2024-03-15

Padre, glorifica tu nombre

5º Domingo de Cuaresma B

Evangelio: Juan 12, 20-33



La lectura de hoy nos lleva a Jerusalén, en los días antes de la muerte de Jesús. Él ha llegado a la ciudad con sus discípulos y predica en los atrios del templo. La gente se apiña a su alrededor para escucharlo y, entre ellos, aparecen unos griegos que se acercan a Felipe, el de Betsaida. ¡Queremos ver a Jesús!

¿Quiénes son estos griegos que han acudido a Jerusalén? Seguramente eran judíos de la Diáspora, de habla griega, que habían llegado para celebrar la Pascua. Y quizás se dirigen a Felipe y Andrés (dos discípulos que llevan nombres griegos) porque, siendo galileos, tal vez hablaban su lengua y podían entenderse con ellos. La petición de estos hombres es apremiante: quieren ver a Jesús. Es como un preludio de lo que será la futura misión de los apóstoles, que saldrán de Jerusalén y se esparcirán por el ancho mundo para saciar la sed de Dios de miles de almas.

Jesús se dirige a sus seguidores y los avisa. Si quieren ir tras él, deberán desprenderse de todo y ser libres para volcar su vida. Si se aferran a sus bienes, a sus miedos y seguridades, lo perderán todo. Esto es lo que significa «perder la vida y guardarla para la vida eterna». Jesús no habla de ninguna renuncia suicida ni de la autoaniquilación, sino de la entrega total.   

Después, viendo inminente la hora de su muerte, Jesús nos deja ver su lado más humano y se angustia. ¿Qué diré?, exclama, rezando ante su Padre del cielo, ¿Líbrame de esta hora? El debate interno que libró en Getsemaní empieza ahora, días antes. ¡Qué batalla debió librar Jesús en su interior! Porque humanamente era natural tener miedo y querer escapar del sufrimiento. Jesús conocía bien a los suyos, sabía ya que uno lo traicionaba y que las autoridades judías tarde o temprano acabarían con él. Pero no iba a escapar a su destino. Y convertiría su muerte en una ofrenda. No fallaría a su Padre. Por eso le pide: ¡Glorifica tu nombre! Es decir, muestra tu gloria, que todos vean cómo es el Dios que adoran. El Padre responde desde una nube, como un trueno, en una imagen muy bíblica. En el evangelio de Juan, es la primera vez que oímos la voz del Padre. En los otros evangelios la escuchamos cuando Jesús se bautizó, en el Jordán, y en el monte alto, durante la transfiguración. Jesús es fiel a su Padre; su Padre tampoco le fallará, aunque de por medio tenga que pasar una muerte muy dolorosa.

Jesús se vuelve a dirigir a la multitud con palabras que suenan un poco misteriosas y que deben ser explicadas. La voz del Padre ha sonado para ellos, para que crean que Jesús viene enviado por el cielo. ¿Qué es el juicio del mundo y quién es el príncipe de este mundo? El príncipe representa a todos los poderes que rechazan a Dios y a Jesús, los que le condenarán a muerte. ¿Cómo serán juzgados? Con la resurrección. Después de su muerte en cruz (cuando «sea elevado»), Jesús atraerá a muchos: muchos serán los que creerán en él cuando sus discípulos comiencen a dar testimonio de su resurrección. Pero los que se cierren a su luz, los que lo rechacen, ya han sido juzgados. Ellos mismos se juzgarán, eligiendo vivir en la oscuridad y rechazando la vida que Jesús les ofrece. Permanecer en las tinieblas será su condena.

Hoy nosotros podemos reflexionar. Seguir a Jesús es nacer de nuevo e iniciar una vida con sentido e intensidad. Una vida desafiante, pero con una belleza y un gozo incesante. Una vida que empieza en la tierra y seguirá en la eternidad. Pero hay que dar el paso, y Jesús promete y no engaña, pero siempre avisa. Para lanzarse al mar hay que soltar lastre; para seguirlo hay que renunciar a las ataduras. Y la principal atadura es el egoísmo acompañado del miedo, que nos llevan a querer «guardar» nuestra vida, ahorrándola y dando lo mínimo, para no perder nada. Es la manera más fácil de acabar perdiéndolo todo. En cambio, quien es generoso para darse a los demás y sigue a Jesús sin reservas, lo ganará todo y mucho más de lo que pueda imaginar.

2024-03-08

Tanto amó Dios al mundo

4º Domingo de Cuaresma B

Evangelio: Juan 3, 14-21

El evangelio de hoy nos lleva a un diálogo nocturno, a escondidas, entre Nicodemo, jefe de los fariseos, y Jesús. Nicodemo ha conocido a Jesús en Jerusalén, lo ha oído predicar y ha visto cómo expulsaba a los mercaderes del Templo; quizás ha visto u oído de sus milagros y está asombrado e inquieto. Algo en su interior lo lleva a hablar con él porque intuye que en sus palabras late la verdad. Pero Nicodemo todavía vive atrapado en su esquema mental antiguo, en la Ley judía y en sus enseñanzas. Jesús, poco a poco, le irá abriendo el horizonte.

Y lo que Jesús le revelará es de una belleza y hondura vertiginosa. Dios, este Dios que todo buen judío debía adorar con todas sus fuerzas, llevando su ley impresa en el corazón, no es un juez. No es un rey autoritario, no mira el mundo con ira, esperando detectar a los pecadores para condenarlos. No está vigilando a ver si uno cumple o no cumple, si falla o acierta, si es puro o impuro, según las leyes rituales y las tradiciones. 

Jesús desvela un rostro diferente de Dios. En primer lugar, ama. Ama al mundo sin límites. En segundo lugar, ¡tiene un hijo! Dios es Padre, y su hijo es él mismo. Y en tercer lugar, Dios está dispuesto a sacrificar a ese hijo amado para que todos los demás seres humanos se salven.

En la mente de un hombre antiguo esto no podía caber. ¿Cómo Dios va a sacrificar a su propio hijo? ¿Cómo Dios va a dar algo por los hombres? ¿No debería ser al revés? Son los hombres los que deben entregarse, ofrecer sacrificios y adorar a Dios. Y he aquí que Jesús revela un Dios que está listo para hacer lo contrario, porque no quiere juzgar, sino salvar. Y no pide nada a cambio, más que confiar en él. Dios ofrece porque ama, y ama porque quiere. Lo único que necesita hacer el hombre es abrir su corazón a la luz.

Esta lectura enlaza con el prólogo de Juan, un poema bellísimo que contiene, condensado, todo el mensaje del cuarto evangelio. Jesús, enviado por Dios, es la luz que viene al mundo. Pero una parte del mundo la rechaza. ¿Por qué? La explicación es bien simple: la luz lo descubre todo, bueno y malo. La luz señala defectos, pecados e imperfecciones. Y nadie quiere verse totalmente expuesto. El orgullo y el miedo a menudo dominan la voluntad humana. Muchos quieren tapar sus sombras y les molesta la luz.

La misión de Jesús no es juzgar ni condenar, sino salvar. La luz también es una llamada a cambiar y a obrar el bien. Quienes rechazan la luz se pierden a sí mismos. La tiniebla es su condena, y no el decreto de Dios. Por eso Jesús avisa una y otra vez. Mientras dure nuestra vida, siempre nos llamará para que nos aproximemos a la luz y, con humildad, nos dejemos curar por su amor. 

2024-03-01

El celo de tu casa me devora

3r Domingo de Cuaresma B

Evangelio: Juan 2, 13-25

En este evangelio leemos la expulsión de los mercaderes del Templo, un gesto profético de Jesús en la línea de los sorprendentes gestos que profetas como Jeremías y Ezequiel hicieron, ante todo el mundo, para transmitir un mensaje de forma rotunda.

Los profetas rompían jarras, yugos y cadenas. Pero Jesús va a hacer algo que impactará en la sociedad judía de su tiempo. Tanto, que este episodio es recogido por los cuatro evangelios y, de una manera u otra, se insinúa que es uno de los motivos por los que las autoridades planearon su muerte.

El Templo de Jerusalén era un pilar de la fe de Israel. Era el lugar sagrado por excelencia, símbolo de la unidad del pueblo. Era el lugar donde se ofrecían sacrificios a Dios, donde los hombres se reconciliaban con el Señor y los sacerdotes hacían efectiva su presencia en medio del pueblo. El Templo era un puente entre el cielo y la tierra.

Pero también, hay que decirlo, era la sede de la autoridad religiosa, un inmenso mercado y un banco. El Templo de Jerusalén era el motor económico de Jerusalén y la comarca de Judea, feudo de cuatro grandes familias que se repartían el poder y los beneficios de la gestión del santuario. Reconstruido tras el exilio de Babilonia, ampliado y embellecido por Herodes el Grande, rodeado de inmensos pórticos y patios, el Templo de Jerusalén era un recinto fastuoso que ocupaba casi una cuarta parte de la superficie de la ciudad. Era la meca de todo judío devoto, al menos una vez al año. Para Jesús, desde los doce años, era también la «casa de su Padre». Pero ¿en qué se había convertido esta casa?

A golpe de látigo, Jesús purifica el templo. ¿Son los animales, las monedas o los mercaderes los que lo mancillan? ¿No se ganan la vida estas buenas gentes, vendiendo los animales que las familias van a ofrecer en sacrificio? ¿No son necesarios los cambistas para que judíos de toda la Diáspora puedan cambiar sus monedas extranjeras por los shekels del Templo? ¿Qué culpa tienen los bueyes, los corderos y las palomas? ¿Por qué Jesús estorba el culto en el lugar santo?

Jesús, con su gesto profético, está diciendo algo mucho más profundo. Apela a la limpieza de corazón, a la rectitud de intenciones y a una fe honesta y libre de intereses. El culto que quiere Dios es un corazón lleno de amor, solidario con los pobres, sincero y fraterno, humilde y compasivo. A Dios no se le puede comprar con ofrendas ni sacrificios, como bien rezan los salmos penitenciales. Dios quiere misericordia y no sacrificios, como decían los profetas. Jesús, en el fondo, está atacando la religiosidad mercantil: Yo te doy para que tú me des. Con mis rituales y ofrendas compro la salvación. Y, de paso, nutro el negocio del Templo.

Una casa de oración, lugar de encuentro con Dios, se convierte en un mercado. El edificio acaba siendo un gigantesco ídolo. Cuando los judíos piden a Jesús un signo de autoridad, reconociendo el gesto profético, él responde con una frase enigmática que nadie entiende: Destruid este santuario y en tres días lo levantaré. Sólo sus discípulos entenderán, tiempo más tarde, que el santuario es su cuerpo.

El verdadero santuario es Jesús, su cuerpo, su vida. El santuario está también en nosotros, que somos templo del Espíritu Santo. Lo demás, el culto externo, el edificio, los adornos de la liturgia, está bien, pero no es imprescindible. No idolatremos las formas, la estructura, las paredes y el ritual por encima de lo esencial. A Dios se le puede adorar, en espíritu y en verdad, en todas partes. Y en ninguna mejor que allí donde estamos amando a los demás, encarnando el amor generoso de Dios como Jesús nos enseñó.

2024-02-23

Este es mi hijo amado

 2º Domingo de Cuaresma B

Evangelio: Marcos 9, 2-10

En los evangelios sinópticos hay dos ocasiones en las que se deja oír una voz del cielo: la voz del Padre, que se dirige a la tierra. Y en ambas ocasiones dice casi exactamente lo mismo: Este es mi hijo amado. La segunda vez añade: ¡Escuchadlo!

Son dos momentos que los teólogos llaman epifánicos, o de manifestación de la divinidad de Jesús. En esos momentos Jesús se revela no sólo como el hombre galileo que habla y actúa como un gran profeta, sino como el auténtico enviado de Dios, su propio hijo.

La primera vez es en el Jordán, después del bautismo. La segunda vez es en un monte alto. Por cierto, el evangelista nunca dice que sea el Tabor, en realidad no sabemos de qué montaña se trata y no pocos biblistas piensan que tal vez era el Hermón, al norte de la región de Cesarea de Filipo, a donde Jesús se había desplazado con sus discípulos.

Un monte alto: en la Biblia, siempre es un lugar sagrado, un lugar de encuentro con Dios y un lugar donde Él transmite un mensaje. En el Sinaí Moisés recibió la Ley; en el Horeb, Elías fue reafirmado en su misión por Dios; en el pequeño monte Sion, al lado de Jerusalén, David instaló el Arca de la Alianza y Salomón construyó su templo. Sinaí, Sion… y ahora, un monte alto sin nombre, donde Jesús sube con tres de sus discípulos, los más destacados del grupo: Pedro, Santiago y Juan.

La luz blanquísima es signo de la presencia divina, igual que la nube, que cubre el rostro de Dios y los envuelve. Los tres discípulos caen asustados y están fuera de sí, no saben cómo reaccionar, la potencia celestial los abruma. Pero en medio del resplandor divisan dos figuras que dialogan con Jesús: Moisés y Elías. Son las dos columnas de la fe de Israel: el transmisor de la Ley y el primero entre los grandes profetas. Ley y profetismo, palabra de Dios y enseñanza de su voluntad, rodean a Jesús. En Jesús se aúnan la dimensión profética y líder de Moisés y Elías. Pero Jesús es más que un amigo de Dios, como Moisés, más que un guía, y más que un profeta como Elías. Jesús es el Hijo amado. Y no es él, sino el mismo Padre quien lo dice.

Si había dudas, los discípulos ahora saben quién es Jesús. Ya no sólo creen: han visto y oído. Han tocado el cielo con sus dedos y han caído en tierra, incapaces de moverse. Sólo Pedro se atreve a hablar, ¿y qué dice? Señor, ¡qué bueno estar aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

¿Qué significa esta propuesta insólita de Pedro?

Se han dado muchas interpretaciones de las tres tiendas. Pero volvamos al trasfondo bíblico del monte santo. La tienda no es una mera tienda de campaña: es un tabernáculo, un templo, un lugar santo donde la divinidad pueda habitar y donde pueda ser adorada. Pedro, extasiado, pretende levantar nada menos que tres santuarios para meter en ellos a Jesús, al pastor y al profeta.

No sabía lo que decía, comenta el evangelista. No, no lo sabía. Cuando David quiso construir un templo a Dios, este le respondió, por voz del profeta Natán: Yo soy el creador de todo el universo y te lo he dado todo, ¿y tú me vas a construir un templo a mí?

Construir un templo es encerrar, poseer y controlar a la divinidad, y Dios no se deja atrapar tan fácilmente. Tampoco lo hará Jesús. Pedro está viendo y oyendo, pero aún no comprende del todo y pesa en él su religión judía, centrada en torno al culto del Templo. Sus compañeros, Santiago y Juan, están como él, atónitos y desconcertados.

Pero Jesús les ha querido mostrar un pedacito de su gloria. Y después los avisa: No contéis nada hasta que el hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos. ¿Por qué? Porque en ese momento la gente no entiende nada, todavía. Los seguidores de Jesús aún ven en él a un mesías político, guerrero y triunfante sobre los poderes de este mundo. No imaginan un rey que será condenado a muerte y que se dejará abatir por los poderosos. No imaginan a su Mesías en la cruz. Aún es pronto. Pero el recuerdo ha quedado grabado dentro de ellos. Llegará el día en que comprenderán. Y entonces esa revelación luminosa en el Tabor adquirirá para ellos su pleno significado.

¿Qué nos dice hoy esta lectura? En primer lugar, nos habla del amor del Padre hacia su hijo. Si escuchamos sus palabras, ¿qué nos dice Dios? ¡Que escuchemos a Jesús! Este es el único e inmenso consejo, lo que nos pide Dios a lo largo de todo el evangelio. ¡Escuchad a mi hijo! Seguidlo. Haced lo que él hace. Porque él es mi amado, y vosotros también lo sois, y aún estaréis más cerca de mi corazón si seguís mis pasos.

En segundo lugar, la escena en el monte nos dice que, para llegar a la resurrección, a la gloria, antes hay que ascender una cuesta. Antes hay que pasar por la cruz. Si queremos resurgir en nuestra vida, hemos de aceptar una renuncia, un dejar atrás muchas cosas que quizás nos obstaculizan seguir libremente el camino de Jesús. Muchas cosas que también nos alejan de los demás. Porque en la entrega a los demás también encontramos a Dios. 

Finalmente, el monte también es una llamada a buscar, cada día, espacios de encuentro con Dios. Allí, en el silencio, en las alturas, podremos contemplar nuestra vida en perspectiva, poner cada cosa en su lugar y ofrecerlo a nuestro Creador. Jesús nos invita a subir cada día a la montaña, aunque vivamos en medio de la ciudad. Cada capilla, cada iglesia o santuario abierto es un pequeño Tabor donde él nos espera.

2024-02-16

Convertíos y creed en la buena nueva

1r Domingo de Cuaresma B

Evangelio: Marcos 1, 12-15



El evangelio de Marcos es breve, pero intenso como un cuadro impresionista. Hoy, con cuatro pinceladas nos traza dos escenarios: Jesús en el desierto, preparándose para su misión, y Jesús en camino, por Galilea, iniciando su tarea.

Como un buen caballero de la antigüedad, Jesús se prepara antes de la batalla. Los caballeros medievales pasaban una noche en vela y oración antes de ser armados. Jesús pasa cuarenta días en el desierto, en vela y oración, para revestirse de la fuerza divina.

Cuarenta es un número simbólico que expresa el periodo necesario para un cambio. Cuarenta fueron los años de peregrinaje de Israel por el desierto. Cuarenta años representan dos generaciones: periodo suficiente para que se dé un cambio cultural. Curiosamente, cuarenta son los días, según los neurólogos, que tarda en consolidarse un nuevo hábito en nuestras redes neuronales.

Pero ¿qué sucede en el desierto? En los espacios de oración y silencio nunca estamos solos. Jesús está rodeado de la naturaleza salvaje, como Adán en el paraíso. Pero también recibe una visita menos amable: la de Satanás, el Enemigo, que lo tienta, tratando de apartarlo de su camino, o incitándolo a conseguir sus metas de forma torcida. Jesús batalla con el ángel caído, pero su Padre también le envía otros ángeles amigos que lo sirven. Jesús en el desierto aparece como un auténtico hijo de Dios: rodeado de las fieras salvajes, que simbolizan la creación; batallando con el Maligno y servido por los ángeles.

Jesús supera la prueba. Y «después que Juan fue entregado», marchó a Galilea a proclamar el evangelio de Dios.

Recordemos que Jesús estuvo con Juan en la ribera del Jordán. Se hizo bautizar por él. Marcos y los sinópticos no lo recogen, pero el cuarto evangelio nos habla de Jesús conviviendo con Juan Bautista y compartiendo sus primeros discípulos con él. Al final, Jesús forma un grupo que se va distanciando del Bautista. Y sólo cuando Juan es encarcelado, por orden de Herodes, Jesús inicia definitivamente su misión.

La misión de Jesús se diferencia de la de Juan. Ambos piden conversión: un cambio de mentalidad, un cambio de vida. Pero Juan añadía: penitencia. Arrepentimiento, bautismo purificador y espera del juicio que ha de llegar.

Jesús añade: creed. Creed en la buena noticia. ¿Cuál es? El texto original del evangelio dice literalmente: «ha llegado el Reino de Dios». Ya no es algo del futuro, ya no es una promesa, sino una realidad. El reino está aquí porque Dios está con vosotros. Y su presencia se concreta en el mismo Jesús. El reino ha plantado su semilla en esta tierra y ahora sólo necesita manos y corazones abiertos que crean y trabajen por él.  

2024-02-09

Ve y queda limpio

6º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 1, 40-45.


Entre las curaciones que Jesús practicaba, podríamos distinguir varias: curaciones de enfermos de diversas dolencias, rehabilitación de paralíticos, sordos y ciegos, y purificación de leprosos.

La lepra era una enfermedad considerada impura: al sentido físico se le añadía una carga moral. Un leproso no sólo era un enfermo, sino un impuro. No podía formar parte de la comunidad, tenía que vivir aislado y lejos de los demás, pregonando su impureza por los caminos y sobreviviendo de la mendicidad. La vida de los leprosos, además de precaria y penosa, era desoladora, porque se sentían totalmente excluidos de la sociedad. La lepra cortaba sus vínculos familiares y sociales. Independientemente de su conducta, se consideraba que Dios los había castigado con la enfermedad, de modo que eran igual a pecadores malditos.

Hoy nos escandaliza y subleva esta creencia, que era habitual en la antigüedad: asociar enfermedad a pecado y a castigo divino. Jesús rompe con esta idea curando a los leprosos. Por eso los textos hablan de “purificación”. Sanando al leproso, Jesús lo restablece física y espiritualmente, lo devuelve al seno de su familia y de su comunidad. Lo reintegra en el mundo de los vivos. La sanación es mucho más que corporal.

Podemos hacer una lectura espiritual y más profunda del texto. Leproso puede ser alguien que tiene el corazón sucio, enfermo o herido. Podemos hablar de una “lepra interior” que nos carcome por dentro. Traumas no resueltos, odios, resentimientos, miedos, rupturas… Todo esto va minando nuestra fuerza espiritual y nos impide crecer, cultivar nuestros talentos y vivir con paz y alegría. ¡Necesitamos purificarnos!

Y Jesús lo hace. Él puede sanar nuestro corazón de golpe, tocándonos con su mano y con una palabra suya: ¡Quiero, queda limpio! Nos está diciendo: Quiero, queda libre, queda sano, queda perdonado. Empieza de nuevo con el alma limpia. ¡Yo lo quiero! ¿Y tú?

La sanación comienza dándonos cuenta de que estamos enfermos de alma. El siguiente paso es pedir ayuda, suplicar con insistencia, como el leproso. Jesús se compadecerá y nos devolverá la fuerza y la salud. ¿Cuál es el próximo paso?

Dar testimonio. Tendemos demasiado a hablar mal y quejarnos, y en cambio nos cuesta mucho divulgar lo bueno y elogiar a quien nos ayuda.

Una última reflexión sobre el gesto de Jesús: “lo tocó diciendo”. Jesús toca a un impuro, algo prohibido. Hoy diríamos que rompe el confinamiento, la distancia social. Si queremos imitar a Jesús, hemos de salvar esas distancias que nos separan y nos aíslan. No podemos amar, curar y ayudar si no es desde la proximidad y el contacto real, cara a cara, mano a mano, mirándonos a los ojos y sintiendo a nuestro lado una presencia cálida y amiga.

2024-02-02

Sanar y anunciar

5º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 1, 29-39


La lectura de este domingo nos presenta un día típico en la «agenda de Jesús». Enseña en la sinagoga, donde anuncia el Reino de Dios. Después, cura a los enfermos y endemoniados. Libera a las personas de la fragilidad de cuerpo y de alma. Jesús libra una batalla contra el mal, mandando callar y echando a los demonios que lo reconocen. Mientras tanto, las multitudes lo rodean y requieren su atención. Apenas lo dejan reposar.

¿De dónde saca Jesús la energía para poder afrontar estas jornadas? El evangelio también nos lo cuenta. Jesús madruga, se levanta antes del alba y sale a rezar a lugares solitarios y apartados. Ese tiempo precioso, en intimidad con el Padre del cielo, es la fuente de todo cuanto hace y predica. En esas horas de oración también planea sus próximos pasos.

Cuando Simón y sus compañeros van a buscarlo, Jesús les dice que irán a otros lugares. La gente lo busca, lo reclama, pero él no se ata a un solo lugar: el mundo es grande y muchos otros esperan la buena noticia. «Para esto he salido», dice. No se cierra a una única ciudad, a una sola comunidad, a un solo grupo de gente. Recorre Galilea y sigue predicando y expulsando demonios.

¿Cómo entender esto y aplicarlo a nuestra realidad de hoy? Nosotros somos seguidores de Jesús. Estamos llamados a salir, como él. Y nos enseña qué hemos de hacer. La agenda de Jesús también puede ser la nuestra, adaptada a la situación de cada cual.

Lo primero es madrugar. Antes de salir el sol, orar ante nuestro Padre, con confianza y amor, poner el día en sus manos y ofrecerle cuanto hagamos.

Lo segundo es trabajar, convirtiendo nuestra tarea en servicio que contribuya al bien de los demás. Es una forma de sanar y expulsar el mal del mundo: contribuir a dar salud, ánimo, alegría, consuelo y compañía a quienes nos rodean. Y anunciar, si no con palabras, con nuestra vida, que tenemos muchos motivos para vivir agradecidos y contentos, pese a todo.

Finalmente, en nuestra vida diaria también nos tendremos que enfrentar al mal, que viene disfrazado de mil maneras. Pueden ser tentaciones, miedo, pereza, la trampa del egoísmo y el interés personal. Todo cuanto nos aleja de Dios y de los demás, pudiendo causar un daño, es sospechoso. Necesitaremos ser enérgicos y decididos, como Jesús, para acallar esas voces, internas o externas, que nos quieren apartar del amor y del servicio, de la entrega a los demás. Podemos sufrir una fiebre espiritual que nos paralice y nos postre, como a la suegra de Pedro, impidiéndonos amar y servir. En esos momentos necesitaremos la mano de Jesús que nos levante. Sanados y liberados, tendremos fuerzas y alegría para ponernos a servir, de inmediato.

2024-01-26

Una enseñanza nueva

 4º Domingo Ordinario B

Evangelio: Marcos 1, 21b-28

El evangelio de hoy nos presenta una escena con tres momentos claves: enseñanza de Jesús en la sinagoga, exorcismo y fama que se extiende por la comarca. Y se desarrolla en tres lugares: Cafarnaúm, la sinagoga y toda Galilea.

¿Qué ocurre aquí? Un hombre poseído por un espíritu inmundo comienza a gritar, increpando a Jesús y proclamando su identidad como Hijo de Dios. Es curioso que son los demonios los primeros que reconocen a Jesús como un hombre santo, que actúa por el poder de Dios, quizás porque ven en él la mayor amenaza. Jesús lo hace callar con una orden rotunda: ¡Calla y sal de él! El demonio se va. Jesús, que ya despertaba admiración por su forma de enseñar, ve cómo su fama se extiende por toda la región.

La enseñanza de Jesús, el anuncio del reino, siempre va acompañado de signos y obras que demuestran su autenticidad. Jesús nos trae a Dios, y por eso expulsa las fuerzas del mal que quieren destruir a la persona. El reino de Dios es liberación, salud, alegría; por eso el mal debe ser echado afuera.

La posesión diabólica, además de su sentido literal, puede leerse como un símbolo de todas las esclavitudes humanas. Los poseídos son esclavos, están atados, enfermos, mudos, ciegos o sordos, enajenados, fuera de sí. Jesús viene a liberarnos de todo lo que nos ata y nos devuelve la salud, la identidad, la voz y la cordura.

Jesús, tan humano y comprensivo con las personas, especialmente con los pecadores, no tiene contemplaciones ante el Maligno. No admite réplica: ¡Calla y sal! Con el mal no hay negociación posible. Dialogar es rendirse a su juego. Esta autoridad de Jesús impresiona a las gentes. ¿Por qué la enseñanza de Jesús es nueva? Porque va acompañada de hechos. No es palabrería ni repetición de las escrituras, como solían hacer los escribas y los maestros de la Ley. Jesús actúa con su palabra y habla con sus obras.

Hoy podemos preguntarnos cuántas esclavitudes nos atan, limitan nuestra alma y oscurecen nuestra vida. ¿De qué tenemos que liberarnos? Pidamos ayuda a Jesús. Enfrentémonos a las sombras de nuestra alma y miremos el mal de frente. Sepamos decir con valentía, como Jesús: ¡Calla! ¡Sal fuera! Y pidamos su ayuda para que nos haga libres para seguirlo, libres para ser nosotros mismos, libres para amar.

2024-01-19

Pescadores de hombres


3r Domingo Ordinario B

Lecturas

Jonás 3, 1.5-10; Salmo 24; 1 Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20.

Los primeros apóstoles

Jesús comienza su misión, pero comprende algo importante que todo líder o fundador debe tener presente. No puede trabajar solo, y tiene que enseñar a otros para que, el día que falte, continúen su labor. Por eso Jesús llama a un equipo de hombres que le ayuden en su tarea de extender el Reino de Dios. Primero estarán con él, aprendiendo: serán discípulos. Después, los enviará a la misma tarea que él: serán enviados o apóstoles. ¿A qué? La frase con la que Jesús resume la misión es única e impactante, y no deja de ser un poco misteriosa: venid tras de mí y os haré pescadores de hombres.

¿Pescadores de hombres? Aquellos hombres: Simón, Andrés, Santiago y Juan, eran pescadores de peces. Era su medio de vida y para los peces, ser pescado es la perdición: significa ser capturado y comido. Pero para un ser humano, perdido y flotando en las aguas, la cosa cambia. Ser «pescado» es ser rescatado. Y en la antigüedad, en el mundo judío y en el imaginario bíblico, el mar y su oleaje a menudo eran una imagen del mal, del peligro, de la muerte.

De manera que ser pescadores de hombres se convierte en sinónimo de ser rescatadores de vidas.

Toda la escena del evangelio de Marcos es preciosa y está llena de simbolismos. El mar y la playa son el escenario de nuestra vida: allí donde vivimos, nos movemos y trabajamos. Las redes y las barcas son nuestro trabajo, pero también las ataduras que a veces nos imponemos (o dejamos que nos impongan) y nos impiden vivir en plenitud y en libertad. La llamada de Jesús es siempre la misma: ¡Venid tras de mí! Es decir: Seguidme. Quedaos conmigo, convivid conmigo, aprenden a mi lado. Y después… haréis lo mismo que hago yo.

Jesús nos llama. En nuestro ámbito cotidiano, a cada cual en el suyo. Y podemos seguirlo de mil maneras. Cada cual tiene su vocación y sus capacidades. Lo que importa es nuestra respuesta: ¿somos capaces de soltar las redes, las ataduras, las esclavitudes, para ir tras él? ¿Aceptamos convertirnos, como él, en anunciadores de la buena nueva y portadores de vida, de alegría, de paz, en este mundo?

El mensaje de Jesús es muy sencillo, pero inmenso: El reino de Dios está aquí. Dios está aquí, entre vosotros y por vosotros. No sólo existe: os ama, le importáis y quiere vuestro máximo bien. Creedlo y convertíos: ¡cambiad de vida! No viváis como víctimas, como huérfanos, como criaturas perdidas faltas de sentido. Sois amados y llamados a la plenitud. Escuchar la llamada es el primer paso para convertirse. Y convertirse es renacer.

2024-01-12

¿Qué buscáis?


2º Domingo Ordinario B

Lecturas

1 Samuel 3, 3b-19; Salmo 39; 2 Corintios 6, 13-20; Juan 1, 35-42

La primera llamada

Cuando vivimos un encuentro que nos cambia la vida, siempre recordaremos el día y la hora. En nuestra memoria quedarán impresas las imágenes, como una escena imborrable: el lugar, el ambiente, las voces, los gestos…, la mirada de aquella persona que nos impactó y que ha dado un vuelco a nuestra existencia.

Así lo vivieron aquellos primeros llamados. Eran discípulos de Juan Bautista, buscadores del reino de Dios. Cuando este señaló a Jesús, fueron tras él.

Jesús ve que lo siguen y les pregunta: ¿Qué buscáis?

¿Qué buscamos? Esta es la pregunta que todos podríamos hacernos hoy. Parece que vivimos en una era de buscadores… ¿Qué estamos buscando? ¿O a quién?

Tal vez estamos buscando un lugar donde ser nosotros mismos, donde vivir de verdad, donde encontrarnos.

Tal vez ese lugar no es tanto un espacio físico como una presencia, una compañía. Quizás ese lugar sean los otros: aquellas personas con quienes abrir el corazón y compartir un destino.

Jesús conoce la naturaleza humana. Lee el corazón y ve más allá de las apariencias. Percibe la sed y la búsqueda de aquellos discípulos de Juan: Andrés y otro cuyo nombre no se da, pero que sabremos más tarde, por el evangelio, que es aquel «a quien amaba Jesús». Son los dos primeros; los sedientos de sentido, de propósito, de vida plena.

Jesús también conoce nuestra búsqueda, nuestra sed. Y ¿qué hace? Venid y lo veréis, dice a los dos galileos. También a nosotros, hoy, nos dice: Venid y veréis.

No obliga, no fuerza, ni siquiera persuade. Sólo invita. Este es el estilo de Jesús. Ven, mira lo que hay y, si quieres, quédate. Andrés y su compañero fueron, se quedaron y ya no volvieron a separarse de él.

¿Hemos conocido de verdad a Jesús? ¿O tan sólo lo conocemos de oídas, de lecturas, de escuchar homilías y cumplir con el precepto? Quizás conocemos a Jesús por fe, por estudio, por esperanza o por devoción… Pero, ¿nos hemos encontrado con él? ¿Ha cambiado nuestra vida, como cambió la de sus discípulos? ¿Hemos oído su llamada? ¿Nos ha impulsado a salir, como a Andrés, para llamar a otros y decir: ¡Lo hemos encontrado!?

Señor, ¡enciende en nosotros el deseo de conocerte! ¡Despierta en nosotros el anhelo de buscarte! Vamos tan perdidos, buscándonos a nosotros mismos… Encontrarte a ti es encontrarnos.

2024-01-05

Pasar la vida haciendo el bien

El Bautismo de Cristo


Isaías 42, 1-7
Salmo 28
Hechos 10, 34-38
Marcos 1, 7-11

Hoy el evangelio de Marcos nos relata el episodio del bautismo de Cristo, el inicio de su misión, acompañado por la voz potente del Padre y la presencia del Espíritu. La Trinidad al completo se abraza para dar al Hijo la fuerza y el ímpetu que va a necesitar.

La segunda lectura nos sitúa en los inicios del cristianismo, cuando Pedro comienza a hablar de Cristo ante las gentes. Su mensaje es una buena noticia, para todos sin excepción. Aunque Jesús predicó a los israelitas y no se movió de su país, su mensaje es para todo el mundo. Basta que la persona acoja a Dios y practique la justicia, “sea de la nación que sea”.

Pedro, como el resto de los apóstoles, no se inventa un discurso bonito sobre la vida y la eternidad, con el fin de atraer a las multitudes. Pedro habla a partir de su experiencia, de su vivencia personal con Jesús, y de su descubrimiento, tras la resurrección, de que aquel maestro al que había seguido durante años por los caminos de Galilea es realmente Dios. Un Dios cercano, amigo, que ama y que llama a todos los hombres y mujeres a vivir de una forma nueva y plena.

Jesús actuaba “ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo”, dice Pedro, y esto es lo que se expresa en el bautismo. La autoridad de Jesús le viene de Dios Padre, y la autoridad de Pedro y sus compañeros les viene de Jesús. No hablan por sí mismos, sino que transmiten lo que han recibido de Jesús.

“La cosa empezó en Galilea…” Cuántos recuerdos y episodios debían llenar la memoria de Pedro y de los otros apóstoles. Toda persona que ha sido llamada por Dios y ha respondido recuerda muy bien dónde y cuándo empezó todo. Recuerda, como el discípulo Juan, hasta el día y la hora. Esos momentos, como un primer enamoramiento, nunca se olvidan.

¿Qué hizo Jesús? Pedro resume su vida: “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo”. Esta frase es todo un programa de vida para los cristianos. En este año que comienza, ¿nos hemos propuesto pasar por el mundo haciendo el bien? ¿Nos hemos propuesto aliviar, ayudar y consolar a las personas que sufren a causa del mal? Nuestro mundo enfermo de guerras, crisis y malos gobernantes necesita esperanza y manos dispuestas a sostener y a liberar. ¿Convertimos el programa de Jesús en nuestro propio modelo de vida?

La fiesta del bautismo de Cristo es buen momento para revivir el propio bautismo. Los que fuimos bautizados muy pequeños no podemos acordarnos, pero con el sacramento de la confirmación tenemos ocasión de renovar nuestro sí a ser cristianos, no sólo de nombre, sino convencidos, con el deseo de vivir imitando a Cristo. Y cada vez que celebramos esta fiesta podemos renovar nuestro sí a Dios. Él es el primero que, con la gracia del bautismo, nos da su sí, como se lo dio a Jesús: “Tú eres mi hijo amado”.

Todos somos hijos amados de Dios. Pero cuántos vivimos ignorándolo u olvidándolo. Cuántos lo desconocen, o lo niegan. Vivir sintiendo y sabiendo que somos tan inmensamente amados nos puede cambiar la vida. Ser conscientes de que recibimos tanto amor nos puede convertir en personas agradecidas, que siempre saben sacar algo bueno de cualquier circunstancia. Y esto no sólo nos transforma a nosotros, sino que va sembrando semillas de vida a nuestro alrededor.

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2023-12-29

Mis ojos han visto la salvación

Fiesta de la Sagrada Familia - ciclo B

Lectura del evangelio: Lucas 2, 22-40

En los llamados evangelios de la infancia, Lucas traza un paralelo entre la historia de Jesús y grandes personajes del Antiguo Testamento, cuyo nacimiento se vio envuelto de promesas: todos ellos fueron niños tocados por la mano de Dios y estaban destinados a una gran misión entre su pueblo.

Este es el caso de Jesús. A los ocho días de nacer, como todo niño judío, lo llevan a circuncidar. Y su madre, a los cuarenta días del parto, habiendo cumplido su purificación, va a llevar una ofrenda al Señor. También deben pagar el rescate del primogénito, pues según la Ley de Moisés, todo hijo varón, el primer nacido de su madre, está consagrado a Dios.

Este evangelio nos muestra la humanidad de Jesús: un hombre hijo de su tiempo y de su cultura, el mundo judío del siglo I, bajo el Imperio romano. Aunque tengamos muy presente su divinidad, los cristianos no deberíamos olvidar esta faceta humana, histórica y real de Jesús.

Los padres de Jesús lo llevan al Templo: es el lugar sagrado para todo judío, la morada del Señor. Y es en este lugar donde se encuentran con dos ancianos que representan el resto fiel de Israel, que sigue esperando las promesas de Dios a su pueblo. El Templo es el escenario: un lugar santo. Y los ancianos, Simeón y Ana, encarnan la fidelidad y la devoción. Por eso, como los pastores, pueden recibir un aviso, en este caso una inspiración del Espíritu Santo, que los mueve a ir al encuentro de ese niño, que, entre muchos otros, será presentado a los sacerdotes por sus padres.

Simeón alaba a Dios: es viejo, pero antes de morir Dios le ha permitido ver la promesa cumplida. Ha visto al Salvador, el enviado definitivo de Dios, el que iniciará una era de paz y libertad para el pueblo. Pero en la profecía de Simeón hay luz y sombra. No le oculta a María, la madre, la dura verdad: Jesús será una «bandera disputada», motivo de división y conflicto, y finalmente ella sufrirá como si una espada le partiera el alma, porque verá morir a su hijo en la plenitud de la vida.

Años después, Jesús diría de sí mismo que «no he venido a traer la paz, sino la espada» (Mt 10, 34-36). Y Juan en su prólogo afirmaría que la luz «vino a los suyos, y los suyos no la recibieron» (Juan 1, 11). Esta es la cruda realidad: no todo el mundo aceptará a Jesús. Lo rechazarán y querrán matarlo. Su mensaje de liberación es tan novedoso, tan radical y bello que desafiará abiertamente al poder, que quiere mantener a las gentes sometidas y esclavizadas. El poder religioso, las autoridades de ese mismo Templo donde es presentado de niño, matará a Jesús. Simeón está vaticinando la sangre derramada. Jesús predicará en el Templo y por orden de los custodios del Templo será juzgado y llevado a la muerte.

Pero esa muerte no tendrá la última palabra. Por eso Simeón y Ana, aún pudiendo prever el futuro dolor y el rechazo, se alegran al ver al niño.

Unas últimas palabras sobre Ana, la profetisa. Ana es una viuda que lleva toda su vida frecuentando el Templo. Es una mujer hambrienta de Dios, que le dedica su tiempo y su energía. Ana representa a todas aquellas mujeres fieles que han sostenido a la Iglesia durante siglos. En épocas de crisis, de persecución, de caída de la fe, de grandes desviaciones y divisiones, la fidelidad de las mujeres ha sostenido la Iglesia desde abajo, desde la comunidad. Y aún hoy siguen siendo un puntal indispensable. ¿Qué sería de la Iglesia sin las mujeres? Basta observar quiénes asisten hoy a las eucaristías, quiénes se ofrecen voluntarias para colaborar en tareas pastorales, en catequesis, en toda clase de apostolados… ¡La mayoría son mujeres! Y no hay edad ni condición que sea obstáculo. Ana es una viuda anciana. Quizás puede hacer poco, pero al menos está ahí. No le falta la voz y un rostro amable para acoger a los que vienen y para alabar a Dios. Todos, a cualquier edad, podemos hacer algo por Dios, por Jesús, por la Iglesia. Todos podemos ser transmisores de la buena noticia, como Ana. Pensémoslo.

2023-12-22

Hágase en mí


Cuarto Domingo de Adviento - Ciclo B

Lectura del evangelio: Lucas 1, 26-38

En el cuarto domingo de Adviento, a las puertas de la Navidad, la liturgia nos ofrece esta lectura tan conocida: es la escena que tantos artistas han inmortalizado en cuadros preciosos, la anunciación del ángel Gabriel a María.

Esta escena que relata Lucas está llena de ecos bíblicos. El ángel es un mensajero de Dios, y en las Escrituras podemos leer varios episodios en los que un personaje recibe un mensaje divino, ya sea por medio de una voz, una visión o un ángel. Cuando esto sucede, es que el personaje visitado va a recibir una misión o encomienda especial.

Así ocurre con María. Su misión será única: nada menos que ser la madre del hijo de Dios, un hombre santo que, como David, inaugurará un reino.

Para una mujer judía del siglo I, el anuncio del ángel sólo podía significar una cosa: ella sería la madre del Mesías, el Ungido de dios, el hombre tan esperado que liberaría su pueblo de la esclavitud e iniciaría una era de gracia y de paz. Y así fue, pero Jesús resultó ser un Mesías muy diferente de lo que muchos esperaban: no fue un liberador político ni un rey guerrero, sino un profeta pacífico que traía algo mucho más grande.

María se alinea con Moisés, Gedeón, Samuel y otros personajes de la Biblia que reciben un anuncio de parte de Dios. Pero la respuesta de María destaca sobre ellos porque no se resiste, no pone objeciones y de inmediato comprende quién la está llamando. Eso sí, como mujer que piensa y quiere entender, pregunta «cómo será eso», y así el ángel puede darle esta respuesta: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». María queda encinta y acoge en su seno al hijo de Dios porque ya antes ha sido colmada del Espíritu Santo.

Algunos biblistas señalan que esta frase del ángel es un eco de otra escena del Éxodo (Ex 40,34-35): cuando el pueblo de Israel ha plantado el tabernáculo sagrado en el desierto, siguiendo todas las instrucciones de Dios, la presencia divina llena el lugar, cubre la tienda y la colma de su gloria. La gloria divina desciende sobre la tienda sagrada como el Espíritu Santo y su fuerza descienden sobre María. Así, María de Nazaret se convierte en una nueva arca de la alianza: el arca viviente que lleva en su seno, ya no la Ley de Dios, sino la misma palabra de Dios encarnada.

María es una doncella «que no conoce varón». Su prima Isabel es una anciana estéril que ya no puede concebir; ambas, no obstante, quedan embarazadas y sus hijos nacerán para traer algo nuevo al mundo. Esto es una constante de Dios en la historia sagrada: se fija en las personas más humildes, más débiles, sin poder alguno, incluso marginadas o desdeñadas. Dios las escoge y las llama para una gran misión. Y ellas, llenas de su fuerza y de su amor, no temen y aceptan.  

En María se da un proceso que todos podemos experimentar: escucha la voz del cielo porque está abierta, se turba ante la presencia divina porque se siente pequeña ante tanta grandeza; dialoga con el ángel porque quiere entender, y finalmente dice sí, a todas y sin condiciones.

María es la imagen de toda persona llamada por Dios. Si oímos su llamada, seguramente nos sentiremos pequeños e incapaces. Pero él nos llenará con su fuerza y su Espíritu lo hará posible. Sólo necesita nuestro sí. La respuesta de María es un ejemplo de valentía y de libertad: «Hágase en mí según tu palabra». Cuando alguien elige decir sí a Dios, cuando permite que Dios haga en su vida lo que él tiene planeado, la vida de esa persona se transforma y se convierte en una aventura maravillosa.

2023-12-16

Yo soy la voz que grita en el desierto

Tercer Domingo de Adviento - Ciclo B

Lecturas: Isaías 61, 1-11; Lucas 1, 46-54; 1 Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8.19-28.

Camino de la Navidad, celebramos el tercer domingo de Adviento, Gaudete. Porque el Señor ya está a las puertas, su llegada será pronto. La alegría se atisba, la luz viene a llenar nuestro corazón.

El evangelista recoge la figura de Juan Bautista: «Surgió un hombre enviado por Dios». Hoy hemos de recordar que todos los bautizados estamos llamados, como Juan, a ser testigos de la luz. Él sabe muy bien que no es el Mesías. Juan nos previene para que no caigamos en el mesianismo de la autorreferencia y evitemos la egolatría. Siempre hay que estar alerta ante la autosuficiencia espiritual, que nos convierte en el centro de todo, dándonos más importancia a nosotros mismos que al mensaje de liberación de Jesús.

Juan se pone detrás de Jesús y reconoce que ni siquiera es digno de agacharse y desatarle la correa de las sandalias, un signo de profunda humildad. Él sólo es un eco de la palabra de Dios.

Cuánto nos cuesta permanecer en nuestro sitio, allí donde nos toca estar. Cuánto orgullo y reafirmación de nuestra persona. Uno de los rasgos que más me impacta de Juan Bautista es que reconoce que él es el testigo. Los cristianos hemos de aprender de Juan esto: sepamos lo que sepamos, hagamos lo que hagamos, somos meros instrumentos de Dios. El error en el que tanto caemos es pensar que estamos por encima de los demás, y esto bloquea toda acción evangelizadora y pedagógica. Pasamos mucho tiempo haciendo cosas que no están en la línea de Jesús. El yo hinchado nos aleja de la auténtica eficacia en nuestra misión. Pero para esto hemos de descubrir, a través de la oración, qué es lo que quiere Dios de nosotros. 

Sin petulancias, con sencillez, Juan nos ayuda a centrarnos y a sintonizar con Aquel que es el origen de nuestra fe. Como Juan, hemos de contestar a quienes nos pregunten sobre nuestra identidad: somos voces recias, convencidas; arrojamos palabras que pueden ayudar a otros a enderezar sus vidas con el testimonio de una fuerza interior que surge de una profunda convicción: estamos unidos a Jesús. Como Juan, hemos de hacer posible que muchos se conviertan y llevarlos a la orilla de la Iglesia, para que el sacerdote, en nombre de Cristo, los bautice con el Espíritu Santo, el mismo espíritu de Dios.

2023-12-08

Preparad el camino

Segundo Domingo de Adviento - Ciclo B

Lecturas: Isaías 40, 1-11; Salmo 84; 2 Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Lectura del evangelio: Marcos 1, 1-8


En este segundo domingo de Adviento leemos el comienzo del evangelio de Marcos. Con la predicación de Juan Bautista en el desierto el autor recuerda las expectativas mesiánicas del pueblo judío. El pueblo está llamado a tener una actitud de acogida ante la inminente llegada del Señor. Marcos define la misión de Juan: este ha de preparar a su pueblo para el momento culminante de su llegada. Por eso hace referencia al profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino al Señor, allanad sus senderos». La voz de Juan ha de resonar en cada uno de nosotros para que también estemos preparados para el gran acontecimiento de la Navidad.

Abrirse a la luz

Estar preparados significa limpiar y enderezar el rumbo de nuestra vida. Dejemos que el Señor entre en nosotros sin poner obstáculos para que llegue a lo más profundo de nuestro ser. Así viviremos la plenitud del encuentro tan esperado.

La voz de Juan, hoy, es la voz de los profetas que han de elevar su clamor e interpelar a toda la sociedad: dejad de vivir en la oscuridad, abríos a la luz de Cristo.

Hoy, más que nunca, es necesario que, como cristianos, desde nuestras convicciones más profundas, seamos capaces de levantar la voz con nuestra vida y con nuestro testimonio. Nuestra apertura a Dios será decisiva para que la voz de Jesús penetre en lo más íntimo de nosotros. Luego, convencidos, seremos nuevas voces que ayuden a otros a reenfocar su vida a la luz de la palabra de Dios.

Llamados a una tarea

En la actual coyuntura social y cultural se hace urgente que cada cristiano sea consciente de su misión. La desidia y el desespero de muchos ahogan la esperanza. Pero Jesús está llegando. Hemos de pasar del desierto árido de nuestro corazón a un vergel, un paraíso donde vivamos la fraternidad como su nuevo pueblo: la Iglesia. Estamos llamados a vivir en la caridad y tenemos una tarea: evangelizar. Sólo cuando dejemos que nuestro pozo interior se abra a las aguas cristalinas de su palabra nuestra sequedad de alma se convertirá en un hermoso jardín.

Ojalá él nos encuentre a punto y lo acojamos con alegría. Su venida significó un cambio en la historia de la humanidad. El deseado, el esperado, está a punto de llegar para culminar nuestras esperanzas. Él es la gran respuesta a nuestras inquietudes y da una dimensión nueva al sentido de la existencia. Él es el fundamento y el soporte de nuestra realidad vital. Con Jesús en nuestra vida, se nos abre un nuevo horizonte que llevará al hombre a la plenitud. Vivir instalados en la esperanza es empezar a saborear una alegría que nunca se acaba.

2023-12-02

Velad, estad despiertos

Primer Domingo de Adviento - Ciclo B

Lecturas: Isaías 63, 16-19. 64, 2-7. Salmo 79. 1 Corintios 1, 3-9. Marcos 13, 33-37.


Entramos en un nuevo tiempo litúrgico: el Adviento, y en el ciclo B, siguiendo el evangelio de Marcos.

La Iglesia nos propone en Adviento una actitud fundamental para los cristianos, recogiendo las palabras de Jesús a sus discípulos: Estad atentos, velad. Son actitudes de un buen cristiano.

Estar atento significa estar despierto, alerta. En nuestra vida ocurren muchas cosas importantes, pero no siempre prestamos la atención adecuada. Pueden ser momentos cruciales y no alcanzamos a conocer su significado. Ir dormidos nos puede alejar del valor que tiene la vida cotidiana. Hay cosas que pueden ser trascendentales y nos marcan para siempre.

El anuncio que proclama la Iglesia sobre Adviento es prepararnos para la Navidad. Este camino es una gran ocasión para reflexionar sobre la esperanza. Vivir desesperanzado es vivir rendido y sin metas. En este primer domingo de Adviento se nos llama a ser conscientes de que tener esperanza es una actitud válida y esencial en el ser humano. No se concibe vivir sin una mirada puesta más allá de uno mismo. Necesitamos trascender de nuestra ceguera y de nuestra micro visión de la realidad. Mirar más allá de nosotros mismos significa dejar atrás nuestra pobre realidad y abrirnos a una nueva visión. No se puede vivir sin esperanza. No podemos levantarnos cada mañana sin un propósito, sin un plan. Estamos hechos para ser co-creadores de nuestra historia y esto no es posible sin esperanza.  

Sabemos que este tiempo nos ayuda a prepararnos para el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús, un hecho que cambió nuestra historia. La esperanza del pueblo de Israel se vio colmada: se cumplieron sus expectativas mesiánicas. La Iglesia, sabia en su pedagogía, nos invita a revivir este acontecimiento en nuestras vidas. Sólo dejando entrar a Dios en nosotros él iluminará nuestra existencia. No podemos vivir distraídos, hastiados, desconectados, cansados de todo. Como nos dice Jesús, velad. Es una llamada a vivir atentos y apasionados. Sólo despiertos podremos verlo en los demás.

Adviento nos propone vivir con intensidad nuestra vida. Jesús viene de camino hacia nuestro encuentro. Dejemos que se vaya acercando.

2023-11-24

Fiesta de Cristo Rey - A

Con la fiesta de Cristo Rey culminamos el año litúrgico cristiano. En el evangelio de este domingo Jesús nos recuerda cuáles son las llaves para entrar en el reino de Dios: las obras de misericordia. Lecturas: Ezequiel 34, 11-17; Salmo 22; 1 Corintios 15, 20-28; Mateo 25, 31-46.

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Las lecturas de este domingo, festividad de Jesucristo, rey del universo, giran todas entorno a la cualidad más hermosa del corazón de Dios: la misericordia, la ternura entrañable, el amor incondicional de madre. En la primera lectura de Ezequiel Dios se nos presenta como un pastor que va a buscar a sus ovejas descarriadas, las recoge, las cura, venda sus heridas… ¡No quiere que se pierda una sola! En la segunda lectura, Pablo nos habla del gran regalo que nos ofrece Dios: ya no sólo la vida, sino una vida eterna. ¡Cuánto don inmerecido!

En la cultura cristiana se ha dado mucha importancia a la fe y la fidelidad a la doctrina. Se ha insistido mucho en el aspecto intelectual y moral. En el mundo protestante, considerando la debilidad humana y nuestra continua inclinación al mal, la fe se ha considerado lo único indispensable para salvarse. Basta la fe, no hacen falta las obras, que siempre se quedarán cortas, para alcanzar al cielo.

Y la fe, ciertamente, es importante. ¿Cómo no vamos a confiar en Dios, cómo no creer en él y en el testimonio de los evangelios? Pero Jesús, en la parábola que leemos hoy, nos da una lección muy diferente. A la hora de la verdad, cuando queramos entrar en el banquete del cielo, ¿qué nos abrirá las puertas?

En la parábola de los corderos y los cabritos, Jesús distingue entre dos tipos de personas. Unas son las personas creyentes, que siempre han sido fieles cumplidoras de los preceptos, e incluso han propagado la palabra de Dios. Pero se encuentran una puerta cerrada y una voz que dice: ¡No os conozco! ¿Qué ha fallado aquí? Por otra parte, encontramos todo tipo de gentes, algunas incluso personas no creyentes, pecadoras, alejadas e ignorantes de las verdades de la fe. Pero Jesús les abre la puerta y los invita: ¡Venid, benditos de mi Padre! ¿Qué han hecho para merecer el cielo?

La llave que abre las puertas del cielo se llama misericordia. Se llama amor, atención, cuidado, mimo, compasión. Se llama alimentar al hambriento, escuchar al triste, atender al enfermo, dar afecto al solitario. Se llama visitar al preso, vestir al desnudo, enseñar al ignorante. Al atardecer de la vida, decía san Juan de la Cruz, nos examinarán del amor. Es el amor, por encima de la fe y las palabras, lo que nos salva.

En cambio, aquellas otras personas que parecían perfectas, que incluso, como dice san Pablo, dieron la vida por proclamar el evangelio, o se dejaron quemar vivas, o entregaron todos sus bienes… pero no amaron, no conseguirán nada. Si no tengo amor, de nada me sirve todo lo que haga. Claro que las obras son importantes, ¡pero siempre con amor! Siempre desde un corazón generoso y abierto, que ve al otro como un hermano. Ante alguien que ama, Dios no se resiste.

El papa Francisco nunca se cansa de insistir: ¡misericordia! ¡Necesitamos tanta! Y la Iglesia, que muchas veces se ha endurecido y se ha mostrado parca en compasión, es la primera que debe recuperar esta cualidad de Cristo. La Iglesia ha de ser pastora que busca la oveja herida, la recoge y la cura, sin juzgarla, sin apartarla.

Y esto hemos de ser los cristianos. Porque todos somos ovejas heridas, pero todos podemos ser también pastores, buenos samaritanos, que nos curemos unos a otros. Y Dios nos acogerá a todos.

Ojalá hoy, al salir del templo, llevemos grabadas muy adentro estas palabras: todo lo que hacemos a los demás, se lo hacemos a Dios. Ojalá tratemos a cada persona que se cruza con nosotros con la misma delicadeza, respeto y amor como al mismo Cristo.

2023-11-17

33 Domingo Ordinario - A

Con la parábola de los talentos, Jesús nos enseña que no se puede separar el amor del trabajo, la fe de la diligencia. Una lección a aprender en todos los tiempos. También en el plano espiritual es necesario poner nuestros "talentos" a trabajar.

Lecturas: Proverbios 31, 10-31; Salmo 127; 1 Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30.

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Si buscáramos una palabra común que resuma las tres lecturas de este domingo, esta podría ser diligencia. Diligencia, se nos enseñaba antes, es lo contrario de la pereza. Si la pereza nos paraliza, la diligencia nos impulsa a actuar, a atender, a servir. La diligencia es propia del amor, porque para quien ama nunca hay un trabajo lo bastante pesado, ni hay cansancio que pueda abatirle. El amor es diligente. En latín, diligo significa amar, apreciar, estimar en mucho. De modo que podríamos asociar perfectamente el trabajo con el amor. Esto es lo que hace Dios, que no deja de trabajar, en el cielo y en la tierra. Si queremos ser buenos hijos suyos, el trabajo realizado con amor ha de ser una constante en nuestras vidas.

El libro de los Proverbios nos habla de la mujer hacendosa, fuerte y sabia, pilar de su hogar y alegría de su esposo e hijos. Sus obras y su actitud ante la vida, valiente y activa, son las que la embellecen por encima de la hermosura física. Es un modelo a imitar, tanto por hombres como por mujeres, especialmente las personas que tienen a su cargo familias, grupos o comunidades.

San Pablo a los tesalonicenses les dirige palabras de paz y aliento. Los primeros cristianos vivían tiempos convulsos, de inestabilidad e incluso persecución. No tan diferentes a los que vivimos hoy. Es fácil, en tiempos de crisis, ser negligente, abandonarse y rendirse porque… ¡todo está tan revuelto! ¡Hay tanta incerteza! ¿De qué sirve hacer proyectos, trabajar con entusiasmo y soñar en un futuro? Más vale ir tirando y vivir al día. ¿Para qué esforzarse? Pero Pablo avisa. Nosotros no vivimos en la oscuridad. No somos de la noche, somos hijos de la luz. Y como hijos de la luz, sabemos que Dios está con nosotros y que en cierto modo ya tenemos la batalla ganada. Aunque no veamos los frutos de lo que hacemos, sembremos y labremos con amor y con diligencia. No durmamos, dice el apóstol. Vivamos despiertos. Es otra forma de decir: no nos limitemos a sobrevivir. Vivamos con intensidad cada día, cada hora. Entreguémonos a lo que hacemos y a los que amamos. No caigamos en la acedia, como dice el papa Francisco. No nos hundamos en la flojedad, en la vagancia, en la indiferencia. ¡Eso no es vivir!

Jesús explica la parábola de los talentos. Pocos o muchos, todos tenemos dones y capacidades. Dios no nos exigirá más de lo que podemos hacer, pero sí nos ha dado un potencial que podemos multiplicar. No hacerlo es un desprecio a su generosidad. ¿Qué hemos hecho, en nuestra vida, con los regalos que nos ha dado Dios? ¿Cómo hemos utilizado nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestro afecto y nuestra creatividad? ¿Hemos dado todo lo que podíamos? ¿Hemos florecido y hemos dado fruto?

Cuando Jesús dice que al que tiene poco se le quitará aun lo que tiene, no está refiriendo una injusticia. Simplemente dice que al que se guarda lo que tiene, sin querer aprovecharlo para servir a los demás, eso mismo que quiere conservar celosamente lo perderá. Hace tiempo se hizo famosa una frase: “todo lo que no se da, se pierde”. Es así: todo lo que se quiere reservar para uno mismo, se pierde; lo que se da a los demás, se gana y se recibe multiplicado. La semilla en una caja se seca y se pudre. La semilla plantada en tierra, que se abre y muere… se convierte en una preciosa planta viva. Démonos, entreguémonos y seamos diligentes. En el trabajo hecho con amor nos encontraremos a nosotros mismos. Y encontraremos a Dios.

2023-11-10

32º Domingo Ordinario A

¿Qué significa la parábola de las diez vírgenes? ¿Cómo entenderla hoy? En este pasaje del evangelio de Mateo, Jesús nos está hablando de una virtud más necesaria hoy que nunca: la esperanza.

Lecturas: Sabiduría 6, 12-16; Salmo 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13.

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Hay una palabra clave que aparece en las tres lecturas de este domingo: encuentro. La segunda idea que se nos propone es la de sabiduría.

¿Qué es la sabiduría? Lejos del saber intelectual y erudito, la sabiduría es más bien una actitud que nos lleva hacia una vida plena. El sabio busca, escucha y está atento a lo que deviene a su alrededor. El sabio aprende, experimenta y saborea. Y la sabiduría, como dice la primera lectura, sale al encuentro del que abre su mente y su corazón.

La sabiduría se convierte en un arte de vivir, y no es posible cultivar este arte sin entender el encuentro. El encuentro es vital: necesitamos, para ser nosotros, encontrarnos con los demás. El yo necesita un tú; el otro nos ayuda a crecer y a ser completos, a ser persona. Y aún más allá: necesitamos encontrarnos con nuestra fuente, el origen que nos da el ser por puro amor, Dios. No podemos desligar la sabiduría de este encuentro con Dios y con los demás.

San Pablo en su carta a los tesalonicenses nos revela cuál será nuestro destino. La muerte no tiene la última palabra. Cristo nos espera para resucitar con él y vivir otra vida, en una dimensión inmensa, “siempre con el Señor”. El cielo será un gran encuentro, una fiesta donde gozaremos eternamente del amor que nos creó y nos salvó, junto con muchos otros, la humanidad resucitada. 

Jesús, con la parábola de las vírgenes prudentes, utiliza de nuevo la imagen del cielo como un banquete de bodas. El esposo es él, ¡viene al encuentro de todos! Sólo necesita una cosa de nosotros: que le esperemos, que estemos atentos para acudir a su llamada. Las vírgenes prudentes toman aceite y velan porque esperan y desean este encuentro. Nos recuerdan a la amada del Cantar de los Cantares, que recorre valles y montes en búsqueda de su amado. Quien ama mucho piensa mucho, dice santa Teresa. Y es precavido, toma medidas, emplea recursos. Este es el aceite de las lámparas. No se puede ser negligente a la hora de amar. Las vírgenes necias quizás también querían entrar en la boda… Pero su conducta no ha acompañado a su deseo. Sus obras no han sido acordes con su aspiración. ¿Quizás no amaban lo suficiente? ¿No anhelaban el encuentro con la misma pasión que las otras? No podrán entrar en el banquete, no porque el novio las castigue. Es su falta de amor y su dejadez la que les ha cerrado la puerta. El cielo no cierra las puertas a nadie... pero nuestro egoísmo puede impedirnos la entrada. 

Escuchemos y meditemos esta parábola y las promesas de vida que nos recuerda san Pablo. ¡Tenemos tanto por lo que amar y estar agradecidos! Respondamos a Jesús, este dulce esposo que nos llama y nos invita. Acudamos con diligencia a su llamada. Esperemos, cuando la noche es oscura y sentimos el silencio de Dios. Aguardemos en pie, con las lámparas encendidas, aunque sintamos aridez en el alma. Llegará un día en que se abrirá una puerta, y seremos llamados al gozo de nuestro Señor.

2023-11-03

31º Domingo Ordinario - A

«Dicen pero no hacen»: Jesús apela a nuestra coherencia.

Lecturas: Malaquías 1, 14b - 2, 2b. 8-10; Salmo 130; 1 Tesalonicenses 2, 7b-9.13; Mateo 23, 1-12.

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Las tres lecturas de este domingo son un toque de atención. Nos avisan sobre el peligro de una fe que se queda en las palabras, en la doctrina y en los rituales, sin llegar a traducirse en un cambio vital. Y nos animan a convertir esa palabra de Dios, una palabra llena de vida, en hechos y obras que sean coherentes con lo que creemos.

El profeta Malaquías acusa a los sacerdotes que han fallado al pacto con Dios. Su conducta y mal ejemplo causan escándalo entre los fieles, pues aplican las leyes a su gusto y conveniencia. La denuncia del profeta es dura: ¿No tenemos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos unos a otros profanando la alianza de nuestros padres? Podríamos hablar de quienes han utilizado la religión para servir a sus intereses, para justificarse o para ganar poder y prestigio, aún a costa de los demás. Esto ha sido una constante en la historia: valerse de la religión como herramienta de poder. Los sacerdotes y las personas con responsabilidad eclesial, sean laicos o consagrados, son los que corren más riesgo. Cuando la Iglesia cae en estas actitudes, está traicionando el evangelio y la voluntad de Dios, que es hacer llegar su amor a toda persona, sin excepción.

Jesús recoge estas ideas y avisa contra los fariseos y escribas que predican mucho y exigen que todos cumplan la Ley, pero luego su vida no es coherente con lo que dicen. Arremete contra los que cumplen con los preceptos religiosos y las devociones de forma muy visible, para ser notados y bien considerados. Es la religiosidad de la fachada, otra actitud en la que los creyentes podemos caer a menudo. En realidad, no estamos honrando a Dios sino a nosotros mismos; la vanidad enturbia nuestra fe. También avisa con el peligro de endiosamiento de los líderes religiosos, que pretenden ser maestros, padres, autoridades… cuando el único maestro y padre es Dios mismo.

San Pablo nos muestra otra forma de vivir la fe, llena de delicadeza, ternura y solicitud hacia los demás. Dando sin exigir nada a cambio, cuidando de las personas, preocupándose no sólo por su vida espiritual, sino por su bienestar material. San Pablo también agradece a la comunidad de Tesalónica su acogida, pues han sabido escuchar la palabra como auténtica palabra de Dios. Y esto es importante: es una palabra que no sólo explica algo, sino que tiene el poder de transformar vidas. Quienes la acogen, no serán los mismos.

Reflexionemos hoy si nuestra vida es coherente y refleja con transparencia nuestra fe. ¿Vivimos una religión de apariencias, para quedar bien o tranquilizar nuestra conciencia? ¿Utilizamos la religión como arma de poder o para sentirnos superiores? Si tenemos algún puesto de responsabilidad, ¿usamos de nuestro ascendente para tener poder e influencia sobre los demás?

¿Cómo vivir una fe auténtica y sincera, convirtiendo el evangelio en vida? Jesús nos da la clave. Es una herramienta poderosísima y sencilla, pero que pide de una voluntad libre y decidida: ser humildes. No buscar reconocimiento ni honores. No juzgar, y mucho menos, criticar y  condenar al otro. Ser últimos, servidores, discretos. Ceder el paso. Sentirnos hermanos, iguales, ni mejores ni peores que los demás. Y descansar en Dios, nuestro Padre, depositando en él toda nuestra confianza. 

2023-10-27

30º Domingo Ordinario A

Los judíos eran conscientes de que para agradar a Dios debían cumplir los mandamientos de la Ley, no sólo los diez del Decálogo, sino muchos otros que regulaban la vida cotidiana. Había entre los rabinos una discusión sobre cuál era el principal mandamiento y un escriba quiere conocer la opinión de Jesús. Su respuesta evade el debate religioso y se centra en la vivencia: ¿qué significa amar a Dios? ¿Qué comporta?

Lecturas: Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1 Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40.

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Todas las religiones del mundo tienen preceptos. También todas las culturas y países tienen un código de leyes por el que se rigen. Las leyes, en principio, no están para esclavizar a nadie, sino para regular la convivencia y permitir que todo el mundo pueda vivir en paz. Pero, como humanas, no siempre son justas ni iguales para todos. Tampoco son inamovibles: con el tiempo se modifican y se adaptan a nuevas realidades.

Entre los pueblos antiguos, Israel desarrolló sus propias leyes, en algunos aspectos muy parecidas a las de sus vecinos. Pero se distinguían en algo fundamental: y es que Dios, y no un rey, era el principal dador de la Ley. Toda la ley hebrea se deriva de esta ley divina que emana de Dios. Y Dios, como nos recuerda el Éxodo, es un Dios de amor y misericordia que se preocupa por sus criaturas: «yo soy compasivo». La vida surge de Dios, el ser humano es obra suya. Por tanto, la defensa de la vida, la dignidad de toda persona y la justicia, son inexcusables. No se puede adorar a Dios y ser injusto con los hermanos. No se puede honrar a Dios y explotar al prójimo. No se puede rendir culto a Dios y ser tacaño o usurero con los demás. Las leyes humanas pueden variar, pero la ley de Dios, en este punto, es siempre la misma.

Jesús resumirá de manera espléndida la ley de su pueblo ante los fariseos. Estos, que a veces se enredaban entre tantísimas leyes y preceptos que regulaban su vida, a veces corrían el riesgo de andar por las ramas y perder la visión global del bosque. Jesús les recuerda: el primer mandamiento, el principal, siempre, es amar a Dios con todo nuestro ser: mente, cuerpo y corazón. Y de este se deriva el segundo, tan importante como el primero: amar al prójimo como a ti mismo. Fijaos que Jesús equipara ambos mandamientos. Amar al otro es igual a amar a Dios. No es posible el uno sin el otro.

A veces parece más fácil amar a Dios. Como no lo vemos y no nos fastidia nunca, resulta sencillo cumplir ciertas devociones y preceptos, rezar un poco y sentirnos bien. Pero ¡cómo cuesta amar al prójimo! Tanto si es un ser querido como si es un enemigo, lo tenemos al lado, a veces nos importuna, nos cansa, nos exige dar más de nosotros mismos… Nos agota la paciencia o pide que seamos capaces de perdonar. Nos saca de nuestro confortable egocentrismo y nos desafía. Pero si amas a Dios, no puedes dejar de amar lo que él más ama, que son sus criaturas, incluido tú mismo. Amar a los demás es consecuencia del amor a Dios.

A otras personas, en cambio, les resulta fácil amar a los demás, sobre todo si no son muy creyentes o tienen una fe diluida. Pero ¿amar a Dios por encima de todas las cosas? ¿Cómo hacer esto? San Juan nos diría: si estás amando al otro, de verdad, con generosidad y no por interés, ya estás amando a Dios. «El que diere un vaso de agua a uno de estos, por amor de mi nombre, a mí me lo da», dijo Jesús. Por otra parte, tener presente a Dios nos ayuda a sanar y a equilibrar nuestros amores humanos, que a veces están muy teñidos de otras cosas que no son amor. Nuestras relaciones están a menudo marcadas por la necesidad, la dependencia, el miedo, el ansia de afecto o reconocimiento, los celos… Sabernos y sentirnos amados por Dios nos llena de ese amor incondicional y generoso, libre, que necesitamos para amar a los demás sin caer en chantajes emocionales ni en afectos efímeros y conflictivos. 

Los dos mandamientos del amor, a Dios y al prójimo, son las dos columnas de nuestra vida cristiana. O las dos caras de una misma moneda. Son las dos realidades que nos sustentan como personas y nos hacen enteros. ¿Qué es una persona sin amor? ¿Dónde arraigamos nuestro ser, si no sentimos que somos creados y sostenidos en la existencia por un Amor infinito? Los grandes males del mundo, en el fondo, son fruto del desamor. El hambre de amor hace estragos, desde peleas familiares, rupturas matrimoniales, batallas políticas, crímenes y hasta guerras. El mundo sufre y sangra por falta de amor. Por eso amar se convierte en un mandato. No una orden impuesta, ni una obligación arbitraria, sino una urgencia, una necesidad vital. Amar no es opcional. Amar es cuestión de vida o muerte. Necesitamos, desesperadamente, aprender a amar y a dejarnos amar. Somos muy analfabetos en el amor… Empecemos, hoy, a mejorar un poco cada día. Tenemos al mejor maestro, que se mete en nuestro corazón y en nuestro cuerpo cada día que lo tomamos en la eucaristía. Que Jesús, puro amor, cale en nosotros y nos enseñe a amar como él.