2024-02-02

Sanar y anunciar

5º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 1, 29-39


La lectura de este domingo nos presenta un día típico en la «agenda de Jesús». Enseña en la sinagoga, donde anuncia el Reino de Dios. Después, cura a los enfermos y endemoniados. Libera a las personas de la fragilidad de cuerpo y de alma. Jesús libra una batalla contra el mal, mandando callar y echando a los demonios que lo reconocen. Mientras tanto, las multitudes lo rodean y requieren su atención. Apenas lo dejan reposar.

¿De dónde saca Jesús la energía para poder afrontar estas jornadas? El evangelio también nos lo cuenta. Jesús madruga, se levanta antes del alba y sale a rezar a lugares solitarios y apartados. Ese tiempo precioso, en intimidad con el Padre del cielo, es la fuente de todo cuanto hace y predica. En esas horas de oración también planea sus próximos pasos.

Cuando Simón y sus compañeros van a buscarlo, Jesús les dice que irán a otros lugares. La gente lo busca, lo reclama, pero él no se ata a un solo lugar: el mundo es grande y muchos otros esperan la buena noticia. «Para esto he salido», dice. No se cierra a una única ciudad, a una sola comunidad, a un solo grupo de gente. Recorre Galilea y sigue predicando y expulsando demonios.

¿Cómo entender esto y aplicarlo a nuestra realidad de hoy? Nosotros somos seguidores de Jesús. Estamos llamados a salir, como él. Y nos enseña qué hemos de hacer. La agenda de Jesús también puede ser la nuestra, adaptada a la situación de cada cual.

Lo primero es madrugar. Antes de salir el sol, orar ante nuestro Padre, con confianza y amor, poner el día en sus manos y ofrecerle cuanto hagamos.

Lo segundo es trabajar, convirtiendo nuestra tarea en servicio que contribuya al bien de los demás. Es una forma de sanar y expulsar el mal del mundo: contribuir a dar salud, ánimo, alegría, consuelo y compañía a quienes nos rodean. Y anunciar, si no con palabras, con nuestra vida, que tenemos muchos motivos para vivir agradecidos y contentos, pese a todo.

Finalmente, en nuestra vida diaria también nos tendremos que enfrentar al mal, que viene disfrazado de mil maneras. Pueden ser tentaciones, miedo, pereza, la trampa del egoísmo y el interés personal. Todo cuanto nos aleja de Dios y de los demás, pudiendo causar un daño, es sospechoso. Necesitaremos ser enérgicos y decididos, como Jesús, para acallar esas voces, internas o externas, que nos quieren apartar del amor y del servicio, de la entrega a los demás. Podemos sufrir una fiebre espiritual que nos paralice y nos postre, como a la suegra de Pedro, impidiéndonos amar y servir. En esos momentos necesitaremos la mano de Jesús que nos levante. Sanados y liberados, tendremos fuerzas y alegría para ponernos a servir, de inmediato.

2024-01-26

Una enseñanza nueva

 4º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 1, 21b-28

El evangelio de hoy nos presenta una escena con tres momentos claves: enseñanza de Jesús en la sinagoga, exorcismo y fama que se extiende por la comarca. Y se desarrolla en tres lugares: Cafarnaúm, la sinagoga y toda Galilea.

¿Qué ocurre aquí? Un hombre poseído por un espíritu inmundo comienza a gritar, increpando a Jesús y proclamando su identidad como Hijo de Dios. Es curioso que son los demonios los primeros que reconocen a Jesús como un hombre santo, que actúa por el poder de Dios, quizás porque ven en él la mayor amenaza. Jesús lo hace callar con una orden rotunda: ¡Calla y sal de él! El demonio se va. Jesús, que ya despertaba admiración por su forma de enseñar, ve cómo su fama se extiende por toda la región.

La enseñanza de Jesús, el anuncio del reino, siempre va acompañado de signos y obras que demuestran su autenticidad. Jesús nos trae a Dios, y por eso expulsa las fuerzas del mal que quieren destruir a la persona. El reino de Dios es liberación, salud, alegría; por eso el mal debe ser echado afuera.

La posesión diabólica, además de su sentido literal, puede leerse como un símbolo de todas las esclavitudes humanas. Los poseídos son esclavos, están atados, enfermos, mudos, ciegos o sordos, enajenados, fuera de sí. Jesús viene a liberarnos de todo lo que nos ata y nos devuelve la salud, la identidad, la voz y la cordura.

Jesús, tan humano y comprensivo con las personas, especialmente con los pecadores, no tiene contemplaciones ante el Maligno. No admite réplica: ¡Calla y sal! Con el mal no hay negociación posible. Dialogar es rendirse a su juego. Esta autoridad de Jesús impresiona a las gentes. ¿Por qué la enseñanza de Jesús es nueva? Porque va acompañada de hechos. No es palabrería ni repetición de las escrituras, como solían hacer los escribas y los maestros de la Ley. Jesús actúa con su palabra y habla con sus obras.

Hoy podemos preguntarnos cuántas esclavitudes nos atan, limitan nuestra alma y oscurecen nuestra vida. ¿De qué tenemos que liberarnos? Pidamos ayuda a Jesús. Enfrentémonos a las sombras de nuestra alma y miremos el mal de frente. Sepamos decir con valentía, como Jesús: ¡Calla! ¡Sal fuera! Y pidamos su ayuda para que nos haga libres para seguirlo, libres para ser nosotros mismos, libres para amar.

2024-01-19

Pescadores de hombres


3r Domingo Ordinario B

Lecturas

Jonás 3, 1.5-10; Salmo 24; 1 Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20.

Los primeros apóstoles

Jesús comienza su misión, pero comprende algo importante que todo líder o fundador debe tener presente. No puede trabajar solo, y tiene que enseñar a otros para que, el día que falte, continúen su labor. Por eso Jesús llama a un equipo de hombres que le ayuden en su tarea de extender el Reino de Dios. Primero estarán con él, aprendiendo: serán discípulos. Después, los enviará a la misma tarea que él: serán enviados o apóstoles. ¿A qué? La frase con la que Jesús resume la misión es única e impactante, y no deja de ser un poco misteriosa: venid tras de mí y os haré pescadores de hombres.

¿Pescadores de hombres? Aquellos hombres: Simón, Andrés, Santiago y Juan, eran pescadores de peces. Era su medio de vida y para los peces, ser pescado es la perdición: significa ser capturado y comido. Pero para un ser humano, perdido y flotando en las aguas, la cosa cambia. Ser «pescado» es ser rescatado. Y en la antigüedad, en el mundo judío y en el imaginario bíblico, el mar y su oleaje a menudo eran una imagen del mal, del peligro, de la muerte.

De manera que ser pescadores de hombres se convierte en sinónimo de ser rescatadores de vidas.

Toda la escena del evangelio de Marcos es preciosa y está llena de simbolismos. El mar y la playa son el escenario de nuestra vida: allí donde vivimos, nos movemos y trabajamos. Las redes y las barcas son nuestro trabajo, pero también las ataduras que a veces nos imponemos (o dejamos que nos impongan) y nos impiden vivir en plenitud y en libertad. La llamada de Jesús es siempre la misma: ¡Venid tras de mí! Es decir: Seguidme. Quedaos conmigo, convivid conmigo, aprenden a mi lado. Y después… haréis lo mismo que hago yo.

Jesús nos llama. En nuestro ámbito cotidiano, a cada cual en el suyo. Y podemos seguirlo de mil maneras. Cada cual tiene su vocación y sus capacidades. Lo que importa es nuestra respuesta: ¿somos capaces de soltar las redes, las ataduras, las esclavitudes, para ir tras él? ¿Aceptamos convertirnos, como él, en anunciadores de la buena nueva y portadores de vida, de alegría, de paz, en este mundo?

El mensaje de Jesús es muy sencillo, pero inmenso: El reino de Dios está aquí. Dios está aquí, entre vosotros y por vosotros. No sólo existe: os ama, le importáis y quiere vuestro máximo bien. Creedlo y convertíos: ¡cambiad de vida! No viváis como víctimas, como huérfanos, como criaturas perdidas faltas de sentido. Sois amados y llamados a la plenitud. Escuchar la llamada es el primer paso para convertirse. Y convertirse es renacer.

2024-01-12

¿Qué buscáis?


2º Domingo Ordinario B

Lecturas

1 Samuel 3, 3b-19; Salmo 39; 2 Corintios 6, 13-20; Juan 1, 35-42

La primera llamada

Cuando vivimos un encuentro que nos cambia la vida, siempre recordaremos el día y la hora. En nuestra memoria quedarán impresas las imágenes, como una escena imborrable: el lugar, el ambiente, las voces, los gestos…, la mirada de aquella persona que nos impactó y que ha dado un vuelco a nuestra existencia.

Así lo vivieron aquellos primeros llamados. Eran discípulos de Juan Bautista, buscadores del reino de Dios. Cuando este señaló a Jesús, fueron tras él.

Jesús ve que lo siguen y les pregunta: ¿Qué buscáis?

¿Qué buscamos? Esta es la pregunta que todos podríamos hacernos hoy. Parece que vivimos en una era de buscadores… ¿Qué estamos buscando? ¿O a quién?

Tal vez estamos buscando un lugar donde ser nosotros mismos, donde vivir de verdad, donde encontrarnos.

Tal vez ese lugar no es tanto un espacio físico como una presencia, una compañía. Quizás ese lugar sean los otros: aquellas personas con quienes abrir el corazón y compartir un destino.

Jesús conoce la naturaleza humana. Lee el corazón y ve más allá de las apariencias. Percibe la sed y la búsqueda de aquellos discípulos de Juan: Andrés y otro cuyo nombre no se da, pero que sabremos más tarde, por el evangelio, que es aquel «a quien amaba Jesús». Son los dos primeros; los sedientos de sentido, de propósito, de vida plena.

Jesús también conoce nuestra búsqueda, nuestra sed. Y ¿qué hace? Venid y lo veréis, dice a los dos galileos. También a nosotros, hoy, nos dice: Venid y veréis.

No obliga, no fuerza, ni siquiera persuade. Sólo invita. Este es el estilo de Jesús. Ven, mira lo que hay y, si quieres, quédate. Andrés y su compañero fueron, se quedaron y ya no volvieron a separarse de él.

¿Hemos conocido de verdad a Jesús? ¿O tan sólo lo conocemos de oídas, de lecturas, de escuchar homilías y cumplir con el precepto? Quizás conocemos a Jesús por fe, por estudio, por esperanza o por devoción… Pero, ¿nos hemos encontrado con él? ¿Ha cambiado nuestra vida, como cambió la de sus discípulos? ¿Hemos oído su llamada? ¿Nos ha impulsado a salir, como a Andrés, para llamar a otros y decir: ¡Lo hemos encontrado!?

Señor, ¡enciende en nosotros el deseo de conocerte! ¡Despierta en nosotros el anhelo de buscarte! Vamos tan perdidos, buscándonos a nosotros mismos… Encontrarte a ti es encontrarnos.

2024-01-05

Pasar la vida haciendo el bien

El Bautismo de Cristo


Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Marcos 1, 7-11

Hoy el evangelio de Marcos nos relata el episodio del bautismo de Cristo, el inicio de su misión, acompañado por la voz potente del Padre y la presencia del Espíritu. La Trinidad al completo se abraza para dar al Hijo la fuerza y el ímpetu que va a necesitar.

La segunda lectura nos sitúa en los inicios del cristianismo, cuando Pedro comienza a hablar de Cristo ante las gentes. Su mensaje es una buena noticia, para todos sin excepción. Aunque Jesús predicó a los israelitas y no se movió de su país, su mensaje es para todo el mundo. Basta que la persona acoja a Dios y practique la justicia, “sea de la nación que sea”.

Pedro, como el resto de los apóstoles, no se inventa un discurso bonito sobre la vida y la eternidad, con el fin de atraer a las multitudes. Pedro habla a partir de su experiencia, de su vivencia personal con Jesús, y de su descubrimiento, tras la resurrección, de que aquel maestro al que había seguido durante años por los caminos de Galilea es realmente Dios. Un Dios cercano, amigo, que ama y que llama a todos los hombres y mujeres a vivir de una forma nueva y plena.

Jesús actuaba “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”, dice Pedro, y esto es lo que se expresa en el bautismo. La autoridad de Jesús le viene de Dios Padre, y la autoridad de Pedro y sus compañeros les viene de Jesús. No hablan por sí mismos, sino que transmiten lo que han recibido de Jesús.

“La cosa empezó en Galilea…” Cuántos recuerdos y episodios debían llenar la memoria de Pedro y de los otros apóstoles. Toda persona que ha sido llamada por Dios y ha respondido recuerda muy bien dónde y cuándo empezó todo. Recuerda, como el discípulo Juan, hasta el día y la hora. Esos momentos, como un primer enamoramiento, nunca se olvidan.

¿Qué hizo Jesús? Pedro resume su vida: “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Esta frase es todo un programa de vida para los cristianos. En este año que comienza, ¿nos hemos propuesto pasar por el mundo haciendo el bien? ¿Nos hemos propuesto aliviar, ayudar y consolar a las personas que sufren a causa del mal? Nuestro mundo enfermo de guerras, crisis y malos gobernantes necesita esperanza y manos dispuestas a sostener y a liberar. ¿Convertimos el programa de Jesús en nuestro propio modelo de vida?

La fiesta del bautismo de Cristo es buen momento para revivir el propio bautismo. Los que fuimos bautizados muy pequeños no podemos acordarnos, pero con el sacramento de la confirmación tenemos ocasión de renovar nuestro sí a ser cristianos, no sólo de nombre, sino convencidos, con el deseo de vivir imitando a Cristo. Y cada vez que celebramos esta fiesta podemos renovar nuestro sí a Dios. Él es el primero que, con la gracia del bautismo, nos da su sí, como se lo dio a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”.

Todos somos hijos amados de Dios. Pero cuántos vivimos ignorándolo u olvidándolo. Cuántos lo desconocen, o lo niegan. Vivir sintiendo y sabiendo que somos tan inmensamente amados nos puede cambiar la vida. Ser conscientes de que recibimos tanto amor nos puede convertir en personas agradecidas, que siempre saben sacar algo bueno de cualquier circunstancia. Y esto no sólo nos transforma a nosotros, sino que va sembrando semillas de vida a nuestro alrededor.

Descarga aquí la reflexión en pdf.

2023-12-29

Mis ojos han visto la salvación

Fiesta de la Sagrada Familia - ciclo B

Lectura del evangelio: Lucas 2, 22-40

En los llamados evangelios de la infancia, Lucas traza un paralelo entre la historia de Jesús y grandes personajes del Antiguo Testamento, cuyo nacimiento se vio envuelto de promesas: todos ellos fueron niños tocados por la mano de Dios y estaban destinados a una gran misión entre su pueblo.

Este es el caso de Jesús. A los ocho días de nacer, como todo niño judío, lo llevan a circuncidar. Y su madre, a los cuarenta días del parto, habiendo cumplido su purificación, va a llevar una ofrenda al Señor. También deben pagar el rescate del primogénito, pues según la Ley de Moisés, todo hijo varón, el primer nacido de su madre, está consagrado a Dios.

Este evangelio nos muestra la humanidad de Jesús: un hombre hijo de su tiempo y de su cultura, el mundo judío del siglo I, bajo el Imperio romano. Aunque tengamos muy presente su divinidad, los cristianos no deberíamos olvidar esta faceta humana, histórica y real de Jesús.

Los padres de Jesús lo llevan al Templo: es el lugar sagrado para todo judío, la morada del Señor. Y es en este lugar donde se encuentran con dos ancianos que representan el resto fiel de Israel, que sigue esperando las promesas de Dios a su pueblo. El Templo es el escenario: un lugar santo. Y los ancianos, Simeón y Ana, encarnan la fidelidad y la devoción. Por eso, como los pastores, pueden recibir un aviso, en este caso una inspiración del Espíritu Santo, que los mueve a ir al encuentro de ese niño, que, entre muchos otros, será presentado a los sacerdotes por sus padres.

Simeón alaba a Dios: es viejo, pero antes de morir Dios le ha permitido ver la promesa cumplida. Ha visto al Salvador, el enviado definitivo de Dios, el que iniciará una era de paz y libertad para el pueblo. Pero en la profecía de Simeón hay luz y sombra. No le oculta a María, la madre, la dura verdad: Jesús será una «bandera disputada», motivo de división y conflicto, y finalmente ella sufrirá como si una espada le partiera el alma, porque verá morir a su hijo en la plenitud de la vida.

Años después, Jesús diría de sí mismo que «no he venido a traer la paz, sino la espada» (Mt 10, 34-36). Y Juan en su prólogo afirmaría que la luz «vino a los suyos, y los suyos no la recibieron» (Juan 1, 11). Esta es la cruda realidad: no todo el mundo aceptará a Jesús. Lo rechazarán y querrán matarlo. Su mensaje de liberación es tan novedoso, tan radical y bello que desafiará abiertamente al poder, que quiere mantener a las gentes sometidas y esclavizadas. El poder religioso, las autoridades de ese mismo Templo donde es presentado de niño, matará a Jesús. Simeón está vaticinando la sangre derramada. Jesús predicará en el Templo y por orden de los custodios del Templo será juzgado y llevado a la muerte.

Pero esa muerte no tendrá la última palabra. Por eso Simeón y Ana, aún pudiendo prever el futuro dolor y el rechazo, se alegran al ver al niño.

Unas últimas palabras sobre Ana, la profetisa. Ana es una viuda que lleva toda su vida frecuentando el Templo. Es una mujer hambrienta de Dios, que le dedica su tiempo y su energía. Ana representa a todas aquellas mujeres fieles que han sostenido a la Iglesia durante siglos. En épocas de crisis, de persecución, de caída de la fe, de grandes desviaciones y divisiones, la fidelidad de las mujeres ha sostenido la Iglesia desde abajo, desde la comunidad. Y aún hoy siguen siendo un puntal indispensable. ¿Qué sería de la Iglesia sin las mujeres? Basta observar quiénes asisten hoy a las eucaristías, quiénes se ofrecen voluntarias para colaborar en tareas pastorales, en catequesis, en toda clase de apostolados… ¡La mayoría son mujeres! Y no hay edad ni condición que sea obstáculo. Ana es una viuda anciana. Quizás puede hacer poco, pero al menos está ahí. No le falta la voz y un rostro amable para acoger a los que vienen y para alabar a Dios. Todos, a cualquier edad, podemos hacer algo por Dios, por Jesús, por la Iglesia. Todos podemos ser transmisores de la buena noticia, como Ana. Pensémoslo.

2023-12-22

Hágase en mí


Cuarto Domingo de Adviento - Ciclo B

Lectura del evangelio: Lucas 1, 26-38

En el cuarto domingo de Adviento, a las puertas de la Navidad, la liturgia nos ofrece esta lectura tan conocida: es la escena que tantos artistas han inmortalizado en cuadros preciosos, la anunciación del ángel Gabriel a María.

Esta escena que relata Lucas está llena de ecos bíblicos. El ángel es un mensajero de Dios, y en las Escrituras podemos leer varios episodios en los que un personaje recibe un mensaje divino, ya sea por medio de una voz, una visión o un ángel. Cuando esto sucede, es que el personaje visitado va a recibir una misión o encomienda especial.

Así ocurre con María. Su misión será única: nada menos que ser la madre del hijo de Dios, un hombre santo que, como David, inaugurará un reino.

Para una mujer judía del siglo I, el anuncio del ángel sólo podía significar una cosa: ella sería la madre del Mesías, el Ungido de dios, el hombre tan esperado que liberaría su pueblo de la esclavitud e iniciaría una era de gracia y de paz. Y así fue, pero Jesús resultó ser un Mesías muy diferente de lo que muchos esperaban: no fue un liberador político ni un rey guerrero, sino un profeta pacífico que traía algo mucho más grande.

María se alinea con Moisés, Gedeón, Samuel y otros personajes de la Biblia que reciben un anuncio de parte de Dios. Pero la respuesta de María destaca sobre ellos porque no se resiste, no pone objeciones y de inmediato comprende quién la está llamando. Eso sí, como mujer que piensa y quiere entender, pregunta «cómo será eso», y así el ángel puede darle esta respuesta: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». María queda encinta y acoge en su seno al hijo de Dios porque ya antes ha sido colmada del Espíritu Santo.

Algunos biblistas señalan que esta frase del ángel es un eco de otra escena del Éxodo (Ex 40,34-35): cuando el pueblo de Israel ha plantado el tabernáculo sagrado en el desierto, siguiendo todas las instrucciones de Dios, la presencia divina llena el lugar, cubre la tienda y la colma de su gloria. La gloria divina desciende sobre la tienda sagrada como el Espíritu Santo y su fuerza descienden sobre María. Así, María de Nazaret se convierte en una nueva arca de la alianza: el arca viviente que lleva en su seno, ya no la Ley de Dios, sino la misma palabra de Dios encarnada.

María es una doncella «que no conoce varón». Su prima Isabel es una anciana estéril que ya no puede concebir; ambas, no obstante, quedan embarazadas y sus hijos nacerán para traer algo nuevo al mundo. Esto es una constante de Dios en la historia sagrada: se fija en las personas más humildes, más débiles, sin poder alguno, incluso marginadas o desdeñadas. Dios las escoge y las llama para una gran misión. Y ellas, llenas de su fuerza y de su amor, no temen y aceptan.  

En María se da un proceso que todos podemos experimentar: escucha la voz del cielo porque está abierta, se turba ante la presencia divina porque se siente pequeña ante tanta grandeza; dialoga con el ángel porque quiere entender, y finalmente dice sí, a todas y sin condiciones.

María es la imagen de toda persona llamada por Dios. Si oímos su llamada, seguramente nos sentiremos pequeños e incapaces. Pero él nos llenará con su fuerza y su Espíritu lo hará posible. Sólo necesita nuestro sí. La respuesta de María es un ejemplo de valentía y de libertad: «Hágase en mí según tu palabra». Cuando alguien elige decir sí a Dios, cuando permite que Dios haga en su vida lo que él tiene planeado, la vida de esa persona se transforma y se convierte en una aventura maravillosa.

2023-12-16

Yo soy la voz que grita en el desierto

Tercer Domingo de Adviento - Ciclo B

Lecturas: Isaías 61, 1-11; Lucas 1, 46-54; 1 Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8.19-28.

Camino de la Navidad, celebramos el tercer domingo de Adviento, Gaudete. Porque el Señor ya está a las puertas, su llegada será pronto. La alegría se atisba, la luz viene a llenar nuestro corazón.

El evangelista recoge la figura de Juan Bautista: «Surgió un hombre enviado por Dios». Hoy hemos de recordar que todos los bautizados estamos llamados, como Juan, a ser testigos de la luz. Él sabe muy bien que no es el Mesías. Juan nos previene para que no caigamos en el mesianismo de la autorreferencia y evitemos la egolatría. Siempre hay que estar alerta ante la autosuficiencia espiritual, que nos convierte en el centro de todo, dándonos más importancia a nosotros mismos que al mensaje de liberación de Jesús.

Juan se pone detrás de Jesús y reconoce que ni siquiera es digno de agacharse y desatarle la correa de las sandalias, un signo de profunda humildad. Él sólo es un eco de la palabra de Dios.

Cuánto nos cuesta permanecer en nuestro sitio, allí donde nos toca estar. Cuánto orgullo y reafirmación de nuestra persona. Uno de los rasgos que más me impacta de Juan Bautista es que reconoce que él es el testigo. Los cristianos hemos de aprender de Juan esto: sepamos lo que sepamos, hagamos lo que hagamos, somos meros instrumentos de Dios. El error en el que tanto caemos es pensar que estamos por encima de los demás, y esto bloquea toda acción evangelizadora y pedagógica. Pasamos mucho tiempo haciendo cosas que no están en la línea de Jesús. El yo hinchado nos aleja de la auténtica eficacia en nuestra misión. Pero para esto hemos de descubrir, a través de la oración, qué es lo que quiere Dios de nosotros. 

Sin petulancias, con sencillez, Juan nos ayuda a centrarnos y a sintonizar con Aquel que es el origen de nuestra fe. Como Juan, hemos de contestar a quienes nos pregunten sobre nuestra identidad: somos voces recias, convencidas; arrojamos palabras que pueden ayudar a otros a enderezar sus vidas con el testimonio de una fuerza interior que surge de una profunda convicción: estamos unidos a Jesús. Como Juan, hemos de hacer posible que muchos se conviertan y llevarlos a la orilla de la Iglesia, para que el sacerdote, en nombre de Cristo, los bautice con el Espíritu Santo, el mismo espíritu de Dios.

2023-12-08

Preparad el camino

Segundo Domingo de Adviento - Ciclo B

Lecturas: Isaías 40, 1-11; Salmo 84; 2 Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Lectura del evangelio: Marcos 1, 1-8


En este segundo domingo de Adviento leemos el comienzo del evangelio de Marcos. Con la predicación de Juan Bautista en el desierto el autor recuerda las expectativas mesiánicas del pueblo judío. El pueblo está llamado a tener una actitud de acogida ante la inminente llegada del Señor. Marcos define la misión de Juan: este ha de preparar a su pueblo para el momento culminante de su llegada. Por eso hace referencia al profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino al Señor, allanad sus senderos». La voz de Juan ha de resonar en cada uno de nosotros para que también estemos preparados para el gran acontecimiento de la Navidad.

Abrirse a la luz

Estar preparados significa limpiar y enderezar el rumbo de nuestra vida. Dejemos que el Señor entre en nosotros sin poner obstáculos para que llegue a lo más profundo de nuestro ser. Así viviremos la plenitud del encuentro tan esperado.

La voz de Juan, hoy, es la voz de los profetas que han de elevar su clamor e interpelar a toda la sociedad: dejad de vivir en la oscuridad, abríos a la luz de Cristo.

Hoy, más que nunca, es necesario que, como cristianos, desde nuestras convicciones más profundas, seamos capaces de levantar la voz con nuestra vida y con nuestro testimonio. Nuestra apertura a Dios será decisiva para que la voz de Jesús penetre en lo más íntimo de nosotros. Luego, convencidos, seremos nuevas voces que ayuden a otros a reenfocar su vida a la luz de la palabra de Dios.

Llamados a una tarea

En la actual coyuntura social y cultural se hace urgente que cada cristiano sea consciente de su misión. La desidia y el desespero de muchos ahogan la esperanza. Pero Jesús está llegando. Hemos de pasar del desierto árido de nuestro corazón a un vergel, un paraíso donde vivamos la fraternidad como su nuevo pueblo: la Iglesia. Estamos llamados a vivir en la caridad y tenemos una tarea: evangelizar. Sólo cuando dejemos que nuestro pozo interior se abra a las aguas cristalinas de su palabra nuestra sequedad de alma se convertirá en un hermoso jardín.

Ojalá él nos encuentre a punto y lo acojamos con alegría. Su venida significó un cambio en la historia de la humanidad. El deseado, el esperado, está a punto de llegar para culminar nuestras esperanzas. Él es la gran respuesta a nuestras inquietudes y da una dimensión nueva al sentido de la existencia. Él es el fundamento y el soporte de nuestra realidad vital. Con Jesús en nuestra vida, se nos abre un nuevo horizonte que llevará al hombre a la plenitud. Vivir instalados en la esperanza es empezar a saborear una alegría que nunca se acaba.

2023-12-02

Velad, estad despiertos

Primer Domingo de Adviento - Ciclo B

Lecturas: Isaías 63, 16-19. 64, 2-7. Salmo 79. 1 Corintios 1, 3-9. Marcos 13, 33-37.


Entramos en un nuevo tiempo litúrgico: el Adviento, y en el ciclo B, siguiendo el evangelio de Marcos.

La Iglesia nos propone en Adviento una actitud fundamental para los cristianos, recogiendo las palabras de Jesús a sus discípulos: Estad atentos, velad. Son actitudes de un buen cristiano.

Estar atento significa estar despierto, alerta. En nuestra vida ocurren muchas cosas importantes, pero no siempre prestamos la atención adecuada. Pueden ser momentos cruciales y no alcanzamos a conocer su significado. Ir dormidos nos puede alejar del valor que tiene la vida cotidiana. Hay cosas que pueden ser trascendentales y nos marcan para siempre.

El anuncio que proclama la Iglesia sobre Adviento es prepararnos para la Navidad. Este camino es una gran ocasión para reflexionar sobre la esperanza. Vivir desesperanzado es vivir rendido y sin metas. En este primer domingo de Adviento se nos llama a ser conscientes de que tener esperanza es una actitud válida y esencial en el ser humano. No se concibe vivir sin una mirada puesta más allá de uno mismo. Necesitamos trascender de nuestra ceguera y de nuestra micro visión de la realidad. Mirar más allá de nosotros mismos significa dejar atrás nuestra pobre realidad y abrirnos a una nueva visión. No se puede vivir sin esperanza. No podemos levantarnos cada mañana sin un propósito, sin un plan. Estamos hechos para ser co-creadores de nuestra historia y esto no es posible sin esperanza.  

Sabemos que este tiempo nos ayuda a prepararnos para el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús, un hecho que cambió nuestra historia. La esperanza del pueblo de Israel se vio colmada: se cumplieron sus expectativas mesiánicas. La Iglesia, sabia en su pedagogía, nos invita a revivir este acontecimiento en nuestras vidas. Sólo dejando entrar a Dios en nosotros él iluminará nuestra existencia. No podemos vivir distraídos, hastiados, desconectados, cansados de todo. Como nos dice Jesús, velad. Es una llamada a vivir atentos y apasionados. Sólo despiertos podremos verlo en los demás.

Adviento nos propone vivir con intensidad nuestra vida. Jesús viene de camino hacia nuestro encuentro. Dejemos que se vaya acercando.

2023-11-24

Fiesta de Cristo Rey - A

Con la fiesta de Cristo Rey culminamos el año litúrgico cristiano. En el evangelio de este domingo Jesús nos recuerda cuáles son las llaves para entrar en el reino de Dios: las obras de misericordia. Lecturas: Ezequiel 34, 11-17; Salmo 22; 1 Corintios 15, 20-28; Mateo 25, 31-46.

Descarga aquí la homilía para leer o imprimir.


Las lecturas de este domingo, festividad de Jesucristo, rey del universo, giran todas entorno a la cualidad más hermosa del corazón de Dios: la misericordia, la ternura entrañable, el amor incondicional de madre. En la primera lectura de Ezequiel Dios se nos presenta como un pastor que va a buscar a sus ovejas descarriadas, las recoge, las cura, venda sus heridas… ¡No quiere que se pierda una sola! En la segunda lectura, Pablo nos habla del gran regalo que nos ofrece Dios: ya no sólo la vida, sino una vida eterna. ¡Cuánto don inmerecido!

En la cultura cristiana se ha dado mucha importancia a la fe y la fidelidad a la doctrina. Se ha insistido mucho en el aspecto intelectual y moral. En el mundo protestante, considerando la debilidad humana y nuestra continua inclinación al mal, la fe se ha considerado lo único indispensable para salvarse. Basta la fe, no hacen falta las obras, que siempre se quedarán cortas, para alcanzar al cielo.

Y la fe, ciertamente, es importante. ¿Cómo no vamos a confiar en Dios, cómo no creer en él y en el testimonio de los evangelios? Pero Jesús, en la parábola que leemos hoy, nos da una lección muy diferente. A la hora de la verdad, cuando queramos entrar en el banquete del cielo, ¿qué nos abrirá las puertas?

En la parábola de los corderos y los cabritos, Jesús distingue entre dos tipos de personas. Unas son las personas creyentes, que siempre han sido fieles cumplidoras de los preceptos, e incluso han propagado la palabra de Dios. Pero se encuentran una puerta cerrada y una voz que dice: ¡No os conozco! ¿Qué ha fallado aquí? Por otra parte, encontramos todo tipo de gentes, algunas incluso personas no creyentes, pecadoras, alejadas e ignorantes de las verdades de la fe. Pero Jesús les abre la puerta y los invita: ¡Venid, benditos de mi Padre! ¿Qué han hecho para merecer el cielo?

La llave que abre las puertas del cielo se llama misericordia. Se llama amor, atención, cuidado, mimo, compasión. Se llama alimentar al hambriento, escuchar al triste, atender al enfermo, dar afecto al solitario. Se llama visitar al preso, vestir al desnudo, enseñar al ignorante. Al atardecer de la vida, decía san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor. Es el amor, por encima de la fe y las palabras, lo que nos salva.

En cambio, aquellas otras personas que parecían perfectas, que incluso, como dice san Pablo, dieron la vida por proclamar el evangelio, o se dejaron quemar vivas, o entregaron todos sus bienes… pero no amaron, no conseguirán nada. Si no tengo amor, de nada me sirve todo lo que haga. Claro que las obras son importantes, ¡pero siempre con amor! Siempre desde un corazón generoso y abierto, que ve al otro como un hermano. Ante alguien que ama, Dios no se resiste.

El papa Francisco nunca se cansa de insistir: ¡misericordia! ¡Necesitamos tanta! Y la Iglesia, que muchas veces se ha endurecido y se ha mostrado parca en compasión, es la primera que debe recuperar esta cualidad de Cristo. La Iglesia ha de ser pastora que busca la oveja herida, la recoge y la cura, sin juzgarla, sin apartarla.

Y esto hemos de ser los cristianos. Porque todos somos ovejas heridas, pero todos podemos ser también pastores, buenos samaritanos, que nos curemos unos a otros. Y Dios nos acogerá a todos.

Ojalá hoy, al salir del templo, llevemos grabadas muy adentro estas palabras: todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a Dios. Ojalá tratemos a cada persona que se cruza con nosotros con la misma delicadeza, respeto y amor como al mismo Cristo.

2023-11-17

33 Domingo Ordinario - A

Con la parábola de los talentos, Jesús nos enseña que no se puede separar el amor del trabajo, la fe de la diligencia. Una lección a aprender en todos los tiempos. También en el plano espiritual es necesario poner nuestros "talentos" a trabajar.

Lecturas: Proverbios 31, 10-31; Salmo 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30.

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Si buscáramos una palabra común que resuma las tres lecturas de este domingo, esta podría ser diligencia. Diligencia, se nos enseñaba antes, es lo contrario de la pereza. Si la pereza nos paraliza, la diligencia nos impulsa a actuar, a atender, a servir. La diligencia es propia del amor, porque para quien ama nunca hay un trabajo lo bastante pesado, ni hay cansancio que pueda abatirle. El amor es diligente. En latín, diligo significa amar, apreciar, estimar en mucho. De modo que podríamos asociar perfectamente el trabajo con el amor. Esto es lo que hace Dios, que no deja de trabajar, en el cielo y en la tierra. Si queremos ser buenos hijos suyos, el trabajo realizado con amor ha de ser una constante en nuestras vidas.

El libro de los Proverbios nos habla de la mujer hacendosa, fuerte y sabia, pilar de su hogar y alegría de su esposo e hijos. Sus obras y su actitud ante la vida, valiente y activa, son las que la embellecen por encima de la hermosura física. Es un modelo a imitar, tanto por hombres como por mujeres, especialmente las personas que tienen a su cargo familias, grupos o comunidades.

San Pablo a los tesalonicenses les dirige palabras de paz y aliento. Los primeros cristianos vivían tiempos convulsos, de inestabilidad e incluso persecución. No tan diferentes a los que vivimos hoy. Es fácil, en tiempos de crisis, ser negligente, abandonarse y rendirse porque… ¡todo está tan revuelto! ¡Hay tanta incerteza! ¿De qué sirve hacer proyectos, trabajar con entusiasmo y soñar en un futuro? Más vale ir tirando y vivir al día. ¿Para qué esforzarse? Pero Pablo avisa. Nosotros no vivimos en la oscuridad. No somos de la noche, somos hijos de la luz. Y como hijos de la luz, sabemos que Dios está con nosotros y que en cierto modo ya tenemos la batalla ganada. Aunque no veamos los frutos de lo que hacemos, sembremos y labremos con amor y con diligencia. No durmamos, dice el apóstol. Vivamos despiertos. Es otra forma de decir: no nos limitemos a sobrevivir. Vivamos con intensidad cada día, cada hora. Entreguémonos a lo que hacemos y a los que amamos. No caigamos en la acedia, como dice el papa Francisco. No nos hundamos en la flojedad, en la vagancia, en la indiferencia. ¡Eso no es vivir!

Jesús explica la parábola de los talentos. Pocos o muchos, todos tenemos dones y capacidades. Dios no nos exigirá más de lo que podemos hacer, pero sí nos ha dado un potencial que podemos multiplicar. No hacerlo es un desprecio a su generosidad. ¿Qué hemos hecho, en nuestra vida, con los regalos que nos ha dado Dios? ¿Cómo hemos utilizado nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestra creatividad? ¿Hemos dado todo lo que podíamos? ¿Hemos florecido y hemos dado fruto?

Cuando Jesús dice que al que tiene poco se le quitará aun lo que tiene, no está refiriendo una injusticia. Simplemente dice que al que se guarda lo que tiene, sin querer aprovecharlo para servir a los demás, eso mismo que quiere conservar celosamente lo perderá. Hace tiempo se hizo famosa una frase: “todo lo que no se da, se pierde”. Es así: todo lo que se quiere reservar para uno mismo, se pierde; lo que se da a los demás, se gana y se recibe multiplicado. La semilla en una caja se seca y se pudre. La semilla plantada en tierra, que se abre y muere… se convierte en una preciosa planta viva. Démonos, entreguémonos y seamos diligentes. En el trabajo hecho con amor nos encontraremos a nosotros mismos. Y encontraremos a Dios.

2023-11-10

32º Domingo Ordinario A

¿Qué significa la parábola de las diez vírgenes? ¿Cómo entenderla hoy? En este pasaje del evangelio de Mateo, Jesús nos está hablando de una virtud más necesaria hoy que nunca: la esperanza.

Lecturas: Sabiduría 6, 12-16; Salmo 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13.

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Hay una palabra clave que aparece en las tres lecturas de este domingo: encuentro. La segunda idea que se nos propone es la de sabiduría.

¿Qué es la sabiduría? Lejos del saber intelectual y erudito, la sabiduría es más bien una actitud que nos lleva hacia una vida plena. El sabio busca, escucha y está atento a lo que deviene a su alrededor. El sabio aprende, experimenta y saborea. Y la sabiduría, como dice la primera lectura, sale al encuentro del que abre su mente y su corazón.

La sabiduría se convierte en un arte de vivir, y no es posible cultivar este arte sin entender el encuentro. El encuentro es vital: necesitamos, para ser nosotros, encontrarnos con los demás. El yo necesita un tú; el otro nos ayuda a crecer y a ser completos, a ser persona. Y aún más allá: necesitamos encontrarnos con nuestra fuente, el origen que nos da el ser por puro amor, Dios. No podemos desligar la sabiduría de este encuentro con Dios y con los demás.

San Pablo en su carta a los tesalonicenses nos revela cuál será nuestro destino. La muerte no tiene la última palabra. Cristo nos espera para resucitar con él y vivir otra vida, en una dimensión inmensa, “siempre con el Señor”. El cielo será un gran encuentro, una fiesta donde gozaremos eternamente del amor que nos creó y nos salvó, junto con muchos otros, la humanidad resucitada. 

Jesús, con la parábola de las vírgenes prudentes, utiliza de nuevo la imagen del cielo como un banquete de bodas. El esposo es él, ¡viene al encuentro de todos! Sólo necesita una cosa de nosotros: que le esperemos, que estemos atentos para acudir a su llamada. Las vírgenes prudentes toman aceite y velan porque esperan y desean este encuentro. Nos recuerdan a la amada del Cantar de los Cantares, que recorre valles y montes en búsqueda de su amado. Quien ama mucho piensa mucho, dice santa Teresa. Y es precavido, toma medidas, emplea recursos. Este es el aceite de las lámparas. No se puede ser negligente a la hora de amar. Las vírgenes necias quizás también querían entrar en la boda… Pero su conducta no ha acompañado a su deseo. Sus obras no han sido acordes con su aspiración. ¿Quizás no amaban lo suficiente? ¿No anhelaban el encuentro con la misma pasión que las otras? No podrán entrar en el banquete, no porque el novio las castigue. Es su falta de amor y su dejadez la que les ha cerrado la puerta. El cielo no cierra las puertas a nadie... pero nuestro egoísmo puede impedirnos la entrada. 

Escuchemos y meditemos esta parábola y las promesas de vida que nos recuerda san Pablo. ¡Tenemos tanto por lo que amar y estar agradecidos! Respondamos a Jesús, este dulce esposo que nos llama y nos invita. Acudamos con diligencia a su llamada. Esperemos, cuando la noche es oscura y sentimos el silencio de Dios. Aguardemos en pie, con las lámparas encendidas, aunque sintamos aridez en el alma. Llegará un día en que se abrirá una puerta, y seremos llamados al gozo de nuestro Señor.

2023-11-03

31º Domingo Ordinario - A

«Dicen pero no hacen»: Jesús apela a nuestra coherencia.

Lecturas: Malaquías 1, 14b - 2, 2b. 8-10; Salmo 130; 1 Tesalonicenses 2, 7b-9.13; Mateo 23, 1-12.

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Las tres lecturas de este domingo son un toque de atención. Nos avisan sobre el peligro de una fe que se queda en las palabras, en la doctrina y en los rituales, sin llegar a traducirse en un cambio vital. Y nos animan a convertir esa palabra de Dios, una palabra llena de vida, en hechos y obras que sean coherentes con lo que creemos.

El profeta Malaquías acusa a los sacerdotes que han fallado al pacto con Dios. Su conducta y mal ejemplo causan escándalo entre los fieles, pues aplican las leyes a su gusto y conveniencia. La denuncia del profeta es dura: ¿No tenemos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos unos a otros profanando la alianza de nuestros padres? Podríamos hablar de quienes han utilizado la religión para servir a sus intereses, para justificarse o para ganar poder y prestigio, aún a costa de los demás. Esto ha sido una constante en la historia: valerse de la religión como herramienta de poder. Los sacerdotes y las personas con responsabilidad eclesial, sean laicos o consagrados, son los que corren más riesgo. Cuando la Iglesia cae en estas actitudes, está traicionando el evangelio y la voluntad de Dios, que es hacer llegar su amor a toda persona, sin excepción.

Jesús recoge estas ideas y avisa contra los fariseos y escribas que predican mucho y exigen que todos cumplan la Ley, pero luego su vida no es coherente con lo que dicen. Arremete contra los que cumplen con los preceptos religiosos y las devociones de forma muy visible, para ser notados y bien considerados. Es la religiosidad de la fachada, otra actitud en la que los creyentes podemos caer a menudo. En realidad, no estamos honrando a Dios sino a nosotros mismos; la vanidad enturbia nuestra fe. También avisa con el peligro de endiosamiento de los líderes religiosos, que pretenden ser maestros, padres, autoridades… cuando el único maestro y padre es Dios mismo.

San Pablo nos muestra otra forma de vivir la fe, llena de delicadeza, ternura y solicitud hacia los demás. Dando sin exigir nada a cambio, cuidando de las personas, preocupándose no sólo por su vida espiritual, sino por su bienestar material. San Pablo también agradece a la comunidad de Tesalónica su acogida, pues han sabido escuchar la palabra como auténtica palabra de Dios. Y esto es importante: es una palabra que no sólo explica algo, sino que tiene el poder de transformar vidas. Quienes la acogen, no serán los mismos.

Reflexionemos hoy si nuestra vida es coherente y refleja con transparencia nuestra fe. ¿Vivimos una religión de apariencias, para quedar bien o tranquilizar nuestra conciencia? ¿Utilizamos la religión como arma de poder o para sentirnos superiores? Si tenemos algún puesto de responsabilidad, ¿usamos de nuestro ascendente para tener poder e influencia sobre los demás?

¿Cómo vivir una fe auténtica y sincera, convirtiendo el evangelio en vida? Jesús nos da la clave. Es una herramienta poderosísima y sencilla, pero que pide de una voluntad libre y decidida: ser humildes. No buscar reconocimiento ni honores. No juzgar, y mucho menos, criticar y  condenar al otro. Ser últimos, servidores, discretos. Ceder el paso. Sentirnos hermanos, iguales, ni mejores ni peores que los demás. Y descansar en Dios, nuestro Padre, depositando en él toda nuestra confianza. 

2023-10-27

30º Domingo Ordinario A

Los judíos eran conscientes de que para agradar a Dios debían cumplir los mandamientos de la Ley, no sólo los diez del Decálogo, sino muchos otros que regulaban la vida cotidiana. Había entre los rabinos una discusión sobre cuál era el principal mandamiento y un escriba quiere conocer la opinión de Jesús. Su respuesta evade el debate religioso y se centra en la vivencia: ¿qué significa amar a Dios? ¿Qué comporta?

Lecturas: Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1 Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40.

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Todas las religiones del mundo tienen preceptos. También todas las culturas y países tienen un código de leyes por el que se rigen. Las leyes, en principio, no están para esclavizar a nadie, sino para regular la convivencia y permitir que todo el mundo pueda vivir en paz. Pero, como humanas, no siempre son justas ni iguales para todos. Tampoco son inamovibles: con el tiempo se modifican y se adaptan a nuevas realidades.

Entre los pueblos antiguos, Israel desarrolló sus propias leyes, en algunos aspectos muy parecidas a las de sus vecinos. Pero se distinguían en algo fundamental: y es que Dios, y no un rey, era el principal dador de la Ley. Toda la ley hebrea se deriva de esta ley divina que emana de Dios. Y Dios, como nos recuerda el Éxodo, es un Dios de amor y misericordia que se preocupa por sus criaturas: «yo soy compasivo». La vida surge de Dios, el ser humano es obra suya. Por tanto, la defensa de la vida, la dignidad de toda persona y la justicia, son inexcusables. No se puede adorar a Dios y ser injusto con los hermanos. No se puede honrar a Dios y explotar al prójimo. No se puede rendir culto a Dios y ser tacaño o usurero con los demás. Las leyes humanas pueden variar, pero la ley de Dios, en este punto, es siempre la misma.

Jesús resumirá de manera espléndida la ley de su pueblo ante los fariseos. Estos, que a veces se enredaban entre tantísimas leyes y preceptos que regulaban su vida, a veces corrían el riesgo de andar por las ramas y perder la visión global del bosque. Jesús les recuerda: el primer mandamiento, el principal, siempre, es amar a Dios con todo nuestro ser: mente, cuerpo y corazón. Y de este se deriva el segundo, tan importante como el primero: amar al prójimo como a ti mismo. Fijaos que Jesús equipara ambos mandamientos. Amar al otro es igual a amar a Dios. No es posible el uno sin el otro.

A veces parece más fácil amar a Dios. Como no lo vemos y no nos fastidia nunca, resulta sencillo cumplir ciertas devociones y preceptos, rezar un poco y sentirnos bien. Pero ¡cómo cuesta amar al prójimo! Tanto si es un ser querido como si es un enemigo, lo tenemos al lado, a veces nos importuna, nos cansa, nos exige dar más de nosotros mismos… Nos agota la paciencia o pide que seamos capaces de perdonar. Nos saca de nuestro confortable egocentrismo y nos desafía. Pero si amas a Dios, no puedes dejar de amar lo que él más ama, que son sus criaturas, incluido tú mismo. Amar a los demás es consecuencia del amor a Dios.

A otras personas, en cambio, les resulta fácil amar a los demás, sobre todo si no son muy creyentes o tienen una fe diluida. Pero ¿amar a Dios por encima de todas las cosas? ¿Cómo hacer esto? San Juan nos diría: si estás amando al otro, de verdad, con generosidad y no por interés, ya estás amando a Dios. «El que diere un vaso de agua a uno de estos, por amor de mi nombre, a mí me lo da», dijo Jesús. Por otra parte, tener presente a Dios nos ayuda a sanar y a equilibrar nuestros amores humanos, que a veces están muy teñidos de otras cosas que no son amor. Nuestras relaciones están a menudo marcadas por la necesidad, la dependencia, el miedo, el ansia de afecto o reconocimiento, los celos… Sabernos y sentirnos amados por Dios nos llena de ese amor incondicional y generoso, libre, que necesitamos para amar a los demás sin caer en chantajes emocionales ni en afectos efímeros y conflictivos. 

Los dos mandamientos del amor, a Dios y al prójimo, son las dos columnas de nuestra vida cristiana. O las dos caras de una misma moneda. Son las dos realidades que nos sustentan como personas y nos hacen enteros. ¿Qué es una persona sin amor? ¿Dónde arraigamos nuestro ser, si no sentimos que somos creados y sostenidos en la existencia por un Amor infinito? Los grandes males del mundo, en el fondo, son fruto del desamor. El hambre de amor hace estragos, desde peleas familiares, rupturas matrimoniales, batallas políticas, crímenes y hasta guerras. El mundo sufre y sangra por falta de amor. Por eso amar se convierte en un mandato. No una orden impuesta, ni una obligación arbitraria, sino una urgencia, una necesidad vital. Amar no es opcional. Amar es cuestión de vida o muerte. Necesitamos, desesperadamente, aprender a amar y a dejarnos amar. Somos muy analfabetos en el amor… Empecemos, hoy, a mejorar un poco cada día. Tenemos al mejor maestro, que se mete en nuestro corazón y en nuestro cuerpo cada día que lo tomamos en la eucaristía. Que Jesús, puro amor, cale en nosotros y nos enseñe a amar como él.

2023-10-20

29º Domingo Ordinario A

Los fariseos ponen a prueba a Jesús con una pregunta delicada: ¿Es lícito pagar impuestos al César? El pago de tributos, para el pueblo judío, era una forma de someterse a un imperio pagano, reconociendo la primacía del César. La fe de Israel, en cambio, no reconoce otro rey que el mismo Dios. Veremos cómo Jesús sale del aprieto con sagacidad y una lectura más profunda de los hechos que sigue vigente hoy.

Lecturas: Isaías 45, 1.4-6; Salmo 95; 1 Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21.

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Jesús era un hombre inteligente. Aunque su mensaje era anunciar el reino de su Padre, sabía cómo desenvolverse en los asuntos del mundo y no se dejaba atrapar por las intrigas de sus coetáneos. Muchos querían que Jesús fuera un líder político que los encabezara en su lucha contra la opresión de Roma. Otros, en cambio, temían justamente esto: que la relevancia pública de Jesús pudiera amenazar su poder. En aquellos tiempos, como en la mayoría de los países del mundo, lo religioso y lo civil no estaban separados. ¿Por qué? Porque la religión se ponía al servicio del poder y el poder se apoyaba en la religión para legitimarse. Entre todos, gobernantes, sacerdotes y letrados, imponían sus cargas al pueblo y oprimían a la población. En este juego, al final, no importaba que fueran romanos o judíos: los poderosos siempre terminaban aliándose.

Jesús no cayó en la trampa. No buscó la complicidad con el poder establecido, pero tampoco sucumbió a la violencia guerrillera que busca derrocar al tirano… para establecer un nuevo poder. Su mensaje no era, ni es, político. Intentar hacer una lectura política del evangelio es no comprender a Jesús y traicionar su mensaje. Porque ¿cómo va Dios a tomar partido por unos u otros, si todos somos sus hijos? Dios nos da libertad e inteligencia para aprender a gestionar nuestros asuntos humanos y confía que lo hagamos bien, aunque muchas veces no seamos dignos de tanta confianza y acabemos imponiendo leyes y estructuras que oprimen a unos para que otros saquen más provecho. ¡Esta es la historia de la humanidad! Jesús lo sabía. Pero su lucha no era política. El combate que libraba Jesús era contra el mal, y no contra otros seres humanos. Y su campo de batalla preferente, en esta guerra, es el alma, el corazón humano. Por eso Jesús arremetía contra la hipocresía religiosa, la falta de justicia, la poca misericordia, la tacañería y la codicia. ¿Era una lucha idealista y alejada de la realidad? No. Jesús no era un ingenuo. Sabía que las otras guerras, las políticas y las económicas, estallan porque antes ha habido otro combate que ha hecho estragos en el alma. Es del corazón de donde salen todos los males. Es en el corazón donde se cuecen las batallas que manchan de sangre la historia. Y es en el corazón donde puede empezar la regeneración.

Aunque el mensaje de Jesús no sea político, sí tiene unas consecuencias políticas. Un cristiano coherente no separa la fe de su vida, y su vida incluye todas las dimensiones, pública y privada. Por eso, cuando los fariseos quieren tenderle la zancadilla a Jesús preguntándole si es lícito pagar impuestos a Roma, él responde con inteligencia y realismo. Como ciudadanos, todos tenemos unos deberes y estamos sujetos a una ley, aunque no nos guste. Si recibimos algo del estado, es justo que contribuyamos. Hasta cierto punto, los impuestos son necesarios y legítimos. Otra cosa es la fiscalidad abusiva e injusta, o que los más ricos puedan esquivar la obligación y los más pobres no. Pero pagar impuestos y cumplir la ley es un deber humano, y ser cristiano no nos exime de ello. Somos como cualquier otra persona. San Pedro aconsejaba a los primeros cristianos: sed personas de ley y orden, cumplid con vuestras obligaciones y respetad a los gobernantes.

Ahora bien, hay una parte de nuestra vida que no se la debemos al estado, ni a ninguna otra persona o institución. Nuestra vida la recibimos de Dios. No podemos vender nuestra alma. Ese santuario íntimo, tan sagrado, que es donde habita nuestro yo más profundo, no es propiedad del estado ni de nadie. El corazón es de Dios. La conciencia es de Dios. Es un regalo del Creador y sólo a él podemos entregárselo. Hay quienes acaban adorando escudos, líderes y banderas. Los convierten en sus dioses y son capaces de arriesgarse y hasta de matar por ellos. Pero esos símbolos, esas ideas o personas, no son Dios, y no deberían ser nuestros amos. Por eso Jesús remarca: Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios. 

2023-10-13

28ª Domingo Ordinario A

Las últimas parábolas del evangelio de Mateo son llamadas urgentes: Jesús nos presenta el reino de Dios como un espléndido banquete de bodas, pero ¿por qué hay tanto rechazo a la invitación? Lecturas: Isaías 25, 6-10. Salmo 22. Filipenses 4, 12-20. Mateo 22, 1-14.

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A casi todos nos encanta que nos inviten. ¡Qué honor, ser invitados a la boda de unos amigos, a un bautizo, a una celebración de aniversario! La invitación es un reconocimiento de amistad, un gesto que nos dignifica y refuerza nuestros vínculos con aquella persona que nos convida. También es la promesa de una fiesta, de un tiempo hermoso de encuentro y alegría con los demás.

¿Qué diríamos si supiéramos que alguien es invitado a una boda y se excusa diciendo que tiene mucho trabajo? ¿Y si dijera que no puede porque tiene que pintar su casa? ¿O que tiene que llevar al taller su coche, o programar una visita médica justamente para ese día? Las bodas siempre se organizan con mucho tiempo de antelación. ¿No nos parecerían absurdos esos pretextos para no ir? De inmediato pensaríamos: Todo eso son excusas. Lo que pasa es que esa persona no tiene ganas de ir a la boda. Le importa poco que sea una fecha especial para el amigo que le ha invitado. Sus asuntos, hasta los más triviales, son más importantes que ¡una boda!

Jesús utiliza esta parábola para explicar una verdad más honda. Es Dios quien nos invita a su reino. La boda es el desposorio del hijo de Dios con la humanidad, el encuentro amoroso entre Jesús y cada uno de nosotros. La boda, podríamos decir, es también una imagen de la eucaristía. Y ¿a quién invita Dios? Primero a sus amigos, a quienes se supone que están cerca de él. En el caso del evangelio, Jesús se refiere al pueblo de Israel. Cuando Israel rechace la invitación, el convite se extenderá a todo el mundo. ¿El único requisito? Llevar el traje de bodas: es decir, acudir con alegría y con ganas, con el alma vestida de fiesta.

¿Es posible rechazar una invitación de Dios? Por increíble que parezca, así es. Dios nos invita a su amor, nos convida a una fiesta donde quiere obsequiarnos con lo mejor que tiene: su propio Hijo. ¿Cómo podemos rechazarlo? Es muy triste, pero Dios está recibiendo desplantes a diario… Y los peores desplantes no son de los alejados, sino de los más próximos, los que, en teoría, son amigos y deberían responder.

Nosotros, hoy domingo, venimos a su banquete. Hemos aceptado la invitación, por eso estamos aquí. Vamos a disfrutar de la boda. Al menos no hemos rechazado el convite. Pero ¿venimos con el traje de fiesta? 

¿Venimos por obligación, por rutina o con verdaderas ganas? ¿Venimos con el corazón abierto a recibir el regalo de esta fiesta? ¿Venimos dispuestos a escuchar la palabra y a comer el cuerpo de Jesús? Antes de venir, ¿nos hemos lavado el alma? ¿Hemos perdonado a nuestros enemigos o a aquellas personas con las que tenemos cuentas pendientes?  

Son interrogantes que vale la pena hacerse meditando, con gratitud, que cada misa es una boda a la que Dios nos convida, y en ella se da una unión preciosa e íntima, en la que nosotros ya no somos meros invitados, sino coprotagonistas. Nosotros somos la novia, la desposada, la muy amada de Dios Padre y el Hijo. Nuestras arras y nuestra corona nupcial serán el fuego y los dones del Espíritu. ¿Podemos rechazar esto?

Vivamos cada eucaristía plenamente, profunda y gozosamente, como un auténtico banquete de bodas. 

2023-10-07

27º Domingo Ordinario A

La parábola de los viñadores homicidas es un momento culmen de la vida de Jesús: ante las autoridades del Templo, que lo van a matar, resume en un relato la vida del pueblo de Israel y el papel sangriento de los líderes religiosos en esta historia. 

Lecturas: Isaías 5, 1-7; Salmo 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43.

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Mi amigo tenía una viña… La cavó, la plantó, la cuidó con esmero y esperaba recoger una cosecha abundante de uva buena. En vez de esto, dio agrazones. ¿Qué hará con la viña?

El canto de la viña es uno de los pasajes más conocidos del profeta Isaías, y un texto que debía quedarse grabado en los corazones de muchos judíos. Jesús conocía bien los escritos de este profeta y los cita a menudo en el evangelio. Ante los sacerdotes y los ancianos del pueblo Jesús vuelve a contar esta historia en forma de parábola, pero con una variante mucho más dramática. La viña sí da fruto, pero los viñadores quieren apropiarse de la cosecha y no la entregan a su amo. Apalean a los criados que él envía y, cuando el amo finalmente decide enviar a su propio hijo, lo matan para adueñarse del campo.

¿Qué hará el dueño de la viña con esos trabajadores inicuos? Los sabios responden a Jesús: Los hará morir de mala muerte y buscará a otros labradores. No se dan cuenta de que, con esto, se están acusando a ellos mismos.

La viña, en el contexto bíblico, es una imagen del pueblo de Israel. Hoy podríamos decir, del mundo. El mundo es la viña de Dios, que él ha cultivado con amor. Los viñadores son los líderes del pueblo, hoy diríamos que son los gobernantes, los educadores, los sacerdotes que pastorean a la Iglesia. Todos aquellos que tienen una responsabilidad pública y social son viñadores. Y ¿qué hacen? Muchas veces, en lugar de educar y cuidar de las personas para que se desarrollen y den buen fruto, las pierden, las engañan o las explotan, o siembran en ellas semillas de ignorancia, de odio y violencia. Estos líderes que causan tanto daño están robando y manipulando la vida de las personas, algo sagrado que sólo pertenece a Dios, el amigo de la vida sin excepción.

La parábola va más allá. Finalmente, el amo envía a su hijo. ¿Quién es? El hijo es Jesús. Cuando Dios ve que el mundo no escucha a sus profetas, él mismo entra en la historia para sembrar su semilla de vida eterna en cada ser humano. Pero ¿qué sucede? En su ceguera y ambición, los hombres quieren matar al mismo Dios que les ha dado la vida. El amo de la viña molesta. Quieren quitárselo del medio y hacerse dueños en su lugar. Es el endiosamiento del hombre que cree ser amo del mundo y pretende dominar la naturaleza y la historia con su fuerza, su dinero, su ciencia y su tecnología. 

En Isaías el dueño del campo se enfurece y decide entregarlo a la destrucción de los enemigos. Es una imagen simbólica del desastre que hizo desaparecer a Israel del mapa, conquistado por los babilonios primero, y luego por persas, griegos y romanos. En el exilio, los israelitas pudieron meditar sobre su orgullo y su infidelidad a Dios. Vieron la catástrofe como un castigo y, a la vez, una oportunidad para reflexionar y renovarse. 

Jesús no habla de castigo. En cambio, dice que el amo de la viña se la quitará a los viñadores homicidas y la dará a otro pueblo que dé buenos frutos. Jesús se estaba refiriendo a la futura comunidad de creyentes. Los jefes de su pueblo lo llevaron a la cruz; serían los galileos, los pobres y sencillos, y muchos extranjeros los que creerían en él y formarían la primitiva Iglesia. El regalo de Dios, destrozado por el pueblo elegido, iría a parar a otras manos. La buena noticia del Reino ya no sería exclusiva para Israel, sino que se esparciría por todo el mundo.

Podemos hacer una lectura de esta parábola aplicada a nuestras comunidades de hoy. Nuestra parroquia también es una viña y nosotros, los cristianos comprometidos, somos los viñadores. ¿Damos buen fruto? ¿Acogemos a Jesús y dejamos que él cambie nuestra vida? ¿Es nuestra parroquia un foco de evangelización, un lugar de convivencia, un refugio de caridad y acogida con las puertas abiertas hacia afuera? ¿Es nuestra parroquia un verdadero faro en la noche, un oasis en el desierto, un hospital de campaña en medio de la guerra? Si no es así, si nuestras comunidades se vuelven estériles y amargas…

Dios quizás no nos castigue, pero sí veremos cómo este viejo mundo, decrépito, se va muriendo, y quizás vendrán otras personas, con el corazón abierto y una fe fresca y renovada, que sabrán recibir el don de Dios y hacerlo fructificar. Nuestras parroquias envejecen y las comunidades parecen en peligro de extinción. ¿Qué nos salvará? Miremos, dentro de nosotros, en nuestro corazón. ¿Somos buenos viñadores? ¿O por el contrario, con nuestra dureza y frialdad, con nuestra falta de caridad, nos estamos convirtiendo en viñadores homicidas, que apagan el fuego del Espíritu Santo? Abrámonos. Abrámonos sin miedo, sin reparos, y dejemos que el amor de Cristo, a quien recibimos en cada eucaristía, nos transforme y haga de nosotros buenas uvas, buen vino, luz del mundo.

2023-09-29

26º Domingo Ordinario A

Si la semana pasada Jesús nos sorprendía con la parábola de los viñadores, esta semana puede incluso indignar. ¿Cómo van a adelantarnos los publicanos y las prostitutas en el reino de Dios? Jesús nos invita a hacer profundo examen de conciencia y a revisar la autenticidad de nuestra vocación cristiana.
Lecturas: Ezequiel 18, 25-28; Saomo 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32.

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Hoy podemos meditar despacio las tres lecturas: la primera de Ezequiel, la carta de san Pablo a los Filipenses y el evangelio de Mateo.

El profeta Ezequiel recoge la queja de muchas personas que acusan a Dios de ser injusto porque las cosas les van mal. El profeta replica: ¿No seréis vosotros los que sois injustos? Porque, muchas veces, lo que nos ocurre es consecuencia de nuestra conducta y nuestros actos. Ezequiel exhorta a su gente a ser responsable y a asumir las consecuencias de sus obras. No carguemos a Dios las culpas de nuestros errores.

San Pablo ruega a los fieles: por favor, olvidaos de vuestros egoísmos, vuestros intereses, vuestras rencillas y envidias. Todo eso rompe la comunidad y os desune. Tened los sentimientos de Cristo: es decir, procurad tener el corazón de Cristo, que vino a servir, a cuidar a los demás, a darnos todo. Las personas somos orgullosas. Bajo un pretexto de dignidad y honor, escondemos nuestra soberbia y nuestro afán de figurar, de ser importantes y reconocidas. Pablo dice: Jesús, que era Dios y podía haber exhibido su grandeza y su poder, nunca lo hizo. Es más, se sometió a algo que parece increíble para un Dios: ¡morir! Y no una muerte heroica o serena, sino la muerte más vergonzosa y atroz que uno podía imaginar entonces: la cruz, la muerte reservada a los delincuentes y los esclavos. En esta entrega y en esta humillación es como Cristo alcanza su realeza. Nosotros, si queremos ser como él, hemos de adoptar su mismo espíritu de servicio y donación a los demás, aprendiendo a ver, en cada persona, un hijo de Dios y hermano nuestro. ¡Por mucho que nos cueste!

Si Ezequiel y san Pablo nos parecen exigentes, en el evangelio de hoy Jesús resulta provocador. Muchas personas de “buena voluntad” se enfadan y no entienden este pasaje. ¿Cómo puede decir esto Jesús? ¿Qué significa que las prostitutas y los publicanos nos pasarán delante en el reino de Dios? Muchos cristianos prefieren leer esto de corrido y no pensar demasiado en ello. Si ahondamos en lo que Jesús nos está diciendo, a todos nos va a incomodar un poco. ¡Pero conviene que sea así! Jesús no vino a adormecernos con palabras complacientes, sino a desvelarnos y a llamarnos a vivir con el alma bien despierta.

Jesús propone la parábola de dos hijos a quien su padre manda ir a trabajar a la viña. Uno parece rebelde y no quiere ir. Es la resistencia que muchos oponemos a Dios. No me apetece, no es buen momento, ahora no puedo, no estoy preparado… ¡Cuántos “peros” le ponemos a Dios cuando nos llama! Al final, sin embargo, si nuestro corazón está un poquito abierto, él nos toca, sentimos su amor, su urgencia, y vamos.

Pero otras veces actuamos diferente. ¡Voy, Señor!, decimos. Se nos llena la boca de palabras y de buenas intenciones. Aparentamos rectitud, moralidad, espiritualidad… Somos buenos cumplidores, de fachada: todo amabilidad y cortesía. Pero, a la hora de la verdad, no nos entregamos. No vamos a la viña del Señor. Decimos y no hacemos. Escuchamos pero no ponemos en práctica. Todo queda en discursos vacíos. ¿No estaremos siendo un poco hipócritas?

Si hay algo que Jesús no soporta es la arrogancia y la hipocresía. Por eso nos avisa con severidad. Muchas personas sencillas, incluso “pecadoras”, alejadas de la Iglesia, que llevan una vida de dudosa moralidad según nuestros principios, esas personas quizás tienen el corazón más abierto y entienden mejor cómo ama Dios. Quizás son mucho más compasivas y solidarias con los demás. En las parroquias, por ejemplo, cuando se pide ayuda para Cáritas o para alguna campaña, todos opinan. Pero, a menudo, los primeros que ayudan son los que menos recursos tienen. Quizás tienen menos dinero, pero tienen más generosidad. Lo mismo sucede en el plano espiritual. Quizás hay personas que son menos religiosas, menos practicantes y que apenas conocen la doctrina cristiana. Pero saben amar, saben ser generosas, saben ayudar a los que sufren y no se llenan la boca de críticas, porque no tienen orgullo ni se sienten mejores que los demás. Estos nos adelantarán en el camino del reino. Jesús los pone de ejemplo, nada menos. No se trata de imitar sus fallos, sino su humildad y la ternura de su corazón. Pensemos… ¿Quiénes son los publicanos y las prostitutas de hoy? ¿Qué lección hemos de aprender de ellos? Cuando Dios nos llama, a través de algún sacerdote, o de otras personas o circunstancias, ¿qué respondemos? ¿Decimos: sí, voy, pero luego no cambiamos de vida? ¿O recapacitamos y, finalmente, vamos?

Dejemos que esta lectura nos interpele y que Jesús nos hable de tú a tú, al corazón. Dejemos que nos toque, sin miedo, y nos cambie.

2023-09-22

25º Domingo Ordinario A

La parábola de los viñadores de última hora nos puede sorprender e incluso indignar. ¿Por qué pagar a todos igual, cuando unos han trabajado más que otros? Jesús nos da la clave para interpretar este relato, y la realidad de la Iglesia, desde la mirada de Dios. Lecturas: Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20-27; Mateo 20, 1-16.

Descarga aquí la homilía.


La parábola de los viñadores de última hora es una gran lección que Jesús nos da a los cristianos y a los que estamos comprometidos con el evangelio y su anuncio. La viña es el mundo, el amo es Dios y los viñadores son aquellos que trabajan por expandir su reino. Somos muchos, algunos llevamos muchos años trabajando en parroquias, comunidades o movimientos. Otros se han ido incorporando más tarde. Algunos son recién llegados. ¿Por qué han tardado tanto en sumarse a la gran tarea de la evangelización? Por motivos muy diversos, que quizás no conocemos. El caso es que muchas personas pasan buena parte de su vida desorientadas, buscando el sentido a su vida y esperando, como esos trabajadores desocupados en la plaza, que alguien los llame.

Tanto si nos hemos convertido en la infancia como si nuestra conversión es fruto tardío, Dios valora muchísimo todo lo que hagamos por él y por su reino. No importa si hemos invertido décadas, días o unas horas. Todo lo que hemos hecho por amor cuenta. Y lo va a remunerar según su justicia. ¡Y aquí es donde llega la sorpresa!

El amo de la viña paga lo mismo a todos los obreros: los que trabajaron de sol a sol y los que fueron a la viña al atardecer y sólo trabajaron una hora. ¿Cómo es posible? Según nuestros criterios laborales y económicos, eso es injusto. Nadie aceptaría un trato así. Pero el amo de la viña se explica.

Primero, no comete injusticia pagando a los obreros lo que acordó con ellos. ¿El trato era un denario por día? Pues si les paga esta cantidad, cumple lo pactado. Son los empleados los que se comparan entre ellos y piensan que, a más horas trabajadas, deberían cobrar más.

Esta es la forma de pensar del mundo: tanto haces, tanto ganas. Todo el mundo debe recibir según trabaje. Quien hace más merece más. En la cultura del mérito, el salario se mide por el esfuerzo, el tiempo y los resultados. Lo prioritario es la faena y el beneficio material. Pero ¿dónde entra la persona en este esquema? Es una mera máquina productora. Si trabaja menos, entonces debe ganar menos.

La justicia de Dios no mira la productividad, sino la persona. Los obreros de última hora han trabajado menos, sí, pero también tienen familia que mantener. También necesitan casa, alimento y vestido, igual que los otros, o quizás más.  A la necesidad material se suma, quizás, la angustia por no tener trabajo y la tristeza por sentirse inútiles o improductivos. El amo de la viña sabe esto y actúa, no siguiendo las leyes del mercado, sino las del corazón.

Dios recompensa, no según el merecimiento, sino la necesidad. Esta es su justicia. No nos da lo que merecemos, sino lo que sabe que necesitamos. ¡Y menos mal que lo hace así! Esto es lo propio de un corazón lleno de misericordia y amor. Porque, si somos sinceros, ¿qué merecemos? Todos cometemos errores y fallamos. Todos traicionamos a Dios, alguna vez en la vida. Todos le ignoramos, le relegamos a un segundo plano, le olvidamos, somos negligentes y cobardes a la hora de servir a los demás y trabajar por su reino. Si Dios nos tuviera que dar lo que merecemos, ¡pobres de nosotros!

Pero no es así. Dios, como una buena madre, da a sus hijos lo que necesitan, y da generosamente, con amor y esplendidez. No le importa dar lo mismo a todos, incluso más a quienes ve más débiles y vulnerables. ¡Puede hacerlo! ¿Estaremos envidiosos porque es tan bueno?

Lamentablemente, muchas personas, incluso personas comprometidas con la Iglesia, somos duras de corazón. Nos enfada que Dios sea tan bueno, tan generoso, tan comprensivo. Quisiéramos ser los favoritos, ¡porque hemos hecho tanto! Y resulta que Dios mima a los que han llegado después que nosotros. Al final, lo que sucede es que el centro de nuestra misión no era ni siquiera Dios: éramos nosotros, nuestro buen hacer, nuestro ego, nuestro orgullo. Por eso nos irrita que Dios sea magnánimo con los que no llegan a nuestro nivel.

Si realmente dejamos que Dios habite en nosotros, su amor nos hará ser como él y seremos los primeros en alegrarnos de que Dios sea espléndido con los últimos. Nos uniremos a su alegría cuando abraza a un hijo pródigo. Y colaboraremos con él para llamar a muchos que están esperando, en la plaza de este mundo, que alguien les dé una buena noticia y los invite a formar parte de ella.