan cristianos y no cristianos, ¿a dónde fue a parar? ¿No sería una profanación impensable para un judío robar su cuerpo y hacerlo desaparecer? Nadie haría eso con una persona tan amada y respetada. En tercer lugar, si Jesús no resucitó, ¿cómo afirmar que es realmente Dios? Y si no era Dios, ¿qué valor tuvo su muerte, aparte de ser una enorme injusticia?  Todo el mensaje de Jesús se derrumba si la resurrección no fue tal. Su muerte pierde todo valor redentor. Los continuos avisos a sus discípulos, previendo su muerte y su resurrección, ¿fueron falsos, entonces? Como afirma san Pablo: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe y nosotros somos los más desgraciados de los hombres, además de estafadores.

Jesús sabía que a los suyos les costaría creer en lo que estaban viendo con sus propios ojos. Por eso no se limitó a dejarse ver: los discípulos lo tocaron, comieron con él y lo vieron comer. Un fantasma no come, ni tiene un cuerpo físico y palpable. Fijémonos bien en esto: Jesús no pide una fe ciega ni absurda. Pide que creamos en él, pero nos da pruebas una y otra vez. Es real, está vivo. De ahí las diversas apariciones a los suyos. Y, ante la incredulidad de Tomás, le deja tocar sus pies y sus manos, y meter la mano en la llaga del costado.  

Pero de aquí surgen dos preguntas. Si Jesús da pruebas y señales a sus amigos, ¿por qué dice a Tomás «dichosos los que crean sin ver»? Jesús quiere que Tomás, igual que nosotros, ahora, creamos en el testimonio de los que sí le han visto. Quiere que aprendamos a confiar. La fe, en realidad, no es una creencia imposible, sino una confianza en quien ha dado muestras de que podemos fiarnos de él. Jesús murió por sus amigos. Los apóstoles dieron su vida por él. ¿Quién muere por una idea falsa, por una ilusión o por una mentira? En cambio, se puede entender que se muera por amor a otra persona. Por esto y por el testimonio de los primeros tiempos de la Iglesia, por las vidas renovadas de los apóstoles y los primeros cristianos, podemos confiar plenamente en la veracidad de los evangelios y en estos relatos sobre la resurrección. Una experiencia mística o interior puede causarnos un impacto emocional más o menos duradero. Pero sólo un encuentro real puede cambiar la vida de tal manera.

La segunda pregunta que surge, y que el papa Benedicto expone, es la siguiente. Si Jesús quería que todos creyeran en la resurrección, ¿por qué se apareció sólo a unos pocos? ¿Por qué no se mostró en público ante las multitudes de Jerusalén? La respuesta nos viene si comprendemos toda la historia de Jesús. El estilo de Dios no es espectacular ni impresionante. Dios no quiere avasallarnos con prodigios ni señales estruendosas. No quiere, ni por un momento, que perdamos la lucidez y la libertad. Quiere que le sigamos por amor, porque queremos, sin sentir presión ni coacción alguna. Por eso nace en la humildad de un pesebre, y por eso actúa con esa discreción misteriosa. El reino de Dios no surge con un Big Bang, sino que brota como una pequeña semilla, la más diminuta de todas, pero que con el tiempo se hará árbol inmenso. Así ha sido la Iglesia. De una docena escasa de hombres asustados y unas pocas mujeres fieles, ha brotado una familia universal de dos mil millones de seres humanos… ¿No debería admirarnos? Pese a todos los errores y pecados cometidos, la historia de la Iglesia es un milagro. Que nosotros estemos hoy aquí, celebrando a Jesús vivo y resucitado, es un milagro.

Cuatro palabras y un final


Volviendo a las apariciones de Jesús resucitado, vale la pena subrayar sus palabras, dirigidas a los suyos, porque también nos las dirige a nosotros hoy. Son sus mensajes más importantes, a tener en cuenta si queremos ser fieles a nuestra misión como cristianos.

«Paz a vosotros» es la primera frase. Jesús nos da la paz, su presencia nos da serenidad, su amor nos sostiene. Jesús quiere que, sobre todo, tengamos paz y alegría interior. No podemos hacer nada si no está sustentado en este gozo íntimo. Y él nos lo da.

«Recibid el Espíritu Santo» es la segunda. Jesús se irá con el Padre, pero su presencia permanecerá con el Espíritu Santo, ese aliento de Dios que nos inspira y nos da toda la fuerza y todas las capacidades que necesitamos.

«A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…» Esta frase puede resultar un poco enigmática o quizás demasiado obvia. ¿Qué significa? Hay que situarse en aquel tiempo, y en toda la polémica que se generó en torno a Jesús por esta cuestión del perdón de los pecados. Para un judío, sólo Dios podía perdonar los pecados. Jesús, perdonando, se equiparaba a Dios… Y ahora, resulta que Jesús otorga este poder ¡a sus discípulos! Nos da el Espíritu de Dios y nos otorga el poder de perdonar. Jesús no se ha reservado nada para sí, quiere compartirlo todo con nosotros. Y nos enseña que nuestro poder no ha de ser de dominio sobre los demás, sino de liberación, porque quien perdona está liberando.

¿Y qué significa retener los pecados? Aquí, Jesús nos está hablando del poder de la libertad, que también nos otorga Dios. Podemos equivocarnos y podemos retener los pecados… Hasta tal punto Dios se fía de nosotros. Lo que hacemos en la tierra, tendrá su repercusión en el cielo.

«No seas incrédulo, sino creyente.» Esta frase ya la hemos comentado. Jesús no pide que seamos ingenuos y que nos lo creamos todo, pero sí nos pide que confiemos en quien nos ha dado pruebas más que suficientes de quién es. Creyente no es lo mismo que crédulo o cándido. Creyente es alguien capaz de confiar. Y quien confía, es porque ama. Si no amamos a otra persona, siempre acabaremos desconfiando de ella. Si la amamos, creeremos incondicionalmente en ella, pase lo que pase.


Finalmente, Juan acaba su evangelio con una frase transparente: «Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.» Esta conclusión resume la finalidad del evangelio. Juan cuenta lo que han visto, oído, tocado y comprobado. No nos vende humo ni fantasías. Quiere que creamos por la solidez de los testimonios. Y quiere que creamos, no para convencernos ni ganar adeptos, sino «para que tengáis vida en su nombre», es decir, para que todos podamos disfrutar de esa vida gozosa, inmensa, infinita, a la que nos llama Jesús. La vida de Dios, que quiere compartir con todos nosotros.

2019-04-19

Vuestra vida está escondida en Dios

Domingo de Pascua de Resurrección - C

Lecturas:

Hechos 10, 34. 37-43
Salmo 117
Colosenses 3, 1-4
Juan 20, 1-9

Homilía

En este domingo de Pascua, el más importante del año, no celebramos un evento simbólico o una experiencia mística, sino un hecho real que cambia la vida de toda la humanidad. Un hecho que también cambia nuestra vida.

La resurrección de Jesús es un acontecimiento misterioso, porque no sabemos cómo sucede, pero real, porque sus consecuencias revolucionaron a una comunidad de personas, los apóstoles, y los llevaron a extender por todo el mundo el mensaje de Jesús, su maestro. El evangelio surge de la resurrección, y la Iglesia nace de la resurrección de Jesús. Sus discípulos inauguraron una nueva forma de vivir, un camino, que era como se le llamaba en los primeros tiempos al cristianismo. Y esta nueva forma de vivir reúne a una gran comunidad que ha crecido con el paso de los siglos: la Iglesia. ¿Qué nos une? Una persona, Jesús, que es hombre y a la vez es Dios. ¿Qué nos funda como familia? Su resurrección. San Pablo lo dice muy claro: «Si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe».

¿Cuál es la novedad del cristianismo respecto de otras religiones o filosofías humanistas? Son muchas las que han predicado el amor al prójimo y una vida íntegra y honesta, como nos propone el Antiguo Testamento con los Diez Mandamientos. Lo novedoso y distintivo del cristianismo es la persona de Jesús y el mensaje de la resurrección. Jesús no sólo nos ofrece una vida buena, sino una vida eterna, que rebasa las fronteras de la muerte. Nos abre las puertas del cielo, baja a Dios a la tierra, hecho carne, hecho hombre, hecho pan. Ya no tenemos que esforzarnos por “elevarnos”: él mismo viene. Dios busca la unión con su criatura y le ofrece su misma vida: una vida imperecedera y hermosa, como no podemos imaginar.

Muchas personas pueden pensar: Bien, Jesús resucitó, porque era Dios, finalmente. Pero ¿vamos a resucitar nosotros? ¿De qué manera nos afecta todo esto?

San Pablo lo explica con una imagen muy sugerente. Nuestra vida en la tierra es como la vida de una semilla, enterrada en el campo. Cuando muramos, la semilla romperá la frontera entre la tierra y el aire y se abrirá echando ramas, hojas y flores, convirtiéndose en una planta que crecerá bajo el cielo y la luz del sol. Así será nuestra vida resucitada, comparada con la mortal. Con la diferencia de que esta vida, siendo divina, no se acabará nunca.

En la segunda lectura de hoy Pablo nos dice que «hemos muerto con Cristo, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios». ¿Qué significa? Que al aceptar a Jesús y su mensaje, ya hemos muerto al hombre viejo, a la mujer vieja, a la persona que éramos antes para renovarnos por dentro. Nuestra vida eterna ya está, latente, creciendo en el seno de Dios. Escondida para estallar el día que muramos y resucitemos.

¿Qué consecuencias tiene esto? Pues que ya podemos vivir en la tierra como si fuera en el cielo: llenos de alegría, confianza, sin miedo, con toda la creatividad y generosidad posible. ¡Jesús nos ha conseguido el cielo, no tenemos nada que perder! Podemos vivir derrochando vida por amor, como lo hizo él, y esta es la verdadera vía para alcanzar la felicidad en este mundo. No nos ahorrará problemas, pero sí nos dará la capacidad para vivir cabalgando sobre las olas de la vida, y no hundiéndonos en ellas.

Este vivir en Dios, como afirma Pablo, significa que ya no podemos perseguir las metas del mundo viejo —fama, dinero, conocimientos o bienes materiales…— sino los bienes imperecederos del cielo, pues ya somos ciudadanos de este reino de Dios. Igual que una madre embarazada se cuida y cuida a su bebé en el vientre, para que crezca y nazca bien, nosotros, en la tierra, hemos de cuidar esta vida eterna que tenemos para que un día pueda florecer a la luz del cielo.

Esta es la doble buena noticia de la Pascua cristiana: no sólo que Jesús ha resucitado y vive, sino que nosotros también resucitaremos con él. Saber esto, sentirlo y ser conscientes cada día puede transformar completamente nuestra vida.

2019-04-11

Un rey en la cruz

Domingo de Ramos - Pasión del Señor

Lecturas:

Isaías 50, 4-27
Salmo 21
Filipenses 2, 6-11
Lucas 22, 14; 23, 56

Homilía

Tras las cinco semanas de Cuaresma, llegamos al Domingo de Ramos, o de la Pasión del Señor. Entramos en la semana más importante del año litúrgico, la que nos devuelve a las raíces de nuestra fe y nuestra vivencia como cristianos. Sin la pasión, muerte y resurrección de Jesús, no estaríamos aquí, celebrando la Vida con mayúscula.

Los judíos celebraban la Pascua como la fiesta de la liberación de la esclavitud y el nacimiento del pueblo de Israel, como tal. La Iglesia celebra la Pascua cristiana como otra liberación aún más profunda: la del mal y de la muerte. Y lo que surge no es una nación sino una familia, un pueblo de dimensiones universales: toda la humanidad está llamada a esta vida nueva que nos ofrece Cristo.

Los tres días centrales, el Triduo Pascual, recuerdan tres grandes momentos de la vida de Jesús. El Jueves Santo, con la celebración de la cena del Señor, Jesús nos revela la intimidad de su corazón y nos deja su único mandato, el del amor. Con el lavatorio de pies nos enseña que su misión es servir, y no mandar. Con el gesto de dar el pan y el vino se nos entrega, totalmente y para siempre. Y en sus oraciones al Padre expresa el deseo de que sus amigos, y los que creerán en ellos —nosotros— estemos con él, unidos como él y el Padre lo están.

El Viernes Santo recordamos la pasión y la muerte. La consecuencia de un amor total lleva a Jesús hasta su aniquilación, física y moral. Maltratado, torturado y herido, es condenado a morir de la peor muerte, tras un juicio precipitado y delirante, donde los hombres llegan a condenar a Dios. Jesús muere solo, despreciado y tratado como un criminal, y no como un profeta. Ni siquiera se le permite conservar la dignidad de morir como un mártir heroico. ¿Entendieron los judíos lo que estaban haciendo? ¿Llegaron a captar la enormidad de sus actos? Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero, entre quienes le ven morir, brota la exclamación inesperada del centurión romano. Queda impactado porque quizás, al ser extranjero, ve con más objetividad lo absurdo e injusto de aquella muerte. ¡Verdaderamente, este hombre era justo! La muerte de Jesús traza una herida profunda en el mundo. Hay un antes y un después de esa tarde de viernes, en el Gólgota.

El Sábado Santo, tras la muerte y el silencio del sepulcro, surge la luz. Jesús, ante la sorpresa, el miedo y la incredulidad de todos los suyos, desaparece de la tumba. Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos… Y se aparece a los suyos. Poco a poco, por grupos, con discreción y envuelto en misterio y a la vez sencillez. Camina a su lado, come con ellos, habla con ellos. ¿Qué ha ocurrido? Los discípulos y las mujeres tardarán un tiempo en comprenderlo, pero están seguros de una cosa: Jesús está vivo. Y con su resurrección, esa herida profunda que sangraba el mundo ha quedado restañada y sanada. Quienes se adhieran a él, ya no experimentarán la muerte definitiva. Jesús nos reconcilia con el Padre y nos abre las puertas del cielo. Un cielo que empieza aquí, en la tierra. Todos estamos llamados a esta vida. 

La buena noticia de la resurrección llega hasta hoy, y necesita nuevas voces que la anuncien. Nuestro mundo está agonizante, viviendo una larga pasión que se alarga a través de la historia. Cada día se reproduce la pasión de Cristo en miles de personas que sufren. Cada día es necesario que se diga que Dios no nos deja solos, aunque a veces parezca que calle. Cada día es necesario anunciar la resurrección. Cada día, también, se producen pequeñas resurrecciones cuando una persona se abre al amor de Dios y se convierte, cambiando desde adentro, dejando que la vida nueva brote en ella.

Necesitamos que la Iglesia, cada año, recorra su ciclo litúrgico. Necesitamos recordar esos momentos, como los matrimonios que recuerdan cada año su aniversario de bodas y el nacimiento de sus hijos. Nosotros necesitamos recordar ese gesto de amor de Jesús, que se desposa con la humanidad. Necesitamos recordar su entrega hasta morir y su resurrección, el nacimiento a una vida eterna.

Esta Semana Santa revivamos de nuevo, y como si fuera la primera vez, los acontecimientos que han marcado la vida de nuestros padres y antepasados, de tantos santos conocidos y anónimos, tantas personas fieles y buenas que han visto su vida transformada por Jesús. Que sean para nosotros, también, días de conversión, de alimento espiritual y de renovación.

Un comentario a la segunda lectura de Pablo


El fragmento de San Pablo que leemos hoy es muy conocido, y se canta incluso en algunas liturgias. Pablo explica que Jesús, siendo Dios, no sólo se hizo humano, sino que se rebajó hasta la muerte más cruel y vergonzosa, una muerte de cruz.

Los humanos, en cambio, hacemos lo contrario. Queremos divinizarnos y ensalzarnos, queremos tocar el cielo y ser grandes. No soportamos humillarnos ni que nos humillen. Incluso las personas que dicen ser humildes o tener la autoestima baja, si alguien las ofende o desprecia, saltan heridas en su amor propio. ¡Todos queremos engrandecernos! Y acabamos resultando patéticos, pues la fama, el honor o el éxito conseguido, son efímeros o pueden derrumbarse en cualquier momento. A la hora de la verdad, todos tenemos fragilidades y una gran vulnerabilidad. ¡No somos dioses!

Pero ¿qué sucede? Jesús lo dijo con palabras claras: quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido. No se trata aquí de autoflagelarnos ni de exhibir falsa modestia. Tampoco de maltratarnos y odiarnos, nada de eso. Simplemente se trata de reconocer con realismo quiénes somos: inmensos por existir y por tener un cuerpo y una mente maravillosos, pero a la vez insignificantes en medio del universo creado. Con un enorme potencial, pero con un enorme límite: la muerte. No somos nada, como decían nuestros mayores. Sí, somos algo, aunque pequeños. Cuando reconocemos con alegría que es algo inmenso existir, pero que somos poquita cosa, podemos sentir una liberación enorme. Podemos agradecer cada día como un regalo inmenso y abrirnos a la gracia de Dios.

Y entonces, ¿qué sucede? Que, cuando somos humildes, es él, nuestro Padre del cielo, quien nos hace grandes y capaces de cosas inimaginables. Solos no podéis nada, conmigo lo podéis todo.

Aprendamos esta humildad de Jesús. Si él es nuestro modelo y guía, el discípulo no es menos que el maestro. No queramos que nos ensalcen ni subir a un pedestal. El único trono de Jesús fue la cruz, su mejor gesto de realeza fue lavar los pies, su corona fueron unas espinas, sus aplausos fueron insultos. Pero los tronos, los aplausos y el servilismo del mundo no duran ni son sólidos. En cambio, el Dios que nos sostiene y nos ama nos eleva. Servir, amar, entregarse. Esta es la realeza de Jesús, y la nuestra.

2019-03-28

En Cristo todos somos nuevos


4º Domingo de Cuaresma - ciclo C

Lecturas:
Josué 5, 9-12
Salmo 33
2 Corintios 5, 17-21
Lucas 1, 1-32

Homilía


Este domingo de Cuaresma leemos una lectura preciosa que nos muestra, mejor que ningún relato, cómo es Dios. Es la parábola del hijo pródigo, del evangelio de Lucas. Hay tanta riqueza y hondura en ella que podríamos pasar toda la vida meditándola, y siempre encontraríamos algo nuevo que aprender.

La primera lectura, del libro de Josué, nos habla del Dios generoso que alimenta a su pueblo. Dios ha creado una naturaleza fértil de donde sacar nuestro sustento. Como una madre cariñosa, Dios nos cuida y nos alimenta.

El evangelio nos habla de un Dios generoso que nos da todo lo que le pedimos, aunque luego derrochemos y hagamos mal uso de sus dones. Así lo vemos, por desgracia, cada día. Tenemos a nuestra disposición un planeta que explotamos y maltratamos, en vez de custodiarlo y hacer de él un jardín habitable para todos. Dios nos ha hecho un regalo increíblemente grande y arriesgado: la libertad. Y asume las consecuencias, aunque le duela. Nos ha hecho libres incluso para rechazarlo a él y alejarnos de su presencia, como el hijo pródigo.

Pero este mismo padre acoge al hijo que regresa, derrotado y pobre, con los brazos abiertos. Como un padre tierno, que siempre perdona y olvida, Dios nos recibe con un amor incondicional, sin reprocharnos nada.

Pocas personas se atreverían a amar como el padre de la parábola. Muchos padres y madres aman a sus hijos y les dan de todo. Pero no todos lo hacen de manera tan desprendida. No todos les otorgan la libertad sin reclamar nada a cambio. Pocos aceptan que se alejen, sin resentimientos ni reproches. Pocos acogen a los arrepentidos sin echarles nada en cara. El amor de este padre es mucho más loco que el egoísmo de su hijo. ¿Podemos entenderlo?

Tenemos una idea bastante equivocada de Dios. La mayoría de personas somos como el hermano mayor. Llevamos cuentas de los favores. Nos sacrificamos esperando recompensas. Mercadeamos con la bondad. Juzgamos a los que no actúan como nosotros. Nos atrevemos a despreciar y a condenar a los que son diferentes. Por eso, quizás, pensamos que Dios también debería ser así: juez, supervisor que nos vigila, contable de nuestras acciones, que castiga a los malos y premia a los buenos.

Afortunadamente, Dios no es como nosotros. No premia ni castiga, ama a todos, independientemente de cómo actúen. Tampoco se enfada si obramos mal y causamos daño, a los demás y a nosotros mismos. Eso sí, le duele. Para muchos, un padre como el de la parábola está lejos de ser sensato y es injusto. San Pablo lo dice bien claro: «Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación».

A menudo pensamos que Dios está enfadado con la humanidad. ¡Es al revés! Somos nosotros los que nos enfadamos a menudo con Dios, porque las cosas no van como quisiéramos y le echamos las culpas del mal. En vez de percatarnos que somos nosotros quienes provocamos nuestras propias desgracias, las achacamos a Dios. Todo lo que ocurre en el mundo es fruto de nuestra libertad. Y pocos están dispuestos a asumir esa responsabilidad tan grande. Queremos la libertad para hacer lo que nos place, pero nos quejamos de ella cuando nuestros errores traen consecuencias indeseadas. Sí, también somos como el hijo pródigo, muchas veces.

Pero el hijo pródigo cae en la miseria más honda. Y, en vez de enfadarse con el padre, recapacita. Se hace consciente, por primera vez, de quién es su padre y de cómo se ha comportado él. Por eso regresa. Tiene la lucidez de no enfadarse con el padre y reconocer su error. Vuelve con humildad, sin imaginar la reacción de su progenitor.

Dios sólo busca la reconciliación, el encuentro. Por eso san Pablo ruega a los cristianos: «Reconciliaos con Dios». Volved a los brazos del padre. ¡Él espera! Y está dispuesto a asumir nuestras culpas, sin ponernos una multa ni recordarnos nuestros pecados. Dios quiere abrazarnos, vestirnos de fiesta y acogernos en su casa. No nos quiere como criados o esclavos sumisos, como pretendía el hijo perdido. Nada de eso. Quiere hacer de nosotros criaturas nuevas, como dice Pablo: «Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo».

Necesitamos reconciliarnos con Dios. No es él quien se enfada, no es él quien se aleja y nos da la espalda, sino nosotros. Él aguarda. Cuando volvemos a él, nos restaura. Cristo es el puente que nos lleva a él. En cada eucaristía, podemos celebrar la fiesta del reencuentro. Cada vez que tomamos a Cristo, somos renovados por dentro y podemos empezar de nuevo. 

2019-03-15

Ciudadanos del cielo

2º Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Génesis 15, 5-12. 17-18.
Salmo 26
Filipenses 3, 17 - 4, 1
Lucas 9, 28-36

Homilía

En este segundo domingo de Cuaresma me gustaría centrarme en la segunda lectura de san Pablo, porque enlaza y profundiza en las consecuencias del evangelio. En el evangelio leemos la transfiguración de Jesús, en el monte Tabor. Ante sus discípulos se muestra, no ya como un simple hombre, mortal, sino como hijo de Dios. En esos momentos lo ven más allá del tiempo y de la historia, hablando con Moisés y Elías, resplandeciente de luz.

Jesús ha dado a conocer a sus amigos un pequeño atisbo del cielo, para que tengan esperanza y su fe se fortalezca. También lo hace pensando en su propia muerte y en las duras pruebas que todos ellos tendrán que vivir. No es lo mismo sufrir y luchar pensando que todo acaba en un vacío que esperar que, tras la muerte, se nos abre otra vida hermosa e inimaginable, llena de posibilidades.

San Pablo parte de esta idea para animar a sus comunidades a vivir con integridad y coherencia su fe. Los cristianos no podemos vivir como si la vida “fueran dos días”, a disfrutar y nada más, porque todo se acaba. Vale la pena ser honrados y cultivar la bondad y las virtudes, como auténticos ciudadanos del cielo, pues ya lo somos. Pablo nos invita ni más ni menos que a vivir en la tierra como si ya estuviéramos en el cielo, y esto significa poner amor y entrega sin límites a todo lo que hacemos, perdonar, aceptar, abrazar la realidad y a las otras personas, tal como son.

Ciudadanos del cielo. Esto quiere decir que entre el cielo y la tierra no hay un muro infranqueable. Estamos en camino, pero ya tenemos un pie allá. Cristo nos abrió las puertas, el Padre nos está invitando. ¿A qué? A una vida plena, digna, que crece y se expande. Ahora todavía somos una pequeña semilla que va brotando, pero en el cielo nos convertiremos en una planta que se abre y da hojas, flores y fruto. Seremos nosotros mismos… y seremos mucho más que lo que somos ahora.

¿Cómo será esto? Los interrogantes recorren la historia de la humanidad. Siempre nos ha inquietado saber qué pasa después de la muerte, y cómo será la resurrección, si es que se produce. ¿Cómo? No lo sabemos. Es un misterio que ahora no está a nuestro alcance comprender. Pero Pablo lo explica con sencillez: Dios «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo». Para Dios, Creador del universo, no es difícil resucitar un cuerpo y transformar una vida.


Las consecuencias de esto son grandes. Si ahora somos semilla, de la calidad de la semilla y de su crecimiento dependerá la calidad de la planta que salga después. Por eso lo que hacemos aquí tiene una relevancia para lo que seremos en el más allá. Dios siempre está dispuesto a perdonar nuestros fallos y errores. Pero nosotros ¿estamos dispuestos a dar lo máximo y lo mejor de nosotros? Dios cuenta con nuestra libertad para mejorar su creación. ¿Queremos colaborar con él? San Pablo concluye: «Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos». Fijaos con qué cariño e insistencia lo pide. Como una madre suplicando a sus hijos que hagan lo correcto, porque así vivirán una vida plena y feliz. Escuchemos estas palabras y procuremos vivir así: «en el Señor», siempre. Arropados por su amor, envueltos en su presencia.

2019-03-09

Sólo a tu Dios adorarás

1r Domingo de Cuaresma - C

Lecturas:

Deuteronomio 26, 4-10
Salmo 90
Romanos 10, 8-13
Lucas 4, 1-13

Homilía

En este primer domingo de Cuaresma leemos la escena de las tentaciones de Cristo en el desierto. Estas tentaciones son también las que nos asaltan a todos los seres humanos. Con este episodio el evangelio nos explica cómo Jesús las vence, y cómo podemos vencerlas nosotros. Veámoslas una por una.

La primera tentación es la del pan. El alimento y los bienes materiales que necesitamos para nuestra supervivencia, ¿pueden ser algo malo? No si los empleamos para vivir. No si los compartimos y procuramos que no falten a nadie. Pero la tentación es endiosar estos bienes y centrar toda nuestra vida en el sustento material. El mundo parece que funciona así: todo gira en torno al dinero, el bienestar y las posesiones. Si puedes comprar, eres feliz. Si comes, eres feliz. La meta de la vida: ser un consumidor feliz. Los eslóganes políticos sólo se preocupan de este bienestar material, y parece que hasta los cristianos hemos abrazado la religión del pan y del dinero. Pero, ¿es el pan y son las cosas lo que nos hace felices? Lo que realmente llena nuestra vida nunca son los bienes materiales. Nuestra alma, hambrienta de infinito, aspira a algo más. Acumular bienes siempre nos dejará insatisfechos, nunca tendremos bastante. Lo que nos da gozo y plenitud no cuesta dinero…

Esta tentación tiene otra lectura. Pensamos que la Iglesia tiene que dar de comer a los pobres, y es cierto que debe hacerlo, pero esa no es su primera ni su única misión. En realidad, la justicia social y el sustento para todos debe ser una consecuencia del buen gobierno y de una ciudadanía organizada y solidaria. Cuando la Iglesia ayuda a la gente, no puede verlos sólo como cuerpos hambrientos y necesitados, sino como personas completas que necesitan algo más que comida. Debe atender también sus otras necesidades: de afecto, de dignidad, de realización personal. Cuando la Iglesia ayuda, no debe olvidar que los pobres también tienen alma y necesitan algo más que pan.

La segunda tentación es la del poder. Muchos quizás pensamos que, si tuviéramos poder y autoridad, lo utilizaríamos para hacer justicia y arreglaríamos los problemas del mundo. No más guerras, no más pobreza, no más conflictos… Esto es algo que ya están intentando algunos organismos y élites internacionales: crear un único gobierno mundial, que bajo disfraz humanitario controle a todas las personas y las vaya plegando a su ideología. Es un totalitarismo suave que se va imponiendo a través de las redes sociales, los medios de comunicación, las políticas de los gobiernos y hasta la literatura y el arte. Pero la finalidad, en el fondo, es privarnos de lucidez y libertad para convertirnos en una gran masa manipulable y sometida. Este es el sueño de tantas dictaduras que pretenden instaurar el paraíso en la tierra. Olvidan que un paraíso sin libertad se acaba convirtiendo en un infierno.

Jesús rechaza este poder. Ni siquiera para hacer el bien es aceptable dominar y someter a los demás. En el fondo, esta tentación es convertir a los dirigentes en dioses, dueños del destino de todos. Es una adoración del poder por sí mismo. Es arrodillarse ante una idea, una doctrina o un sistema. Y Jesús recuerda, con fuerza: ¡Sólo Dios merece adoración! Un Dios que concede toda la libertad a sus criaturas y que no las obliga ni siquiera a amarlo.

La última tentación es muy sutil, porque toca de lleno el ámbito espiritual. Decía san Juan de la Cruz que uno de los disfraces favoritos del diablo es aparecer como un ángel de luz. El diablo sabe de teología, tiene psicología humana y además puede presentarse con una extrema amabilidad y atractivo. Esta tercera tentación es el espiritualismo, es decir, dar toda la importancia al mundo espiritual y despreciar el mundo material, la creación, el cuerpo. Esto nos lleva a jugar con lo sobrenatural, con los carismas milagrosos y otros tipos de poder. Muchas personas se pueden sentir arrastradas por estas corrientes, buscando algo para escapar de la dureza y las amarguras de la vida. Pero el espiritualismo puede hacer mucho daño. Primero, porque nos cierra la mente, nos aleja de la realidad y de las necesidades humanas. Nos puede hacer estrellarnos “desde lo alto del templo”. Y segundo porque las personas dotadas de ciertos carismas tienen el riesgo de caer en la soberbia espiritual y manipular a los demás a su antojo.

Jesús también rechaza el poder espiritual. No va a convencer a nadie con sus milagros; si los hace será por compasión y por aliviar el dolor humano. Dios no quiere imponerse a nadie con prodigios. Si lo hiciera, nadie podría rechazarlo y ¿dónde estaría nuestra libertad?

Por otra parte, es así como Dios nos ha hecho existir: corporales, físicos, en un universo hecho de materia y energía. Si Dios se encarna en la materia, ¿puede ser mala? Si Dios se hace carnal, ¿puede ser malo el cuerpo?  Más aún, si Dios se hace pan, harina de espiga… ¿pueden ser malas las cosas del mundo? Pero el hecho de ser carnales, sujetos a necesidades y a límites, nos hace humildes. Nos cansamos, tenemos hambre, envejecemos, y nos morimos… Esto nos recuerda que no somos dioses.

Y Jesús vuelve a alejar al demonio: No tentarás al señor tu Dios. No somos nadie para enseñar a Dios lo que tiene que hacer y cómo tiene que hacerlo. No podemos manipular a Dios, ni con oraciones ni con rituales. Él sabe más y ve más allá que nosotros.


Las tres tentaciones, en el fondo, se podrían resumir en una: la idolatría. La gran tentación es adorar como a Dios las cosas que no son Dios. Y Dios sólo hay uno, y él es el centro, el soporte y la fuente de nuestro ser. Arraigados en él, todo cuanto necesitamos y deseamos ya lo tenemos concedido. Aprendamos a confiar, como Jesús. Para ello necesitamos tiempo de intimidad con él, tiempo de silencio, espacios de desierto en nuestra vida. Cuaresma es un tiempo idóneo para plantearnos, definitivamente, tener tiempo para Dios cada día.

2019-02-07

La llamada nos sana

5º Domingo Ordinario - C

Lecturas:

Isaías 6, 1-8
Salmo 137
1 Corintios 15, 1-11
Lucas 5, 1-11

Homilía

Hoy leemos, en las tres lecturas, tres historias de tres llamadas. Y vemos que la llamada de Dios no sólo es un encargo y una misión. Previamente hay un don. Ser llamado es una experiencia mística y transformadora, que nos cambia para siempre.

En la primera lectura, Isaías está rezando en el templo. Tiene una visión y contempla a Dios en su gloria. Ante tanta grandeza, es agudamente consciente de su pequeñez y su pecado. Se siente indigno, manchado, y teme morir. Pero Dios no destruye a sus criaturas ni las aplasta con su poder. Al contrario: el profeta recibe una brasa ardiente que, al tocarlo, lo purifica. Entonces Dios pide a alguien que sea su voz en el mundo. ¿A quién enviará? Isaías responde: Aquí estoy, ¡envíame! Esa brasa que lo ha tocado es el amor infinito de Dios. Quien se siente realmente amado, queda marcado para siempre y está dispuesto a todo. Comunicar a Dios se convertirá en el centro de su vida.

San Pablo explica su conversión y el enorme regalo de ser el último de los apóstoles. Se siente lleno de la gracia de Dios, un amor inmerecido que lo empuja a llevar su mensaje, incansable, por todo el mundo. La pasión evangelizadora de Pablo no se puede explicar sin comprender el amor que arde dentro de él, encendido por Cristo.

Finalmente, el evangelio explica la conversión de Pedro, el pescador. Tras una noche de faenar en el mar, sin fruto, Jesús le pide que vuelva a remar mar adentro. Pedro, desanimado, obedece. Y la obediencia obra el milagro. Cuando regresa con las barcas, cargadas de peces, Pedro sabe leer en el acontecimiento algo más que una pesca milagrosa. Entiende que Jesús lo llama, y se siente indigno. Es la consciencia de ser pecador, que tantos santos consideran el primer paso para la conversión. Comprender la propia pequeñez y miseria es el inicio de una nueva vida. Los límites y defectos, incluso los pecados, no son obstáculo para la llamada. Dios elige a quien quiere, y no por sus méritos, sino por su capacidad de recibir amor.  Quien más amor recibe, más podrá transmitirlo, sin orgullo, pues se conoce, y con inmensa gratitud. Esa humildad de no creerse grande y brillante, de no pensar que todo lo que hacemos es obra nuestra, sino de Dios, es la que nos hace libres y ligeros para volar esparciendo la buena noticia, sin miedo y sin preocuparnos por el qué dirán. Cuando trabajamos por Dios y haciendo su voluntad, dejando a un lado nuestras ideas y prejuicios, nuestros afanes de vanidad y de reconocimiento, los frutos pueden ser asombrosos.

Dios nos ama y nos llama a ser sus colaboradores. ¡Qué alegría inmensa! En el momento en que escuchamos su llamada, todo pecado, toda herida, toda debilidad, queda sanado. Seguimos siendo nosotros, con todos nuestros defectos y limitaciones… pero ahora volamos en alas de alguien que es más grande. Él nos sostiene y nos lleva. Nos da todo lo que necesitamos —la gracia, como recuerda san Pablo—. Deberíamos entender la gracia de Dios como el regalo de su amor, ofrecido incondicionalmente, que nos da fuerzas para afrontar lo que sea. Basta que queramos recibirla.

2019-02-01

El camino mejor


4º Domingo Ordinario - C

Lecturas:
Jeremías 1, 4-19
Salmo 70
1 Corintios 12, 31 - 13, 13
Lucas 4, 21-30

Homilía

Este domingo leemos un fragmento precioso de la carta de san Pablo a los corintios: el himno al amor.

Se ha dicho y escrito mucho sobre este elogio del amor. Es una lectura frecuente en misas de bodas y en aniversarios de matrimonios. Suele citarse para hablar del auténtico amor. Sus palabras son hermosas pero, si las leemos despacio, veremos que son más que palabras: nos están hablando de la realidad humana diaria, plagada de dificultades, que todos conocemos y hemos de afrontar. Y nos dice, también, que el amor es capaz de superar todos los obstáculos.

San Pablo se dirige a una comunidad muy viva y llena de talentos. Los cristianos de Corinto sobresalían en diversos dones o carismas. Había quienes tenían facilidad de palabra, quienes poseían intuición profética, o prudencia para aconsejar, o una inteligencia para dilucidar la verdad, o una fe incombustible… Todo esto son dones valiosos, y Pablo los aprecia. Pero son cualidades que pueden llevar fácilmente al orgullo y a la vanidad.  Unos pueden sentirse superiores a otros por tener más fe, por ser más devotos o más místicos, por ser más fieles, por tener mayor capacidad de oratoria, o más inteligencia o formación. Si los carismas se acaban usando para el engrandecimiento personal, terminan siendo puro ruido y vaciedad: “metal que resuena o platillos que aturden”. Es lo que sentimos cuando vemos a alguien muy brillante que “se escucha a sí mismo”. Atrae, pero acaba cansando y no nos inspira verdadera confianza, porque todo gira en torno a su genialidad o grandeza.

Pablo avisa a los corintios contra esta tentación. Por eso les propone un “camino mejor”: el carisma que los supera a todos, de lejos. Y es un don que no es personal o propio sólo de unos, sino que todos podemos cultivarlo, sin excepción. Es el camino del amor.

Sin amor, dice Pablo, de nada sirven todos los demás talentos. Ni siquiera la fe, la generosidad extrema, el sacrificio y la devoción tienen valor alguno. “No sirven de nada”, insiste el apóstol, si no están movidos por el amor. Podemos ser grandes predicadores, podemos ser mecenas de la Iglesia o incluso obrar milagros. Si no tenemos amor en nuestro interior, todo eso es nada. ¡Qué cura de humildad tan grande!

Pero ¿qué es el amor? Pablo no da una definición filosófica ni metafísica del amor. Tampoco cae en el sentimentalismo romántico. El amor no son ideas, el amor no es una pasión ni una emoción. El amor es algo distinto, y muy real. El amor se traduce en acción, y en unas actitudes muy concretas ante las personas y la vida. El amor es paciencia, es aceptación, es ternura y amabilidad. El amor suaviza la dureza, cura las heridas, pone paz y alegría donde falta. El amor perdona, disculpa, comprende. El amor no se cansa, no rompe relaciones, no descarta nada ni a nadie. El amor abraza, integra, acoge. El amor no acepta la injusticia ni la mentira. Tampoco la violencia. Finalmente, el amor es fiel: “No pasa nunca”.

¿Es difícil vivirlo? Sí, pero todos podemos hacerlo real en nuestra vida. Porque todos tenemos alma, y Dios nos da todo cuanto necesitamos. Si nos llenamos de su amor, nunca nos faltará amor para dar y vivirlo cada día. Si dejamos que él actúe en nosotros… amar no sólo será posible, sino gozoso.